Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 21 de noviembre de 2018

COLSON WHITEHEAD. EL FERROCARRIL SUBTERRÁNEO

Hola, buenas tardes. Bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro que, como cada miércoles, llega a vuestras casas con una nueva recomendación de lectura. Hoy os traigo una interesante novela que viene avalada por la consecución, en los dos últimos años, de algunos de los más prestigiosos premios literarios norteamericanos, entre ellos el National Book Award y el Pulitzer, entre otros muchos de menor entidad. Se trata de El ferrocarril subterráneo, obra del estadounidense Colson Whitehead, presentada en nuestro país por Penguin Random House en traducción de Cruz Rodríguez Juiz. Del éxito de crítica y ventas del libro -un indiscutible best-seller mundial- da prueba también el hecho de que ya está avanzada su adaptación televisiva, que correrá a cargo, al parecer, de Barry Jenkins, el director de la oscarizada Moonlight

La novela narra las terribles peripecias que sufre Cora, una esclava negra, que escapa de la plantación algodonera en donde pena sus días en la Georgia del profundo Sur estadounidense en el primer tercio del siglo XIX. La historia se retrotrae un siglo atrás, cuando la pequeña Ajarry, la abuela de Cora, es capturada, junto con decenas de hombres, mujeres y niños, en su aldea en el interior del antiguo Dahomey -hoy Benín-, separada de su familia, conducida hacia la costa amarrada con cadenas y recluida en las mazmorras del puerto de Ouidah hasta su venta a alguno de los “negreros” que hacían sus negocios comerciando con seres humanos. Comprada y vendida varias veces en su ruta hacia el puerto -y en muchas ocasiones más a lo largo de su desgarrador peregrinaje-, embarcada en un dantesco viaje a Liverpool, confinada en un hacinamiento inhumano en las infectas bodegas de un buque cargado de esclavos sufrientes, en el que, pese a su corta edad, es reiteradamente violada, formando parte más tarde de un nuevo siniestro “cargamento” con destino a América, Ajarry acaba sus días en la plantación Randall, en Georgia, tras una vida desgraciada hecha de constantes sevicias -abusos, palizas, violaciones- en la que llegó a tener tres maridos que le dieron cinco hijos, de los que sólo uno, Mabel, la madre de Cora, logró superar los diez años. Cuando el relato comienza, Cora -que acaba de alcanzar la pubertad y que no conoce otra vida que la de su cruel reclusión- se plantea la huida de esa cárcel infernal, alentada simultáneamente por el recuerdo de Mabel que, hace años, cuando ella era muy pequeña, escapó sin siquiera avisar a su hija y sin dejar rastro alguno de su empresa (hasta el punto de que la propia chica desconoce si su atrevida aventura tuvo éxito), y por la “invitación” que le hace Caesar, otro esclavo, que se siente atraído por ella y le habla del “ferrocarril subterráneo”, un misterioso tren que permite -a quien logre alcanzarlo en algunos de los puntos secretos por los que transcurre- la evasión hacia el abolicionista y, por tanto, liberador Norte. 

Tras describir con crudeza las condiciones de vida en la propiedad de los Randall -un doloroso infierno hecho de trabajo agotador cosechando algodón, explotación sexual, violencia, golpes, torturas y muerte-, el libro acompaña a Cora en su angustioso éxodo en busca de la libertad, dando cuenta de los sucesos que vive en diferentes etapas en su camino, siempre en un entorno hostil bajo la ominosa amenaza de los blancos y la inmisericorde persecución de un despiadado cazador de recompensas, el brutal Ridgeway, que despechado por el anterior fracaso en su búsqueda de Mabel se toma como una afrenta personal la fuga de la chica. La desasosegante narración de su escapada y de los diferentes escenarios por los que va discurriendo se ve salpicada en el texto -y ello agudiza la opresiva sensación que en todo momento tiene el lector de estar asistiendo a una “cacería”- con la transcripción de gacetas, avisos, anuncios y comunicados de la época -en torno a 1820-, los clásicos “se busca”, en los que los “amos” blancos informan de la huida de alguna de sus “propiedades”, aportan datos que permitan su identificación y ofrecen cuantiosas recompensas a quienes las devuelvan a sus “legítimos dueños”. 

