Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 17 de julio de 2013

EDWARD BUNKER. NO HAY BESTIA TAN FEROZ

Hola, buenos días. Bienvenidos a una nueva edición veraniega de Todos los libros un libro; una edición en la que, conforme al propósito que nos marcamos al comienzo de este mes de julio, nuestro programa se centra de modo monográfico en el género negro. Como anticipé hace algunas semanas, a lo largo de este mes, en cada uno de sus miércoles, os ofrezco una recomendación de lectura que tiene como centro una novela policiaca, en la convicción de que este tiempo de vacaciones y descanso, de relajación y ausencia de obligaciones es siempre especialmente propicio para adentrarse en unos libros quizá más ligeros -y por ello más “digeribles”, en la playa o bajo un árbol, al borde del mar o con la uniforme banda sonora de las infatigables cigarras-, pero siempre, si son de calidad (y en todas mis propuestas procuro que calidad no falte; en la de esta semana la hay a raudales), intensos y apasionantes.
 
Mi sugerencia de hoy es una obra muy interesante, un libro formidable, contundente, muy duro, despiadado, que no se permite concesión alguna con el lector, al que casi desde el inicio coge por las solapas, zarandea, estremece, agarrota y golpea brutalmente (y disculpad lo excesivo de la metáfora; estoy seguro de que tras su lectura no la encontraréis tan desmesurada). Se trata de No hay bestia tan feroz, un título de reminiscencias shakesperianas -No hay bestia tan feroz que no conozca algo de piedad, se lee en la cita de Ricardo III que abre el texto- que ejemplifica, en su tajante simplicidad, algunos de los elementos más destacados de la historia que se nos relatará en sus páginas. El libro, escrito por Edward Bunker en 1973, se publicó el pasado 2009 por iniciativa de Sajalín editores en traducción (con algunos fallos significativos: entre otros el uso reiterado de “a parte” o “a posta”, así, en dos palabras separadas) de Laura Sales Gutiérrez.
 
No hay bestia tan feroz es, aparentemente, una novela, los personajes llevan nombres inventados, las tramas parecen haber nacido de la imaginación de su autor, el estilo es indudablemente literario y, por si fuera poco, se nos presenta por la editorial como una novela criminal -la mejor novela criminal sobre los bajos fondos de Los Ángeles jamás escrita, como señala James Ellroy en el breve prefacio al libro. Y sin embargo, debo confesaros que yo mismo, sin apenas información previa, con sólo un mínimo conocimiento del autor -el muy somero que proporciona la solapa del volumen y el poco más extenso extraído de alguna ligera consulta en internet- he percibido en todo momento, durante su lectura, algo que va más allá de la ficción novelesca, una poderosa huella personal en este relato, un fuerte tono autobiográfico, una especie de confesión a tumba abierta -nunca mejor dicho, dado el ámbito de asesinatos y crímenes del libro- de Max Dembo, el delincuente que, al margen de que creáis o no mis poco fundamentadas intuiciones, es, sin ninguna duda, la traslación literaria del propio escritor. La vida de Edward Bunker es prácticamente idéntica a la de su atractivo protagonista (y más adelante os hablaré de esta paradójica atracción), y no resulta difícil suponer que, además de los hechos, también los datos y las referencias biográficas, la crudeza de las ideas, lo desesperanzado de los pensamientos, la radical y a veces estremecedora sinceridad de las reflexiones del personaje, se corresponden punto por punto con el propio sentir del autor, delincuente habitual, alternativamente convicto y preso y fugitivo de la justicia, atracador y maleante. Precisamente este tono confesional, la íntima verdad que percibimos en la voz que narra, la genuina verosimilitud de lo que se nos cuenta, son algunos de los motivos de interés del libro, que explican, además, la fascinación y el atractivo de un personaje absolutamente alejado -al menos, en mi caso- de los parámetros existenciales y morales de nuestras muy comunes y previsibles y afortunadamente nada “delincuentosas” vidas. Pero sobre ello, sobre la propuesta moral de la novela -si es que contiene alguna propuesta, algo muy discutible-, insisto, volveré más adelante.
 
Max Dembo sale de la cárcel en libertad condicional. Tras ocho años encerrado por falsificación de documentos (la punta del iceberg demostrable de una larga serie de delitos que los tribunales no pudieron probar), el sistema judicial lo deja en la calle con lo que lleva puesto, sin familia, sin trabajo y con dinero para vivir con frugalidad durante dos semanas, como él mismo señala. La vida de Max ha sido ciertamente complicada: el mundo, la sociedad, el sistema, la vida, en fin, lo han dejado de lado -lo han condenado- desde niño. Cuando su madre muere como consecuencia del parto en que lo dio a luz, su padre tenía cincuenta y dos años. Cuatro después declaran inválido a su progenitor, tras el primero de una larga serie de ataques al corazón. La nuestra -dice el propio Dembo- era una familia sin parientes ni amigos próximos, así que a los cuatro años comparecí por primera vez ante un tribunal, que consideró que yo era un niño necesitado y me dejó bajo la tutela del condado. El condado me dejó en una casa de acogida y mi padre empezó a morir lentamente en asilos de ancianos y habitaciones alquiladas. Desde el principio Max es un alborotador, un fugitivo, un niño aficionado a los berrinches y un ladrón. Si aquella conducta respondía a algún propósito -relata- yo era demasiado pequeño para articularlo. Más tarde, mis sentimientos fueron confusos y contradictorios, odio a la autoridad, soledad, anhelo de amar. Por aquel entonces, el estado -o la sociedad- estaba decidido a acabar con la rebeldía. Cuando cumplí diez años el círculo ya se había cerrado. El círculo: escapa a los quince años del reformatorio con cinco dólares en el bolsillo. Vive una vida sin freno, sin límite, hecha de sensaciones, sin moderación ni sentido, en un ahora permanente. Se convierte en ladrón especializado en allanamientos, estafas, falsificación y robo de coches, en atracador a mano armada, chulo, conocedor y diestro usuario de armas de fuego, en experto en falsificación de documentos. Empieza a fumar marihuana -confiesa- a los doce años y a pincharse heroína a los dieciséis. Y si no tiene experiencia con el LSD y el speed es porque -declara- se hicieron populares durante los ocho años de su encarcelamiento. Sin demasiado énfasis, Max incorpora a su currículo algunos otros datos: He sodomizado a jovencitos guapos y homosexuales afeminados aunque, aclara, sólo en sus temporadas en la cárcel. En definitiva, a sus treinta y tantos, Max ha pasado toda la vida encerrado en una celda minúscula o corriendo despavorido hacia ninguna parte. No resulta extraño, pues, que su filosofía vital consista -como le dice un amigo- en “a la mierda todo”.
 
En estas circunstancias, con estos antecedentes, con esta conflictiva personalidad, Max debe rehacer -prácticamente desde la nada- su existencia en libertad condicional. Rosenthal, el estricto -y en su rigidez, inhumano- agente que tutela su nuevo estado, lo somete a unas rigurosas exigencias, de difícil cumplimiento para un recién salido de la cárcel. Sin dinero, sin trabajo, sin relaciones -fuera del lumpen que constituye su hábitat natural-, el expresidiario se ve conminado, con urgencia, a incorporarse a la vida “normal”, a un mundo regido por un orden que siempre lo ha despreciado. Y una parte notable del alma de Max desea esa existencia pacífica, sin sobresaltos, tranquila, honrada... pero la presión de la justicia -personificada en el insensible Rosenthal- y, sobre todo, su implacable sino, parecen hacer imposible su propósito. Pídame que no cometa ningún delito -casi suplica a su agente- no que viva según sus principios. Si eso era lo que la sociedad quería de mí, no me tendría que haber metido en orfanatos y reformatorios y haberme deformado el carácter. Sólo le pido que comprenda lo difícil que es mi situación. Sólo conozco a expresidiarios, estafadores y prostitutas. Ni siquiera me encuentro cómodo con quienes respetan la ley. Me gustan las prostitutas y no las buenas chicas. Pero que prefiera acostarme con una prostituta no quiere decir que vaya a perforar una caja fuerte con un soplete de acetileno. Condenado a desenvolverse en un universo habitado por personas que están en el linde de la pobreza, por alcohólicos irredentos, por tristes jubilados sin futuro, por putas que cobran diez dólares por servicio, por yonquis y chaperos y traficantes y timadores y mafiosos y proxenetas, por compañeros de delincuencia, Max deambula por bares infectos, restaurantes cochambrosos, tugurios nocturnos de mala muerte y locales de striptease, mientras intenta contener las tentaciones de dinero rápido y mujeres y droga y una cierta confortabilidad de vida que percibe -al alcance de la mano- en las cajas de los supermercados y las casas de empeño, en las opulentas entrañas de las joyerías y los bancos.
 
Enfrentado a su destino, Max no puede resistirse demasiado y pierde la batalla de la normalidad. Solo frente al mundo, solo contra la humanidad, su permanente lucha le hace saltar todos los límites, vuelve al delito, vuelve a la locura, ya ni siquiera la vida le parece un bien demasiado preciado. Me dominó un ansia de caos, de abrazar mi vida tal y como era. Recorrí aquella lúgubre calle con plena conciencia de mi libertad; era un leopardo entre gatos domésticos. Despreciaba a aquellos seres encorvados e informes, grises y anodinos, que corrían desesperados en busca del calor y la seguridad. Los Ángeles, California, Estados Unidos, por extensión el mundo entero, se le aparecen como una sucesión de casas separadas por hileras de árboles que delimitaban las avenidas. Casas pintadas de colores pastel, antenas de televisión que desfiguraban la silueta de los edificios. El relámpago azul celeste de una piscina. Aquella era la meca del sueño americano, lo que todo el mundo quería. Un mundo de mujeres jóvenes y esbeltas, con pantalones cortos y camisetas de tirantes con la espalda descubierta, que conducían vehículos familiares de 400 caballos, rumbo a supermercados con aire acondicionado y música ambiental. Un mundo de canguros y cultura condensada en clubes de lectura de los “mejores libros de la historia”. Una vida de barbacoas junto a la piscina y cines al aire libre abiertos todo el año. Aquello no era para mí. A la mierda los seguros de salud y vida. Querían vivir sin salir del útero. A mí me hacía sentir más vivo jugar sin reglas, contra la sociedad, y estaba dispuesto a jugar hasta el final. Odiando a la sociedad, más que por cómo me ha tratado, por aquello en lo que me ha convertido, rebelándose frente al injusto sinsentido del mundo, los capitostes de la sociedad proclamaban a los cuatro vientos que robar estaba mal; mientras tanto, ellos lo tenían todo y él nada, consciente del absurdo de su existencia, robar 185 dólares a cambio de una posible cadena perpetua. ¿Qué clase de vida era aquella?, Max -acorralado y jugándose su supervivencia- se entrega a una espiral de violencia y atracos y drogas y fugas y disparos y venganzas y traiciones, una absurda y trepidante y salvaje y vertiginosa espiral en la que el delito era mi única salida.
 
