Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 18 de noviembre de 2020

GONZALO TORRENTE BALLESTER. LOS GOZOS Y LAS SOMBRAS
  
Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca. Esta tarde, siguiendo la pauta que anuda las últimas emisiones, que no es otra que mi voluntad de proporcionaros abundantes referencias de bien copiosas lecturas para que os decidáis a afrontar con devoradora ilusión literaria las largas vacaciones navideñas, un hilo conductor que me ha permitido enlazar en los programas precedentes -y que continuará en los venideros- tanto propuestas de libros muy extensos en cuyas largas páginas poder demorarse placenteramente durante semanas como sugerencias que constan de varios volúmenes que aseguren el disfrute lector durante las promisorias jornadas de ocio, quiero detenerme en una de las obras mayores de un autor, muy vinculado a nuestra ciudad, y de cuyo nacimiento se celebró en este 2020 un redondo aniversario. Gonzalo Torrente Ballester, pues de él os hablo, nació el 13 de junio de 1910, y en esa misma fecha, 110 años después, había decidido recordar su aniversario poco antes del verano. La anomalía que ha supuesto la epidemia del coronavirus me obligó a posponer el homenaje previsto para entonces, y por fin ahora puedo festejar la alegre efeméride proponiéndoos esta semana la lectura de Los gozos y las sombras, su exitosa trilogía, dejando para dentro de unos meses mi comentario de otra novela magnífica, La saga/fuga de J.B. 

Bajo la rúbrica general de Los gozos y las sombras se agrupan tres libros, El señor llega, Donde da la vuelta el aire y La Pascua triste, aparecidos en 1957, 1960 y 1962, respectivamente. A partir de su publicación original la obra ha sido reeditada en numerosas ocasiones, destacando las ediciones de Alianza Editorial, en tres tomos, que podéis encontrar también en bolsillo y, sobre todo, la que ahora os traigo, presentada en 2007 por Alfaguara en un solo volumen de más de mil doscientas páginas, y que ha sido objeto de una primera reimpresión en enero de 2019, al cumplirse los veinte años del fallecimiento del escritor. Hay, además, y os la recomiendo con entusiasmo, una formidable serie televisiva del mismo título, que conoció en 1982, año de su estreno, un extraordinario éxito, con cifras de audiencia hoy inimaginables, a causa no solo de la excepcional calidad de la obra, dirigida por Rafael Moreno Alba e interpretada por un elenco de magníficos actores y actrices, sino también de lo estrecho del “mercado” de la televisión en la época, con los dos únicos canales de Radio Televisión Española operando en exclusiva. Al término de esta reseña me detendré brevemente en un ligero apunte sobre la serie. 

Como puede imaginarse, resulta imposible resumir el argumento de una obra de tal calibre y extensión como Los gozos y las sombras, cabiendo tan solo una ligera aproximación que permita, a quien no la conozca, hacerse una idea somera de su trama. La “acción” se sitúa en Pueblanueva del Conde, una villa gallega, inventada por el autor, pero de rasgos bien reconocibles en tantos pueblos del paisaje costero de Galicia, en la que las previsibles rutinas de la vida provinciana -descritas con sobresaliente precisión a partir de las existencias de un abundante elenco de bien construidos y verosímiles personajes- se alternan con los cambios -económicos, sociales, políticos- que la época trae también a ese olvidado rincón del mundo. 

Estamos en la Segunda República, en los años -meses, semanas incluso- inmediatamente anteriores al inicio de la guerra civil. Las fuerzas vivas del pueblo, que siempre han mostrado su respeto a Doña Mariana, matriarca, en cierto modo, del clan de los Churruchaos, que incluye cuatro familias, los Deza, los Aldán, los Sarmiento y los Quiroga, y que desde tiempo inmemorial ha dirigido el pueblo, levantado en torno a la pesca, desplazan ahora su fidelidad y rinden ciega y atemorizada pleitesía a Cayetano Salgado, dueño de los astilleros y nuevo cacique del lugar, representante de esa moderna burguesía que debe su posición de dominio no a la sangre, la herencia y el abolengo -la “hidalguía”-, sino al poder del dinero, que emerge a borbotones como consecuencia del ascendente capitalismo industrial. El precario equilibrio entre una aún pujante “nobleza” tradicional (de progresivo y declinante esplendor, empero) y el inexorable impulso de la modernidad, se ve conmocionado por la llegada al pueblo de Carlos Deza, el último de los Churruchaos, en quien Doña Mariana confiará como baluarte frente al imparable crecimiento del nuevo mundo, que encarna el ambicioso, despiadado y todopoderoso Cayetano. Sin embargo, el carácter algo pusilánime de Deza, un intelectual -y siento que la alusión pueda sonar despectiva-, médico psiquiatra formado en Viena, ajeno a los intereses mundanos, que se ve envuelto contra su voluntad en un enfrentamiento que lo sobrepasa y hasta enoja, rebajará -solo en apariencia- los términos de un conflicto que acabará por resolverse en un cúmulo de agitados episodios que incluyen intrigas locales, ofensas y venganzas, rencores y desprecios, odios, tensiones y violencia, secretos y agravios, y también pasiones desbordantes, amores contenidos, adulterios, ocultos amantes, prohibidas seducciones y encendidas efusiones sentimentales. Y todo ello en un marco social, económico, laboral y político convulso, muy tenso y problemático, en una normalidad solo apacible en la superficie y que bajo la quietud de esa epidermis se muestra al borde del estallido, una explosión que pocas semanas después del término de la novela se producirá con el inicio de la cruel contienda civil. 

Sobre esta base argumental la narración avanza abriéndose en infinidad de hilos que se desarrollan siguiendo las historias personales, singularmente las de los dos personajes principales, Carlos y Cayetano, aunque también las de una extensa pléyade de secundarios, entre los que destacan las hermanas Clara e Inés Aldán, su hermano Juan, la anciana doña Mariana, Rosario la Galana, Paquito el Relojero, fray Eugenio y fray Ossorio, los miembros de la en general despreciable comunidad del casino, don Lino, el juez, el farmacéutico don Baldomero y su mujer doña Lucía, Cubeiro y tantos otros, conformando todos un marco coral, en un planteamiento que recuerda a la novelística barojiana y también a La Colmena, la obra de Camilo José Cela publicada en España poco tiempo antes de la aparición del primer volumen de Los gozos y las sombras. 

Pero más allá del acontecer vital de los muchos personajes que atraviesan el libro, de la indagación, de corte psicologista, en sus personalidades (resulta paradigmático, en este sentido, el personaje del dubitativo Deza, hundido en una perenne y algo conformista duda acerca del sentido de su existencia, de su razón de estar en el mundo, en una derivación de la obra de tintes filosóficos), de la sucesión de peripecias que los vinculan entre sí en los escasos años de su transcurso, en un relato arrebatador que hunde sus raíces en la literatura decimonónica, la densa y ambiciosa obra de Torrente Ballester refleja muchas otras cuestiones, algunas de las cuales merecen al menos un breve comentario. 

La novela es, en el fondo, la crónica -tan humana- del cambio de los tiempos, un choque entre dos universos, uno que se agota y da sus últimos estertores y otro que brota, pujante y vital; un conflicto que se manifiesta y produce sus efectos en -ya se ha dicho- la vida económica, laboral, social y política. La aparición de las fábricas -los astilleros en la novela- transformará el mundo, hará cambiar de manos al dinero, alterará las relaciones de producción, invertirá radicalmente los valores, enfrentará de modo cruento a las clases sociales, revolucionará la política, modificará el mapa de Europa y del mundo y, más allá de sus innegables benéficas consecuencias, producirá un enorme desgarro entre quienes se agarran aún, desesperados, a los restos declinantes del antiguo orden y quienes se suben el poderoso carro de la sociedad que emerge. Todo ello está, de un modo patente, en el escenario que enmarca las acciones de los personajes de la novela. 

Desde el punto de vista económico, la riqueza, hasta entonces predominantemente rural y en poder de la “aristocracia” local, la hidalguía que encarna Doña Mariana, es sustituida -con un cierto retraso en el caso gallego frente al del resto de España; el fenómeno muy “lento” y tardío en ambos casos- por el triunfo de los nuevos ricos que trae la revolución industrial. La decadente majestuosidad de la mansión de Doña Mariana, el espesor de las densas alfombras, la luminosidad de las lujosas lámparas, la abundancia y el esplendor de los muebles, los cuadros, las joyas, su estéril fortuna, que despiertan la desconcertada admiración de quienes la visitan, son el último coletazo de una sociedad que se acaba y que tiene en la pobreza de los Deza, en las privaciones y en la austera vida de Carlos, en su helador pazo de cuartos desvencijados al borde del derrumbamiento, algunos de sus más notorios exponentes. Por el contrario, la obscena exuberancia del dinero de Cayetano, su soberbia ostentación, su poco escrupulosa exhibición de riqueza -no hay límites para su infantil neurosis fagocitadora: compra todo lo que se le antoja, bienes y voluntades, votos y lealtades, hombres y, sobre todo, mujeres; hasta los ruinosos pazos sucumbirán a su poder-, son símbolos evidentes de la “subversión” que los tiempos traen consigo, de las nuevas reglas económicas del juego. 

Esa lucha entre poderes económicos impregna y empapa también el ámbito social, un microcosmos, esa cerrada Pueblanueva del Conde, que refleja el conflicto entre clases. El atinado retrato de la oscura sociedad gallega de los años treinta, reflejo depauperado del de España entera, es, pues, otro de los logros del libro. Vemos, así, una Galicia paupérrima, la del servilismo feudal y la emigración, la de la languideciente riqueza rural, un universo vetusto (cuesta pensar que solo han pasado poco más de ochenta años), rezumando frío y humedad, sin luz eléctrica, en una atmósfera opresiva, cerrada, desoladora, el destartalado autobús de línea llegando a la plaza solitaria, la lluvia perpetua, los negros paraguas, el lodazal de las calles atravesado por mujeres silenciosas caminando en el barro sobre sus zuecos intemporales, las mezquinas rutinas de una vida clausurada, carente de expectativas vitales; una Galicia antigua, casi medieval, en la que perduran reminiscencias de un mundo mágico ya desaparecido, hecho de miseria e ignorancia, de anacrónica superstición, de valores trasnochados. Y en esa sociedad caciquil, retrógrada, insensible, con las mujeres víctimas de constantes abusos, cargando con hijos ilegítimos, con la soez lujuria de los hombres, con un clero rancio y arcaico, aparece una nueva clase ejemplificada en la miserable fauna del casino, el juez corrupto, el farmacéutico libidinoso, el maestro desclasado que ansía el reconocimiento, el indiano, los comerciantes, los profesionales liberales, los nuevos señores del lugar. Y están también los trabajadores, los esforzados marineros y pescadores, su medio de vida a punto de extinguirse, el proletariado industrial de los astilleros, la taberna en la que amortiguan la dureza de sus existencias como correlato a la burguesa confortabilidad del casino, en una dimensión, la del conflicto laboral, que constituye otro de los telones de fondo del libro. 

Así, la novela refleja también la tensión derivada de las reivindicaciones de los trabajadores, que se sublevan -en sordina, pues el poder de los amos es implacable- ante la precariedad de sus condiciones laborales y vitales. El movimiento obrero está, pues, muy presente en la obra, y por tanto el conflicto social, la confrontación entre el tradicionalismo de los pescadores, que ansían preservar su ancestral modo de vida, y la “revolución” de los obreros de las fábricas, que huyen de su “entorno” natural atraídos por la tentación de los mejores salarios (unos y otros sometidos a diferentes formas de explotación por quienes detentan la riqueza), el abandono progresivo del sector primario en beneficio de la industria y los profundos cambios que ello ocasiona (la población gallega era, en esos tiempos, fundamentalmente rural y muy descentralizada: solo el 5% de los núcleos de población contaban con más de 200 habitantes, como recoge un magnífico estudio sobre la novela de Luis Velasco; entre 1900 y 1930, los pobladores de las ciudades pasarán de suponer un 9% a un 15% del total, según la misma fuente, en un proceso que, de modo indirecto, se apunta en el libro), las convulsiones derivadas, en definitiva, del imparable ascenso del capitalismo industrial. Huelgas, sindicatos, manifestaciones, paros, presiones empresariales, accidentes laborales, reclamaciones salariales, protestas en pro de unas condiciones de vida dignas, el “decorado” habitual de esas décadas en tantas regiones del mundo, aparecen aquí también, en esa Galicia “premoderna” en una nueva manifestación de la profundidad sociológica de una obra excepcional. 