Whitehead no es condescendiente en su relato y no nos ahorra ejemplos del bestial horror que supuso la esclavitud. No son solo los ya mencionados episodios de atrocidades, tormentos, ejecuciones, asesinatos por mero capricho, estupros, forzamientos y utilización sexual, sino otras formas más sutiles -si en un contexto como el de la esclavitud cabían comportamientos que no fueran de un salvajismo ostensible- de este desalmado sometimiento animal al que se condenaba a los negros tiranizados. Y en este marco de bárbara opresión, el autor se detiene en los sentimientos de sus criaturas, obligadas a sobrevivir en una especie de doliente y resignada inercia -la vida que lucha e intenta abrirse paso frente a la muerte-. Sentimos así con Cora y con sus desventurados compañeros de padecimiento, sentimos su desconsuelo, su suplicio, su interminable calvario (La llamada del amo [para ser violada por él]: el recordatorio de que la esclava sólo es ser humano un minúsculo instante en la eternidad de la servidumbre). Sentimos cada uno de los tormentos que se le infligen, sentimos su desolación, su impotencia (Cora no sabía qué quería decir “optimista”. Se lo preguntó a las otras chicas por la noche. Ninguna lo sabía. Decidió que quería decir ‘molesto'). Sentimos, incluso, a la postre, su indiferencia (Si elegía un día para su cumpleaños -nadie sabe su edad exacta en las plantaciones, no hay registros para los nacimientos de quien no es “humano”-, de vez en cuando también podría acertar. De hecho, hoy podría ser su cumpleaños. ¿Qué ganabas con eso, con saber qué día habías llegado al mundo de los blancos? No parecía algo digno de recordarse. Más bien de olvidarlo). 

Y su aflicción no acaba tras la fuga: hasta llegar al Norte -incluso en los estados antiesclavistas- continúan los linchamientos, las ejecuciones, los ahorcamientos, las avenidas flanqueadas por cadáveres calcinados o desollados de pobres negros. Encerrada durante meses, tras su evasión, en una buhardilla en Carolina del Norte (y en este pasaje del libro el recuerdo de Ana Frank acude al lector, en una de las muchas vinculaciones con el genocidio nazi que encierra la novela, como luego veremos), la chica afirma: Qué mundo este, pensó Cora, que convierte una prisión en tu único refugio. ¿Había escapado del cautiverio o caído en sus redes: cómo describir el estatus de un fugitivo? La libertad era una cosa que iba cambiando según la mirabas, igual que el bosque de cerca está repleto de árboles pero desde fuera, desde la pradera, muestra sus límites de verdad. Ser libre no tenía nada que ver con las cadenas ni el espacio que tuvieras

El ferrocarril representa, pues, ese anhelo de libertad, un deseo, el de escapar, un sueño finalmente imposible. Recordó las palabras de Lumbly: “Si queréis saber de qué va este país, tenéis que viajar en tren. Mirad afuera mientras viajáis a toda velocidad y descubriréis el verdadero rostro de América”. Había sido una broma desde el principio. Al otro lado de las ventanillas de sus viajes solo había oscuridad, y siempre habría solo oscuridad. Y así acepta, resignada, su destino: Como si en el mundo no hubiera lugares adonde escapar, solo lugares de los que huir

Ese tren al que alude su título se “dibuja” en la novela con una doble condición, realista y simbólica, lo que dota al libro de una innegable carga onírica, aproximando algunas de sus partes a un estilo como de realismo mágico. Y es que, en efecto, el “ferrocarril subterráneo” tuvo una existencia real, y la expresión representaba el nombre en clave de una red clandestina de casas, iglesias y refugios sostenida por negros libres, blancos abolicionistas y activistas cristianos para la liberación de los cautivos. Su misión, valiente y arriesgada, esforzada y difícil, era facilitar la fuga de esclavos, ayudándoles a llevar a cabo el peligroso viaje hacia el Norte -con la libre y deseada Canadá como horizonte último-, ofreciéndoles alimento, cobijo y transporte en su escapada. Pero el gran hallazgo de Whitehead, la magnífica idea en torno a la que se construye el libro, es convertir ese ferrocarril simbólico que da nombre a la organización “liberadora” (El ferrocarril subterráneo es más que sus operarios... tú también eres el ferrocarril subterráneo. Los pequeños ramales, las grandes líneas principales. Tenemos las locomotoras más modernas y las máquinas más antiguas, y tenemos balancines como ese. Va a todas partes, a lugares que conocemos y otros que no. Teníamos este túnel aquí mismo, debajo de nosotros, y nadie sabe a dónde conduce. Si nosotros mantenemos en funcionamiento el ferrocarril y ninguno ha conseguido averiguarlo, quizá tú sí que puedas), en un tren verdadero aunque “irreal”, un submundo oculto bajo tierra, con sus estaciones, sus túneles, sus vías, sus maquinistas y fogoneros, sus locomotoras y sus vagones discurriendo por unos raíles imposibles que se extienden, en una fantasmagoría de existencia puramente novelesca pero de una formidable potencia literaria, por debajo de todo el territorio de Estados Unidos. 