No hay bestia tan feroz que no conozca algo de piedad. Y sin embargo, pese a la brutalidad, el egoísmo, la vida al límite, el carácter antisocial, el frenesí violento de la complicada peripecia vital de Max Dembo, hay algo en él -¿piedad?- que nos los aproxima, que nos hace entenderlo, que nos provoca, incluso, una suerte de compasión que, inexplicablemente, lo vuelve muy atractivo a los ojos del lector. Incluso de un lector como yo, nada sospechoso -permitidme la confesión algo íntima- de congeniar, ni siquiera literariamente, con estos personajes al margen de la ley. Soy -quizá por desgracia- un “funcionario existencial”, un -como me veo obligado a aceptar de mí mismo- metafórico “noruego intelectual”: alguien que cree en el orden aun sabiéndolo injusto, alguien que defiende el respeto a la ley aun reconociendo que tantas veces las normas están hechas a la codiciosa medida de los poderosos, alguien que acepta y defiende el Estado de derecho aun siendo consciente de que sus rituales y protocolos permiten la corrupción y los abusos, la explotación y el fraude. Soy un optimista social -una fórmula benévola con la que edulcoro lo que quizá no sea sino conformismo- consciente de que siendo defectuoso, profundamente desigual, carente de equidad, radicalmente limitado y hasta inmoral, nuestro mundo “civilizado” es el único marco que permite denunciar los delitos, corregir los errores, enmendar los abusos, paliar las injusticias, suplir las carencias, perfeccionar los muchos elementos de insatisfacción, de discriminación, de explotación que nuestras sociedades padecen. No hay nada en mí, por lo tanto, de complacencia ante la figura -tantas veces mitificada, sobre todo en la literatura y el cine- del delincuente que con su actitud antisocial estaría cuestionando la legitimidad de las reglas imperantes, del anarquista que con su destrucción irracional y aparentemente genuina, inocente, pondría en entredicho la dudosa moralidad de un sistema corrupto, del terrorista que con su suicida brutalidad, inmolándose él mismo, revelaría las contradicciones profundas de una sociedad en crisis. No, insisto, soy un hombre de orden, no me permito sostener intelectualmente lo que no admitiría visceral y emocionalmente: no quiero en mi casa la criminalidad delincuente, la bomba anarquista, el atentado terrorista, aun teniendo todos estos fenómenos causas que puedo explicar racionalmente y por tanto entender. Y por ello es más relevante -y por ello también espero que hayáis podido disculpar el largo excurso anterior- la sensación de proximidad con su protagonista que ha provocado en mí la lectura del libro de Edward Bunker. Max Dembo es humano, no una alimaña sin escrúpulos, siente, sufre, se compadece, piensa en sus víctimas, reflexiona sobre su vida y sobre los males sociales que le han llevado a su situación. No es un criminal fanatizado e insensible, un depredador gélido e irracional, sino, más allá del tópico, estamos ante un ser sensible, un individuo sufriente, una víctima, y en que percibamos todo ello, en que lo sintamos así, en que nos identifiquemos con él tienen mucho que ver la maestría literaria del autor y el hecho de que Bunker escribe con la verdad de la experiencia vivida, con la verdad de su propio dolor, de su propio sufrimiento, de su propia difícil y tortuosa existencia.
 
Altamente recomendable, pues, esta gran novela, No hay bestia tan feroz, escrita por Edward Bunker y publicada por Sajalín editores. No deberíais perdérosla. Para complementar su reseña, una canción que resuena en la cabeza del protagonista cuando está a punto de abandonar la cárcel, Free man in the morning, interpretada por Andy Griffith, el actor principal de A face in the crowd, la película de Elia Kazan en cuya banda sonora puede encontrarse la breve pieza musical.
 
 
Entré en la celda. El acero chocó contra el acero. Estaba encerrado. El entorno de sobra conocido del jergón, el váter sin tapa, el lavabo con grifo de botón y los grafitis grabados en las paredes pintadas (“Si no aguantas la celda, no juegues con mierda”) formó una amalgama que rompió en añicos mi coraza de frialdad. Sólo hay que imaginar el huracán emocional de un hombre que, después de ocho años de condena, pasa en libertad menos de una semana y vuelve a encontrarse de nuevo entre rejas, sin haber cometido ningún delito. Me vi envuelto en una vorágine de soledad, rabia y desesperación, que desembocó en un llanto enloquecido y cegador. “Oh, por favor, ayúdame”, supliqué en silencio. Era una súplica dirigida a la Fortuna, al Destino, a Dios o a un poder anónimo, una súplica que todo hombre pronuncia alguna vez a lo largo de la vida.
 
Dominado por un tormento insoportable, estupefacto, me lancé al camastro y enterré mi rostro en la almohada -una almohada grasienta por el paso de otros cientos de cabezas-, para que nadie pudiera oír mi enfurecida rendición ante el abatimiento. Durante horas intenté encontrar una razón que justificara lo que estaba ocurriendo, pero no hallé ninguna; a menos que ocho años no hubieran sido castigo suficiente. Tenía que haber alguna razón, en alguna parte, que justificara aquel sufrimiento. Si no había ninguna, si no había justicia, mi salud mental peligraba.
 
El torbellino de rabia, dirigida a Rosenthal, me mareó. Poco después, estaba hecho un trapo, y sentí oleadas de desesperación tan inmensas que consideré la posibilidad del suicidio como huída de aquel tormento. No se trataba de aquel momento de sufrimiento, que era simplemente un ejemplo de toda mi vida. Así habían sido siempre las cosas y así seguirían. ¿Por qué tenía que sufrir en vano? La lógica dictaba el suicidio, pero es más fácil articular un pensamiento lógico que llevarlo a cabo hasta las últimas consecuencias, sobre todo en lo que respecta a la muerte. El cuerpo se rebela contra la inconsciencia. Al llegar al borde del suicidio, volví en mí.
 
Lo peor de mi dilema era la incapacidad para encontrar un bastión de fe que mitigara los golpes de la existencia, que hiciera soportable mi situación. No tenía ningún dios que soportara mis cargas. El dolor sin sentido era el más difícil de soportar. Mis pensamientos angustiados no tenían más sentido que el zumbido de un mosquito delante de una ventana.
 
Sumido en aquel abismo estéril, en aquel vacío, estallé de indignación. Era una ira que iba más allá del odio. Abarcaba a Dios y al hombre. Surgía de los estertores de mi fe en la condición de ser humano y en lo que la humanidad consideraba que era el bien. No sólo se habían truncado todas mis esperanzas, sino que el deseo también estaba muerto y enterrado. Los resultados de la prueba de orina no tardarían en llegar del laboratorio. Volvería a estar en la calle. Y aunque me devolvieran a la cárcel y pasara más años allí, mi elección vital salía reforzada, si es que algo absoluto puede amplificarse.
 
Me declaraba en guerra contra la sociedad, o quizá sólo renovaba mi contienda. Se había acabado la duda y la desazón. Me declaraba liberado de todas las normas, excepto de las que yo quería aceptar, y aquéllas las cambiaría según mis deseos. Cogería todo lo que quisiera. Sería lo que ya era, un delincuente, pero de verdad. Mi decisión de optar por la delincuencia y el abandono absoluto de las constricciones sociales -a menos que la sociedad fuera capaz de imponérmelas a la fuerza- era también mi verdad. Otros podían decidir acaparar tanto poder como pudieran. La delincuencia era mi vida, donde me sentía cómodo y no desgarrado en mi interior. Y aunque era una libre elección, también era mi destino. La sociedad me había convertido en lo que era -y me había aislado, por temor a aquello que la sociedad misma había creado- y yo me regodeaba con mi condición. Si se negaban a dejarme vivir en paz, yo no quería hacerlo. En aquella penosa semana yo había sido desgraciado, desgraciado en mis pensamientos. ¡A la mierda la sociedad! ¡A la mierda su juego! Ni aunque tuviera muchas posibilidades, ¡a la mierda también! Por lo menos me quedaba la integridad de mi alma, tenía control sobre mi pequeña parcela de infierno, por pequeña que fuera, aunque estuviera confinada al interior de mi cabeza.
 
Cuando llegó la mañana me sentía fuerte; había superado la indecisión.


miércoles, 10 de julio de 2013

BENJAMIN BLACK. EL SECRETO DE CHRISTINE

Hola, buenos días. Como todos los miércoles, os traemos, aquí, en Todos los libros un libro, una nueva reseña de un libro, una nueva recomendación de lectura. Cada año se publican en nuestro país 70.000 nuevos títulos. Abrirse paso en esta maraña inextricable de publicaciones es poco menos que imposible para una persona normal, para un ciudadano ocupado que, pese a todo, quiera dedicar algún tiempo a la lectura. Por ello, nuestro propósito en Todos los libros un libro es, simple y modestamente, sugeriros libros, buenos libros, excelentes libros que puedan interesaros; no soy crítico literario, no tengo los conocimientos específicos para desentrañar textos literarios, para desbrozar los recursos técnicos que explican un libro. Por supuesto, no puedo acceder más que a una misérrima parte de esa cifra desmesurada. Soy un lector, sólo un lector; mejor aún, alguien a quien le gusta leer y que cree, y espero que no os parezca ingenuo ni pretencioso por ello, que los libros que logran conmoverme, entusiasmarme, entretenerme, divertirme, emocionarme… pueden -“tienen” que- conmoveros, entusiasmaros, entreteneros, divertiros y emocionaros también a vosotros. Y en ese sentido estoy convencido de que los libros que hoy os presento -pues a partir de uno principal son, como veréis, varios los que quiero recomendar- podrán provocar en vosotros todas estas sensaciones, porque se trata de una serie de novelas excelentes de un escritor formidable.
 
El título de esta semana es El secreto de Christine, y se debe a la deslumbrante pluma de Benjamin Black, que no es más que un seudónimo del brillante escritor británico, irlandés por más señas, John Banville. La novela ha sido publicada por la Editorial Alfaguara en traducción de Miguel Martínez-Lage y es la primera de una serie que Banville ha compuesto con el mismo personaje, el doctor Quirke, un anatonomopatólogo forense profesionalmente ocupado de la disección de cadáveres, como protagonista central en el Dublín de los años cincuenta del pasado siglo. Todos los libros de la serie son altamente recomendables: El otro nombre de Laura, En busca de April, el espléndido Muerte en verano y el último publicado en España (aunque hay un sexto que ya ha visto la luz en Inglaterra), un magnífico Venganza, cada uno de los cuales puede leerse de manera autónoma, y entenderse y disfrutarse de modo independiente, aunque yo os aconsejo su lectura ordenada, partiendo de este El secreto de Christine con el que se inicia la secuencia de peripecias del bueno de Quirke y que, sin duda, os llevará a leer el resto. Como curiosidad adicional dejadme señalaros que está terminada ya, al parecer, una serie de la BBC que refunde diversos episodios de las distintas novelas, con el intenso Gabriel Byrne en el papel del doctor Quirke.
 
