Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 19 de noviembre de 2025

FRANCIS SCOTT FITZGERALD. EL GRAN GATSBY

Esta semana, Todos los libros un libro continúa con la serie, formalmente iniciada el pasado miércoles, con la presencia de Un puente sobre el Drina, del premio Nobel Ivo Andrić, pero que ya había anticipado semanas atrás, cuando presenté Divertirse hasta morir, de Neil Postman, centrada en obras o autores -a menudo los dos- que han celebrado algún tipo de aniversario más o menos redondo en este 2025 que se encamina ya hacia su final. Siendo tan frenético el ritmo de publicaciones y tan abundantes también las efemérides literarias que se producen cada año, me resulta casi imposible ir siguiendo puntualmente cada uno de los acontecimientos que, a mi juicio, merecen ser recordados con detenimiento en el espacio. Y es por ello por lo que en estos días finales del año se me agolpan las recomendaciones de libros que, por razones de oportunidad, debieran encontrar acomodo en emisiones correspondientes a este declinante 2025. Así, Divertirse hasta morir, un libro de 1985, ha cumplido ahora cuatro décadas. Y así también, Un puente sobre el Drina, que vio la luz en 1945, ha alcanzado en estos meses los ochenta años de vida; siendo ambos textos de una extraordinaria vigencia pese a su relativa longevidad, convertidos ya en clásicos en sus respectivos ámbitos. Mi propuesta de hoy se inscribe, pues, en este contexto de conmemoración, y no de una menor, precisamente, pues se trata, ni más ni menos, de un centenario. En efecto, El gran Gatsby, mi entusiasta sugerencia de esta tarde, se publicó en 1925, y, pese a su tibia repercusión inicial, la obra mayor de Francis Scott Fitzgerald es hoy, cien años después de ser escrita, una de las novelas más descollantes de la literatura de los Estados Unidos y también universal. 

Yo leí por primera vez El gran Gatsby en una edición que no puede encontrarse fuera del circuito de las librerías de viejo o de segunda mano (e incluso, en ese círculo, con dificultades). Se trata de la de Alfaguara de 1983 en su formato clásico, con su imagen inconfundible fruto del elegante diseño, en portada e interiores, de Enric Satué, y con el tacto del papel grueso, pero suave y acogedor, de sus cubiertas (podéis leer en internet un extraordinario artículo de Paola Martínez Cuevas, La estatura y el porte de los libros, en el que analiza con conocimiento, lucidez, espíritu crítico y un cierto desencanto la evolución del diseño y la maquetación de los libros en las últimas décadas). La traducción era de José Luis López Muñoz, reputado experto, Premio Nacional de Traducción a toda su obra hace ya varios años. Obviamente, Alfaguara ha seguido reeditando el libro, para el que mantiene la misma traducción. Quiero recomendaros también otras ediciones más actuales, cada una con su respectiva singularidad, de tal manera que el lector pueda escoger la que sea más conveniente a sus intereses, sus inclinaciones o su propósito al acercarse al libro. Por ejemplo, es excepcional la relativamente reciente, de 2021, de la editorial Cátedra, a cargo de Juan Ignacio Guijarro González, responsable también de un formidable estudio introductorio, que ocupa cerca de ciento cincuenta páginas de la obra. El libro está traducido por María Luisa Venegas Lagüéns. Con la excusa de este tratamiento académico de la novela, quiero recomendaros, al paso, un libro publicado en este 2025 con ocasión del centenario. Se trata de Los papeles del Gran Gatsby, un volumen misceláneo editado por Juan Ignacio Guijarro González y traducido por José de María Romero Barea para la sevillana editorial Athenaica, que incluye diversos textos relacionados con la novela: tres relatos de Fitzgerald que anticipan el clima, la atmósfera, determinadas circunstancias y algunos temas clave del libro, una muestra de la ingente correspondencia del autor (que llegó a escribir, al parecer, cerca de 3.000 cartas), su prólogo a una reedición de 1934, reseñas -elogiosas y desfavorables- de 1925, tras la publicación del libro y cartas de otros escritores notables como T. S. Eliot, Edith Wharton o Gertrude Stein. 

Apreciable es también, como siempre en la mayor parte de los títulos del sello, es la publicación, de 2012 pero que cuenta ya con seis reediciones, de Reino de Cordelia, con la traductora “de la casa”, Susana Carral, que tan a menudo ha comparecido en el programa. La más reciente, presentada sin duda con ocasión del centenario, es la de Nórdica, de este mismo año, que, además de contar con la presencia de José Manuel Álvarez Flórez, prestigioso traductor con una amplísima trayectoria, incorpora las singulares ilustraciones de Ignasi Blanch. Es esta última versión, en la que he releído el libro estas últimas semanas, la que voy a utilizar para las citas que pueda incorporar a mi reseña. 

Como ocurre con frecuencia en Todos los libros un libro, en una pauta a la que me obligan mi excesivo detallismo y mi exigente meticulosidad, merece la pena detenerse en esta variedad de traducciones del libro que he querido manejar para confeccionar y ofreceros estos comentarios. Las diferencias entre unas y otras son ostensibles y, más allá de lo que tiene de anécdota la constatación de los distintos criterios seguidos por cada uno de los respectivos expertos para verter a nuestro idioma el texto original, resultan significativas y son siempre reveladoras de la dificultad de la traducción, tantas veces resaltada aquí. Quiero centrarme en algunos ejemplos, de distinta índole, relativamente trivial unos, otros de mayor trascendencia, que sirven de muestra elocuente de estas circunstancias. 

El primero de los casos tiene que ver con el latiguillo que Gatsby introduce de modo recurrente en sus conversaciones, singularmente cuando se dirige a Nick Carraway (y siento que los nombres de estos dos personajes sean, por ahora, solo eso, meros nombres, sin que tengan aún un mayor significado para quien me lee; despejaremos las dudas acerca de su identidad algo más adelante). Cuenta Juan Ignacio Guijarro González en su sugestivo preámbulo a la edición de Cátedra, que en las primeras versiones de su texto Fitzgerald ponía en boca de su protagonista expresiones como old fellow y old man, para acabar decantándose, en la revisión final, por old sport, una locución que, al parecer, usaba con frecuencia el gánster Max Gerlach, al que Fitzgerald había conocido en Long Island. Pues bien, el “problema” de la traslación a nuestro idioma de ese modismo (y se trata, sin duda, de una dificultad, dado lo plural de las opciones que se manejan en las ediciones citadas), se resuelve, como digo, de modos disímiles. Parece que la interpretación más “ajustada”, la que más fielmente reflejaría -al margen de su literalidad- el sentido, el tono y la intención de la frase, sería “viejo amigo” o “mi buen amigo”. Pues bien, en los cuatro libros que hoy traigo esa alternativa solo se sigue -y la muestra se refiere a un mismo pasaje- en el de Alfaguara (¿Quieres acompañarme, viejo amigo? Es aquí mismo, en la playa del estuario) y, de un modo muy parecido, en la de Reino de Cordelia (¿Quiere acompañarme, amigo? Sin alejarnos de la costa del estrecho). Nórdica opta por ¿Quieres venir conmigo, compañero? Solo cerca de la costa, por el estrecho. Y Cátedra elige ¿Quiere venir conmigo, socio? Solo cerca de la orilla, a lo largo del Sound (y ni siquiera menciono las diferencias entre el resto de los términos de la frase). Por cierto (y de nuevo adelantándome al orden de mis propias palabras), en una de las cuatro películas que se han hecho sobre el libro (solo dos relativamente cercanas en el tiempo, como luego veremos), la de Jack Clayton de 1974, con Robert Redford en su papel principal (y sirvan esta primera mención y, más adelante, mi comentario final sobre el filme como homenaje al actor tras su reciente fallecimiento), recurre, en su doblaje español, al término “camarada” (con unas connotaciones claramente inapropiadas, dado el contexto en que se expresa). La versión de 2013, en la que Leonardo di Caprio repite una y otra vez “old sport”, nos ofrece la locución traducida como “compañero”. 

Más relevancia tiene mi segundo ejemplo, que conecta con la siempre controvertida cuestión de la corrección política. Vuelvo de nuevo al enjundioso y muy completo estudio de Cátedra para resaltar que su responsable, tras mencionar haber tenido como referente esencial para su versión el texto en inglés publicado en Penguin Books en 1950, nos informa de haber realizado algunos cambios sobre ese texto original en el que Fitzgerald recurre a un término con connotaciones racistas para referirse a una persona de de origen judío, kyke, que a partir de 1951 se sustituye en la obra por un vocablo neutro y sonido parecido como “guy” (“tipo”, “individuo”). Sin embargo, en el texto de la editorial Penguin, base generalizada para las distintas traducciones, aparece “tyke”, palabra que puede usarse para referirse a un perro callejero o a una persona insignificante. Veamos las interpretaciones de nuestros traductores. En Cátedra leemos: Casi me caso con un sucio judío ridículo que me estuvo rondando durante años. La opción de Alfaguara es: Por poco me caso con un judío horrible que llevaba varios años detrás de mí. Y Nórdica se decanta por esta otra: Estuve a punto de casarme con un judío insignificante que llevaba años detrás de mí. Reino de Cordelia, por fin, recurre a un elusivo Estuve a punto de casarme con un pilluelo que llevaba años detrás de mí. 

Muy importante y significativo es, también, el tercer ejemplo, pues se corresponde con la última frase del libro, uno de los finales más legendarios de las letras estadounidenses, como podemos leer en la citada introducción a la edición de Cátedra; unas palabras grabadas, además, en la lápida que el matrimonio Fitzgerald comparte en el cementerio de St. Mary’s Church, en la ciudad de Rockville del estado de Maryland. Veamos las distintas versiones: 

Y así seguimos batallando, barcos a contracorriente, barloventeando incesantes hacia atrás, hacia el pasado. (Cátedra) 
 
De esta manera seguimos avanzando con laboriosidad, barcos contra la corriente, en regresión sin pausa hacia el pasado. (Alfaguara) 

Así seguimos adelante, botes contra la contracorriente, obligados una y otra vez a poner rumbo hacia el pasado. (Cordelia) 

Y así seguimos, barcas a contracorriente, empujados sin cesar al pasado. (Nórdica) 
 
Dejo al lector elegir a su conveniencia. Yo, en este caso concreto, me quedo con la de José Manuel Álvarez Flórez para Nórdica. Ni conozco la versión original ni tengo conocimientos técnicos como para juzgar cuál es la opción más “correcta”. De un modo absolutamente intuitivo y personal, no soporto el “barloventeando” de Cátedra; me resulta algo rígido, frío, industrial, poco poético, el “con laboriosidad” de Alfaguara; y creo que la alternativa de Reino de Cordelia peca de una ligera superfluidad, con la elección de “adelante”, “contra”, “una y otra vez”, “rumbo hacia”, que Álvarez Flórez omite ofreciendo una versión más ligera y elegante. 

