Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 12 de septiembre de 2018

GEORGES SIMENON. PEDIGRÍ

Abre los ojos y durante unos instantes, varios segundos, una eternidad silenciosa, nada ha cambiado en ella ni en la cocina a su alrededor; por otra parte, ya no es una cocina, es una mezcla de sombras y de reflejos pálidos, sin consistencia ni significado. ¿Tal vez el limbo? 

¿Ha habido un instante preciso en el que los párpados de la durmiente se han entreabierto? ¿o acaso las pupilas se han quedado enfocando el vacío como el objetivo del cual un fotógrafo ha olvidado bajar la cortinilla de terciopelo negro? 

Fuera, en algún lugar—simplemente en la rue Léopold—, discurre una vida extraña, sombría porque ya ha oscurecido, ruidosa, apresurada porque son las cinco de la tarde, mojada, viscosa porque llueve desde hace varios días, y los globos lívidos de las lámparas de arco parpadean frente a los maniquíes de las tiendas de confección, y los tranvías pasan arrancando con el extremo del trole unas chispas azules, aguzadas como relámpagos. 

Élise, con los ojos abiertos, aún está lejos, en ninguna parte; sólo esas luces fantásticas de fuera penetran por la ventana y atraviesan las cortinas de guipur con flores blancas cuyos arabescos proyectan en las paredes y en los objetos. 

El runrún familiar de la cocina de carbón es el primero que renace, y el pequeño disco rojizo de la puertecilla a través de la cual se ven caer de vez en cuando carbones incandescentes; el agua empieza a silbar en el hervidor de hierro esmaltado blanco con un desportillado cerca del pitorro; el despertador, sobre la chimenea negra, vuelve a hacer tictac. 

Sólo entonces Élise nota una molestia sorda en el vientre y se ve a sí misma; sabe que se ha dormido, sentada en la silla en una postura incómoda, delante del fogón, sin soltar el trapo de secar los platos. sabe dónde está, en el segundo piso del edificio Cession, en medio de una ciudad muy activa, no lejos del pont des Arches, que separa esa ciudad de los suburbios, y siente miedo, se levanta temblorosa y jadeante, y después, para tranquilizarse con gestos cotidianos, echa carbón al fuego. 

—Dios mío…—susurra. 

Désiré está lejos, en el otro extremo de la ciudad, en su oficina de la rue des Guillemins, y tal vez ella dé a luz, sola, mientras los paraguas de centenares, miles de transeúntes seguirán entrechocando por las aceras relucientes. 

Su mano hace el gesto de coger las cerillas junto al despertador, pero no tiene paciencia para retirar el globo lechoso de la lámpara de petróleo, y luego el cristal, levantar la mecha; está demasiado asustada. no tiene ánimos para guardar en el armario los pocos platos que hay en la cocina, y sin mirarse al espejo se pone el sombrero de crepé negro, el que aún le queda del luto de su madre. se enfunda el abrigo de cheviot negro, que también es un abrigo de luto y ya no le cierra, que tiene que sujetar para cruzarlo sobre su vientre abombado. 

Tiene sed. Tiene hambre. Algo le falta. siente como un vacío, pero no sabe qué hacer, huye de la habitación, mete la llave en el bolsito. 

Estamos a 12 de febrero de 1903. 


Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro que hoy empieza así, echando la mirada atrás a ese 12 de febrero de 1903, día del nacimiento en Lieja de Georges Simenon, el muy prolífico escritor belga, autor de decenas de libros de géneros diversos -setenta y ocho de ellos novelas policiacas protagonizadas por su más grande creación, el inspector Maigret- y que en la obra que esta semana os presento narra su infancia a través de la figura de Roger Mamelin, su alter ego literario y protagonista de Pedigrí, la interesante novela -pese a que el uso de este término exigirá una aclaración posterior- publicada en nuestro país el pasado 2015, aunque había sido publicada originariamente en 1948 y reeditada en 1957 con un significativo prólogo que se incluye en esta edición española de Acantilado que ahora quiero comentaros. El libro, en traducción de Núria Petit y con algunos pequeños fallos que quizá no le son atribuibles (un “a parte” que debiera ser “aparte”; alguna confusión en el nombre del personaje principal, que llamándose Roger aparece en alguna ocasión como Robert; ciertos descuidos en las concordancias como, entre otros, “la ventana y la puerta abierta”), se inscribe en la decidida política de la estupenda editorial catalana de ofrecer al público español, en ediciones impecables y dignas traducciones, el núcleo central de la obra del fecundo y no siempre valorado escritor belga. 