Quiero, antes de cerrar esta reseña, comentar algún otro aspecto destacado de la novela que, junto a la rigurosa descripción de la trágica cotidianidad de la esclavitud y a este interesante hallazgo de la ficticia pero muy lograda y verosímil y narrativamente eficaz invención de la ilusoria red de trenes subterránea, contribuyen a hacer del libro una obra sobresaliente. Se trata de los vínculos que, de manera consciente y reiterada aunque no siempre explícita, el autor establece entre el propósito, las circunstancias, los planteamientos y las condiciones en los que se desarrolló la aberrante esclavitud, y sus equivalentes en otros dos momentos históricos, la “conquista” de América por los colonos pioneros, descendientes de los británicos desembarcados en el Mayflower, con las consiguientes matanzas de los indios, y, por otro lado, el holocausto, el intento organizado y sistemático de exterminio del pueblo judío en la Alemania nazi, al que me he referido en este espacio más de una vez en los últimos meses, con ocasión de la presencia en Madrid de la indispensable exposición, Auschwitz. No hace mucho. No muy lejos, que desde aquí vuelvo a recomendaros con enfervorizada urgencia, al haberse prolongado su estancia en la capital hasta febrero de 2019. 

Whitehead considera la esclavitud como una manifestación más de lo que en su obra denomina el imperativo americano, una inexorable voluntad de conquista y dominio, de “incautación” del mundo, que caracterizó a los primeros habitantes blancos llegados al inmenso y casi virgen continente norteamericano; una voluntad, un “espíritu”, una misión que los llevó a invadir, ocupar y someter territorios y gentes, arrasándolo todo, destruyendo y depredándolo todo, acabando con quienes se oponían a su ocupación. Como afirma explícitamente uno de los negreros: Después de tantos años, yo prefiero el espíritu americano, el que nos trajo del Viejo Mundo al Nuevo para conquistar, construir y civilizar. Y destruir lo que haya que destruir. Para iluminar a las razas inferiores. Y si no, subyugarlas. Y si no, exterminarlas. Nuestro destino por prescripción divina: el imperativo americano. Esa exigencia, ese mandato -el de la dominación y el sometimiento-, que parecen llevar inscritos en sus genes los humanos, estadounidenses o no, y que se ejerce sobre continentes y personas, sean indios o negros, cosifica todo lo que encuentra a su paso, meros objetos del poder destinados al acatamiento y la apropiación: He aquí el verdadero Gran Espíritu, la hebra divina que conectaba todo empeño humano: si puedes conservarlo, es tuyo. Tu propiedad, esclavo o continente. El imperativo americano. Arribados al Nuevo mundo tras escapar de guerras y persecuciones, impusieron en los espacios de acogida un opresivo régimen aún más tiránico que aquel que dejaban atrás: Los blancos habían llegado a estas tierras para empezar de cero y escapar de la tiranía de sus amos, igual que los negros libres habían huido de los suyos. Pero los ideales que enarbolaban para sí, se los negaban a otros. Estados Unidos se construyó -se sigue construyendo- sobre la violencia y la imposición, sobre la injusticia y la crueldad; este sería uno de los “mensajes” del libro, como podréis comprobar en el fragmento que os dejo como cierre a este comentario. 

