Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 12 de marzo de 2014

STEFAN BOLLMANN. LAS MUJERES, QUE LEEN, SON PELIGROSAS

Hola, buenas tardes. Esta semana, la propuesta de lectura que quiero ofreceros en Todos los libros un libro viene en cierto modo impuesta por la fecha en la que nos encontramos. El pasado 8 de marzo fue, como bien sabéis, el Día Internacional de la Mujer, así, sin el aditamento “trabajadora” con el que habitualmente completamos la denominación de la fecha; y ello porque más allá del origen laboral de la efeméride, esta jornada ha ido convirtiéndose por extensión en una celebración de la condición femenina. Con ese motivo, el libro de hoy sólo podía ser, claro, uno relacionado con las mujeres. Pero como además nuestro programa se plantea como un espacio para las sugerencias literarias, he querido conjugar ambas circunstancias, homenaje a la mujer e invitación a la lectura, con un libro que se ocupa de ambas. Esta vinculación de género femenino y actividad lectora no es algo que, por otro lado, resulte demasiado forzado, no es algo que pueda parecernos insólito en nuestro panorama cultural, en el que no sólo se da una extraordinaria cantidad de publicaciones escritas por mujeres, sino que, como todas las estadísticas afirman, son las féminas las principales destinatarias de las obras literarias, pues son mayoritariamente ellas quienes leen literatura en nuestro país.
 
El libro que he escogido, pues, para esta doble celebración es Las mujeres, que leen, son peligrosas. Su autor es Stefan Bollman y está publicado por la Editorial Maeva, con un interesante prólogo de la escritora y editora Esther Tusquets y traducción de Ana Košutič. Dejadme que antes de presentaros la obra seleccionada esta tarde me desahogue sin recato -en un exabrupto muy mío, que quienes conocéis este espacio desde hace años podéis sin duda imaginar- “refunfuñando” brevemente sobre la descabellada puntuación con la que se presenta el título que acabo de mencionaros. Porque, ¿qué demonios -disculpadme la expresión, pero ya he anticipado que mi tono será airado- “pintan” en esa frase esas dos comas extemporáneas? Es obvio que si la formulación elegida como rúbrica del volumen hubiera sido Las mujeres que leen son peligrosas, así, sin comas, no estaría yo ahora haciendo esta reflexión, objetando el evidente y absurdo desaliño de la opción manejada por la editorial. La “asesina”, parece evidente, es la traductora; es cierto que el título original alemán del libro incluye los controvertidos signos ortográficos: Frauen, die lesen, sind gefährlich, pero ya la versión inglesa es un razonable Women who reads are dangeorous), por lo que no se entiende la inconcebible elección en castellano. ¿Qué se quiere transmitir con ese disparatado juego de comas? ¿Un ridículo -y mal resuelto- chistecito para asustar a hombres timoratos: todas las mujeres son peligrosas y las que leen lo son más? ¿Una demagógica concesión al más barato feminismo? ¿Quiénes deben darnos miedo: cualquier mujer, sólo las que leen, las mujeres por ser mujeres, las mujeres por el mero hecho de leer...? ¡¡¡Pero es que sea cual sea el propósito pretendido la expresión carece de sentido en nuestro idioma... al menos desde mi punto de vista (salvo que se pretenda un absurdo y rebuscadísimo: Las mujeres, las cuales leen, son peligrosas)!!! En fin...
 
Las mujeres, que leen, son peligrosas (respetaré la delirante voluntad editorial) es una historia ilustrada de la lectura, desde el siglo XIII hasta nuestros días, una historia ilustrada de la lectura protagonizada por mujeres. En él Stefan Bollman (igualmente responsable de un Las mujeres que escriben también son peligrosas, publicado sin comas en la misma editorial) nos presenta unas sesenta imágenes, entre cuadros y fotografías, extraídos de la Historia del Arte, que representan escenas de mujeres leyendo. Mujeres de diversa edad y condición, en actitudes, circunstancias, espacios y situaciones muy distintas, y siendo el objeto de su curiosidad también muy variado: libros, folletos, revistas ilustradas, cartas, periódicos. Hay entre ellas obras de grandes maestros de la pintura como Miguel Ángel, Vermeer, Boucher, Fragonard, Manet, Van Gogh, Matisse o Edward Hopper, por citar al menos a un pintor del siglo XX, y también de autores menos conocidos. Cada cuadro, cada fotografía, que aparecen en reproducciones excelentes -la edición del libro es magnífica, es un libro muy bello como mero objeto-, se acompañan de un breve texto en el que el autor aporta los comentarios que la obra le sugiere, lleva a cabo una particular interpretación de la imagen correspondiente.
 