La historia de la escritura y publicación de Pedigrí es curiosa y merece un breve comentario. En el antedicho prólogo del libro, Simenon relata la peripecia que condujo a su creación. En 1941, en una revisión rutinaria y ante una radiografía sospechosa, un médico le anunció que le quedaban como mucho dos años de vida. Por aquel entonces -escribe el autor- yo sólo tenía un hijo de dos años, y pensé que cuando fuera mayor no sabría casi nada de su padre ni de su familia paterna. Para colmar en parte esta laguna, compré tres cuadernos con tapas de cartón jaspeado y, renunciando a mi habitual máquina de escribir, empecé a contar en primera persona y en forma de carta una serie de anécdotas de mi infancia al muchacho que un día me leería. En el curso de su frecuente correspondencia con André Gide, éste le pidió que le enviara las primeras páginas de ese relato biográfico, y una vez leídas, le aconsejó que retomase la narración, no ya en primera sino en tercera persona, “objetivando” la perspectiva y acercándolo a un planteamiento novelesco, pues consideraba que podía tener un interés para el público en general, más allá de su infantil destinatario. Y así, las cien páginas iniciales de ese texto se publicaron en 1945 con el título de Me acuerdo. El desarrollo posterior de esos fragmentos originarios, que llega hasta los dieciséis años de su protagonista -ese Roger Mamelin tras el que se esconde el propio escritor-, constituirá Pedigrí, la novela que debiera haber sido solo la primera de una serie -el segundo tomo debía narrar su adolescencia, el tercero sus inicios en parís y su aprendizaje de lo que en otro lugar he denominado “el oficio de hombre”, como señala en el preámbulo del libro- que nunca llegó a escribirse, disuadido el autor por los muchos conflictos judiciales suscitados por esa entrega inicial, al acudir indignadas a los tribunales algunas de las personas que creyeron reconocerse en los personajes del libro, encontrándose a disgusto con sus “retratos" literarios. 

Sin embargo, pese a este origen biográfico y al evidente paralelismo entre los sucesos, los escenarios y los individuos que surcan el libro y los que constituyeron la verdadera realidad de su creador, Simenon defiende taxativamente el carácter novelesco de Pedigrí, que es por lo tanto una obra en la cual predominan la imaginación y la recreación, aunque admito que Roger Mamelin tiene muchos rasgos en común con el niño que yo fui

Los primeros capítulos de la obra se retrotraen más allá del momento del nacimiento del niño -cuyos “preliminares” habéis podido leer en el fragmento con el que he abierto esta reseña-, para adentrarse en las historias de las muy numerosas familias de la depresiva y enfermiza Élise y el bondadoso y optimista Désiré, los padres de Roger. A través de ellas conocemos las convulsiones de una Europa, la que se mueve a caballo de los siglos XIX y XX, que cambia rápida y sustancialmente y en la que todo aboca al dramático estallido de la Gran Guerra, algunas de cuyas manifestaciones -el reclutamiento de los jóvenes, la “desaparición” de los hombres, el estremecedor estallido de las bombas, la ominosa presencia del ejército ocupante, las estrategias de supervivencia de una parte de la población que opta por el colaboracionismo, la carestía y el hambre- aparecen como telón de fondo de los capítulos postreros. 

Pero esta dimensión “externa” que observamos en la novela de Simenon, el escenario histórico y un punto grandilocuente de los grandes acontecimientos sociales y políticos (las manifestaciones del 1º de mayo, el terrorismo anarquista de comienzos de siglo, el eco de los episodios bélicos), no es su aspecto más destacable. Sí lo es, en cambio su fiel y magistral retrato de la vida de las ciudades, de la cotidianidad de sus pobladores, la oscuridad de las calles apenas iluminadas por desvanecidas farolas, el auge de los comercios y la incipiente burguesía de tenderos y burócratas, las siniestras y humeantes fábricas, el paisaje urbano surcado de amenazantes tranvías y parsimoniosos carros de caballos, de lecheras de otro tiempo que llegan de sus granjas cada mañana, puntuales, con su blanco cargamento, de sufridos obreros que reivindican condiciones laborales dignas, de grises oficinistas con bombín y bigotes de guías engominadas, en un panorama que tantas veces hemos visto recreado en los cuadros de otro belga notable, el pintor René Magritte, al que es imposible no tener en mente mientras avanzamos en las páginas del libro. 