Un breve apunte, antes de entrar de lleno en los libros, a propósito de su traducción. Miguel Martínez-Lage es el responsable de verter al castellano no sólo, como digo, la primera de las novelas, sino también las dos siguientes. No obstante, de la traducción de las dos últimas, Muerte en verano y Venganza se encarga Nuria Barrios. Puede que resulte un exceso de meticulosidad por mi parte, pero parece obvio -y a estas alturas no debería haber necesidad de justificarlo- que algo (a veces mucho) de la impronta de cada traductor queda en la versión de la obra original que ofrece al público. La “voz” de Benjamin Black que escuchamos en sus libros traducidos es, obviamente, la de su autor, pero también -aunque sólo sea de un modo casi imperceptible- la de sus traductores. Y cuando se trata de una colección de libros que tienen el mismo protagonista, los mismos ambientes, bastantes personajes secundarios en común, parecería obligado que, si desconocidas exigencias editoriales obligan a cambiar -en medio de la carrera- de profesional para esa labor, al menos hubiera un mínimo de coordinación entre ellos de modo que se “convinieran” criterios idénticos y opciones léxicas e interpretativas parecidas para resolver problemas y afrontar situaciones similares. Sin embargo, ello no siempre ocurre en este caso. Por ejemplo, el alcohólico Quirke -un rasgo del que os hablaré a continuación, al presentar su poderosa personalidad- se somete, en la tercera novela, a una cura de desintoxicación en la Casa de San Juan de la Cruz, un sombrío establecimiento especializado en tales menesteres, que aparece así citado con frecuencia a lo largo del libro. En la cuarta entrega, la referencia ya es otra pues Nuria Barrios ha decidido -y la alternativa es también legítima- mantener el nombre del centro en su inglés original y presentarlo, por ello, como St. John. Es verdad que el inconveniente es menor, que la memoria del lector logra inferir casi de inmediato que se trata de la misma institución, pero pese a ello la editorial debiera haberlo detectado y evitado. Otro tanto -un pequeño error, significativo pero disculpable- ocurre de nuevo también en Muerte en verano, cuando Quirke y su ayudante Sinclair, que en todo momento se tratan con un distante, muy respetuoso y absolutamente británico “usted”, pasan a un improbable tuteo en un diálogo en la página 42. Igualmente, siempre en la cuarta novela, chirría un poco la expresión “buscarse la vida” puesta en boca de un doctor irlandés de hace sesenta años. En fin, peccata minuta.
 
Estamos ante una serie policiaca, que se aleja de la temática habitual de los libros de John Banville, aunque no de su estilo, tan peculiar, que aflora tras cada una de sus páginas. Y hago la mención al estilo, porque lo que destaca por encima de todo en la obra del magistral autor irlandés, sea en sus narraciones habituales, aparentemente más serias y rigurosas -la genial El mar, por encima de todas ellas-, sea en estas novelas de género, sólo más ligeras en una apreciación superficial, es su escritura, profunda, reposada, densa pero muy legible, intensa, matizada, precisa en el análisis de los sentimientos, detallada en las descripciones, minuciosa, demorada en el relato del pensamiento, del ánimo, de la personalidad, de la sustancia más íntima de sus personajes. Los personajes de John Banville, desde los primeros protagonistas hasta los episódicos, los meros acompañantes secundarios de la historia principal, tienen entidad, no son nunca marionetas, no son estereotipos frágiles, ni triviales fachadas sin fondo, ni pobres garabatos construidos a la ligera, como estamos acostumbrados a ver en tanta novela mediocre; por el contrario, tienen peso, son complejos, poliédricos, ricos en matices, hondos, presentan una dimensión auténticamente humana… de modo que, más allá de la trama, más allá del relato, de la historia que nos cuenta, siempre nos interesan por sí mismos, por las emociones que viven, por la iluminadora penetración y la enorme capacidad de indagación personal de sus reflexiones, por su intensidad, por ser capaces de dar cuenta de las preocupaciones del ser humano de nuestro tiempo y, en definitiva -de ahí el interés de la obra de este soberbio escritor-, del alma de cualquier ser humano en cualquier época.
 
Pero no son sólo los personajes los que se reflejan con hondura, es también, en general, cualquier detalle de la narración, el paisaje, los escenarios, el “decorado”, la ambientación. Todos estos elementos supuestamente accesorios se convierten en esenciales, en significativos, en reveladores, gracias a la pericia y el enorme talento literario del autor, que con una frase, con un adjetivo, con una metáfora, “construye” el alma de su relato, más importante -casi- que la propia trama argumental, que el propio discurrir de la acción. Ved un ejemplo a mi juicio muy revelador: La lluvia fina brillaba en los adoquines con algo que parecía una maligna intención, y tuvo que caminar con cuidado, por miedo a resbalar y caer. Pero ya estaba cayendo. Notó que algo se abría dentro de ella, que algo caía como una trampilla, rechinando las bisagras, y debajo de eso todo eran tinieblas, incertidumbre y miedo. O también: La música del tango era un torbellino, del color y la lisura de un caramelo de toffee.
 
Toda esta vertiente reflexiva, profunda, sumamente inteligente de la obra literaria de John Banville está presente -y con creces- en El secreto de Christine y el resto de la serie. Pero además, Benjamin Black, esta novedosa segunda personalidad de Banville, ofrece igualmente en sus libros unas narraciones sometidas a los cánones más ortodoxos de la novela negra, policiaca: En la primera entrega de la serie hay crímenes, misterios por resolver, matones, mafias, sectas siniestras, turbias tramas, millonarios corruptos y sin escrúpulos, mujeres fatales, sexo, violencia, cantidades ingentes de alcohol, intriga, enrevesados enigmas cuyo intento de resolución tanto hace avanzar la historia como provoca retos intelectuales al lector. En El otro nombre de Laura son las drogas y la pornografía los ejes centrales a partir de la investigación sobre el aparente suicidio de una mujer. La trama de En busca de April se desencadena a partir de la desaparición de la chica a la que alude el título, y en ella, mientras avanza la indagación detectivesca, se mezclan los intereses políticos, el racismo y el incesto, con una presencia importante del comprometido tema del aborto en la muy católica Irlanda. En Muerte en verano, pederastia, rivalidades entre poderosos magnates, turbias actuaciones de instituciones religiosas (sin duda en un intento premeditado -y no es el único- del autor por mostrar la realidad actual de su país en el universo reflejado en sus novelas), constituyen el núcleo central de la historia, que parte también de un suicidio, el de un gran empresario periodístico. Por fin, en Venganza, hay ocultos secretos de familia, negocios oscuros, conflictos de poder en el seno de una empresa, y, claro está, más muertes en situaciones insólitas y con causas de difícil explicación.
 
Y todo ello ambientado con perfección casi documental en un depauperado, brumoso y algo siniestro Dublín en los años cincuenta del pasado siglo, con el final de la guerra mundial aún reciente, y también -sólo en la primera novela- en el algo irreal y cinematográfico Boston de las grandes fortunas de la época. Un Dublín lluvioso (salvo en Muerte en verano, en donde el calor agobiante cambia la fisonomía habitual de la ciudad, aunque no la hace más acogedora), permanentemente oscuro, húmedo, desapacible, traspasado por jirones de niebla, nocturno, con el brillo de las luces en los charcos, con las negras, ominosas, aguas del río, con el sucio lodo de las calles. Un Dublín con reminiscencias cinematográficas, personajes envueltos en pesados abrigos que cruzan silenciosos calles vacías azotados por ráfagas de lluvia, hombres que fuman bajo las farolas, mujeres solitarias que se entregan a los hombres sin poder paliar su soledad, bares nocturnos en donde el alcohol no basta para ahuyentar los demonios interiores. Un Dublín opresivo y sin embargo muy atrayente, permanentemente frío y ajeno, triste, inhumano y hasta hostil, que acentúa el carácter introspectivo y melancólico de los personajes que lo habitan pero al que la prosa de Banville logra dar cercanía. Un Dublín -y una Irlanda, por extensión- protagonista también, y muy principal, sin duda, de los cinco libros.
 
Y hay, claro está, como es norma en el género, un investigador, el ya mencionado doctor Quirke, una creación literaria monumental de John Banville, un hombre que proviene de la nada, sin padres y con su lamentable infancia transcurrida en orfanatos, pero que entra en el mundo del dinero y la posición social cuando lo adopta la familia del juez Griffin, convirtiéndose en un reconocido forense. Es esta condición la que lo lleva a ser un espectador en varios casos de amenaza y violencia, no pudiendo evitar involucrarse, aunque casi siempre de forma accidental, en el esclarecimiento de diversos crímenes.
 
Quirke, la quintaesencia del irlandés, como dice de él uno de los personajes, un hombretón de caminar vacilante sobre unos pies absurdamente delicados, de modo que más que andar parece trastabillar cojeando apenas (fruto, su cojera, de una paliza que recibe en una de sus pesquisas). Indefectiblemente vestido con un traje negro de doble botonadura, demasiado estrecho para su corpachón, con un sombrero flexible de fieltro también negro inclinado sobre un ojo, con la corbata estrecha con el nudo torcido, envuelto en un olor penetrante y rancio, impregnado de las emanaciones surgidas en el depósito de cadáveres en donde pasa sus jornadas laborales.
 
Quirke, siempre atormentado -¿Conoce algún alma que no esté atormentada?, dice- por el desastre de su vida, por la calamitosa pérdida del aplomo, por la pereza moral, por los fracasos, por las traiciones, por las mentiras, con el peso del tedio y la soledad sobre los hombros. Un ingenuo que cree que un hombre bueno puede enderezar el mundo, y no se da cuenta de que lo último que la gente desea es que el mundo sea como debería ser. Quirke, encantador, despertando una extraña atracción en las mujeres, un hombre demasiado triste con el alma demasiado herida, desesperanzado, lúcido, cansado, inteligente, abatido, sin ilusiones, profundamente honesto. La palabra perfecta para usted -le dice una bellísima mujer en la penúltima novela-: Desencantado. Una palabra hermosa pero triste. Quirke siempre reflexivo, siempre solitario, siempre perplejo, siempre torturado: No se conocía a sí mismo, nunca se había conocido; no sabía cómo vivir.
 