Para poner punto final a este largo inciso sobre las traducciones, quiero dejar un breve apunte sobre un término de una cierta trascendencia para la plena comprensión del libro con el que, sin embargo, hay una casi total unanimidad entre los traductores. Se trata del vocablo drugstore, con una relativa presencia -aunque muy significativa- en la novela. Salvo la edición de Nórdica, que mantiene el drugstore original, las demás editoriales han elegido droguería, que no sé si puede evocar en el lector la alusión -nada velada- a los supuestos negocios ilícitos del protagonista. 

Y tras estas ya demasiado extensas cuestiones preliminares, me adentro en el contenido de la obra empezando por la tarea, siempre difícil de manera habitual pero que en este caso roza lo imposible, de adelantaros una suerte de resumen argumental que no desvele lo esencial de la trama. Como digo, pergeñar la reseña de los libros recomendados omitiendo una al menos sucinta sinopsis de su argumento me parece absurdo e improcedente si lo que se pretende es despertar en el oyente -en la radio-, el espectador -en Youtube- o el lector -en este blog- un inicial interés por el libro. Ahora bien, hacerlo -sintetizar el hilo que enlaza la narración, comentar sus temas principales, ofrecer un esbozo somero de la psicología de los personajes, aportar, incluso, algún apunte sobre los recursos literarios o el estilo del autor, sin destripar aspectos sustanciales del relato, sin eliminar las naturales dosis de incertidumbre, descubrimiento, e incluso sorpresa o misterio que siempre acompañan a la lectura- resulta altamente complicado. Esta ambivalencia, tan presente aquí, en Todos los libros un libro (algunos de cuyos seguidores se quejan, a veces, de que una cierta exhaustividad por mi parte en mis acercamientos a los libros reseñados se traduce en un exceso de “revelaciones” que perjudica el disfrute lector), se convierte en un obstáculo casi infranqueable en el caso de El gran Gatsby. Lo intentaré, no obstante, con toda mi buena voluntad, avisando de antemano que seguir mis comentarios a partir de este momento puede producir efectos no deseables en relación con la “inocencia” con la que se vaya, después, a encarar la lectura. Podría, no obstante, hacer un esforzado intento por preservar esa ingenuidad lectora de nuestros lectores/oyentes, aunque ello me llevaría a liquidar la reseña diciendo: “El gran Gatsby es la historia de un joven millonario, enamorado de una mujer que lo abandonó hace años, cuando él era pobre, para casarse con otro, y que construye su vida en torno a la expectativa de volver a verla tras ese largo tiempo de separación”. Reduccionista y poco expresivo. Y, en cualquier caso, contrario al espíritu, la intención y el planteamiento del programa. No obstante, para los muy interesados, siempre cabe leerme o escucharme después de leer el libro. De ser así, aún puedo resumir más mi comentario: ¡¡No os perdáis El gran Gatsby!! 

Probaré, sin embargo, un desarrollo algo más elocuente, sin dar demasiadas pistas, en la medida de lo posible, del “cierre” de los distintos hilos de la trama. La novela comienza, tras la Gran Guerra, con la mudanza de un joven, graduado en Yale y con veleidades literarias, Nick Carraway, desde sus orígenes en una familia acomodada del Medio Oeste norteamericano, a West Egg -solo existente en la ficción aunque con “correlato” real- en Long Island, en las afueras de Nueva York: El Medio Oeste ya no me parecía el cálido centro del mundo, sino el andrajoso borde del universo: así que decidí irme al Este a aprender el negocio de los bonos (…) Mi padre accedió a financiarme un año y, tras varías demoras, me trasladé al Este (de forma permanente, creía) en la primavera de 1922. Allí alquila una modesta casa, vecina a la lujosa mansión de un hombre misterioso y algo esquivo que resulta ser el millonario Jay Gatsby, reservado y enigmático. 

Nick visita a su prima Daisy y a su también multimillonario marido Tom Buchanan en East Egg, al otro lado de la bahía, un lugar emblema de la aristocracia tradicional del Este norteamericano, de honda raigambre económica frente a la discutible riqueza advenediza de los habitantes de la orilla de enfrente. En la otra orilla de la pequeña bahía brillaban los blancos palacios del elegante huevo del Este, el East Egg, y la historia del verano empieza, en realidad, la tarde que fui allí a cenar con Daisy y con Tom Buchanan. Daisy y yo éramos parientes lejanos, y Tom y yo nos habíamos conocido en la universidad. En su primera visita a los Buchanan, en la que se reencuentra con un Tom que une a su físico corpulento y poderoso un porte agresivo y una actitud prepotente, arrogante y displicente, y con una Daisy irresistiblemente atractiva, acompañada de su amiga Jordan Baker, una conocida jugadora de golf, ambas frías, lánguidas, sofisticadas y elegantes, etéreas y superficiales (Ella y la señorita Baker hablaban a veces al mismo tiempo discretamente y con una intrascendencia burlona que nunca era del todo parloteo, que era tan frío como sus vestidos blancos y sus miradas impersonales carentes de deseo), Nick percibe las tensiones en el matrimonio, pues Tom mantiene una relación (que le “cotilleará” primero Jordan y que, más adelante, le será confesada abiertamente por su amigo), con Myrtle Wilson, esposa de un mecánico con el que la mujer “padece” una muy humilde -proletaria, en realidad- existencia en el Valle de Cenizas, una especie de oscuro vertedero en Queens, a medio camino entre Great Neck (el trasunto real de West Egg) y Nueva York.&nbsp
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Aposentado en su nueva vivienda, Nick atisba en la prudente distancia de su limítrofe vecindad el extraño deambular de su inaccesible residente, intrigado por sus fugaces y algo fantasmagóricas apariciones en su jardín, como en este fragmento, revelador, como luego veremos, de algunas de las claves simbólicas de la novela: 

La silueta de un gato en movimiento pasó ondulante a la luz de la luna, y al mover la cabeza mirándolo, descubrí que no estaba solo: a unos quince metros, alguien había emergido de la sombra de la mansión de mi vecino y se erguía con las manos en los bolsillos contemplando la plateada pimienta de las estrellas. Había algo en sus movimientos pausados y en la firme posición de sus pies en el césped que sugería que se trataba del señor Gatsby en persona, que había salido a determinar qué parte de nuestro firmamento local era suya. 

Decidí saludarle. La señorita Baker le había mencionado en la cena y eso me daría pie para presentarme. Pero no lo hice, por un indicio repentino de que le complacía estar solo: estiró los brazos hacia el mar oscuro de una forma extraña y, a pesar de la distancia que nos separaba, habría jurado que estaba temblando. Miré involuntariamente hacia el mar y solo distinguí a lo lejos una diminuta luz verde que podría ser el extremo de un embarcadero. Cuando busqué de nuevo a Gatsby, se había desvanecido y de nuevo me encontraba solo en la agitada oscuridad. 

Curioso ante el misterio que parece encerrar el personaje de Gatsby, con el que durante semanas no logra establecer contacto, y a la vez admirado y perplejo por las fastuosas fiestas que de continuo vislumbra desde su más que modesta vivienda, Nick comenzará su trabajo y su vida en Nueva York ajeno a la existencia del millonario, hasta que, por fin, será invitado a una de las desmesuradas veladas de Gatsby, a las que acuden multitudes atraídas por su abundancia, su riqueza y su ostentación. Allí, sintiéndose desplazado y tras algún malentendido, acabará por conocer al hasta entonces algo distante anfitrión, que sorprende por su discreción personal frente al exceso de sus celebraciones, por su aparentes soledad e introspección frente a la desbordante expansividad, alocada y febril, de sus invitados. 

A partir de estos hechos iniciales, Nick irá estrechando su relación con Gatsby, que, de modo prudente, va abriéndose a su vecino y haciéndolo objeto de alguna confidencia, singularmente la que constituye el núcleo central de su vida (y de la novela): cinco años atrás, en 1917, cuando, sin oficio ni beneficio, era solo un joven militar que se disponía a partir para ultramar, movilizado en la Primera Guerra Mundial, conoció a una Daisy Fay (entonces, obviamente, aún no Buchanan) de solo diecisiete años, ante cuyos encanto y fascinación cayó rendidamente enamorado, siendo inicialmente correspondido. Sin embargo, las ostensibles diferencias de clase, la pobreza y la falta de futuro del muchacho, provocan la ruptura después de un efímero y apasionado noviazgo. Tras la partida de Jay a Europa, Daisy se ve encandilada por el arrebatador e inmensamente rico Tom, con el que se casará al poco tiempo, instalándose en Chicago. Cuando Gatsby conoce los hechos e ignorando, tras volver de la guerra, el paradero de su amada, la buscará inútilmente (hace años que lee un periódico de Chicago con la esperanza de ver el nombre de Daisy) mientras prospera en los negocios a través de operaciones turbias (o al menos no del todo claras y, en cualquier caso, solo apuntadas de modo tangencial y difuso en el libro), confiando en que esa riqueza le permita recuperar a Daisy cuando consiga dar con ella. Cuando, ya acaudalado y logrado con creces el éxito financiero, averigua su residencia en East Egg, comprará su mansión al otro lado de la bahía, la convertirá en un foco de atracción para la alta sociedad local esperando que algún día ella aparecerá en alguna de sus masivas fiestas y, entretanto, contemplará cada noche, silencioso, expectante y aún enamorado, el brillo intermitente de la lucecita verde que, atravesando la ancha entrada del mar, destella en la casa de los Buchanan, en un silencioso ritual al que se entrega melancólico y en el que lo divisará por primera vez Nick como recoge el fragmento que acabo de transcribir. 

Y, honestamente, creo que no debo avanzar más en el esbozo de la línea argumental del libro, so pena de desvelar su desenlace. Diré tan solo que, a través del nexo común de Nick, se producirá el ansiado reencuentro, que provoca en Daisy la natural conmoción -por el recuerdo revivido del amor y por el inesperado despliegue de riqueza de Gatsby- y también su comprensible incomodidad al comprobar la intensidad, la vehemencia, el vigor, el apasionamiento y hasta la urgencia con la que Jay pretende recuperar -en realidad repetir- un pasado que ya no existe. Y habrá drama y emoción y enfrentamientos y tragedia y muertes (en plural) y todo concluye (y sobre este particular eje narrativo, lateral con respecto a la trama principal, sí puedo permitirme aportar algún dato más) con Nick abandonando desencantado Nueva York pocos meses después, dejando la muy célebre meditación final -ya comentada en relación con las distintas traducciones- sobre la imposibilidad de escapar del tiempo y sobre el carácter ilusorio de los sueños, en particular del genuino y muy inspirador american dream, en una lectura muy interesante de las muchas que, como veremos, suscita la novela: el sueño, tan representativo de la sociedad norteamericana y que hunde sus raíces en la Declaración de Independencia del país, según el cual todo ciudadano, sin importar su origen social o su condición económica, puede alcanzar la prosperidad, el éxito y una vida mejor -la felicidad- a través del esfuerzo, el duro trabajo y el mérito propio. 

