Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 7 de noviembre de 2018

MICHAEL SIMS. DETECTIVES VICTORIANAS

Hola buenas tardes. Sed bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca. Hoy continuamos con la serie, que iniciamos hace casi un mes, en la que durante cuatro emisiones -y con la sola interrupción del pasado miércoles, para presentar un libro vinculado al Día de difuntos- os estoy ofreciendo distintos libros centrados, desde enfoques muy diversos -novelas, ensayos y cuentos- en el noir, el género detectivesco o policiaco. Además, en otra de las constricciones que voluntariamente me he impuesto para conformar la muestra, en todos los libros son las mujeres las que asumen el protagonismo, bien sea como autoras o como personajes principales de la trama. 

Como recordaréis nuestros seguidores, en la primera entrega apareció, en una emisión no radiada, Tana French y su magnífico Intrusión. Quince días atrás os hablaba con entusiasmo de la obra de Fred Vargas, uno de los nombres destacados del género y, al margen de etiquetas, una excepcional escritora, que recibió por ello -y esa fue la excusa para hablaros de sus libros- el Premio Princesa de Asturias de las Letras en su edición de 2018, cuya ceremonia de entrega tuvo lugar el pasado 19 de octubre. 

En el programa de esta tarde os traigo una obra miscelánea, un volumen de relatos espléndido, recopilado y presentado por Michael Sims, escritor él mismo y experto especialista en la historia de la literatura criminal. Se trata de Detectives victorianas, una selección de cuentos -once en total, publicados entre 1864 y 1915- en los que otras tantas perspicaces investigadoras resuelven enredados casos policiales con una eficacia llamativa tanto por la aparente imposibilidad de esclarecimiento de los enigmáticos sucesos planteados, como por tratarse de las primeras mujeres que se desenvuelven en un medio a priori tan insólito para las féminas del siglo XIX como es el de la indagación detectivesca. El volumen, que se subtitula de modo muy conveniente y esclarecedor Las pioneras de la novela policiaca, vio la luz en su edición original en 2011 y, en la versión española, el pasado 2017. Publicado por Siruela, el volumen cuenta con la traducción de Laura Salas Rodríguez, a la que se le cuelan algunos deslices, como, entre otros, un terrorífico “sentada enfrente mía”, o un uso ciertamente errático de las locuciones repanchigarse o repanchingarse que, siendo ambas válidas, se alternan en el texto induciendo a confusión. 

La compilación se abre con un jugoso e ilustrativo prólogo del propio Sims en el que se rastrean los orígenes de la presencia de las mujeres en el mundo policial -el real y el literario- de la sociedad victoriana. El primero de los enfoques, el sociológico, nos lleva a la descripción, somera pero significativa, de la bulliciosa actividad en las calles del Londres de la Revolución Industrial, un caos de gentes que arriban a la ciudad y se desplazan frenéticamente por sus aceras creando el caldo de cultivo para la actividad delictiva. En esa exaltada agitación proliferan carteristas, rateros y hasta criminales de mayor enjundia. El elenco de desmanes callejeros recogido por Sims es prolijo y ciertamente aterrador: desvalijamientos, robos a mano armada, asaltos, asesinatos, infanticidios, violencia conyugal, crímenes motivados por el odio racial… Partiendo de semejantes inicios, no es de extrañar que las consiguientes historias de detectives, desde sus primeros momentos, tengan como escenario -más allá de algunas incursiones rurales- las abarrotadas calles de las grandes ciudades, sobre todo de Londres, pero también de Nueva York o París. Un arte urbano, así califica el antólogo al género en sus etapas germinales (siéndolo también, en general, en la mayor parte de su desarrollo posterior). 

