Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 22 de mayo de 2019

NINO HARATISCHWILI. LA OCTAVA VIDA (PARA BRILKA)

Hola, buenas tardes. Bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones literarias de Radio Universidad de Salamanca. Como sabéis quienes nos seguís habitualmente, en este mes de mayo, y con las vacaciones de verano ya en el horizonte, nuestro programa quiere adelantarse a ese largo tiempo de ocio y descanso, tan propicio para el viaje, con varias propuestas de lectura cada una de las cuales pertenece a la literatura de uno de los grandes continentes del mundo, para así incentivar en vosotros el ansia de movimiento, de búsqueda de experiencias y de aventura. En todos los casos se trata de libros no centrados específicamente en el viaje pero que, aparte de su interés literario intrínseco, permiten conocer, siquiera de un modo menor, lateral o accesorio, la realidad de sus respectivos países de origen, razón por la cual quizá pueden, como digo, contribuir a despertar el deseo de visitar in situ el escenario de las distintas tramas argumentales. Hasta ahora han comparecido en nuestras emisiones el continente americano, que protagonizó el espacio hace quince días con la Venezuela de Karina Sainz Borgo y La hija de la española, y la semana pasada con las praderas del Far West de Estados Unidos de la espléndida Oeste, de Carys Davies. Le toca el turno ahora a Europa, una Europa no carente tampoco de exotismo -podréis comprobarlo dentro de un rato-, como es la que se muestra en La octava vida (para Brilka), el novelón -más de mil páginas- publicado por la georgiana Nino Haratischwili en 2014. El libro apareció en nuestro país el pasado 2018 en la editorial Alfaguara, en traducción del alemán -idioma en el que fue escrito- de Carlos Fortea. Dramaturga y directora de teatro, la para mí desconocida autora es una figura destacada de la literatura en Alemania, gracias a la obra que ahora os presento, que la convirtió en una revelación fulgurante al obtener numerosos premios en su país de acogida y acumular desde su publicación infinidad de traducciones.

La novela ofrece numerosos motivos para el disfrute, que surgen de los cuatro o cinco ejes sobre los que giran su estructura y su planteamiento narrativo y que a continuación quiero comentaros. Estamos, en primer lugar, ante una apasionante saga familiar, la de los Dzhashi, cuya historia se nos cuenta a partir de las vidas de ocho personajes pertenecientes a seis generaciones diferentes, la primera de las cuales, centrada en torno a un legendario “fabricante de chocolate” que luego os presentaré, hunde sus raíces en el siglo XIX, y la última, la de la Brilka del título, una chica joven, nacida en 1993, llegando hasta principios de nuestro siglo. En segundo lugar, La octava vida tiene un extraordinario valor desde un punto de vista histórico y hasta documental -aunque nos hallamos, sin ningún género de dudas, ante un texto de ficción, ante una novela-, pues, en paralelo al desarrollo de las peripecias de la familia protagonista, el libro permite al lector conocer la evolución de una sociedad, la rusa en general y la georgiana en particular, que durante el siglo XX ha experimentado episodios y acontecimientos esenciales en la historia de la humanidad, ha vivido crisis y revoluciones trágicas y muy cruentas, y ha visto crecer en su seno ideologías y movimientos, corrientes políticas y tendencias sociales que han cambiado el mundo irremisiblemente. La octava vida es también, así, un muy fidedigno relato de casi cien años del comunismo soviético, de sus excesos, de sus lacras, de sus miserias, de sus crímenes, equiparables -al menos- en cantidad y crueldad a los perpetrados por la más difundida barbarie nazi, tantas veces comentada en este espacio. En otro plano, el estilístico, la novela interesa por su muy jugosa reflexión sobre la necesidad del ser humano de narrar y escuchar narraciones, sobre la importancia del “contar historias”, y, en ese mismo sentido, por la fecunda aportación que supone, en sus desbordantes páginas, a la construcción de un inmenso tapiz de cuentos que se entrelazan e imbrican, en una significativa metáfora -la vida como relato- de la existencia humana. Por último, y también en este ámbito estrictamente literario, hay rasgos que emparentan La octava vida con el realismo mágico, pudiendo encontrar en sus páginas ecos de García Márquez o Isabel Allende.

