Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 19 de mayo de 2021

EDUARDO BARBA GÓMEZ. EL JARDÍN DEL PRADO

Hola, buenas tardes. Todos los libros un libro, el espacio de sugerencias de lectura de Radio Universidad de Salamanca, os da la bienvenida, un miércoles más, y os invita a acercaros con nosotros a un nuevo libro, que escojo semanalmente con la intención de suscitar vuestro interés. La obra que hoy quiero recomendaros es, sin duda, muy atractiva y sugerente, y estoy seguro de que si os decidís a leerla vais a disfrutar de unas horas apasionantes que, además, os van a abrir todo un mundo de posibilidades y alternativas también muy sugestivas. 

Ayer, 18 de mayo, se celebró en todo el mundo el Día internacional de los Museos. Con esa excusa he querido que tres programas, a partir del de hoy, tuvieran como centro el universo del arte, con los museos y, en particular -de manera directa en el caso de esta tarde y algo más tangencial en la del próximo miércoles- con el Museo del Prado, de cuya inauguración se cumplieron doscientos años hace poco tiempo, en 2019 exactamente. Esta serie “artística” de Todos los libros un libro tendrá aún una tercera entrega, vinculada además a una exposición formidable que, fuera del Prado, pero en otro museo, el Thyssen-Bornemisza, puede verse estos meses en Madrid (para quien, con las limitaciones pandémicas ya diluidas, pueda desplazarse a la capital de España). 

El libro del que ahora quiero hablaros es una rareza, un singular acercamiento al universo museístico. Se trata de El jardín del Prado, escrito por Eduardo Barba Gómez, y publicado en la editorial Espasa el pasado 2020. Eduardo Barba, para mí desconocido hasta la aparición del libro, es jardinero, investigador botánico en obras de arte, paisajista y profesor de jardinería. Ha colaborado, nos dice la nota con la que la editorial presenta el libro, con el Museo Lázaro Galdiano y con el Museo de Bellas Artes de Bilbao, y ha sido responsable de la implantación y mantenimiento de plantas y jardines en diversos países además de España, como Bélgica, Francia, Italia, Países Bajos, Estados Unidos o Australia, algunos de los cuales aparecen en las numerosas referencias “viajeras” que afloran en su obra. Entre sus muchos intereses y conocimientos, que también de modo entusiasta tienen su reflejo en el libro, hay dos fundamentales que son los que nuclean la obra y explican y justifican su propósito y su estructura: la jardinería, obviamente, y el arte. De esta manera, conjugando ambos mundos, El jardín del Prado, que significativamente se subtitula Un paseo botánico por las obras de los grandes maestros, consiste en un recorrido por cerca de cincuenta especies vegetales -contando solo las que se “estudian” de un modo principal; en total, mencionadas, aparecen más de doscientas- presentes en otros tantos cuadros expuestos en el Museo del Prado (Barba ha catalogado, al margen del libro, las 1.050 obras del Museo, entre pintura, escultura y artes decorativas, en las que aparece algún rastro identificable de vegetación). El libro, que cuenta con un ilustrativo prólogo del autor, acompaña el análisis de Barba sobre cada planta con una reproducción del cuadro de referencia y otra que recoge un plano de detalle de la especie glosada, además de unos minuciosos dibujos botánicos de Juan Luis Castillo (lo que no excluye, al contrario, el que la lectura deba hacerse, a mu juicio, con la “visita” simultánea a la formidable página web del Museo, que alberga reproducciones de los cuadros en formatos muy amplios y de gran calidad, lo que facilita la apreciación detallada de sus matices; y ni que decir tiene que una visita “botánica” al Prado se revela, tras leer el libro, como una aventura altamente estimulante). Hay, también, una bibliografía final que incluye una treintena de obras de consulta, y un glosario de plantas en el que se enumeran todas las citadas en el texto. 

Es curioso, y el autor lo comenta en el examen de una de las flores elegidas, la dalia, en el cuadro de Madrazo Sabina Seupham Spalding, que sus dos pasiones primordiales puedan desarrollarse, en Madrid, en un entorno de proximidad tan estrecho (Me fascina que el Jardín Botánico y el Museo del Prado estén separados tan solo por unos pocos metros. Se debe tardar un minuto en salir por la puerta de Murillo del Prado y entrar por la puerta del jardín, atravesando esa plaza tan llena de belleza y anhelo para mí. Es un lujo de vecindad del que pocos museos de arte y jardines del mundo se pueden vanagloriar), en una poderosa imagen metafórica del sentido del libro: un lento discurrir por los encantos de dos mundos aparentemente ajenos para el ciudadano medio pero que se muestran, sin embargo, muy cercanos, no solo desde la casi inexistente distancia física, sino también en la aguda percepción y la fresca sabiduría de las que hace gala Eduardo Barba. 

Ya desde el prólogo quedan claros el desencadenante y la intención que mueven al autor en el desarrollo de su obra: interesado desde su infancia por las plantas y las flores, “dirigido” hacia ellas por el benéfico influjo de su madre (mi madre era una persona que, a mis ojos de niño, era capaz de crear vida también con sus propias manos. Una rama tirada en el suelo se convertía unas semanas después en una nueva planta y, cuando florecía, la sorpresa cerraba un círculo de admiración en mis ojos bien abiertos. Era imposible no caer rendido ante el sencillo embrujo del ciclo de la vida atrapado en una pequeña maceta de terracota bajo el sol), su avivada curiosidad le hace descubrir pronto el encantamiento de las formas y los colores vegetales: Los contornos de las hojas, las tonalidades de las flores, la manera que tenían las plantas de expresar su personalidad, tan diferentes unas de otras, con tal intensidad que, confiesa, una primavera decidí hacerme jardinero. En el ejercicio de su profesión, su inquietud por el arte y por la cultura en general y su “descubrimiento” del Museo del Prado lo llevaron a ser consciente de que también había un mundo botánico que se derramaba y florecía en las pinceladas de los cuadros, en los golpes de cincel de las esculturas. A partir de ahí se abrió en su vida otro frente -al que ha dedicado mucho tiempo y trabajo- centrado en el análisis de las plantas en la historia del arte, del que el libro que ahora os presento es una espléndida muestra. 

Apela Barba en su texto preliminar a su voluntad de impregnar su recorrido por el “jardín del Prado” no solo de botánica -que, obviamente, comparece por doquier en el libro-, sino también de otras componentes más “personales”: el recuerdo y la memoria, tan unidos, desde su infancia, al universo vegetal; su lado femenino, vinculado al hecho innegable de que siempre han sido madres y abuelas las que, tradicionalmente, se ocupaban de las plantas; la importante presencia de los aromas, la luz y el color, en un enfoque vivo, sin la frialdad academicista, de la realidad estudiada; incluso la dimensión “práctica” de su atenta mirada, forzosamente obligada a elegir solo unas pocas de entre los centenares de especies representadas en los cuadros, y decantada, a la postre, en muchos casos, por aquellas que permitieran llevarse una parte viva del cuadro a casa, aquellas que pudieran ser plantadas en un balcón, un alféizar o una terraza. 

Todo ello tiene una traducción directa en el libro, pues los comentarios “técnicos” sobre cuadros y plantas se entremezclan con anécdotas de su propia vida y de sus muchos viajes -todos “marcados”, de una y otra forma, por la “obsesión” jardinera y la pasión artística-, consejos para cultivar las plantas en casa, posibles usos gastronómicos o medicinales, reflexiones sobre la existencia suscitadas por la práctica de la jardinería y, en definitiva, infinidad de informaciones curiosas surgidas de la exhaustiva observación de las imágenes analizadas. Algunos de estos “frentes” están presentes, entre otros muchos ejemplos, en sus palabras sobre la borraja, que aparece en el Tríptico de El jardín de las delicias, de El Bosco: 

Un par de características curiosas de esta planta nos pueden llevar a elegirla para su cultivo en maceta. La primera es que se trata de una planta que atrae a muchos insectos polinizadores. Es todo un espectáculo quedarse un rato contemplando el ir y venir incesante de muchos de estos trabajadores impenitentes. La segunda característica es que se trata de una planta enteramente comestible, si bien con moderación, ya que puede no ser del todo beneficiosa para nuestro hígado. Pero la parte comestible más interesante y segura son sus flores, consumidas crudas, ideales para decorar platos como las ensaladas. Tienen un ligero gusto a pepino, y a mí siempre me recuerdan esos sabores de Grecia y de Oriente, esos viajes, lugares, albergues. 

En el mismo sentido, sirve de muestra esta apreciación sobre la Rosa de boticarios, presente en el cuadro de Antonio Moro, María Tudor, reina de Inglaterra, segunda mujer de Felipe II: 

Se supone que se trata de la rosa roja de boticarios, una variedad que estaba presente habitualmente en los jardines y huertos de castillos y monasterios, al atribuírsele muchas propiedades medicinales, desde analgésica hasta antiséptica, desde cardiotónica hasta hipnótica. 

Antes de enumerar algunos de los cuadros y las flores y plantas “repertoriados” (en descriptivo verbo de Andrés Trapiello, no recogido en el diccionario de la Real Academia), quiero resaltar tres de las grandes enseñanzas que, con carácter general, nos ofrece el trabajo de Eduardo Barba. Por un lado, el deseo constante de aprender, de los cuadros, de las plantas, de la vida. La curiosidad del autor es inagotable, nada humano -ni vegetal, ni animal, ni mineral- parece serle ajeno. Viaja a una capital para ver un museo, visita un jardín botánico o un invernadero en pos de una determinada especie, se desplaza por Europa en autostop, se pasea por una ciudad, se aloja en casa de unos amigos… y todo ello lo vive en permanente “estado de alerta” -botánico y artístico, pero fundamentalmente vital-, presto a sorprenderse por una minúscula flor entre las grietas de un muro, por una especie desconocida encontrada en un vivero, por un detalle aún no apreciado tras horas de contemplación de un cuadro, por el canto de un pajarillo, por la limpidez del aire, por el olor en el ambiente tras la lluvia . Resulta envidiable esa voluntad inagotable, ese formidable interés por las cosas, ese indesmayable afán por saber más. Hay algo infantil -gozosamente infantil- en ese estado de permanente admiración en el que parece vivir Barba, deslumbrado de continuo por la fecunda variedad del mundo. 