Y esa agitación laboral trasciende el ámbito del trabajo y se extiende hasta el terreno político. La lectura de Los gozos y las sombras permite al lector vivir los antecedentes inmediatos de nuestra guerra civil. Hay en todo momento un clima denso de violencia soterrada -que en ocasiones se explicita-, hay rudeza y crueldad, hay brutalidad e injusticia, hay odio reprimido e inmemoriales agravios sin perdonar, hay un aire último -ahogado, a duras penas contenido- de rabia y ferocidad. Torrente describe con maestría, sin necesidad de simplistas subrayados didácticos, esta olla a presión que era Pueblanueva, y por metafórica extensión Galicia y España entera, una caldera en la que las inicuas desigualdades sociales, los injustificables abusos de los señores, la chulería impune de los nuevos ricos, la rabia y el afán de venganza de los oprimidos, unidos a las disensiones políticas entre las derechas tradicionalistas y retrógradas, despreciables en la defensa de sus soeces privilegios, y unas izquierdas -buenas gentes idealistas manipuladas por un socialismo que coquetea con los caciques, por un comunismo sin escrúpulos, y por un anarquismo ignorante e intransitivo- divididas y corruptas en el ejercicio del poder republicano, acabarán por abocar al país a la debacle conocida, una imparable y funesta marea que el lector ve venir, impotente, ante los escasos e inútiles intentos de racionalidad que desde algún endeble frente se opone a ese animal hervidero de pasiones destructivas. En el libro están también, pues, las tendencias políticas, los partidos en liza en la época, la crispación posterior a las elecciones de febrero de 1936, el germen de la guerra civil, en otro motivo adicional de interés más allá de la mera -y desbordante- potencia narrativa de un autor cuyo apellido parece anticipar la caudalosa fuerza de su prosa. 

Desde el punto de vista estrictamente literario, quiero resaltar, brevemente ya, algunos de los elementos que han llamado mi atención. Víctor García de la Concha sostiene, en su prólogo a una de las ediciones de la obra, que el propio Torrente rehusaba las etiquetas del realismo o el costumbrismo para calificar su novela, pero lo cierto es que ambos extremos -el retrato verosímil del alma y la vida humanas y la descripción fidedigna de las costumbres y rituales sociales de una comunidad- están presentes en Los gozos y las sombras, y lo están, a mi juicio, de una manera afortunada y fecunda, que enriquece su lectura, por más que otras vertientes -las ya reseñadas: psicologista, filosófica, económico-social, laboral o política- engrandezcan su magnitud. En este sentido, la representación de esa Galicia no ya decimonónica sino medieval resulta excepcional. 

Algo de decimonónico hay, también, en el planteamiento narrativo del autor: el narrador omnisciente, la estructura lineal, el detenimiento en los detalles, la “fotografía” de la realidad social, el lenguaje cercano a los usos cotidianos de las gentes, la indiscutible -y a la vez ambigua- propuesta moral, el cuestionamiento del matrimonio y de las formas tradicionales de sexualidad. Aunque es explícita, igualmente, la voluntad de experimentación (Torrente había leído a Proust y Joyce), con constantes cambios de perspectiva, que se centra ahora en lo individual para pasar luego a lo colectivo y volver más adelante a lo singular; con la aparición de una voz anónima -¿habla el pueblo?- al comienzo y al final de la obra, así como en algún otro interludio entre capítulos; con el magistral y exhaustivo uso de los diálogos -Los gozos y las sombras es una novela dialogada-; con la cultura y la erudición subyacentes, presentes -sin abrumar- en citas y referencias a autores, a teorías, a movimientos, a ideas filosóficas, a acontecimientos históricos, también a tradiciones, leyendas, costumbres; con la apertura del relato a decenas de historias secundarias que se imbrican en la trama principal; con, en consecuencia, la condición coral, ya reseñada, de la novela. 

El erotismo es, por último, otro de los elementos que impregna la novela de manera ostensible. Ese mundo de pasiones, de violencia primordial, de oscuros impulsos naturales, de sometimiento y poder, de animalidad y represión, tiene en el sexo una manifestación muy notable. La actitud depredadora de Cayetano, que “disfruta” de las mujeres a su antojo; la desbordada e impotente lascivia de los asiduos del casino; el melancólico furor sexual de Don Baldomero; la enardecida frigidez (valga el oxímoron) de su mujer, Doña Lucía; la rotunda y desprejuiciada carnalidad de Rosario, la obsesiva contención de Inés; la torturada represión de las beatas; el vivo deseo y la autosatisfacción de Clara; y hasta la gélida inhibición de Carlos, que, además, tiene sus “devaneos” intelectuales con el psicoanálisis, constituyen algunos de los afloramientos del erotismo y el sexo en un libro que, en este sentido, rezuma una voluptuosidad difícil de digerir -imagino- para la censura de la época. 

Magnífico libro -una obra maestra-, pues, este inabarcable Los gozos y las sombras, como puede deducirse de los múltiples frentes que abarca y que he querido presentaros en mi comentario. Y magnífica también, al decir de la crítica, su traslación televisiva, de la que apenas guardo vagos recuerdos y que no he podido volver a ver, pese a que se encuentra disponible en su integridad en la página de Radiotelevisión española. En mi memoria apenas quedan la bien lograda atmósfera gallega, el carácter coral que la asocia a la película de La colmena, también de ese año, el clima de violencia soterrada, la insoportable prepotencia del señorito, el para la época atrevido tratamiento de las escenas eróticas (Torrente decía sin embargo que había más erotismo en su libro que en la serie) y la perturbadora presencia de Charo López. Dirigida por Ricardo Moreno Alba en 1982, la serie, que se emitió en trece capítulos con un estruendoso éxito de audiencia, contó con la participación de un elenco entre los que se encontraban, además de la guapa salmantina, Eusebio Poncela, Amparo Rivelles, Carlos Larrañaga, y una muestra de algunos de los mejores secundarios de la época, como Rosalía Dans Santiago Ramos, Manuel Galiana, Rafael Alonso, José María Caffarel, Isabel Mestres, Tito García, María Casal, Fernando Sánchez Polack o Pilar Bardem. 

Como complemento musical a mi reseña os ofrezco una pieza de Chopin, compositor muy presente en la novela. Se trata del Estudio Opus 10 número 3 en mi mayor, que puede oírse en un tráiler de la serie, cuya banda sonora corresponde a Nemesio García Carril.

La venida de Carlos Deza a Pueblanueva del Conde, si bien se considera, no fue venida, sino regreso. La precedieron anuncios, y aun profecías, especie de bombo y platillos con los que se quiso, como de acuerdo, rodearla de importancia; y hubiera estado bien si las esperanzas levantadas con tanta música no hubieran de ser desbaratadas luego por el propio interesado. Pero la música y la bambolla estuvieron de más. Carlos se fue, o más bien se lo llevaron, cuando era muchacho, y más tarde regresó. El número de los que vuelven nunca es tan grande como el de los que se van, y no puede decirse que todos los que regresan hayan de ser considerados como personajes. Unos traen dinero, automóvil y una leontina; otros, más modestos, un sombrero de paja y un acordeón; los más, una enfermedad de la que mueren, y todos, todos, el acento cambiado y cierta afición a hablar de los que todavía quedan en la emigración, de los que han de volver y de los que ya no volverán, por vergüenza de su mala suerte o porque se han muerto. En cierto modo, todos éstos forman grupo; en la calle, los días de feria, o en el Casino, si son socios; por haber estado lejos y haber visto mundo, se les considera, y por la experiencia que tienen, se les consulta sobre las elecciones, o si conviene poner la fuente nueva aquí o allá, o si verdaderamente importa mantener las líneas de autobuses con La Coruña o pedir al Gobierno que de una vez haga el prometido ferrocarril. Pero Carlos, ni estuvo tan lejos, ni se ha traído automóvil, ni una leontina, ni siquiera un acordeón; y si se le pregunta sobre la fuente nueva, se encoge de hombros y sonríe. 

Quedamos en que, más que venida, fue regreso el suyo y que no había para qué ponerse así. Pero si sobraban los anuncios y las profecías, hay que reconocer que no era difícil haberlas hecho. Porque, sin ser de los que van a América, donde hay que pelear con la suerte y con la muerte, otros como él también se fueron, y volvieron. De unos, nadie lo recuerda, apenas: así de don Fernando, padre de Carlos, que llegó a diputado, y un día regresó, se casó y vivió en su pazo, hasta que marchó de nuevo sin que se haya sabido a dónde, ni cómo, ni por qué. Doña Mariana también se había marchado, puesto que regresó, y esto es también historia antigua, pero sabido de todos. Que el padre de Carlos y doña Mariana se hubieran ido y hubieran regresado, nada prejuzga. Pero también se fue y regresó Eugenio Quiroga, y, más tarde, Juanito Aldán; y lo de estos dos ya supone algo. Era fácil decir: también volverá Carlos. Era fácil. Y no había para qué ponerse así. 

La primera en sacar las cosas de quicio fue doña Matilde, su madre. Que la pobre lo hiciera no tiene nada de extraño. Le llegaban con cuentos de Cayetano Salgado. Le decían, por ejemplo: «Cayetano hace, o tiene, o puede»; y ella respondía: «Ya verán cuando venga mi hijo». O bien alguien aseguraba que Cayetano era muy guapo; y entonces ella mostraba el retrato de Carlos, que siempre fue feo hasta en fotografía. O se hacían las amilagradas de que Cayetano estuviese en Londres, y ella hablaba de Viena como de ciudad más importante, en la que nadie de Pueblanueva había estado ni había oído hablar; porque decir de los valses que eran de Viena era como decirlo del pan. Quién creyó que Viena era una panadería, y cuando doña Matilde mostraba las tarjetas postales con palacios, iglesias y parques, abría la boca de una cuarta: «¡Ah! ¿Es que el pan viene de ahí?». 

La pobre doña Matilde se pasó varios años hablando de la vuelta de su hijo, casi amenazando con ella, y se murió sin verla, pero segura de que un día había de acontecer. Todas las disposiciones del testamento la daban por segura. Hubiera sido un mal hijo Carlos de quedarse en el extranjero, o de irse a Madrid directamente sin pasar por Pueblanueva. ¡Si hasta el lugar del cementerio donde yacía doña Matilde era provisional, porque había dispuesto que su hijo eligiese la huesa definitiva! ¡Bah! ¡Tanto preocuparse por lo que pase después de muerta!...

   Videoconferencia (como de costumbre, deplorable técnicamente)
Gonzalo Torrente Ballester. Los gozos y las sombras

miércoles, 11 de noviembre de 2020

BENITO PÉREZ GALDÓS. FORTUNATA Y JACINTA. MISERICORDIA

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca que esta tarde continúa con su propuesta, persistente desde hace unas fechas, de presentaros libros que coincidiendo en su indudable calidad comparten también una vasta extensión. Nuestra intención es contribuir desde aquí, muy modestamente, a satisfacer la doble necesidad de lectura que reclaman tanto estas semanas de encierro forzoso, más o menos mitigado, como las que ya se vislumbran en el horizonte, que nos traen las vacaciones navideñas, bien que anómalas este año, con sus interminables días de ocio, tan propicios a nuestra sosegada demora entre las páginas de un libro. 