La octava vida cuenta la trayectoria de la familia Dzhashi a lo largo de seis generaciones. En un relato que abarca más de cien años, ocho personajes principales, un hombre, Kostia, y siete mujeres, Stasia, Christine, Kitty, Elene, Daria, Niza -que es la voz narradora del libro- y Brilka, que no llega apenas a comparecer, pues ella, la más joven, es el futuro que se abre, la octava vida aún por hacer y que cierra una estirpe de muy convulsa historia, atraviesan el siglo recorriendo Europa entera -Londres. Viena, San Petersburgo, Moscú, Praga, Berlín, Tiflis y otros lugares de Georgia- desde el domicilio familiar, una Casa Verde “primordial” que se nos muestra con una carga simbólica casi de leyenda. La narración imbrica las vicisitudes afectivas, sentimentales, amorosas e íntimas de los Dzhashi con, como se ha dicho, los terribles sucesos del siglo, repletos de barbarie y horror. Lo tortuoso del mundo exterior se pone en paralelo a las dificultades y pesares de las existencias individuales (en nuestra familia nadie había podido construir una felicidad duradera). La aún joven Niza, nacida en 1973, tataranieta del “fabricante de chocolate”, reconstruye la historia familiar a partir de relatos orales de sus longevos parientes, en una sucesión de peripecias de imposible síntesis en la corta extensión de esta reseña, infinidad de cuentos -todos “reales” aunque en muchas ocasiones tocados por una atmósfera de magia y misterio- que aproximan al libro a la libérrima y fecunda creatividad de Las mil y una noches, cuya referencia aparece de manera explícita: Aquella Stasia normalmente tan parca en palabras se convertía en Sherezade, y me llevaba, con los más increíbles colores, a un mundo escondido. Con un lenguaje florido, con dramáticos puntos culminantes y emocionantes giros, modulando la voz para interpretar distintos papeles, convertía el pasado en presente.

La historia comienza cuando Niza recibe el “encargo” de buscar a su sobrina Brilka, de tan solo doce años, que ha huido sola en dirección a Viena para indagar o resolver uno de los múltiples misterios familiares. Desde ese presente de 2006, en el que se abre el libro -y en el que también se cierra, en un movimiento circular muy literario-, Niza vuelve atrás y adelante en el tiempo dando cuenta de los más importantes momentos de la intensa existencia del clan. Comparecen así su hermana Daria, madre de Brilka; la algo desequilibrada madre de ambas, Elene; el feroz y a la vez entrañable abuelo, Kostia, militar y alto cargo del poder soviético; la tía abuela Kitty, atrevida y de temperamento artístico; la bisabuela Stasia, llena de misterio y con poderes casi sobrenaturales; la hermanastra de esta última, la bella Christine, de existencia trágica; e incluso, en pinceladas episódicas, en leves y esporádicos apuntes, el gran patriarca innominado, el chocolatero creador, en su próspero negocio decimonónico, de una receta de la salutífera bebida capaz de servir de apoyo y llenar de energía a quienes la consumen, pero también de alterar sus personalidades y provocar en ellas todo tipo de aciagas desgracias. Un chocolate que se constituye en una especie de motivo recurrente, una suerte de hilo conductor que irá enlazando los distintos momentos de la saga.

A lo largo del libro asistimos, pues, a todo tipo de episodios: hay noviazgos y matrimonios, adulterios y amores clandestinos, hay bailes de la alta sociedad y bodas con oficiales del ejército, hay éxitos y reveses profesionales, hay una carrera artística brillante, hay personajes que graban discos y otros que hacen películas, hay héroes de guerra y represaliados por su rebeldía, hay violaciones y torturas, hay asesinatos y suicidios, hay alegrías y sinsabores, hay espías y desertores, hay viajes, hay exilios, hay aislamiento y reclusión voluntarios y deportaciones forzosas, hay entrañable cariño familiar y desapego y frialdad y soledad incluso entre parientes, entre esposos. Hay fantasmas, hay canciones, hay erotismo y ternura, hay infinidad de lágrimas vertidas, hay muertes, muchas muertes, millones de muertes en La octava vida. Hay quien una noche sale volando sin alas, hay quien busca a Dios, hay alguien a quien le arrancan el corazón. Y una abuela que baila un pas de deux a los ochenta y tres años, e infectados de amor como un veneno, y un apuesto teniente vestido de blanco y rojo, y una celda de prisión, y una siniestra y terrible mesa de operaciones. Y flotando por encima de todo ello, el aroma del chocolate caliente, el mágico bebedizo de poder transformador. Entre esta sucesión aparentemente heteróclita de sucesos y acontecimientos, sobresale el talento de la narradora para contar historias, en primer lugar desde el punto de vista formal, en tanto que los “lances” descritos fluyen con naturalidad sin que el desorden o las divagaciones, las distracciones estériles o los puntos de fuga confusos comparezcan y dificulten la lectura, antes al contrario, hay una enorme destreza en Haratischwili al entrelazar momentos y personajes y niveles narrativos, hechos, anécdotas, incidentes y episodios diversos.

