Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 6 de marzo de 2013

STUART HAMPLE. PONTE EN LO PEOR. WOODY ALLEN EN TIRAS CÓMICAS

Hola, buenos días, bienvenidos a Todos los libros un libro, el programa de Radio Universidad de Salamanca en el que semanalmente os ofrecemos una propuesta de lectura que pueda interesaros. Hoy, aprovechando, una semana más, los “flecos” de la reciente celebración de la ceremonia de entrega de los Oscars de Hollywood, os traigo un libro vinculado al universo cinematográfico, por más que el contenido en sí del texto nada tenga que ver estrictamente con el cine. La relación viene dada por el hecho de que se trata de una publicación que tiene como protagonista a Woody Allen, el inteligente y divertido director neoyorquino; pero, más allá de este hecho, el libro no habla de su trayectoria fílmica, ni se centra en las películas ni en el peculiar universo cinematográfico del ingenioso, hipocondríaco, intelectual y neurótico cineasta, sino que nos muestra al popular comediante desde una perspectiva inesperada que a continuación os revelaré. Pero vayamos ya con la referencia de mi recomendación de esta mañana, que con tanto preámbulo corro el riesgo de olvidarla. Ponte en lo peor. Woody Allen en tiras cómicas es el título de una voluminosa y muy cuidada publicación, editada en formato grande y tapas duras por Tusquets el pasado 2012, que recoge -como su inequívoco nombre indica- una serie de viñetas dibujadas por Stuart Hample (Woody Allen aparece, pues, aquí, como un mero dibujo, he ahí lo insólito de la propuesta), que vieron la luz entre 1976 y 1984 en una tira cómica, distribuida por diferentes periódicos, denominada Inside Woody Allen. El libro, que cuenta con un muy ilustrativo prólogo del propio dibujante y con una introducción, presentada también como una suerte de historia gráfica -a mi juicio, nada interesante-, de R. Buckminster Fuller, se ofrece en castellano en la traducción de Juan Manuel Salmerón.
 
El 4 de octubre de 1976, Stuart Hample, con una más que dubitativa carrera a sus espaldas en el mundo de la escritura y de la publicidad, ve publicada por primera vez una historieta con Woody Allen (un Woody Allen juvenil) de protagonista. Aunque, dadas las limitaciones del medio radiofónico, debo prescindir de las imágenes que, obviamente, son decisivas en el género que nos ocupa, no me resisto a trasladaros el “tono” de esa primera tira, dándoos cuenta de lo esencial de su contenido. Un desconocido saluda a Allen en la calle: ¡Vaya, Woody Allen! ¡Tengo que agradecerle lo mucho que me ha hecho reír! A lo que un Woody rebosante de satisfacción contesta: ¿Ha visto mis películas? No, no, apostilla el desconocido, mi ventana está enfrente de su dormitorio.
 
Como podéis observar, sobre todo quienes conocéis la obra del excéntrico director, ya desde ese primer momento se nos ofrece -aunque sea tan sólo como un tenue esbozo- lo esencial del personaje que encarnará Woody Allen en la ficción, una primera aproximación, menor pero relevante, una especie de concentrado, en sólo tres viñetas, en cuatro escasos trazos, de los principales rasgos que definen y hacen reconocible, casi como un estereotipo, al individuo -tan parecido al propio cineasta- que Allen ha protagonizado a lo largo de su extensa y muy fecunda carrera. Y es que el Woody de la tira cómica va a tener mucho que ver con el torpe espécimen con el que nos ha familiarizado en sus películas: un ser angustiado, lleno de defectos y temores, inseguro, acomplejado, pesimista, soltero, algo “salidillo”, siempre rechazado por las mujeres a menudo después de una pedante sesión dialéctica, como señala el propio Stuart Hample en su prólogo al libro. Además, el protagonista de las historietas vive en una riña permanente con sus padres (algo que también aflora en su cine, recordad, entre otros muchos ejemplos, Días de radio), lleva un diario en el que anota de modo siempre ingenioso y excesivo sus pensamientos íntimos y sus miedos existenciales (Diario íntimo. Apunte 7.720. Sigo pensando que tiene que haber una respuesta a la vida… pero seguro que la respuesta está en sueco), acude a la consulta de una psiquiatra que, cuando no lo ningunea, lo maltrata de modo despiadado, y a la que, pese a ello, le cuenta sus muchas obsesiones neuróticas (Hay personas, espeta, sin reparo alguno, descarnada, la terapeuta a un Allen perplejo en el diván durante una de sus sesiones, que se deprimen por lo que consideran que deberían ser. Otras, porque no saben quiénes son. Pero usted es único. Se deprime porque sabe exactamente quién es), y sufre -igual que ocurre en sus películas, pienso, por ejemplo, en Sueños de un seductor- acosos varios, amenazas, humillaciones y maltratos diversos por parte de hombres fornidos que resaltan, con su corpulencia y su poderío físico, la impotencia y la debilidad -un poco exageradas- de nuestro algo alfeñique héroe.
 