Hoy, además, mis sugerencias, en plural, pues son dos los libros y dos las películas, y además una serie televisiva, sobre los que se centrará mi reseña, se acomodan a otra razón de oportunidad. Como sin duda sabéis, pues los medios de comunicación se han hecho eco de la efeméride desde que empezó el año, el 4 enero de este 2020 se cumplieron los cien de la muerte de Benito Pérez Galdós, el prolífico escritor canario, uno de los más destacados de nuestra lengua española. Con esta excusa quiero proponeros ahora la lectura de dos de las mejores manifestaciones de su quehacer novelístico y que, como otros títulos del autor, han sido objeto de interesantes reediciones con ocasión del centenario (solo en Alianza hay publicados ¡sesenta y cinco títulos! de su vasta “producción”). Se trata de Fortunata y Jacinta, que pasa por ser la obra maestra de Galdós, y de Misericordia, también excelente aunque sin la universal repercusión de la primera. 

De Fortunata y Jacinta hay, como puede imaginarse, decenas de ediciones. Yo tengo dos, la clásica, y podríamos decir ya “de referencia”, de la Biblioteca Castro, de 1993, austera y espléndida, como todas las publicaciones de la firma, y que cuenta con un sucinto prólogo de Domingo Ynduráin, con valiosas sugerencias de lectura; y la muy actual, presentada en este 2020 por María Robledano y Jesús Egido para la editorial Reino de Cordelia, que incluye una breve pero interesante introducción de José María Merino, escritor y académico, y que se acompaña de las ilustraciones, para mi gusto prescindibles y de escasa relevancia, pues poco contribuyen a ampliar los límites de la obra, de Toño Benavides. La novela original se publicó en cuatro tomos independientes entre enero de 1886 y junio de 1887. El texto de Reino de Cordelia parte de la versión “canónica” fijada por la catedrática Yolanda Arencibia para la edición del Cabildo de Gran Canaria, que a su vez se basa en la primera de la novela, publicada por la editorial La Guirnalda en 1887 en volúmenes independientes, pero que incorpora algunas novedades discutibles y hasta polémicas (inimaginables en la edición, más ortodoxa, tutelada por Ynduráin) que “pulen” ciertos arcaísmos de la primitiva redacción: se suprimen las comillas (necesarias en la época) cuando se refieren a palabras hoy ya incorporadas al Diccionario de la Lengua, se adapta la ortografía a la actualmente aconsejada por la Real Academia, se modifican la puntuación y las marcas de diálogo para acomodarlas a las convenciones del presente, se corrigen algunos lapsus textuales y, sobre todo, se convierten sistemáticamente las formas verbales con pronombre pospuesto (separábanse, volviose, comprendiolo, etc.) en otras que anteponen el pronombre (se separaban, se volvió, lo comprendió…), siguiendo, como apuntan los editores, el uso habitual de hoy. 

En el caso de Misericordia, que también aparece, obviamente, en las obras completas de Galdós de la Biblioteca Castro, yo acabo de leer la reciente edición presentada este mismo año por Navona, en su muy cuidada colección Los ineludibles, de la que ya he hablado aquí en otras ocasiones. El volumen, precioso, con la habitual encuadernación en tela marca de la casa, con elegante cinta de registro y de formato muy acogedor y manejable, se abre con un esclarecedor y entusiasta prólogo de Antonio Muñoz Molina y con un prefacio del propio autor, también muy ilustrativo, incluido en la traducción al francés de 1913. 

Por otro lado, de Fortunata y Jacinta hay una película de 1970, del realizador Angelino Fons, y una serie televisiva, dirigida en 1980 por Mario Camus, que Radio Televisión Española ha redifundido en el primer trimestre del año y a la que me referiré brevemente al término de esta reseña. En el caso de Misericordia, puede verse una adaptación teatral para televisión, de 1974, con un elenco plagado de los grandes actores españoles del momento. 

De Galdós, tanto por su condición de figura señera de la literatura española como por el hecho de que hayan transcurrido cien años de su desaparición y, en consecuencia, sean varias las generaciones de estudiosos interesados en su vida y en su obra, se ha escrito todo lo imaginable (y aún lo inimaginable: he podido consultar, en mi labor de búsqueda de información para elaborar esta reseña, las actas de un Congreso en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense madrileña, celebrado en 1989, con más de sesenta ponencias sobre el autor canario, casi treinta centradas en Fortunata y Jacinta; setecientas páginas en las que se estudian desde la “semántica de la perspectiva” hasta las “288 alusiones a la muerte”, pasando por cuestiones tan abstrusas como la “Sociología de la sexualidad, semiótica de la seducción”, “La economía doméstica”, “Sor Marcela y el ratón” (a propósito de un episodio del libro) o ¡”Eficacia del retículo binario en la imagen femenina de Fortunata y Jacinta”! -los signos de admiración son míos-, todas ellas referidas a la novela que ahora os comento). Carece de sentido, pues, que a estas alturas yo, desde mi supina ignorancia de modesto aficionado a la lectura, pretenda ahora aportar alguna idea novedosa en la presentación de mis sugerencias de esta tarde. He decidido, por tanto, antes de hacer un breve comentario sobre cada uno de los libros, poneros en contacto, si no lo estáis ya, con algunas de las polémicas intelectuales que han surgido en estos meses en relación a la controvertida figura literaria de Galdós, una porfía -casi siempre serena, educada, respetuosa, teórica y muy interesante- que ha contado entre sus contendientes con figuras de la talla de Javier Cercas, Antonio Muñoz Molina, Almudena Grandes, Andrés Trapiello, Mario Vargas Llosa, José María Merino, Javier Marías, Marta Sanz o la reciente, y muy discutida, Cristina Morales, Premio Nacional de narrativa en 2019. Este “enfrentamiento” actual es, en cierto modo, la reedición de otros de décadas pasadas -a menudo muy “cruentos”-, con la presencia de Rosa Chacel, Juan Benet o Francisco Umbral, y antes Valle-Inclán, Menéndez Pelayo, Baroja, Federico García Lorca, Max Aub, Jacinto Benavente, Clarín, Gregorio Marañón, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, Octavio Paz o Luis Buñuel, como principales militantes de ambos “bandos”, el pro y el anti galdosiano. En su tiempo, la “disputa” provocó incluso la división entre quienes lo propusieron insistentemente para el Premio Nobel y quienes, desde “dentro”, boicotearon con la misma reiteración -y con más éxito- su designación. 

Se trata, en cualquier caso, de discusiones estériles y meramente literarias, que se agotan en el estrecho círculo -pese a su amplia difusión- de lo que Trapiello llama “el club de las almendritas saladas”, la élite literaria del país, muy ajena a la gente, a ese pueblo en cuyo nombre muchas veces dice hablar. Por el contrario, desde el punto de vista de los lectores Galdós fue siempre fue un escritor admirado, muy popular, y los treinta mil ciudadanos que se echaron a la calle en el Madrid de entonces para llorar su muerte asistiendo a su entierro dan fe de ello. Esa apelación al entusiasmo suscitado en el lector común y no al lugar que el autor debiera ocupar en las siempre subjetivas páginas de la historia de la literatura es la que me mueve a recomendaros encarecidamente la lectura de los dos libros. 

El debate, no obstante, tiene que ver con la consideración que damos a la literatura y a lo que, pretendidamente, debiera ser su función. Vuelvo a traer a colación aquí la categórica taxonomía de Cortázar acuñada para establecer la diferencia entre el lector “macho” que, exigente, construye el texto, lo reelabora, lo trabaja, lo penetra, y el lector “hembra”, el cual, más pasivo, se deja llevar por él, atravesado, arrastrado por la fuerza arrolladora de una escritura que no le ofrece otra opción que la ciega aceptación. Esa tipificación de las dos grandes “maneras” lectoras se corresponde con otros dos -igualmente vastos- planteamientos de la figura del escritor: por un lado, el que podríamos llamar creador o innovador, que experimenta con el lenguaje, que no se pliega a las convenciones cronológicas del relato, que rompe la estructura más previsible de la narración, que no se lo da todo hecho al lector, que, en realidad, no cuenta historias sino que “se” deja discurrir a lo largo de su texto; un texto en el que el protagonismo no recae ni en los personajes ni en la acción sino en la experiencia verbal, en una suerte de juego, refinado y muy intelectual, cercano a las digresiones y búsquedas y tanteos del jazz. Es el caso de escritores, como Juan Benet, Goytisolo o el propio Marías, ambiciosos y atrevidos, poco complacientes, algo ensimismados y solipsistas, que fuerzan al lector, lo comprometen y lo obligan a una tarea de “reelaboración” del texto -arduo, complejo, extraño, difícil, exigente- que le ponen ante sus ojos. Por otro lado, tendríamos a los narradores “decimonónicos” -como rasgo de estilo, al margen del siglo al que pertenezcan- que se ocupan de llevar de la mano al lector, que lo embeben en una historia de la que manejan todas las claves, que lo dejan sin respiro ante un poderoso caudal narrativo frente al que solo cabe la aceptación y el obediente fluir, que lo seducen y lo encandilan, que lo arrebatan y lo transportan sin margen para la propia iniciativa. 

Una muestra bien conocida de esta divergencia entre dos planteamientos literarios aparentemente opuestos (en muchos de los nombres citados la diferencia no es tal, ni siquiera en su propia obra) lo constituye el muy mencionado capítulo 34 de Rayuela, en el que Horacio Oliveira, el protagonista de la novela de Cortázar, hojea un libro que está leyendo la Maga, precisamente una de Benito Pérez Galdós, Lo prohibido, un modelo de literatura que el escritor aborrece. Cortázar, en lo que entonces resultaba ser un ejercicio innovador, intercala en el capítulo el texto de Galdós y las reflexiones descalificatorias de Oliveira, alternando en las líneas pares e impares el discurrir de ambos “relatos”. Es así como el escritor argentino, abanderado por excelencia de la experimentación literaria, manifiesta su rechazo a ese modo de escribir -y de narrar- anquilosado, anticuado, trivial: Y las cosas que lee, una novela, mal escrita, para colmo una edición infecta, uno se pregunta cómo puede interesarle algo así. Pensar que se ha pasado horas enteras devorando esta sopa fría y desabrida, tantas otras lecturas increíbles (entresacando las frases de las líneas pares). 

Algo de esta burda simplificación -Cortázar se desdijo años más tarde de este reduccionista maniqueísmo y se confesó buen lector y aun admirador del canario-, aunque con más matices, persiste en el actual debate. Desde una determinada posición -Javier Cercas como ejemplo actual- se critica en Galdós su visión pedagógica y militante de la literatura, su “toma de partido”, su paternalismo, su necesidad de subrayar lo moralmente aceptable, de remarcar el lado de la Historia en que resulta conveniente situarse, su intención explícita por opinar, por pronunciarse, por “intervenir”, por decirle al lector -pasivo e indefenso- lo que debe pensar, de “inculcarle” sus valores, sus verdades (sin discutir la encomiable moralidad, dirá el escritor extremeño-catalán, de las causas que defiende), llegándose a tachar de propaganda gran parte de su obra y rechazando su falta de objetividad e imparcialidad. Además, en un segundo eje argumentativo, se denuesta el carácter redundante de su discurso literario, pues esa constante remisión a los hechos históricos, referidos y “calificados” en sus novelas, esa expresa voluntad de mostrar su tiempo, se manifiesta, a la postre, como una reiteración innecesaria de la Historia, cuando ambas, verdad histórica y verdad literaria, debieran caminar por sendas distintas: la primera concreta, factual, documentada y “objetiva”, mientras que la de la literatura debiera ser una verdad moral, universal, esa verdad elusiva, huidiza, paradójica, contradictoria y esencialmente irónica que sólo las novelas contienen, siempre en palabras de Cercas. Esa imagen del Galdós limitado, prosaico, condescendiente con el público, popular en el peor sentido del término, realista en la menos noble de las acepciones del vocablo, vulgar y hasta rancio, está ya en Valle-Inclán, furibundo oponente del canario, cuando en Luces de Bohemia hacía que uno de sus personajes se refiera a él como “don Benito el garbancero”. 