Más allá del interés propio de la historia principal -una trama fascinante sin dejar de ser melodramática, ha escrito algún crítico- y de ciertos elementos de tenue intriga que acompañan al lector interesado en conocer el desenlace de la pasión amorosa y el destino de sus protagonistas, El gran Gatsby interesa por su alta densidad simbólica, temática y estilística; por su capacidad para “operar” en distintos niveles de lectura, lo que ha convertido a la novela en un clásico un siglo después de su publicación y la ha convertido en objeto de estudios académicos, ensayos críticos y múltiples adaptaciones cinematográficas y culturales; por la hondura en la construcción de la personalidad de sus personajes, no solo los tres principales -Jay, Daisy y Nick- sino también los relativamente secundarios, Tom Buchanan, Jordan, Myrtle y George Wilson y hasta el algo sinuoso y de ambiguo perfil, Meyer Wolfshiem, amigo judío y mentor en la sombra de Gatsby; por la solvente descripción, no siempre explícita, pero sí perceptible, del contexto histórico y social de los Estados Unidos; por, en ese mismo sentido, su excepcional representación del espíritu de una época -“la era del jazz”-, algunos de cuyos rasgos han quedado para siempre asociados a la realidad del libro; por los muy interesantes ejes temáticos a los que se abre, en su mayoría de alcance y valor universal, en otra de las razones que explican el éxito de la obra pese al transcurso del tiempo; por el valor simbólico de algunos elementos y metáforas recurrentes en la novela, dotados de una fuerza y una capacidad de sugestión notables; por el eficaz uso de ciertos recursos estrictamente literarios y estilísticos y de determinadas referencias culturales que amplían los ecos del texto; por la convincente recreación de una atmósfera algo evanescente, como de encantamiento e ilusión, romántica y poética, pero también trágica y desesperanzada, melancólica y algo triste, lírica y sublime y, a la vez, prosaica y hasta cruda, que envuelve al lector y lo transporta a un universo, veraz y desencantado (desencantado por veraz), de ensoñación y belleza. 

Es, pues, esta ambiciosa y magistral apertura a diversos frentes lo que convierte en excepcional a El gran Gatsby. Una novela que puede ser disfrutada como un relato de amor trágico y fracaso personal; que resulta valiosa también como crítica social y cultural, al mostrar, abiertamente, la desigualdad, el materialismo y la corrupción de la próspera sociedad estadounidense de entreguerras; y que, además, es sobresaliente en tanto obra estética, en la que cada elemento narrativo -el estilo poético, la voz de Nick, un narrador que, como veremos, “está y no está”, los símbolos recurrentes- contribuye a un efecto total de elegía moderna. Quiero dar cuenta de todo ello, siquiera brevemente, dejando aquí mis impresiones sobre algunas de las, a mi juicio, más relevantes de las muchas vertientes del libro. 

El gran Gatsby no puede entenderse plenamente sin situarlo en su contexto histórico, social y cultural. F. Scott Fitzgerald escribió la novela en los años inmediatamente posteriores a la Primera Guerra Mundial, un periodo conocido -en expresión popular- como los “locos años veinte” (The roaring twenties; hay una película clásica de Raoul Walsh, con el gran James Cagney en el papel principal, con ese título). Estos años se caracterizaron por una notable expansión económica en Estados Unidos, un acelerado proceso de modernización e industrialización que convierte al país en una potencia mundial de primer orden, en lo económico y en lo tecnológico, un fenómeno de urbanización creciente, el consiguiente desarrollo de la sociedad de consumo y un acelerado auge de la cultura de masas. Esa prosperidad de la época, traducida, desde el punto de vista de la psicología colectiva, en un optimismo esperanzado y hasta exuberante, coexistía sin embargo con profundas tensiones sociales, desigualdades económicas sangrantes, discriminación racial, un desmesurado florecimiento del crimen organizado durante la Ley Seca (asunto sobre el que, precisamente, trata el filme citado -y tantos otros- y que, de soslayo, aparece en la novela, pues la prohibición del alcohol generó un mercado negro que permitió a individuos como Gatsby acumular riqueza rápidamente a través del contrabando, una razón más que probable para entender las rápidas ganancias del personaje, y explicativa igualmente de la ambigua moral en la que parece verse envuelto su ascenso social), en una muestra muy evidente de la corriente de conservadurismo que inundó el país (de la que Tom Buchanan es un palmario exponente en la novela) y que se reflejó también en la represión política de “disidentes” (en esos años serán ejecutados Saco y Vanzetti), el resurgir del Ku Klux Klan y las reaccionarias leyes anti inmigración. También -en un aspecto que incluyo en la vertiente “conflictiva” de esta fotografía de la época por lo que supuso de rupturista novedad- la transformación vertiginosa del papel de la mujer en la sociedad, encarnada en las rutilantes, transgresoras y libérrimas “flappers”, símbolo de emancipación y modernidad, con sus faldas cortas, sus desenfadados y originales cortes de pelo (el bob cut, con el cabello corto y el muy significativo flequillo), sus conductas atrevidas, sus desaforados bailes de la excitante música del momento -el nada convencional jazz, el vertiginoso charlestón-, su provocadora ausencia de prejuicios y su notorio desafío a las pacatas convenciones a las que “debían” someterse las mujeres. Todos estos elementos están presentes, en diferente medida, en El gran Gatsby, una novela que representa fielmente aquel tiempo y convierte a su autor en excepcional cronista de una época para la que el mismo Scott Fitzgerald acuñaría otra rúbrica, ya referida, “la era del jazz”. 

Además, esa realidad plasmada en la novela guarda muchas concomitancias con la propia biografía del autor (recomiendo, para profundizar en esta y en otras interesantes dimensiones de la obra, la edición de Cátedra, con su iluminador prólogo). Proveniente de una familia de clase media, Fitzgerald soñaba con el ascenso social y la sofisticación de la alta sociedad, pero siempre fue consciente de los límites impuestos por su origen, al igual que su alter ego en la ficción. Otro tanto ocurre con las fiestas ostentosas, con la presencia en ellas de los más destacados personajes de la sociedad neoyorquina -las “socialités” de entonces- (hay un par de páginas en el libro en las que se da cuenta, con nombres, apellidos, profesiones, cargos, logros, desempeños y más o menos elevada posición social, de las numerosas celebridades presentes en una de los desenfrenados partys de Gatsby), las chicas frívolas, el fragor de la música, el lujo y el exceso, que remiten a las celebraciones fastuosas en las que Fitzgerald participaba en Nueva York y Long Island. Del mismo modo, la relación entre Gatsby y Daisy, trasunto -con muchas diferencias, no obstante- de la de Francis y su esposa Zelda Sayre. 

Y esta mención al matrimonio Fitzgerald me permite ofrecer, también de un modo sucinto, algún apunte sobre los personajes de la novela, que se nos aparecen, no solo como individuos con motivaciones y conflictos propios, a los que conocemos a partir del “retrato psicológico” que de ellos hace el autor, sino dotados de un alto valor simbólico, representativos de elementos culturales, sociales y emocionales como el sueño americano, la ilusión y el desencanto, la desigualdad social y la fragilidad moral. Así, el propio Gatsby encarna una figura esencial de la cultura estadounidense, el self-made man, el ‘hombre hecho a sí mismo’, con sus contradicciones y ambigüedades: el crecimiento y el éxito alcanzados, desde un origen humilde, a través del esfuerzo, la constancia, la reinvención personal y la, en principio, noble ambición, por un lado; y por otro, la casi siempre indispensable utilización de medios poco claros, de dudosa ética o abiertamente ilícitos para la consecución de esos fines -el poder, la riqueza-, que, a la postre, dejan las manos manchadas de barro. Pero Gatsby es, sobre todo, la viva representación -en una imagen que deja un rastro indeleble y más amable en el lector- del héroe trágico moderno, con su anclaje en un pasado perdido y un ideal irrealizable, su obsesión por perseguir un sueño imposible, revestido de una melancólica grandeza moral hecha tanto de la intensidad de su deseo y su constancia, como de su previsible e inevitable fracaso, al tener que luchar con las limitaciones sociales, temporales y humanas de su tiempo. 

Daisy Buchanan es, también en una cierta representación dual, la mujer ideal, la ilusión del amor, la esperanza de recuperación de ese pasado perdido y, a la vez, la viva imagen del materialismo, la superficialidad y el privilegio de las clases dominantes; es la belleza, la elegancia, la fragilidad y el encanto que describen el ideal femenino de la época y, simultáneamente, el egoísmo, la indecisión, la atracción por el dinero, la subordinación de los sentimientos a la riqueza material. Otro personaje relevante es Tom, marido de Daisy, representación agresiva del poder, la violencia, la arrogancia, el racismo, los privilegios, la corrupción, la impunidad y la brutalidad moral de la élite hereditaria del país. Su execrable figura se contrapone a la de Nick, el narrador moral que, a través de su observación constante de los hechos y de la voz con la que da cuenta de ellos, permite al autor ofrecer -sin estridencias- su visión crítica de las contradicciones de la sociedad que nos muestra. Como he señalado con anterioridad, su personaje está “dentro y fuera” de la acción, pues forma parte de ella, en su interacción con los demás protagonistas, en su cercanía a ellos -familiar con Daisy, de amistad con Gatsby, de ambiguo “enamoriscamiento” con Jordan-, en la vivencia compartida de las diferentes situaciones; pero es, también, ajeno a su círculo social, lo que le permite mantener un discurso de reprobación, aunque sobrio y prudentemente distanciado, de aquel estado de cosas. Y están Myrtle y George Wilson, que ofrecen la otra cara del escenario social, la clase baja atrapada en la miseria y la explotación, con sus diferentes respuestas ante su triste condición: mientras Myrtle busca ascender socialmente mediante su aventura con Tom Buchanan, George encarna la desesperanza y la impotencia frente a las fuerzas económicas y sociales que lo oprimen. Y está Jordan Baker, representación de la moderna e independiente flapper de los años veinte, pero envuelta en una muy patente capa de cinismo, practicidad, cálculo y, a veces, deshonestidad. Por último, en un papel menos desarrollado pero importante -y controvertido desde una mirada actual-, destaca Meyer Wolfsheim, basado en Arnold Rothstein, un gánster de existencia real, responsable de uno de los mayores escándalos de la historia del deporte en Estados Unidos, el “amaño” de las Finales del Campeonato de Béisbol en 1919 (en dato que se incorpora al libro de manera tangencial), y que se nos muestra en la novela como el consejero e inspirador de la riqueza ilícita de Gatsby. La polémica que hoy puede generar su figura literaria tiene que ver con el hecho de que, siendo judío -en la realidad y la ficción-, su caracterización novelesca resulta demasiado tópica, aceptando los estereotipos antisemitas más vulgares (las reiteradas alusiones a su nariz, su incapacidad para una correcta pronunciación del inglés, la naturaleza depredadora de su carácter, apuntada en la palabra wolf (“lobo” en inglés) de su nombre, en la ostentación con que luce sus gemelos de marfil, especímenes excelentes de molares humanos, como él mismo señala). En la versión cinematográfica más reciente, de la que luego hablaremos, se “blanquea” al personaje, que ya no es judío y habla inglés con pertinencia. 