Pero, sobre todo, en donde El jardín del Prado resulta ejemplar, combativa y valientemente ejemplar, es en la reivindicación implícita -aunque se explicita en más de una ocasión- de la observación, de la capacidad de mirar, del examen demorado, atento, profundo y reposado del mundo que nos rodea, en particular de cuadros y plantas (y de su muy frecuente y afortunada conjunción). En estos tiempos veloces, apresurados y superficiales, en los que nuestra capacidad de atención salta, insatisfecha, de un estímulo fugaz a otro, sin detenerse en ninguno, sin concentrarse, picoteando migajas sin valor de cada nuevo “fogonazo”: un tuit, un meme, un titular, un chiste, una declaración altisonante, un eslogan publicitario, un lema vacío, un insulso selfie (según estudios recientes, el treinta y cinco por ciento de los visitantes de museos se hacen fotos ante las obras de arte conocidas sin dedicar ni un solo instante a admirarla, siendo nueve segundos la media de tiempo de contemplación de los que sí lo hacen) en una suerte de visión fragmentaria e inevitablemente superficial de la existencia, no puede sino celebrarse el que desde un libro como el de Barba se nos hable de la necesidad de detenerse durante dos horas ante un cuadro, embeberse sosegadamente de su magia, escrutar sus más mínimos detalles, reconocer minuciosamente cada aspecto no ya de su “tema” principal, sino de sus elementos accesorios, como son en muchos casos un matorral que aparece en una esquina, unos árboles disimulados en un fondo, unas flores que decoran una escena lateral de la pintura (Es una obra perfecta en la que quedar atrapado observando las tonalidades de las distintas piedras que conforman las hojas, pétalos y tallos de muy distintas especies vegetales: alhelíes, granado, lirio de los valles, aguileña, tulipanes…, escribe, al comentar el Bufete del Nuncio Massimo). En particular, y a propósito del eje central de su libro, la relación botánica/arte, Barba nos informa de un llamativo -aunque por lo demás bien reconocible, incluso en nuestra propia experiencia personal- fenómeno, para el que se ha acuñado ya una expresión definitoria: plant blindness. Surgido en Estados Unidos a finales de los años 90 el término indica cómo no somos conscientes, no detectamos siquiera, la desbordante riqueza vegetal que nos rodea, incluso cuando estamos en el campo o en un bosque. Nuestra mirada superficial es ciega a las plantas, que o no vemos o, de hacerlo, percibimos en mucha menor medida que la que requeriría su inmensa variedad. Cuenta el autor que algunos de sus amigos y conocidos coincidían en considerar El Descendimiento de Van der Weyden como una de sus obras favoritas de todo el arte occidental, pero que cuando ante esa afirmación él les preguntaba si también apreciaban las plantas que aparecen en el cuadro, siempre se encontraba con la misma respuesta: “no había ninguna planta”. Pues bien, más de una docena de especies vegetales están ahí, esperando a que les prestemos atención, para cerrar, pedagógico, el relato de la elocuente anécdota. Se trata, en definitiva, de mirar un cuadro -y la vida- “de verdad”, con genuina aplicación, con paciencia, con pausa y con lento placer, con atención… 

… Y con entusiasmo. Porque el tercer rasgo valioso del libro es la pasión y el entusiasmo que rezuma. Pese a su juventud, apenas cuarenta y dos años, la vida de Barba parece haber contenido veinte más, tan grande son el ardor, el interés, el voluntarioso afán con que describe cada acontecimiento vivido, incluso los más nimios. “¿Cómo es posible” -se dice el lector, perplejo y hasta algo enfadado consigo mismo- “que a mí la vida solo me dé para este tibio discurrir cotidiano, cuando el bueno de Barba no para de vivir experiencias exultantes?” Pero la pregunta es, a la postre, retórica, porque la respuesta está ante sus ojos, en El jardín del Prado: la vida se multiplica si eres capaz de apreciar y disfrutar con la apacible disposición de un ramo de rosas en un búcaro que se esconde en un plano alejado de la figura principal de un cuadro, o extasiarte con la nota de color, que aleja la grisura de los días, de una flor, apenas entrevista, prendida del pecho de un personaje representado en una pintura, o deleitarse con el suave olor de una ramita de lavanda que se lleva en el bolsillo, o gozar de la leve caída de un pétalo sobre la hierba de un parque urbano, o detener tu acelerado paso “laboral” para observar, en tu rutinario “trasladarte” por la ciudad, el encanto de una maceta florecida en un pequeño balcón. Todo eso lo hace de continuo Eduardo Barba y nos lo cuenta en su libro y nos contagia su optimismo y su fervorosa alegría de vivir. 

No quiero cerrar mi reseña sin dejar siquiera un esbozo de imposible muestrario -imposible por la dificultad de seleccionar, todos son valiosos; hay que leer el libro- de algunos de los comentarios sobre los cuadros y las plantas analizados. Así, la malva real, que aparece en Jardín de la casa de Fortuny, de Mariano Fortuny y Raimundo de Madraza, es la excusa para hablar de lo perdurable de las sensaciones que se experimentan ante un jardín (de Fortuny es también el magnífico Los hijos del pintor en el salón japonés, que propicia la explicaciones sobre el popular geranio); la búgula, que está presente en Los desposorios de la Virgen, de Robert Campin, permite el comentario sobre la tarea del jardinero, en el pasado y actualmente; de Luis Paret y Alcázar, coetáneo de Goya, se resalta que es el gran amante de las rosas en el Museo del Prado, pues en los once óleos de su autoría que se conservan en el museo, solo uno, el de su autorretrato, no contiene una rosa; ante el diente de león, que puede observarse en el Tríptico de la Redención: Adán y Eva expulsados del Paraíso, el autor evoca el juego infantil de soplar el fruto de la planta pidiendo un sueño y recuerda los suyos propios cuando visita la muy artística Florencia y quiere “verlo todo”; de Patinir, con dos “apariciones” en el libro, destaca también dos plantas, el azulejo, la planta viajera, un arqueófito, una planta que ha sido introducida y asilvestrada en la flora de una región antes del descubrimiento de América, que puede percibirse en el Descanso en la huida a Egipto, y la azucena, que está en el que quizá es el cuadro más conocido del maestro flamenco, El paso de la laguna Estigia, en el que la posición de la barca de Caronte lleva al curioso investigador a indagar entre los gondolieri venecianos su probable deriva, ¿hacia el cielo?, ¿hacia el infierno? 

El Bosco está representado por dos plantas, ambas en el inagotable, en todos los sentidos -también en el botánico-, Tríptico del jardín de las delicias: la aguileña, llamada también palomilla, por su parecido a estas aves en vuelo, de la que se resalta su poder como afrodisíaco masculino, y el drago, ocasión para rememorar los muchos jardines visitados (Ni yo mismo sé cuántos jardines habré visto a lo largo de mi vida). Los Brueghel aparecen tres veces, una el Joven, cuyo desbordante La Abundancia hace coincidir en la misma pintura flores de distintas estaciones, lo que lleva una vez más a Eduardo Barba a “perderse” en bosques, campos y paseos por el sur de Francia, los alrededores de Sevilla, la meseta castellana, los almendrales malagueños o los olivares andaluces; y las otras dos el Viejo, junto con Rubens, en El Olfato (con más de sesenta plantas representadas, de las que se nos comenta en particular el lilo, del que se destaca que con sus ramas se “fabrican” flautas) y La Virgen y el Niño (con el protagonismo de la vincapervinca, que lleva al narrador a su remembranza de su primera visita al Metropolitan de Nueva York, en el que sufre una suerte de mezcla del síndrome de Stendhal y un muy artístico pero igualmente estresante FOMO (fear of missing out, pavor a no poder verlo todo). También de Rubens (y su taller), se selecciona el tulipán, que sirve para explicar el mito recogido en el cuadro El rapto de Proserpina. 

Fra Angelico es uno de los pintores favoritos de Barba, y ello tiene su reflejo en la elección de dos de sus cuadros en el libro, su obra maestra, La Anunciación, con la higuera que delimita la escena de la Virgen y el ángel, en el lado derecho de la tabla, y la expulsión del Paraíso, en el izquierdo; y La Virgen de la granada, en cuyo estudio podemos leer que en la religión cristiana el granado es un símbolo de la esperanza en la inmortalidad y la resurrección, además de conocer los lugares -viviendas, pero sobre todo paisajes- que conoció el propio pintor en Vicchio. 

El interesante “catálogo” no podía obviar a otros pintores fundamentales en la historia del Arte, que constituyen, igualmente, la muestra más destacada de la inigualable oferta del Museo del Prado. Aparecen, así, Velázquez y su San Antonio Abad y san Pablo, primer ermitaño, en el que la mirada se posa en las malvas y la imaginación viaja con ellas a la infancia del escritor; Francisco de Goya y El columpio, en el que se interpreta la presencia de sus muchos protagonistas y, a propósito de un clavel, del que casi podemos oler su fragancia, que retrotrae a Barba, una vez más, a su infancia y al recuerdo agradecido a todas las mujeres que en mi familia cuidaron plantas, a las que conocí y a las que no, todas ellas unidas en el perfume de una sola flor; Zurbarán y la caléndula, que encontramos en el cuadro Santa Isabel de Portugal, de la que se cuenta su leyenda de la trasmutación de monedas en rosas. Y está Claudio de Lorena, con la palmera datilera en Moisés salvado de las aguas; y Sandro Botticelli, con el modesto pino piñonero, significativo fondo de La historia de Nastagio degli Onesti, que permite la evocación de Segovia y nos trae la conocida frase de Lawrence Durrell, en El cuarteto de Alejandría: Una ciudad es un mundo cuando amamos a uno de sus habitantes; y Tiziano, por dos veces: en la Ofrenda a Venus, en la que pinta, entre otras plantas, una trinitaria, también llamada pensamiento salvaje o, en algunos de sus nombres en inglés: salta y bésame, nadie tan linda, la delicia de Cupido, beso en la puerta del jardín, acaríciame. Incluso atendiendo al misterioso lenguaje de las flores de la época victoriana, hallamos otro significado apasionado: «amor a primera vista», sin que nos sorprenda, por tanto, que se trate de una flor dedicada a los amantes; y en La bacanal de los andrios, con muchas violetas desperdigadas por el cuadro, unas flores que se usaban en Roma para curar las resacas; y está también Nicolas Poussin, con el laurel, símbolo de virtud y de recompensa, destacado en El Parnaso. 

Y aparece la hiedra, junto a la rosa, la planta más representada en los cuadros de El Prado, aquí presente en el magnífico La siesta o Escena pompeyana, de Lawrence Alma Tadema. Y el limonero en un espléndido Bodegón de caza, hortalizas y frutas de Juan Sánchez Cotán. Y la chirivita, el dondiego de día, la gardenia, el roble, el narciso de los poetas y el jacinto, la cimbalaria, la arañuela y el jazmín, el alhelí encarnado y el amarillo, el abrótano, macho y hembra, el lirio… que hallamos en obras de Juan de Flandes, Mariano Salvador Maella, Juan de Arellano, Meissonier, Juan van der Hamen, Jean Ranc, Hans Memling, Robert Campin, Frans Snyders. Todo ello entre referencias a los sombreros en las carreras del hipódromo de Ascott, anécdotas de mi vecina Mari en Marbella, reflexiones sobre el olivo como símbolo de la unión de las naciones, apuntes sobre las singulares denominaciones de las flores, curiosidades en torno al lenguaje de las plantas, jugosas apreciaciones sobre la flor urbana, y hasta algún comentario humorístico, como el que vincula a Clark Gable y un mono comedor de fresas en el Bodegón con sirvienta del citado Snyders. 