La reacción desde la otra vertiente, Almudena Grandes, Andrés Trapiello, Antonio Muñoz Molina -que, significativamente, muestran muchas diferencias, literarias e ideológicas entre ellos-, parte de la humanidad profunda de Galdós, de la convicción de que no nos hallamos ante un doctrinario, un moralista inflexible o un burdo panfletista; por el contrario, siendo nítida su posición vital e intelectual -heterodoxa, anticlerical, de izquierdas- y clara igualmente su “apuesta” por mostrar las desigualdades e injusticias sociales, el conflicto entre clases; siendo clara también -y encomiable- su voluntad de dar voz a quien no la tiene, a los desfavorecidos y marginados, a quienes pueblan los barrios bajos de “su” Madrid, hay en él, por encima de todo, verdad, verdad universal, un reflejo, complejo y fidedigno, de la vida, de los seres humanos (cuatro mil personajes surcan sus novelas), de sus pasiones y sus deseos, de sus preocupaciones y sus afanes. 

Quien, como ocurre en mi caso, no se siente, en relación con la lectura, demasiado interesado por las clasificaciones ni por las etiquetas académicas, ni mucho menos por las banderías y las tomas de posición partidistas, puede encontrar sin dificultades razones para compartir cualquiera de las dos tesis aquí someramente expuestas. Mi posición al respecto ha de ser, además, especialmente cautelosa, sobre todo cuando mi conocimiento del escritor canario se limita a la lectura de cuatro o cinco de sus libros, frente a los casos de la mayor parte de los citados, lectores de gran parte de su vastísima obra. A mi modesto criterio, pues, en Galdós hay narración “dirigista” y creación libre, voluntad pedagógica y respeto al lector, aceptación de las convenciones formales de la novela decimonónica e innovación fecunda. En Fortunata y Jacinta y en Misericordia, por centrarme en las dos novelas que ahora os presento, la peculiar “idiosincrasia” de Galdós aflora en todos esos rasgos mencionados -incluso en los calificados como opuestos por defensores y detractores-, así como en otros muchos de interés, claves en su obra, y es por ello por lo que resulta apasionante la lectura de ambas novelas, de las que quiero, tras despachar brevemente sus respectivas tramas argumentales, comentaros a vuelapluma algunos elementos que me han parecido singulares y relevantes, además de los ya citados. 

Fortunata y Jacinta, de subtítulo explícito, Dos historias de casadas, narra, en efecto, las historias de dos mujeres, ambas muy guapas, de clases sociales distintas -Fortunata, analfabeta y de vida miserable, primaria y algo salvaje, fuerte y curtida por la vida aunque inocente y noble, reflejo de lo popular, de la incultura y la ausencia de educación, pero también de la bondad natural pervertida por las condiciones ambientales, y su contrafigura, Jacinta, delicada y modesta, de figura y cara porcelanescas, una señorita burguesa, bienintencionada e ingenua, algo tontorrona aunque también valiente y decidida- que están enamoradas de un mismo hombre, el egoísta, mujeriego y voluble Juanito Santa Cruz. En una novela coral, por la que discurren varios centenares de personajes, Galdós aprovecha el relato de las vicisitudes de las existencias de los tres protagonistas principales para mostrar la vida del Madrid y de la España de las últimas décadas del siglo XIX, en un amplio recorrido que abarca distintos estratos sociales. Misericordia, también en un resumen apresurado, se centra en las andanzas de la conmovedora y ejemplar Benina, una criada -la criada filantrópica, la llama el autor- que mendiga, con la compañía del ciego Almudena, para ayudar a su señora, doña Paca, una mujer burguesa, estirada y derrochadora, arruinada tras su viudez. El propio Galdós confesaba en el referido prólogo a la primera edición francesa que con el libro se había propuesto descender a las capas ínfimas de la población describiendo en su “inmersión” la pobreza, la estrechez, la miseria, la indigencia y las penurias de un sector de la sociedad siempre desfavorecido y marginado. 

Ese es, precisamente, el primer aspecto que, en mi opinión, merece la pena resaltar en ambas novelas: el interés y la preocupación por lo que podríamos llamar cuestión social. Mientras avanzamos en sus páginas vamos conociendo los distintos escenarios de la vida social, salones burgueses, cafés bohemios, tertulias políticas, palacetes de señores distinguidos, alcobas de familias acomodadas, locales nocturnos para el ocio de señoritos, bailes y casinos, reformatorios e instituciones tutelares, conventos, iglesias y sacristías, comercios de toda índole (hay un interesante artículo académico sobre el asunto: “El concepto de comercio total en Fortunata y Jacinta”, de Salvador Oropesa), negocios de venta al por mayor y establecimientos de comidas, trastiendas de farmacias y expendedurías de géneros diversos, tiendas de filigranas y joyerías, relojerías y ultramarinos, casas de empeño y de misericordia, pero también, y sobre todo, corralas infectas, habitaciones sórdidas que albergan una turbamulta de niños mal vestidos y peor alimentados, calles misérrimas pobladas por tabernas y figones, mercados, pollerías y cesterías, cordelerías, carbonerías, tiendas de ataúdes o quincallerías (y todo ello enmarcado en vívidas descripciones del entorno urbano, las farolas, los coches de caballos, los tenderetes, las calzadas enlodadas). En el recorrido por este Madrid de desigualdades resulta muy significativa, pues concentra lo esencial de este planteamiento, la visita de Jacinta y Doña Guillermina a la vivienda que fue de Fortunata, en búsqueda del arisco Pituso, supuestamente hijo de la muchacha y del sinvergüenza de Santa Cruz. No me resisto a transcribir íntegro un párrafo fundamental: 

Después de recorrer dos lados del corredor principal, penetraron en una especie de túnel en que también había puertas numeradas; subieron como unos seis peldaños, precedidas siempre de la zancuda, y se encontraron en el corredor de otro patio, mucho más feo, sucio y triste que el anterior. Comparado con el segundo, el primero tenía algo de aristocrático y podría pasar por albergue de familias distinguidas. Entre uno y otro patio, que pertenecían a un mismo dueño y por eso estaban unidos, había un escalón social, la distancia entre eso que se llama capas. Las viviendas, en aquella segunda capa, eran más estrechas y miserables que en la primera; el revoco se caía a pedazos, y los rasguños trazados con un clavo en las paredes parecían hechos con más saña, los versos escritos con lápiz en algunas puertas más necios y groseros, las maderas más despintadas y roñosas, el aire más viciado, el vaho que salía por puertas y ventanas más espeso y repugnante. Jacinta, que había visitado algunas casas de corredor, no había visto ninguna tan tétrica y mal oliente. «¿Qué, te asustas, niña bonita? -le dijo Guillermina-. ¿Pues qué te creías tú, que esto era el Teatro Real o la casa de Fernán-Núñez? Ánimo. Para venir aquí se necesitan dos cosas: caridad y estómago». 

En ocasiones, la constatación de las insoportables diferencias surge de la voz de los personajes, en particular, de los despechados lamentos de Fortunata en los que explicita de modo amargo la radical arbitrariedad de las distinciones sociales; pero también en las reflexiones, de mayor profundidad intelectual, de Doña Guillermina, en las que es posible adivinar la postura del escritor. Y es que el propio Galdós no escatima, ya se ha dicho, sus comentarios y sus tomas de posición sobre la feroz injusticia reinante, en largos parlamentos con tono de diatriba política. 

Por estos variados escenarios de la desigualdad social pulula una pléyade de personajes: protagonistas, principales, secundarios, figurantes, meras sombras de aparición esporádica, pero todos espléndidamente caracterizados, en su dimensión exterior -fisonomía, vestimentas, registros lingüísticos- y en su psicología o sus actitudes morales, descritos en semblanzas magistrales en las que afloran sus distinciones de figura, palabra y carácter, como apunta el propio Galdós en un pasaje de Misericordia. Políticos y burgueses, aristócratas y amas de casa y criadas, sablistas profesionales, burócratas, clérigos, cesantes, medradores varios, pícaros, prostitutas, menestrales, comerciantes, horteras, crápulas, estudiantes, farmacéuticos y mancebos, correveidiles, mendigos… e infinidad de mujeres de toda clase y condición. Muchos de estos personajes saltan de unas novelas a otras, en una opción premeditada del autor, que confiesa (de nuevo en el referido prólogo a la primera edición francesa): Diferentes figuras vinieron a este tomo de los anteriores, El amigo Manso, Miau, los Torquemadas, etc., y del mismo modo, del contingente de Misericordia pasaron otras a los tomos que escribí después: es el sistema que he seguido siempre de formar un mundo complejo, heterogéneo y variadísimo, para dar idea de la muchedumbre social en un periodo determinado de la Historia, en otra de las claves de la literatura del canario. 

Las peripecias personales de todas estas gentes van unidas, a menudo, a episodios notables de la vida española de la época, en un correlato entre lo individual y lo colectivo (muy bien ilustrado en el antedicho prólogo de Ynduráin), que en ocasiones aparece como “casual” que pero que a menudo es explícito, en un paralelismo que el autor subraya expresamente como en este notable vínculo, que la voz del narrador pone de manifiesto, entre las frívolas idas y venidas sentimentales del voluble Santa Cruz -llamado también, el Delfín- y los avatares de la psicología colectiva de nuestro país: 

Quien supiera o pudiera apartar el ramaje vistoso de ideas más o menos contrahechas y de palabras relumbrantes, que el señorito de Santa Cruz puso ante los ojos de su mujer en la noche aquella, encontraría la seca desnudez de su pensamiento y de su deseo, los cuales no eran otra cosa que un profundísimo hastío de Fortunata y las ganas de perderla de vista lo más pronto posible. ¿Por qué lo que no se tiene se desea, y lo que se tiene se desprecia? Cuando ella salió del convento con corona de honrada para casarse; cuando llevaba mezcladas en su pecho las azucenas de la purificación religiosa y los azahares de la boda, le parecía al Delfín digna y lucida hazaña arrancarla de aquella vida. Lo hizo así con éxito superior a sus esperanzas, pero su conquista le imponía la obligación de sostener indefinidamente a la víctima, y esto, pasado cierto tiempo, se iba haciendo aburrido, soso y caro. Sin variedad era él hombre perdido; lo tenía en su naturaleza y no lo podía remediar. Había que cambiar de forma de Gobierno cada poco tiempo, y cuando estaba en república, ¡le parecía la monarquía tan seductora...! Al salir de su casa aquella tarde, iba pensando en esto. Su mujer le estaba gustando más, mucho más que aquella situación revolucionaria que había implantado, pisoteando los derechos de dos matrimonios. 

Desde este punto de vista, ambas novelas están plagadas de infinidad de referencias a algunos grandes acontecimientos de la historia de España, en otra de las claves de la obra galdosiana, que se convierte, así, en un magnífico documento para conocer nuestro pasado. El lector atraviesa unos textos punteados, pues, por fechas, nombres, incidentes y sucesos de singular relevancia en el acontecer de la segunda mitad del siglo XIX en nuestro país: revoluciones y movimientos de tropas, debates parlamentarios y dimisiones, broncas políticas y aprobación de leyes, reformas normativas y procesos electorales, enfrentamientos partidistas, asonadas y golpes militares, la abdicación de un rey, una fugaz experiencia republicana, una rama dinástica que se restaura. Pero Galdós -y ese es otro de sus méritos- no solo nos hace conocer la historia a través de la presencia constante, imbricados en la trama, de los personajes que la protagonizaron en primera línea, sino que su maestría le permite reflejar las circunstancias de la organización política y social de su tiempo sirviéndose de detalles menores que, en la mirada aguda del escritor, definen una época. Así ocurre, a modo de ejemplo, en este breve apunte, en el que, por otro lado, vuelve a manifestarse el afán didáctico del autor que tanto molesta a Javier Cercas (ese, en efecto, quizá irritante “pensad un poco”): 

¡Los trapos, ay! ¿Quién no ve en ellos una de las principales energías de la época presente, tal vez una causa generadora de movimiento y vida? Pensad un poco en lo que representan, en lo que valen, en la riqueza y el ingenio que consagra a producirlos la ciudad más industriosa del mundo, y sin querer, vuestra mente os presentará entre los pliegues de las telas de moda todo nuestro organismo mesocrático, ingente pirámide en cuya cima hay un sombrero de copa; toda la máquina política y administrativa, la deuda pública y los ferrocarriles, el presupuesto y las rentas, el Estado tutelar y el parlamentarismo socialista. 