En este repaso a vuelapluma de los principales personajes y su acusada dimensión simbólica, afloran ya algunos de los principales temas por los que la novela resulta extraordinaria, si hacemos una lectura de ella que trascienda la capa superficial de la historia narrada. Es el caso, aparte del ya mencionado -el fiel reflejo de la cultura popular y los cambios sociales de los años veinte-, de la implacable representación del sueño americano; de la denuncia -al menos en sordina- de la desigualdad social y el vacío moral de la sociedad; y de la notable presencia de algunos temas universales, como el choque entre la ilusión frente a la realidad, el amor y el deseo, el paso del tiempo y la memoria, entre otros. 

Si hubiera que identificar el núcleo central de la novela, en el que residen su “sentido oculto”, su “mensaje implícito”, deberíamos mencionar sin duda, el del sueño americano, personalizado en la figura de Jay Gatsby, cuya vida ejemplifica la búsqueda obsesiva -neurótica, incluso, desde cierta perspectiva- del éxito, la riqueza y la aceptación social (de la que es ejemplo relevante el que el personaje se “desembarace” de su nombre de nacimiento, James Gatz, inventando una personalidad desde el cambio de patronímico). El “american dream” comparece en el libro en una doble dimensión: por un lado, es aspiracional, un ideal de autotransformación y movilidad social; por otro, es ilusorio, ya que está condicionado por la herencia, las barreras sociales y la superficialidad de los valores culturales. Gatsby, como ya he señalado, encarna la promesa y la contradicción de ese rasgo definitorio de la cultura estadounidense. Su fortuna, construida a través de medios cuestionables, refleja cómo el éxito material puede ser alcanzado, pero también cómo la ética y la legitimidad se ven comprometidas. La novela pone en solfa así la validez del sueño americano cuando se reduce a riqueza y prestigio superficial, exponiendo sus límites y su carácter efímero. El contraste especular entre West Egg, sede de los nuevos ricos que aspiran a incorporarse a la élite, y East Egg, en donde reside la riqueza heredada, aparece como plasmación enfática de las contradicciones de la sociedad norteamericana de los años veinte. 

Muy vinculado a este eje temático está el de la desigualdad social y el profundo conflicto entre clases: los ricos -Gatsby, los Buchanan, los asistentes a las fiestas-, con sus existencias cómodas, desahogadas, frívolas y superficiales, y los pobres, -Myrtle y George Wilson- asfixiados en la oscuridad, triste y sin futuro, del Valle de Cenizas. Esta dicotomía revela la persistencia de barreras económicas y cuestiona, desde otro punto de vista, el optimista mensaje del sueño americano, al reflejar la imposibilidad de que el talento, el esfuerzo o la ambición garanticen el ascenso social. 

Otro tema central es el del vacío moral y la decadencia de la sociedad representada. Eran gente despreocupada y confusa, Tom y Daisy, destrozaban cosas y criaturas y luego se refugiaban en su dinero o en su inmensa despreocupación o lo que fuese lo que los mantenía unidos, y dejaban que otras personas arreglaran el caos que ellos habían organizado… Las fiestas fastuosas, la hipocresía y la frivolidad de ciertos personajes y la indiferencia hacia la tragedia reflejan una cultura de consumo, espectáculo y superficialidad. El final de la novela, que no puedo desvelar (por la misma razón por la que no puedo explicar con más detalle las menciones que a lo largo de esta reseña estoy haciendo a las muertes y la “tragedia”), es la más viva representación de la deshumanización de aquella sociedad, cuya prosperidad, enmascara la corrupción, la violencia y la injusticia. Pero, antes de esa emblemática clausura de la obra, hay pruebas abundantes en ella de cómo muchos de sus personajes se mueven en un mundo donde las normas morales son flexibles y subordinadas al interés personal, reforzando la relevancia crítica de la obra. 

La dimensión que podríamos llamar -con reparos- “romántica” de El gran Gatsby se manifiesta en el juego entre ilusión y realidad que cruza de manera transversal toda la novela, impregnándola de su algo triste tono melancólico. Gatsby persigue un ideal construido en torno a la figura de Daisy y a su propia expectativa de riqueza y éxito. Sin embargo, esta visión está inevitablemente desfigurada por el tiempo y la memoria, así como por las limitaciones del contexto social. En síntesis, Jay es un iluso, que construye su ideal a partir de su distorsionada percepción de la realidad y que toma por real y tangible, por verdaderamente existente lo que no es más que un mero reflejo, un espejismo, una insensata proyección de sus deseos y de sus quimeras, de sus fantasías, claramente imaginarias (No se puede repetir el pasado, le dice Nick, prudente. Y Jay contesta, convencido y sin percibir su propio delirio: —¿No se puede repetir el pasado? —gritó incrédulo—, ¡Pues claro que se puede!). De hecho, la vivencia del amor y el deseo por parte del personaje no se acomoda tampoco a la de la emoción romántica al uso, estando más cercana a la obsesión, a la idealización alucinada, a la frustración. En realidad, Gatsby ama la “idea” de Daisy, su imagen, el pasado que ella representa, su mundo, elegante, distinguido, encantador, misterioso en tanto radicalmente diferente al suyo propio, como muestra de un modo elocuente y bellísimo este breve diálogo entre Jay y Nick, que encierra, a mi juicio, una de las claves del libro: 

 —Ella tiene una voz indiscreta —comenté—. 

Una voz llena de… —vacilé. —Una voz llena de dinero—dijo él de pronto. 

Era cierto. Nunca lo había entendido antes. Llena de dinero: ese era el encanto inagotable que fluctuaba en ella, su tintineo, su canto de címbalo… La hija del rey en lo alto de un blanco palacio, la muchacha de oro… 

Conectado con estos temas, el de las ambigüedades y la imposibilidad del “sueño americano” y el del amor irrealizable, está otro elemento primordial del libro, el del tiempo y memoria, presente, además de en la ya señalada voluntad de Gatsby de recrear y repetir el pasado, de su obsesión por los recuerdos, de sus acciones guiadas por la nostalgia, en la figura de Nick Carraway que, como narrador, refleja la percepción retrospectiva del tiempo, combinando recuerdos, juicios y reflexiones impregnados de sensatez, escepticismo y mirada crítica, en un tratamiento del tiempo muy interesante, que refuerza la densidad simbólica de la novela y deja clara al lector, por si éste no llegara por sí mismo a tal evidente constatación, la imposibilidad de restaurar un pasado idealizado, subrayando la futilidad de nuestros deseos frente a la inevitabilidad de la realidad y del cambio social. 

Todos estos frentes temáticos de la novela, en los que se sustenta, desde mi punto de vista, su alcance universal, su capacidad para seguir interesando y emocionando a lectores del mundo entero cien años después de su publicación, los ofrece Fitzgerald a través de un sugestivo planteamiento literario, alguno de cuyos elementos -estructura, estilo, recursos, referencias, simbolismo- quiero comentar antes de dejar un par de apuntes -muy breves- sobre las dos más importantes traslaciones del libro al cine. 

En primer lugar destaca la estructura narrativa en la que la historia se cuenta a través de la voz de Nick Carraway, que ocupa, ya se ha dicho, una posición ambivalente, a la vez participante y observador, lo que proporciona al lector, por un lado, una visión íntima, subjetiva e introspectiva de los eventos narrados mientras, por otro, ofrece un margen crítico, una distancia que subraya las tensiones morales y sociales del relato. Simultáneamente fascinado por Gatsby y consciente de la dudosa moral que lo ha llevado a su situación de riqueza y poder, esta dualidad es un rasgo singular de la novela que, desde mi punto de vista, permite una mayor identificación del lector. 

La narración en primera persona también permite al autor introducir, a través de la voz de Nick, reflexiones filosóficas y morales sobre la sociedad y los personajes y explorar con agudeza desprejuiciada la psicología de los protagonistas, así como incorporar al relato miradas retrospectivas y anticipatorias, vueltas atrás y adelante en el tiempo, que rompen el rígido desarrollo lineal para acomodar la presentación de los acontecimientos a la percepción individual del narrador, a sus emociones del momento y a las irrupciones de su memoria, rompiendo así la cronología clásica y permitiendo el vínculo de El gran Gatsby con otras propuestas relevantes de la modernidad literaria de la época. Este juego con el tiempo se manifiesta también en una cierta imagen circular que estructura el libro, con la voz de Nick abriendo y cerrando la novela. Una voz, al principio, llena de ilusión, esperanza y unas acentuadas dosis de la curiosidad que le suscita el misterio en torno a su vecino; y desencantada, escéptica y melancólica tras el desalentador final. 

Son, igualmente, técnicas literarias de apreciable presencia en la novela la economía narrativa, con una prosa precisa y condensada; el lirismo y la musicalidad, con un sugerente tono poético que aflora en infinidad de pasajes, con imágenes, metáforas y símiles evocadores. He aquí algunos ejemplos, entre decenas: 

Él poseía algo espléndido, una sensibilidad exagerada para las promesas de la vida, como si estuviese emparentado con una de esas complejas máquinas que registran los terremotos a más de quince mil kilómetros de distancia. 

Durante un instante la última luz del sol iluminó su rostro con romántico afecto; su voz me obligó a inclinarme hacia delante mientras escuchaba conteniendo la respiración: luego se disipó el brillo, las luces la abandonaron con la tristeza lenta de los niños cuando dejan una agradable calle al caer la noche. 

La ciudad vista desde el puente de Queensboro es siempre la ciudad vista por vez primera, en su primera promesa delirante de todo el misterio y la belleza del mundo. 

Un tranvía amarillo pasó unos instantes a su lado con viajeros que quizás hubiesen visto alguna vez la pálida magia del rostro de ella en una calle cualquiera. 

Igualmente, sobresale el uso de la ironía y ambigüedad, que comparecen en los comentarios mordaces del narrador sobre la sociedad, los personajes y los acontecimientos descritos, reforzando esa distancia crítica, ya mencionada, ante la superficialidad de la sociedad, la vanidad de los personajes y las contradicciones del sueño americano, lo que obliga al lector a dudar, e incluso a cuestionar los hechos referidos desde una interpretación unívoca. Fitzgerald mantiene en una nebulosa no totalmente definida asuntos como la moral de Gatsby, la autenticidad de Daisy o la justicia de los trágicos hechos que cierran la novela. 

