Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 13 de junio de 2018

TONI PADILLA. ATLAS DE UNA PASIÓN ESFÉRICA

Hola, buenas tardes. Bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca. Mañana, día 14 de junio, empieza el Mundial de fútbol de Rusia, la vigésimo primera edición de unos campeonatos que, desde hace décadas, concitan la atención de millones de personas en el mundo entero. Y es que el fútbol es un fenómeno de repercusión universal que, más allá de su actual condición de espectáculo global, de las desmesuradas cantidades de dinero que mueve, de sus extraordinarias implicaciones de toda índole, no sólo deportiva, sino también sociológica, económica, política, filosófica y hasta religiosa, toca también -por no se sabe qué extraña conjunción de factores, presentes de manera sorprendente en todas las culturas- una vertiente íntima de las gentes, quizá más noble y genuina que las ya citadas, y que se vincula con el placer infantil del juego, con los sueños, las promesas, las aspiraciones y las ilusiones -de realización, de éxito, de reconocimiento- que todos albergamos, con ciertos valores -esfuerzo, superación, sacrificio, entrega, ejemplaridad, abnegación, respeto, dignidad, compromiso, espíritu de equipo, compañerismo, responsabilidad, conciencia y reivindicación de la propia identidad, heroísmo incluso- que constituyen un estímulo en nuestras vidas y en los que cualquier persona aspira a reconocerse, e igualmente con una serie de emociones -pasión, ardor, entusiasmo, también padecimiento o agonía- que nos transportan y nos hacen olvidar durante la corta duración de un partido lo anodino de nuestras existencias cotidianas, para escapar de las cuales el fútbol se ofrece así como un refugio privilegiado de experiencias intensas (aunque sean vicarias).

Yo, ni que decir tiene, soy aficionado -no forofo, no hincha, mucho menos hooligan- al fútbol desde que con seis años mi padre me llevaba cada quince días al vigués estadio de Balaídos para ver jugar al Celta y, muy a menudo, como corolario natural de ese hecho, a sufrir con su por entonces más bien discreta trayectoria deportiva.

Estas tres circunstancias, la inminente celebración del campeonato mundial, el indudable cúmulo de referencias, implicaciones y vínculos a los que el fútbol se abre -su formidable incidencia y su condición metafórica-, y mi nostálgica evocación de aquellos inolvidables días de la infancia, renovada semana a semana con cada nuevo encuentro -ahora ya sólo a través de la televisión- de mi equipo favorito, coinciden en este momento e inducen mi voluntad de que mis próximas propuestas de lectura -la de hoy y las de las dos semanas de junio que nos restan- se centren en libros que, desde enfoques y perspectivas diferentes, tienen al deporte rey como protagonista indiscutible.

En el caso de esta tarde os traigo un libro muy interesante, escrito por Toni Padilla, periodista deportivo catalán, titulado Atlas de una pasión esférica. La obra, publicada en una muy cuidada edición que incluye espléndidas ilustraciones de Pep Boatella, se presentó el pasado 2017 en el sello geoPlaneta, muy centrado en textos relacionados con los viajes -siempre poco convencionales-, los lugares del mundo -a menudo los más insólitos y desconocidos- y los recorridos por paisajes y territorios algo excéntricos - muchas veces simbólicos o meramente literarios.

Lo que finalmente sé con mayor certeza respecto a la moral y a las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol. La muy citada reflexión de Albert Camus, que a principios de la década de los treinta del siglo pasado fue portero de fútbol en su Argel natal antes de que, con apenas diecisiete años, una tuberculosis lo apartara para siempre de los campos de deporte y permitiera -¡bendita enfermedad!- su entrega a la literatura, sirve de inspiración a un libro que conecta, precisamente, con todo ese universo de principios, de valores, de connotaciones morales, políticas, sociales y filosóficas que el fútbol encierra, apelando, pues, a esa cualidad metafórica a la que ya me he referido: “el fútbol como escuela de vida”. En treinta y cuatro breves capítulos, cada uno de ellos acompañado de su correspondiente lámina ilustrativa, se presentan otras tantas “viñetas” que recogen anécdotas reales, obviamente vinculadas con el fútbol, protagonizadas por distintos personajes -los más, anónimos o desconocidos, aunque algunos figuras destacadas y relevantes en el mundo del balompié-, que aparecen así “fijados” en momentos determinados de su vidas en los que su entrega al deporte rey permite iluminar un acontecimiento histórico, explicar determinados hechos de la sociedad de su tiempo, o revelar, de manera literal o simbólica, alguna verdad profunda sobre la esencia del alma humana. Organizado en seis secciones, una por continente más un apartado final dedicado a la Antártida, el volumen -de muy cuidada edición, formalmente muy bella y de manejo muy agradable-, recoge, tras un sucinto y esclarecedor prólogo del propio autor que os dejo como cierre a mi reseña, cinco historias “ambientadas” en África, nueve en América, seis en Asia, once en Europa, dos en Oceanía y el ya referido apartado postrero sobre el gélido territorio austral, en un completo periplo por toda la geografía del planeta que hace, sin duda, honor al título del libro: Atlas de una pasión esférica.

Ante la evidente imposibilidad de glosar aquí todos los relatos, siempre emotivos y conmovedores, me limitaré a comentaros ahora algunos de los más destacados, además de invitaros a mi otro espacio en Radio Universidad de Salamanca, Buscando leones en las nubes, en el que, desde el lunes próximo y coincidiendo con la celebración del campeonato mundial, os ofreceré durante cuatro semanas otras tantas emisiones centradas en sendos capítulos del libro. Comenzando por el apartado centrado en África, en Presidente Gandhi Padilla nos da a conocer la relación del líder hindú con el fútbol, que ya en su etapa como abogado joven en Sudáfrica utilizó como instrumento para la lucha por la igualdad de derechos, creando tres clubes, en Inanda, Pretoria y Johanesburgo, con un mismo nombre, Passive Resisters Soccer Club, Club de Fútbol de los Resistentes Pasivos. Las peripecias de Luciano Vassallo, un mestizo hijo de un italiano y una eritrea, el mejor centrocampista de Etiopía, que vivió una existencia complicada en lo deportivo y lo personal con guerras, cárceles y exilios, para acabar su vida en Roma, entrenando a niños y reparando coches, se nos cuenta en El capitán odiado por todos. Ilunga Mwepu, jugador del Congo, protagoniza El defensa que quería ser expulsado, pues, en efecto, en el mundial de 1974, en Alemania, Mwepu, que defendía los colores de su país, llamado entonces Zaire por el capricho del dictador Mobutu, buscó con fruición la tarjeta roja, con la doble intención de protestar contra la explotación a la que sometía a los jugadores su corrupta Federación y evitar la temible reacción de su presidente que los había amenazado gravemente si perdían por más de cinco goles en el partido de despedida del mundial, con Brasil de rival. Su último intento, en el que acabó lanzando, ante la perplejidad de propios y extraños, una falta que se había señalado en su contra y a favor del equipo brasileño, no le permitió tampoco lograr su objetivo, pues solo vio la cartulina amarilla, pasando a la historia, entre la incomprensión y la burla generales, como hilarante y equivocado ejemplo de lo rudimentario y primitivo del fútbol africano. Conmovedor es el relato Los goleadores sin botas, que gira sobre la figura de Bonor Kargbo, joven víctima de la guerra civil en Sierra Leona. Bonor, junto con otros muchos chicos que perdieron sus piernas por la explosión de las minas en la brutal contienda, llegó a jugar y a ganar, representando a su país, la primera edición de la Copa de África para amputados, una iniciativa que revela los meritorios esfuerzos llevados a cabo no solo por las víctimas de la barbarie sino también por un puñado de voluntarios comprometidos con proyectos solidarios y planes de integración de jóvenes mutilados en país del Golfo de Guinea.

El vasto continente americano es también el escenario de narraciones emocionantes y en algún caso desgarradoras. El suicidio de un jugador uruguayo, que con sólo veinticinco años se quitó la vida en mitad del césped del estadio del club de sus sueños, una muerte que, para la interpretación de sus aficionados, cargada de connotaciones de leyenda, se debió al amor que el joven profesaba a sus “colores”, inspira El irracional amor a una camiseta. En Ojos verdes, rizos africanos, se glosa la figura de Arthur Friedenreich, hijo de un muy blanco alemán y una negra brasileña, que intentó despuntar en el fútbol al margen de los prejuicios raciales de la sociedad paulista del primer cuarto del siglo XX. Muy emotivo es también Mexicanos con chapela, un capítulo en el que entramos en contacto con un grupo de futbolistas vascos -bastantes de ellos con una trayectoria significativa en las competiciones españolas previas a la guerra civil: Lángara, Regueiro- que lograron mantener tras ella su modo de vida, formando parte en un equipo de exiliados -el Euzkadi- en el México de Lázaro Cárdenas, el muy hospitalario para con los derrotados republicanos españoles presidente mexicano. El nostálgico equipo llegaría incluso a ganar la liga del país azteca. Igualmente sugerentes y evocadores, llenos de referencias y connotaciones políticas y sociales son El secuestro de Alfredo Di Stéfano, que reconstruye sucintamente el surrealista rapto sufrido por la figura argentino española en 1963; La corbata roja, con el protagonismo de otro futbolista -éste chileno- que también jugó en la liga española, Carlos Caszely, y su oposición, discreta pero contundente, a la dictadura impuesta por Pinochet en su país; Jugar con rastas, en el que aparece la conocida afición al fútbol de Bob Marley; El pescador que obró milagros, que narra la historia de Tin Ruiz, destacado jugador de fútbol playa salvadoreño, que desde su humilde poblado pescador de La Pirraya acabó por convertirse en el mayor goleador en partidos oficiales del intenso y agotador deporte playero; Volver, con una muy tierna historia sobre los aficionados del San Lorenzo de Almagro argentino que lograron, con su lucha tenaz e indesmayable, recuperar para el equipo los terrenos en que se ubicaba su viejo estadio del Gasómetro, “expropiados” de manera irregular para albergar un anodino centro de Carrefour; o la empecinada odisea de Carla Werden, presentada en Un certificado médico para ser campeonas, quien no se arredró por la injustificada exigencia de las autoridades deportivas norteamericanas -¡¡en 1979!!- de que las aspirantes a futbolistas presentaran un certificado médico que acreditara que sus órganos reproductores no resultarían dañados por la práctica deportiva. La chica acabaría por ganar varios campeonatos del mundo con su país y se retiraría con más de ciento sesenta partidos oficiales en su exitoso currículo.

Asia tiene también su espacio en este Atlas de una pasión esférica, con un puñado de historias ambientadas en Corea -en un relato, Los futbolistas bautizados dos veces, que narra, con un fondo futbolístico, las consecuencias del ancestral enfrentamiento entre el país coreano y Japón-; el propio país del sol naciente -escenario de la apasionante experiencia de Kazu Miura, el jugador más veterano de todos los tiempos en marcar un gol como profesional, a sus voluntariosos cincuenta años-; Bangladés -en un cuento, La selección que nació antes que su país, que enlaza el fútbol con la política, a partir de las andanzas de Saidur Rahman Patel, luchador por la independencia de su país y jugador del Bangladés Independiente FC-; China, en donde se sitúa la crónica de la vida del futbolista Zhao Junzhe, que descendía de la familia del último emperador; o Irak, en donde el clima de terror impuesto por el tirano Saddam Hussein, enmarca En el nombre de la hermana, la historia de Basil Gorgis, que aprovecha sus éxitos deportivos para intentar liberar -infructuosamente- a su hermana, detenida y finalmente ejecutada por el sanguinario régimen del dictador sunita.