La tesis del libro, si es que algún propósito ‘ideológico’ tiene más allá de ofrecernos la belleza de las imágenes, el argumento de fondo de su autor está recogido en el propio título: la mujer que lee, -y, para mí, también el hombre, permitidme esta apostilla personal tan poco políticamente correcta- es peligrosa. Y lo es, y cualquier persona, hombre o mujer, que lea es peligrosa en tanto que adentrarse en un libro, ensimismarse en él es, en cierto modo, cuestionar la realidad, inventar mundos diferentes, postular, siquiera sea en la fantasía, en la imaginación, una ordenación del mundo alternativa, extraña a las míseras reglas que rigen nuestra torpe cotidianeidad… y este hecho, el cuestionamiento de lo dado, siempre resulta comprometido y puede provocar insospechadas consecuencias. Un sugerente análisis de estas implicaciones “corrosivas” de la lectura se recoge en el prólogo de Esther Tusquets que abre el libro y que os incluyo en su integridad al cierre de este comentario.
 
Y como no tengo tiempo para hablaros del estupendo volumen con más profundidad, pues quiero leeros también uno de sus fragmentos, el dedicado al muy conocido cuadro Habitación de hotel, de Edward Hopper, que podéis contemplar en el Museo Thyssen de Madrid, un texto que espero os sirva como muestra del tono que escoge Stefan Bollmann para sus comentarios, pongo fin aquí a esta reseña presentando también la canción que sonará al término de mis palabras. En una elección algo traída por los pelos, la dulce voz femenina de Camera Obscura interpreta Books written for girls.
 
 
En 1931 el pintor americano Edward Hopper realiza Habitación de hotel, un cuadro de gran formato, casi cuadrado, de dimensiones poco habituales para el artista. Una mujer en ropa interior está sentada sobre la cama de un hotel, se ha quitado los zapatos, ha colocado cuidadosamente su vestido sobre el brazo de un sillón verde situado detrás de la cama, no ha deshecho aún su maleta ni su bolsa de viaje. La profunda oscuridad debajo de la cortina amarilla revela la negrura de la noche. La mujer, cuyos rasgos están ocultos por la sombra, no lee una carta sino una especie de folleto, probablemente un horario de trenes. Parece indecisa, desorientada, casi indefensa. Sobre la rígida escena planea la melancolía de las estaciones y las habitaciones de hotel anónimas, de los viajes sin destino, de las llegadas que no son más que una breve parada antes de volver a partir. La lectora de Hopper está tan absorta en sus pensamientos como las mujeres que la pintura holandesa del siglo XVII nos ha mostrado sumergidas en la lectura de una carta. Pero este ensimismamiento no tiene interlocutor, está existencialmente deshabitado, no es más que la expresión del malestar en la cultura moderna.
 
Las lectoras de Hopper no son peligrosas, pero están en peligro, no tanto por su imaginación desbordante sino por la depresión, el mal del mundo moderno. Siete años más tarde, otro cuadro mostrará a una mujer parecida en un compartimento de tren, leyendo también un folleto de mayor tamaño. Según estas imágenes, una incurable melancolía flota sobre la lectura y las lectoras, como si el alegre caos engendrado por la fiebre lectora hubiera finalmente conducido a una apatía vertiginosa, la misma que expresan las mujeres lectoras de Hopper con esos impresos que hojean sin verdadero interés.
 
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¿Son peligrosas las mujeres que leen? Esther Tusquets
 
Por qué los artistas han tomado tan a menudo como tema de sus dibujos y sus pinturas, y más recientemente de sus fotografías, a una mujer leyendo? Y ¿qué otras cuestiones se derivan de este hecho? ¿Cabe llegar a la conclusión de que las mujeres que leen, las mujeres que leemos, son o somos peligrosas, y de un modo especial, y más que las otras?
 
Stefan Bollman ha explorado la presencia de mujeres y de niñas lectoras en el arte occidental, desde la Edad Media hasta nuestros días, y nos ofrece una amplia serie de imágenes, acompañadas de comentarios, que empiezan con La Anunciación de Simone Martín (en que María, sorprendida por el ángel en plena lectura, es, nos dice, una femme d’esprit, y no la inocente ingenua que los teólogos tenían por costumbre ver en ella) y termina con la famosa fotografía de Eve Arnold Marilyn leyendo "Ulises" (aducida a menudo como prueba de las inquietudes intelectuales de la actriz, y que a mí, cada vez que la miro, me hace ponerlas más en duda).
 
Se trata de una selección de imágenes muy interesante y atractiva, pero no nos encontramos, aunque sea hermoso, ante un libro objeto, ni ante un libro de arte, porque la intención del autor ha sido muy otra. Por algo no ha elegido como título «mujeres lectoras», sino «las mujeres que leen son peligrosas», título que no se presta a equívocos y muestra a las claras la intención de la obra, y que yo, un poco como juego, un poco haciendo el papel de abogado del diablo, pongo entre interrogantes, como pongo entre interrogantes las cuestiones múltiples que se plantean, que nos plantea este libro en torno al tema.
 