Y esta conjunción de factores, el estrictamente literario (la brillantez de la prosa, la rotundidad de la escritura, la ambientación espléndida, la formidable construcción de los personajes, la profundidad casi filosófica de sus respectivos flujos de conciencia) y el meramente policiaco (la sutileza de las tramas, el fondo realista de las historias, la vinculación con los problemas de Irlanda y, en otro plano, de la humanidad), da como resultado una serie de novelas impresionantes, profundas y a la vez -pese al tono sombrío- muy divertidas (Quirke lleva a cabo sus investigaciones mano a mano con un personaje muy sugestivo, otra construcción literaria magnífica, el inspector Hackett, en una relación teñida de humanidad y sentido del humor), reflexivas y muy excitantes, que invitan a la lenta degustación y también a una lectura apasionada y voraz. Rodrigo Fresán, habla, en una crítica en El País, de un nuevo género, la ‘novela oscura’, para referirse a esa combinación sorprendente, novedosa y, sobre todo, excelente.
 
Leed pues, este El secreto de Christine, y las cuatro novelas siguientes de esta serie escrita por Benjamin Black o John Banville, publicadas todas por la editorial Alfaguara, estoy seguro de que os van a interesar. Como acompañamiento musical a mi reseña, una tema de Frank Sinatra, cantante que “suena” en un episodio de Venganza, el último libro del fecundo escritor irlandés que, por ahora, hemos podido degustar en España. La pieza elegida es uno de los clásicos del italoamericano, In the wee small hours of the morning, cuyo melancólico ambiente de soledad, tristeza, nocturnidad y nostalgia se aviene de maravilla con el mundo de demonios interiores del protagonista de las novelas que hoy os he presentado.
 
 
A veces le daba la impresión de que prefería los cuerpos de los muertos a los de los vivos. Sí, alimentaba una suerte de admiración por los cadáveres, máquinas de piel cérea, blandas, repentinamente interrumpidas. Estaban perfeccionadas cada una a su manera, sin que importase lo deterioradas o corrompidas que estuvieran, y eran en todo tan impresionantes como cualquier mármol de la antigüedad. También sospechaba de que se les iba pareciendo cada vez más, que incluso en cierto modo iba convirtiéndose en uno de ellos. Se miraba las manos y le parecía que tuvieran la misma textura inerte, maleable, porosa, de los cadáveres con los cuales trabajaba, como si parte de su sustancia se le fuera asimilando poco a poco, pero sin descanso. Sí, le fascinaba el mudo misterio de los muertos. Cada cadáver era portador de su secreto privativo, la causa precisa de su muerte, un secreto cuyo cometido consistía en desentrañar. Para él, la chispa de la muerte era tan vital como la chispa de la vida.

jueves, 27 de junio de 2013

CHARLOTTE CARTER. EL DULCE VENENO DEL JAZZ

Hola, buenos días. Bienvenidos a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones literarias de Radio Universidad de Salamanca. Esta semana os traigo las referencias no de uno sino de tres libros, los tres formando parte de una serie, al parecer ya cerrada, aunque no sabemos si el futuro nos deparará alguna obra más que la continúe, debida a la inspiración y la gracia literarias (no me atrevo a hablar de talento o genialidad, no estamos ante grandes hitos de la literatura) de la misma escritora y con idéntica protagonista en todas ellas Se trata de tres novelas policiacas escritas por la afroamericana (me pliego -¡cómo evitarlo!- al canon políticamente correcto) de Chicago, residente en Nueva York, Charlotte Carter. Los libros, publicados por Siruela en traducción de María Corniero, aparecieron bajo los significativos títulos de El dulce veneno del jazz, Negra melodía de blues y Rapsodia en Nueva York.
 
Os avanzo, además, que a lo largo de este mes de julio, con las vacaciones veraniegas clausurando las emisiones de Radio Universidad de Salamanca, dejaré en este blog -y sólo aquí, sin correlato radiado- cinco reseñas, una por semana, centradas en novelas policiacas o detectivescas o “negras” o de intriga (elegid vosotros la nomenclatura que os resulte más idónea), cuya -quizá- mayor “ligereza” (pero esta afirmación es muy discutible) las hace más propicias para estos tiempos relajados de ocio y descanso.
 
Pese a inscribirse de modo patente en el género negro, las novelas de Charlotte Carter no me han interesado demasiado desde ese punto de vista. Las historias son pobres y algo tópicas, las tramas endebles, la complejidad de los argumentos brilla por su ausencia, muchas de las peripecias resultan de difícil explicación causal y la solución de los casos aparece dejada, en más de una ocasión, a la concurrencia de circunstancias demasiado azarosas e insuficientemente justificadas. Puede aplicarse a los libros, a mi juicio, lo que su protagonista (de la que ahora mismo hablaré pues, ella sí, constituye el principal foco de atracción de la serie) señala de uno de los casos que investiga: La historia reunía todos los elementos de una película de bajo presupuesto realizada por un grupo de estudiantes en homenaje a Godard.
 
Pero si la base argumental de las novelas resulta prescindible (de hecho, yo mismo, ahora, varios meses después de leídos los libros, apenas las recuerdo) otra cosa ocurre con su personaje central, la muy atractiva Nanette Hayes. Dejemos que ella misma se presente:
Cualquier negro te lo dirá si se lo preguntas: las mujeres no tocan el saxo.
Yo soy la excepción.
En fin, decir que toco el saxo es un poco exagerado. Más bien improviso como puedo. Me defiendo bastante bien con temas como “Stars fell on Alabama” y “Night and day” pese a no tener estudios formales de saxofón. Gracias a que en mis tiempos estudié piano, aunque sin gran aprovechamiento, leo de corrido casi todas las partituras de Bach o de Bud Powell. Y es que tengo el don natural de la musicalidad; no digo que tenga talento, eso no, sencillamente soy musical. En cierto momento -tendría tres o cuatro años- mi padre pensó que quizá fuera una auténtica heredera del largo linaje de genios negros de la música.
Pero no muchos de nosotros tocamos el tenor delante de la Oficina de Apuestas Independiente de Lexington Avenue con un baqueteado sombrero colocado boca arriba en la acera. No, en eso creo que tengo la exclusiva.
Un momento. Antes de nada, tengo que explicar algunas cosas.
No soy una pordiosera sin techo. Toco música en las calles de Nueva York, pero no duermo en ellas. Mido uno setenta y ocho, cumplí veintiocho años en enero y soy más o menos como Grace Jones en cuanto al tono de piel y al tipo físico (ella tiene mejor cintura, pero yo le gano en delantera): quedé segunda en un concurso estatal de deletreo a los doce años, me licencié en francés, con estudios complementarios de música en la Universidad de Wellesley (becada de principio a fin) y vivo en un piso normalucho de renta bastante baja en un extremo de Gramercy Parle, en la Primera Avenida, justo donde el barrio se hunde en un valle rebosante de metadona plagado de centros de desintoxicación, hospitales y escuelas privadas para aprender chorradas a montones.
 
Nanette, música de itinerante en las calles de Manhattan (aunque miente a su madre sobre su auténtica profesión diciéndole que es docente en la Universidad), sin vinculación alguna pues, con el mundo del crimen, se ve envuelta, en su primera aventura, en un asunto turbio que la llevará a adentrarse en los territorios oscuros del asesinato y las drogas, de las mafias y las estafas, de los bajos fondos en general. Convertida en detective más o menos aficionada, su implicación en las tramas (que van avanzando sin demasiado interés, como he dicho) nos permite ir descubriendo su cultura y sus muy inteligentes reflexiones a través de las cuales se dibuja su fascinante personalidad: Fui una niña inteligente. Tan inteligente como para salir en los periódicos. Fui una de esas repelentes niñas prodigio que sirven para llenar el espacio sobrante en periódicos como el Daily News. A la edad de siete años hacía complicadas sumas a la velocidad con que se enciende una cerilla. Me llevaba una sota tarde aprender a chapurrear otro idioma. Tocaba “Misty” sincronizando el ritmo con el de Erroll Garner. Sólo había un problema: mi única ilusión era bailar. Y era una bailarina deplorable. Y lo sigo siendo. Hasta el día de hoy. Aubrey era... en fin, inteligente no era. Con desenfadada crueldad, los demás niños la llamaban lerda. Es curioso que haya llegado a ser una persona tan entera. Yo, por mi parte, me hago añicos al menos una vez al día. ¿De qué me ha valido todo el numerito de ser una niña prodigio? Lo que a Aubrey se le daba de miedo era bailar. Había que ver cómo bailaba. Y nos propusimos que me enseñase a moverme. El objetivo era que me convirtiera en una arrebatadora e irresistible vedette del Folies Bergére, un clon de Jo Baker, con plumas en la cabeza y todo. Terminamos por darlo por imposible. Soy incapaz de moverme. Y la ocasión en que estuve más cerca de arrebatar a los franceses fue cuando me subí en la silla de un café de la rué de Savoie y recité a Rimbaud de memoria. Tenía una cogorza tremenda y me dio por demostrar mis habilidades ante aquel intelectual de Toulouse harto de coca que me acompañaba; sus planteamientos vitales: Estaba segura, no obstante, de que no sería gran cosa como madre. Siempre me había considerado afortunada por tener una madre tan distinta de mí. Soy egocéntrica, mercuriana, emocionalmente inestable, con una paciencia que ni merece ese nombre, bastante solitaria, dada a zarpar hacia puertos desconocidos con cinco minutos de preaviso, como mucho, y la verdad es que no aguanto a las personas con las que no puedo razonar. En resumen, una pesadilla para cualquier niño. La pobre criatura batiría el récord de horas pasadas en el diván del psicólogo del colegio antes de cumplir los siete años, y todo por mi culpa. Si mi supuesto compañero se empeñara en tener hijos, al menos le prevendría de lo que le esperaba; su libertad sexual: Tenía dos amantes. Hacen falta más de dos hombres para convertirte en un putón. Pero, así y todo, dos son más que uno; su integridad moral: No padezco la ilusión de ser la reina del buen criterio, pero tampoco me gustan los hombres malos, los cabritos desalmados. Los tíos que me gustan pueden ser unos pelmazos, o unos pardillos, o tener una vena oculta de rateros, o pasarse con la bebida, o ponerse a sí mismos por las nubes cuando les conviene, pero en el noventa por ciento de los casos son buena gente; su lucha con una conciencia muy exigente a la que llama Ernestina: Mi lado hipócrita que me aconseja tú-a-tu-rollo-liberado-pero-luego-reza-para-no-consumirte-en-el-infierno merece un nombre así de cursi. No es fácil ser una libertina cuando cuatrocientos años de historia te han preparado para ocupar tu puesto en el banco de la iglesia; su humor ácido: En octubre tuve tres o cuatro amantes. Vaya, otra vez se me ha escapado un eufemismo. Cuatro hombres en un mes a los que no vuelves a ver el pelo… más que amantes son trucos de magia; su lucidez: Por muy buenas que sean mis intenciones cuando emprendo cualquier cosa, siempre hay alguien que termina machacado por una caja fuerte que le cae en la cabeza. Soy la mayor experta del mundo en convertir en mierda el azúcar. Casi se podría decir que es un talento esta maldición mía; su escepticismo radical en relación a sí misma: Sabía que mi manera de vivir se basaba en un fraude. No sólo porque vivía en el mundo de la fantasía, no sólo porque me hacía pasar por lo que no era… por algo mucho peor. Lo peor era no vivir el aquí y ahora. Es una actitud cobarde, hipócrita, arrogante y errónea; su sofisticación y su interés por la moda: Fui al mercado de las flores, a un pequeño puesto a la vuelta de la esquina del edificio donde Walter había asesinado a Inge. Compré dos docenas de rosas amarillas al precio de venta al por mayor. La dama de las flores, toda de negro. Ésa era yo. Llevaba puesto el vestido de Norma Kamali con el que fui al entierro de mi abuela y la carísima chaqueta de cuero que Aubrey me había regalado cuando se forró con una de sus misteriosas inversiones. Completaba el conjunto un sombrerito acampanado de fieltro que me había comprado hacía un par de días. Si parecía la viuda de un gángster que además era modelo de alta costura, mejor que mejor. Me había puesto en ambas muñecas las pulseras de cuero barato que fueran de Charlie Conlin; su devoción por Francia: Francia no era mi país. Y, sin embargo, siempre huía hacia allí. Era el lugar donde me sentía más a salvo, más viva, mejor comprendida, más integrada. El francés no era mi lengua natal. Y, sin embargo, si me dejaran organizar las cosas a mi manera, el francés sería asignatura obligatoria a partir de los seis años. Trataba de escribir en esa lengua. Me encantaba el sabor de boca que me dejaba. Con sólo oírla en la radio, me excitaba. Pero todo aquello eran tonterías románticas. No soy francesa. Y no hay poder terrenal capaz de alterar ese hecho. Soy tan negra y norteamericana como Charlie Parker; y, sobre todo, su pasión entusiasmada por la música: Vivía demasiado volcada en el pasado. Ése era mi problema. En el fondo, para eso me servía la música. Además de ser mi descabellado medio de vida, y lo que más respetaba y amaba, era una vía de escape de este mundo tal y como es.
 