Pero el “contar historias” está presente también en un nivel más teórico, más metaliterario, podríamos decir. La novela entera es una reflexión acerca del acto de narrar, de la importancia de los relatos en nuestra manera de habitar el mundo. La octava vida está así surcada por infinidad de pensamientos, digresiones y comentarios sobre el valor de la invención, de las palabras, sobre la necesidad de dar orden y forma y estructura a la dispersión y la multiplicidad de experiencias de nuestras vidas a través de los relatos: Me di cuenta de que, más que ninguna otra cosa en el mundo, quería hacer exactamente lo que aquella mujer ciega y sin embargo tan visionaria estaba haciendo en ese momento: reunir lo que estaba separado. Reunir los recuerdos ajenos, que solo tendrían sentido cuando de las muchas partes sueltas surgiera un conjunto.

Niza -y con ella su creadora- está poseída por la pasión de las palabras, por la poderosa fuerza de la narración. Ya no se trataba de qué escribía y cómo, lo principal era que lo hacía para no perder la razón, para olvidar, para trasladarme a unos tiempos lejanos y una vida ajena, únicamente para huir de la mía. Sumergida (Sus frases eran para mí como fórmulas mágicas con las que me sumergía en otro mundo, un mundo que no conocía, que estaba en algún sitio muy, muy remoto y del que solo Stasia tenía la llave) en los relatos de sus antepasadas -en la novela son, sobre todo, las mujeres quienes cuentan: Mi gran contadora de historias, mi bisabuela, que veía fantasmas y los mezcló en mis sueños- Niza enlaza historias ajenas y propias (Quizá ese día entendí exactamente que en mi corta y banal historia habían entrado ya muchas historias ajenas, que habían ocupado su lugar junto a mis propios pensamientos y recuerdos, historias que recopilaba y con las que crecía) hasta el punto de acabar confundiéndose con ellas, siendo ella misma historia, palabras: Así que para mí mi vida empieza exactamente ahí, exactamente en el año 1900, cuando Stasia vino al mundo en uno de los inviernos más fríos que se recuerdan. Entonces nací yo, exactamente igual que tú, Brilka. Mi infancia no comienza en 1973, no, sino mucho antes, llega mucho más hondo. Mi infancia, el tiempo en que me creía libre y feliz (…) son esas historias. Allí donde comienzan, empiezo yo. Todos esos pueblos, ciudades, casas, personas…, todas ellas son parte de mi infancia. Tanto la revolución como la guerra, tanto los muertos como los vivos. Todas esas personas, todos esos senderos vitales y esos lugares se quedaron tan grabados a fuego en mi cerebro, se hicieron tan presentes en él, que nací con esas personas y esos acontecimientos (…) Pronto, esperaba, sería capaz de contarlas por mí misma, de volver a contarlas, a contemplarlas.

El impulso vital que mueve a la narradora es el narrar, contar la inmensidad de la vida, trasladar al papel la infinidad de pequeños detalles que configuran el dolor y el gozo de la existencia, “cantar” la vida: Tal vez debiera cantar a la vida -escribe- La vida tal como era. La vida llena de asesinos, de aulas, de engañados y abandonados por el camino, llena de palabras que ya no tenían sentido, llena de milagros y de azares, llena de besos y de aversión.