En ese entorno social londinense -hay algunos relatos ambientados en los Estados Unidos, pero son los menos-, tan dickensiano, se desenvuelven las historias que recoge el libro, que no sólo se centran en la estricta época victoriana sino que se prolongan hasta la Primera Guerra Mundial, permitiéndonos ver cómo cambiaron los tiempos en la generación que siguió a la muerte de la reina Victoria. Desde este punto de vista, resulta curioso e interesantísimo el breve inciso acerca de la evolución de los vehículos presentes en las narraciones policiacas: carruajes, cupés, landós, sillas de posta o el cabriolé, vehículo icónico de la ficción detectivesca; igualmente, y con posterioridad, el tren. El siglo victoriano entró conducido por caballos y salió tras una máquina que escupía humo y se alimentaba de carbón, síntesis afortunada que podemos leer en el prólogo. Especial mención merece, por su valor simbólico, la bicicleta, objeto de un excurso muy elocuente -del que dejo una muestra al término de esta reseña- y en el que el ingenio y la erudición de Sims se manifiestan en su máxima expresividad. Así, comparecen en el texto desde el irónico comentario de Mark Twain -Cómprense una bicicleta. No lo lamentarán, si viven para contarlo-, hasta, en 1897, la popularización de los bloomers, la denominación en inglés para los pololos, llamados así en honor a la sufragista estadounidense Amelia Jenks Bloomer, que argumentaba que las mujeres debían sustituir sus capas de enaguas por algo parecido a los pantalones turcos (fundamentalmente para facilitar sus desplazamientos en bicicleta y, consiguientemente, su autonomía y su libertad, como demostrarán “nuestras” atrevidas investigadoras). Bloomer había sido la autora de la revolucionaria frase La ropa de la mujer debería adecuarse a sus deseos y necesidades, tan descriptiva del cambio de los tiempos. Desde esa misma lógica, se recogen los comentarios de la reformista feminista Ada Ballin, que en The Science of Dress sostendrá que los encajes ceñidos deben desaparecer de la mente y el cuerpo de la mujer que desee conducir el caballo de hierro. Como se ve, los avances técnicos tendrán su traducción en las actitudes íntimas y hasta en la nueva moral femenina, más desprejuiciada, más libre, más atrevida. La bicicleta aparecerá entonces como el emblema de la nueva mujer y, así, el vehículo está presente a menudo en los cuentos de la antología, cuya portada, preciosa, recoge una estampa que ejemplifica esa carga simbólica del artilugio. 

El género policiaco, fuertemente imbricado, como se ha dicho, en la vida real, se muestra no sólo como reflejo de ésta, sino incluso con valor anticipatorio con respecto a los avances sociales. Y así ocurre, en efecto, con las mujeres detectives, que llegaron a la ficción antes, en ocasiones, que a la realidad de las investigaciones en las comisarías. Michael Sims da cuenta de la génesis de esas labores policiales modernas, con un breve pero apasionante recorrido que nos lleva desde los Bow Street Runners, que a mediados del siglo XVIII corrían de un lado a otro para arrestar a delincuentes y repartir citaciones o mandatos judiciales, hasta la Ley de la Policía Metropolitana de 1829, poco antes del comienzo del reinado de Victoria, una norma que, impulsada por el ministro del Interior Robert Peel, instauró una primera fuerza policial más o menos organizada, cuyos miembros se conocerían desde entonces como bobbies, en explícito homenaje a su dirigente. No sería hasta 1883 cuando las mujeres empezaran a colaborar con la policía en tareas poco cualificadas como el registro a las prisioneras en el momento del arresto. De 1905 son los primeros contratos de mujeres en labores que podríamos llamar subsidiarias, como la vigilancia del absentismo escolar, la asesoría legal o la función de vigilancia de prisiones, meras celadoras. La primera agente contratada específicamente como tal no lo sería hasta 1918. Recuerde el lector que el primer relato del libro es, sin embargo, como se ha dicho, de 1864… ¡¡más de medio siglo anterior!! 