En su interesante prólogo, el dibujante nos da cuenta de las vicisitudes por las que pasó el proceso de creación, elaboración y posterior desarrollo de la tira desde ese momento inaugural: la gestación de la idea (a la que se refiere en un texto que os leeré al final de esta reseña), el extraordinario éxito inicial y su difusión en centenares de periódicos -460, la cifra exacta-, los problemas derivados precisamente de esa enorme repercusión, la contratación de guionistas adicionales para cubrir la cada vez más insaciable demanda de chistes para las tiras, los intentos de censura -o al menos de edulcoración de la acidez de ciertas historietas- por parte de la empresa editora, la voluntad de Woody Allen de mantener un cierto control sobre su personaje, preservando el rigor y la calidad que él mismo exigía para su propio trabajo y desechando el ajuste al “gusto corriente” que reclamaban los empresarios que vendían y distribuían las tiras a los distintos medios de comunicación.
 
Pero más allá de toda esta información que recoge el prólogo de la obra, interesante en sí pero en el fondo accesoria, es la completa selección de las historietas publicadas en esos ocho años lo que constituye el núcleo central de libro y, obviamente, su principal motivo de interés. Son trescientas tiras, aproximadamente, las que se seleccionan en este Ponte en lo peor, todas interesantes, muchas geniales y la mayor parte divertidísimas. Presentadas en siete capítulos monográficos, organizadas por temas -coincidentes, en general, con los ejes básicos en los que se desenvuelve la obra de Allen-, y mostradas en sus diferentes estadios de elaboración: bocetos, pruebas de imprenta, correcciones, enmiendas, reproducciones en blanco y negro y en color, a lápiz y con tinta, algunas presentadas en su edición originaria en inglés y la inmensa mayoría en su traducción al castellano, las tiras recogen, como digo, lo esencial del universo woodyalliniano (¿se dirá así?), ése que tan bien reflejan sus películas.
 
Así, en el primer capítulo, Gusanos en un plan cósmico, las historietas giran sobre temas filosóficos, preocupaciones existenciales, Dios, el sentido de la vida, la belleza, el sentimiento de culpa, el azar y el destino, problemas éticos más o menos irresolubles... Pero la ironía escéptica del personaje permite relativizar la muy seria -en apariencia- profundidad de los asuntos tratados. Dice Woody en una de las tiras de esta serie: Las dos cosas más importantes son el sexo y la muerte. Y claro, con la suerte que tengo... la mala es la que dura para siempre. O en otra viñeta: Me gusta leer a Dostoievski. Puedo estar seguro de que no voy a robarle inconscientemente los chistes.
 