Pero es en el continente europeo, lugar de nacimiento del fútbol y zona geográfica en que también se ha desarrollado de manera más organizada y profesional, en el que se recogen las anécdotas, las semblanzas y los sucesos de mayor hondura personal y de significación cercana a la leyenda. Los partidos improvisados en el frente de batalla entre contendientes enemigos, en los raros momentos de tregua -en la Navidad de 1914- en la primera guerra mundial, recordados en Soldados con sonrisas de niño; las chicas de Dick, Kerr & Co, la fábrica británica de balas, que sustituyeron a los hombres movilizados, también durante la Gran Guerra, no sólo en las líneas de producción sino también en los campos de juego, emotivas protagonistas de Las invencibles de Preston; las dificultades de los futbolistas en los equipos del régimen, el Spartak, el Dinamo, el CSKA, en la Rusia staliniana, glosadas en Dormir con el hijo del enemigo; el coraje de Leo Horn, El árbitro más valiente del mundo, imposibilitado de ejercer su profesión por su condición de judío y heroico combatiente de la resistencia contra los nazis en su Holanda natal; El partido de la muerte, celebrado en Kiev en 1942 entre soldados nazis y prisioneros de guerra ucranianos, cuyo relato se ha transmitido desde entonces convertido en leyenda, en una versión, en la que el resultado del encuentro conducía a la libertad o la muerte, que la investigación de Toni Padilla revela inventada o, al menos, no del todo cierta; las brutales consecuencias de la guerra de los Balcanes y el encomiable arrojo del soñador Pedrag Pašić, internacional del equipo de la antigua Yugoslavia y creador y sostenedor, sin desmayo y contra todo obstáculo, de una escuela de fútbol para niños en el Sarajevo permanentemente bombardeado y devastado por el enfrentamiento étnico, una escuela que acogía a chicos serbios, croatas, bosnios, de cualquier origen y condición, a los que se les exigía, como únicos requisitos para su participación, hablar solo de deporte y considerar a cualquier compañero como un hermano, en un relato enternecedor, Esperanza bajo las bombas; la delirante historia de Christos, sacerdote ortodoxo griego y fan acérrimo del PAOK de Salónica, llamado al orden por su arzobispo al ser identificado en una retransmisión televisiva en las gradas del estadio de su equipo, saltando enloquecido entre los hinchas mientras cantaba enfervorizado una canción en la que deseaba la muerte a los seguidores del club rival, el Aris.

Y ya en Oceanía, sorprende el itinerario deportivo y personal de Jaiyah Saelua, un fa’afafine de Samoa con una acentuada vocación por el fútbol. Fa’afafine, en la lengua local, designa a personas biológicamente masculinos, pero que asumen los roles femeninos en su trato social. Saelua sería la primera persona transgénero en ser internacional, obligada, no obstante, por la FIFA a jugar con nombre masculino; Johnny Saelua, se haría llamar. El episodio futbolístico ambientado, por extraño que parezca, en la Antártida, es el muy conocido de los partidos que organizaba Ernest Shackleton, en su frustrada pero humanamente exitosa expedición de 1914, cuando, atrapados entre el hielo de las enormes placas glaciares, se veía obligado a levantar la moral de sus hombres en contiendas futbolísticas a muchos grados bajo cero -Jugar en una prisión de hielo, se titula el capítulo- de las que quedan interesantes testimonios fotográficos.

En fin, sugestivo libro este Atlas de una pasión esférica, que podrán disfrutar no sólo los aficionados al fútbol sino cualquier lector que quiera aprender, emocionarse, vibrar y conocer a una serie de seres humanos formidables que encontraron en el deporte rey un modo de trascender a su prosaica y común biografía convencional.

De entre la muy nutrida muestra de canciones que hablan de fútbol, os dejo ahora con un ejemplo africano, continente en el que nuestro deporte invitado constituye una auténtica pasión. Del legendario músico congoleño Pepe Kallé os ofrezco su clásico Roger Milla, un tema de ritmo irresistible en el que se glosan las hazañas del equipo de Camerún, encabezado por su capitán, cuyo nombre da título a la pieza, en el Mundial de Italia en 1990, una participación de recuerdo inolvidable para los aficionados al fútbol.



En julio de 1969, El Salvador y Honduras se enfrentaron en un conflicto bélico que no duró más de 100 horas. El periodista polaco Ryszard Kapuściński, que cubría aquel incidente, lo bautizó en un artículo como “La guerra del fútbol”. Kapuściński, quien antes de viajar con una cámara y una libreta por todo el planeta había sido portero juvenil del Legia de Varsovia, usó este título porque el conflicto había estallado poco después de una eliminatoria entre las dos selecciones que acabó con incidentes. El nombre hizo fortuna, pero acabó llevando a engaño; durante muchos años, en Europa se pensó que dos países habían ido a la guerra por culpa de un partido de fútbol. En verdad, el partido había sido la mecha que prendió un polvorín geopolítico que venía de lejos, con tensiones en la frontera y movimientos migratorios.

La pelota siempre ha estado ahí. En tierra de nadie, en casa de todos. Nunca protagonista del todo, aunque siempre presente. El fútbol no ha provocado guerras ni grandes cambios políticos, aunque ha sido una herramienta en manos de dictadores, una ventana abierta para gente oprimida, un campo de batalla para combatir discriminaciones por raza, sexo o ideología. Y una forma de expresión para quienes no podían pagarse estudios, pero sí podían patear una pelota. Pese a ser un lenguaje universal que permite poner de acuerdo, o en desacuerdo, a personas con lenguas y culturas diferentes, el fútbol suele ser marginado de los trabajos históricos. Durante mis años en la facultad de Historia, descubrí tratados en que la música, el arte o, cómo no, la religión y la política, eran usados para interpretar acontecimientos históricos. Con el fútbol no sucedía lo mismo, aunque, cuando rascabas un poco, descubrías que una pelota fue clave en las treguas de la Primera Guerra Mundial, volvió aún más loco a más de un dictador africano o provocó la muerte de muchas personas.

El fútbol se ha convertido en un símbolo de nuestros tiempos. Ningún deporte mueve tantas pasiones, tanto dinero y a tanta gente. Pocos rincones del planeta se han sustraído a la pasión por este viejo juego que fue reglamentado por los británicos, grandes responsables de su éxito. El fútbol, menospreciado por muchos intelectuales que no toleran su popularidad, y maltratado por los que sí lo valoran y lo usan en su provecho, también es una forma de viajar por los libros de historia y los mapas del mundo. Nada mejor que un atlas, pues. Y con la mejor de las compañías: las maravillosas ilustraciones de Pep Boatella, para descubrir, con una sonrisa, como la de los niños y niñas cuando marcan su primer gol, algunas de las historias que nos cuentan por qué esta es una de las grandes pasiones del planeta. Un planeta con forma de balón. 



Toni Padilla. Atlas de una pasión esférica

miércoles, 6 de junio de 2018

GABRIELA YBARRA. EL COMENSAL

Hola, buenas tardes. Bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones literarias en Radio Universidad de Salamanca. Mi propuesta de esta tarde se mueve dentro de las pautas que ya habíamos sentado hace siete días cuando, como recordaréis nuestros más fieles seguidores, os presentaba un par de libros de Edurne Portela vinculados al universo de la violencia, y en particular al de sus manifestaciones en el País Vasco, en unas fechas, estas de finales de mayo y primeros de junio, especialmente significativas en relación a la trágica historia de la banda terrorista. Y es que hace unas semanas ETA ponía fin -de una manera “oficial” y ciertamente hipócrita, ambigua y más bien renuente- a su sangrienta actividad armada. Además, mañana mismo, 7 de junio, se cumplen cincuenta años del primer asesinato del grupo, que acabó con la vida de una joven víctima, el agente de la guardia civil José Antonio Pardines, acribillado a quemarropa y sin posibilidad de defensa por Txabi Etxebarrieta e Iñaki Sarasketa, que abrieron así, de un modo cobarde y desalmado, una larga lista de pistoleros y asesinos terroristas que se cobrarían, en su infausta historia, ochocientos cincuenta y cuatro muertes más.

Situados, pues, entre el primer crimen y esta forzada disolución de hace unos días, os traigo hoy otro libro excelente en el que la barbarie etarra ocupa un lugar protagonista en su trama argumental. Se trata de El comensal, una novela -aunque una vez más debo llamar la atención sobre lo lábil de las fronteras del género- escrita por Gabriela Ybarra y publicada por la editorial Caballo de Troya en 2015, cuando la autora apenas contaba treinta y dos años. El libro, que pese al carácter novel de su autora y a su aparición en una editorial no demasiado “poderosa” ha conocido un extraordinario éxito de crítica y ventas, ha sido galardonado con el Premio Euskadi de Literatura en 2016, siendo también seleccionado entre los trece títulos finalistas del prestigioso premio Man Booker Internacional. Desde hace unos meses la directora Ángeles González-Sinde, que fue presidenta de la Academia Cine entre 2006 y 2009, y ministra de Cultura desde ese año hasta 2011, acomete los trabajos preliminares que permitirán la traslación a la gran pantalla de la dura historia narrada en la novela.

Gabriela Ybarra cuenta en su libro su particular vivencia de dos muertes familiares. La primera, producida seis años antes de su propio nacimiento, es el asesinato de su abuelo, Javier de Ybarra, el empresario y expresidente de la Diputación de Vizcaya, también alcalde de Bilbao, que fue secuestrado por ETA el 20 de mayo de 1977 y despiadadamente “ejecutado” semanas después, el 18 de junio de ese mismo año. En una segunda parte de la obra -aunque ambos planos se entremezclarán una vez descritas inicialmente las vicisitudes de la desaparición del abuelo-, la joven escritora cuenta, con una sobria mezcla de emoción y distancia, de acercamiento y contención, la muerte fulminante de la madre, Ernestina Pasch, víctima de un cáncer en 2011; un acontecimiento que despertará en ella la preocupación por la muerte y, como corolario natural de este efecto, la necesidad de indagar en los hechos, las causas y las circunstancias de la silenciada en la familia y por tanto casi desconocida para ella (se enteraría, de modo fragmentario, deslavazado e incompleto, a los ocho años) violenta muerte de su antepasado, padre de su padre.

El primer tercio del libro se centra en reconstruir -con conscientes y voluntarias dosis de recreación, de ficción literaria: A menudo, imaginar ha sido la única opción que he tenido para intentar comprender- las aciagas fechas que transcurren entre el algo surrealista secuestro de su abuelo, en su casa de Bilbao, y la aparición de su cadáver, con un tiro en la nuca, en el Alto de Barazar, en la provincia de Vizcaya.

A diferencia de la novela de Edurne Portela, Mejor la ausencia, comentada aquí el miércoles pasado, en la que la margen izquierda de Bilbao (la industrial, la violenta y combativa, la del crecimiento urbanístico caótico, la de la reconversión, el desempleo y la radicalización, la del punk y las herriko tabernas) era el escenario de fondo -no sólo geográfico sino también simbólico- del libro, con su panorama -en la actualidad muy mejorado- de degradación y grisura, de heroína y kale borroka, de conflictividad y deterioro, el mundo de Gabriela Ybarra es el de la otra orilla, el de Neguri, el de las zonas residenciales en que habita la burguesía bilbaína, el puñado de grandes familias que históricamente han dirigido el País Vasco desde, al menos, el siglo XIX; el barrio en una de cuyas mansiones entran una mañana de mayo de 1977 cuatro terroristas -tres hombres y una mujer- que, haciéndose pasar por enfermeros, esposan a la asistenta y a los cuatro hijos del industrial (el padre de la escritora entre ellos, que conservará las esposas que lo atenazaron como recuerdo mudo del horrible momento) y se lo llevan, a punta de metralleta y con una tranquilidad y una sangre fría sorprendentes, hasta lo que acabaría siendo su último encierro antes de su ejecución.