Y como corolario de esta poderosa idea principal, otra no menos sugerente: la literatura -y la vida- entendidas como un tapiz, un gigantesco y valioso tapiz que debemos interpretar a la vez que lo vamos construyendo, un rompecabezas, un mosaico que tenemos que descifrar. ¿Era realmente la vida como un tapiz, cuyo diseño había que aprender a leer?, escribe Niza, en una reflexión que se repetirá de manera recurrente a lo largo de todo el libro. La vida -como los libros- está hecha de fragmentos, de personas, de lugares, de vivencias, de encuentros, de experiencias, de sucesos, de pérdidas, de recuerdos, también de fantasmas, de invenciones, de quimeras, y vivir es, en cierto modo, intentar unir esas piezas, darles sentido, crear algo parecido a una forma reconocible, dotar de coherencia a lo que no son más que hilos sueltos. Esa metáfora, la del tapiz, es, pues, otro de los grandes ejes temáticos de la novela, como puede percibirse en esta larga cita:

Un tapiz es una historia. En él se ocultan a su vez otras innumerables historias. Ven, con mucho cuidado, cógete de mi mano, así, bien, ahora mira, ¿ves el dibujo?
Yo miré fijamente los ornamentos de colores sobre la superficie roja.
—Todo esto son hilos individuales. Cada hilo es una historia, ¿me comprendes?
Asentí con devoción, aunque no estaba segura de entenderla.
—Tú eres un hilo, yo soy un hilo, y juntas somos un pequeño adorno, y al juntarnos con muchos otros hilos damos un dibujo como resultado. Todos los hilos son distintos, de distinto grosor o finura, de distintos colores. Los patrones son difíciles de descifrar de uno en uno pero, si se contemplan en su conjunto, nos ofrecen muchas cosas fantásticas. Mira aquí por ejemplo. ¿No es maravilloso? ¡Ese ornamento es sencillamente fabuloso! A eso se añaden el grosor y el número de los nudos, las diferentes estructuras de color…, todo eso da como resultado la textura. Creo que es una buena imagen. En los últimos tiempos, pienso mucho en esto, y a menudo. Los tapices están tejidos con historias, así que hay que guardarlos y cuidarlos. Aunque este haya permanecido años almacenado como pasto para las polillas, ahora tiene que revivir y contarnos sus historias. Estoy segura de que también nosotras estamos entretejidas en él, aunque nunca lo habríamos supuesto.

Esta compleja construcción novelesca, este artificio literario con el que la autora desarrolla su relato a la vez que ejemplifica el valor de la ficción, se presenta en paralelo a la descripción de la realidad circundante, de la existencia de un siglo cuyo transcurso atraviesan las distintas generaciones de la familia protagonista. La conjunción entre estos tres planos del libro -la narración propiamente dicha, lo metaficcional y la crónica histórica- se adelantan ya al inicio de cada uno de los cientos de epígrafes que integran los ocho capítulos del libro -siete en realidad, ya que el relativo a Brilka permanecerá abierto, aún por escribir-, pues todos ellos se abren con citas de escritores o políticos, letras de canciones o fragmentos de poemas en un muy bien hilado vínculo que conecta la trama novelesca con el mundo externo a ella, guiando al lector por el doble camino de la ficción y la realidad en un proceso en el fondo inseparable.