De un modo no directo y expreso, El ferrocarril subterráneo remite, a mi juicio de manera inequívoca, a otro episodio funesto de la historia de la humanidad: la masacre de los judíos perpetrada por el delirio hitleriano en la primera mitad del siglo XX. Influido quizá por la mencionada visita a la sobrecogedora exposición sobre Auschwitz a la que ya he aludido en semanas anteriores, lo cierto es que en el curso de la lectura del libro han sido numerosas las ocasiones en las que “saltaba” el paralelismo entre ambos horrores, entre ambas funestas tareas de aniquilación, la esclavitud que narra Whitehead y la “solución final” puesta en marcha por el nazismo. Las bodegas de los barcos negreros convertidas en un amasijo de seres hacinados, obligados a convivir sin espacio, entre deposiciones y cadáveres, como correlato de los trenes de la muerte del Tercer Reich; la indigna “estabulación” de los esclavos en precarios habitáculos en las plantaciones y la de los judíos en barracones, cámaras de gas, crematorios, unos y otros tratados con menor consideración que el ganado (Las conducían en manada y las domesticaban. Ya no eran pura mercancía como antes, sino ganado: criado, capado. Encerrado en residencias que eran como gallineros o conejeras); la tasación de los esclavos (Los hombres sanos y las embarazadas valían más que los menores) y la siniestra contabilidad de los campos; el “marcado” de los esclavos (Todos estamos marcados aunque no se vea, por dentro, si no por fuera, y la herida del bastón de Randall era exactamente lo mismo, la marca de que Cora le pertenecía) y los ignominiosos tatuajes de los judíos en los lager; los experimentos pretendidamente científicos en las regiones esclavistas con los negros como conejillos de Indias (Los negros participaban en un estudio sobre las fases latentes y terciarias de la sífilis) y las perversas prácticas de los doctores de Auschwitz, con la diabólica figura de Mengele sirviendo de espeluznante ejemplo, con judíos, homosexuales, gitanos, discapacitados o gemelos como víctimas; la esterilización de las “razas inferiores” como técnica eugenésica en los dos “frentes” (Con la esterilización estratégica -primero de las mujeres pero, a su debido tiempo, de ambos sexos- podríamos liberarnos de la esclavitud sin miedo a que nos asesinaran mientras durmiéramos). 

En fin, sin tiempo ya para más comentarios y con la inquietud en nuestra alma -¿la Humanidad está condenada a repetir una y otra vez sus trágicos errores, sus infaustos desastres, sin que importe el tiempo pasado y las aciagas experiencias vividas?- os dejo recomendándoos enfáticamente la lectura de este durísimo pero pese a ello conmovedor y esperanzado El ferrocarril subterráneo, la espléndida novela de Colson Whitehead que publica Penguin Random House. En sus agradecimientos finales, el autor cita algunos músicos y canciones que lo acompañaron en la redacción del libro. No atiendo, sin embargo, a esas referencias de presencia por lo demás aquí admisible y cierro esta reseña con un blues, de los orígenes del género, interpretado por una mujer, negra y norteamericana. La gran Bessie Tucker, nacida en torno a 1905, entona con su melancólica voz un lamento desgarrado, Penitentiary



Y América también es una vana ilusión, la mayor de todas. La raza blanca cree, lo cree con toda su alma, que está en su derecho de apropiarse de la tierra. De matar indios. De hacer la guerra. De esclavizar a sus hermanos. Si hay justicia en el mundo, esta nación no debería existir, porque está fundada en el asesinato, el robo y la crueldad. Y, sin embargo, aquí estamos. 

Se supone que debo responder a la petición de Mingo de un progreso gradual, de cerrar las puertas a los necesitados. Se supone que debo contestar a quienes opinan que este lugar está demasiado cerca de la penosa influencia de la esclavitud y que deberíamos trasladarnos al oeste. No tengo respuesta. No sé lo que deberíamos hacer. Nosotros, en plural. En cierto sentido, lo único que tenemos en común es el color de la piel. Nuestros antepasados vinieron todos del continente africano. Es bastante grande. El hermano Valentine tiene mapas del mundo en su espléndida biblioteca, podéis consultarlos. Nuestros antepasados tenían medios de subsistencia distintos, costumbres diversas, hablaban cien lenguas diferentes. Y esa gran variedad llegó a América en las bodegas de los barcos negreros. Al norte y al sur. Sus descendientes tabaco, cultivaron algodón, trabajaron en grandes haciendas y en granjas más pequeñas. Somos artesanos y comadronas y predicadores y buhoneros. Manos negras levantaron la Casa Blanca, la sede del gobierno de la nación. Nosotros, en plural. Nosotros no somos un pueblo, sino muchos pueblos. ¿Cómo puede una persona hablar por esta raza, grande y bella, que no es una raza, sino múltiples razas, con un millón de deseos y esperanzas y anhelos para nosotros y para nuestros hijos? 

Porque somos africanos en América. Una novedad en la historia del mundo, sin modelos para lo que seremos. 

El color tendrá que bastar. Nos ha conducido a esta noche, a este debate, y nos conducirá al futuro. Lo único que sé de verdad es que nos alzaremos y caeremos como uno solo, una familia de color vecina de una familia blanca. 

Tal vez no conozcamos el camino que atraviesa el bosque, pero podemos levantarnos unos a otros cuando caigamos y llegaremos juntos. 



Colson Whitehead. El ferrocarril subterráneo

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