Pese a estas más que ostensibles diferencias en el punto de vista, en ambos relatos, en cambio, destaca la omnipresencia del terrorismo, si bien vivido de una manera muy diferente y hasta opuesta. El clima de violencia cotidiana impregna Mejor la ausencia, con su protagonista femenina experimentando “desde dentro” sus manifestaciones más brutales: las agresiones que sufre la madre por parte de su marido, padre de la chica, el infierno de la droga en que se sume uno de los hermanos, las crispación en la convivencia familiar, los abusos sexuales, las algaradas callejeras, las borracheras, la tempestuosa y virulenta escena del rock alternativo vasco, las pintadas, las pancartas, las palizas, la irrespirable atmósfera general de arrebato y ferocidad, de desmesurada irracionalidad, de aspereza -en el vestir, en el hablar, en el obrar- que caracterizaba la vida cotidiana de tantos jóvenes vascos en los años ochenta del pasado siglo. En el caso de El comensal esa presencia se muestra desde una perspectiva antitética a la del mundo abertzale: los Ybarra se ven obligados -sobre todo tras el asesinato del abuelo- a sufrir las consecuencias de hallarse en el punto de mira de los terroristas etarras, su vivencia de la violenta tensión se produce, por así decirlo, “desde fuera” del propio entorno violento, pues su entorno social y familiar es, por el contrario, plácido y equilibrado. Y así, la narradora, esa Gabriela juvenil “ficcionalizada” en la literatura, da cuenta del angustioso día a día de su familia -padres, tíos, hermanos-, insoportable y opresivo: los paquetes bomba que reciben diversos parientes, entre ellos su propio padre, la necesidad -ya ritualizada- de agacharse para comprobar si bajo el coche se esconde una bomba-lapa, la presencia constante de escoltas, las amenazas permanentes, los extraños -¿chivatos?, ¿delatores?- que se apostan debajo de la casa con su intimidación latente, las actividades normales para cualquier ciudadano ya forzosamente prohibidas para ellos por prudentes razones policiales: sacar dinero del cajero automático, utilizar el transporte público, visitar el quiosco y la librería de nuestra manzana, pagar tickets de aparcamiento y pasear, la asfixiante e insoportable sensación de paranoia, cada encuentro inesperado un motivo para el pánico. También, años después, la honda repercusión psicológica que provoca la detención de los culpables del asesinato, sus caras en los periódicos, sus actitudes chulescas y retadoras en los juicios; la irracional y sin embargo casi compulsiva búsqueda en Google de información sobre los asesinos (La visión de la vida normal del etarra en su canal de YouTube: Sus retratos me provocan sensaciones similares a las imágenes de las células del cáncer. No pienso en la amenaza, sino en la ficción que me sugieren. Las fotos de los tumores parecen galaxias, al verlas fabulo con el espacio); la imposibilidad de la nieta para comprender lo sucedido y, pese a ello, como se ha dicho, la necesidad de hacerlo; la dificultad del perdón (Miro fotos de etarras e investigo sus vidas. Me cuesta aceptarles, porque asumir su humanidad significa reconocer que yo también podría llegar a hacer algo así. Mi conciencia estaba más tranquila cuando imaginaba que eran locos o que no eran personas. Marcianos. Ficción).

Este primer tramo de la novela es magnífico, vibrante y estremecedor. Conocemos los detalles del secuestro -en los que destaca la pulcritud y hasta la educación de los terroristas, que se muestran considerados y atentos (como si hasta en el asesinato los tiempos hubieran cambiado, los criminales ahora zafios y chabacanos, descontadas sus “esperables” atrocidad y barbarie); los avisos y comunicados de la banda, deferente incluso en la notificación de sus siniestros mensajes, con las precisas pistas -no confundir con…- para localizar el cadáver, con el respetuoso -si no resultara cínico- RIP acompañando la noticia de la fría ejecución; la búsqueda familiar algo a ciegas, al margen de las autoridades, con el concurso de brujas y videntes, con un sacerdote que rastrea con un péndulo las zonas de probable localización del lugar de encierro; las claves ocultas que se deslizan en los jeroglíficos y crucigramas de los periódicos para comunicar con los secuestradores; los agotadores y a la postre estériles intentos de conseguir dinero en los bancos (no es posible prestar dinero a un secuestrado, responde la fría lógica financiera). Todo ello resulta humanísimo y rezumando emoción pese a que, como he resaltado, la narración compagina el enfoque íntimo y sentido con la voluntad explícita de la autora -una voluntad, pues, “literaria”- de establecer una cierta distancia, ateniéndose a una a menudo hasta aséptica descripción de los hechos, a lo que contribuye la incorporación al texto de fotos o recortes de prensa y la transcripción de artículos, cartas o comunicados.

No menos conmovedor resulta el relato del proceso del fallecimiento de la madre, partiendo de la inopinada detección de un ligero síntoma cancerígeno hasta el súbito y devastador desarrollo de la enfermedad mortal. Trasladada a un hospital de Nueva York, ciudad en la que residía y trabajaba por aquel entonces su hija Gabriela, la constatación de lo funesto de su mal y de la imposibilidad de cura, llevarán a la familia de nuevo a España en donde, en pocos meses, tendrá lugar la muerte.

La novela se abre en esta segunda parte a dos planos entrelazados. Por un lado, la descripción de la vida de madre e hija en esos últimos días, en una sucesión de episodios muy intensos y llenos de emoción: la entereza de la madre al conocer el diagnóstico definitivo, los muy cuidados protocolos médicos -aunque inevitablemente forzados y por ello algo vacíos- en el magnífico hospital neoyorquino, como los vasos de plástico con un clavel rojo en su interior que se entregan a los pacientes terminales, el terremoto cuyos efectos se superponen al estremecimiento y el temblor provocados por el miedo a la muerte, el innegociable compromiso con la “verdad” del personal sanitario estadounidense, que “obliga” a psicólogos, enfermeras y médicos a una descarnada crudeza en el trato con los enfermos que en ocasiones puede resultar insoportable, la peculiar vivencia de la muerte en una ciudad marcada por los sucesos del 11 de septiembre (En Nueva York la gente habla más de la muerte que en otros sitios). Y entre la “crónica” de esas semanas postreras se abre paso la otra gran vertiente del libro, que acaba por constituirse en su elemento nuclear: el creciente protagonismo de la muerte en la existencia de la narradora: Antes de que a mi madre le diagnosticaran la enfermedad, yo no le prestaba demasiada atención a la muerte, escribe, para, en el mismo sentido, añadir: [Ahora] tomo conciencia de que soy mortal.

Como ya he adelantado, la desaparición de la madre desencadena en la chica su interés y preocupación por la muerte, en particular la olvidada -más exactamente, la preterida- del abuelo: La muerte de mi madre resucitó la de mi abuelo paterno. Hasta entonces, para mí el asesinato eran sólo unas esposas metidas en una vitrina al lado de las llamas de bronce que mis padres trajeron de Perú. El tedio de la enfermedad llamó al tedio de la espera del secuestro. Mi padre empezó a hablar de rosarios manchados con sangre. Yo aún tardaría varios meses en comprender su dolor. A partir de ese momento, la narradora indagará en el pasado familiar para intentar entender ese suceso “originario” que tanto desconsuelo causó entre los suyos -en particular en su padre- y que deliberadamente se mantuvo en la ignorancia y la oscuridad, ocultado por todos, hasta el punto de que la propia Gabriela solo conocerá -lo refiere en el prólogo del libro que os dejo al cierre de esta reseña- versiones disparatadas, aunque dadas por ciertas por la entonces niña, de la muerte de su abuelo.

Cuentan que en mi familia siempre se sienta un comensal de más en cada comida, leemos en un pasaje inicial del libro muy esclarecedor con respecto a su título, y estos espacios vacíos en la mesa del comedor, estas ausencias definitivas (y otras en la familia, como el suicidio del tío Cosme) van imbricándose entre sí (Un mes después de que muriera mi madre, el 20 de octubre de 2011, ETA anunció el cese definitivo de su actividad armada) para acabar vertebrando un relato en el que se conjugarán el realismo y la ficción, lo personal y subjetivo pero a la vez lo colectivo y político, el presente y el pasado (su madre y su abuela yacentes en la misma sala del tanatorio), el muy vívido sufrimiento propio y el “inventado”, el reconstruido e imaginado que habría experimentado su padre casi cuarenta años antes.

Y es que la relación entre la vida de los Ybarra y la política es muy estrecha desde siglos, la familia unida desde siempre -antes y después del atentado- a la realidad histórica del País Vasco: Mi intimidad aún es política. La muerte de mi madre también. El lenguaje, los silencios, las casas, la convivencia, los sentimientos… Todo es política. Incluso la literatura. Es política que uno de mis libros preferidos de niña fuera La vida nueva de Pedrito Andía. Es política la entonación de mi padre al leerme Las encinas de Machado antes de dormir: “Quien ha visto sin temblar/un hayedo en un pinar”. Siempre enfatizaba esos versos.

Biografía familiar, crónica de unos terribles años de la historia de España, profunda y sentida reflexión sobre la muerte, emocionante relato de un intenso amor materno y filial, notable ejercicio literario… todas estas cosas es El comensal, la novela de Gabriela Ybarra que esta tarde os recomiendo con verdadero entusiasmo. No dejéis de leerla.

Y te amaré, una canción de Ana y Johnny de 1976, que suena en la novela en los días del secuestro, emitida una y otra vez en las radios -un éxito de la época- entre los comunicados y las noticias, cierra esta reseña.


Nota previa

Esta novela es una reconstrucción libre de la historia de mi familia, sobre todo la primera parte, que transcurre en el País Vasco en la primavera de 1977, seis años antes de que yo naciera. Durante los meses de mayo y junio de aquel año secuestraron y asesinaron al padre de mi padre: mi abuelo Javier. Escuché por primera vez la historia a los ocho años. Un compañero de clase en el colegio, nieto del fiscal que había llevado el caso, me explicó cómo su abuelo pescó el cadáver del mío en la ría del Nervión con una red traíña, del tipo que usan los gallegos para capturar boquerones. Años más tarde, la nieta de un médico forense, compañera de clase en otro colegio, me confesó que su abuelo había diseccionado el cuerpo del mío después de que lo encontraran atado de pies y manos y arrollado por un tren cerca de la estación de Larrabasterra. Durante muchos años tomé las dos historias por ciertas y las mezclé con conversaciones escuchadas en casa hasta elaborar una versión propia. Pero en julio de 2012 sentí la necesidad de profundizar en los detalles del asesinato de mi abuelo. Mi madre había fallecido hacía casi un año, y a raíz de su enfermedad, mi padre había empezado a hablar de la muerte de forma extraña. Sospeché que el secuestro podía tener algo que ver. Metí el nombre de mi abuelo en Google y visité hemerotecas. Tomé muchas notas sobre lo que leí: transcripciones literales de noticias y reacciones. Pero las escenas que imaginaba terminaron filtrándose en mi crónica. Lo que cuento en las siguientes páginas no es una reconstrucción exacta del secuestro de mi abuelo ni lo que realmente le ocurrió a mi familia antes, durante y después de la enfermedad de mi madre: los nombres de algunos personajes están cambiados y varios pasajes son fabulaciones a partir de anécdotas. A menudo, imaginar ha sido la única opción que he tenido para intentar comprender.


Gabriela Ybarra. El comensal

miércoles, 30 de mayo de 2018

EDURNE PORTELA. EL ECO DE LOS DISPAROS. MEJOR LA AUSENCIA

Este libro surge, en buena medida, a partir de memorias, experiencias y observaciones personales. No dilataré el momento en el que lo personal aparezca en mi aproximación al tema de la «violencia vasca», así que comienzo explicando brevemente dónde me sitúo dentro de esta historia. Pertenezco a una generación nacida durante los últimos coletazos de la dictadura franquista y que vive su niñez y adolescencia durante la época más dura tanto de ETA como de la represión por parte de las fuerzas de seguridad españolas, incluyendo el terrorismo de Estado de los Grupos Antiterroristas de Liberación o GAL. Es una generación que se educó en la cotidianeidad y la convivencia con la violencia, si no directa, sí por lo menos con el discurso de la violencia: los juegos de niños muchas veces reproducían la violencia de los mayores; la música con la que entramos en la adolescencia –el «rock radical vasco»– defendía la lucha armada y en sus conciertos coreábamos, aunque no nos lo creyéramos «gora ETA militarra»; nuestros pueblos estaban plagados de pintadas en las paredes con mensajes políticos y amenazadores porque la política, en Euskadi, era siempre amenaza: nombres de concejales no abertzales dentro de dianas, pintadas de «Independentzia ala hil», «PSOE-GAL berdin da», «ETA mátalos» o «Presoak kalera».