El segundo capítulo, Cada vez que ella tenía un orgasmo, le crecía la nariz, recoge decenas de hilarantes episodios protagonizados por Allen con diversas chicas a las que pretende -con resultados casi siempre infructuosos- o con las que, de un modo esporádico, sale. Hasta seis mujeres distintas se disputan, a lo largo de los distintos años de publicación de las historias, el dudoso honor de ser las destinatarias de los intentos de seducción de un permanentemente fracasado Woody que, pese a los muchos desplantes (Me interesa mucho la comida vegetariana. Por eso me gusta salir contigo. Es como salir con un vegetal), abandonos (Has sido muy importante para mí. Me has enseñado tanto, he aprendido tanto..., de hecho, has refinado tanto mi gusto que ahora quiero a un hombre mejor que tú), negativas (¿Casarme contigo? ¿Contigo? ¿Con un pobre bobo, un llorica, un asqueroso, un repelente? Ni lo sueñes. A lo que Woody, risueño, apostilla: Ajá, voy progresando, esta vez no ha añadido: “un pusilánime”) y rechazos recibidos (Siento que me vuelvo viejo y aburrido, dice. Y su chica: Puede que estés volviéndote viejo, pero aburrido lo has sido siempre), continúa intentándolo, inasequible al desaliento (Mi personalidad, se sincera su nueva candidata a la conquista, tiene dos caras, una tímida y dulce, la otra apasionada. A lo que nuestro héroe responde: ¿Qué hace la segunda este sábado por la noche?).
 
El tercer capítulo, de título Mi pasaporte es mi cara, nos muestra los conflictos que vive el personaje con su imagen pública, con el reconocimiento de sus seguidores, con el impacto de sus películas, con su condición de hombre famoso. Y como siempre, el extraordinario ingenio, el inteligentísimo humor, le permiten rebajar las ínfulas de su ego narcisista y situarse en la justa medida de su dimensión humana (menos que humana, dado su pesimismo neurótico). ¿Qué sientes cuando besas a una mujer en una película, Woody, te implicas sentimentalmente?, le pregunta el periodista. Y responde: una vez besé a Jeanne Moreau en la pantalla y ninguno de los dos sentimos nada... Por supuesto, los acomodadores me bajaron de la pantalla y me llevaron a mi butaca...
 
La cuarta sección, Racionalizaciones y narcisismos, recoge fragmentos -casi siempre desopilantes- del diario personal que lleva el personaje. Por ejemplo: Diario íntimo. Apunte 3.174: ¿Por qué todas las mujeres de mi vida dicen que soy un amante pésimo? ¿Cómo pueden formarse una opinión definitiva en sólo tres minutos? O esta otra: Diario íntimo. Apunte 935: Ante la vida, yo no soy un cobarde. Tampoco soy un héroe. Soy algo entremedias... Digamos un bicho rastrero.
 
En El último recurso de Freud, quinto capítulo, comparece la inefable doctora Ilse Fobick, psicoterapeuta de nuestro tímido protagonista, al que fustiga inclemente en cuanto el pobre Woody se tumba en el diván. Su caso es interesantísimo, señala la doctora, lo cual es extraño, dado lo aburrido que es usted. O en otra ocasión cuando Allen, doblemente desesperado por el maltrato de la mordaz psiquiatra y por la ostensible inutilidad de la muy prolongada terapia, la llama para comunicarle: ¡Doctora Fobick, adiós! Voy a buscarme otro psicoanalista, Ah, no, no lo hará, contesta ella, no mientras yo tenga su osito de peluche. En cualquier caso, el Woody Allen paciente es un caso perdido: Los del laboratorio han procesado su test de personalidad, le informa la doctora. ¿Y qué dicen?, pregunta, curioso, él. Nada, temen que los demande usted por difamación.
 
En el mundo del espejo, antepenúltima sección del libro, acoge una miscelánea de historietas heterogéneas que incluye chistes que giran sobre la identidad, las aspiraciones frustradas, las muchas quimeras irrealizables, los sueños imposibles del personaje que topan siempre con la cruda realidad. En ellas vemos a un Woody Allen con su secular complejo de inferioridad, rabioso, abatido, frustrado, compadeciéndose de sí mismo, padeciendo depresiones profundas y sumido en una insatisfacción permanente. Me veo un hombre perfecto…, proclama así, relativamente satisfecho, … en el mundo del espejo. Aunque la realidad es siempre otra cosa: ¡Hombre -dice un Allen alegre asomándose a la ventana- un pájaro azul de la felicidad en mi patio! Aunque -y el dibujo ya ha trocado su expresión y aparece ahora con un gesto amargo- me parecería mucho más esperanzador si estuviera vivo.
 