Lo realista, lo documental, pues, el recorrido por una vertiente de la historia que nos resulta menos conocida que otros episodios de similar entidad más divulgados, constituye otro de los grandes alicientes del libro. Hablo, ya se ha dicho, del pavoroso siglo XX vivido en la Unión Soviética, cuyas vicisitudes, quizá por el secretismo y la cerrazón inherentes a un férreo régimen dictatorial, quizá por la lejanía y la vasta extensión -en gran parte “oriental”- del inmenso país, no forman parte, como sí lo hacen los trágicos acontecimientos de la crueldad nazi, de nuestra memoria colectiva. En resumidas cuentas y en fórmula reduccionista: cualquier escolar español, cualquier ciudadano medio de nuestro país -no hablo de los “cultivados”-, conoce bien a Hitler mientras que el nombre de Stalin apenas le “suena”. Y desde ese punto de vista la novela que hoy os presento interesa sobremanera, pues permite conocer una realidad ignorada o, si no, injustamente mitificada. Por La octava vida pasan la revolución del 17 y la toma del Palacio de Invierno; la defenestración de los zares; la llegada del comunismo al poder; las cruentas disputas entre facciones y bandos rivales -bolcheviques y mencheviques, marxismo, leninismo y troskismo-; la participación de la Unión Soviética en la primera guerra mundial; la general pobreza y las devastadoras hambrunas; los privilegios de una clase política alejada del pueblo; la burocracia implacable; los planes quinquenales y la colectivización; las ancestrales y recurrentes guerras independentistas del Cáucaso; los persistentes conflictos con la infinidad de pequeñas repúblicas unidas tan solo como consecuencia de la “eficacia” de un régimen de terror; las purgas y el exterminio de los enemigos políticos -entendiendo por tal a cualquier sospechoso de la menor disidencia-; el gulag; la ambigua participación rusa en segunda guerra mundial, aliada de Hitler primero, enemiga feroz más tarde; la ya legendaria batalla de Stalingrado (que ya mencionamos aquí al presentar Vida y destino, la obra maestra de Vasili Grossman); las brutalidades durante la “liberación” de los países ocupados, con las violaciones y la represión consiguientes; las interioridades de la política soviética tras la contienda; el temible KGB; la conferencia de Yalta; la guerra fría y Jrushchov y su famoso zapato esgrimido como “arma” en las Naciones Unidas; el férreo control sobre los países del “Telón de acero”; los atisbos de rebeldía y libertad en Hungría, en Checoeslovaquia, la primavera de Praga, sofocados con violencia; las primeras tibias y tardías muestras de desconfianza de los intelectuales occidentales ante el “inmaculado” mito comunista; los sucesivos dirigentes que cruzaban, más o menos siniestros, las imágenes de los telediarios a partir de los años setenta y que nos resultan familiares a quienes ya tenemos una cierta edad: Brézhnev, el efímero Andrópov, el aún más fugaz Chernenko, Gorbachov y su perestroika y la caída del comunismo. En definitiva, un siglo entero de la Rusia soviética, salpicado con numerosos ejemplos de las especificidades del “régimen” en Georgia, cuya realidad, cuyas ciudades, cuyas gentes, cuyos paisajes y costumbres y gastronomía permean el libro; no en vano el propio Stalin y Beria -el implacable y sanguinario Pequeño Gran Hombre de la novela-, ambos sátrapas despiadados, eran georgianos. Y es que este retrato de cien años de la dictadura soviética se hace también, más allá de la enumeración de hechos y personajes, a través de una muy vívida descripción del terror. Por debajo de la narración de todos estos acontecimientos aflora el horror, la destrucción sistemática por parte de un régimen desalmado y corrupto, taimado y asesino, de millones de seres inocentes, gentes que, embaucadas y engañadas, cuando no sometidas violentamente, entregaron su vida a una causa fraudulenta y falsa (Todo eran espejismos, ilusiones. Y para eso hemos dado nuestra vida, dice uno de los personajes; y también: He vivido una vida entera para el Estado). La inhumanidad del feroz estalinismo impregna tristemente -de modo directo y frontal o tangencial y oblicuo- las biografías de todos los protagonistas de la novela, en una nueva constatación -ahora desde una perspectiva distinta a la habitual- de la obstinada pervivencia del mal entre la especie humana: Se acordó de la guerra. Se acordó del gulag. Se acordó de la deshumanización que había vivido y que, al parecer, era tan fácil de aceptar, como si la verdadera naturaleza del ser humano fuera lo inhumano. Pese a ello, pese a la mucha desgracia narrada, La octava vida es, en el fondo, un libro optimista, lleno de ilusión y esperanza, de los que el personaje de Brilka, con su existencia aún por hacer, con todas las posibilidades y todos los logros todavía a su alcance, es un ejemplo paradigmático. Tuvo una sensación -leemos, en este sentido, en un momento del texto- de dicha estupefaciente, abrumadora, única; pura y viva alegría de ser una con el mundo. Un mundo en el que, en algún sitio junto al frío mar, la esperaba un hombre enamorado, y en el que sería posible ofrecer al hijo de ambos una vida hermosa, protegida, feliz.

Sin tiempo ya para más comentarios, dejo aquí un breve apunte, ya anticipado, sobre la dimensión fantástica o mágica de la novela, presente sobre todo en el hilo conductor del chocolate de milagrosas y equívocas propiedades (juró aprenderse la receta de memoria y destruir la nota. Y cuando volvió a estar en su cama y evocó el sabor con todos los sentidos, tuvo la certeza de que con ese secreto se podían curar heridas, evitar catástrofes y deparar la felicidad), pero también en numerosos otros pasajes. He aquí una sola muestra que permite identificar, no obstante, la atmósfera de algunos episodios del libro: Las plantas lo sintieron y brotaron como enloquecidas en el jardín. Poco a poco, penetraron también en la casa. Incluso los muebles comenzaron a emitir extraños sonidos, y toda clase de pájaros celebraban sus asambleas en el tejado. Mariposas y saltamontes asediaban la casa, gatos vagabundos paseaban a su alrededor, incluso fueron descubiertas ardillas y ratas. Como se ve, muy “garcíamarqueziano”.