¿Son realmente las mujeres que leen peligrosas? ¿Lo fueron en otros tiempos, siguen siéndolo hasta hoy? ¿Cuál ha sido la reacción de los varones ante esto? ¿Ha contribuido la lectura a la emancipación de la mujer, ha sido un arma eficaz en nuestras reivindicaciones feministas? ¿Leemos nosotras de un modo distinto, establecemos otro tipo de relación con el libro? Y ¿por qué leen actualmente mucho más las mujeres que los hombres? ¿Por qué es en el campo de la escritura donde ocupó primero un lugar la mujer y donde sigue jugando un papel destacado? Todas estas cuestiones, todos estos interrogantes, brotan del libro que tenemos entre las manos.
 
Sin duda es reconfortante que, entre tantas vírgenes ingenuas, Marini nos muestre a María con un libro en la mano y tal vez molesta incluso porque el ángel ha venido a interrumpir su lectura, y que entre tantísimas imágenes en que las mujeres se entregan a las labores hogareñas, o cuidan de los niños, o aparecen con flores, abanicos, perritos de lujo o instrumentos musicales –mientras a los hombres los vemos ganando batallas, participando en importantes acontecimientos políticos, sociales, culturales, experimentando en laboratorios, recluidos en lugares de estudio o de trabajo–, haya algunas en que aparecen leyendo, aunque hay que reconocer que también es un tema frecuente en el arte occidental el hombre lector y sobre todo el hombre con un libro en la mano.
 
Pero volvamos al tema principal: ¿son peligrosas las mujeres que leen? Uno de los argumentos a favor de esta tesis es la frecuencia con que los hombres, a lo largo de siglos, la han suscrito y han actuado en consecuencia. (Cabe pensar, entre paréntesis, que si para ellos es peligroso, para nosotras ha de ser en algún modo positivo.) Los hombres no se equivocan al respecto, y van a coaccionar y vigilar a las mujeres para que lean lo menos posible y para que sólo lean lo que ellos eligen para ellas. Durante siglos se dificultó, pues, el acceso de la mujer a la lectura y se le prohibieron determinados libros. En 1523, el humanista español Juan Luis Vives aconsejaba a los padres y maridos que no permitieran a sus hijas y esposas leer libremente. «Las mujeres no deben seguir su propio juicio», escribe, «dado que tienen tan poco». Y habrá que llegar a la Inglaterra victoriana para que sean las madres las que elijan las lecturas de sus hijas. Durante siglos han sido muchos los hombres a los cuales las mujeres que leen les han parecido sospechosas, tal vez porque la lectura podía minar en ellas una de las cualidades que, abiertamente o en secreto, a veces sin ni confesárselo a sí mismos, más valoran: la sumisión. Todavía cuando yo era niña –en la España de los años cuarenta–, no mi madre, que era una gran lectora, pero sí algunas de sus amigas, me advertían, escandalizadas al verme a todas horas con un libro en las manos, que debía reprimir esta afición, nefasta en una mujer, ya que el exceso de lecturas, como el exceso de saber, me llevaría a tener de mayor problemas con los hombres. Y no me atrevería a jurar que no llevaran parte de razón. Pero creo que la situación ha variado en estos últimos cincuenta años, en que la lectura se ha generalizado y ha perdido poder, y entendí perfectamente que al preguntarle a un amigo, con motivo de este libro, si creía él que las mujeres que leían eran peligrosas, me respondiera: “A mí me dan más miedo las que no leen.” Es indudable que el acceso a la lectura, que es la principal puerta de ingreso al mundo de la cultura, supuso un gran avance para la mujer, como para cualquier colectivo étnico o social en posición de desventaja y de dependencia. Le dio mayor confianza en su propio valer, la hizo más autónoma, la ayudó a pensar por sí misma, le abrió nuevos horizontes. “No existe mejor fragata que un libro para llevarnos a tierras lejanas”, dice Emily Dickinson. Cierto, pero más cierto para aquellos que, como generalmente las mujeres, no poseen fragata alguna ni disponen de la más remota posibilidad de llegar a tierras lejanas. Porque los libros –nos estamos refiriendo todo el tiempo, claro está, a la literatura de ficción– permiten vivir a nivel imaginario lo que no vivimos en la realidad, y pueden convertirse –para bien y para mal, para bien pero también para mal– en un sucedáneo de la realidad. La escritora francesa Laure Adler, especialista en la historia de las mujeres y del feminismo en los dos últimos siglos nos dice en sus comentarios a la obra que tenemos entre las manos: “El libro puede llegar a ser más importante que la vida. El libro enseña a las mujeres que la verdadera vida no es aquella que les hacen vivir. La verdadera vida está fuera, en ese espacio imaginario que media entre las palabras que leen y el efecto que éstas producen. La lectora se identifica totalmente con los personajes de ficción...” Sería terrible sospechar que en muchos ámbitos los hombres viven; las mujeres leen. Pero el modo en que Adler termina su reflexión aleja este temor: “... y no se resignan a cerrar el libro sin que algo haya cambiado en su propia vida. El libro se convierte en iniciación”. Sin embargo, si esto es válido para muchas lecturas, ¿qué imagen dan de la realidad gran parte de las novelas –convencionales y románticas– que leen las mujeres, y a través de las cuales, y más adelante del cine y la televisión, se forma su visión del amor, del hombre ideal, de la pareja? ¿Una muchachita lectora de novelitas rosa y voraz seguidora de seriales televisivos de sobremesa está mejor preparada para afrontar la relación a dos que una campesina analfabeta del siglo XIX? Habrá que suponer que sí. Pero no hay duda de que las mujeres que leen son más o menos peligrosas para los hombres, más o menos peligrosas para sí mismas, según el tipo de literatura que consumen.
 