Por fin, en Todos los días se liaban a tiros, el capítulo postrero del volumen, los protagonistas son los padres de Woody, que, como digo, son una presencia habitual en sus películas, y que no paran de discutir entre ellos y de mostrar sin reparo alguno a su hijo la profunda decepción que les provoca su existencia. Te hemos invitado para celebrar tu cumpleaños, hijo… pero comprenderás que no nos quedemos. O en otra tira, que muestra a la ¿familia? en una de sus incalificables comidas: ¿Por qué nunca llamas?, dice la severa madre. ¿Para qué?, dice el hijo, vengo dos veces por semana. Por eso, espeta la progenitora mientras el padre sigue comiendo impertérrito, podrías llamar en lugar de venir. Allen asume con resignación y un estoico desapego su condición de hijo no querido. Dice una de sus novias, enfurruñada ante la tele: No sabes lo que me molesta que no usen la voz de Billie Holiday en “La vida de Billie Holiday”, a lo que Woody responde: Eso no es nada. A mí mis padres me cambiaban por otro niño cuando filmaban películas caseras.
 
En fin, resulta imposible dar siquiera una mínima cuenta de las cantidades ingentes de humor, ingenio, causticidad, lucidez, agudeza e inteligencia que rezuman las trescientas historietas que nos ofrece este Ponte en lo peor. Woody Allen en tiras cómicas, debido a la pluma de Stuart Hample, que firma los dibujos y los textos, aunque en este último caso con la más que decisiva inspiración del propio personaje. La muy cuidada edición de Tusquets es, igualmente, un regalo para el tacto y la vista, y hace aún más recomendable su lectura.
 
Os dejo, para cerrar mi reseña, y como no puede ser de otra manera, con una pieza musical extraída de la cinematografía de Woody Allen. Se trata de Rhapsody in blue, el clásico de George Gershwin que constituye el motivo recurrente de la banda sonora de la película Manhattan.
 