Y es que los más conspicuos defensores de los valores de la época se opusieron durante mucho tiempo -a menudo de modo furibundo- a esa presencia policial femenina que se entendía casi como un acto contra natura: La naturaleza misma de las tareas de un agente de policía va en contra de lo mejor y más esencial de la mujer [...] es un trabajo solo para hombres, se podía leer en un documento de esos días. En ese sentido, la aparición de mujeres detectives en las novelas resulta revolucionaria, pues debe imponerse a un estado de cosas presidido por las reticencias y el escepticismo, que afloran incluso en los relatos, como podemos ver en estos ejemplos: Su mente -afirma un personaje de una de las historias- no podía concebir la idea de que una agente de policía vistiese enaguas. Desde un planteamiento similar, dice de sí misma otra de las investigadoras: Si resultaba que ser detective me repugnaba, si resultaba que me obligaba a sacrificar mis instintos femeninos, me despediría. Y éste es el consejo que se le da, ante una dificultad, a una de las detectives: Eres una mujer, aunque te ganes el pan con una profesión masculina, ¡Lo que necesitas es llorar un buen rato! 

Sin embargo, poco a poco empiezan a valorarse -en la realidad y en la ficción- ciertas cualidades “femeninas” que parecen facilitar a las mujeres su desempeño como avezadas investigadoras, una serie de condiciones que se recogen, sintetizadas, en la muy reveladora cita, entresacada de The Female Detective, obra de 1864 de Andrew Forrester (autor de uno de los relatos seleccionados), que encabeza el libro: El lector comprenderá que la mujer detective cuenta con muchas más oportunidades que el hombre para vigilar en la intimidad, y para seguir de cerca asuntos en los que un hombre no podría fisgar a su antojo. La “vigilancia en la intimidad” parecía así ser la función, tan apropiadamente femenina (lo íntimo era el espacio propio de la mujer, quedando todavía la vida pública bajo el dominio del hombre) a la que se destinarían las mujeres policías, aunque progresivamente, sus logros permitirán superar ese reduccionista “campo de juego”. Resulta reveladora, en los cuentos recogidos en el volumen, esta conjunción entre dos tipos de “atributos” presentes en nuestras heroínas. Por un lado, las cualidades tradicionalmente femeninas, sustanciadas en la supuesta facilidad de la mujer para pasar desapercibida. Así, se dice de una de ellas: [Era] una artista de los disfraces (…) lo mismo aparece como un muchacho entregando un telegrama que como una quiromante oracular; en un momento dado se disfraza doblemente de hombre y de francés, en uno de los muchos rasgos de humor de un libro que además de otros valores resulta divertidísimo. En otros casos se pondera en el curriculum de la investigadora el hecho de que ha sido actriz

Pese a ello, las mujeres se encuentran, al menos inicialmente, desubicadas en un entorno masculino ajeno y hasta hostil, por lo que, la mayor parte de las protagonistas de los relatos antologados ofrecen al lector alguna forma de “justificación” que explique esa presencia extemporánea e inusual: un marido que muere de repente, otro condenado a la ceguera, una hermana desheredada, serán las causas que “obliguen” a estas mujeres romper las normas consuetudinarias para procurarse un sustento adentrándose en ámbitos profesionales poco comunes. Sólo en alguna ocasión, es una genuina rebeldía de la investigadora -la naturaleza no me hizo para ser profesora de secundaria- lo que la lleva a ejercer de experta “sabuesa”. 

Pero, por otro lado, poco a poco empiezan a valorarse en estas mujeres pioneras otras “virtudes”, más específicamente masculinas según los criterios del siglo, que las protagonistas de los cuentos poseen en grado sumo, acabando por convencer incluso a los más renuentes opositores a su reconocimiento profesional. Así, abogados, policías, jueces, periodistas y, sobre todo, clientes, remisos a la hora de aceptar que una mujer se encargue de las pesquisas que les conciernen, terminan por apreciar el cerebro vigoroso y sutil, el valor y la fuerza, la astucia y la constancia, la sagacidad, el sentido común, el ingenio y la capacidad de observación de sus interlocutoras, subordinadas u oponentes, según los casos. En su mayor parte son muy originales y algo excéntricas y todas sin duda geniales, y pronto suscitarán la admiración generalizada de quienes las conocen y trabajan junto a ellas. 