Excelente es también la recreación de los personajes, tanto los principales como los meramente episódicos o circunstanciales: la madre, Élise, siempre sufriente, siempre insatisfecha, siempre lamentándose; su padre, Désiré, conformista, apocado, aceptando pasivo y sin rebelarse su mediocre existencia; sus múltiples tíos y tías, los Peters maternos y la abigarrada fauna de los Mamelin del progenitor, con sus variados destinos: el desdichado y solitario Léopold, la infortunada Cécile, la desahogada aunque infeliz vida familiar de Félicie, los muy pudientes y sin embargo también insatisfechos Schroefs; la variada panoplia de amigos y conocidos de un ya adolescente Roger, las pobres chicas sin futuro que “comercian” con sus tristísimas efusiones sexuales, los “niños bien”, atildados e inútiles, a los que Roger quiere parecerse, los palurdos campesinos cuya compañía lo avergüenza, y tantos otros.

Y, claro está, Pedigrí interesa, sobre todo, porque nos permite conocer esos primeros años de la vida de Simenon que conformarán su personalidad adulta. Desde su primera conciencia del mundo, la visión de una plaza en la que juega, de pequeño, ante la atenta mirada de su madre, vestida de negro en su recuerdo, por el libro desfilan multitud de vivencias del niño que, dos ojos y dos oídos que todo lo registran, verá cómo el mundo se agrandará insensiblemente, imagen tras imagen, calle tras calle, pregunta tras pregunta. 

Curioso y desconcertado ante el lenguaje de los adultos, el joven Roger va dejando atrás una infancia gris, un barrio horrible, una familia opresiva, una existencia mediocre, y va construyendo una identidad, que en los años que recoge el libro se define por vía negativa: el odio a la mezquindad de su entorno, la férrea voluntad de labrarse un espacio propio y alejado de unas raíces que aborrece de un modo furibundo: Odia su infancia, odia la rue de la Loi, la rue Pasteur, el Institut Saint-André y el colegio Saint-Servais, odia al hermano Médard y a la señora Laude, y odia todas las pequeñas fealdades, las pequeñas cobardías cotidianas que lo hacen sufrir. Está decidido a vengarse, aún ignora cómo, pero se vengará, lo sabe. A medida que el relato se acerca a la juventud de su protagonista y deja oír, por tanto, su desencantada voz, se multiplican las muestras del despecho, de la aversión, del rencor incluso del muchacho hacia el paisaje de su niñez: Mira con asco el mundo sin alegría que lo rodea y que siente que es como él. Y también: Toda esa ciudad negra y viscosa, por la que vaga como en un laberinto

Roger escapa, impetuoso y desorientado, a la plácida y protectora, pero limitada y asfixiante envoltura familiar: se rebela contra la inocencia de su infancia, descuida los estudios, devora ávidamente los folletones de Rocambole pretiriendo las lecturas obligatorias del colegio, practica pequeños y repetidos hurtos en los establecimientos comerciales de sus parientes, malgasta su escaso dinero en ropas caras que le permitan encubrir su envidia de clase hacia los compañeros de colegio más privilegiados, busca el contacto con prostitutas, se lanza a frustrantes escarceos amorosos con chicas anodinas, frecuenta la noche (Son las nueve de la mañana, la hora preferida de Roger, cuando las calles se acicalan y el sol aún tiene toda su ligereza prometedora. Eso sí, en cuanto oscurece, Roger se siente atraído por el ambiente equívoco de la ciudad mal iluminada, y por más que se haya jurado no salir, le basta ver por la ventana el halo azulado de una farola, una pareja anónima que pasa rozando las casas, para perderse durante horas en recorridos inconfesables) y, en todo su acontecer vital, chapoteando en la basura, inundado por la repulsión y el asco, por la zozobra y el miedo (Ha escogido otro camino y a veces se asusta, pues ignora adónde conduce. En ese camino, al que una fuerza desconocida lo empuja -su madre diría que son sus malos instintos- no habrá nadie para aprobarlo, para ayudarlo, nadie para consolarlo en caso de catástrofe), tantea a ciegas su lugar en el mundo, pues su vida está en otra parte, aún no sabe dónde, la busca fuera y seguirá buscándola

En fin, leed este espléndido aunque repleto de melancolía texto autobiográfico -pese a que el autor rechace el término- que es Pedigrí, una obra de Georges Simenon alejada de su pauta habitual, la que marcan sus novelas detectivescas con el comisario Maigret como protagonista. Grand Saint Nicholas, una canción navideña que suena en el libro, asociada a los recuerdos infantiles de su protagonista, cierra esta reseña en la voz de Anne Sylvestre.

 

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