Esta entrega a la música de nuestra atractiva protagonista tiene muchas manifestaciones en las tres novelas de la serie, y constituye uno de los elementos más relevantes a la hora de disfrutar de su lectura. Por de pronto, cada uno de los capítulos de los tres libros lleva como título el de alguna conocida pieza de jazz o blues. En el primero, se trata de temas del pianista y compositor Thelonius Monk, al que Nanette idolatra: Volví a casa, preparé la comida, hice un café e incluso escuché todos los recados del contestador antes de caer en la cuenta del día que era. Me precipité a encender la radio y sintonicé la KCR. Me había olvidado por completo del cumpleaños de Theloníous Monk. El 10 de octubre suelo celebrar por todo lo alto el nacimiento de Monk, poco me falta para hacer una tarta de tres pisos. Esta vez ni me había acordado. Maldita sea. En la WKCR organizan todos los años un maratón de veinticuatro horas durante el que sólo ponen música de Monk. Y ése es el motivo básico, junto con el homenaje a Lady Day del 7 de abril, del donativo anual de veinte dólares que llevo enviando a la emisora desde que tuve edad para votar. En la segunda y tercera novelas, las canciones pertenecen a la inmensa obra de Chet Baker, John Coltrane, Duke Ellington, Billie Holiday y otros grandes clásicos del jazz. Pero es que, además, sea porque la aficionada detective toca el saxofón, y la autora nos da cuenta de algunas de las piezas que ejecuta, sea porque Nanette escucha música constantemente a lo largo de sus peripecias investigadoras, y su creadora no nos ahorra datos sobre sus títulos e intérpretes, el hecho es que yo he rastreado cerca de cien referencias a canciones y piezas musicales en el conjunto de la serie, lo cual, si sois amantes del jazz y tenéis la paciencia suficiente como para ambientar la lectura en vuestras casas con la música mencionada, os proporcionará una experiencia de “inmersión” en el universo de la guapa Nanette, francamente sugestiva y placentera. Os recomiendo, en este sentido -y siento que deba incurrir en una escandalosa autopromoción citándome-, las dos emisiones que en mi otro programa en Radio Universidad de Salamanca, Buscando leones en las nubes, he dedicado a algunos textos y temas musicales entresacados de las novelas. Podéis escucharlos en buscandoleonesenlasnubes.blospot.com, un blog en el que ya he adelantado algunas de estas opiniones que ahora desarrollo aquí.
 
En fin, son muchas las razones, pues, más allá del interés intrínseco de las tramas detectivescas, algo endebles, como he señalado, para adentraros en el peculiar territorio literario de Charlotte Carter y su fascinante creación, Nanette Hayes. Para cerrar la reseña de hoy, y como no puede ser menos, una de las piezas mencionadas en los libros, Lush life, con John Coltrane al saxo y la impresionante voz de Johnny Hartman. Hasta la semana que viene.
 
 
Y ahí estaba, aquella tarde de septiembre, tratando de insuflar vida en mi no muy extenso repertorio de temas fijos. Mood índigo no suscitó ningún respeto. Ni siquiera mi sobria miscelánea de grandes favoritos de Monk, que interpretaba burlándome de mis limitaciones, logró deslumbrar a los ignorantes transeúntes. A la desesperada, empecé a tocar America the Beautiful copiando descaradamente a Jimi Hendrix.
No había nada que hacer. Las calles estaban abarrotadas de patriotas sin sentido del humor.
A las cuatro de la tarde tenía unos veintiún dólares en el sombrero.
Hacia las cuatro y media empecé a maldecir con toda mi alma a Walt.
En esta ciudad, la gente se toma muy en serio la hora de recogerse. La calle quedó desierta a las seis. Me di por vencida; no era ya momento de soñar con un monte Everest de dólares en mi sombrero. Bajo la luz mortecina del atardecer, me agaché a recoger la patética colecta del día.
-Tu música no vale una mierda.
Me apresuré a levantar la mirada para ver quién había hablado. Y vi a un chico blanco y larguirucho, recostado contra un parquímetro, riéndose entre dientes. Me fijé en su melena corta de color de arena, la chaqueta de ante marrón con flecos y las sucias zapatillas de deporte Converse. Representaba unos veintitrés o veinticuatro años. Debía de medir alrededor de un metro setenta.
Me puse muy tiesa.
-¿Qué has dicho, imbécil?
Siguió riéndose de mí, imperturbable.
-He dicho que tocas fatal. ¿Y dónde te has comprado ese saxo...? ¿En L. L. Bean?
Llevaba un montón de pulseras baratas de cuero en ambas muñecas y empezó a ajustárselas con mucha parsimonia.
Hasta ese momento no había visto su vetusta funda de saxofón. Maldita sea... resulta que era músico. Así que mi humillación iba a ser absoluta. En lugar de contestarle, empecé a guardarme las monedas en el bolsillo.
-En este barrio nunca sacarás pasta, ¿sabes? -dijo-, aun cuando aprendieras a tocar. Está demasiado al este -explicó con suficiencia-.
Tendrías que ir a la Quinta Avenida. La Sexta y la Séptima tampoco están mal... junto a Carnegie Hall.
Haciendo como si no le oyera, eché a andar hacia el centro, en dirección a casa.
-¡Espera un momento! -exclamó de pronto-. Oye, ¿adónde vas? Espera un momento.
Miré hacia atrás por encima del hombro. Su voz y su actitud de terrier cargante se habían convertido de pronto en las de un gran danés con mal de amores.
-Sólo un minuto, por favor. Tengo que decirte una cosa.
-¿Qué?
Hizo una pausa para sacar un cigarrillo del paquete de Marlboro Light que llevaba en el cinturón de sus vaqueros negros.
-Yo también toco... en la calle... como tú. Bueno, no exactamente como tú. Yo toco bien. Pero necesito decirte que... estoy locamente enamorado de ti. ¿Me entiendes? Me he enamorado. Hasta los huesos. Lo digo en serio. Si no me dejas que te acompañe a casa me tiraré delante del puñetero autobús.
-¿Es una promesa? -le pregunté, y seguí mi camino.
No me habría alejado ni diez pasos cuando oí el alarido de una mujer. Giré en redondo.
Se había lanzado a la calzada, al centro del carril del autobús de Lexington Avenue. El autobús lo esquivó y sólo le golpeó el brazo, pero con bastante fuerza para despedirlo por el aire hasta la acera, donde quedó tendido, a medio metro de mí, abrazado a su saxo.
Estremecida, me arrodillé junto a él y le levanté la cabeza unos centímetros del suelo.
-Hola -dijo sonriente-. He estado todo el día mirándote. Me llamo Sig. Y no tienes por qué preocuparte. -
Así que soy yo la que no tiene por qué preocuparse.
-Eso es. Mi chica me ha echado a la calle porque he hecho voto de celibato. Mi amor por ti es puro. Es tu espíritu el que me atrae -me dedicó una falsa sonrisa angelical.
-¿Y el resto de la historia? -pregunté con fatiga.
-Necesito un sitio donde quedarme, sólo esta noche. Estoy molido. Y no me vendría mal comer algo. Pareces amable. Confiaba en que te apiadaras de un colega músico.
Me quedé mirando un rato largo sus ojos verdes y resplandecientes como diamantes. Luego dejé su cabeza reposando en la acera. Me pregunté: Nan, ¿cuál sería la decisión más estúpida que podría adoptarse en esta situación? Así quedó claro lo que iba a hacer.