En otro orden de cosas, es ciertamente interesante el análisis que hace Sims de la otra vertiente señalada, la específicamente literaria, con un repaso muy completo a las publicaciones de la época en las que se recoge lo esencial de la producción novelística de la época centrada en las mujeres detectives. En ese estudio, sucinto pero muy sólido, aparecen -obviamente- los once relatos compilados, entre otras muchas referencias del género. Además, debo subrayar que la sabiduría y la lucidez de Sims no se limitan a ese preámbulo repleto de conocimiento e ingenio, sino que, antes de cada nuevo relato, el autor nos ofrece una aguda presentación en la que describe al autor, los personajes y el contexto histórico en el que surgen, con un examen detallado que complementa la visión, más general, de dicho prólogo. 

Ante la imposibilidad de glosar aquí de manera pormenorizada las muchas referencias presentadas, me limitaré ahora a un breve comentario general sobre los elementos que tienen en común las narraciones que podréis encontraros si os decidís a abordar este atractivo Detectives victorianas

Dora Myrl, Amelia Butterworth, Violet Strange, la señora Paschal, Loveday Brooke o Sarah Fairbanks son, entre otras, algunas de las investigadoras -cada una con su peculiar personalidad- que protagonizan La condesa misteriosa, El arma desconocida, Dagas dibujadas, El brazo largo, El asunto de la puerta de al lado, El hombre de los ojos feroces, La aventura de la anciana quisquillosa, Las muescas del bastón, El hombre que me cortó el pelo, El hombre que tenía nueve vidas y La segunda bala, relatos debidos a W. S. Hayward, Andrew Forrester hijo, C. L. Pirkis, Mary E. Wilkins, Anna Katharine Green, George R. Sims, Grant Allen, M. Mcdonnell Bodkin, Richard Marsh, Hugh C. Weir y la ya mencionada Anna Katharine Green, que repite participación en el libro. Como se ve, hay, en el elenco seleccionado, tanto autores masculinos como escritoras, aunque en todos los cuentos la protagonista es siempre una mujer. Todas ellas, más allá de sus respectivas singularidades, comparten rasgos en común. Por un lado -ya se ha reseñado- deben sobreponerse a las autoritarias suposiciones, a la displicencia, a la escasísima fe en su inteligencia y su valentía con las que los hombres las tratan y que les exige poco más que permanecer calladas mientras la supuesta perspicacia de sus muy ufanos colegas intenta resolver, a menudo infructuosamente, los crímenes de los que ellas acabarán por encargarse. En segundo lugar, y al margen de excepciones menores, el entorno en que se mueven nuestras detectives es el muy reconocible de las novelas de Sherlock Holmes: noche londinense, abundante niebla sobre el Támesis y las ruedas de un cabriolé repiqueteando sobre el empedrado. Pero no es sólo el evocador cliché “ambiental” lo que las emparienta con los clásicos masculinos del género, hay también en ellas muchos de los ingredientes de esas novelas reconocidas y de referencia, el principal de ellos la figura del investigador -mujer en este caso- inteligente, exageradamente observador, muy racional y a la vez intuitivo, cuya agudeza le permite reparar en detalles aparentemente nimios -y que por ello pasan desapercibidos para el común de los mortales- pero que encierran en sí mismos las claves que permitirán resolver los casos, el prototipo, en definitiva, de la genial invención de Conan Doyle (y este juego de semejanzas se proyecta también hacia el futuro, pues en algunas de las narraciones nos parece reconocer el familiar universo de Agatha Christie, con algún claro antecedente de la popular señorita Marple). En todas las historias hay, además, las necesarias dosis de terror, estremecimiento, humor (muy abundante), amor, misterio, suspense y aventuras como para suscitar un adictivo interés y un fervoroso entusiasmo en los lectores, que se adentran así con pasión en siniestros lances que incluyen asesinatos, robos, estafas, suplantaciones, secuestros y otros entretenimientos antisociales. Si añadimos que, salvo en un caso, cada una de las historias seleccionadas forma parte de una serie que se ha desarrollado a lo largo de otras novelas o distintas colecciones de relatos, nos encontraremos con un elemento adicional, la familiaridad del personaje principal con el público de la época, que explica la repercusión y el éxito de estas adelantadas pesquisidoras. 