Otro elemento muy notable -y muy estudiado también- es el de la originalidad de la figura del narrador, que adopta una voz omnisciente (y por ello imposible) que conoce los entresijos más íntimos de sus personajes porque, en cierto modo, es uno más de ellos, formando parte, siquiera tangencialmente, del universo retratado. Quien narra llega a confesar en ocasiones que recibe directamente de los protagonistas la información que nos transmite (Me ha contado Jacinta que una noche llegó a tal grado su irritación), en un que recurso que potencia el acercamiento del lector, contribuyendo a su mayor implicación en el relato, como ocurriría si se nos contara la historia en una conversación personal. 

Además, ese original narrador se inmiscuye de continuo en su discurso, con incisos, glosas, comentarios o apreciaciones que atraviesan el texto e interrumpen brevemente la descripción de los hechos. Son innumerables los ejemplos: Si Juanito Santa Cruz no hubiera hecho aquella visita, esta historia no se habría escrito. Se hubiera escrito otra, eso sí, porque por doquiera que el hombre vaya lleva consigo su novela; pero esta no. O también: Ved, pues, por qué pienso que se han de reír los que lean aquí ahora que Sor Marcela tenía miedo a los ratones. Y aquí: Como todo esto que cuento se refiere al año 74, natural es que en el café se hablara principalmente de la guerra civil. 

En este mismo sentido, el narrador titubea (Pasaron allí creo que ocho o diez días, encantados), se equivoca (A las doce de un hermoso día de Octubre, D. Manuel Moreno-Isla regresaba a su casa, de vuelta de un paseíto por Hyde Park... digo, por el Retiro. Responde la equivocación del narrador al quid pro quo del personaje), adelanta el futuro (Un año después de lo que ahora se narra estaba ya aquel planeta errante, puedo dar fe de ello, en su sitio cósmico. Platón descubrió al fin la ley de su sino, aquello para que exclusiva y solutamente servía), intercala acotaciones teatrales (tomándolo a broma, puntualiza, en relación a la actitud de un personaje), o inserta largas genealogías de los personajes ajenas a la trama. 

Más allá de la del narrador, son también singulares las voces de las muchas gentes que pueblan las novelas, cada uno con su léxico particular, con sus registros lingüísticos específicos, aportando un valor adicional a los libros. En Fortunata y Jacinta, y, sobre todo en Misericordia prolifera la jerga “de la calle” (en esta obra, como vera el que leyere, prodigo sin tasa el lenguaje popular salpicado de idiotismos, elipsis y solecismos, tan donosos como pintorescos, avanza el autor en el prólogo mencionado), como en este discurso del ciego Pulido, uno de los mendigos: Y me paice a mí -decía para sus andrajos el buen Pulido, bebiéndose las lágrimas y escupiendo los pelos de su barba-, que el amigo San José también nos vendrá con mala pata... ¡Quién se acuerda del San José del primer año de Amadeo!... Pero ya ni los santos del cielo son como es debido. Todo se acaba, Señor, hasta el fruto de la festividá, o, como quien dice, la probeza honrada. Todo es por tanto pillo como hay en la política pulpitante, y el aquel de las suscriciones para las vítimas. Yo que Dios, mandaría a los ángeles que reventaran a todos esos que en los papeles andan siempre inventando vítimas, al cuento de jorobarnos a los pobres de tanda. Limosna hay, buenas almas hay; pero liberales por un lado, el Congrieso dichoso, y por otro las congriogaciones, los metingos y discursiones y tantas cosas de imprenta, quitan la voluntad a los más cristianos... Lo que digo: quieren que no haiga pobres, y se saldrán con la suya. Pero pa entonces, yo quiero saber quién es el guapo que saca las ánimas del Purgatorio... Y la singular jerga del moro Almudena es recogida con un oído finísimo por el autor. 

En fin, no cabe ya extender más esta muy larga reseña. No puedo, pues, comentar otros elementos interesantes de estas dos novelas de Benito Pérez Galdós cuya lectura os recomiendo con entusiasmo: la riqueza y fluidez de los diálogos; la hondura en la descripción de la psicología del alma humana; el sugestivo planteamiento de diversos problemas morales, como el conflicto entre naturaleza y sociedad, o entre civilización y barbarie; la comprensiva y generosa reivindicación del papel de las mujeres (Pobres mujeres! -exclamó-. Siempre la peor parte para ellas, puesto en boca de Jacinta); el humor constante, presente tanto en algunos personajes disparatados (Don Ido del Sagrario y sus desvaríos, el fantasioso Pepe Izquierdo o el presumido y patético Frasquito Ponte, como ejemplos destacados), de índole cervantina, como en apostillas hilarantes, de una punzante ironía: Su mujer competía en elegancia con una boya de las que están ancladas en el mar para amarrar de ellas los barcos. Su paso era difícil, lento y pesado, y cuando se sentaba, no había medio de que se levantara sin ayuda. Su cara redonda semejaba farol de alcaldía o Casa de Socorro, porque era roja y parecía tener una luz por dentro; de tal modo brillaba. 

Sí quiero, sin embargo, comentar muy brevemente la serie televisiva con base en Fortunata y Jacinta. A mi juicio, no ha resistido al paso del tiempo (he leído críticas recientes que hablan de ella en términos muy elogiosos, considerándola una de las obras cumbre de Mario Camus, y no puedo estar en mayor desacuerdo). Sorprende, si comparamos con otras añejas traslaciones televisivas de obras literarias, singularmente las británicas (pienso en Yo, Claudio o Retorno a Brideshead), lo mal que ha envejecido, sobre todo formalmente: absurda selección del casting (siendo una coproducción hispano-franco-suiza, imagino la imposición de un elenco multinacional, pero la elección de François Eric Gendron (muy guapo, pero inexpresivo) para el papel de Juanito Santa Cruz es, simplemente, delirante); actores de una artificiosidad estomagante (se salvan, con nota, una bellísima Ana Belén, de inocencia arrebatadora, aunque de cutis sin mácula, manos perfectas, dentadura blanquísima e impecable, rasgos imposibles en una mujer de la vida en el siglo XIX; también María Luisa Ponte, siempre convincente, Berta Riaza, en su papel de severa y mandona Doña Guillermina, y el como siempre soberbio Fernán Gómez en su fugaz presencia -poco más de un capítulo-; pero no lo hacen, a mi juicio, una Charo López deslumbrante pero demasiado fina para el papel de Mauricia “la dura”, un Paco Rabal excesivo, una Mari Carrillo fingida y siempre “actriz”, una Maribel Martín insulsa, unos Ciges, Aleixandre, Algora y el resto de secundarios, postizos); textos declamados con una impostación teatralizada (la serie está grabada sin sonido directo, doblada, pues, a posteriori, lo que resulta especialmente notorio y molesto en el caso de los intérpretes extranjeros); decorados que parecen de cartón piedra (incluso los que se corresponden con entornos realmente existentes); dirección artística de obra teatral escolar (se adivina el velcro en barbas y patillas); ridícula resolución de las escenas con encuentros sexuales (forzado peaje de la época, pues no existen en la, en este sentido, discreta versión novelística); secuencias cortadas abruptamente en unas a menudo disparatadas opciones de racord; elipsis inimaginables; ritmo cinematográfico premioso e ineficaz (un carruaje a la entrada de un hotelito, visto desde atrás durante diez agotadores segundos de plano fijo antes de que, por fin, se apeen de él Juanito y Jacinta, a los que apenas podemos ver porque se adentran súbitamente en el establecimiento… para reaparecer en el plano siguiente, sin solución de continuidad, en el interior del cuarto; o una Doña Bárbara a la que vemos recorrer íntegro un pasillo, lenta y demoradamente -perdiendo el tiempo- para rehacer su camino al instante tras el sonido del timbre de la puerta); o los planos de las calles de Madrid, intercalados entre secuencias, para intentar transmitir -inútilmente, porque la ambientación es de baratillo- el color local que impregna la novela; o el énfasis de realizador -y aquí sí que resulta insoportable, no así en el libro- en subrayar en los parlamentos de los protagonistas un explícito mensaje “progre”, de nuevo fruto, muy probablemente, de las exigencias impuestas por aquellos lejanos días de la transición; la incorporación de pasajes inventados, no recogidos por Galdós, para intentar trasladar el espíritu de la novela (el ansia de Jacinta por ser madre, elemento central del libro que, por tanto, no podía hurtarse en su paso a la pantalla, se “resuelve” con largos pasajes en los que Maribel Martín, la actriz que interpreta a la joven, contempla en planos interminables a unos niños que juegan en la calle o, en un recurso surreal y poco acorde con la atmósfera de la obra literaria, sueña (los sueños ocupan un papel destacado en la novela) con un niño -bien talludito- al que amamanta -el infante bastante reticente- en una escena que acaba abruptamente con una muñeca de porcelana que se rompe y despierta a la impasible e inexpresiva -lo es la actriz- protagonista); y, para terminar, la habitual -en aquellos años- superabundancia de zooms, flous, veladuras, voces en off, algún inconcebible trávelin cámara en mano, y cuanta pobre invención técnica poblaba las películas españolas -y no solo, debo conceder- en aquellos tiempos tan… “modernos”. En fin, interesante como documento meramente sociológico, pero, desde mi punto de vista, mejor dedicar el tiempo a la magnífica novela. 

Como complemento musical a mi reseña os ofrezco “El coro de las costureras”, un fragmento de El barberillo de Lavapiés, una zarzuela de 1874 que suena en uno de los capítulos de la serie. Sobre la pertinencia del uso de la pieza en el contexto de la obra galdosiana podéis leer en internet un interesante artículo sobre “la recreación de las prácticas musicales de la España del siglo XIX a través de la ficción televisiva”, escrito por la profesora de la Universidad de Salamanca Judith Helvia García Martín. 


Eran tres las que así chismorreaban, sentaditas a la derecha, según se entra, formando un grupo separado de los demás pobres, una de ellas ciega, o por lo menos cegata; las otras dos con buena vista, todas vestidas de andrajos, y abrigadas con pañolones negros o grises. La señá Casiana, alta y huesuda, hablaba con cierta arrogancia, como quien tiene o cree tener autoridad; y no es inverosímil que la tuviese, pues en donde quiera que para cualquier fin se reúnen media docena de seres humanos, siempre hay uno que pretende imponer su voluntad a los demás, y, en efecto, la impone. Crescencia se llamaba la ciega o cegata, siempre hecha un ovillo, mostrando su rostro diminuto, y sacando del envoltorio que con su arrollado cuerpo formaba, la flaca y rugosa mano de largas uñas. La que en el anterior coloquio pronunciara frases altaneras y descorteses tenía por nombre Flora y por apodo la Burlada, cuyo origen y sentido se ignora, y era una viejecilla pequeña y vivaracha, irascible, parlanchina, que resolvía y alborotaba el miserable cotarro, indisponiendo a unos con otros, pues siempre tenía que decir algo picante y malévolo cuando los demás repartijaban, y nunca distinguía de pobres y ricos en sus críticas acerbas. Sus ojuelos sagaces, lacrimosos, gatunos, irradiaban la desconfianza y la malicia. Su nariz estaba reducida a una bolita roja, que bajaba y subía al mover de labios y lengua en su charla vertiginosa. Los dos dientes que en sus encías quedaban, parecían correr de un lado a otro de la boca, asomándose tan pronto por aquí, tan pronto por allá, y cuando terminaba su perorata con un gesto de desdén supremo o de terrible sarcasmo, cerrábase de golpe la boca, los labios se metían uno dentro de otro, y la barbilla roja, mientras callaba la lengua, seguía expresando las ideas con un temblor insultante. 