miércoles, 26 de junio de 2013

FRANÇOIS BÉGAUDEAU. LA CLASE

Hola, buenos días, bienvenidos a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones literarias de Radio Universidad de Salamanca. Y digo literarias e inmediatamente reflexiono y me cuestiono el término, porque no todos los libros que os aconsejo en el programa tienen esa consideración de literatura. Por ejemplo, el libro que hoy os traigo es una obra muy interesante, digna, desde luego, de lectura, pero no es estrictamente un texto literario. Es cierto que si quisiéramos seguir por el camino de estas distinciones algo puntillosas debiéramos ponernos de acuerdo previamente acerca de qué entendemos por literatura y de por qué unas obras pueden ser incluidas en su dominio y otras no; aunque aceptando la definición que sobre el término proporciona el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, arte que emplea como modo de expresión una lengua, es claro que la noción está marcada por un factor subjetivo que nos lleva a valorar en qué medida una producción escrita, por decirlo con una expresión aséptica, alcanza la categoría artística. En fin, más allá de disquisiciones terminológicas que nada aportan a lo esencial, esto es, al disfrute, a las enseñanzas, al entretenimiento, al saber, al conocimiento, al placer que nos puede proporcionar un libro, al margen de su catalogación en los muchas veces arbitrarios criterios académicos, lo cierto es que el libro que hoy quiero presentaros es una obra magnífica que os recomiendo vivamente. Se trata de La clase, como libremente se ha traducido en español el Entre paredes o Entre muros del francés François Bégaudeau. El libro, que ha dado origen a una película con el mismo título dirigida por Laurent Cantet, que obtuvo la Palma de oro en Cannes hace unos años, ha sido publicado por El Aleph Editores en traducción de Julieta Carmona Lombardo. Dejadme que me detenga un minuto, antes de haceros la reseña, también breve, del libro, en su pésima traducción. Es inexplicable que una editorial de prestigio, como es El Aleph, permita que vea la luz un texto con errores garrafales, debidos sin duda, aunque no conozco el original francés, a la impericia, aún más a la ignorancia de la traductora. Así por ejemplo, en la página 194, y en una mención a los distritos parisinos, se enumeran: primero, segundo, tercero, cuarto, décimo, ¡¡¡¡onceavo!!! y ¡¡¡doceavo!!!, en vez de undécimo y decimosegundo (aunque tampoco hay que extrañarse demasiado: hace unos días "nuestro" Ministro de Asuntos Exteriores incurría en idéntico desliz en un conocido programa de televisión). O en la página 212, la expresión latina motu proprio se hace aparecer con un incorrectísimo ‘de motu propio’. Son fallos que al margen de su trascendencia "absoluta" -podríamos decir-, fallos que no deben aparecer en ningún libro, son, además especialmente significativos cuando el narrador es, ni más ni menos, un profesor de lengua que pretende a lo largo del libro, introducir a sus alumnos en el redil de la pulcritud ortográfica, de la riqueza léxica, del rigor semántico, de la corrección en el lenguaje.
 
Meter en el redil, he dicho. Sí, porque eso es, en esencia, La clase, un libro sobre la institución escolar, sobre los problemas que la acucian y las dificultades que la asaltan en este complejo comienzo de siglo, sobre los esfuerzos de los profesores, de un profesor de lengua en concreto, para facilitar la incorporación de los jóvenes a la vida adulta, para dotarles de medios que les permitan lograr con éxito su integración social, para transmitir su propio saber y aumentar el de sus alumnos en un instituto francés medio, un instituto que ejemplifica y que opera en el texto como muestra representativa de todos los institutos, que aparece como un microcosmos en el que vemos descrita la situación actual de la enseñanza en los países desarrollados y, por extensión, la complejidad de la vida en esas sociedades en este mundo globalizado de nuestros días. La temática escolar de La clase hace, pues, especialmente significativa su emisión en nuestro espacio un día como hoy en el que damos por cerrado el curso radiofónico al finalizar el académico; aunque a lo largo del mes de julio os ofreceré, pero ya sólo en el blog del programa, algunas otras recomendaciones de lectura.
 
A lo largo de todo un curso, y con rigor, distanciamiento y asepsia casi documentales, el profesor protagonista, el propio autor del libro, que es claramente autobiográfico, cuenta la cotidianidad de las clases en un instituto no especialmente conflictivo, a mi juicio, pero sometido a todos los problemas que rodean a la enseñanza en la sociedad del bienestar: la inmigración, con su corolario natural: la profusión de razas, credos, costumbres y culturas en unas aulas caracterizadas por la muy alta heterogeneidad del alumnado; los entornos familiares y sociales poco proclives al estudio y a veces desestructurados; el descrédito de la disciplina y el esfuerzo entre unos adolescentes consumistas, con su ropa de marca, sus camisetas con emblemas a la moda, sus zapatillas de deporte a la última, sus mp3, sus ipods, sus consolas; la abrumadora carencia de medios económicos por parte de la organización escolar, que aparece siempre como gris, burocratizada, depauperada, con la fotocopiadora permanentemente estropeada como ejemplo destacado; la baja motivación de los profesores, su sueldo escaso, la mezquindad de sus miras personales y profesionales, discutiendo la rebaja de unos céntimos en el café, la mediocridad de sus conversaciones, sus rutinas, su desánimo, en algunos casos su desesperación, siempre su falta de estímulo, su fatal aceptación de lo irremediable del estado de cosas vigente.
 
No dispongo ya de tiempo para extenderme en mis comentarios sobre La clase. Leedlo, ved la película, y tendréis a través de ambos medios una excelente fuente de ideas, de reflexiones sobre una institución, la escolar, de tanta trascendencia en nuestras vidas y en las de las jóvenes generaciones en las que se sostendrá, en el futuro, el desarrollo de nuestro país. Os dejo con un fragmento del libro que no siendo extraordinariamente representativo, porque no da la voz a los alumnos ni al profesor, los cuales ocupan la mayor parte del texto, sí concentra, en cambio, de un modo discursivo, algunas de las cuestiones esenciales que afectan a la enseñanza en nuestros días y que, por ello, sobrevuelan de modo implícito todo este La clase, escrito por François Bégaudeau y publicado por El Aleph.
 
I don’t like mondays, el clásico de los Boomtown rats de Bob Geldof, ilustra convenientemente la temática del libro de hoy, con el hastío de la escuela en el primer plano de una canción tristísima...
 
 
¿Cuáles son los valores de la escuela republicana y cómo se puede fomentar su reconocimiento por parte de la sociedad? ¿Cuáles deberían ser las funciones de la escuela, en el contexto europeo de hoy en día, de cara a las próximas décadas? ¿Hacia qué tipo de igualdad debería orientarse la escuela? ¿Es preciso repartir de otro modo la educación entre la juventud y la edad adulta y que el mundo laboral esté más implicado? ¿Qué base común de conocimientos, competencias y normas de comportamiento deberían dominar prioritariamente los alumnos al terminar cada etapa de la escolaridad obligatoria? ¿Cómo debe adaptarse la escuela a la diversidad del alumnado? ¿Cómo podría mejorarse el reconocimiento y la organización de la vía profesional? ¿Cómo se puede motivar a los alumnos y hacer que trabajen eficazmente? ¿Cuáles deberían ser las funciones y modalidades de la evaluación de los alumnos, de la notación y de los exámenes? ¿Cómo se puede organizar y mejorar la orientación de los alumnos? ¿Cómo se prepara y se organiza la entrada en el ciclo superior? ¿Cómo pueden favorecer los padres y las figuras externas a la escuela el buen rendimiento escolar de los alumnos? ¿Cómo hacerse cargo de los alumnos que tienen grandes dificultades? ¿Cómo se escolarizan los alumnos minusválidos o con enfermedades graves? ¿Cómo se puede luchar eficazmente contra la violencia y la falta de civismo? ¿Cómo y de qué tipo deberían ser las relaciones entre los miembros de la comunidad educativa, concretamente entre padres y profesores, y entre profesores y alumnos? ¿Cómo podría mejorarse la calidad de vida de los alumnos en la escuela? ¿Cómo deberían, en materia de educación, definirse y repartirse las funciones respectivas del Estado y de las colectividades territoriales? ¿Sería conveniente otorgar más autonomía a los establecimientos y acompañarla de una evaluación? ¿Cómo podría la escuela sacarle el mayor provecho a los medios de que dispone? ¿Es preciso redefinir las profesiones de la escuela? ¿Cómo se debería formar, contratar, evaluar y organizar mejor la carrera del profesorado?

miércoles, 19 de junio de 2013

JONATHAN COE. LA LLUVIA ANTES DE CAER

Hola, buenos días. Bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro, el programa de Radio Universidad de Salamanca en el que cada miércoles os ofrecemos una espero que interesante recomendación de lectura. Esta mañana os traigo una excepcional novela, muy intimista y melancólica, que rompe por ello con la trayectoria de su autor, el británico Jonathan Coe, que se ha desenvuelto hasta ahora en unos registros más bien alegres, joviales y humorísticos. La novela, la penúltima de su autor publicada en España por Anagrama, se titula La lluvia antes de caer. La traducción corresponde a un asiduo de la editorial, Jaime Zulaika.

El libro se abre con la triste noticia que recibe en su casa una mujer madura, Gill, casada y con dos hijas. Una llamada telefónica comunica a Gill que su tía Rosamond, hermana de su madre, acaba de morir a los setenta y tres años. Gill se desplaza hasta Oxfordhire, en donde vivía la tía fallecida, para asistir al funeral. Una conversación con la doctora May, que atendía a la tía Rosamond, y una breve estancia en la ahora deshabitada casa de ésta, llevan a Gill a pensar que la mujer, gravemente enferma, ha puesto fin a sus días voluntariamente. En su vivienda, la sobrina encuentra algunas cintas magnetofónicas y una nota póstuma de la muerta: las cintas están destinadas a una casi desconocida, Imogen, una pariente lejana de la que Gill guarda un vago recuerdo, pues más de veinte años atrás, cuando Imogen contaba sólo siete, coincidió con ella en la fiesta del quincuagésimo aniversario de su tía. Desde entonces, la niña, una encantadora niña ciega, había desaparecido de la vida de la familia y sólo ahora, en el legado postrero de tía Rosamond, vuelve a aparecer. Además, el testamento de ésta señala que dos tercios de sus bienes serán para sus dos sobrinos, la propia Gill y su hermano David, y el último tercio para la misteriosa Imogen. El mensaje de su tía encomienda a Gill, además, la búsqueda de la niña hace tanto tiempo desaparecida -que ya no es tan niña, pues han pasado veintitrés años- y la entrega a ésta de las cintas. Gill sólo podrá escucharlas si no encuentra a la joven. Ayudada por sus dos hijas, que aportan sus conocimientos de las modernas herramientas informáticas, Gill intenta dar con el paradero de Imogen, pero su pesquisa resulta infructuosa. Se decide, pues, a escuchar las grabaciones, cuatro cintas de noventa minutos cada una, arropada, para tan trascendente acto, por la cariñosa curiosidad de sus hijas.