Estas formas de violencia no eran en absoluto excepcionales, sino que venían acompañadas de los hábitos más rutinarios. Por ejemplo, todos los miércoles había manifestación en mi pueblo con la consiguiente represión brutal por parte de la policía, así que salíamos del colegio literalmente corriendo para llegar a casa antes de que la «movida» empezara, ya que bien podías recibir una pedrada de un borroka o una pelota de goma de un txakurra. Era el día a día; no había nada de particular en todo esto. Como no lo había en ir una vez al mes con mi familia a Iparralde a visitar a un familiar vinculado a ETA. Era simplemente lo que la familia tenía que hacer para ayudar a un ser querido, a pesar del riesgo de atravesar tan periódicamente la frontera, a pesar de no estar de acuerdo con sus métodos de lucha, a pesar de saber que durante esos años visitar a la comunidad etarra en Francia suponía correr no pocos riesgos debido a los frecuentes ataques de los GAL. Pero nadie hablaba de estos «a pesares» en mi familia. La única anormalidad de todo aquello era la necesidad de guardar silencio; estas visitas no podían saberse fuera del núcleo familiar. En este libro iré desvelando otras formas en que la violencia ha estado presente en mi vida cotidiana, a veces de forma excepcional, pero para la mayoría de la ciudadanía vasca la violencia ha sido ordinaria, omnipresente y por lo tanto normalizada. Entonces, este proyecto nace de mi preocupación sobre qué significa vivir, entendiéndola, con una herencia de violencia adquirida desde la infancia, cuando esta infancia se ha desarrollado en un contexto como el de Euskadi en los años setenta, ochenta o noventa del siglo XX, en el que la mayoría de los jóvenes sentían más repugnancia hacia y tenían más miedo de la policía nacional o la guardia civil que de los terroristas de ETA, a pesar del rechazo de buena parte de esa juventud a la violencia de la organización e incluso al proyecto nacionalista. Es también un contexto en el que la sociedad en general no se inmutaba ante el asesinato, era –me atrevo a decir sigue siéndolo– una sociedad mayoritariamente indiferente. Intento entender de qué manera vivir en esta cercanía a la violencia afecta nuestra sensibilidad hacia la misma y nuestra presente preocupación –o falta de ella– por la propia responsabilidad en el consentimiento de esta violencia. Desde el punto de vista de la imaginación y de la representación, trato de desentrañar las claves de la participación en el «conflicto vasco» de la misma sociedad en el que tiene lugar: cómo nos hemos imaginado en relación al otro; cómo hemos dirimido, a partir del lenguaje creativo, el vivir en constante contacto con la violencia; cómo hemos justificado o desafiado nuestra complicidad y nuestro silencio, y cómo puede contarse ahora esta sociedad herida, fragmentada y todavía polarizada.


Hola, buenas tardes, bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro, que hoy comienza así, de un modo tan abrupto y a la vez tan significativo, una emisión especialmente dura, especialmente dolorosa, especialmente delicada. El 7 de junio de 1968, en unos días se cumplirán los cincuenta años, los etarras Txabi  Etxebarrieta e Iñaki Sarasketa -durante mucho tiempo con calle a su nombre en el municipio vizcaíno de Lejona (no he podido comprobar si la complicidad de los políticos nacionalistas la mantiene en la actualidad; aunque una búsqueda en el callejero de Leioa -en la grafía vasca del nombre del pueblo- parece confirmarlo)- acababan con la vida del guardia civil de tráfico José Ángel Pardines Arcay, en lo que se considera el primer asesinato de la trágica historia de ETA (años antes, en 1960, una niña, Beatriz Urroz, moría como consecuencia de una bomba colocada en las vías del tren en San Sebastián, pero en todo el tiempo pasado desde entonces no ha podido dilucidarse la autoría del más que probable atentado etarra). Desde aquella remota fecha, la fanática banda terrorista mató a otras 852 personas en un sangriento delirio asesino que, por fin, parece en estos meses llegar definitivamente a su término con la disolución del grupo de pistoleros tras el anuncio del cese de la violencia en octubre de 2011 y el más reciente, cínico y difuso, hace un par de semanas, de la extinción final de la banda.

Con esta triste efeméride como excusa he querido que nuestro espacio semanal de recomendaciones de lectura en Radio Universidad de Salamanca se ocupe en dos emisiones consecutivas de tres libros que tienen como objeto al universo de ETA, o más exactamente al terrible rastro de extorsiones, chantajes, intimidación, delaciones, violencia, agresiones, sufrimiento y muerte que dejan estas cinco décadas de horror cotidiano sobre todo en el País Vasco y, en menor medida en el resto de España.

El reciente éxito editorial de la excelente Patria, de Fernando Aramburu, de otra de cuyas obras de idéntica temática, Los peces de la amargura, ya os hablé con entusiasmo en estas páginas hace casi ocho años, ha puesto en las listas de libros más vendidos y en los siempre veleidosos intereses del público a la literatura centrada en el sangriento universo de la violencia etarra. Compartiendo unos referentes similares aunque enfocados desde un punto de vista muy distinto, esta tarde quiero hablaros de dos libros, un ensayo y una novela, escritos por Edurne Portela y presentados por la editorial Galaxia Gutemberg, el primero de ellos en 2016, El eco de los disparos, al que pertenece el fragmento que hoy ha abierto el espacio, y Mejor la ausencia, el texto de ficción, que vio la luz el pasado 2017.

Edurne Portela, que nació en el País Vasco y vivió allí su infancia y primera juventud, se formó académicamente como filóloga en la Universidad de Navarra, para instalarse luego en Estados Unidos donde obtuvo un doctorado en Literaturas Hispánicas en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill. Durante trece años ejerció como profesora de Literatura Latinoamericana y Española en la Universidad de Lehigh (Pensilvania) a la vez que dirigía el Centro de Investigación para las Humanidades de dicha Universidad. Instalada actualmente en España, está especializada en el estudio de la violencia y en sus representaciones en la cultura contemporánea, particularmente en literatura y cine, habiendo publicado numerosos artículos y algunos ensayos sobre esos temas, que han acabado por desembocar en las dos obras que ahora os comento, centradas, desde distintas aunque complementarias perspectivas, en la violencia, objeto de su interés académico.

El eco de los disparos, que se presenta con el explícito subtítulo de Cultura y memoria de la violencia, parte de su propia implicación emocional en tanto testigo durante muchos años del “problema” de la violencia en el País Vasco. Su planteamiento, en consecuencia, no es estrictamente científico o profesoral, enfoque que requeriría una visión más o menos aséptica u objetiva. Por el contrario, su análisis está teñido de subjetividad, hasta el punto de que los datos, los estudios, las aportaciones teóricas se presentan salteados, imbricados con breves relatos de índole claramente autobiográfica en los que se recrean episodios vividos de niña o adolescente. De esta manera la exposición de sus argumentos y el desarrollo de sus tesis a propósito de los últimos cincuenta años de violencia en su tierra natal encuentran su demostración más convincente, su ejemplificación casi documental, su correlato más vívido en la narración de los sucesos experimentados por ella misma, en sus dolorosas vivencias, algunas de ellas de una brutalidad espeluznante y todas de una dureza, una tensión y una crueldad difíciles de digerir para una sensibilidad no acostumbrada a la ominosa cotidianidad con la que se vio obligada a convivir durante décadas esa sufriente comunidad autónoma.

Portela aborda su investigación a partir del comentario a distintas obras cinematográficas, literarias y fotográficas de este siglo cuya visión creativa se opone a las dinámicas de silencio, complicidad e indiferencia tan propias de la sociedad vasca, en palabras de la autora. Así, cintas como Asier eta biok (Asier y yo), de Aitor Merino, Tiro en la cabeza, de Jaime Rosales, Ocho apellidos vascos, dirigida por Emilio Martínez Lázaro, El negociador, de Borja Cobeaga, Fe de Etarras, del mismo director; novelas y colecciones de cuentos como la mencionada Los peces de la amargura (Patria se publicó después de la presentación de El eco de los disparos), Ojos que no ven, espléndida obra de José Ángel González Sáinz, Letargo, de Jokin Muñoz, Twist, de Harkaitz Cano, Mentiras, mentiras, mentiras, de Iban Zaldua; o la polémica obra fotográfica de Clemente Bernad, entre otros muchos ejemplos, son diseccionados con profundidad y rigor.

En su tratamiento, la autora intenta huir de los lugares comunes, de los apriorismos reduccionistas que no ayudan a avanzar en la comprensión del problema. No hay, pues, en su visión, blancos y negros, certezas y verdades absolutas, sino, por el contrario, puntualizaciones, dudas, interrogantes, matices, incertidumbres, intentos de comprender, que no justificar ni explicar, las distintas facetas de una violencia (y no sólo la de las armas, también la de sus “aliados”, el silencio, la indiferencia y la complicidad) que durante tanto tiempo se ha enseñoreado -y quizá aún lo esté haciendo, en cierta medida- de los pueblos y ciudades vascos. Dejando clara su oposición frontal a la “lucha armada”, su rechazo a cualquier forma de “equidistancia”, su negativa a establecer empatía o compasión hacia el terrorista, su repudio de la perversa y obscena y radicalmente falsa e interesada equiparación entre las víctimas (aunque no sólo se habla de ETA en el libro, también están presentes las torturas policiales y los asesinatos de los GAL), el valiente y también controvertido ensayo elude igualmente las tesis cómodas que ofrecen respuestas fáciles que sólo sirven para tranquilizar conciencias, arriesgándose por el contrario a presentar esquemas más abiertos, más plurales, menos previsibles, que alienten la discusión honesta y permitan un examen crítico. Hace suyas así -citándolas expresamente- las ideas de Kafka -traídas a colación aquí hace unas semanas, al hablar de Contra la lectura- según las cuales la literatura debe perturbar, debe ser el hacha que rompa el mar congelado que llevamos en nuestro interior, o las de Milan Kundera cuando defendía que el espíritu de la novela es el espíritu de la complejidad. Cada novela dice al lector: “Las cosas son más complicadas de lo que crees”, o, también mencionados en el libro, los argumentos de José Ovejero: La literatura debe ser entretenida, afirman con frecuencia los propios escritores […]. El mayor pecado de la literatura, dicen también, es aburrir. […] [L]o que entretiene no exige esfuerzo; es inocuo, anodino, puede ser gracioso e ingenioso, ocurrente e incluso inteligente, quizá, en el mejor de los casos, provocar una emoción estética, pero no debe costar trabajo. La literatura como laxante, que no haya que apretar. La literatura como soma, para que no se nos vaya a ocurrir ocupar la mente con algo desagradable o inquietante; no inquietante como un serial killer de mentirijillas, sino inquietante como algo que no nos deja seguir siendo como éramos antes de leer el libro, que nos saca de la cómoda horma en la que hemos ajustado nuestras vidas.