Tipo contrario al de la Burlada era el de la señá Casiana: alta, huesuda, flaca, si bien no se apreciaba fácilmente su delgadez por llevar, según dicho de la gente maliciosa, mucha y buena ropa debajo de los pingajos. Su cara larguísima como si por máquina se la estiraran todos los días, oprimiéndole los carrillos, era de lo más desapacible y feo que puede imaginarse, con los ojos reventones, espantados, sin brillo ni expresión, ojos que parecían ciegos sin serlo; la nariz de gancho, desairada; a gran distancia de la nariz, la boca, de labios delgadísimos, y, por fin, el maxilar largo y huesudo. Si vale comparar rostros de personas con rostros de animales, y si para conocer a la Burlada podríamos imaginarla como un gato que hubiera perdido el pelo en una riña, seguida de un chapuzón, digamos que era la Casiana como un caballo viejo, y perfecta su semejanza con los de la plaza de toros, cuando se tapaba con venda oblicua uno de los ojos, quedándose con el otro libre para el fisgoneo y vigilancia de sus cofrades. Como en toda región del mundo hay clases, sin que se exceptúen de esta división capital las más ínfimas jerarquías, allí no eran todos los pobres lo mismo. Las viejas, principalmente, no permitían que se alterase el principio de distinción capital. Las antiguas, o sea las que llevaban ya veinte o más años de pedir en aquella iglesia, disfrutaban de preeminencias que por todos eran respetadas, y las nuevas no tenían más remedio que conformarse. Las antiguas disfrutaban de los mejores puestos, y a ellas solas se concedía el derecho de pedir dentro, junto a la pila de agua bendita. Como el sacristán o el coadjutor alterasen esta jurisprudencia en beneficio de alguna nueva, ya les había caído que hacer. Armábase tal tumulto, que en muchas ocasiones era forzoso acudir a la ronda o a la pareja de vigilancia. En las limosnas colectivas y en los repartos de bonos, llevaban preferencia las antiguas; y cuando algún parroquiano daba una cantidad cualquiera para que fuese distribuida entre todos, la antigüedad reclamaba el derecho a la repartición, apropiándose la cifra mayor, si la cantidad no era fácilmente divisible en partes iguales. Fuera de esto, existían la preponderancia moral, la autoridad tácita adquirida por el largo dominio, la fuerza invisible de la anterioridad. Siempre es fuerte el antiguo, como el novato siempre es débil, con las excepciones que pueden determinar en algunos casos los caracteres. La Casiana, carácter duro, dominante, de un egoísmo elemental, era la más antigua de las antiguas; la Burlada, levantisca, revoltosilla, picotera y maleante, era la más nueva de las nuevas; y con esto queda dicho que cualquier suceso trivial o palabra baladí eran el fulminante que hacía brotar entre ellas la chispa de la discordia.

 Videoconferencia 
Benito Pérez Galdós. Fortunata y Jacinta

miércoles, 4 de noviembre de 2020

ELIZABETH JANE HOWARD. CRÓNICAS DE LOS CAZALET 
  
La propuesta de esta semana de Todos los libros un libro, estaba prevista inicialmente para ser radiada en las semanas inmediatamente precedentes al verano pasado, con su promesa de largas jornadas ociosas, tan favorables para la lectura. La imposibilidad material de llevar a cabo entonces su grabación a causa del primer confinamiento me hizo retrasar sine die su emisión, esperando el momento más propicio para radiarla. Ahora, con la perspectiva, por desgracia nada improbable, de un nuevo encierro, surge de nuevo la ocasión de recuperar mi propósito de aquellas fechas. Además, la cercanía -aún no inminente- de las navidades, que también se asocian a la disponibilidad de mayores períodos de tiempo libre y, en consecuencia, el aumento de las oportunidades y, quizá, de la voluntad de dedicación a la lectura, vuelven a recordarme la idoneidad de mi recomendación, que exige largas sesiones lectoras.

Y es que, efectivamente, son numerosas las páginas de la obra de la que quiero hablaros, cerca de dos mil cuatrocientas, aunque la mención a la “obra”, así, en singular, no refleja con exactitud la dimensión del proyecto literario que presentó hace ya treinta años su autora, la británica Elizabeth Jane Howard, bajo la rúbrica unitaria de Crónicas de los Cazalet, pues en su seno se albergan cinco volúmenes que, como luego veremos, recogen, con extraordinaria minuciosidad, las vidas de cuatro generaciones (los críticos hablan reiteradamente de tres, pero la cuarta -formada por todavía niños- tiene también presencia en el último tomo de la serie) de miembros de la entrañable familia inglesa cuyo apellido figura en el título. 

Elizabeth Jane Howard fue -murió en 2014- una escritora brillante y una mujer de existencia agitada, hasta el punto de que las repercusiones sociales de su trayectoria personal pudieron, en ocasiones, llegar a oscurecer su carrera literaria. Muy guapa en su juventud (un reportaje que he podido leer en la revista Courbett recoge una hoy políticamente incorrecta afirmación del diario Sunday Times, en 1959, sobre su belleza: la escritora viva más guapa de Londres), con una intensa y turbulenta vida amorosa que incluye varios matrimonios y sonados divorcios -los más conocidos, enlace y separación, con Kingsley Amis, padre del novelista Martin Amis, que siempre habló maravillas de la calidad como escritora de su madrastra-, Howard había nacido en Londres en 1923 en el seno de una familia de clase alta bien acomodada, un entorno social que reproducirá, como podremos comprobar más adelante, en su serie de novelas, las cuales rezuman, y ello lo percibe el lector de modo intuitivo casi desde las primeras páginas, un penetrante aire autobiográfico. Quien, después de leer los cinco libros, repase alguna biografía detallada de su autora se sorprenderá de la infinidad de concomitancias entre su vida y su obra, algunas notables, como la condición de destacado empresario maderero del padre, la enorme mansión familiar y el amplio elenco de sirvientes, el interés por la escritura, la boda juvenil, el temprano hastío matrimonial, las infidelidades propias y ajenas, las amantes de su progenitor, la ambientación en Sussex, y otras menores: la vocación de actriz de una de las protagonistas, la truncada carrera de bailarina de otra, ciertas peripecias vitales de sus personajes… 

Elizabeth Jane Howard contaba ya con una decena de libros en su carrera como escritora, muchos con una excelente recepción en crítica y público (estos días se edita en España Como cambia el mar), cuando publicó, en 1990, el primer título del ciclo de los Cazalet, Los años ligeros, al que seguirían tres más, Tiempo de espera, Confusión y Un tiempo nuevo, en 1991, 1993 y 1995 respectivamente. Casi veinte años después, en 2013, poco antes de su muerte, aparecería Todo cambia, con el que pondría fin a la saga. Sobre la base de las dos primeras novelas la BBC estrenaría en 2001 una exitosa serie que yo no he llegado a localizar. 

Los cinco libros han visto la luz en España en la editorial Siruela, en publicaciones sucesivas entre los años 2017 y el pasado 2019. La traducción de los cuatro primeros es de Celia Montolío, mientras que de la del quinto se hace cargo Raquel García Rojas, en una decisión editorial -cambiar de jinete a mitad de la carrera- ciertamente inexplicable. Sin obviar la calidad del trabajo de las traductoras, y siendo como soy un absoluto profano en la materia, me permito constatar aquí una cierta -y muy menor- incomodidad personal -no sé si objetivable como crítica- en relación a las opciones elegidas para trasladar al castellano “frases hechas” en inglés. Encontrarse, en unos libros ambientados en la tradicional, conservadora, refinada y a menudo afectada clase alta británica, expresiones como era más vieja que la Tana o las gracias, para las Ignacias, que suenan demasiado castizas y apegadas a nuestro refranero popular, puede desconcertar levemente al lector. En el caso concreto de Todo cambia, aparte de bastantes fallos tipográficos y de edición, hay anacronismos en la traducción que “chirrían” en una lectura actual: una maleta repleta amenaza con “colapsar”… ¿en una voz que habla en 1956?; “tengo que decirte desde ya”… ¿no resulta un giro demasiado “moderno” para la época? 

Como se puede fácilmente imaginar, intentar aquí siquiera un esbozo de la profusión de hilos de desarrollo de una obra tan desbordante, en extensión y en intención, al recoger más de veinte años de las vidas de casi treinta personajes (de diferente entidad, como es natural; “solo” una decena que podríamos calificar de principales), resulta de todo punto imposible. Me voy a limitar, por lo tanto, a situaros en el marco general del ciclo, comentaros algunos rasgos estilísticos por los que, a mi juicio, nos encontramos ante una obra excepcional cuya lectura resulta indispensable, y, por último, ofreceros algunos breves apuntes sobre cada uno de los cinco volúmenes. 

El núcleo central de la trama (si es que puede hablarse de algo parecido a un hilo argumental en unas novelas que, estrictamente, carecen de él y que se “reducen” a narrar el “mero” fluir de la vida de sus protagonistas) gira sobre los cuatro hermanos Cazalet, Hugh, Edward, Rachel y el menor, Rupert, rozando todos ya los cuarenta años cuando son presentados al lector. Sus padres, William Cazalet y Kitty Barlow, el Brigada y la Duquesita según sus apodos familiares, son el auténtico foco de unión de la familia (a propósito de ambos personajes, ya ancianos al comienzo de la primera novela, hay un error reiterado en las fechas de nacimiento que se recogen en el indispensable árbol genealógico que abre cada libro y que no se corrige hasta la tercera entrega de la serie. Así, el Brigada habría nacido en 1860 y su mujer en 1867, y no a la inversa, como figura en los dos primeros volúmenes). Aunque tienen casa en Londres, es Home Place, su distinguida casa señorial en la campiña del sur de Inglaterra, en el interior del condado de Sussex (aunque con el mar, en Hastings, relativamente cercano), el ámbito central en que se desenvuelven los principales acontecimientos narrados, más allá de otros escenarios por los que discurre también la acción, situados en Londres, Southampton o incluso Francia. Sobre todo en los veranos y las Navidades, el “clan” de los Cazalet (no estaba acostumbrada a semejante sentimiento de clan, dirá Zoë, mujer de Rupert), los dos abuelos, los cuatro hijos, los muchos nietos, que irán aumentando al avanzar las entregas, y hasta los bisnietos, que comparecerán en la última, los parientes políticos, los amigos de unos y otros, sus novios y prometidas, incluso, en algunos casos, los amantes, se alojarán en sus innumerables habitaciones, ocuparán las diversas dependencias anejas al edificio principal, se sentarán a la enorme mesa del comedor para desayunar, almorzar o cenar, se reunirán en sus salones para bordar, leer, jugar o conversar, pasearán por la vasta heredad, se divertirán en las pistas de tenis o squash, harán excursiones a las playas cercanas, departirán entre sí y con los fieles miembros del servicio, construyendo entre todos un microcosmos fascinante del que el talento de la autora nos muestra con sobresaliente meticulosidad todos sus recovecos, tantos los físicos -paisajes, emplazamientos, mobiliario, decoración- como, sobre todo, los íntimos, psicológicos, de sus pobladores, convirtiendo así a ese entorno entrañable, apacible, protector, idílico, feliz, en un personaje más de las novelas (¿De verdad quieres deshacerte del lugar donde todos hemos pasado una parte tan importante de nuestras vidas, donde han crecido nuestros hijos, que fue nuestro hogar durante la última guerra?, preguntará uno de los hermanos ante la perspectiva de tener que prescindir de la vivienda familiar, subrayando la importancia sentimental -y no sólo- de la casa). 