Por último, quiero destacar la presencia de ciertos elementos simbólicos que afloran de manera muy perceptible en el libro. Me detendré de manera somera en cuatro de ellos, tan notables que han pasado, con un especial subrayado, a las dos últimas versiones cinematográficas de la novela (las únicas que yo he podido ver): el faro verde, el Valle de Cenizas, los ojos del doctor T. J. Eckleburg y las fiestas, los automóviles y otras expresiones de la modernidad urbana, ninguno de los cuales tiene solo un papel anecdótico como mero contexto de la historia relatada, si no que representan, por el contrario, ideas, valores o principios que Fitzgerald quiere trasladar al lector. El más relevante de todos ellos es, sin duda, la lucecita verde que brilla al final del muelle de Daisy y que, contemplada por Gatsby desde el otro lado de la bahía, representa la esperanza, el deseo inalcanzable y el ilusionante culmen del sueño americano. Es el punto de referencia que guía la acción de Jay, pero, en su inconsistencia -un mero destello que se enciende y apaga-, en su carácter fugaz, en su inestable fragilidad, subraya la imposibilidad de alcanzar plenamente las metas del protagonista, y, en una lectura universal, los sueños e ilusiones. 

Situado entre Long Island y Nueva York, obligado lugar de paso entre uno y otro emplazamiento para los personajes, el Valle de Cenizas funciona, con su miseria y su inmundicia, con su suciedad y su fetidez de lóbrego vertedero ([es una] zona de tierra desolada. Es un valle de cenizas: una granja fantástica donde las cenizas crecen como trigo en lomas y colinas y huertos grotescos; donde las cenizas adoptan forma de casas, chimeneas, humo elevándose y, por último, en un esfuerzo trascendente, de hombres que se mueven débilmente y que se esfuman luego en el aire polvoriento. De vez en cuando, una hilera de coches grises se arrastra por una vía invisible, emite un chirrido espantoso y se detiene, e inmediatamente, los hombres cenicientos trepan con grandes palas y provocan una nube impenetrable que te impide ver sus oscuras operaciones), como símbolo de la degradación social y moral que contrasta con la riqueza y el brillo de West Egg y East Egg, subrayando la desigualdad y la explotación de las clases bajas. 

Pintados sobre un cartel publicitario en el Valle de Cenizas, los ojos del doctor T. J. Eckleburg, un anuncio de una óptica (Los ojos del doctor T. J. Eckleburg son azules y gigantescos: sus iris miden un metro de altura. No miran desde ningún rostro, sino, por el contrario, desde unas enormes gafas amarillas que se apoyan en una nariz inexistente. Algún oculista guasón los colocó sin duda allí para aumentar su clientela en el distrito de Queens, y luego se hundió en la ceguera eterna o los olvidó y se marchó a otro sitio. Pero sus ojos, un poco apagados por los muchos días sin pintar bajo el sol y la lluvia, se ciernen sobre el solemne vertedero) operan como metáfora de la vigilancia moral y la decadencia espiritual; representan la mirada de una sociedad ciega a la injusticia y a la corrupción, abundando en la tesis, recurrente en el libro, del vacío moral. 

También los automóviles -en particular el extravagante, caro y amarillo Rolls-Royce de Gatsby que desempeñará un papel crucial en la novela- aparecen con su carga simbólica, emblemas veloces de la rapidez de los tiempos, de la frenética modernidad urbana, del dinamismo, la vibrante prosperidad y el auge tecnológico del país, pero igualmente, en cierto modo, de la superficialidad de la época, de su decadencia, de su ligereza, de su vanidad. Y todo ello se manifiesta también en el desbordante exceso de las fiestas en la mansión de Gatsby o en las enloquecidas juergas en el apartamento neoyorquino que Tom le ha puesto a Myrtle, que Fitzgerald describe con brillantez y minuciosidad. 

En fin, una novela deslumbrante, riquísima en su apertura a lecturas de diverso calado y cuyo disfrute puede completarse, además, con la visión de dos películas que, con sus pros y contras, cada una de ellas, sí resultan más que estimables, en sí mismas y en tanto que amplían la experiencia lectora al ofrecer la apertura a otras representaciones del universo del libro. 

De las cuatro adaptaciones al cine -una muda, de 1926, dirigida por un para mí desconocido Herbert Brenon, de la que no se conserva copia alguna; otra de 1949, bajo la dirección de otro director olvidado, Elliott Nugent; y otras dos de 1974 y 2013, respectivamente-, quiero dejar algún apunte de estas dos últimas. De 1974 es la versión dirigida por Jack Clayton y con guion de Francis Ford Coppola, en esas fechas recién galardonado con dos Oscar por las dos primeras entregas de El Padrino. Con Robert Redford y Mia Farrow en sus papeles principales, junto a Bruce Dern como Tom Buchanan y Karen Black como Myrtle, la película es muy respetuosa con el texto original, aunque carente de la intensidad, la emoción, el lirismo, la profundidad y la ambigüedad de la novela. Con un tratamiento cinematográfico muy de los setenta: ambientación evanescente, iluminación suave, romántico flou usado en demasía, fotografía vaporosa y acusado énfasis en el color blanco, la película ganó dos premios menores de la Academia norteamericana, Mejor banda sonora y Mejor diseño de vestuario, siendo esta -la de la dirección artística, en general, la fidelidad en los decorados, ambientes, vestimentas, automóviles, fiestas- su mayor virtud. Redford (a quien desde aquí quiero homenajear tras su reciente fallecimiento) no “es”, a mi juicio, Gatsby, le falta el drama, la tragedia interior. Y Farrow, que encaja en el prototipo de mujer frágil y etérea de su personaje, tampoco le aporta la profundidad que merece su correlato novelesco. Sí me resulta convincente, en cambio, Sam Waterston, muy sobrio y contenido en el papel de Nick Carraway. 

La cuarta y más reciente adaptación, estrenada en 2013, ha sido también la más polémica, suscitando controversia entre crítica y público, sobre todo por la explícita voluntad de su director, Baz Luhrmann, de actualizar la historia base -que, por otro lado, se mantiene bastante fielmente, más allá de algunos cambios en su comienzo (con Nick narrando su historia a un psicólogo) y en un arrebato de ira de Gatsby no presente en el libro, al menos en mi memoria- sometiéndola a una estética “moderna”, lo que se traduce en un tratamiento musical y cinematográfico formalmente muy atrevido, arriesgado incluso, poco convencional en cualquier caso, que provoca una cierta perplejidad en el espectador que conoce la novela y que puede desconcertar e incluso alejar de ella a quien no la haya leído. Planificación desbocada, efectos de cómic, zooms vertiginosos, movimientos de cámara meteóricos, colorido resplandeciente, efectos visuales trepidantes, estética recargada y barroca, en una suerte de videoclip extendido (dos horas y veintidós minutos de metraje) que se ofrece acompañado de una banda sonora anacrónica (pues apenas recoge temas de la época y cuando lo hace, los presenta en un muy contemporáneo tratamiento de hip-hop) pero vibrante y, en definitiva, formidable, con la presencia de la Orquesta del siempre elegante Bryan Ferry y la actualísima -en 2013- participación de Emeli Sandé, Sia, Lana del Rey, Florence + The Machine, Jack White, Fergie, will.i.am, Beyoncé y su marido Jay-Z, que es, además, uno de los productores ejecutivos del filme. Baz Luhrmann ya nos había ofrecido “productos” similares, como su libérrima recreación de Romeo y Julieta, en 1996, o la deslumbrante Moulin Rouge, de 2001. La película, pese a todo interesante, cuenta con Leonardo DiCaprio (al que tampoco veo en el papel de Gatsby), con la delicada y siempre algo lánguida Carey Mulligan en el de Daisy, y con un algo histriónico Tobey Maguire en el de Nick Carraway. Al igual que la adaptación de 1974, ganó en las dos candidaturas a los Oscar a las que optaba: Diseño de producción y Diseño de vestuario. En la introducción a su edición para Cátedra, Juan Ignacio Guijarro recoge una crítica del New York Times tras el estreno de la película en la que se afirmaba que “la ruidosa adaptación de Luhrmann podía disfrutarse siempre y cuando no se tuviera en cuenta la novela de Fitzgerald”. Hechas estas matizaciones, a mí la cinta me ha gustado, aunque me atrevo a elucubrar con que el efecto que produzca sobre quien no haya leído el libro puede resultar disuasorio. 

En fin, pongo aquí punto final a mi exhaustivo recorrido por el “universo Gatsby”, un mundo fascinante al que os invito a entrar, en cualquiera de sus manifestaciones. Os dejo con un texto que refleja el frenesí festivo de la mansión del personaje principal y con una de las más bonitas -y de las más adecuadas para trasladar la atmósfera de la novela- canciones de la cinta de Luhrmann: Young and beautiful, de Lana del Rey.


En casa de mi vecino había música todas las noches del verano. Hombres y chicas iban y venían como mariposas nocturnas por sus jardines azules entre los cuchicheos, el champán y las estrellas. En la marea alta de la tarde veía a sus invitados tirarse de cabeza desde la torreta de su balsa o tomar el sol en la arena ardiente de su playa, mientras sus dos lanchas motoras surcaban el agua del estrecho arrastrando acuaplanos sobre cataratas de espuma. Los fines de semana, su Rolls-Royce se convertía en un ómnibus, que iba y venía con gente de la ciudad desde las nueve de la mañana hasta mucho después de medianoche, mientras su furgoneta correteaba como un veloz insecto amarillo a esperar todos los trenes. Y los lunes, ocho sirvientes, incluido un jardinero extra, trabajaban de sol a sol con fregonas, cepillos, martillos y tijeras de podar, reparando los estragos de la noche anterior. 

Todos los viernes llegaban de una frutería de Nueva York cinco canastas de naranjas y limones: naranjas y limones que todos los lunes salían por la puerta trasera en una pirámide de mitades sin pulpa. Había un aparato en la cocina que podía exprimir el zumo de doscientas naranjas en media hora si un mayordomo presionaba un botoncito con el pulgar doscientas veces. 

Una vez cada quince días como mínimo llegaba un cuerpo de proveedores con metros y metros de lona y luces de colores suficientes para convertir el inmenso jardín de Gatsby en un árbol de Navidad. En las mesas de bufet engalanadas con relucientes aperitivos, jamones asados con especias amontonados frente a ensaladas de arlequinados diseños y embrujados cerdos y pavos de repostería de un dorado intenso. En el vestíbulo principal se instalaba un auténtico bar provisto de ginebras, licores y cordiales hacía ya tanto olvidados que la mayoría de sus invitadas eran demasiado jóvenes para distinguir unos de otros. 

A las siete llega la orquesta, no un quinteto insignificante, sino oboes, trombones, saxofones, violas, cornetas y flautines, tambores y timbales. Los últimos nadadores han regresado ya de la playa y están vistiéndose arriba; los coches de Nueva York están aparcados de cinco en fondo en el camino, y los vestíbulos, salas, salones y galerías refulgen de colores primarios, cortes de pelo de los nuevos estilos extraños y chales que superan los sueños más exóticos. El bar está en plena actividad, y las rondas flotantes de cócteles empapan el jardín hasta que el aire está vivo de charlas y risas, insinuaciones casuales, presentaciones olvidadas al momento y encuentros emocionantes entre mujeres que nunca habían sabido sus nombres respectivos. 