Y en ese cara a cara polémico y atrevido, nada complaciente, con la dureza de unos hechos terribles, Edurne Portela recorre las obras artísticas seleccionadas rastreando en ellas las miradas de los testigos, víctimas y perpetradores, e identificando en sus disímiles propuestas algunos temas clave para comprender las causas y los efectos, la génesis y la perduración de la violencia: los silencios, el miedo, la apropiación del lenguaje, la indiferencia, la representación del dolor, el fanatismo, la imposibilidad de imaginar al “otro”, el resentimiento y la venganza, la reparación y el perdón…

Pero siendo interesantes su indagación en las novelas, cuentos, películas y fotografías examinados, e igualmente valiosas las reflexiones derivadas de ella, el hecho de que para su total inteligibilidad se necesite el conocimiento profundo de las obras de referencia -y, al menos en mi caso, muchas de ellas no las conocía de antemano- puede provocar un cierto distanciamiento en la lectura -menor: el núcleo central del discurso de Edurne Portela es absolutamente accesible pese a esta dificultad “de origen”- que tiene como benéfico efecto colateral el “refugio” del lector en esos otros pasajes más estrictamente literarios, con la estructura y la potencialidad narrativa de un relato, que puntean el texto ensayístico y en los que la cruda realidad de la violencia se materializa de un modo más intenso y conmovedor, cargado de emoción y -aunque el término quizá chirríe en este contexto- lirismo. Debajo del felpudo (un relato escalofriante y muy revelador); Cipayo: los días que te quedan son una cuenta atrás; Los barbudos (1 y 2); El valor de las anchoas; Herriko Jaiak, julio 1997; Como te sigas chupando el dedo, te lo corto; Una noche por lo Viejo o El conflicto está en otro sitio, son, casi todos, magistrales y, sin excepción, estremecedores y muy elocuentes por sí mismos, más allá de disquisiciones teóricas, en relación a las auténticas vivencias de los ciudadanos vascos en aquellos largos años de plomo de, sobre todo, las décadas de los setenta, ochenta y noventa del pasado siglo.

Esos breves textos suponen, a mi juicio, el inmediato antecedente de Mejor la ausencia, la novela de 2017 en la que Edurne Portela opta abiertamente por “ficcionalizar” esa realidad que tan bien conoce -por experiencia y por dedicación profesional- y en cuyo planteamiento literario he creído percibir una cierta continuidad de estilo con aquéllos. Sin tiempo apenas para algún comentario que vaya más allá de la entusiasta recomendación del libro, dejadme, no obstante, señalar que hallándonos, obviamente, ante una obra novelística, los muchos y evidentes puntos en común de lo narrado con la propia peripecia biográfica de su autora, la similitud -más aún: la identidad- del entorno, de los escenarios, de los paisajes urbanos, de la atmósfera de degradación moral y de violencia, la omnipresencia de la heroína y otras drogas, el paro, el Bilbao oscuro y sucio, la kale borroka, el entorno abertzale, las herriko tabernas, la agresividad del rock radical vasco, el clima de hostigamiento y opresión, el “impuesto revolucionario” las algaradas en las calles, las pelotas de goma y los gases lacrimógenos, los atentados terroristas, los señalamientos de las víctimas, las amenazas, los secuestros, las muertes, la perspectiva ética compleja y poco condescendiente con las ideas dominantes, permiten entender la novela como una ilustración “viva” -al igual que lo son los relatos intercalados en la obra anterior a los que me he referido- de ese ambicioso estudio sobre la violencia en el País Vasco que es El eco de los disparos.

La narración, sigue a su protagonista, Amaia, en dos fases. La primera, que da comienzo en 1979, cuando es una niñita de cuatro años -como entonces la autora-, hasta 1992, en que, al llegar a la mayoría de edad, abandona el ambiente hostil de su conflictiva familia -la madre, abandonada por su marido y peligrosamente entregada al alcohol, el padre siempre ausente, un abogado probablemente implicado en la “guerra sucia” antiterrorista, los hermanos, Aníbal, muerto prematuramente por la heroína, Kepa, militante y, quizá, asesino de ETA, y Aitor, que logra evadirse de ese entorno contaminado “huyendo” a Madrid; y todos formando parte de una realidad hecha de gritos, de agresiones, de insultos, de amenazas, de envilecimiento, de destrucción- para continuar sus estudios fuera del País Vasco. El comienzo de la segunda parte, El regreso, se sitúa en 2009, y en él vemos a Amaia retornando a su pueblo tras completar su formación en el extranjero (en uno más de los muchos rasgos autobiográficos de la obra) para escribir allí el libro en que dé forma a todos sus fantasmas y ponga orden en el caos de su existencia personal y familiar. Su inteligencia natural, su sensibilidad, su ternura, su vulnerabilidad y también su dureza acabarán por salvarla de aquel infierno en el que tantos otros -sus familiares entre ellos- acabarán hundiéndose.

En fin, fuera ya de tiempo, os recomiendo vivamente la lectura de estos dos excepcionales libros, El eco de los disparos y Mejor la ausencia, escritos por Edurne Portela y presentados por la editorial Galaxia Gutenberg.

Para ilustrar musicalmente mi comentario he optado por escapar de las muchas referencias al combativo rock vasco que aparecen en ambas obras, para ofreceros una pieza, la excepcional No surprises, extraída de OK Computer, el gran disco de Radiohead que ocupa un lugar determinante en un cuento de Iban Zaldua -impactante, a partir de su mera sinopsis- que se glosa en El eco de los disparos.



Edurne Portela. El eco de los disparos. Mejor la ausencia

miércoles, 23 de mayo de 2018

MANUEL VILAS. ORDESA

Hola, buenas tardes. Un miércoles más sale al aire Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones literarias de Radio Universidad de Salamanca, que esta semana os trae una propuesta de lectura muy interesante, muy dura también, un libro descarnado, sincero, intenso, crudo, terrible incluso, pero lleno de ternura, de emoción, de belleza, de verdad, de, en definitiva, vida plena. Os hablo de Ordesa, la por ahora última y muy difundida obra -lleva ya varias ediciones- de Manuel Vilas, el escritor aragonés conocido sobre todo por su obra poética, que vio la luz a finales del pasado 2017 en la editorial Alfaguara. En esta dimensión poética del autor os lo presenté en mi otro espacio de la emisora universitaria salmantina, Buscando leones en las nubes. Hace ya seis años, en mayo de 2012, os ofrecí dos emisiones, que podéis rescatar ahora si el personaje os interesa, centradas en Amor. Poesía reunida. 1988-2010, el libro que por entonces recogía toda su producción como poeta. En las entradas correspondientes del blog podréis escuchar los dos programas y leer, además, algunas aproximaciones muy ilustrativas a la personalidad literaria y humana de Vilas, que pueden resultar esclarecedoras, también, para una mejor comprensión de este Ordesa del que hoy quiero hablaros.

El primer comentario que suscita Ordesa -en el “fondo” irrelevante, aunque sí necesario para anticipar al lector con qué tipo de obra se va a encontrar si se decide a abordar el libro- es el de su adscripción a uno u otro ámbito de la creación literaria. ¿Estamos ante un libro de memorias?, ¿una ficción autobiográfica?, ¿es una novela? De todas estas formas lo he visto definido en distintas críticas aparecidas en estos meses desde su presentación. Nos encontramos, de nuevo, ante el cada vez más cargante asunto de la llamada -de un modo algo pretencioso- “literatura del yo”: libros, de difícil calificación genérica aunque casi todos “acomodados” en el inabarcable pero acogedor cajón de sastre de la novela, en los que las fronteras entre la historia que se relata en ellos y la “real” peripecia vital de su autor se difuminan y confunden hasta el punto de que el lector no puede delimitar con nitidez si lo narrado es o no “verdad” (por cierto, ¿qué querrá decir “verdad” en literatura?); libros, pues, en los que, en definitiva, la biografía del autor forma parte del “material” novelesco. En Ordesa, Manuel Vilas habla de -entre otras cosas- su vida, la de sus padres, la de sus propios hijos. Cuánto de estas existencias se corresponde con las vivencias experimentadas por el autor en su cotidianidad o cuánto es recreado, construido o inventado por él (a mitad del libro, los personajes pasan a denominarse -¿recurso literario?, ¿pudor?, ¿metáfora consciente?- con nombres de músicos: Juan Sebastián Bach, Wagner, Brahams, Vivaldi) no solo carece de importancia, sino que jamás será posible, en ningún caso, conocerlo. ¿Se pueden “contar fielmente” los hechos o, por definición, la escritura deforma (en realidad le “da forma”) algo que ya es distinto, necesariamente, de lo en verdad ocurrido en cuanto se elige el punto de vista desde el que se escribe, se selecciona un enfoque de entre los varios posibles, se prefieren ciertas palabras a otras, se subraya o privilegia un determinado aspecto de lo narrado frente al resto de los muchos que cada vivencia encierra? ¿La misma situación “objetiva” -qué decir si hablamos de una vida- no será contada de modos distintos -y hasta opuestos- por personas diferentes? ¿Todas mienten, entonces? ¿No hay, pues, realidad “indiscutible”? Y qué importa en el fondo todo ello -en literatura, claro está; cosa distinta es si nos encontramos en un juicio penal-, si el relato -llámesele como se le llame- conmueve, induce a la reflexión, enseña, propicia el conocimiento de uno mismo y de los aspectos más profundos de nuestras almas, emociona, revuelve, inquieta, perturba, estremece y transmite -como lo hace esta magistral Ordesa, ya lo he anticipado- autenticidad y belleza, verdad y vida. Al parecer fue Borges -y con esta referencia cierro esta ya muy larga digresión- el que se pronunció de manera definitiva e indiscutible sobre el asunto al afirmar: Todo lo que uno escribe es autobiográfico. Sólo que eso puede ser dicho: “Nací en tal año, en tal lugar” o “Había un rey que tenía tres hijos”.

Escribo estas palabras el 9 de mayo del año 2015, señala el narrador al poco de empezar el libro. Hundido en el insoportable dolor de una crisis existencial, incapaz de percibir en su entorno más que señales de sufrimiento, asistiendo desolado al desvanecimiento general de todas las cosas, enfrentado con terror a la ingravidez de su paso por el mundo, la voz que nos habla -y que, de ahora en adelante voy a suponer que coincide con la de Manuel Vilas, al menos el Manuel Vilas personaje literario- confiesa: Me puse a escribir, solo escribiendo podía dar salida a tantos mensajes oscuros que venían de los cuerpos humanos, de las calles, de las ciudades, de la política, de los medios de comunicación, de lo que somos. Y así, en ciento cincuenta y siete breves capítulos, de dos o tres páginas cada uno de ellos, junto con once desgarradores y lúcidos poemas finales, asistimos a la descarnada y casi impúdica descripción -sin confortables arreglos cosméticos- de una suerte de descenso a los infiernos, al total desmoronamiento del novelista a partir de algunos acontecimientos sustanciales en su vida: su propia infidelidad y divorcio (mi divorcio me llevó a lugares del alma humana que jamás hubiera pensado que existían), el recuerdo, vivísimo, de las figuras del padre y de la madre tras sus muertes, uno y diez años atrás, respectivamente, la paulatina desafección -o al menos el desapego- de los dos hijos…

A lo largo de la obra nos encontramos, pues, fuertemente imbricados, dos planos temporales: el triste presente y el recuerdo nostálgico de un pasado, la infancia y la relación con los padres fallecidos, que si feliz, se nos muestra con melancolía por causa de la ya irreparable desaparición y del estado de abatimiento desde el que se rememora ese tiempo pretérito. El Manuel Vilas que nos habla en el libro se presenta a sí mismo como sumido en el miedo (Toda la vida me ha acompañado el temor a volverme loco), el caos, la desesperación, el desamparo, el sufrimiento (En mi vida no han sucedido grandes cosas, y sin embargo llevo dentro de mí un hondo sufrimiento), la pobreza y el fracaso, la soledad y la tristeza (Me hermano con mi tristeza como si procediera de una tercera persona, eso es otra cosa que me inquieta, y que me aplasta, porque pienso que me estoy volviendo loco. Es el hermanamiento con todo lo que salió mal; con eso me hermano, con toda desdicha, con todo sufrimiento; pero aún soy capaz de hermanarme con algo infinitamente superior a la desdicha: me hermano con el vacío de los hombres, de las mujeres, de los árboles, de las calles, de los perros, de los pájaros, de los coches, de las farolas). Con un largo historial de alcoholismo que incluye dos ingresos hospitalarios y una decisión de poner fin a la letal dependencia (Seguir bebiendo o seguir viviendo), tras abandonar la nómina narcótica como profesor de instituto durante más veinte años, viviendo en precario en un modesto apartamento de soltero, el piso desordenado y tomado por el polvo, la cama permanentemente sin hacer, la cocina sucia, recibiendo de vez en cuando las fugaces y algo distanciadas visitas de los hijos, Vilas se adentra en la cincuentena incapaz de comprender la pérdida, el deterioro, el paso del tiempo y la muerte (Me estoy lacerando el alma, porque no entiendo ese taimado movimiento que va de lo que se mueve y habla a lo inmóvil y mudo), que se manifiestan, sobre todo, en la muy vívida conciencia de la desaparición de sus padres, una ausencia que impregnará su vida -sumiéndole en el desvalimiento y la aflicción- y la condenará a la estrechez y la pesadumbre. Lo nuestro -dice para referirse a su familia- fue siempre el establo, la pobreza, el hedor, la alienación, la enfermedad y la catástrofe.