En ese espacio cálido y confortable con el que nos encontramos por primera vez en el verano de 1936, al comienzo de Los años ligeros, y del que nos despediremos definitivamente en 1958, al término de Todo cambia, transcurrirán los momentos fundamentales -o, si no ocurren en Home Place, hasta allí llegarán sus ecos- de las vidas de una treintena de seres que, más allá de sus peculiaridades “sociológicas”, típicas de su época y condición, coinciden con las nuestras propias. Porque, y esta es a mi juicio la virtud máxima de la ambiciosa obra, lo que conocemos adentrándonos en las páginas de Las crónicas de los Cazalet es la vida, ni más ni menos que el acontecer, durante más de dos décadas, de la vida cotidiana de la extensa familia y sus allegados, esa vida que, como todas, está hecha de normalidad, de ligeros quehaceres y aburridas rutinas, de afanes menores y sucesos triviales punteados de vez en cuando por algunos acontecimientos relevantes (enamoramientos, pérdidas, rechazos, traiciones, alegrías, muertes, amistades), aquella a la que entregamos inconscientes nuestro tiempo, esa vida aparentemente inane que solo cuando ya la hemos dejado atrás y la observamos con una mirada retrospectiva, a menudo melancólica, logramos entender, persuadidos por fin de que en ella, en esa insulsa simplicidad, en esa sucesión de momentos nada excepcionales, es en donde, en definitiva, radicó el sentido, lo sustancial, de nuestra existencia, pues en ella, en esa inapreciable entrega a las consabidas preocupaciones del día a día, es en donde hemos puesto nuestros anhelos y nuestras ilusiones, nuestra esperanza y nuestros sueños, nuestras pasiones y nuestra frustración, nuestro entusiasmo y nuestro amor, nuestras decepciones y nuestra ambición, nuestras risas, nuestras lágrimas, nuestros sentimientos, nuestras emociones y nuestro deseo, nuestras desmesuradas ansias de vivir. Es ahí en donde la lectura de la pentalogía resulta una experiencia deslumbrante, al conseguir hacernos partícipes de otras vidas como las nuestras, logrando generar una cercanía tan intensa con los personajes que acaba por crear un perceptible vínculo con ellos, hasta el punto de que, a su término, tras las muchas vivencias “compartidas”, tras los muchos años para ellos transcurridos en su ficticia historia literaria, tras las muchas páginas leídas, tras las muchas horas ocupadas por nosotros siguiendo sus empeños, nos resultan próximos, afines, amigos, queridos. 

El elenco de “criaturas” salido de la pluma de Elizabeth Jane Howard es memorable. El Brigada, reputado empresario maderero resistente a los cambios (la firma había aportado el olmo del que salieron todos los escabeles de la abadía de Westminster), empeñado en gestionar su muy próspero negocio con las reglas consuetudinarias con las que ha logrado su fortuna, cariñoso y entrañable con los suyos aunque severo y estricto, apegado a sus viejos hábitos decimonónicos, sólido pilar de una familia, que, como todas, irá disgregándose, o al menos relajando sus lazos de unión, con el paso del tiempo; la Duquesita, tutelando en la sombra el vínculo familiar, auténtico “cemento” que da cohesión de manera tajante pero casi imperceptible a los suyos, arropándolos a todos en los momentos difíciles, una mujer sencilla, inteligente, muy sabia e intuitiva, afectuosa y cálida, cariñosa y encantadora, muy cercana, ajena, pese a compartir la educación y los valores de su clase social, a las posturas estiradas o a los tics elitistas de su “esfera”; Hugh, el hijo mayor, ordenado y responsable, con secuelas físicas y psicológicas de su participación en la Primera Guerra Mundial y algo torturado por ello, dirige, bajo la autoridad indiscutible de su padre, a la que se pliega sumiso, la firma familiar; Sybil, su mujer, a la que adora y con la que congenia de manera admirable; sus hijos, Polly, Simon, once y diez años al comienzo de la serie y que irán creciendo en su transcurso y se casarán y tendrán a su vez nuevos vástagos (y algún hermano); y Edward, el segundo de los Cazalet, un año menor que Hugh pero tan distinto a él, mujeriego y seductor, algo frívolo, afortunado en todos los lances de su despreocupada existencia (salió indemne de la guerra que marcó a su hermano), directivo también en la empresa maderera, una fuente inagotable de ingresos que le permite financiar su doble vida amorosa; su esposa, la guapa Viola -Villy-, que abandonó su carrera artística como bailarina para entregarse a una vida matrimonial que la hastía, con sus hijos Louise, Teddy y Lydia, también niños al inicio del primer libro, y a los que seguiremos en los veinte años posteriores, con sus amoríos, sus bodas, sus propios hijos; y Rachel, aún joven pero ya algo “solterona”, que renuncia a su vida, abnegada, entregada al cuidado de sus padres, gobernando Home Place con delicadeza y cariño, con desprendimiento y generosidad; y por fin Rupert, pintor vocacional, el más joven de los hermanos, que enviudó de Isobel, fallecida al nacer Neville, el segundo de sus hijos, tras Clary, que ahora tiene doce años; Zoë, su nueva y joven esposa, algo irresponsable y caprichosa, desconocedora aún de su lugar en el mundo. En paralelo a este “corazón” de la familia, se nos muestra también otro universo, el del servicio: la madura y refunfuñona aunque bondadosa señora Cripps, experta cocinera de la casa; su entregado admirador, el chófer Tonbridge; la larga serie de ayudantes de cocina, Dottie, Edie, Lizzie, objeto de las furibundas reprimendas de la exigente Mabel Cripps; las doncellas y criadas, Eileen, Peggy y Bertha, que se van renovando con el paso de los años; las niñeras que irán llegando, acompasando su aparición al nacimiento de los niños, Nanny, Ellen, la más veterana de ellas, siempre presente; McAlpine, el jardinero; su torpe ayudante Billy; el mozo de cuadra Wren, que desaparecerá cuando los automóviles vayan sustituyendo a los caballos tan amados por el patriarca del clan. Y están también los personajes “satélite”, no pertenecientes a la familia en sentido estricto, o no al menos en sus primeros grados, pero fuertemente enraizados en las vivencias y los afectos, en las experiencias y el discurrir de las vidas de los Cazalet: Jessica Castle, hermana de Villy, su marido Raymond y sus hijos Angela, Christopher, Nora y Judy, de vidas independientes pero que coinciden en las vacaciones con sus primos; el joven Archie, amigo de juventud de Rupert y comprensivo confidente de todos los habitantes de Home Place; la amiga íntima de Rachel, Margot Sidney, Sid, con la que aquella mantiene una relación amorosa no sólo oculta al mundo sino, casi, a ellas mismas; la señorita Milliment, anciana institutriz de la familia, que enseñó a Villy y Jessica cuando eran niñas y lo sigue haciendo con Polly y Clary; Diana, la amante casada de Edward; Jemima Leaf, la entusiasta secretaria de Hugh, llamada a más altos destinos; las excéntricas tías, Dolly y Flo, ancianas hermanas de la Duquesita, siempre a la greña; y una larga pléyade de amigos, conocidos, jefes, empleados, compañeros de trabajo, novios, amantes, maridos, mujeres, parientes más o menos lejanos, que irán sumándose a la nómina de invitados a este muy ambicioso fresco de la vida británica de mediados del segundo tercio del siglo pasado. 

Hay, la mera enumeración de los personajes permite pensar en ello, una muy evidente vinculación del universo de las novelas con el de otras obras artísticas similares, también británicas, como son la serie televisiva, ya clásica, Arriba y abajo, de extraordinario éxito, también en nuestro país, en los primeros setenta, y, más recientemente, Downton Abbey, a mi juicio otro gran hito de la excelente televisión inglesa, cuyo creador, el oscarizado Julian Fellowes, necesariamente ha tenido que inspirarse -y pienso que el verbo es muy tímido- en la obra de Howard. En los tres casos, ciclo literario y seriales para la pequeña pantalla, hay indudables concomitancias: la familia como centro, la clase social más que acomodada de los protagonistas, la mirada fijada, en planos paralelos, en señores y sirvientes, la voluntad de retratar los detalles de la vida que transcurre en su cotidianidad, el correlato entre la experiencia personal de los personajes y los grandes acontecimientos de los tiempos que viven (los primeros treinta años del siglo en ambas series, los segundos en las crónicas de los Cazalet, como más adelante comentaré), la convincente y detallada recreación del entorno, los ambientes, la decoración, las ropas, la atmósfera de la época (achacable a la habitual solvencia y la consabida brillantez formal de la creación televisiva del Reino Unido en el caso de Arriba y abajo y Downton Abbey, y al magistral talento literario de Elizabeth Jane Howard en el de las apasionantes novelas que ahora os recomiendo). 

Situado este marco general de referencia, es hora de comentar las muchas razones por las que Las crónicas de los Cazalet es una obra sobresaliente, de altísima calidad literaria. Por un lado, a la ya reseñada profusión de personajes se suma la agudeza y capacidad de penetración psicológica de su creadora, pues todos ellos, incluso el pequeño que limita a su aparición a algunos pasajes menores, se nos muestran con entidad propia, bien definidos, presentados en su singularidad, con su complejidad de carácter, con sus contradicciones y sus dudas, con sus engaños y sus logros, con sus vacilaciones, con sus puntos oscuros, con sus emociones ocultas o no expresadas socialmente, con sus pensamientos más recónditos. Y todos ellos ofrecidos al lector con formidable fuerza descriptiva, más valiosa en tanto el catálogo de personalidades reflejadas es muy variado, con rasgos, procedencias, entornos, valores, vivencias o formas de expresión muy distintos entre sí. 

Ya se ha comentado también el valor “universal” de las novelas, esa excepcional habilidad de su autora para permitir al lector “elevarse” de la concreta particularidad de las historias narradas, con su sucesión de acciones poco memorables, para acceder a un conocimiento más general sobre los rasgos que compartimos todos los seres humanos; “comedia humana”, ha mencionado algún crítico, a propósito de la serie y con el referente obvio de Balzac, y es que Elizabeth Jane Howard construye un mundo propio, un microcosmos, el de los entrañables Cazalet, que es, también, el de todos. La profundidad de su mirada, su perspicacia, su inteligencia, permiten reflejar los episodios trascendentales entre los hechos insignificantes, ahondar en los recodos más profundos de las almas de sus criaturas, resaltar lo que hay de esencial en el curso de las experiencias más comunes, apreciar el fatigoso, esperanzado, desolador, entusiasta, triste, anodino, electrizante, emotivo, tedioso, ilusionante, apasionado, insulso, feliz, imparable curso de la vida. 

Una vida que se nos muestra no sólo en el ámbito íntimo y personal, sino también en el público y social. La serie tiene así, también, un soberbio valor documental, pues a través de sus páginas asistimos a los principales acontecimientos de la vida de Inglaterra, de Europa y del mundo entero en la primera mitad del siglo pasado, que establecen un leve pero significativo telón de fondo del relato, que se imbrica en él casi imperceptiblemente: las consecuencias de la Gran Guerra, la “gestación”, en sordina, de los hechos que conducirían a la Segunda Guerra Mundial, su desarrollo y sus momentos más relevantes, los avances del nazismo, la ocupación de gran parte de los países del viejo continente por las tropas del Tercer Reich, la intervención de Rusia, los bombardeos sobre Londres, Pearl Harbour, la implicación norteamericana, la “construcción” de Europa tras la guerra, el desenvolvimiento del Estado del Bienestar. Y en ese repaso comparecen las figuras destacadas de la política británica, europea y mundial, Churchill, Beveridge, Roosevelt, Hitler -una sombra ominosa que se perturba los sueños de los personajes y que atormenta la imaginación de los niños-, Stalin… A este respecto, y en relación con la intensa presencia de la segunda contienda mundial en el libro, y su igualmente fuerte repercusión en los pensamientos, los sentimientos y las existencias de los personajes, yo no he podido dejar de pensar, mientras compartía con ellos sus temores, en las muchas similitudes que el gran fenómeno bélico comparte con la terrible pandemia del coronavirus: la amenaza latente, el miedo, la presencia cercana e inopinada de la muerte, las pérdidas de millones de vidas humanas, las restricciones en el abastecimiento y la movilidad, las dramáticas consecuencias económicas, la intuición del cambio en los hábitos sociales, en las costumbres, en las pautas y las reglas de comportamiento, del fin del mundo tal y como se conocía hasta la fecha, la sospecha, a la vez inquietante y esperanzadora, de inicio de una nueva era. 