Las luces brillan más cuando la tierra se aleja vacilante del sol y la orquesta interpreta música de cóctel amarilla y la ópera de voces alcanza una clave más alta. La risa es más fácil minuto a minuto, se derrama pródigamente, remata el comentario alegre. Los grupos cambian más deprisa, aumentan con recién llegados, se disuelven y se forman sobre la marcha: hay ya vagabundas, chicas confiadas que van de un sitio a otro entre los más fuertes y más estables, se convierten por un breve y gozoso momento en el centro de un grupo y luego, emocionadas por el triunfo, siguen deslizándose por el cambiante mar de rostros, voces y colores bajo una luz en incesante cambio. Una de estas gitanas, de ópalo tembloroso, coge de pronto al vuelo un cóctel, se lo bebe de un trago para darse valor y, moviendo las manos como Frisco, baila sola en el entoldado. Un silencio momentáneo; el director de orquesta cambia para ella cortésmente el ritmo, y estallan los murmullos cuando corre la falsa noticia de que se trata de la suplente de Gilda Gray del Follies. La fiesta ha empezado.

Videoconferencia
Francis Scott Fitzgerald. El gran Gatsby

miércoles, 12 de noviembre de 2025

IVO ANDRIĆ. UN PUENTE SOBRE EL DRINA; IZET SARAJLIĆ. SARAJEVO; CLARA USÓN. LA HIJA DEL ESTE.

Todos los libros un libro abre hoy, 12 de noviembre, un algo heterogéneo ciclo, que se prolongará hasta la pausa navideña, protagonizado por libros que tienen en común el hecho de que todos ellos -o sus autores- han celebrado -o lo harán aún en las semanas que faltan para finalizar el año- algún tipo de aniversario en este 2025 ya declinante. Hay, en efecto, numerosas efemérides literarias que se han ido produciendo durante el año, algunas de las cuales han tenido repercusión en nuestro espacio al tiempo en que ocurrían, y otras, en cambio, que, siendo yo consciente de ellas y contando con mi decidida voluntad de recordarlas en el programa, se me han ido acumulando por diversas circunstancias hasta que, con la amenaza en el horizonte del casi inminente fin de año, he decidido rememorarlas todas en un total de seis emisiones, las que van desde esta de hoy hasta la que se radiará el 17 de diciembre, última antes de las vacaciones de Navidad. 

En el caso de esta tarde, serán tres los libros comentados, aunque solo uno de ellos encaja en esta lógica de la conmemoración de una fecha más o menos exacta. En 1945, hace pues ochenta años, el escritor Ivo Andrić publicó Un puente sobre el Drina, una obra maestra, principal “responsable”, muy probablemente, de la concesión a su autor del Premio Nobel de Literatura en 1961, una circunstancia y una fecha que proporcionan dos razones adicionales para la oportunidad de esta reseña. Por un lado, mis palabras salen al aire entre la divulgación del fallo y la ceremonia de entrega del galardón correspondiente a este año, que como se sabe ha recaído en el escrito húngaro László Krasznahorkai. Por otro lado, el programa se emite cuando estamos a las puertas de un 2026 en que se cumplirán los sesenta y cinco años de la obtención del Premio por el yugoslavo. Hay, por último, una tercera circunstancia que justifica la presencia del libro y su autor en estas últimas semanas del año. Y es que el pasado marzo de este 2025 que ahora acaba se cumplió también el medio siglo de la muerte del escritor. 

Debo hacer una breve acotación acerca de su nacionalidad. Andrić nació en Travnik, un pueblo de Bosnia que a lo largo de la historia de esa convulsa región centroeuropea perteneció, sucesivamente, al Imperio otomano, al austrohúngaro, a Yugoslavia y, por fin, actualmente, a Bosnia-Herzegovina. Esta compleja suma de influencias étnicas, religiosas, políticas y culturales, que tanta importancia tendrá, como veremos, en la novela, afecta también a la lengua en la que el escritor desarrolló su obra. El jurado del Nobel consideró que su idioma era el serbocroata, una lengua común a Serbia, Croacia, Bosnia y Montenegro, cuando todos esos países, durante gran parte del siglo XX, pertenecían a Yugoslavia. Había, no obstante, variantes regionales, ekaviana en Serbia, ijekaviana en Croacia y Bosnia. Coincidiendo con una parte de su vida en que residió en Belgrado, Andrić cambió su dialecto nativo, el ijekavio, al ekavio serbio, razón por la que, tras la disolución de la federación yugoslava en 1991 y la soberanía de las repúblicas que la integraban, se le reconoce como escritor de Serbia, en donde está considerado como el gran novelista nacional. En Croacia sus obras siguen editándose y se le aprecia como parte del patrimonio literario común a los países de la antigua Yugoslavia. Paradójicamente, es en su Bosnia natal -protagonista central, como a continuación comentaré, de Un puente sobre el Drina- en donde la recepción de su literatura es más controvertida, pues según sus críticos Andrić representa en sus obras de manera negativa al islam bosnio y a los bosníacos musulmanes, por lo que se lo considera un autor con prejuicios orientalistas. 

Por otro lado, la presencia de este clásico en Todos los libros un libro, precisamente en estas fechas, viene dada también como una suerte de corolario -ya anticipado por mí en su momento- de mi reseña de Me limitaba a amarte, la espléndida novela de Rosella Postorino, de la que os hablé aquí en la primera emisión de este curso, hace un par de meses. Como recordaréis quienes nos seguís habitualmente, el libro de la italiana gira sobre los terribles sucesos vividos en Sarajevo durante la guerra de los Balcanes, cuya tragedia conmovió al mundo entre 1992 y 1995 (treinta años también, pues, han pasado desde su final). Hay una evidente conexión temática entre Un puente sobre el Drina y Me limitaba a amarte, pues no solo ambas están ambientadas en escenarios casi idénticos, Sarajevo en la novela de Postorino y la muy cercana Višegrad en la de Andrić, ambas poblaciones bosnias, sino que las claves que explican el conflicto contemporáneo que refleja el texto de la italiana hunden sus raíces en los episodios históricos que, de un modo magistral, relata el “yugoslavo” en su deslumbrante, emotiva e inolvidable crónica. Pero, por si fueran pocos los indudables paralelismos entre ambas obras, Rosella Postorino incluye en Me limitaba a amarte una doble remisión a la imperecedera creación de Andrić: una indirecta, en un capítulo en el que, sin citarla, la homenajea de modo evidente (Canta, oh Drina…), y otra expresa, en la mención que hace la propia Postorino en las notas finales: Las páginas 243 y 244 incluyen un homenaje a Ivo Andrić, Un puente sobre el Drina). 

Pero he señalado, y siento que esta introducción se alargue en demasía sin permitirme entrar aún en mi análisis, que mi propuesta de esta tarde era triple, y en efecto así es. La segunda obra que quiero recomendaros con entusiasmo antes de afrontar mi crítica a Un puente sobre el Drina, comparece aquí al hilo, también, de la mencionada reseña de Postorino. Una de las claves del libro, hasta el punto de figurar en su título, Me limitaba a amarte, surge de unos versos -solo dos, pero preciosos- que se transcriben en la novela y que forman parte de un poema de autor bosnio, Izet Sarajlić, cuya referencia menciona la autora en las notas finales del libro. Como podéis imaginar quienes seguís el espacio desde hace tiempo y conocéis algo de mi carácter y mi modo de proceder, tan exigente, tan perfeccionista, tan meticuloso y hasta obsesivo, no pude resistirme a la belleza de esos versos, ni al hecho evidente de que concentraban la esencia de la novela, sin indagar en la vida y obra de su autor. Así encontré, compré y leí de modo apasionado un breve poemario, Sarajevo, del que quiero dejaros ahora algún breve apunte. 

Publicado en 2013 por Valparaíso Ediciones, con un corto pero sustancioso estudio de Fernando Valverde, que traza una semblanza del autor y proporciona algunos datos de su intensa y difícil biografía, y es responsable también de la selección de los poemas elegidos y de su traducción junto a Sinan Gudžević, ambos poetas, a su vez, y profesores, el librito -apenas ochenta páginas- recoge cuarenta y cinco bellísimos poemas, conmovedores, rezumando sensibilidad, delicadeza, tristeza, ternura y emoción (pero también dureza, desagarro y dolor), escritos, con una sencillez, con una transparencia y con una desnudez que estremecen, durante y sobre la guerra de los Balcanes, en particular en relación con el trágico cerco de Sarajevo. Sarajlić, que murió en 2002, permaneció en la ciudad los 1.336 días del asedio, el de mayor duración en la historia moderna (siete veces más largo que el terrible de Stalingrado, de “solo” cinco meses, en la Segunda Guerra Mundial, que tan bien relató Vasili Grossman, en su monumental Vida y destino, que yo presenté aquí en junio de 2012). En ese tiempo contempló la muerte de sus dos hermanas, Raza y Nina (enterradas de modo clandestino, pues los francotiradores apostados en las colinas que rodean la ciudad disparaban a quienes recogían los cadáveres de sus allegados en calles y puentes y a quienes asistían a los funerales en los cementerios a cielo abierto; y sobre cuya ausencia giran varios poemas), de otros familiares, de amigos y de los que él llamaba “santos de Sarajevo”, los miles de ciudadanos anónimos resistentes en la ciudad y víctimas -muchas veces mortales- de la locura nacionalista, que convirtió la ciudad asediada en una ratonera, funesto escenario de la tragedia de sus pobladores, privados de agua, electricidad y calefacción, sufriendo los bombardeos constantes, las masacres en los mercados, las fosas comunes, la limpieza étnica perpetrada contra los bosnios, las violaciones, la destrucción de edificios emblemáticos -entre decenas de otros no tan “significativos”- como el de la Biblioteca Nacional, cuyo recuerdo, en llamas como consecuencia del impacto de los obuses, permanecen en la retina de todos los que las contemplamos entonces en televisión, aterrados, incrédulos ante la reproducción, transcurrido apenas medio siglo, de las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial. 

En su estupendo estudio preliminar, Fernando Valverde recuerda un suceso atroz que “opera”, desde entonces, como dramático emblema del horror de aquella guerra: El 19 de mayo de 1993, Admira Ismić y Boško Brkić, de 25 años, atravesaban el puente Vrbanja aprovechando un permiso. Querían escapar de la ciudad, se conocían desde niños y pensaban casarse. Bosko era un ortodoxo serbio y Admira musulmana. Cuando se encontraban a pocos metros del final del puente sonó un disparo que alcanzó a Bosko en el cuello. Admira se giró y se dirigió hacia él. Un segundo disparo atravesó el pecho de la joven, que con su último aliento logró alcanzar a Bosko, ya muerto, y abrazarlo. Los cadáveres de los dos jóvenes permanecieron allí, durante tres días, sin que nadie se atreviera a recogerlos. La historia de los dos amantes, tan parecida a la de Romeo y Julieta, fue conocida en todo el mundo. 