En fin, son muchos los motivos por los que acercarse a esta inmensa -en todos los sentidos- novela, especialmente recomendable para los vastos días veraniegos de descanso vacacional que ya vislumbramos en el horizonte.

Como correlato musical a mi reseña os dejo ahora con Dream (when you’re feeling blue), interpretada por Frank Sinatra, uno de los distintos temas que suenan en un libro con mucha música: Pink Floyd, los Beatles, Billie Holiday, la ópera de Bellini, una romántica pieza emblemática de Grieg y las numerosas canciones de “tía Kitty”, cantante profesional en una etapa de su vida.


Me llamo Niza. Mi nombre contiene una palabra que en nuestra lengua materna significa «cielo». Za. Quizá mi vida anterior había sido la búsqueda de ese cielo que se me había dado como promesa desde mi nacimiento. Mi hermana se llamaba Daria. En su nombre está contenida la palabra caos. Aria. El hurgar y remover, el traer la confusión y no remediarla. Estoy en deuda con ella. Estoy en deuda con su caos. Siempre me sentí obligada a buscar mi cielo en su caos. Pero quizá se trata simplemente de Brilka. De Brilka, cuyo nombre no significa nada en la lengua de mi infancia. Cuyo nombre no tiene ni etiquetas ni estigmas. De Brilka, que se dio a sí misma ese nombre e insistió en que se la llamara así hasta que los demás olvidaron el verdadero.

Y, aunque nunca te lo he dicho, me gustaría ayudarte, Brilka, me gustaría tanto, a escribir tu historia de nuevo, de otro modo. Para no limitarme a decirlo, sino también poder demostrarlo, escribo esto. Solo por eso.

Debo estas líneas a un siglo que estafó y engañó a todos, a todos los que tenían esperanza. Debo estas líneas a una larga y duradera traición, que cayó como una maldición sobre mi familia. Debo estas líneas a mi hermana, a la que nunca pude perdonar que aquella noche saliera volando sin alas, a mi abuelo, al que mi hermana arrancó el corazón, a mi bisabuela, que bailó un pas de deux para mí cuando tenía ochenta y tres años, a mi madre, que buscaba a Dios… Debo estas líneas a Miro, que me infectó de amor como si fuese veneno, debo estas líneas a mi padre, al que nunca pude conocer de verdad, debo estas líneas a un fabricante de chocolate y un primer teniente blanco y rojo, a la celda de una prisión, pero también a una mesa de operaciones en mitad de un aula, a un libro que nunca hubiera escrito si… Debo estas líneas a las infinitas lágrimas vertidas, me debo estas líneas a mí misma, que abandoné mi patria para encontrarme, y me perdí cada vez más; pero, sobre todo, te debo estas líneas a ti, Brilka.

Te las debo porque mereces la octava vida. Porque dicen que el número ocho equivale a la eternidad, al eterno retorno. Te regalo mi ocho.

Nos une un siglo. Un siglo rojo. Para siempre y ocho. Estás en él, Brilka. He adoptado tu corazón. He tirado el mío. Acepta mi ocho.

Eres la niña mágica. Lo eres. Atraviesa el cielo y el caos, atraviésanos a todos nosotros, atraviesa estas líneas, atraviesa el mundo de los fantasmas y el mundo real, atraviesa la inversión del amor, de la fe, acorta los centímetros que siempre nos separaron de la felicidad, atraviesa el destino que no fue.

Atraviésanos a ti y a mí.

Sobrevive a todas las guerras. Cruza todas las fronteras. Te dedico todos los dioses y todas las coronas de flores, todas las quemaduras, todas las esperanzas decapitadas, todas las historias. Atraviésalas. Porque tienes los medios para hacerlo, Brilka. El ocho, piensa en él. En esa cifra quedaremos enredadas para siempre y podremos oírnos la una a la otra a través de los siglos.

Tú podrás.

Sé todo lo que fuimos y lo que no fuimos. Sé un teniente, una funambulista, un marinero, una actriz, un cineasta, una pianista, una amante, una madre, una enfermera, una escritora, sé roja y blanca o azul, sé caos y cielo y sé ella y yo y no seas nada de eso pero, sobre todo, baila innumerables pas de deux.

Atraviesa esta historia, y déjala atrás.



Nino Haratischwili. La octava vida (para Brilka)
 

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