Este cúmulo de circunstancias infelices desencadena los recuerdos, la añoranza, la triste evocación de la vida pasada, esos días en los que la poderosa presencia de los progenitores daba sentido al vivir. El libro entero está así empapado de un tono elegíaco, en un lamento perpetuo por la muerte de aquellos a quienes el autor más quería. Son infinidad las ocasiones en las que ese llanto dolorido aflora entre las páginas de Ordesa, en frases rotundas y tristísimas, que adquieren la cualidad lírica de versos, no en vano Vilas es, sobre todo, un poeta: Sobre la muerte de mi padre va cayendo el tiempo, y ya muchas veces tengo dificultad para recordarlo; Todo mi pasado se hundió cuando mi madre hizo lo mismo que mi padre: morirse; Mis padres ya no existen, pero existo yo, y me marcho en cinco minutos; Solo soy eso: la esperanza de volver a veros; ¿Te has fijado, papá, en la inmensa ruina del universo, en esa soledad del tamaño de los muertos humanos y en esa luz en que te has convertido?

La tristeza y el sinsentido a los que le condena la doble ausencia le llevan a preguntarse quiénes fueron en realidad sus padres, en una indagación lacerante que surge a partir de algunas anécdotas, unos cuantos episodios esenciales, unas pocas, escasísimas, fotografías en las que se les ve muy jóvenes y vitales, en el esplendor de su juventud y madurez: bailando, muy guapos, en una fiesta; el padre solo –pero centro de atención, simpático y popular- en una barra de bar, cuando aún no conocía a la madre y la existencia de Manuel Vilas era, pues, una quimera inconcebible; en la nieve, ataviado el niño con un “humillante” chubasquero, infausto síntoma de la pobreza; cogiendo de la mano al hijo, y vemos tan sólo un fragmento de brazo y un llavero que sobresale del bolsillo, en una foto aparentemente anodina pero repleta de significado. Esa búsqueda justificará el sentido de su escritura (¿Quién fue? Al no decirme quién era, mi padre estaba forjando este libro), en una desconsolada remembranza en la que prevalecen el sentimiento de pérdida y el inmenso amor sentido (Estoy hablando de esos seres, de los fantasmas, de los muertos, de mis padres muertos, del amor que les tuve, de que no se marcha ese amor. Nadie sabe qué es el amor).

Y en el recuerdo afloran relevantes acontecimientos de las vidas de ellos y por lo tanto de la suya propia, en capítulos llenos de ternura, también de desesperación, de exaltación y melancolía, de alegría, de ilusión e inevitable congoja. Los dulces episodios del pasado se suceden: la memoria del pobre Coliflor, compañero de clase en la infancia; la vaga y desvaída reminiscencia de los abusos en el colegio de curas; los distintos coches familiares, el 600, el 1430, un Seat Málaga, instrumentos de trabajo de un padre comercial en el sector textil; la televisión y el Un, dos, tres; los viajes a la playa de Cambrils; la canción del verano; el Dúo Dinámico; las patatas fritas Matutano; las máquinas del millón; la madre aterrada, escondida en el ropero cuando estallaban las tormentas; el belén que progresivamente va deteriorándose, rompiéndose las piezas, pegadas de mala manera con pegamento Imedio; todos esos iconos de una época -los sesenta y setenta de la gris España franquista- que, idénticos o muy similares, recordamos todos los que la hemos vivido. Y por sobre todo ello… ¡tanto amor!: la bata que le lleva la madre a su piso de estudiante en Zaragoza (Nunca más volveré a sentir aquella ternura), el silbido con el que se reconocían los padres cuando jóvenes, si se separaban o perdían entre la multitud de las fiestas (Jamás la he vuelto a oír, esa forma de silbar), la insólita confidencia del padre que provoca la perplejidad y el desconcierto del hijo: Pasó una señora y vi que allí había algo. Cuando se marchó, mi padre me dijo: 'esta habría sido tu madre si no me hubiese casado con tu madre'. Luego supe que había tenido una novia que dejó por mi madre; la visita a Melilla, un Vilas ya adulto, y la súbita conciencia de que el padre no podía saber entonces, cuando paseaba esas mismas calles mientras hacía allí el servicio militar, que su hijo iba a volver al mismo lugar sesenta años después; la estremecedora y palpitante recreación -forzosamente inventada- de la noche en que el narrador fue concebido, en un fragmento magistral que os dejo como cierre a esta reseña.

Y es insoportable la tristeza que deriva de la constatación de la vida huida, esfumada, desaparecida para siempre. La vida, es claro, no tiene sentido, todo se desvanece, todo se desmorona, nada perdura, todo se pierde, se difumina, se destruye, se olvida, nada puede ayudarnos tras la inevitable derrota, tras el irremisible fracaso. Somos apenas el desolado recuerdo del amor perdido, sobre todo del amor más incondicional, el de los padres. Estuve con mi padre cuarenta y tres años de mi vida. No ha estado conmigo una década, y ese es el problema moral más grande de mi vida: la década que llevo vivo sin la contemplación de mi padre, escribe. Y otro tanto en relación a la madre: es con ella con quien quiero estar para siempre. Y surgen, como gritos emocionados, los desesperados plañidos, las atormentadas quejas, la desolación indecible: El hecho de que jamás pueda volver a hablar con ellos me parece el acontecimiento más espectacular del universo, un hecho incomprensible, del mismo tamaño que el misterio del origen de la vida inteligente. O también: Estoy haciendo cualquier cosa y de repente aparece mi padre a través de un olor, de una imagen, a través de cualquier objeto. Entonces me da un vuelco el corazón y me siento culpable. Viene a darme la mano, como si yo fuese un niño perdido. Y todavía más explícito: Mi madre bautizó el mundo, lo que no fue nombrado por mi madre me resulta amenazador. Mi padre creó el mundo, lo que no fue sancionado por mi padre me resulta inseguro y vacío. Como no oigo sus voces nunca más, a veces me niego a entender el español, como si con sus muertes la lengua española hubiera sucumbido y ahora solo fuese una lengua muerta, como el latín. Y esta descripción sobrecogedora: Te has hecho especialista en las cosas que se pierden, te pasas la vida pensando en tu madre muerta y en tu padre muerto, como si no quisieras pasar a otro espacio de la experiencia humana, no quieres pasar porque justamente entre los muertos vive la verdad y lo hace de una forma luminosa. Cómo no temblar, compungidos, con este inmenso dolor: Era el paraíso. Fue mi paraíso. Fueron ellos mi paraíso, mi padre y mi madre, cuánto los quise, qué felices fuimos y cómo nos derrumbamos. Qué hermosa fue nuestra vida juntos, y ahora todo se ha perdido. Y parece imposible.

Y eso es, precisamente, Ordesa, el paraíso, el lugar feliz de un pasado que se dibuja así, en el relato de Manuel Vilas, como el refugio sentimental, el espacio simbólico -aunque también real- en el que se concentran todos los momentos privilegiados de comunión con el padre: Pensé que el estado de mi alma era un vago recuerdo de algo que ocurrió en un lugar del norte de España llamado Ordesa, un lugar lleno de montañas, y era un recuerdo amarillo, el color amarillo invadía el nombre de Ordesa, y tras Ordesa se dibujaba la figura de mi padre en un verano de 1969. E igualmente: Todo se concentró en un nombre, que es un topónimo: Ordesa, porque mi padre le tenía auténtica devoción al valle pirenaico de Ordesa y porque en Ordesa hay una célebre y hermosa montaña que se llama Monte Perdido. Más que morirse, mi padre lo que hizo fue perderse, largarse. Se convirtió en un Monte Perdido.

Ordesa representa, pues, la naturaleza, la vida, la biología, la “verdad”, la inocencia de la infancia, la vida por hacer, el amor, en particular el amor de y a los padres (La verdad es tu padre y tu madre), que se contraponen, en un juego de espejos a mi juicio muy relevante en el libro, a la mentira, a la sociedad, al capitalismo, a las artificiosas convenciones sociales, a una España cainita, un país chapucero, la España del éxito fácil, del odio, de la envidia, del rencor, de la mala leche, la España de la corrupción, de la especulación, del dinero, del materialismo, la España que maltrata a la pobreza, la que olvida lo que fue hace nada, la España de la modernidad contra la que el autor, en su lúcida y extremada conciencia de clase, lanza un bramido desgarrador, impotente y furioso. Una España en la que crecen los hijos, a los que el narrador quiere proteger (dejarles todo resuelto a los hijos) pero que vuelan ante el desconsuelo del padre, en particular en una “escena” tristísima en la que el narrador prepara un desayuno que el hijo, que ya ha abandonado la casa, nunca tomará: Son las galletas más desamparadas del planeta. Me pongo a hacer su cama (del hijo). También está desamparada, la cama. Y hay también, en este sentido, numerosas reflexiones sobre la paternidad (El misterio de la voluntad de ser, de la voluntad de que haya otro distinto a mí: en ese misterio se basan la paternidad y la maternidad), sobre las relaciones entre padres e hijos (No sé si mis dos hijos me amarán tanto como yo he amado a mis padres), sobre la imposible continuidad, todo se acaba, todo se desvanece, nada queda (No reconocería ahora a mis abuelos si volvieran a la vida porque nunca los vi mientras estuvieron vivos y porque no tengo una triste foto de ellos ni me hablaron de ellos (…) No existe tal parentesco. No existe la familia).

En fin, un libro altamente recomendable, este Ordesa que hoy he querido presentaros. Os dejo ya con una canción que habla de los recuerdos del padre: Dance with my father, de Luther Vandross: Cuánto me gustaría volver a bailar con mi padre de nuevo.


Son jóvenes los dos y se disponen a llamarme de entre la oscuridad. No soy. Nunca he sido. Sin embargo, fui presentido por todas las cosas hace millones de años. Todos hemos sido presentidos. Puedo viajar en el tiempo y ver cómo Juan Sebastián acaricia y besa a Wagner y yo estoy allí, esperando a que se me convoque.

En su placer está mi origen, en su melancolía tras el amor está la creación de la insaciabilidad de mi espíritu.

Veo la habitación, es el otoño del año 1961, es mediados de noviembre, no ha llegado el frío, se está bien en la calle, han abierto el balcón de su dormitorio para que entre la luz de la luna, son tan jóvenes, tan inmensamente jóvenes, que se creen inmortales, están allí desnudos, con el balcón abierto.

Hace un poco de fresco ya, dice Juan Sebastián. Y se queda mirando la desnudez de Wagner y yo ya estoy en ese vientre. Wagner se enciende un L&M. La lámpara de la mesilla proyecta una luz tenue. Se respira en esa habitación una felicidad inmensa. Cantan las paredes, las cortinas, las sábanas; la noche canta. En el Año Nuevo de 1962 ya sabrán que Wagner está embarazada. Pero no intuyen la criatura que se acerca. Ni yo sé la clase de criatura que se acerca. Juan Sebastián, en la noche de noviembre, después de haberme invocado dentro de Wagner, sale al diminuto balcón de la casa que sería mi casa y mira la noche, es una noche con hechizos en el aire, mira las casas de enfrente, la calle sin asfaltar, acaban de mudarse a esa casa nueva, con ascensor, huele a barniz la madera del ascensor, la calle está sin hacer, todo es nuevo, las persianas de madera, las baldosas, las paredes, las puertas de las habitaciones, que cierran a la perfección, y que dentro de cincuenta años no cerrará ninguna, se quedarán rotas, desencajadas de sus marcos. Nunca vi ese piso nuevo. Solo vi su deterioro, pero en la noche de mi concepción la casa estaba flamante, recién acabada de construir, oliendo a nuevo.