Laure Adler sostiene que existe un nexo especial entre la mujer y el libro. “Los libros”, escribe, “no son para las mujeres un objeto como otro cualquiera. Desde los albores del cristianismo hasta hoy circula entre ellos y nosotras una corriente cálida, una afinidad secreta, una relación extraña y singular, entretejida de prohibiciones, de aprobaciones, de reincorporaciones”. Y vemos efectivamente en varias de las imágenes –como Interior con muchacha leyendo, de Peter Ilsted, Muchacha leyendo, de Jean-Jacques Henner, Retrato de Katie Lewis, de Edward Burne-Jones, y sobre todo la conmovedora Joven leyendo, de Franz Eybl–, a mujeres profundamente enfrascadas en la lectura. ¿Más de lo que puedan estarlo los hombres? Seguramente, no. Y dada la importancia enorme que tienen los libros para muchos varones, el papel que juegan en su vida –también con frecuencia iniciático–, y la relación singular y especialísima que mantienen con ellos, me cuesta imaginar en qué radica la diferencia respecto a nosotras, las mujeres. Pero que yo no sea capaz de imaginarla, no prueba en absoluto que no exista.
 
Hay además un hecho indiscutible: según los datos de las estadísticas, en la actualidad el ochenta por ciento de los lectores son mujeres. Y en pocos campos de las actividades humanas ha ganado la mujer tanto terreno como en la escritura. Estudios realizados en las escuelas muestran que los niños dan menos valor a la lectura, se mueven más, escuchan menos. Creo que lo fundamental es esto: escuchan menos. Los varones se interesan menos por las historias de los otros. Nosotras sentimos una curiosidad insaciable por los otros, que puede desembocar en chismorreos de patio de vecinos o en grandes obras literarias, y a veces en ambas cosas a la vez. Desde Sherezade hasta nuestras abuelas y nuestras madres, las mujeres han almacenado historias, han sido geniales narradoras de historias.
 
Tal vez sí exista, pues, una actitud especial de las mujeres ante la lectura, tal vez sí haya desempeñado en nuestras vidas un papel singular y distinto, y nos haya ayudado a adquirir otra visión del mundo y nos haya hecho en otras épocas más peligrosas. En cualquier caso, merece la pena leer este libro, examinar las imágenes, y plantearse las múltiples cuestiones que plantea.

2 comentarios:

Gracia Navas dijo...

Menos mal que alguien protesta, en serio, sobre esas dos comas absurdas en el título de este libro. Encontré la frase en la última revista de Círculo de Lectores y el error me sorprendió; les he preguntado que por qué la han escrito mal y me han respondido con una larga respuesta autolaudatoria sobre su contribución al Día Internacional de la Mujer y han concluído diciendo que tomaron prestado el título del libro de Bollman. Es decir, se han salido por la tangente y no han querido reconocer el error. Mi próximo paso será preguntarle a la traductora...

Alberto San Segundo dijo...

... Y bueno... yo aún espero una explicación convincente en cualquier foro y por parte de cualquier persona, experto o aficionado. Tengo una casi ilimitada confianza en el valor de la razón: siempre tiendo a pensar que lo que a mí me resulta inexplicable se debe, tan sólo, a mi propia incapacidad, a mis propias carencias. Pero es que en este caso, por muchas vueltas que le doy...

Gracias, Gracia, por tu participación (y cuéntame la versión de la traductora, si te llega)

Un saludo