Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 27 de febrero de 2013

SERGI RAMIS. VIAJES DE CINE

Hola, buenos días, bienvenidos a Todos los libros un libro. Esta semana, con los ecos de la ceremonia de los Oscars aún en nuestros oídos, mi recomendación de lectura se centra, casi de modo obligado, en el mundo del cine. Y hablo de recomendación, en singular, y no soy del todo preciso pues hoy os traigo, de entre las muchas publicaciones sobre el universo cinematográfico que ven la luz todos los meses, y a partir de una referencia principal, una muestra variada, plural y heterogénea de libros que tratan sobre películas, aunque de un modo original y sugestivo, y con un enfoque no muy común ni previsible.

El núcleo central de mis consejos de esta mañana gira sobre Viajes de cine. Su autor es el catalán Sergi Ramis, periodista y viajero impenitente, autor de muchos libros de viajes (os recomiendo, en particular, el magnífico Mercados africanos, un recorrido por los abigarrados y deslumbrantes mercados populares del África negra, que publicó la editorial Altaïr, en una edición ilustrada con bellísimas y evocadoras fotografías; también, desarrollando la misma idea, es autor junto a Jordi Llorens, de Mercados del mundo, editado por Angle, con fecundas calas fotográficas en zocos, bazares, rastros, ferias, tiendas y comercios callejeros de Cabo Verde, Malí, Bangkok, Etiopía, Uganda, Marruecos, Yemen, Laos, Vietnam, Filipinas, Samoa y Papua-Nueva Guinea, entre otros exóticos destinos). Este Viajes de cine salió al mercado por iniciativa de Raima Ediciones en el pasado 2011.

El libro se nos ofrece con un significativo subtítulo, La vuelta al mundo en casi 80 películas, que nos permite conocer, ya desde su portada, el propósito, el plan y hasta, si se me apura, el esquema mismo de la obra. En él, como queda patente en esa frase inicial, se conjugan dos mundos, ambos muy queridos para el autor, el de los viajes y el cinematográfico, aunque si bien es cierto que de un modo desequilibrado y desigual. Este no es un libro de cine, dice Ramis en el prólogo, si se había hecho a esa idea, intente recordar rápidamente dónde guardó el recibo de compra y vaya a que le devuelvan el dinero. Este es un libro sobre viajar y comprender el mundo sentado frente a una pantalla. En ese sentido, soy un auténtico intruso (…) Este es el libro de un viajero, pero de un viajero aficionado al cine. El objetivo de Viajes de cine, pues, es aportar una muestra de películas, casi todas excelentes, algunas obras maestras y muy pocas sólo recomendables por ver la zona en la que se desarrolla la acción, como señala el propio autor, que retratan con fidelidad un territorio o la idiosincrasia de la gente que lo habita. Es por ello que todos los filmes escogidos han sido rodados en los lugares auténticos, desechando el escritor películas cuyo marco es Marruecos o el Tibet o Perú, pero que fueron filmadas en otros entornos o, más frecuentemente, en escenarios simulados en estudio.

Y así, estructurado en cinco grandes bloques de desigual extensión y que se centran en los cinco continentes, el libro recorre decenas de lugares del mundo a través de su aparición, episódica y circunstancial o protagonista y principal en otras tantas películas. La nebulosa Galicia de El bosque animado, la tópicamente verde Irlanda de El hombre tranquilo, la plácida Toscana de Habitación con vistas o el luminoso Dodecaneso griego de Mediterráneo son algunos de los bellísimos emplazamientos europeos que conocemos merced a su reflejo en los fotogramas de esas películas memorables. La Turquía asiática de Yol, la ancestral China de Sorgo rojo, la heladora Siberia de Dersu Uzala, el colorista Rajastán de La tumba india o El tigre de Esnapur, o el Japón legendario y onírico de Ran aparecen al recorrer el continente asiático. Si nos adentramos en Oceanía, podremos visitar la inmensa Australia de Las aventuras de Priscilla, reina del desierto, las exuberantes Islas Fiyi de Náufrago o las Salomón de La delgada línea roja. En África, tan a menudo inmortalizada en el cine, comparecen las ilimitadas extensiones de Kenia de Memorias de África, el Marruecos abigarrado de El hombre que sabía demasiado, la aventurera Tanzania de Hatari o Mogambo o la salvaje Ruanda de Gorilas en la niebla. Por fin, América está profusamente representada con lugares y películas como la Cuba revolucionaria de Guantanamera, el Brasil más tropical de La selva esmeralda, el desértico México de El tesoro de Sierra Madre, las praderas interminables de California, Arizona y Utah reflejadas en La diligencia, o la húmeda Argentina de ríos y selvas que vemos en La misión.