No puedes despertar a los muertos, porque están descansando.

Pero esa noche de noviembre de 1961 existió y sigue existiendo. Esa noche de amor, ese piso moderno, las paredes recién pintadas, los muebles recién estrenados, las manos jóvenes de los esposos, los besos, el futuro que solo es una idea ilusionante, el poder de los cuerpos, todo eso sigue en mí.

Gran noche de 1961, mes de noviembre, tranquilo, benigno, dulce. Sigues viva. Noche que sigues viva. No te marchas. Bailas conmigo una danza de amor.


Manuel Vilas. Ordesa

miércoles, 16 de mayo de 2018

MIGUEL ALBERO. ROBA ESTE LIBRO

Hola, buenas tardes. Todos los libros un libro, el espacio de Radio Universidad de Salamanca en el que semanalmente os ofrecemos una recomendación de lectura sale a vuestro encuentro un miércoles más con una propuesta relacionada, como en semanas precedentes, con el mundo de los libros. Ya sabéis que con mucha frecuencia, coincidiendo con el Día del libro o con la celebración de la Feria del libro en nuestra ciudad, el programa suele centrarse en obras que tienen al propio libro como protagonista, en la creencia, quizá equivocada, de que quienes aman la lectura también están interesados en textos que reflexionan sobre ella, sobre el acto de leer y sus protocolos y ceremoniales, sobre la pasión libresca, sobre las ventajas e inconvenientes de vivir entre las páginas de un libro, sobre, en definitiva, las diversas manifestaciones de la bibliofilia, ese vasto territorio en el que no sólo caben los libros en tanto transmisores de conocimiento, sino también las librerías y bibliotecas, los incunables, los manuscritos y las primeras ediciones, las tipografías, las encuadernaciones, las dedicatorias y las muy variadas colecciones de elementos adyacentes a los libros (bibelots, abrecartas, lupas, marcapáginas, separadores, “sujetalibros”, etc.).

A este apasionante universo de los libros sobre libros nos aproximamos hace unas semanas desde una perspectiva sentimental, a partir de Este libro te alegrará la vida, escrito por el británico Daniel Gray, en el que se enumeraban cincuenta placeres asociados a los rituales del leer. El miércoles pasado nuestro enfoque fue más abiertamente argumentativo y racional, con el interesante alegato de Mikita Brottman en favor de la lectura inteligente y con criterio, de título en apariencia paradójico, Contra la lectura. Y hoy, sin rechazar -ni mucho menos- la dimensión afectiva que la relación con los libros entraña ni la profundidad del análisis llamémosle científico, el punto de vista escogido es, sin embargo, predominantemente humorístico, con un “tratado” provocador y desternillante -aunque también erudito, riguroso, sistemático, profundo y exhaustivo-, Roba este libro. Introducción a la bibliocleptomanía, que publicó el pasado 2017 Miguel Albero en la madrileña editorial Abada.

Miguel Albero Suárez es un diplomático español, licenciado en Derecho (circunstancia que aflora de modo evidente en su libro), que actualmente se desempeña como embajador de nuestro país en la República de Honduras. Su carrera literaria, cultivada en paralelo a su profesión principal, cuenta con una veintena de títulos, entre novelas, poemarios y ensayos, algunos de los cuales (Instrucciones para fracasar mejor: una aproximación al fracaso y Godot sigue sin venir. Vademécum de la espera, que vieron la luz en 2013 y 2016, respectivamente, también en Abada, el primero, y en Páginas de espuma, el segundo) me he lanzado a leer -y estoy haciéndolo en estos días con auténtica delectación- a raíz del enorme placer que me ha proporcionado Roba este libro, la deliciosa monografía de la que hoy quiero hablaros.

La primera referencia inspiradora del ensayo de Albero es Steal this book, un pequeño clásico de 1971, un panfleto antisistema del activista Abbie Hoffman, un manual de referencia de la contracultura en el que, sin la ironía ostensible del diplomático español y sí con una combativa literalidad, se dan consejos prácticos para la lucha contra la propiedad privada -no sólo la de los libros- y el sistema capitalista. Nada hay, sin embargo -más allá de la categórica fórmula del título-, en el estudio de nuestro diplomático que pretenda incentivar el robo de libros, la apropiación ilegal de volúmenes ajenos o cualquier otra práctica fuera de la ley para privar de sus posesiones bibliográficas a sus legítimos propietarios. Por el contrario, el sarcasmo notorio, la sorna palmaria de Roba este libro, encierran una implacable defensa de los libros, una indisimulada justificación de su valor y, en consecuencia, una categórica repulsa a su expolio o su incautación: Ésa y no otra es nuestra invitación, compren y no roben, paguen y no sustraigan, sería el inevitable y moralizante corolario, afirma en el ya divertidísimo prólogo.

La segunda fuente de la obra es otro texto del propio autor, Enfermos del libro: breviario personal de bibliopatías propias y ajenas, que publicó la Universidad de Sevilla en dos ediciones, en 2009 y 2013, y en el que Albero analizaba las distintas bibliopatías, los trastornos mentales relacionados con los libros, partiendo de su autoinculpación como víctima de una de ellas, la bibliofilia. En dicho volumen había un capítulo dedicado a la bibliocleptomanía, Lectores en libro ajeno, la bibliocleptomanía, sus partidarios y practicantes, que fue creciendo con los años gracias al obsesivo acopio por parte del escritor de materiales diversos relacionados con el robo de libros, hasta que la magnitud de lo acumulado exigió un tratamiento monográfico autónomo que es el que aparece ahora en Roba este libro.

Antes de entrar en el núcleo central de mi reseña, el comentario sobre el contenido y la estructura del libro, quiero dejar aquí constancia de una cierta incomodidad y un ligero desagrado sufridos durante su lectura a causa de la abundancia de errores ortográficos que lo salpican -sobre todo numerosísimas tildes ausentes o incorrectamente presentes, así como fallos de concordancia-, expresiones inexactas (se insiste una y otra vez en doler en prendas), también la profusión de erratas tipográficas varias, así como una puntuación a ratos desmañada, el desaliño de una redacción algo embarullada y confusa, con incisos reiterativos, con ejemplos y explicaciones que se repiten de un modo a veces enojoso, con comentarios recurrentes que pudieran haber sido abreviados o simplificados, con una oscura y algo caótica presentación de los diferentes modelos, pautas o patrones clasificatorios con los que el muy loable -y a mi juicio sobresaliente- afán taxonómico del autor estructura sus planteamientos. Nada, no obstante, que imposibilite la lectura ni tampoco, en lo sustancial, los motivos para su disfrute.

En las primeras páginas de la obra Albero lleva a cabo una somera aproximación conceptual sobre el objeto de su ensayo. Así, analiza con detenimiento las distintas acepciones a las que apunta la voz clepto, inscrita en el neologismo que recoge su título: robo, hurto, apropiación indebida, cualquiera de las variantes que, sean cuales sean los matices jurídicos o sociológicos de asunto, puedan usarse para referirse a un hecho esencial e indiscutible: te llevas un libro de alguien sin su consentimiento y te lo quedas, lo vendas o no, lo regales o lo quemes en la hoguera de San Juan, lo tires a la basura o desde el campanario de la iglesia, eso es un robo, y ladrón serás para nosotros aunque no te metan en la cárcel. Con la misma intención clarificadora, circunscribe a los libros -lo exige el prefijo biblio- la noción del título, el robo antedicho, la sustracción de un volumen, aunque haya fórmulas intermedias en las que el ladrón sustituye el libro robado por otro que deja en su lugar o mutila un texto privándolo de algunas de sus páginas, mapas, grabados, etc.; ambas formas híbridas del latrocinio que examinará en un capítulo posterior centrado en la periferia de la bibliocleptomanía. Por último, disecciona también la componente derivada del sufijo manía, que alude sin género de dudas a la compulsión, a la pulsión irrefrenable de robar libros, lo cual le permite diferenciar -aunque en muchas ocasiones se presenten asociadas- entre bibliofilia (el bibliófilo ama los libros), bibliomanía (si se pasa de rosca en ese amor, si es tal pasión que deviene locura, entonces pasa a ser bibliómano) y bibliocleptomanía (término que opta por asociar, en una operación metonímica de la que se avisa desde el inicio, a todos los que roban libros, no solo a aquellos que no pueden dejar de robar).

A partir de esta precisión nominal previa, el estudio se organiza en cinco grandes ejes, surcados por infinidad de referencias bibliográficas e ilustrados con ejemplos literarios pero también de la vida “real”. En el primero de ellos, Valoración de la bibliocleptomanía, se espigan las distintas posturas “morales” y jurídicas en torno al robo de libros. Desde la buena prensa de la que goza la práctica entre bienintencionados intelectuales que esgrimen argumentos peregrinos: robar libros no es robar; robar un libro es una ofensa elegante; robar libros no es robar si después no se venden; un libro robado es un libro leído; robar un libro no es robar, es tomar prestado, y una larga sarta de sandeces, todas, eso sí, muy cool, hasta, por fortuna, los beligerantes detractores como, entre otros destacados, Javier Cercas, el mítico librero François Maspero o el contundente Samuel Johnson: La única cosa peor que un ladrón de libros es el germen de la sífilis. Considerando el punto de vista punitivo, el capítulo recoge castigos variopintos para los bibliocleptómanos: las sanciones económicas que prescribe la Torah, las amputaciones de las manos culpables en el Corán, las excomuniones católicas o, ya en un plano más temporal, las leves condenas -dictadas por jueces benevolentes e imbuidos de afán pedagógico- a leer, a escribir o a sufrir el reproche público para los afortunados infractores.

En la ya mencionada sección centrada en la periferia de la bibliocleptomanía, se examinan -también con altas dosis de humor- las peculiaridades del préstamo sin retorno -experiencia frecuente, a la que casi nadie ha conseguido escapar-, con una simpática enumeración de razones para no prestar libros: no perder un amigo, mantener incólume tu biblioteca, evitar el deterioro del libro o impedir su no devolución; el robo parcial, esto es la mutilación, la profanación de libros, incluyendo ejemplos llamativos, como el del innombrable César Ovidio Gómez Rivero, mutilador hispano que se fue de rositas, Farhard Hakimzadeh, el mutilador millonario, o Forbes Smiley III, tercero sólo en la saga familiar, pero primero en el escalafón de ladrones de mapas; y, por último, el robo del contenido no del continente, con oportunas acotaciones sobre el plagio (se nos informa de que en Roma se condenaba a recibir latigazos -ad plagas- a los que vendían como esclavos a hombres libres; plagiarios, pues), la piratería y los (quienes en el siglo XIX pirateaban los libros entre Gran Bretaña y Estados Unidos, aprovechando los vacíos que dejaba la incipiente legislación de la época).

El apartado principal del ensayo (casi la mitad de su extensión) lo constituye el de la clasificación minuciosa y sistemática de las distintas tipologías de los ladrones de libros. Comparecen así, en una taxonomía a veces difusa, con categorías que se ramifican y con grupos y subgrupos que se desgajan una y otra vez del tronco principal entremezclándose y confundiéndose, las divisiones en función del motivo del robo -que será la seguida con carácter principal en el estudio-, del tipo de libro robado, del lugar del robo o del destino final de los frutos robados, propio o ajeno. Pero, como digo, entre estas ramas principales surgen otras menores que, en muchas ocasiones, llevan al lector, perdido en el marasmo clasificatorio, a renunciar a toda idea de seguir el cada vez más embarullado orden prescrito y a abandonarse sin más complicaciones ni afanes ordenancistas, feliz y placenteramente, a la amenidad de las historias que relata la exageradamente estructurada mente del autor.