En fin, no hay ya tiempo para más que haceros aquí una última y encendida recomendación de lectura de este Detectives victorianas que presenta Michael Sims en la editorial Siruela. Leedlo y seguro que disfrutaréis de unas horas bien amenas. Os dejo, como complemento musical a mi reseña, con una pieza clásica, el Aria de las Joyas, que forma parte de la ópera Fausto, de Charles Gounod, que está presente en uno de los relatos del libro, El hombre que tenía nueve vidas, y que cuenta además con una cierta tradición “detectivesca” pues la canta con obstinada reiteración la inefable Bianca Castafiore en muchas de las aventuras investigadoras de Tintín (en particular, y con un robo de joyas como elemento central, en Las joyas de la Castafiore, uno de los libros más logrados de Hergé). Aquí podéis escucharla en la versión de la tristemente desaparecida Montserrat Caballé y con un magistral y tintinesco montaje videográfico. 


Durante el reinado de Victoria, los coches de caballos experimentaron una evolución considerable antes de rendirse ante los trenes y, más tarde, ante los automóviles. Por el camino, como verán en algunos de los relatos, Inglaterra se enamoró de las bicicletas. «Cómprense una bicicleta», advertía Mark Twain. «No lo lamentarán, si viven para contarlo». La seguridad era un tema candente e íntimamente relacionado con la libertad femenina. En 1880, el semanario de un penique Girl’s Own Paper publicaba —junto con artículos sobre «Manos suaves y pies bonitos» y «Vendedoras y contables (Cómo ganarse la vida)»— recordatorios de que, cuando se vistiesen para coger un triciclo, las chicas debían prescindir de adornos que arrastrasen y pudiesen engancharse en las ruedas. Al principio era común ver a mujeres llenas de volantes y encajes subidas al asiento de un triciclo de ruedas altas, y a sus maridos con traje al lado, montados en monociclo. Pero el vestido tradicional obstaculizaba el ejercicio. Algo que probó públicamente la cantidad de accidentes que se registraban y que pronto llenaron los periódicos, para alegría de los conservadores, que los citaban como ejemplos de los peligros de la innovación. La reformista feminista Ada Ballin, autora del famoso manual de puericultura From Cradle to School, escribió con una fórmula algo pomposa en The Science of Dress que «los encajes ceñidos deben desaparecer de la mente y el cuerpo de la mujer que desee conducir el caballo de hierro». 

Esta observación condensa uno de los miedos más profundos de la época: que a medida que la ropa de la mujer presentaba menos remilgos, su moral hiciese lo mismo. ¿En qué se estaba convirtiendo Inglaterra, con tantas mujeres presuntuosas que circulaban a toda velocidad en aquellos aparatos modernos, al mando de una movilidad impredecible? Las bicicletas —que pronto sustituyeron a su antepasado de tres ruedas— se convirtieron con rapidez en el emblema de la nueva mujer. Aparecen con frecuencia en las páginas de esta antología, como sugiere la portada, y desempeñan un papel clave en un par de historias. En 1897, la portada del Girl’s Own Paper mostraba a una ciclista con pololos, llamados bloomers en inglés en honor a la sufragista estadounidense Amelia Jenks Bloomer, que argumentó que las mujeres deberían sustituir sus capas de enaguas por algo parecido a los pantalones turcos. Bloomer fue quien escribió la revolucionaria frase «La ropa de la mujer debería adecuarse a sus deseos y necesidades». Muchos discreparon. En el hotel Hautboy se le negó la entrada a un personaje de la talla de lady Harberton, ni más ni menos, por aparecer en la puerta con la falda dividida y el abrigo largo que se recomendaba a las ciclistas. La revista Punch satirizó en 1894 a la nueva mujer como «Donna Quixote». 

Los conservadores tenían razón al preocuparse. Como verán en este libro, montar en bicicleta era tanto una nueva aventura como un símbolo al que la nueva mujer se abrazó con ímpetu. En lugar de charlar sobre moda en la salita mientras sus maridos se fumaban el puro después de cenar, estas mujeres se adentran en la neblina de Londres persiguiendo a sospechosos, reptando por pasadizos secretos y hasta tomándoles las huellas a los cadáveres.

  
Michael Sims. Detectives victorianas

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