Los versos de Sarajlić dan cuenta de esa realidad espantosa. Y lo hacen de un modo directo, explícito, de fuerte impacto, con sus alusiones constantes a los disparos y los bombardeos, a la muerte, al hambre, a la desesperanza, a las pérdidas, a los recuerdos de una normalidad añorada, a la desgarradora cotidianidad desprovista de futuro. Y lo hacen también de un modo íntimo, testimonial, describiendo, en un tono cercano, amable, sencillo, muy humano, su desgarro, su dolor, su sufrimiento, su resignada pero pese a todo combativa aceptación del infausto destino al que él, sus familiares, sus amigos y su pueblo se ven sometidos. Un libro sobrecogedor, emocionante, delicado, sensible, bellísimo, que no deberíais dejar de leer (pedidlo a los editores de Valparaíso; puedo deciros, por experiencia propia, que son extraordinariamente amables). 

Os dejo tres muestras de la hondura del impresionante poemario de Izet Sarajlić. En primer lugar transcribo el poema entero, Una calle para mi nombre, al que pertenecen los versos que cita en su libro Rosella Postorino (la traducción que recoge la novela no es la de Fernando Valverde, que es la que ahora presento). A continuación, otro poema del libro, triste y bellísimo, Adiós a Željko Marjanović. Y como cierre, Sarajevo, con el protagonismo de una lluvia cuyo ambiguo simbolismo ejemplifica la condición material y moral de la ciudad asediada y de sus pobladores. 

Una calle para mi nombre 

Paseo por la ciudad de nuestra juventud 
y busco una calle para mi nombre. 
Las calles grandes, ruidosas, 
se las dejo a los grandes de la historia. 
¿Qué hacía yo mientras se hacía la historia? 
Simplemente te amaba. 
Busco una calle pequeña, simple, cotidiana, 
a través de la cual, sin llamar la atención de nadie, 
podamos pasear incluso después de la muerte. 

No es importante que tenga un paisaje hermoso, 
tampoco que haya pájaros. 
Lo importante es que en ella puedan tener refugio 
cualquier hombre o perro en peligro. 
Sería hermoso que estuviera empedrada, 
pero tampoco esto es imprescindible. 
Lo más importante es que 
en la calle que lleve mi nombre 
no le suceda nunca a nadie una desgracia. 


Adiós a Željko Marjanović 

Morimos. 
 
Morimos terriblemente rápido 
y terriblemente mal 
en esta ciudad 
al final del siglo, 
al final del amor. 

Los jóvenes al menos 
son asesinados, 
que es un altísimo privilegio 
en toda guerra, 
pero cuando repasamos la forma en la que mueren los viejos 
—en las novelas de John Galsworthy— 
la muerte de los viejos 
en la Sarajevo en guerra es terrible. 

Morimos 
en hospitales gélidos 
en pasillos por los cuales 
corre la sangre de nuestros conciudadanos masacrados, 
en las cocinas ajenas y en habitaciones sin ventanas, 
humillados y exhaustos, 
muchos en soledad, 
lejos de aquellos a quienes aman. 


Sarajevo  

Ahora también duermen nuestros queridos inmortales. 
 
Frente al colegio femenino, 
crecido bajo el puente discurre el río Miljacka. 
Mañana será domingo.
Coged el primer tranvía a Ilidža, 
un lugar en el que, como es natural, nunca cae la lluvia, 
la aburrida y larga lluvia de Sarajevo. 
¡Quién sabe cómo se sentiría sin ella Cabrinović en prisión! 

Nosotros la maldecimos, blasfemamos, 
y sin embargo, mientras cae, 
fijamos los encuentros de amor 
como si estuviéramos en el corazón de mayo. 

Nosotros la maldecimos, blasfemamos, 
conscientes de que nunca podrá convertir el río Miljacka 
en el Guadalquivir o en el Sena. 

Y entonces, ¿será un motivo suficiente para amarte menos 
o hacerte sufrir menos ante la desgracia? 
¿Será por ello menor mi hambre de ti 
y mi derecho amargo 
de no dormir mientras el mundo está amenazado 
por una guerra o la peste 
o cuando las únicas palabras posibles son “no olvidar” y “adiós”? 

Además, 
es posible que ni siquiera sea esta la ciudad en la que moriré 
pero en todo caso habría sido digna 
de un yo incomparablemente más sereno. 

Esta ciudad en donde, a decir verdad, 
no siempre he tenido mucha suerte 
pero en donde cada cosa es mía y donde siempre puedo 
amaros a cada uno de vosotros 
y deciros que estoy desesperadamente solo. 

Tal vez en Moscú podría hacer lo mismo 
pero Esenjin ha muerto 
y Evtušenko estará viajando por cualquier parte de Georgia… 
¿Cómo iba a pedir yo auxilio en París 
si ni siquiera han respondido a la llamada de Villon? 

Aquí, en Sarajevo, si necesito ayuda 
incluso los sauces, que son mis conciudadanos, 
conocerán aquello que me hace sufrir. 

Porque en esta ciudad, a decir verdad, no he tenido mucha suerte 
pero en ella la lluvia, cuando cae, 
no es sólo lluvia. 


Con la “excusa” del horror vivido en Sarajevo y, en general, de la terrible experiencia de la guerra en los Balcanes, quiero aprovechar la ocasión para recomendaros una novela excepcional de Clara Usón, una escritora formidable con una muy sólida obra a sus espaldas. La hija del Este, que publicó Seix Barral el ya remoto 2012 y que yo comenté en Todos los libros un libro entonces, es, sin duda, una ficción aunque parte de un hecho real. La autora -que en el texto se “disimula” bajo la apariencia de un mero personaje de novela- se encuentra un día en The Times con la noticia de la trágica muerte de Ana Mladić, una chica serbia de 23 años, atractiva, estudiosa y agradable, que a la vuelta de un viaje de fin de carrera a Moscú con sus compañeros de Medicina, el 24 de marzo de 1994, se disparó un tiro en la cabeza con la pistola “fetiche” de su padre, Ratko Mladić, el sanguinario genocida, el carnicero serbio de la guerra de los Balcanes, el despiadado responsable de la cruel matanza de Srebrenica, subordinado del genocida Radovan Karadžić; ambos condenados a cadena perpetua por el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia. Impresionada por los hechos leídos, sintió curiosidad, indagó, investigó, buscó respuestas, aquilató rumores, compulsó datos, y con todo ello fabuló una explicación. En el libro -resultado último de su pesquisa, que se extendió a lo largo de tres años- Usón mezcla realidad y ficción -en un “juego” cada vez más frecuente en tantas novelas actuales, que saltan del periodismo a la literatura, del documento a la invención, de los datos objetivos, verídicos, a la libre capacidad de imaginación del autor-, y escribe, con una prosa magnética, de irresistible atracción, para indagar en la compleja personalidad de la joven e intentar averiguar cuáles fueron las causas que la llevaron al suicidio. En el camino de esa investigación, el texto nos deja una fascinante reflexión sobre la barbarie, el odio y la exclusión, la violencia, la inocencia y el fanatismo, la presencia del mal en nuestras vidas, la búsqueda de la verdad, la culpa, la integridad moral, todos esos aspectos esenciales, en fin, de la naturaleza humana. Del mismo modo, más allá de esa vertiente “universal”, podríamos decir, el libro recoge numerosa información -“real”, contrastada, conocida, publicada en su momento en los medios de comunicación, aunque, por desgracia, como tantas otras veces, olvidada en el curso de nuestro superficial y algo frívolo paso por el mundo- sobre acontecimientos, personajes, hechos, situaciones ocurridos en la inexplicable, la inconcebible, la inimaginable ola de violencia salvaje desatada en el centro de la Europa “civilizada” hace ahora treinta años. 

En La hija del Este se recoge una escena estremecedora que, pese a su extensión, quiero dejaros íntegra por cuanto resulta altamente reveladora de esa criminal barbarie. En un pasaje de la novela se transcriben unos versos de un poema (Convertíos a mi nueva fe, / os ofrezco lo que nadie ha tenido antes, es su comienzo). A continuación, escribe la novelista: 

Son unos versos de un poema sin título del peor poeta de Bosnia-Herzegovina, el presidente de la Republika Srpska, Radovan Karadžić. En unas imágenes del documental Serbian Epics se puede ver al poeta-presidente recitando otros versos suyos, de un poema titulado Sarajevo: «Puedo oír al desastre caminando. La ciudad se quema como el incienso en una iglesia…» Y esos versos oscuros los declama Radovan en un escenario privilegiado: la cima de una de las colinas que rodean Sarajevo, desde donde las fuerzas del ejército serbo-bosnio bombardean con granadas y obuses la ciudad, la acribillan sin cansancio con fuego de metralla, en una mañana despejada, sin nubes, que ofrece una vista espléndida de la ciudad asediada, que se extiende a lo largo del valle, permitiendo contemplar el espectáculo incomparable de las densas columnas de humo y fuego que se elevan hacia el firmamento desde los edificios incendiados por los implacables artilleros serbios. El estruendo de las detonaciones no parece perturbar a Radovan, quien se dirige a su huésped, el poeta y nacionalista ruso Eduard Limónov [en septiembre de 2013 yo os hablé aquí del libro de Emmanuel Carrère sobre el controvertido y execrable personaje], explicándole con asombro cómo él anticipó ese desastre en sus versos, escritos veinte años atrás. «Todo esto yo lo vi, la guerra, las armas, la destrucción… Yo lo escribí hace mucho tiempo. Muchos de mis poemas tienen algo de profético que incluso a mí me asusta —declara con falsa humildad, porque tanto él como su huésped saben muy bien que si Sarajevo arde, como en su poema, es porque él mismo ha prendido la mecha—. Todas estas tierras son nuestras —explica Radovan a su invitado, señalando con un amplio ademán regio la ciudad calcinada y a los bosques y montañas que la circundan—. Fueron ocupadas por los turcos y los actuales musulmanes son sus descendientes. Los serbios que no se convirtieron al islam se refugiaron en las montañas, son los serbios auténticos, pues se negaron a apostatar de su religión. ¡Mire cuántas mezquitas!», añade con una mueca de disgusto. A continuación, el bardo Radovan propone a Limónov disparar sobre Sarajevo con una metralleta, como el gentil anfitrión que invita a su huésped a probar un pastel hecho por su mujer o a degustar el vino de la reciente cosecha, y mientras Radovan juguetea con un perro e intenta infructuosamente llamar a su esposa, la fea Jovanka, con un walkie-talkie, su colega el poeta Limónov sigue con atención las instrucciones que le imparte un soldado sobre el funcionamiento de la metralleta, se acomoda ante ella y, con alegría y entusiasmo y un loable deseo de complacer a su generoso colega, vacía un cargador entero sobre la ciudad. (Hoy mismo la prensa informa del escándalo en Italia por las denuncias de los "safaris humanos", ciudadanos italianos que pagaban por ser francotiradores de fin de semana en la guerra de Bosnia. "Para ser francotiradores de fin de semana pagaban el equivalente a entre 80.000 y 100.000 euros, según las primeras hipótesis de la investigación. Por disparar a niños se pagaba más", escribe Íñigo Domínguez en El País. El mal absoluto)


Este episodio, de atrocidad indescriptible, permite, siquiera de manera dramática, establecer otro vínculo, aparte de los ya señalados -en esencia, el conflicto balcánico, con Sarajevo en su centro-, con mis distintas propuestas de hoy, en particular con la obra del poeta Izet Sarajlić. Cuenta Fernando Valverde, en el iluminador prólogo a su edición de Sarajevo, que el poemario Fin de semana gris, publicado por Sarajlić en 1955, supuso un punto de inflexión en la poesía yugoslava y convirtió a su autor en una referencia para los poetas jóvenes, que acudían a él en busca de apoyo y enseñanzas. Un buen día, refiere Valverde, se presentó ante él un joven montenegrino, nacido en la minúscula aldea de Petnjica en 1945. Acababa de llegar a la ciudad y quería convertirse en poeta. En Sarajevo nadie prestaba atención a aquel estudiante de psicología, con aspecto de pueblerino, al que las muchachas despreciaban y que quería consagrar su vida a la poesía. Hubo varios encuentros, incluso podría decirse que fueron amigos. Una amistad que nació de la admiración que el joven sentía por Sarajlić. Su nombre era Radovan Karadžić, quien iba a ser después el presidente de la Republika Srpska, el ideólogo del cerco de Sarajevo y del genocidio de Srebrenica, el cerebro que tuvo a su servicio a Ratko Mladić. Sobran las palabras. 