Y no quiero cerrar mi reseña sin mencionar a la única mujer presente en el libro (la única artista; ya se ha dicho que “las mujeres de Barba” desempeñan un papel principal en su vida y en su vocación profesional): Clara Peeters, de la que pudimos ver en el Prado una formidable exposición antológica, El arte de Clara Peeters, hace tres o cuatro años. Su Bodegón con flores, copa de plata dorada, almendras, frutos secos, dulces, panecillos, vino y jarra de peltre propicia el análisis de los magistrales juegos con los reflejos en vasos, jarras y otras superficies de cristal, típicos de la pintora flamenca; una breve digresión sobre los significados simbólicos del romero, vinculados al amor, la vida, la muerte y la sexualidad; y hasta la agradecida evocación de la figura de otra mujer, Clara Quintanilla, restauradora del Museo del Prado durante tres décadas y media. 

En fin, son decenas, como veis, los motivos por los que merece acercarse a este El jardín del Prado, el más que interesante ensayo de Eduardo Barba Gómez. Con mi encarecida recomendación de su lectura os dejo ya con una canción obviamente relacionada con el universo floral. The secret life of plants, el clásico -con más de cuarenta años ya a sus espaldas- de Stevie Wonder. 


Trébol blanco, Taller de Jan van Eyck. La Fuente de la Gracia 

«¿Podrías identificar esta planta?». Un amigo muy querido me planteó esta cuestión, así de sencilla, y me propuse responderla. No lo sabía entonces, pero algo cambió en mi vida a partir de ahí. Hay preguntas que te llevan a otros lugares sin ni siquiera proyectarlo. Y así fue con aquella. Siempre le estaré agradecido con todo mi corazón por exponerme su duda, que fue savia nueva para mis días jardineros. La enigmática planta aparecía en una xilografía del Hortus Sanitatis, un tratado de historia natural del siglo XV. La especie nunca pude adivinarla, por la tosquedad con la que está diseñada, pero el descubrimiento me llegó de otra manera. Empecé a pensar en identificar todas las plantas que crecían en los cuadros, dibujos, esculturas y objetos diversos de artes decorativas que estaban expuestos en el Museo del Prado, como una manera más de aprender de la colección, de ampliar mi mirada. No tenía muy claro en qué jardín me estaba metiendo en ese momento. 

Una mañana fui al museo y me compré un pequeño cuaderno con el manzano de la laguna Estigia de Patinir en la portada, y comencé mi labor precisamente por la sala donde cuelgan los cuadros de este artista. El Descanso en la huida a Egipto fue una de las primeras obras donde me detuve. Al ir apuntando especie tras especie, no podía creer la grandísima cantidad de botánica que el pintor había reunido en su tabla. Se trataba de un ecosistema completamente autónomo, y era como si yo estuviera sentado también al lado de ese pequeño estanque, rodeado de un biotopo tan real como uno pudiera imaginar, oyendo alguna rana mofletuda escondida entre ese cancel de las ninfas, que es un ranúnculo acuático de pequeñas flores blancas. De repente estaba en Bélgica, en la provincia de Namur, y Patinir me enseñaba la riqueza de su tierra a través de sus ojos. 

Y aquello fue solo el comienzo. Obra tras obra y sala tras sala completaba la tarea. Me llevó varias semanas, meses, observar y catalogar todo el museo. Para cuando hube terminado, me di cuenta de que podía apreciar la caligrafía botánica de los artistas un poquito mejor que como lo había hecho al principio, así que comencé una segunda vuelta completa para apreciar detalles que se me hubieran podido escapar. Y vaya si los había. Los inestimables vigilantes de sala del Prado, que se desvelan por la seguridad de nuestras obras de arte, se asustaban viendo mi proximidad a las pinturas. Y con razón, porque a veces estaba tan cerca de ellas que, si sacaba la lengua, podía probar alguna de las frutas de sus bodegones, y me llevé más de una reprimenda mientras salivaba con algún jugoso descubrimiento. Así que entonces, por recomendación de una amiga, me compré un monóculo para aumentar esas plantas en ocasiones de tamaño minúsculo, con lo que amplié mis observaciones a la escala ínfima del detalle pequeño. ¿Qué más podía ocurrir? Pues que mi cultivo en el museo poco a poco se fue conociendo, y me convertí en la persona «que buscaba las plantas en los cuadros».
 Videoconferencia
Eduardo Barba. El jardín del Prado

miércoles, 12 de mayo de 2021

PATRICK RADDEN KEEFE. NO DIGAS NADA
  
Hola, buenas tardes. Un miércoles más, os saluda Alberto San Segundo, responsable de Todos los libros un libro, el programa de sugerencias de lectura de Radio Universidad de Salamanca. En las dos últimas semanas nuestro espacio os ha ofrecido sendas recomendaciones de libros de género híbrido, que participan simultáneamente de los rasgos del reportaje periodístico, el ensayo de investigación, la crónica histórica, la narración novelística, el true crime y el relato policial, una propuesta literaria, en auge en los últimos años, algunos de cuyos más destacados practicantes -Emmanuel Carrère, David Gann, incluso Javier Cercas, entre otros muchos- han encontrado acomodo en Todos los libros un libro en ediciones emitidas en temporadas precedentes.

Tras dos títulos muy interesantes, Arthur Conan Doyle, investigador privado, de Margalit Fox, y Los amnésicos, de Géraldine Schwarz, le llega el turno esta tarde a No digas nada, una apasionante y a la vez estremecedora muestra de historia, biografía, política y periodismo narrativo, presentada a finales del pasado 2020 por Patrick Radden Keefe, un escritor y periodista norteamericano de origen irlandés, con una amplia trayectoria como articulista en cuyo transcurso ha obtenido diversos premios por sus crónicas y reportajes. El libro, publicado por la editorial Reservoir Books, aparece en traducción de Ariel Font Prades, al que se le escapan un par de “fallitos” subsanables: allí faltaba un miembro del comando: el onceavo [sic] componente; siniestros [de nuevo sic] credenciales. No digas nada fue elegido mejor libro del año 2019 por The New York Times, The Washington Post, The Times y Time Magazine. Además, ganó el National Book Critics Circle Award y el Premio Orwell, y fue finalista del National Book Award. Por otro lado, escritores tan prestigiosos, y de criterio siempre fiable, como Javier Marías, John Banville, Guillermo Altares o Enric González, no han ahorrado elogios y, en algunos casos, no han dudado en calificar de obra maestra el libro de Radden Keefe. 

Una noche de diciembre de 1972, en Belfast, Jean McConville, una viuda de clase trabajadora, que en sus treinta y ocho muy católicos años había dado a luz a catorce hijos, de los que sobrevivían diez, entre los seis y los veinte años, vio irrumpir en su casa, humilde y austera, en un edificio destartalado, a un grupo de personas en actitud violenta. Los diez o doce “asaltantes”, hombres y mujeres, todos con la cara cubierta por pasamontañas o medias de nylon, uno de ellos empuñando un arma de fuego, conminaron a Jean, que, recién salida de la bañera, aún en bata, intentaba calmar a los niños asustados, a que se vistiera (Ponte el abrigo) y los acompañara. Ante la reacción espantada de los chicos, que se negaban a dejar que los intrusos se llevaran a su madre, los encapuchados, que se dirigían a los menores por su nombre de pila (el pequeño Michael, de solo once años, se dio cuenta, con horror, de que las personas que se llevaban a su madre no eran gente desconocida: eran vecinos suyos), acabaron por convencerles de que se trataba tan solo de una conversación de un par de horas y de que, tras ella, la devolverían a su casa. 

Jean nunca volvió a aparecer. En el barrio, un “reducto” católico” en un entorno mayoritariamente protestante, los rumores responsabilizaban al IRA del secuestro, una represalia por una supuesta colaboración de la mujer con el ejército británico, que el republicanismo católico veía como “fuerzas de ocupación”. En aquel clima bélico -los Troubles, el trágico período de treinta años que ensombreció Irlanda con su violencia etnicista- en que discurría la vida de los habitantes de Belfast una desaparición o una muerte más no llamaban especialmente la atención (fueron cerca de 3.500 los muertos entre 1969 y 1998, cuando se firmó el acuerdo de paz, el Acuerdo del Viernes Santo; otras fuentes hablan de 3.700; en nuestro país, ETA no “llegó” a los mil), por lo que, pese al interés de los hijos por averiguar lo sucedido, los hechos permanecieron sin aclarar hasta que, en 2003, los restos mortales de McConville fueron desenterrados en una playa solitaria. 

En este siniestro episodio se encuentra el origen del libro de Radden Keefe. Simultáneamente subyugado y horrorizado por el suceso, el periodista empezó en 2014 la investigación de los hechos, de sus causas y sus consecuencias, un trabajo ingente -aunque previsiblemente apasionante- que le obligó a indagar en las raíces sociales, religiosas, morales, políticas y hasta étnicas, que sustentaron las siniestras décadas de violencia en Irlanda del Norte, y que acabaría por desembocar en el libro que ahora tenemos entre manos. En la nota que cierra el volumen, el autor explica el proceso de creación y el desarrollo de su estudio, que le ocupó cuatro años (el libro apareció en Estados Unidos en 2018). En ese tiempo hizo siete viajes a Irlanda del Norte y se entrevistó con más de cien personas, aunque muchas más se negaron a colaborar -o accedieron inicialmente para, más adelante, reconsiderar su decisión-, dada la naturaleza muy “sensible” de las cuestiones examinadas. Destaca la significativa ausencia -pero de ello hablaré más adelante, pues es sustancial en el enfoque y el propósito del libro- de la voz “directa” de Gerry Adams, el controvertido líder del Sinn Féin, brazo político del IRA, y una de las figuras fundamentales para entender los episodios narrados, que se negó a hablar con Keefe. Éste, además, como es exigible en un trabajo de esta índole, consultó una ingente cantidad de documentación, un extremo que dota de fiabilidad al texto y que puede apreciarse en las casi cien páginas de notas (de un total de quinientas cincuenta), el centenar y medio de referencias bibliográficas y el copioso índice onomástico del voluminoso libro. 