El núcleo central de la novela, doscientas páginas de sus doscientas cincuenta totales, lo constituye la transcripción de esas cintas. En ellas, la tía Rosamond describe y comenta una veintena de fotografías, escogidas de entre las más significativas de su propia vida, para que Imogen, que os recuerdo, es ciega y no podrá verlas, pueda conocer los momentos determinantes de la existencia de Rosamond, una existencia que está también profundamente imbricada en la suya propia. Y así, capítulo a capítulo, fotografía a fotografía (hay también alguna postal), Rosamond va dejándose llevar por sus recuerdos, por sus evocaciones, por sus emociones revividas, por su memoria fragmentaria pero a la vez muy precisa y minuciosa, y va casi sin quererlo -y aquí es donde entra la maestría del autor, de Jonathan Coe- desgranando no sólo la historia de una vida, la suya, sino la de distintas mujeres de la familia a lo largo de varias generaciones. Desde la primera foto, de 1938 ó 1939, hasta la última, en los años ochenta del pasado siglo, se desarrolla una existencia singular, la de la tía Rosamond, pero en realidad, la novela da cuenta de toda una saga familiar en la que no faltan afectos, pasiones, frustraciones, tragedias, emociones, dolor, intensidad, debilidades, abandonos. Una saga familiar muy inteligente y sugestivamente narrada, con una escritura que nos aboca a una lectura arrebatadora, apasionante y que nos adentra en las interioridades de unos seres humanos muy poderosamente descritos, unos personajes con carne, con vida, la antítesis de tanto espantapájaros sin profundidad que hoy, por desgracia, puebla infinidad de novelitas sin enjundia. Leyendo La lluvia antes de caer, aprendemos mucho de la naturaleza humana, de la sensibilidad femenina, de las genuinas emociones de las personas, pero conocemos, además, no de modo principal pero sí con bastante detalle, toda una época, la guerra mundial en Inglaterra, la evolución de las costumbres en nuestras sociedades, en fin, el mundo en estos últimos setenta años.

No dejéis de leer La lluvia antes de caer, escrito por Jonathan Coe y publicado por la editorial Anagrama, del que ahora os dejo un fragmento en el que se contiene la esencia de su título. No dejéis de leerlo porque se trata de un libro formidable que os reportará momentos de intensidad y placer extraordinarios.
Aprovechando la excusa de la lluvia, un canción que la tiene como protagonista, real y metafórica. Here comes the rain again, el clásico de Eurythmics.


Me uní a ellas, pero Rebecca no se volvió cuando oyó pasos en el guijarral. Hizo visera con las manos, miró hacia las montañas y dijo: Mira qué nubes. Va a haber tormenta si vienen hacia aquí. Thea escuchó el comentario (siempre se daba cuenta en seguida de los cambios de humor, y a mí nunca dejaba de sorprenderme lo sensible que era, lo pendiente que estaba de los sentimientos de los adultos), y eso la llevó a preguntar: ¿Por eso estás triste? ¿Triste?, dijo Rebecca volviéndose. ¿Yo? No. No me importa que llueva en verano. Hasta me gusta. Es mi lluvia favorita. ¿Tu lluvia favorita?, dijo Thea. Recuerdo que frunció el ceño sopesando aquellas palabras, y luego exclamó: Pues la mía es la lluvia antes de caer. Rebecca se sonrió al oír aquello, pero yo dije (en plan pedante, supongo): Pero, cielo, antes de caer, en realidad no es lluvia. Y Thea me dijo: ¿Y entonces qué es? Y yo le expliqué: Pues es sólo humedad, humedad en las nubes. Thea bajó la vista y se concentró una vez más en escoger los guijarros de la playa; cogió dos y se puso a golpearlos uno contra otro. Parecía que el ruido y la sensación le gustaban. Yo seguí: ¿Entiendes entonces que no existe la lluvia antes de caer? Tiene que caer para que sea lluvia. Era una tontería explicarle aquello a una niña pequeña; casi me arrepentía de haber empezado. Pero, por lo visto, Thea no tenía ningún problema en captar la idea; más bien al revés, porque al poco rato se quedó mirándome y meneó la cabeza con gesto de pena, como si discutir aquellas cosas con una idiota estuviera poniendo a prueba su paciencia. Ya sé que no existe, dijo, por eso es mi favorita. Porque no hace falta que algo sea de verdad para hacerte feliz, ¿no? Luego echó a correr hacia el agua sonriendo abiertamente, encantada de haberse salido con la suya gracias a su propia lógica.


miércoles, 12 de junio de 2013

ORHAN PAMUK. ME LLAMO ROJO

Hola, buenos días, bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro, la cita habitual con la lectura que todas las semanas os ofrecemos aquí, en Radio Universidad de Salamanca. Esta mañana os traigo una novela de un autor que, pese a su extraordinario interés, su enorme prestigio y su muy reconocido nombre, no en vano ha sido un reciente premio Nobel, nunca había aparecido entre nuestras sugerencias, aunque sí en mi otro programa en esta emisora, Buscando leones en las nubes, en el que dedicamos una edición a El Museo de la inocencia, otra obra mayor -junto a la que ahora os presento- de nuestro escritor invitado. Quiero paliar hoy esta carencia hablándoos de la que, quizá, sea su mejor novela y, en cualquier caso, la que, sin duda, es la más traducida y difundida. Se trata de Me llamo Rojo, su autor es el turco Orhan Pamuk y fue publicada por primera vez en nuestro país en el año 2003 por la editorial Alfaguara en traducción de Rafael Carpintero.
 
La editorial presenta el libro bajo la rúbrica de “novela total”. La calificación, que podría parecer excesiva proviniendo de la propia editora, se ajusta, sin embargo, a lo que es realmente Me llamo Rojo. Porque estamos, en efecto, ante lo que en primer lugar puede aparecer como una novela histórica que nos traslada al Estambul del siglo XVI, pero que es, además, una historia de amor, llena de sucesos deliciosos, rezumando pasión, ternura y sensibilidad, también dobles intenciones, celadas y ocultamientos; es también una intriga detectivesca, con un asesinato que se revela en las primeras páginas y para el que hay varios sospechosos y una investigación y móviles y pistas y testigos como en cualquier novela negra al uso; es, a la vez, una novela de aventuras, con peripecias sin cuento y leyendas y mitos y relatos intercalados; admite igualmente una lectura filosófica sobre las diferencias en el modo de sentir, de entender el mundo, de concebir la existencia entre Oriente y Occidente; es, sin duda, una magnífica descripción del mundo islámico, no ya el de la época histórica recreada en la novela, que se describe con minuciosidad y precisión, sino, por extensión, del actual, con las tensiones internas, las contradicciones, las expectativas y las amenazas que las modernas sociedades de raíz musulmana albergan en su seno; es también un interesante y documentado estudio sobre el arte, en particular las formas de representación pictóricas, que puede ser extrapolado al ámbito de la literatura, por lo que cabe su lectura, además, como una novela “metaliteraria”; puede ser entendida, igualmente, en clave política pues contiene profundas y enjundiosas reflexiones sobre el ejercicio de las libertades individuales en sociedades cerradas, sobre las relaciones del artista o del simple ciudadano con el poder, sobre la tolerancia y los fanatismos, sobre las sociedades laicas y las religiones totalitarias, en una metáfora evidente del dilema que asalta hoy día a la sociedad turca, debatiéndose entre una Europa moderna y secularizada y la regresión que representa un Islam tantas veces fanático y anacrónico, en un conflicto que aquí tan bien conocemos.
 
Transcurre el siglo XVI. El Sultán turco, fascinado por los motivos, por los estilos, por los modos de la pintura de los ‘francos’, de los cristianos occidentales, por su modo de reflejar la realidad, por la fidelidad de sus retratos, por las insólitas combinaciones de la perspectiva, y movido también por el ansia de inmortalidad que es, al parecer, inseparable atributo del poder, de todos los poderes, decide pasar a la Historia -e impresionar a sus enemigos cristianos- en un libro, un singular libro bellamente ilustrado, que narre sus hazañas, los logros de su sultanato, los prodigios alcanzados por el imperio otomano bajo su mando y que -el orgullo del poderoso- incluya una representación de su figura, una imagen de su persona. Encarga el proyecto al reputado ‘taller’ del Maestro Osmán, en el que trabajan los cuatro mejores ilustradores de la época: los maestros Aceituna, Cigüeña, Mariposa y Donoso, en las denominaciones que les atribuye su maestro. Pero el proyecto del Sultán no está exento de problemas: la representación figurativa contraviene el espíritu, y hasta la letra, del Corán, que prohíbe la presencia en los libros de la imagen humana por considerarla un desafío al poder divino, una intolerable arrogancia del hombre que se atribuye poderes alejados de su mísera condición terrenal, un soberbio reto de las criaturas contra su creador que conduce a la adoración de ídolos, un peligroso primer paso de un proceso que, de tolerarse, llevaría a subvertir todos los valores que el Islam inspira, a hacer peligrar los fundamentos del estilo de vida musulmán. El libro, pues, debe hacerse en secreto. Un buen día, y aquí se pone en marcha la novela, el Maestro Donoso aparece brutalmente asesinado, y su muerte parece tener que ver con el libro y sus ilustraciones. A partir de este hecho inaugural, se suceden los diversos capítulos, narrados por distintos personajes, fundamentalmente dos, Negro y Seküre, protagonistas de los desconcertantes vaivenes de la historia de amor a la que aludí anteriormente, pero también podemos oír la voz del Maestro Osmán, de los cuatro ilustradores, y de otros muchos personajes, la correveidile judía Ester, el también maestro Tío, anciano ilustrador, tío efectivamente de Negro y padre de Seküre, e incluso hablan en primera persona los motivos pictóricos de las ilustraciones del libro: el árbol, el perro, dos derviches, y hasta el rojo de la sangre y de la pintura.
 
El resultado de todo de ello, de la multiplicidad de perspectivas, de la variedad de planos, de la diversidad de voces, de la pluralidad de enfoques, es un fascinante mosaico, un desbordante rompecabezas que, desde la primera línea, nos atrapa y seduce, nos divierte y entretiene, nos interroga, nos cuestiona y nos hace pensar, nos subyuga y entusiasma.
 
Hacedme caso, leed este Me llamo Rojo, de Orhan Pamuk, publicado por la editorial Alfaguara, y no sólo lo disfrutaréis, sino como tantas otras veces con las lecturas que nos apasionan, querréis acercaros -y no deberíais dejar de hacerlo- al resto de la obra del autor.
 
Música turca, cómo no, para completar esta reseña. Arto Tunçboyaciyan, uno de los grandes nombres de la música de aquel país, interpreta la envolvente Zetuni Zar.
 