En cada uno de los capítulos del libro se sigue un esquema idéntico: una ficha técnica de la película, un breve comentario sobre su argumento, los actores y, sobre todo, los lugares reflejados en la cinta, y una última y muy reducida sección con menciones a la ciudad o el país analizado, pero a través de su presencia más allá de las pantallas: por ejemplo, Bután o Nápoles o Iquitos... fuera del cine. Asimismo, cada capítulo se cierra con un Para ir en el que se ofrecen sugerencias acerca del desplazamiento o la intendencia de los viajes al lugar mostrado en la película. Y todo ello aderezado con el estilo desenfadado y el humor socarrón, irreverente, algo cínico y siempre incorrecto políticamente de su autor.

No quiero dejar pasar la ocasión de comentar, al hablar de este Viajes de cine, que el libro se enmarca en una colección de la editorial Raima que con el título de CineXCine pretende proyectar en palabras los grandes conceptos y los pequeños detalles que interesan al género cinematográfico, reordenándolos y desvelando nuevos puntos de vista. No es una colección dirigida sólo a aficionados, amantes o especialistas del cine, sino que son libros para todos aquellos que, en un fotograma u otro, han identificado lo que les contaba una película con una realidad cercana, como de modo algo críptico resalta la editorial. En ese sentido no específico y sí multidisciplinar, podréis encontrar en la colección, libros como Ciudades del cine, que conjuga el enfoque cinéfilo con el turístico y en el que se nos muestran quince grandes ciudades explicadas a través de su presencia en sesenta películas. O Cine a la carta, con algunas recetas de cocina aparecidas en películas muy conocidas, un libro que aúna la afición cinematográfica con la pasión gastronómica. O Psicópatas de serie, de título suficientemente explícito de su curioso contenido. Y también Malas pero divertidas, en el que se repasan algunas de las peores o más estrambóticas o desconocidas o insólitas o inconcebibles producciones con un enfoque humorístico.

Para terminar con mis recomendaciones por hoy, y tras el fragmento elegido del libro, centrado en Rebelión a bordo, la inolvidable película de Lewis Milestone con Marlon Brando al frente del reparto, una propuesta musical también cinematográfica. Extraída de la banda sonora de una de las películas recogidas en el libro, la citada Las aventuras de Priscilla, reina del desierto, una versión del clásico de Gloria Gaynor, I will survive


Rebelión a bordo

El paraíso bien vale una huelga

El paraíso está en la Tierra. Cualquiera que haya visitado las islas de la Polinesia lo sabe. Lo descubrieron también los marineros del HMAV Bounty, cuyo motín ha sido objeto de varias versiones literarias y también cinematográficas. La que nos ocupa llegó a sobrepasar en popularidad incluso a la que se rodó en los años 1930, capitaneada por Clark Gable.

La Bounty zarpa de Inglaterra a finales del siglo XVIII con destino a las islas del Pacífico Sur. Allí espera conseguir una buena partida de retoños de Artocarpus altilis, o árbol del pan, con el que inundar las posesiones caribeñas y así alimentar a los esclavos. Es el botánico de a bordo quien nos hace de narrador.

A medida que la nave avanza por el océano Atlántico vamos descubriendo a los personajes. Al despiadado capitán, al vividor segundo de a bordo y al más rebelde de los marineros. Y también vamos gozando de esa jerga náutica que regala a los oídos el puro sabor de la aventura: “¡largad la vela mayor!”, “¡Señor Fletcher, ordene cambiar el rumbo!”. Y toda esa cháchara naval.

El capitán Bligh es un tipo sin escrúpulos que está dispuesto a hacer cualquier cosa para quedar bien con sus superiores. No sabe que, en la naturaleza, los atajos suelen dar mal resultado. Así, se empeña en doblar el cabo de Hornos para llegar antes a su destino. Pero las terribles tormentas que caracterizan ese lugar le obligan a dar media vuelta. Ha perdido tanto tiempo que cuando llega a la Polinesia los árboles del pan están en período de hibernación. Deberá esperar cinco meses a que resuciten.

Durante ese tiempo, los marineros se entregan al sol, la comida y el sexo a porrilllo. El espectador asiste con envidia a las relajadas vacaciones de la tropa, que goza de bailes y juerga permanente en el típico paisaje polinésico de islas volcánicas con laderas herbosas y cocoteros decorándolo todo.

Cuando hay que levar anclas porque ya se han recolectado suficientes plantas, hasta a nosotros nos da pereza dejar el edén para embarcarnos de nuevo en el mareo salado. Aunque generosos y ridículos collares de flores tapen continuamente los pechos de las nativas, el campestre y tropical retozar en los helechos no es fácil de sustituir. Y menos cuando la tragedia se acelerará a partir de entonces: Bligh pasa a un hombre por la quilla y después decide que las plantas son más merecedoras de agua que los marineros.

Rebelión a bordo se rodó en Tahití y Moorea. Con tan largo metraje hay espacio para todo: el drama, la comedia y, claro, para el humor inglés: “no hay nada como una mujer recién lavada y perfumada como un francés”.

Lo que muchos espectadores no entienden es la renuencia del segundo oficial Fletcher Christian (Marlon Brando) a rebelarse contra el capitán Bligh (Trevor Howard). Donde esté una princesa polinesia guapetona y complaciente que se quite una carrera castrense. ¡Qué honor militar ni qué ocho cuartos!


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