Pero este interés histórico de las novelas se concreta, además, en la que podríamos llamar microhistoria, pues el inusitado genio de la autora para la observación, la captación y la plasmación de los detalles -uno de sus más relevantes rasgos estilísticos- le permiten registrar con minuciosidad de entomólogo social, las costumbres de unos y otros (en un amplio espectro que abarca distintas clases sociales), la variedad de los espacios urbanos, los ambientes y entornos públicos, los eventos y protocolos sociales, la intimidad de los hogares, las comidas, los menús, las vajillas, las vestimentas y la moda, los peinados, la decoración y el mobiliario, los juegos infantiles y las diversiones y actividades de ocio de los adultos, los diferentes registros lingüísticos, y tantos otros ámbitos en los que se detiene la atenta mirada de Howard. En este sentido, cuando, en el cuarto de los libros, Clary, que se ha convertido en escritora, considera la difusa opción de acometer un relato sobre la vida de la señorita Milliment, nos deja esta reflexión en la que yo creo ver una suerte de declaración de principios de la propia autora: Volvió a encauzar la conversación hacia la señorita Milliment y su juventud en los tiempos de la reina Victoria. No era que planease escribir sobre lo que le había pasado a la señorita Milliment, tarea que habría sido harto difícil dado que solo conocía su vida a grandes rasgos, pero tenía que conocer más a fondo la época en la que se había criado, entre mediados y finales del siglo XIX. Cuestiones prácticas, como por ejemplo qué se comía y a qué hora, cómo iban vestidos, cómo eran las casas y a qué se dedicaba la gente en su tiempo libre. 

Por último, hay otras virtudes también estrictamente literarias en los libros: la fluidez de la narración, sostenida en muchos casos en los diálogos, pero también en la corriente interior de pensamiento de los personajes (aunque la voz narradora “suena” casi siempre en tercera persona, los diferentes capítulos van alternando el punto de vista de los distintos protagonistas); el estilo, elegante, de una rara -pero muy trabajada- naturalidad; el inteligente uso de la elipsis, abandonando el relato de un determinado episodio antes de su “resolución”, para retomarlo más adelante con otra perspectiva, desde otro personaje, en un recurso que permite, además, avanzar en la historia con un ritmo vivaz, absorbente; y, ya mencionada pero de subrayado obligado, la sutileza en la percepción y descripción de estados de ánimo, que se revelan en un detalle nimio, en un apunte aparentemente ligero, dejado caer como al paso, sin darle una especial importancia, como ocurre, por poner un solo ejemplo magistral, en esta frase que revela la intimidad profunda de dos personajes: Le dio un beso en la mejilla suave y ajada, un gesto vacío que solo habría significado algo de haber faltado. 

Cierro ya esta muy larga reseña con una breve ubicación temporal de cada uno de los cinco libros a partir de su vinculación con hechos históricos objetivos. Los años ligeros centra su narración en dos veranos, los de 1937 y 1938, observados, sobre todo, a través de las miradas de las niñas, Louise, Polly y Clary (a mi juicio, cada una de las tres comparte con su creadora parte de los datos biográficos y los rasgos de personalidad: el matrimonio temprano e infeliz, la belleza deslumbrante, la vocación escritora, entre otros), aunque hay “escenas” que se desenvuelven en los domicilios londinenses de los varones Cazalet. La idílica felicidad, especialmente la infantil, de la despreocupada vida estival en el apacible entorno de Home Place, se ve levemente perturbada, como un mero rumor de fondo, tenue pero constante, por la inquietud que suscitan las noticias sobre la situación política en el continente, con el ascenso de Hitler al poder, su entonces aún poco preocupante -al menos observado desde la tranquila lejanía de la bucólica campiña de Sussex- delirio expansionista, los timoratos intentos de la diplomacia europea por colmar sus ansias de dominación y anexión de Checoslovaquia. La novela llega hasta la firma del Pacto de Munich, el 30 de septiembre de 1938, en el que, inconsciente e ignominiosamente, Chamberlain, primer ministro británico, junto con su homólogo francés, Daladier, y Benito Mussolini, consintieron la cesión a Hitler de los Sudetes, hasta entonces territorio checo, un acuerdo que se presentaría como el de la “paz con honor”, la optimista posibilidad de ganar un “año de gracia” antes de la inevitable guerra. Tiempo de espera, retoma las circunstancias de la vida familiar a partir de ese momento, de una cierta “normalidad expectante”, y su relato nos lleva hasta 1942. La guerra ha estallado, incluso en el refugio familiar en el campo se oyen los bombardeos de Londres, hay aviones alemanas que se estrellan, en llamas, cerca de Home Place, para inocente diversión de los niños. La novela alterna capítulos centrados, de nuevo, en Louise, Polly y Clary, las tres niñas mayores -casi unas chicas, ya-, con secciones, bajo una rúbrica elocuente, La familia, en la que la panorámica es más amplia y general. La crónica se detiene, siguiendo la ya señalada lógica de imbricación de la historia con los eventos “externos”, en el ataque japonés a Pearl Harbour, el 7 de diciembre de 1941 y la consiguiente incorporación de Estados Unidos a los escenarios bélicos, lo que acabaría, como es sabido, por decantar definitivamente el signo de la contienda. El tercer libro, Confusión, hace honor a su nombre. Los largos y penosos días hasta el fin de la guerra, el Día de la Victoria 8 de mayo de 1945, son un caos en lo colectivo y en lo personal. Las niñas se hacen mujeres, los chicos crecen, desmañados, con la crudeza de los adolescentes, surge la ocasión para las infidelidades y los matrimonios se resquebrajan, la vida cotidiana se impregna de austeridad, la guerra deja sus víctimas y sus huecos vacíos en la tupida trama familiar, el firme suelo de los hábitos conocidos empieza a agrietarse. En el horizonte se atisba, solo una promesa inconcreta, el advenimiento del estado de bienestar. Un tiempo nuevo, con la guerra terminada, nos lleva de nuevo a la tranquila vida de Home Place, desde donde contemplan los muchos cambios en la familia: nacen nietos y hasta bisnietos, se dan matrimonios inesperados, se conocen idilios prohibidos, brotan nuevos personajes, y hay muertes y problemas empresariales, y conflictos entre hermanos, y las niñas son ya mujeres, con vida propia, teniendo que llevar las riendas de sus existencias en una Inglaterra aún afectada por las duras limitaciones que impone la reconstrucción y que se encamina hacia el fin de su inmensa potencia colonial, representada en la independencia de la India, y la consiguiente retirada británica a finales de junio de 1948, cuando el libro se cierra. Por último, Todo cambia, escrito por su autora veinte años más tarde del cuarto tomo, hace saltar la historia hasta casi diez años después del momento en que finalizó el anterior. Seguiremos a los Cazalet en el período entre 1956 y 1958. Hace apenas tres años, en 1953, que ha sido coronada Isabel II, el mundo, definitivamente, ha evolucionado, y con él el Imperio británico, desmoronado tras la crisis del canal de Suez en 1956, y también, en un plano más cercano a la historia narrada, el sólido, tradicional, consistente y bien arraigado en el pasado, clan familiar. La vida no es, no puede ser -nunca lo es-, firme y estática, todo cambia, cambian los afectos, cambian las personas, cambian las costumbres, cambia hasta lo que parecía más estable y asentado y seguro e inmutable. Así, con los melancólicos recuerdos de un universo que ya no es y nunca más volverá a ser, abandonamos esta prodigiosa lectura, con lágrimas en los ojos, tristes por tener que “desprendernos” de esta familia que, en cierto modo, se ha convertido también en la nuestra. 

No deberíais perderos estas admirables Crónicas de los Cazalet, os aseguro días de inolvidable placer. Entre las muchas referencias musicales del libro -la Duquesita, pero también otros personajes, interpretan al piano, de continuo, numerosas piezas clásicas-, he elegido sin embargo un tema de jazz, All the things you are, que bailan en un club nocturno Edward y su amante Diana, en un pasaje de la segunda novela. Sin mención expresa en el libro de quién sea su intérprete, aquí os la dejo en la versión, espléndida, de Jo Stafford. Antes, un fragmento con un nostálgico y declinante Brigada como protagonista. 


William estaba en su estudio, con el whisky vespertino a mano. Estaba solo, y, por una vez, muy contento de estarlo. Su puerta, como siempre, estaba abierta, y le llegaban los reconfortantes sonidos de la vida doméstica: bañeras llenándose, portazos, voces de niños, el tintineo de los cubiertos de camino al comedor en una bandeja, las notas del violín y el piano..., Sid y Kitty, sin duda. Había oído las noticias de las seis con Rachel y Sid, y después las había echado. Estaba muy cansado. Al inmenso alivio que había sentido cuando Hugh llamó de Londres le habían sucedido dudas de una modalidad que no quería comunicar a la familia. Había algo en todo aquel asunto, casi cabía llamarlo transacción, que le producía desconfianza, aunque no sabía decir por qué. Los motivos del primer ministro eran intachables, era un hombre sincero y honrado. Pero en sí mismo eso no servía de nada a no ser que tratase con otro hombre sincero y honrado. En el peor de los casos, habían ganado algo de tiempo. Se iban a necesitar maderas blandas en una escala sin precedentes, y también maderas duras si, como deberían, empezaban a construir barcos. Apartaría a Sampson del refugio y de las instalaciones sanitarias y le pondría a trabajar en las casitas. La carta de York le había hecho gracia. El tipo pensaba que le había engañado pidiéndole un precio demasiado alto..., por eso había tenido la caradura de pedirle diez libras más por el terreno: no se daba cuenta de lo que significaba para William, que habría pagado doscientas cincuenta libras más si se las hubiera pedido. En fin, el caso era que ambos estaban contentos. Sabía que le había dado un disgusto a Kitty con sus planes para los evacuados (aunque ya no eran necesarios), pero le resarciría. Le compraría un gramófono nuevo, una de esas máquinas descomunales con un cuerno para poner discos, y todas las sinfonías de Beethoven dirigidas por Toscanini..., seguro que eso le gustaba. Y Rupert se había pasado a decirle que se incorporaba a la firma. Entonces, ¿por qué no estaba más contento? «No me gusta que me esté fallando la vista», se dijo para sus adentros, cogiendo la licorera y echándose más whisky. Esa misma tarde había subido un oporto más que decente..., Taylor’s del 21. Ya no le quedaba mucho. Todo llegaba a su fin. Tendría que dejar de montar a caballo si la vista le iba a peor. Se acostumbraría. Recordó la última vez que había pasado un par de horas con..., cómo se llamaba..., Millicent Greenway..., no, Greencroft, eso es, en su piso de Maida Vale. Muy buena persona. «No te preocupes», había dicho aquella última vez, «un mal día lo tiene cualquiera». Le había enviado una caja de champán además de las veinticinco libras de siempre. Se había acostumbrado a que ya no hubiese más de «eso». A Kitty, como era lógico en el caso de una chica educada como es debido, nunca le había gustado. Pensó que podría seguir yendo a la oficina, incluso si se quedaban a vivir en el campo y se libraban de Chester Terrace. Aún no tenía por qué renunciar al trabajo. Y no iba a haber una guerra.


Videoconferencia (con, para variar, ciertas deficiencias técnicas en sus minutos finales)
Elizabeth Jan Howard. Crónica de los Cazalet