Esto no es un libro de historia sino una obra de no-ficción narrativa, declara su autor. Nada -o apenas nada- en el libro es inventado. Si se describen los pensamientos de algún personaje, se recogen tal y como el propio interesado los manifestó al propio Radden Keefe o a algún otro interlocutor. Al analizar un tema tan controvertido -en esencia, la tortuosa historia del IRA en los últimos sesenta años-, sobre el que los protagonistas, los testigos, los observadores externos, los especialistas y los expertos mantienen interpretaciones divergentes y aun radicalmente opuestas, el escritor, en su pretensión de ofrecer un retrato fidedigno de los episodios narrados y en su voluntad paralela de no someter al lector a un relato abierto de continuo a digresiones, puntualizaciones y desarrollos y planteamientos alternativos que entorpecerían la lectura, se vio obligado a optar por la versión más plausible de los hechos en el texto principal, dejando para las notas las versiones alternativas y otros matices. En estas notas, que no son necesarias, por lo tanto, para la estricta comprensión del texto, se mencionan las referencias de las muchas fuentes de información manejadas por el cronista: noticias aparecidas en la prensa contemporánea, además de cartas, emails inéditos, documentos del gobierno recientemente desclasificados, autobiografías publicadas e inéditas, propaganda, declaraciones juradas, deposiciones, informes de pesquisas, informes forenses, testimonios de testigos, diarios personales, imágenes de archivo y grabaciones de conversaciones telefónicas. En este vasto elenco destaca una de las entrevistas recogidas en las cintas de lo que se ha llamado el Proyecto Belfast, una iniciativa del Boston College dirigida a principios de los 2000 por el periodista Ed Moloney y el antiguo miembro del IRA Anthony McIntyre. La Universidad norteamericana ofreció a destacados protagonistas de ambos bandos del conflicto irlandés -en su mayoría pistoleros y terroristas involucrados en “hechos de sangre”- expresarse con libertad sobre sus experiencias, con la promesa, a la postre traicionada, de no difundirlas hasta una fecha futura en la que los participantes hubieran muerto, y con la intención de que solo en ese momento -apagado ya el “fragor de la batalla”- sirvieran para la investigación académica sobre la convulsa etapa histórica de la que los declarantes habían sido personajes principales. De las decenas de conversaciones y los cientos de horas registradas, Radden Keefe solo pudo acceder a la transcripción de las palabras de Brendan Hughes, un siniestro cabecilla del IRA, asesino confeso, cuyas sangrientas peripecias, que ocupan un lugar destacado en la obra, se recogían en el libro póstumo Voces desde la tumba, que firmó Moloney en 2010. El resto de los testimonios, que acabaron convirtiéndose en armas políticas, siendo usadas como pruebas en juicios, probablemente sean ya inaccesibles para siempre. 

No digas nada está estructurado -vagamente- por dos ejes que corren en paralelo, aunque en su recorrido se imbrican muchos otros, con infinidad de historias, personajes y temas que se relacionan con los desarrollos argumentales principales, constituyendo su conjunto un formidable mosaico que refleja con verosimilitud la tragedia que supusieron aquellos años de guerra tribal en cierto rincón olvidado de Europa, en palabras de John Banville. Las vicisitudes de la familia McConville, antes y después de la desaparición de la madre, su afán por conocer la verdad de su siniestro destino, el establecimiento de la identidad de quien acabó con su vida (dato que el periodista proporciona, en una información inédita hasta el momento, en las páginas finales del libro), constituyen el hilo conductor central -bien que en muchos momentos se difumina y permanece oculto, casi, en la narración- que articula la investigación de Radden Keefe y el asunto de su libro. A su lado, atraviesa el texto la agitada trayectoria vital de Dolours Price, una icónica miembro del IRA, de extraordinario atractivo personal, que, junto a su hermana Marian (a la que los británicos llamaban “fabricante de viudas”, por las muchas víctimas que causó entre los soldados destacados en el Ulster), perpetró atracos, secuestros, colocación de bombas y asesinatos -llamados ejecuciones, en la eufemística jerga militar de su organización-, pero que, guapas ambas (Dolours era una joven de una belleza arrebatadora, con sus cabellos cobrizos, sus chispeantes ojos turquesa y sus pestañas claras), aparecían rodeadas de un aura de fascinación y encanto, un “look rebelde” muy apreciado en la época -finales de los sesenta y principios de los setenta (Dolours había nacido en diciembre de 1950)-, lo que la llevó, incluso, a posar para un reportaje periodístico en Paris Match. Los itinerarios de ambas familias -McConville y Price- se acercan y se alejan en numerosos pasajes del texto, cruzándose una y otra vez para acabar convergiendo finalmente. 

En torno a esas dos líneas “nucleares” se construye el cuerpo fundamental del libro, que recoge el análisis del conflicto de Irlanda del Norte, la problemática composición sociológica de la sociedad irlandesa, el contencioso entre católicos y protestantes, la convulsa relación histórica ente Irlanda y Gran Bretaña, los primeros enfrentamientos agresivos entre grupos, la creación del IRA y la profesionalización de las milicias republicanas, la lucha armada y la represión del Estado británico, la progresiva y dramática escalada de violencia, la proliferación de grupos paramilitares “antiterroristas”, el papel de las mujeres en la iconografía de la revolución, las discrepancias y escisiones entre diversas facciones del IRA, el clima permanente de desconfianza y sospecha, de paranoia y delaciones, de secretismo y silencio, las explosiones y las bombas, los atentados, los secuestros, los asesinatos, los juicios, las cárceles, las huelgas de hambre, y más bombas y más crímenes y los miles de víctimas, también las actuaciones políticas, las negociaciones, los acuerdos, las dudas gubernamentales, el estado actual de la cuestión, el Brexit y su paradójica repercusión sobre la sociedad irlandesa, pues hay quien aventura -el historiador Liam Kennedy, por ejemplo, experto en el tema- que la salida británica de la Unión Europea puede poner en peligro la paz en Irlanda. Y en otro plano, complementario al de la “fotografía” de esa realidad social “enferma”, se muestra la esfera íntima de algunos de sus protagonistas, su fanatismo, su locura sanguinaria, sus convicciones ciegas, su crueldad y su ausencia de compasión, su odio, su exaltada intolerancia, sus -en algunos casos- dudas y vacilaciones, sus contradicciones internas, su evolución ideológica, su premeditación y sus cálculos, su -en muchos casos, también- inquietante normalidad, las tragedias personales que vivieron (de muy diferente dimensión: unos como víctimas, los otros como verdugos), las existencias destrozadas, los desequilibrios mentales, los traumas psicológicos, el alcoholismo, los suicidios… 

En su presentación del entorno sociológico en el que se perpetró el secuestro de Jean McConville, Radden Keefe subraya el conflicto religioso de base. La isla de Irlanda es de población originaria y mayoritariamente católica. La llegada, ya a comienzos del siglo XVII, de colonos escoceses e ingleses, protestantes, sirvió de caldo de cultivo a un conflicto que se mantuvo vivo, y cruento, durante siglos. La “ocupación” británica nada pudo hacer frente a la pujanza del nacionalismo católico que desembocó en la creación, en 1922 y tras dos años y medio de guerra civil, del Estado Libre de Irlanda, independiente del poder de Londres, que agrupaba a veintiséis de los treinta y dos condados de la isla. Los otros seis, el Ulster, en el norte, en los que la población, al contrario que la tendencia dominante en el resto del territorio, era de religión anglicana, y cercana, pues, a los británicos, se mantuvieron como “unionistas”, vinculados a Gran Bretaña aunque con un cierto grado de autonomía política. Desde la independencia del sur, los católicos, minoritarios en el norte -apenas el treinta y cinco por ciento- y partidarios de una república irlandesa unida, persuadidos de que la partición entre ambas “regiones” era artificiosa e ilegal, y convencidos del carácter democrático y legítimo de sus reivindicaciones, manifestaron su oposición y comenzaron un enfrentamiento, que pronto sería armado y llegaría a la violencia contra el “unionismo opresor”. El IRA, Ejército Irlandés Republicano, en sus siglas en inglés, que había nacido en la mencionada guerra de la Independencia y que, sin dimitir de su voluntad de lograr la emancipación por la fuerza de las armas, se había mantenido en un relativo segundo plano durante cuarenta años, volvió a la carga a finales de los sesenta canalizando el malestar general de la población católica frente al poder central londinense. 

Este marco de referencia general impregnaba la vida cotidiana de los irlandeses del norte y en particular la de los habitantes de Belfast. Keefe describe con maestría la atmósfera de reticencias, sospechas, enemistades, antipatías, desprecios, ofensas enquistadas, bulos, recelos, afrentas, traiciones, amenazas, aversión, odio, paranoia, hostilidad, enfrentamientos y agresiones en el que convivían ambas comunidades. Los dos grupos se cerraban en compartimentos estancos, con fronteras -también físicas: alambradas, empalizadas, vallas, muros que aislaban a unos y otros como animales en un zoológico; pero sobre todo ideológicas- infranqueables. La no pertenencia al “clan” dominante en cada entorno resultaba una categórica causa de exclusión de ese respectivo ámbito -personal, profesional, social, mercantil-. Los colegios segregaban en función de la fe religiosa. Los lugares de ocio y esparcimiento se regían por lógicas de una férrea endogamia. Las paradas de autobús “eran” católicas o protestantes. El marido de Jean, Arthur, que moriría pronto tras una larga y dura enfermedad, había perdido su trabajo en cuanto sus jefes descubrieron que era católico. Las familias anglicanas ocupaban las viviendas de los católicos obligados a abandonarlas por la presión social, los señalamientos, las delaciones, las ostensibles manifestaciones reprobatorias en las puertas de sus casas. Y el fenómeno se repetía a la inversa, en un clima social insoportable. Era, leemos en el libro, una limpieza étnica al por menor: Paisley [un reconocido ultra anticatólico] iba soltando direcciones: el 56 de Aden Street, el 38 de Crimea Street, los dueños de la heladería; y desde ese momento, la vida de esa familia se volvía un infierno. Fruto de este estado de cosas, miles de personas se habían convertido, de un día para otro, en refugiados en su propia ciudad. Michael McConville recordaría esos días con horror, convertidos en forasteros en tierra extraña. Expulsados de East Belfast por ser demasiado católicos, en West Belfast los consideraban intrusos por ser demasiado protestantes. 

Los constantes malentendidos, los roces inevitables, los incidentes menores en un día a día muy convulso, alimentados por las absurdas creencias en mitos fundacionales y por las delirantes interpretaciones de un pasado histórico construido a voluntad, llevados al extremo por la histeria colectiva imperante acabaron por convertir los iniciales movimientos pacíficos por los derechos civiles en una guerra sangrienta, impregnada de connotaciones etnicistas y tribales (con un protagonismo relevante de lo simbólico, las banderas, los carteles, las pintadas: KAT, siglas de «Kill all Taigs», un término ofensivo para llamar a los católicos; KAH, siglas de «Kill all Hunes», en alusión a los protestantes, los «hunos»). Llama la atención, y se trata de hechos anecdóticos que, sin esfuerzo, pueden ser elevados a una categoría que revela esta componente primitiva, irracional, prelógica, absurda e inhumanamente fanatizada de los comportamientos de la época, cómo los terroristas, una vez detenidos, juzgados y encarcelados, rezaban juntos en sus celdas, íntimamente convencidos de la bondad de sus comportamientos; o cómo, en alguna de sus ejecuciones sumarias, extraían de sus propios bolsillos el rosario que demandaba en sus últimos instantes el supuesto chivato o espía o colaborador británico al que estaban a punto de fusilar. 