Siguiendo, no obstante, el hilo principal, el que nos lleva a fijarnos en las razones que conducen a alguien a robar libros, nos encontramos en primer lugar con quienes roban para consumir, un sustancioso apartado dedicado al ladrón lector y al ladrón escritor, que roban por dotar de intensidad a unas vidas inanes o para nutrir con experiencias “al límite” el imaginario de sus obras; también aparecen los ladrones literarios, con los ejemplos destacados de Roberto Bolaño y Rodrigo Fresán, que no se consideran escritores de verdad si nunca han robado un libro o, como es el caso del escritor/editor Abelardo Castillo, si sus propios libros nunca han sido robados. Hay, también, ladrones de amplio espectro, que no circunscriben a los libros el objeto de su pulsión: Rimbaud, el poeta beat Gregory Corso, James Ellroy, “nuestro” César González Ruano o el más destacado de todos, Jean Genet, con su vida de delincuencia, entrando y saliendo de la cárcel de continuo. Por una erudita sección llena de referencias históricas, Yo robo para atesorar cuanto amo, desfilan varios especímenes de ladrones bibliófilos que llevan al extremo su amor por los libros. De este modo asistimos, intrigados, a las peripecias de Stanislas Gosse, el ladrón de Sainte-Odile, que robó decenas de valiosos libros en el convento alsaciano del mismo nombre, usando un pasadizo secreto y una puerta oculta -¡cómo no!- en una biblioteca; también nos suscita curiosidad la historia de Bartolomé Gallardo, quien fuera diputado por Badajoz en el Congreso, en 1834, un ladrón que no lo fue y que mereció la atención de Menéndez Pelayo en su Historia de los heterodoxos españoles; y, sobresaliendo por encima de todos ellos, Guglielmo Brutus Icilius Timoleone Libri-Carucci dalla Sommaja, el Conde Libri, el más fascinante, más completo y más inverosímil ladrón de libros, que, quizá predestinado por su apellido, llego a robar, refinado y genial, más de 30.000 libros.

Hay también un espacio en el ensayo, presentado bajo la rúbrica Yo robo para comerciar, en el que se detallan distintos supuestos de ladrones “emprendedores”, quienes se apropian por encargo o, más habitualmente, por negocio, de libros valiosos custodiados (¿?) en instituciones privadas o públicas: universidades, monasterios, iglesias, bibliotecas, museos... No podía faltar la mención al electricista de la catedral de Santiago de Compostela, que, de modo chapucero y carente del glamur que el cine ha asociado a este tipo de “operaciones”, robó en 2011 el Códice Calixtino, el libro más valioso de la Historia de España, en opinión del catedrático García de Cortázar, gran autoridad en la materia. En el mismo capítulo se describen el robo más hermoso, una obra de arte del latrocinio, con “ambientación” veneciana, y el más “tonto”, un disparate perpetrado por cuatro universitarios norteamericanos, “inspirados”, para llevar a cabo su desatino, en la visión reiterada -y estéril, como demostrará el fracaso de su intento- de Ocean’s eleven, el éxito cinematográfico de Steven Soderbergh. Conocemos aquí también a Daniel Spiegelman, al que su desmesura delictiva lleva a una condena ejemplar y permite a la justicia estadounidense sentar jurisprudencia, pues por primera vez se determina que el valor del robo en estos casos no es la mera suma de las cantidades que puedan obtenerse en una subasta por cada uno de los libros sustraídos, sino mucho más, un valor incalculable, si se considera el daño irreparable que se hace a la Humanidad, al privarla de valiosos tesoros, impedir el desarrollo del conocimiento o imposibilitar la consulta y estudio por los investigadores de los volúmenes robados.

El análisis específico de la bibliocleptomanía en su sentido literal se aborda en Yo robo porque no puedo dejar de robar, otro de los desopilantes epígrafes de la obra. Partiendo del ejemplo de Winona Ryder -meramente ilustrativo, pues, que se sepa, la “pulsión” de la actriz se circunscribía a las joyas y la ropa-, se nos narran las entretenidas historias de Edward Fitzgerald, sobrino del primer ministro británico en la época y pillado en París robando… ¡¡una Biblia políglota!!; de Duncan Jevons, cuarenta mil libros en su haber en solo quince años; de John Gilkey, que ni siquiera sabe por qué roba y cuya singularidad lo llevará a protagonizar una especie de biografía novelada de un cierto éxito, El hombre que amaba los libros demasiado, título genial; y, por fin, Stephen C. Blumberg, obsesionado por robar para batir récords y salir en el Guinness, lo cual logró gracias al ilegal acopio de ingentes cantidades de libros cuya auténtica magnitud podréis comprobar en el fragmento que os dejo al término de esta reseña, muy significativo, también, del “tono” jocoso de la obra.

Hay, para finalizar esta vertiente taxonómica del libro, una interesante aproximación al muy frecuente caso de los bibliotecarios ladrones. En Yo robo por proximidad se nos dan a conocer muchos de estos supuestos, ladrones cautos, ladrones imprudentes, ladrones impunes, ladrones torpes que, cinco minutos después de perpetrarlo, venden el fruto de su robo en eBay; con la mención final de Massimo de Caro, genio falsificador, ladrón innoble, mentiroso compulsivo y bibliotecario a nuestro pesar, como lo califica el autor, capaz de robar un opúsculo de Galileo, de 1610, Sidereus Nuncius, reproducirlo a la perfección con minuciosa pulcritud técnica -en tintas, papel, impresión y encuadernación- e incorporarle unas acuarelas, que encarga a un pintor argentino, para devolverlo, embellecido, guardándose algunas copias para su enriquecimiento.

Los dos capítulos finales, Intrabibliocleptomanía y Mecanismos para evitar el robo, recogen, respectivamente, el robo de libros dentro de los libros y las estrategias para proteger los libros y prevenir su hurto. En el primero de ellos nos encontramos con la mención de episodios bibliocleptómanos en tramas de ficción (El Quijote, Las aventuras de Augie March, de Saul Bellow, Los detectives salvajes, del ya citado Bolaño, El club Dumas, de Arturo Pérez-Reverte, o El nombre de la rosa, de Umberto Eco, entre los ejemplos más conocidos) o con la apasionante leyenda del librero asesino, una ficción periodística ambientada en Barcelona y difundida en la francesa Gazette des Tribunaux en octubre de 1836, y que alcanzó una notable difusión durante décadas como si de un hecho real se tratara. El apartado “preventivo” final incluye -tras aceptar la imposibilidad de ponerle puertas al campo- las prevenciones consistentes en amenazas (maldiciones, excomuniones y anatemas, trabajos forzados, amputaciones, horcas y castigos varios, previsiones de males y enfermedades sin cuento), las físicas (cadenas, “jaulas” protectoras, arcones más o menos blindados, grilletes y barrotes) y también los muy eficaces bibliopolicías, los guardianes del libro, celadores puntillosos, bibliotecarios concienzudos, perseguidores profesionales -auténticos sabuesos- de los ladrones de libros.

En fin, una delicia este estupendo Roba este libro, de Miguel Albero -que con su otra personalidad, Gabriel Lumeo, aporta unas cuantas citas al amplio conjunto de las que recoge en su obra-. Compradlo y leedlo, os aseguro unas cuantas horas de lectura entretenida y feliz.

De una de las referencias mencionadas en el libro, la película La ladrona de libros, dirigida por Brian Percival sobre la base de la novela del mismo título de Marcus Zusak, os dejo el tema principal de su banda sonora, creada por el maestro John Williams: The book thief.


Stephen C. Blumberg es considerado por muchos como el gran ladrón de libros del siglo XX, y es sin duda el primero del escalafón en cuanto al número de libros robados se refiere. Habrá pues que estudiarlo con algo de detalle, y veremos primero las magnitudes de su gesta, para luego analizar su condición de bibliocleptómano, su manera de actuar, y dejar para el final, para introducir algo de suspense, las vicisitudes de su detención y juicio, aunque el suspense se limite al cómo, ya saben quién es el asesino, perdón, el ladrón de libros, de no haberlo pillado no sabríamos ni su nombre.

Blumberg fue detenido en 1990 y condenado a 7 meses de cárcel en 1991, además de a pagar la suma de 200.000 dólares. Pero estos datos pueden no impresionar al lector, acostumbrado ya a estas alturas a ladrones de peso. Habrá pues que poner encima de la mesa sus atributos, las cifras que lo acreditan como el número uno, algo que les encanta a los americanos, los reyes de la estadística. Porque para ser el número uno necesitas destacar en todos los aspectos de la actividad en cuestión, no vale con ser el mejor en algo. Si fuera un jugador de baloncesto, Blumberg sería un extraterrestre, estará en la misma puerta del Hall of Fame, porque lideraría los registros históricos en todas las facetas del juego. Sería el número uno en rebotes, lo que suele ser patrimonio de los pívots, en puntos, donde mandan los aleros, y en robos de balón y asistencias, el territorio reservado a los bases. Y es que el amigo Blumberg robó al menos 19 toneladas de material, la friolera de 20.000 libros y 10.000 manuscritos, todo ello por un valor de 20 millones de dólares, en 45 estados de EE.UU. y dos provincias de Canadá, y en un total de 327 instituciones, entre bibliotecas y museos. Como se lo cuento. Nadie ha robado tantos libros que valgan tanto, en tantos lugares y en tantas instituciones. Si le hubieran dado un poco más de tiempo, se habría ido a Alaska a robar algo para poner allí una chincheta, o más bien en su mapa mental, y habría acabado en Puerto Rico, para que ni los estados libres asociados quedaran sin robo.

Se trata, sin duda, de un bibliocleptómano, porque hablamos de una persona que no puede parar de robar, y se trata sin duda de un bibliótafo, porque escondió todos sus libros, guardados en su casa los encontró el FBI y no en una subasta en Sotheby’s. Pero a esas dos patologías, que suelen venir juntas como las malas noticias, Blumberg suma una tercera, y es esa ambición por ser el primero, esa voluntad decidida de convertirse en el campeón de la especialidad. Estaríamos aquí ante una variante de la bibliocleptomanía, de una versión agravada de la misma, donde a la pulsión de robar se une la de ser el que más roba, como si un asesino en serie, además de asesinar a pelirrojas, ése es el patrón de la serie, quisiera batir el récord y ser el mayor asesino de pelirrojas de la Historia, superando así a un colega hoy felizmente retirado. Y es que vivimos en un mundo donde, desgraciadamente, ésa no es una pulsión menor: el mal del Guinness podríamos llamarlo, que conduce a gente aparentemente cuerda a invertir su tiempo en ser el número uno en escribir la Biblia en una lenteja, en hornear la empanada más grande, en ser, por qué no, el mayor ladrón de libros de la Historia. Destacar, de eso se trata, conseguir ser el primero en algo, y si no soy el más dotado para los estudios, ni el capitán del equipo de baloncesto, me entrego al mundo Guinness, mis hijos podrán estar orgullosos de mí, el apartado relativo al puzle con nubes de más piezas es patrimonio familiar, aunque me cueste mi empleo, aunque tengamos que sacrificar vacaciones, nadie dijo que fuera fácil.

Y, en efecto, eso le contó Blumberg al FBI, que quería ser el más grande, superar el récord de David Shin, ésa era su referencia, ser el mejor; luego en su manía hay una cierta megalomanía, la hybris, la desmesura, esa idea de ser el mejor en algo, y está claro que lo consiguió. Y entiendo que dentro de este esquema, y como sucede con los asesinos en serie, también de alguna manera él quería al final ser detenido, porque, quien elabora esa empanada gigante lo hace para salir en el Guinness, para tener su cachito de gloria, si nadie se entera me quedo con la empanada y con su muy difícil digestión, de nada me sirve. Igual esperaba en efecto a cubrir todos los Estados de la Unión para entregarse, y convocar a la prensa y anunciarles dichoso las muy federales dimensiones de su hazaña.




Miguel Albero. Roba este libro