1975… un buen año. El presidente Nixon se había ido, y algunos de sus pistoleros estaban entre rejas por el escándalo Watergate. Estados Unidos se retiraba de Vietnam. A Charlie Chaplin lo nombraban Sir. Yo había vendido a Field Enterprises una historieta gráfica llamada “Rico y famoso”. Éstas eran las buenas noticias.
Las no tan buenas: “Rico y famoso” no me hizo ni una cosa ni otra. Yo seguía siendo un simple peón en la agencia publicitaria y por la noche dibujaba historietas. Me pasaba días concibiendo anuncios televisivos para una marca de tabaco que furtivamente vendía cánceres. Si hubiera seguido mucho tiempo más en aquel trabajo embrutecedor, me habría derrumbado y me habría convertido en un asesino de masas.
¿Qué podía hacer?
Mi sueño: encontrar otra manera de llevar comida a la mesa, mantener a mi familia bajo un techo y decirle adiós al mundillo publicitario.
¡Zas! Se me encendió la bombilla.
Se me ocurrió que el personaje de Woody -alguien que se siente solo en medio de un universo indiferente, que no se come un rosco, al que sus padres humillan (yo conocía el tema), todo ello con réplicas divertidas a lo Oscar Wilde-, que el personaje de Woody, decía, podía ser el protagonista de una tira cómica estupenda (género que yo conocía también) y sacarme de la servidumbre de la agencia publicitaria.
Pero, ¿cómo reaccionaría Woody, que a sus treinta y nueve años estaba en la cima del éxito? Allen había escrito y actuado en ¿Qué tal, Pussycat?, que entonces fue la comedia más taquillera de la historia del cine; había escrito, dirigido y protagonizado, Toma el dinero y corre, Bananas, Sueños de un seductor, Todo lo que quiso saber siempre sobre el sexo pero nunca se atrevió a preguntar, El dormilón y La última noche de Boris Grushenko; había actuado en El testaferro; escrito dos obras teatrales de gran éxito, No te bebas el agua y Sueños de un seductor; estaba editando una película titulada Anhedonia, que luego, con el título de Annie Hall, ganó cuatro Oscars, uno de ellos (y compitiendo con La guerra de las galaxias) a la mejor fotografía… ¿Cómo reaccionaría a mi idea? Probé a imaginar la escena:
YO (hablando por un teléfono imaginario): Woody, se me ha ocurrido una tira cómica sobre ti, ¿qué me dices?
WOODY: Lo siento. Ahora estoy ocupadísimo escribiendo un guión, editando una película, escribiendo un artículo para el New Yorker. No necesito dinero. Llámame el año que viene.
De manera que se lo dije en persona.
Woody se sintió lo bastante intrigado para decirme:
-Enséñame algún boceto.
Yo había inspirado mis dibujos en la apariencia que tenía a los veinte y pico años, cuando lo conocí.
Dio el visto bueno al personaje (incluso lo usó como dibujo animado para una secuencia de la película en la que estaba trabajando, Annie Hall) y me preguntó:
-¿Y los chistes?
Le llevé chistes. Les echó un vistazo y comentó, como de pasada:
-A lo mejor podría echarte una mano con los chistes.
¡Oh, Dios mío! Woody Allen brindándose a ayudarme con los chistes, ¡ayudarme a mí!
Suponiendo que se refería a escribirlos, me entraron ganas de exclamar: “¡ME HAS SALVADO!”. Pero dije, por convencido: “Vale”. Lo cual resultó más apropiado, porque su ayuda consistió en docenas de páginas llenas de chistes y apuntes para chistes que había escrito y reunido a lo largo de los años en que trabajó como humorista. Algunos no eran más que simples observaciones, como “Tienen músculos en el pelo”, o “Atado a la estrella de David: incómoda crucifixión”, otros, anotaciones temáticas aún más breves: “Toreo”, “Astrología” (Algunos de estos apuntes tuvo que ayudarme a descifrarlos él mismo).
También los había más largos: “Soy un ignorante político. Lo único que sé es que dos hombres disputan una carrera y el que gana no es siempre el que más votos saca”.
“Viñeta: un hombre que cuando evoluciona rompe con su pareja mona”.
“Instituto Psicoanalítico de Nueva York: estoy en la lista de los diez más buscados”.
“Película underground: noticiario de Vietnam. Pasan las imágenes hacia atrás y durante hora y media parece que estamos ganando la guerra”.
“Nací siendo judío y demócrata, y no sabía cuál de las dos era mi religión”.
Había también historietas breves:
Freud no podía pedir blintzes, le daba vergüenza decir la palabra. Cuando entraba en una tienda de comestibles decía: “Deme esas crepes rellenas de queso”. Y cuando el vendedor le preguntaba: “¿Se refiere a los blintzes, Herr Profesor?”, él se ponía rojo y echaba a correr por las calles de Viena con la capa flotando. Cabreado, fundó el psicoanálisis y se aseguró de que no funcionara”.
Woody me permitió usar estos apuntes en mis tiras cómicas, así como sus libros, películas, obras de teatro y todo el material que reunió cuando actuaba de humorista en locales.
Como mi historieta gráfica se basaba en Woody Allen, que era un personaje famoso, la agencia King Features aceptó publicarla, y me pidieron una muestra de seis semanas para poder empezar a venderla a la prensa. Valiéndome, a manera de trampolín, de los apuntes del mismo Woody, empecé a dibujar las tiras diarias y dominicales que me pedían. A fin de garantizar la calidad del trabajo, al principio estuve muchos sábados yendo a ver a Woody a su lujoso ático de la Quinta Avenida; él juzgaba el material, me sugería cómo desarrollar personajes y chistes y me rogaba siempre que mantuviera el nivel alto y no me conformara sino con lo mejor.

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