Esa vertiente exaltada, intransigente, obstinada y fanática, se manifiesta de modo emblemático en la creación del fenómeno conocido como whataboutery, un sintagma que designa la cerrazón intelectual y moral, la ausencia de empatía, la ciega sinrazón y la cerril intolerancia de quienes vivían acomodados en sus encastilladas posiciones, inflexibles, tozudos, rígidos, incapaces de la menor concesión. Así ilustra el fenómeno Radden Keefe en un breve e iluminador párrafo: Bastaba pronunciar el nombre Jean McConville para que alguien dijera: «¿Y el Domingo Sangriento, qué?». A lo que uno podía responder: «¿Y el Viernes Sangriento, qué?». A lo que otro podía decir «¿Y lo de Pat Finucane, qué? ¿Y el atentado a La Mon, qué? ¿Y la masacre de Ballymurphy, qué? Bueno, ¿y lo de Enniskillen, qué? ¿Y lo del bar McGurk, qué?¿Y lo otro, qué? ¿Y lo de más allá, qué?». 

Es imposible entrar, aunque solo fuera de manera breve, en las muchas dimensiones hacia las que se abre este muy estimulante -también muy duro- libro. Mencionaré tan solo, en estos párrafos finales de mi reseña, un par de ellos, el primero de presencia constante en casi cada una de las páginas de la obra, el segundo no explícito en ella, aunque ha aflorado de continuo en mi mente durante su lectura. 

Más allá de los análisis históricos, de la indagación en las raíces culturales y religiosas del conflicto, de la consideración de las tesis políticas esgrimidas por los distintos protagonistas, No digas nada interesa y sobrecoge al lector por la nítida, veraz, fidelísima y atroz fotografía de una época (muy próxima en el tiempo y muy cercana en el espacio a nuestra satisfecha normalidad de vida en las “desarrolladas” sociedades occidentales; en un fenómeno similar al que, con otra magnitud, ocurrió en los Balcanes hace poco más de treinta años), brutalmente marcada por el permanente clima de violencia, la atmósfera opresiva, el miedo, las mafias terroristas, los juicios sumarísimos, el espionaje y el contraespionaje, en una locura febril que convertía los consabidos hábitos de una existencia convencional (el desplazamiento al trabajo, las compras, los juegos de los niños en el parque, la diversión en los espacios públicos), en una lotería sangrienta en la que cada nueva jornada encerraba una amenaza cierta de muerte. Conocemos así los diarios disturbios con lanzamiento de ladrillos, piedras, cócteles molotov, réplicas de armas de fuego; las diversas facciones armadas -militares, civiles y paramilitares- patrullando amenazantes en cada esquina; las noches tenebrosas con las luces de las casas apagadas y el implacable repicar de los tiroteos en las calles; los gritos desesperados de los heridos; el miedo de las familias ante el estallido de una nueva bomba y la angustiosa espera de la vuelta a casa de los hijos, por esta vez afortunadamente indemnes; los señalamientos de quienes aparecían como sospechosos de colaborar con “el enemigo” (si de una mujer se rumoreaba -bastaba con esto, la mera presunción- que había confraternizado con un soldado británico, una turba rodeaba a la «culpable», le rapaba la cabeza, la untaba con alquitrán caliente, luego le tiraba por encima toda una funda de almohada llena de sucias plumas, y finalmente la ataba por el cuello a una farola, como se haría con un perro, para que su vejación sirviera de espectáculo a toda la comunidad. «¡Follasoldados!», la escarnecía la chusma); las delaciones basadas en conjeturas y sus consiguientes secuestros, desapariciones o asesinatos; las implacables -e igualmente delictivas- acciones de la contrainsurgencia británica, con el general de brigada Frank Kitson, el especialista en acciones militares “de baja intensidad” y responsable del MRF (una unidad de élite tan turbia y clandestina que la gente ni siquiera se ponía de acuerdo en algo tan básico como el significado del acrónimo en sí. Tal vez Fuerza Móvil de Reconocimiento. O tal vez Fuerza Militar de Reconocimiento. O quizá Fuerza Militar de Reacción), conocido por sus inicuas -e ilegales- técnicas de interrogatorio y por sus inhumanas y degradantes acciones de contraterrorismo; el Bloody Sunday, que protagoniza la canción de U2 que cierra el programa (en un vídeo sesgado ideológicamente, aviso para navegantes), una fecha tristísima de la historia de Irlanda, un domingo de enero de 1972 en el que una multitudinaria manifestación, en principio pacífica, acabó con los disparos de los soldados del ejército británico respondiendo al lanzamiento de piedras -hay fuentes que hablan también de tiros- de grupos violentos de manifestantes, en una jornada aciaga que provocó catorce muertos y decenas de heridos; y tantas otras manifestaciones del horror. 

Y, como corolario de esta atmósfera “externa” invivible, sobresalen también las aportaciones de Radden Keefe sobre el “precio” psicológico pagado por la población civil. Se hablaba del “síndrome de Belfast” para designar una dolencia resultante de vivir en un estado de terror constante, donde el enemigo no es fácil de identificar y la violencia es indiscriminada y arbitraria. Los médicos recetaban sedantes y tranquilizantes para combatir lo que hoy se diagnosticaría como un persistente estado de estrés postraumático. Los cuchicheos, los comentarios de la gente, las miradas aviesas, las pintadas de advertencia o abiertamente conminatorias, los mensajes anónimos intimidantes, formaban parte del día a día de gran parte de los habitantes de Belfast, constituyendo una suerte de “veneno” cotidiano. Como consecuencia, y con idéntico desgaste psicológico, se imponía la cultura del silencio (el título de libro alude a un poema, Digas lo que digas, no digas nada, de Seamus Heaney, Premio Nobel de Literatura en 1995, un católico irlandés muy “implicado” en el conflicto), en la que la reserva y el ocultamiento, el disimulo y el doble juego, el miedo inoculado por las insinuaciones y los avisos, por el chantaje y la coacción, trastornaban las mentes de la población civil. 

Todo ello me permite traer a colación, para cerrar ya mi comentario, la constante “presencia” del País Vasco, revoloteando en mi mente durante la lectura del libro. Con unas dosis algo menores de violencia explícita -el clima bélico imperante en Irlanda, con dos facciones enfrentadas en las calles a tiros, en muchas ocasiones, no se alcanzó, por fortuna, en los peores días de la sangrienta trayectoria de ETA, que sin embargo sembró de cadáveres cuatro largas décadas de la vida en España-, el “universo” que se describe en No digas nada nos resulta fácilmente reconocible a quienes hemos vivido con espanto y repulsión la más cruenta versión del anacrónico nacionalismo vasco -todos lo son, desfasados y “antiguos”, trasnochados y tribales-, que representó ETA y sus complacientes corifeos que, sin mancharse las manos, explotaban los réditos políticos que proporcionaban los asesinatos (recuérdese el siniestro unos mueven el árbol y nosotros recogemos las nueces, del viscoso Arzalluz). El fanatismo étnico; la deliberada invención de ficciones históricas que reconstruyen el pasado para adecuarlo a los propios intereses; la interpretación unívoca y supremacista de una realidad sociológicamente compleja; la repulsiva connivencia de la Iglesia con la “lucha armada”; las proliferación de facciones y escisiones entre los terroristas, capaces de “ajusticiarse” entre sí; la comprobada existencia de grupos y acciones contraterroristas amparadas, en mayor o menor medida, por el Estado; los debates sobre la conveniencia o no del abandono de las armas; los controvertidos intentos de negociación con los asesinos por parte de diversos grupos políticos, son rasgos “macro” que están en nuestra historia reciente e impregnan, también, el relato de Radden Keefe. Desde este punto de vista, la figura de Gerry Adams, reconocido dirigente terrorista, más que presunto responsable de la orden que acabó con la vida de la viuda McConville, con muchos probables delitos de sangre a sus espaldas, incapaz de reconocer siquiera su pertenencia al IRA, artero político del Sinn Féin presentado como adalid de la paz, tachado de cobarde y falaz por sus compañeros de crímenes condenados a pudrirse en las cárceles, con sus vidas destrozadas, mientras el “prestigio” de su “camarada” crecía en una existencia regalada, ese Gerry Adams que es, en la sombra, el auténtico protagonista negativo de la historia de la que se nos da cuenta en No digas nada, recuerda en tantos de los rasgos de su trayectoria vital a su, en cierto modo, álter ego español, el para mí despreciable Arnaldo Otegi. 

Pero es, sobre todo, en el ámbito “micro”, el apegado a la realidad cotidiana de las gentes, en el que el paralelismo “vasco/irlandés” nos asalta reiteradamente y de un modo más notorio en el libro que os comento. La perversa fascinación que ejercía la violencia entre los jóvenes, las calles y plazas tomadas por la “iconografía” terrorista, el odio y el fanatismo, las agresiones, las palizas, los linchamientos, las amenazas, el señalamiento del “enemigo”, la exclusión, el miedo constante, los atentados, las bombas, la imposibilidad de una vida normal para gran parte de la población, esa asfixiante atmósfera en la que hubo de desenvolverse la existencia para muchos vascos en aquellas ominosas décadas, todo ese cúmulo de referencias bien reconocibles para quienes, como es mi caso, se han sentido interesados intelectualmente y estremecidos en su sensibilidad, por los viles efectos de la repugnante y criminal dictadura del terrorismo nacionalista, están también muy presentes en el espléndido libro de Radden Keefe cuya lectura, por tantos motivos, os recomiendo vivamente. 

Os dejo ya con el prometido Sunday Bloody Sunday, una canción magnífica, uno de los grandes éxitos de U2, en un vídeo que, ilustrando los acontecimientos de ese sangriento domingo de enero de 1972, carga las tintas, a mi juicio, sobre una de las dos versiones enfrentadas de los hechos. Dejo, obviamente, a vuestra libertad la búsqueda de información y la formación de un criterio propio sobre el terrible suceso. 


En la playa de la península de Cooley, las máquinas estuvieron excavando durante cincuenta días hasta dejar un cráter del tamaño de una piscina olímpica. Los McConville seguían reuniéndose allí a diario, aferrados a la esperanza de que la tierra pudiera proporcionar alguna pista: un botón, un hueso, una zapatilla, el imperdible que su madre llevaba siempre. Algunas noches se encerraban todos en el coche de uno de ellos y contemplaban el mar de Irlanda y el romper de las olas en la playa. Al final, sin embargo, la búsqueda se dio por terminada. Por lo visto, al dar las coordenadas de la tumba de Jean, el IRA se había equivocado. «Nos pusieron en ridículo», cuando secuestraron a Jean, dijo Agnes, el rímel corrido por las lágrimas. «Y ahora nos ponen en ridículo otra vez.» 

Los hermanos se separaron y cada cual se fue a su casa, pero en todas partes había cosas que les recordaban a su madre. Tal vez no supieran quién había ordenado asesinar a Jean o quién fue el encargado de cumplir esa orden, pero recordaban muy bien aquella noche de diciembre en que unos jóvenes vecinos de Divis habían irrumpido en su piso y se habían llevado a Jean. Los integrantes del comando se habían hecho mayores, se habían casado, tenían familia. De las vueltas que da la vida, esta era cruel: varios McConville ya no recordaban la cara de su madre, dejando aparte la única foto que quedaba de ella, pero sí la cara de los que la secuestraron aquella noche. Una vez, Helen llevó a sus hijos a un McDonald’s y reconoció a una de las mujeres que formaban parte del grupo. Estaba allí con su propia familia. Le gritó a Helen que la dejara en paz. 