 
Entré como un sonámbulo en Estambul, la ciudad en la que había nacido y crecido, tras doce años de ausencia. Dicen de los agonizantes que les llama la tierra, a mí me llamaba la muerte. Al principio creí que en la ciudad sólo había muerte, luego me encontré con el amor. Pero por aquel entonces, mientras entraba en la ciudad, el amor era algo tan olvidado y lejano como mis recuerdos de ella. Doce años atrás, en Estambul, me había enamorado de mi prima, aún una niña.
 
Apenas cuatro años después de abandonar Estambul, mientras erraba por las infinitas estepas del país de los persas, por sus montañas nevadas y sus tristes ciudades llevando cartas y recaudando impuestos, me di cuenta de que iba olvidando lentamente el rostro de la amada niña que se había quedado atrás. Inquieto, me esforcé por recordarlo pero comprendí que el ser humano acaba por olvidar una cara que nunca ve por muy querida que le sea. En el sexto año de los que pasé en el este viajando o ejerciendo de secretario al servicio de los bajás, ya sabía que la cara que me representaba en mi imaginación no era la de mi amada en Estambul. Sé que en el octavo año volví a olvidar el rostro que había recordado de manera errónea en el sexto y que volví a recordarlo como algo por completo distinto. Así pues, cuando regresé a mi ciudad doce años después, ya con treinta y cinco cumplidos, era amargamente consciente de que hacía mucho que había olvidado la cara de mi amada.


miércoles, 5 de junio de 2013

PHILIPPE CLAUDEL. EL INFORME DE BRODECK

Hola, buenos días. Bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro, el programa de Radio Universidad de Salamanca en el que, semanalmente, os damos cuenta de una referencia literaria, una novela, un poemario, un libro de cuentos, un ensayo, con la intención de induciros, de sugeriros, de invitaros a su lectura. Se trata, como ya sabéis si nos seguís habitualmente, de transmitiros, sin ninguna pretensión crítica o académica, la fascinación, el encanto, la pasión que los libros me provocan, en la creencia, que quizá pueda resultar inmodesta, de que lo que a mí me entusiasma puede interesaros también a vosotros. Hoy os traigo una novela, una magnífica novela, la última publicada en España de su autor, el francés Philippe Claudel. El libro lleva el título de El informe de Brodeck y ha sido editado, como el resto de su obra en España, por la Editorial Salamandra el pasado 2008 en traducción de José Antonio Soriano Marco.
 
De Philippe Claudel son también otras dos novelas excelentes, Almas grises, delicada y bellísima, y la también preciosa La nieta del señor Linh, que quizá hayáis podido leer, pues alcanzaron, ambas, un relativo éxito de ventas y fueron muy divulgadas tanto en revistas literarias y suplementos culturales especializados como en los medios de comunicación generalistas. Hace un par de meses la propia editorial Salamandra nos ha ofrecido también un volumen de relatos, piezas cortas o más exactamente textos breves, de título Aromas, en los que Claudel recrea, en un tono autobiográfico, con lirismo y sensibilidad, con emoción y sencillez, infinidad de momentos de su vida -muchos vinculados a su infancia y juventud- que su memoria evoca vinculados a olores, a perfumes, a fragancias, a aromas. Una delicia de libro que tampoco deberíais perderos.
 
La escritura de Philippe Claudel es pausada, minuciosa, reflexiva, filosófica, introspectiva; cuenta historias, que ambienta con precisión y pertinencia, que se acomodan (en general) a los esquemas narrativos más acostumbrados, hay planteamiento, nudo y desenlace, hay personajes bien dibujados, con entidad, hay también escenarios reconocibles, paisajes, pueblos y ciudades, pero lo esencial en sus novelas es la dimensión íntima de esos personajes, la indagación profunda en la verdad de los seres humanos, la penetración en los resortes más auténticos de nuestras almas. Y así ocurre también, y de modo destacado, en El informe de Brodeck. El fondo narrativo, ‘realista’, del libro gira sobre un informe que el protagonista principal, el Brodeck del título, debe realizar para dar cuenta del asesinato de un extraño personaje, el Anderer, el Otro, en su traducción alemana. Brodeck vive en un pueblo alejado del mundo, perdido en las montañas, aislado, cerrado en sus costumbres, lejos de todo, sin contacto apenas con el normal devenir de la existencia. En ese ambiente opresivo y endogámico, incontaminado y brutal, aparece un día, con la segunda guerra mundial recién terminada, este Anderer, un individuo singular, algo estrafalario en las formas, silencioso y reservado, que deambula con su asno y su yegua, con los que habla y a los que trata como amigos, caminando por el pueblo y sus alrededores entregado a la pesca y a recoger los paisajes locales y las fisionomías de los lugareños en su cuadernos de pintura. Esa presencia extraña y algo inquietante perturba la vida de la aldea hasta tal punto que todos sus habitantes, conjurados, deciden asesinar al extranjero al sentirse amenazados en su tranquilidad por la, a su juicio, ominosa mirada del hombrecillo, y acaban llevando a cabo su acción de un modo unánime, unido todo el pueblo en el violento desenlace. A Brodeck, excluido de la siniestra, inexplicable y paranoica venganza, sus conciudadanos le encomiendan la tarea de documentar la presencia del Anderer en el pueblo, redactando un informe de lo sucedido para enseñanza y ejemplo de quienes lo lean. En la investigación de los hechos, Brodeck entrevista a las fuerzas vivas del pueblo, rememora los hechos acaecidos en los últimos meses y, sobre todo, encuentra en esa labor investigadora la ocasión para revivir los dolorosos sucesos de su propia vida, para reflexionar sobre la terrible experiencia sufrida por él mismo, recluido en un campo de concentración, y por su hermosa mujer, que aguarda esperanzada su llegada en el ambiente opresivo y cruel del pueblo, de su habitantes cerriles, de una inhumanidad casi animal.
 
Pero más allá de este hilo argumental la novela se abre a otros planos. Por de pronto, la ubicación del pueblo, del país, la descripción de la época, incluso los hechos históricos más reconocibles, como la segunda guerra mundial o los campos de concentración o la persecución de los judíos o la ocupación nazi, aparecen de un modo velado, difuso, sin precisar del todo, ni en el tiempo ni en el espacio, lo que dota a la historia de un aire de irrealidad, o de realidad algo fantasmagórica; a mí, en muchos momentos de la lectura me ha venido a la cabeza la obra de Kafka, El proceso o El Castillo, singularmente. Por ello, el narrador, al difuminar los rasgos concretos, la anécdota, podríamos decir, eleva la historia a la categoría de emblema, de símbolo. El libro adopta así la apariencia de una fábula, una reflexión intemporal y por lo tanto con valor universal sobre el amor, la extranjería, la identidad, el fanatismo, el mal, el miedo, la venganza, el perdón, la locura y la inhumanidad de las personas, la honradez y los valores morales, el olvido, el destino.
 
Dejadme destacaros, antes de terminar, algún otro aspecto significativo de la estructura del libro. El narrador se mueve en diversos niveles temporales, el relato se enreda, vuelve atrás, retoma el momento actual. El informe que Brodeck redacta en presente enlaza con la historia ya pasada de la presencia del Anderer en el pueblo, y con la más remota de su propia detención y posterior internamiento en el campo de concentración, una especie de confesión autobiográfica. Como dice el narrador: No soy escritor. Este relato, llegue o no a leerse, lo demuestra de sobra: avanzo, retrocedo, me salto el hilo temporal como quien salta una cerca, me voy por las ramas. Esta aparente complejidad estructural no complica la lectura, antes al contrario, amplía sus ecos, la enriquece. En cierto modo, esta algo enrevesada trama formal encierra uno de los mensajes del libro. Como señala, de nuevo, el propio Brodeck: a esta confesión le falta orden. No ceso de divagar. Pero no tengo por qué justificarme. Las palabras acuden a mi cabeza como las limaduras de hierro a un imán, y las vierto en la hoja sin preocuparme de nada. Si esta historia se parece a un cuerpo monstruoso se debe a que es la imagen de mi vida, que va a la deriva, que no he podido encauzar.
 
Os recomiendo vivamente este El informe de Brodeck, es un libro magnífico, intenso, esclarecedor, bellísimo y perturbador. Leed también las otras tres extraordinarias obras de su autor, Philippe Claudel, publicadas, como ésta, por la editorial Salamandra, Almas grises, La nieta del señor Linh y la muy reciente Aromas. Os dejo con un fragmento muy significativo de la novela, en el que aflora este valor metafórico y simbólico del que os he hablado. Y como el texto seleccionado habla de mariposas os ofrezco también una canción que se centra en los hermosísimos insectos en un contexto, como el de la novela, de violencia y dolor: Butterfly, interpretada por Lloyd Cole.
 
 
¿Ha observado usted a las mariposas alguna vez, señor alcalde? ¿Y usted, señor maestro? Sí, mariposas, cualquier tipo de mariposas… ¿No? ¿Nunca? Lástima… Una verdadera lástima. Yo, en cambio, he consagrado mi vida a las mariposas. Hay quien se interesa por la química, la medicina, la mineralogía, la filosofía, la historia… Yo me he dedicado a las mariposas. Lo merecen de sobra, pero poca gente es capaz de darse cuenta. Es muy triste, porque si nos interesáramos más por esas frágiles y hermosas criaturas, aprenderíamos lecciones extraordinariamente útiles para la especie humana. Figúrense, por ejemplo, que, en una variedad de esos lepidópteros conocida con el nombre de Rex flamae ha podido observarse un comportamiento que, a primera vista, parecía carecer de lógica, pero tras muchas comprobaciones ha demostrado estar pleno de sentido y, si la palabra pudiera aplicarse a las mariposas, de notable inteligencia. Las Rex flamae viven en grupos de una veintena de individuos. Se cree que entre ellas existe una especie de solidaridad que las impulsa a reunirse cuando una encuentra alimento en cantidad suficiente para que todas puedan beneficiarse. Con bastante frecuencia, admiten a mariposas de otras especies dentro de su grupo, pero, en cuanto aparece un depredador, por lo visto las Rex flamae se avisan unas a otras, mediante algún lenguaje que desconocemos, y se ponen a salvo. Las mariposas que momentos antes podían considerarse integradas en el grupo no parecen tener esa información, y son devoradas por el pájaro. Entregando una presa al depredador, las Rex flamae garantizan su supervivencia. Cuando todo les va bien, la presencia de uno o varios individuos que no pertenecen a su grupo no les molesta; probablemente, incluso de alguna forma las beneficia. Pero en cuanto surge un peligro y la integridad y la supervivencia del grupo están en juego, no dudan en sacrificar a quienes no son los suyos. Probablemente, ciertas mentes estrechas considerarían que el comportamiento de esas mariposas carece de moral. Pero, ¿qué es la moral? ¿Para qué sirve? La única moral que prevalece es la vida. Sólo los muertos se equivocan.