En otra ocasión, Michael paró un taxi negro en Falls Road y una vez dentro vio que el hombre que iba al volante era uno de los raptores de su madre. El taxi arrancó. Hicieron el trayecto en silencio. ¿Qué podía decirle Michael? Cuando llegaron a la dirección indicada, pagó la carrera sin decir palabra y se apeó del taxi.
  Videoconferencia
Patrick Radden Keefe. No digas nada

miércoles, 5 de mayo de 2021

GÉRALDINE SCHWARZ.  LOS AMNÉSICOS

No estaba especialmente predestinada a interesarme por los nazis. Los padres de mi padre no habían estado ni del lado de las víctimas, ni del lado de los verdugos. No se habían distinguido por actos de valentía, pero tampoco habían pecado por exceso de celo. Simplemente eran Mitläufer, personas «que siguen la corriente». Simplemente, en el sentido de que su actitud había sido la de la mayoría del pueblo alemán, una acumulación de pequeñas cegueras y de pequeñas cobardías que, sumadas unas a las otras, habían creado las condiciones necesarias para el desarrollo de los peores crímenes de Estado organizados que la humanidad haya conocido jamás. Después de la derrota y durante largos años, a mis abuelos les faltó perspectiva, como a la mayoría de los alemanes, para darse cuenta de que, sin la participación de los Mitläufer, incluso aunque hubiera sido ínfima a escala individual, Hitler no habría estado en condiciones de cometer crímenes de aquella magnitud. 

El propio Führer lo presentía y tanteaba regularmente a su pueblo para ver hasta dónde podía llegar, lo que se toleraba y lo que no se toleraba, a la vez que lo inundaba de propaganda nazi y antisemita. La primera deportación masiva de judíos organizada en Alemania que serviría para sondear el umbral de aceptabilidad de la población justamente tuvo lugar en la región donde vivían mis abuelos, en el sudoeste del país: en octubre de 1940, más de 6.500 judíos fueron deportados de Baden, el Palatinado y Sarre hacia el campo francés de Gurs, situado al norte de los Pirineos. Para acostumbrar a los ciudadanos a este espectáculo, las fuerzas del orden habían procurado salvar un mínimo las apariencias, evitando la violencia y fletando vagones de pasajeros, en lugar de trenes de mercancías como harían más tarde. Pero los responsables nazis querían saber a ciencia cierta de lo que era capaz el pueblo. No vacilaron en actuar a la luz del día, obligando a cientos de judíos a recorrer el camino hasta la estación por el centro de la ciudad, con sus pesadas maletas, sus chiquillos llorosos y sus ancianos agotados, ante los ojos de ciudadanos apáticos, incapaces de dar muestras de humanidad. Al día siguiente, los Gauleiter (jefes de distrito) comunicaron con orgullo a Berlín que su región era la primera de Alemania que había sido judenrein (depurada de sus judíos). El Führer debió de alegrarse de ser tan bien comprendido por su pueblo: estaba maduro para «caminar con él». 
 
Un episodio en particular había demostrado que la población no era tan impotente como quiso hacer creer después de la guerra. En 1941, la oposición de ciudadanos y obispos católicos y protestantes alemanes había conseguido interrumpir el programa de exterminio de las personas discapacitadas mentales y físicas o consideradas como tales, ordenado por Adolf Hitler con el objetivo de purgar la raza aria de estas «vidas sin valor». Cuando esta operación secreta llamada Aktion T4 estaba en su apogeo y ya había causado 70.000 muertos, gaseados en centros especiales en Alemania y Austria, Hitler cedió ante la indignación popular y puso fin a su proyecto. El Führer había comprendido el riesgo que corría ante la población al mostrarse demasiado abiertamente cruel. Por otra parte, también es una de las razones por las que el Tercer Reich desplegó una energía absurda en organizar la logística extremadamente compleja y costosa del transporte de los judíos de Europa y de la Unión Soviética para exterminarlos lejos de la vista de sus compatriotas, en campos aislados en Polonia. 

Pero, después de la guerra, nadie o casi nadie en Alemania se planteaba la cuestión de saber lo que habría ocurrido si la mayoría no hubiera ido a favor de la corriente, sino contra una política que había revelado bastante temprano su intención de pisotear la dignidad humana como se aplasta una cucaracha. Haber ido a favor de la corriente como el Opa, mi abuelo, estaba tan extendido que la banalidad se había convertido en una circunstancia atenuante de este mal, incluso a los ojos de las fuerzas aliadas que se habían empeñado en desnazificar Alemania. Después de su victoria, americanos, franceses, británicos y soviéticos habían dividido el país y Berlín en cuatro zonas de ocupación, en las que cada uno se había comprometido a erradicar los elementos nazis de la sociedad, con la colaboración de cámaras arbitrales alemanas. Habían fijado cuatro grados de implicación en los crímenes nazis; los tres primeros justificaban teóricamente la apertura de una investigación judicial: los «incriminados mayores», los «incriminados», los «incriminados menores» (Hauptschuldige, Belastete, Minderbelastete), y luego estaban los Mitläufer. Según la definición oficial, este último designaba «a quien solo ha participado nominalmente en el nacionalsocialismo», en especial «los miembros del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP) [...] que se contentaban con pagar las cuotas y participar en las reuniones obligatorias». En realidad, en el Reich, que contaba con 69 millones de habitantes en sus fronteras de 1937, el número de Mitläufer superaba el marco de los ocho millones de miembros del NSDAP. Unos millones más se habían unido a organizaciones afiliadas y muchos otros habían aclamado el nacionalsocialismo sin por ello adherirse a una organización nazi. Mi abuela, por ejemplo, que no tenía carné del partido, estaba más apegada a Adolf Hitler que mi abuelo, que sí lo tenía. Pero los Aliados no tenían tiempo para estudiar detenidamente esta complejidad. Ya tenían suficiente trabajo con los incriminados, menores y mayores, es decir, con la multitud de altos funcionarios que habían dado órdenes criminales en este laberinto burocrático que era el Tercer Reich y todos los que las habían ejecutado, a veces con un celo infame. 

Hola, buenas tardes. Así, con este texto tan sugerente y tan explícito que constituye, en cierto modo, el germen de la obra que hoy quiero presentaros, empieza Todos los libros un libro, el programa de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca. Se trata del fragmento inicial del primer capítulo de Los amnésicos, interesante ensayo, con elementos de crónica periodística y ficción autobiográfica, que publicó la periodista, escritora y documentalista franco alemana Géraldine Schwarz en 2017 y que vio la luz en nuestro país a finales de 2019 en el seno de la editorial Tusquets, que la presentó, con el subtítulo de Historia de una familia europea, en traducción de Núria Viver Barri y con un ilustrativo epílogo de José Álvarez Junco, catedrático emérito de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Políticos y Sociales en la Universidad Complutense de Madrid. Los amnésicos obtuvo en 2018 el Premio del Libro europeo, aunque en la categoría de novela, lo cual nos hace reflexionar, una vez más, acerca de lo lábiles que son, en muchos casos, las fronteras entre géneros literarios. 

El interés natural de Géraldine Schwarz por averiguar las razones por las que una inmensa mayoría de alemanes, esos indiferentes y conformistas Mitläufer a los que alude en el texto introductorio, se “dejaron llevar por la corriente” y consintieron -por no hablar de quienes participaron directamente-, con su ceguera o cobardía, en que los crímenes del nazismo pudieran producirse, se vincula desde muy pronto en su biografía con la propia historia familiar. Indagando en el sótano de la casa de Mannhein en donde había nacido su padre y rebuscando en los archivadores que allí conservaba su abuelo, Karl Schwarz, acaba por encontrar entre multitud de viejos papeles amarilleados por los años un contrato en el que se concretaba la compra, que su abuelo había llevado a cabo en 1938, de la empresa que le habría proporcionado su muy holgada posición económica. La empresa, de productos petrolíferos, Siegmund Löbmann & Co. pertenecía a dos hermanos judíos, Julius y Siegmund Löbmann, y a su cuñado, también judío, Wilhelm Wertheimer, con cuyas hermanas, Mathilde e Irma, los dos primeros se habían casado. La intuición, que refuerza la fecha del negocio, ese año de 1938 en que muchos judíos se vieron obligados a malvender su bienes e intentar la huida de Alemania ante la amenaza de una muerte inminente como consecuencia de la cada vez más agresiva política hitleriana, de que el lucrativo modo de vida de los Schwarz, la sociedad desde ese momento conocida como Schwarz & Co. Mineralölgesellschaft, pudiera tener un origen oscuro, un expolio, un robo consentido (valga el oxímoron), una simulación contractual innoble por la que los legítimos propietarios se hubieran visto desposeídos de la firma familiar, acrecentará la curiosidad de la periodista por conocer el comportamiento de sus parientes, singularmente sus abuelos, en aquellos días aciagos. 

Los amnésicos es el fruto de esa curiosidad y de la investigación que la sigue. Schwarz relata en primera persona la historia de su familia, no solo en su rama alemana, la de su padre Volker y su abuelo Karl, a la que directamente alude el episodio referido, sino también la francesa de su madre, afectada también, como luego veremos, por las consecuencias de la guerra. A partir de los documentos hallados, la subyugante -y también terrible- pesquisa de la autora profundiza en la dramática experiencia de los Löbmann y los Wertheimer, asesinados en Auschwitz en su mayor parte, a los que sigue los pasos en una búsqueda apasionante y emotiva que la lleva a encontrar difusos rastros de sus descendientes en Chicago y, sobre todo, una pista más fiable en Inglaterra, en donde localizará a Lotte Kramer, sobrina de Wilhelm, la cual, una lúcida ancianita de noventa y cinco años que vive en una residencia en Peterborough, al norte de Londres, accederá a entrevistarse con ella. Un poema de Lotte cerrará, de forma emotiva, el texto de Schwarz. 

Pero este primer eje del libro, personal y más directamente biográfico, conectado con la necesidad de saber cómo se comportaron sus familiares ante los crímenes nazis, se entremezcla de continuo -hasta constituir un todo indiscernible con él- con otro hilo conductor, el que podríamos llamar “objetivo” y colectivo, que tiene que ver con la reflexión sobre esos hechos históricos, sobre sus causas y sus consecuencias: esa salvaje destrucción de Europa, esa aberrante aniquilamiento de los más elementales valores de la civilización que provocó el Tercer Reich con toda su ignominiosa carga de vileza y maldad. En el primero de los frentes comparecerán Karl, el abuelo afiliado al NSDAP, el Partido nacional socialista alemán; su mujer, Lydia, no militante aunque entusiasta seguidora de Hitler, arrebatada por su carisma; el otro abuelo, Lucien, un gendarme francés al servicio del régimen de Vichy, Josiane, la abuela francesa, que no podía desconocer, en la Francia ocupada en que vivían, las expulsiones, la represión contra los miembros de la resistencia y, en definitiva, el destino funesto de los judíos. A través de ellos, y con la presencia relevante de los padres, sobre todo de su progenitor alemán, Volker, la aventura familiar llega a la generación de Géraldine, que con cuarenta y seis años se define como hija de esa Europa de raíces convulsas pero que vive, desde mucho antes de su propio nacimiento, una etapa magnífica de paz democracia y prosperidad; Géraldine, una niña que no ha conocido ninguna guerra y que desde esa posición de privilegio se pregunta el porqué del mal. 

La segunda vertiente nos permitirá conocer, en un recorrido detallado que abarca siete décadas, los modos en los que los distintos países afectados -singularmente Alemania y Francia, pero también Inglaterra, Italia, Austria, Rusia o los países de la antigua órbita soviética (las menciones a España son escasas y episódicas: una alusión sesgada a la Inquisición, y un par de referencias de pasada al encuentro Franco-Hitler y a ETA)-, han intentado reflexionar sobre su pasado, analizar los atroces hechos ocurridos, superar sus traumas, reconocer y digerir sus culpas, recuperar y mantener viva su memoria. Y es en la inteligente construcción de esos dos planos entreverados en donde surge el propósito del libro: Tejer los dos hilos juntos, dar amplitud al relato familiar sometiéndolo al juicio de la Historia, a la sabiduría de los historiadores, esos detectores de mentiras y de mitos. Ofrecer a cambio un alma a la ciencia, la carne y la sangre de una memoria familiar, la impresión de la condición humana. Y de manera aún más elocuente afirma también Schwarz: Quiero comprender lo que era para saber lo que es, devolver a Europa sus raíces, que los amnésicos intentan arrancarle. 

Ese presente del tiempo verbal -“intentan arrancarle”- me parece relevante a la hora de definir el planteamiento, el propósito que anima a la autora de Los amnésicos. Porque examinar lo acontecido, esclarecer los hechos, escrutar en los resquicios ocultos del pasado, reavivar la memoria colectiva y reaccionar contra esa amnesia culpable a la que tan inequívocamente alude el título del libro, no son tareas que Géraldine Scharwz encare solo con un afán retrospectivo de conocimiento y comprensión, de empatía y verdad, de justicia y dignidad, de restitución y resarcimiento moral; por el contrario, su propuesta se extiende hasta el tiempo actual, rastreando en los movimientos populistas de nuestros días, en el auge de la ultraderecha y los partidos neofascistas, los vínculos teóricos -indisimulados, en algunos casos- con los postulados del nazismo y, en consecuencia, su peligrosa pervivencia en nuestros días. Hay, pues, en el libro, una abierta toma de posición, explícitamente de izquierdas, sobre los asuntos tratados. Este apriorismo de partida lastra a mi juicio el último tercio de la obra, el que abandona -aunque no del todo- la descripción y el escrutinio del pasado -soberbios, a mi juicio- para adentrarse en el análisis, más político que histórico, más subjetivo que “factual”, más “de parte” que neutral, de las corrientes ideológicas ultramontanas que permean en no escasa medida algunos de los parlamentos de las democracias occidentales. Frente al fascinante retrato de la Alemania nazi y la Francia ocupada, frente al conmovedor relato de las vicisitudes de las familias Schwarz, Löbmann y Wertheimer, frente al lúcido y profundo examen de la connivencia pasiva -o no tanto- de infinidad de ciudadanos anónimos que se aprovecharon o se dejaron llevar por el estado de cosas vigente impuesto por el terror del Reich, frente a los apasionantes “fragmentos de vida” que se ofrecen en las magistrales doscientas cincuenta primeras páginas de la obra, las ciento treinta finales pierden intensidad, porque al alejarse del “calor” de la experiencia viva de sus antepasados -interesante en sí misma, más allá de la mirada de quien narra-, o bien afloran más claramente en el texto los presupuestos ideológicos de la escritora, o bien el relato se resuelve en “batallitas” personales de menos trascendencia: encuentros con amigos, charlas con periodistas, viajes como reportera… en todo caso vinculados al asunto central del libro pero que acaban aproximando la obra a un reportaje periodístico -documentado y relevante- o a una crónica política -valiosa y en gran medida acertada en sus reflexiones sobre el espíritu de los pueblos- más convencionales, más consabidos, más comunes, y con muchísimo menos atractivo, aliciente y originalidad que la faceta histórico-familiar de la obra, intensa, cálida, palpitante, emotiva. Dicho en otras palabras y de manera más simple: lo que tiene Los amnésicos de recreación novelada de unas vidas “reales” (entre las páginas del libro encontramos fotos del archivo personal de la familia de la autora, en las que conocemos y podemos “acercarnos” a los protagonistas) resulta más “universal”, más fácilmente compartible por cualquiera, más indiscutible “verdad” (la insuperable verdad de la narración inteligente y honesta), nos “enseña” más que la siempre discutible sucesión de análisis sociológicos y opiniones políticas de la escritora, que, aunque bien fundamentados, excelentemente hilados en un discurso coherente y persuasivo (y, en mi caso particular, compartidos casi en su totalidad), no dejan de ser limitados, matizables, parciales, marcados -quizá por su cercanía en el tiempo- por un cierto carácter coyuntural, siempre algo fugaz y evanescente. 

Delimitado así el plano general del libro, quiero subrayar ahora con mayor detalle algunas de las más interesantes cuestiones que plantea. La primera y sustancial es la mera formulación de la pregunta que desencadena la investigación base del ensayo: ¿por qué? ¿Por qué siendo notorios los abusos, siendo flagrantes las vejaciones, los atropellos, las agresiones, las desapariciones de tantos y tantos conciudadanos, modélicos vecinos, conocidos y aun amigos hasta entonces, siendo evidentes las consecuencias primero molestas e incómodas, más adelante dolorosas, trágicas al fin, siempre injustas, de las medidas antisemitas que se tomaron durante años en infinidad de pequeñas poblaciones -imposible el desconocimiento, pues-, la gente común, el ciudadano medio -no ya el fanático “concienciado”- miró hacia otro lado, se recluyó en su silencio indiferente, consintió, pues, se dejó llevar, no cuestionó, no opuso resistencia, no protestó, no intentó interferir? 

El libro recoge bastantes ejemplos de episodios que de ningún modo podían haber pasado desapercibidos para un ciudadano común, singularmente en Mannheim, una población que en la época no llegaba a trescientos mil habitantes. No eran solo los judíos señalados con la estrella de David, sus tiendas marcadas cuando no destrozadas, la propaganda antisemita omnipresente, ni los abogados, los comerciantes o los médicos obligados a abandonar sus profesiones, ni los profesores represaliados, ni los niños judíos expulsados de sus colegios, circunstancias todas de imposible “invisibilidad” para el resto de sus vecinos… Lo que resulta difícil de comprender -y aquí la perplejidad de Schawrz es también la nuestra- es, por todo ejemplo, cómo el 22 de octubre de 1940 la población permaneció impasible cuando alrededor de dos mil judíos de Mannheim fueron sacados de sus domicilios, reunidos en diferentes puntos de encuentro de la ciudad y después trasladados a pie y en autobús hacia la estación para ser deportados. Algunos cruzaron el centro urbano en fila ante los ojos de los habitantes, que, al ver a estas familias expulsadas de su propia ciudad, mostrando una dignidad ejemplar, tranquilas y erguidas en sus trajes de domingo, habrían tenido que acudir para levantar a una niña que había tropezado o ayudar a un anciano a caminar. (…) La gente de Mannheim, continúa la autora, habría tenido que interponerse, preguntar a la policía: pero ¿con qué derecho te llevas a nuestro compañero, con el que hicimos la Gran Guerra, a nuestro hermano a los ojos de Dios, a nuestro peluquero al que confiamos nuestros problemas, a nuestro amigo de la universidad, a nuestros vecinos, cuyos hijos juegan con los nuestros, o a nuestro sastre, que confecciona nuestros trajes desde hace generaciones? Pero el espectáculo fue muy diferente, como han descrito los testigos judíos: «Algunos aplaudían, otros miraban y algunos se daban la vuelta, visiblemente avergonzados». 

Es cierto que el Tercer Reich fue un régimen de terror, con un sistema represivo implacable, intimidatorio y violento, pero ello, nos dice Schwarz, permite dar con una de las causas de que el continuado genocidio pudiera desarrollarse, pero no lo aclara del todo, porque es también verdad el que salvo en casos extremos, en los que la negativa a obedecer órdenes llevaba directamente a la muerte, el proceso de progresiva “arianización” de Alemania tuvo muchos fases, de las cuales las deportaciones y el exterminio en los campos (situaciones en las que oponerse constituiría, sin duda, una tarea solo propia de héroes) fueron solo las últimas. Antes, hubo infinidad de medidas obscenamente arbitrarias, ilícitas, abusivas, inmorales, que contaron con la participación activa de cientos de miles de alemanes y la complicidad pasiva de otros varios millones. 

Y es verdad también que la formidable maquinaria de propaganda y seducción masiva que el nazismo construyó encandilaba a las gentes, los hacía sentirse partícipes de una esperanzadora “comunidad del pueblo”, una comunión colectiva con aquel Führer de irresistible magnetismo y su proyecto generador de entusiasmo, una igualadora unidad que rezumaba ilusión y optimismo social, un frenesí popular capaz de arrastrar a las masas y de conducir a tantos individuos anónimos, a personas “normales”, a la lealtad incondicional a Hitler y a la ciega sumisión a su desquiciado propósito hasta el punto de cerrar los ojos, aceptar o incluso colaborar con prácticas abierta y objetivamente asesinas. 

Pero ni la justificación por el miedo invencible ni la de las conciencias trastornadas por un siniestro experimento de psicología social, explican del todo el fenómeno. Los amnésicos aporta una tercera y muy significativa causa: el interés, la codicia, el saqueo, el afán de lucro, el egoísmo, la miseria moral, la abyección, en definitiva… la maldad. Hay profusión de informaciones y datos que avalan esta tesis: La cámara de comercio de Mannheim librándose de sus miembros judíos, es decir, de su presidente y un tercio de sus efectivos, en un proceso, sin causa objetiva alguna, que se repetía por toda Alemania; infinidad de instituciones, universidades, colegios médicos y asociaciones de industriales, de comerciantes, de abogados, que en cualquier rincón del país excluían abrupta y despiadadamente a los judíos, muchas veces para medrar en su lugar, ocupar sus plazas, ganar sus clientelas; multitud de insensibles y despiadados ciudadanos, muchos sin vínculo ideológico con el nazismo, que se aprovecharon, por interés económico, de los judíos obligados a abandonar su casas y sus bienes para huir, comprando a precios irrisorios sus prósperas empresas, adquiriendo en subastas repugnantes (repugnantes porque los bienes por los que se “pujaba” eran los de sus propios vecinos, con los que habían compartido amistad hasta hacía meses y que, todos lo sabían, habían sido expulsados a la fuerza de sus casas) los enseres -ropas, muebles, joyas, objetos decorativos, obras de arte, relojes- de quienes eran forzados a dejar sus hogares (Volker, el padre de la autora, se percatará, al ver unas fotos del domicilio familiar de antes de la guerra, de que los rústicos muebles que en ellas aparecían no se correspondían con el mobiliario art déco, la biblioteca, el gran escritorio, las lujosas alfombras, la vajilla china, que él recordaba de su infancia tras la contienda, ¿fruto todo ello del expolio?). Lo que hacía que aquellas subastas fueran realmente nauseabundas era que la mayoría de ellas tenían lugar en la propia vivienda de los judíos. Por lo tanto, los compradores sabían muy bien a quién pertenecían las cosas. Y el texto es aún más nítido: La codicia y la avidez los hacían despiadados. Aunque no se conozca el importe de las transacciones, debía de tratarse de auténticos negocios, a juzgar por el ambiente descrito por los observadores a través del país: un verdadero «ambiente de buscadores de oro». Joseph Goebbels observó que sus compatriotas arios se precipitaban «como buitres sobre las migajas tibias de los judíos». Los interesados no vacilaban en solicitar a las autoridades que les reservaran este o aquel bien, en el que se habían fijado, a veces incluso antes de la deportación de su propietario. El corolario que extrae Géraldine Schwarz de estas informaciones es explícito y de una contundencia irrefutable: Esta conducta me parece esencial, porque echa por tierra la excusa principal de la generación de aquella época, es decir, que no sabían nada de la suerte final de los judíos; los que compraban bienes en aquel ambiente de redistribución de los frutos de un saqueo digno de la Edad Media, ¿no sospechaban que sus propietarios nunca iban a volver, y que nunca estarían en condiciones de reclamarlos, porque estarían muertos o casi? 

Pero todo ello ocurría no solo con los bienes, sino también con las viviendas, que se adquirían a precio de saldo o se “expropiaban” para beneficiar a los amigos del régimen. Y en los desgraciados y muchas veces fallidos intentos de los judíos de procurarse una salida hacia Francia, España, Portugal, Inglaterra, como lugares de paso hacia América, un sinnúmero de intermediarios corruptos reclamaban pagos, sobornos, entrega de acciones, favores sexuales: agencias de viajes, consulados, conductores, barqueros, hosteleros, funcionarios corruptos..., ¡cuántos se enriquecieron a expensas del antisemitismo! E infinidad de empresas, ya poderosas entonces y aún hoy punteras, se aprovecharon de la mano de obra esclava integrada por las masas -más de diez millones de trabajadores forzados del Reich- de deportados por el nazismo condenados a trabajar hasta la muerte en los campos. Los nombres de Flick, Krupp, Siemens, que ya habían aparecido, con idénticas connotaciones, en El orden del día, la magistral novela de Éric Vuillard que ya presenté aquí hace unos años, afloran en las páginas de Los amnésicos como ejemplos innobles de esa explotación criminal. 

Y todo este complejo proceso de extorsión requirió la intervención activa, nos dirá la autora, de numerosos actores: el Estado y los compradores, pero también los intermediarios, agentes inmobiliarios, corredores, bancos, prestamistas de casas de empeños, notarios, juristas y casas de subastas. Probablemente, es el crimen nazi que implicó a círculos más amplios de la sociedad alemana. Si frente a las deportaciones, la población había sido sobre todo culpable de apatía, frente el expolio, había brillado por su sentido de la iniciativa y su falta de escrúpulos. 

No es de extrañar, pues, que, con estos cimientos, la posterior política de exterminio hubiera podido prosperar. Y es que, más allá de la inhumana falta de comprensión y solidaridad, más allá del saqueo económico, miles de alemanes (y no solo, el libro, ya se ha dicho, estudia también los casos de otros países, singularmente el de la Francia colaboracionista) fueron colaboradores necesarios en el intento de aniquilación de los judíos. Cita Schwarz al estadounidense-austriaco Raul Hilberg, autor de La destrucción de los judíos europeos, libro en que se cifra en varios cientos de miles el número de personas implicadas con conocimiento de causa en la logística y la ejecución del Holocausto: los altos dirigentes del Reich, burócratas en casi todos los ministerios, los verdugos de los campos, los Einsatzgruppen, una parte de la Wehrmacht, ferroviarios, médicos, expertos de IG Farben, las empresas alemanas que explotaban a los trabajadores forzosos de los campos… 

Otra vertiente de interés en el libro la constituye el análisis de los procesos de desnazificación en la posguerra, las distintas formas de revisar el pasado por los cuatro países que se hicieron cargo del control de Alemania y que se “repartieron” Berlín tras la derrota del Reich. El rigor inicial de los americanos, minuciosos en la exigencia de responsabilidades y su cambio de criterio posterior, la “relajada” política final; la tibieza de los británicos, que no persiguieron convincentemente a los nazis y se limitaron a una reeducación social a través de los medios de comunicación; la indulgencia francesa, generosos con los industriales que habían colaborado con Hitler a cambio de participaciones en sus negocios; la brutalidad rusa, su purga política que incluía a presuntos dirigentes del régimen junto a todos cuantos se oponían a la instauración en el sector oriental del país del nuevo modelo soviético. 

La general laxitud de unos y otros se explica, en primer lugar, por la aceptación de la dudosa tesis según la cual los crímenes nazis fueron obra de un pequeño grupo de criminales fanáticos concentrados en torno al delirio paranoico de su enloquecido Führer mientras que el resto de los intervinientes o bien ignoraban la exacta dimensión de la tragedia o bien fueron obligados a cumplir órdenes. Sin embargo, Los amnésicos desmonta esas argumentaciones y ofrece otras convincentes para explicar el escaso afán de los aliados -y más delante de las propias autoridades alemanas- en la depuración de culpabilidades: la mala conciencia francesa por la deleznable complicidad del régimen de Vichy; los brutales -y ahora, con la perspectiva de los años y las nuevas investigaciones, también criminales- bombardeos británicos masivos contra los civiles alemanes (entre 300.000 y 400.000 civiles habrían muerto bajo las bombas); las salvajes violaciones y las atrocidades sin cuento perpetradas por el Ejército Rojo en su avance hacia Berlín (más de 1,4 millones de mujeres alemanas fueron violadas por los soldados rusos y centenares de miles de hombres fueron enviados a los gulags y sometidos a trabajos forzados); el sentimiento de culpa norteamericano por la venganza nuclear sobre Japón; las ventajosas contrapartidas que obtuvieron los aliados por pasar más o menos de puntillas sobre los hechos, aprovechando su posición de fuerza para robar elconocimiento tecnológico a los alemanes (El historiador americano John Gimbel ha estimado que los británicos, pero sobre todo los americanos, sustrajeron a Alemania un patrimonio intelectual por un valor de 10.000 millones de dólares de la época, es decir, el equivalente a 100.000 millones de dólares actuales: conocimiento científico y tecnológico, patentes, inventos, innovaciones en múltiples ámbitos, microscopios electrónicos, fórmulas cosméticas, máquinas textiles, registradores, insecticidas, una máquina distribuidora de servilletas de papel, pero también submarinos, torpedos, radares, obuses, motores de carro de combate, satélites y, obviamente, los miles de expertos que implementarían todo ello en Norteamérica, Inglaterra, Francia, Rusia…); la presencia de antiguos dirigentes nazis en las instituciones alemanas que debían llevar a cabo la exigencia de responsabilidades a los asesinos, fueron, entre otras, las principales causas que impidieron la exhaustiva clarificación sobre la autoría de los crímenes y la adecuada condena a sus autores. 

El libro ofrece también capítulos de interés -y la enumeración ya debe ser rápida, con el tiempo consumido- sobre la insolidaridad de muchos países en relación con los miles de refugiados que escapaban del terror del Reich; sobre la conflictiva reunificación alemana tras la caída del muro, sobre la presencia durante décadas y sobre la actual pervivencia, que por desgracia va más allá de la mera nostalgia- de los valores y el ideario nacionalsocialista en Austria, Italia, los Balcanes, el Este de Europa; sobre el resurgimiento de la extrema derecha; sobre la necesidad de unas políticas de memoria histórica rigurosas, matizadas, reflexivas y libres de prejuicios y apriorismos ideológicos. 

 En fin, un libro altamente recomendable este Los amnésicos de Géraldine Schawrz, del que quiero dejaros ahora otro largo fragmento que, por sí solo, bastaría como prueba de su interés y de su actualidad. Las imágenes de la llegada a Múnich, en 2015, de los primeros contingentes de refugiados sirios, tras la valiente apertura de fronteras decidida por Angela Merkel, remite a la autora a escenas similares vividas setenta años atrás en el Mannheim de su familia. El acompañamiento musical a mi interpretación del libro es un tango polaco, El tango de Auschwitz, compuesto antes de la guerra pero cantado, con modificaciones adaptadas a la situación, por los judíos del campo. Aquí lo podéis escuchar, con subtítulos en italiano, en la versión de la gran Ute Lemper. 

Cuando encendí la televisión el primer día de la llegada de los refugiados a Múnich, la primera imagen que vi fue un tren de la Deutsche Bahn en el andén donde desembarcaba una multitud de viajeros, algunas mujeres con velo, niños, pero, sobre todo, hombres solos, bastante jóvenes. Durante una fracción de segundo, temí que la acogida transcurriera mal y, al ver su aspecto, ellos debían de pensar lo mismo. Al instante siguiente, la cámara mostró estas palabras escritas por todas partes en el suelo, pancartas, banderolas, «Willkommen! Welcome! ¡Bienvenidos!» y se oían aplausos y aclamaciones de alegría. Centenares de ciudadanos alemanes habían acudido a esperarlos con pelotas, ositos de peluche, agua, ropa, algunos incluso habían confeccionado pequeñas bolsas que contenían naranjas, sándwiches y galletas. Los rostros de los extranjeros se iluminaron, primero con una pequeña sonrisa tímida, un momento de sorpresa y después la alegría franca del alivio, manos que saludaban, que hacían el signo de la victoria, otras que estrechaban la bandera alemana contra su corazón. 

En mi mente, todo iba muy deprisa, aquellas imágenes se superponían a las de los trenes de la Reichsbahn abarrotados que soltaban su carga humana en la rampa de los campos, donde los guardianes recibían a los condenados a puntapiés, gritándoles para que se apresuraran a ir a morir. Volvía a ver las columnas de judíos en la estación de Mannheim, con una maleta en la mano y un chiquillo en la otra, las multitudes de alemanes adoctrinados que hacían el saludo hitleriano al unísono, la foto del joven alemán oriental Peter Fechter en un charco de sangre al pie del Muro, condenado por los guardias fronterizos a morir solo después de haber agonizado durante una hora porque había querido ser libre. Me di cuenta de que el acontecimiento histórico era aquello: después de un largo recogimiento para purgar la herencia envenenada de sus antepasados, los monstruos nazis, los criminales comunistas y la multitud de Mitläufer que los había acompañado, el pueblo alemán por fin tenía una actitud buena, la mejor incluso que había imaginado nunca que tendría un día, la de caballero de la humanidad, profeta de la fe en el ser humano.
  
Videoconferencia 
Géraldine Schwarz. Los amnésicos