Sobreponiéndonos a duras penas al horror, no puedo sino recomendaros la lectura de los dos libros, el que recoge los tiernos, conmovedores, emotivos y dolorosos versos de Izet Sarajlić, y la también trágica, terrible, muy dura y apasionante obra de Clara Usón, constituyendo ambos, poemario y novela, un extraordinario preámbulo a la lectura de mi sugerencia principal de esta semana, Un puente sobre el Drina, la indiscutible obra maestra de Ivo Andrić. 

Yo leí la novela por primera vez hace ya muchos años, en la edición de Debate de 1999, en la estupenda traducción de Luis del Castillo Aragón, capaz de trasladar la melancolía, la sensibilidad, la tragedia, el dolor, la sabiduría, la nostalgia, la poesía, el misticismo, la filosofía, la intensidad, la bonhomía, el simbolismo y el humor, con los que el escritor yugoslavo envuelve la magnética, enternecedora, en muchos casos terrible y siempre aleccionadora historia del legendario puente Mehmed Paša Sokolović, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2007, y que desde tiempos inmemoriales cruza el río Drina en la ciudad, hoy bosnia, de Višegrad. Hay, en nuestro país, diversas ediciones del libro, desde la que, quizá -no he podido comprobarlo-, es la primera, de 1961, en la legendaria colección Reno, de Plaza y Janés, con la misma traducción de Luis del Castillo Aragón. Debo decir, no obstante, que yo he podido cotejar ambas versiones, la del 61 y la del 99, y aunque son casi idénticas, la de Debate, que aparece con la acotación “revisada por René Palacios More”, es más legible gracias a ciertas necesarias actualizaciones en los topónimos, los nombres propios y algunas otras expresiones que se vierten a nuestro idioma de una manera más “natural” (por dejar alguna muestra: el “Vichegrado” que usa Luis del Castillo en 1961, pasa a ser “Višegrad” en la edición cuatro décadas posterior; nombres de personajes que inicialmente se traducían, ahora se mantienen en su idioma original, como un extravagante “Pedro”, dado el contexto, que es ya “Petar”; el vocablo “servio”, reiteradamente escrito así, con esa ortografía, en el libro de Reno (en infinidad de ocasiones, como puede imaginarse, dada la ambientación de la novela), se convierte ya en “serbio” en la traducción más reciente; los actuales “bosnio” o “bosníaco”, presentes en la versión última, aparecen como “bosníano” en la original; entre otros muchos cambios, no demasiado relevantes pero sí apreciables). El pasado 2024, la editorial RBA publicó una nueva versión del libro con traducción de Tihomir Pištelek y Luisa Fernanda Garrido, que no he podido consultar. Esta última es, con seguridad, la más asequible, descatalogadas, probablemente, las anteriores. 

Un puente sobre el Drina es una de las obras más significativas de la literatura europea del siglo XX. Su relevancia literaria, histórica y simbólica se debe a la forma en que Andrić logra entrelazar, en un único relato de gran amplitud temporal, las tensiones y las convivencias que marcaron la historia de Bosnia y Herzegovina a lo largo de cuatro siglos, desde principios del XVI hasta comienzos del XX con el estallido de la Primera Guerra Mundial. El puente de piedra sobre el río Drina, situado en la ciudad de Višegrad, se convierte en el protagonista colectivo de la narración, en torno al cual giran las historias de generaciones enteras de habitantes de la región, pertenecientes a comunidades diversas en lo étnico, lo religioso, lo cultural, lo político y lo lingüístico. Y es que Višegrad -y, en general, la región y Bosnia entera-, situada en el corazón de los Balcanes, ha sido, desde la Edad Media, un lugar de tránsito, contacto y choque entre mundos diversos: el cristianismo ortodoxo oriental, el catolicismo occidental y el islam otomano. Esta ubicación fronteriza confirió a Bosnia una identidad compleja, caracterizada por la coexistencia de comunidades distintas, con tradiciones, lenguas y religiones que, en ciertos momentos, convivieron de forma pacífica y, en otros, entraron en conflicto abierto. Es por ello por lo que ya desde su publicación, y más allá de su indudable calidad literaria, la novela adquirió una suerte de valor simbólico, representando el destino, tantas veces convulso, de los pueblos balcánicos. 

Pero no solo eso, no solo el libro refleja la visión de Andrić, sino que su voz apacible, comprensiva y humanista; su sobriedad narrativa, descriptiva y respetuosa con los personajes y sus vivencias; su muy notable capacidad de observación etnográfica, le han dado a su novela una densidad histórica que trasciende el marco estrictamente nacional o local. En este sentido, el puente sobre el Drina -en su doble consideración, la real del monumento “tangible” y la simbólica del que se describe en el libro- se ha convertido en una metáfora de la historia europea en su conjunto, marcada por la tensión -en un fecundo juego de dualismos que impregna el texto entero- entre tradición y modernidad; entre continuidad y fractura; entre permanencia y cambio; entre reacción y progreso; entre convivencia y violencia; entre tolerante multiculturalismo e identidad excluyente; entre pluralismo y uniformidad; entre abierta e integradora universalidad y pacato y reduccionista particularismo; entre confluencia en las semejanzas y exacerbación de las diferencias; entre la voluntad de coexistencia pacífica de pueblos diversos y la siempre terrible y atávica tentación del enfrentamiento y la guerra; entre creación y destrucción, entre la hermandad y la “conllevancia” orteguiana y el odio y la inquina seculares; entre, en definitiva, la fecunda y enérgica pulsión de vida y el no menos poderoso impulso de muerte. Recuerdo, hace un cuarto de siglo, las palabras de Felipe González, subrayando que él había aprendido más sobre el conflicto de los Balcanes leyendo la novela que en su desempeño como gobernante; buena prueba, al margen de la consideración que nos merezca el político y sus opiniones, de esta dimensión universal del libro a la que me refiero. 

Un puente sobre el Drina no se organiza como una novela tradicional con un protagonista central y una trama lineal, sino como una crónica coral que atraviesa cuatrocientos años de historia en una constelación de episodios unidos al puente de Mehmed Paša Sokolović. Todo lo que el libro narra sucede en torno a él, que permanece inmóvil, más o menos incólume frente al paso del tiempo, mientras generaciones enteras nacen, viven y mueren a su alrededor. En una algo esquemática síntesis, el libro atraviesa tres grandes etapas. La inicial narra la construcción del puente y el comienzo de su historia simbólica en el siglo XVI. La primera imagen del puente, todavía vaga y nebulosa, que estaba destinada a tomar cuerpo, pasó como un relámpago por la imaginación de un muchacho de unos diez años del vecino pueblo de Sokolovitchi, en una mañana del año 1516, cuando era conducido por allí desde su pueblo natal a la lejana, brillante y espantosa Estambul. El muchacho es Mehmed Paša Sokolović (Mohamed-Pachá Sokoli, en la versión inicial para la colección Reno, en un cambio indicativo del espíritu de las modificaciones en la nueva traducción, más respetuosa con las grafías autóctonas), arrancado de su familia a través del sistema otomano del devşirme, traducido en el libro como “tributo de la sangre”, una práctica mediante la cual los agás, relevantes cargos militares turcos, se adentraban en los territorios bosnios y se llevaban a niños varones, sanos, inteligentes y de buen aspecto, de diez a quince años de edad, para incorporarlos al servicio del Imperio otomano. Con el tiempo, el niño llegaría a ser un joven e intrépido oficial de la Corte del sultán, más tarde capitán bajá, después yerno del sultán, general, gran visir y hombre de Estado de reputación mundial. Durante toda su vida recordaría la angustia, el desamparo y el sufrimiento que lo acometieron cuando, desplazado, solo, añorando a su familia, esperaba, con el resto de la comitiva, a la orilla desierta del vasto e infranqueable Drina, en la que los viajeros tiemblan de frío y de incertidumbre, la llegada de la barca lenta y carcomida con su monstruoso barquero, que le permitirían cruzar del río. El sentimiento de malestar físico que le quedó de aquella triste vivencia, una especie de línea negra que, de vez en cuando, durante uno o dos segundos, le partía el pecho en dos y le causaba un profundo dolor, nunca llegó a desaparecer. Al contrario, con los años y la vejez aparecía cada vez más a menudo, hasta el punto de que, en una de esas crisis nostálgicas, llegó a la conclusión de que solo lograría desembarazarse de aquel opresivo recuerdo, si lograba suprimir la barca del lejano Drina, si llegaba a unir por medio de un puente las orillas escarpadas y el agua pérfida que corría entre ellas; si empalmaba los dos extremos de la carretera que se rompía en aquel punto, si ligaba así para siempre y sólidamente Bosnia con el Oriente, su tierra de origen con los lugares de su vida de hombre. Fue, pues, él el primero que, en un instante, tras sus párpados cerrados, vislumbró la silueta robusta y elegante del gran puente de piedra que había de ser levantado. 

A partir de esa “escena” inaugural, Andrić narra el proceso de levantamiento del puente, rodeado de episodios que revelan tanto la dureza del yugo turco como la resistencia de la población local. La construcción, llevada a cabo por ingenieros otomanos, genera recelos, supersticiones y rumores entre los habitantes, que ven en la obra un signo de poder y de dominación, pero también una promesa de conexión y prosperidad, en una representación muy expresiva de la riqueza de connotaciones simbólicas que encierra la obra, mostradas casi siempre, como he anticipado, en forma de un juego dual. Finalmente, tras cinco años de obras, el puente, con sus poderosos once arcos de piedra, con sus doscientos cincuenta pasos de longitud y sus diez de anchura, se alza como una obra imponente, y todos los sinsabores de sus construcción serán olvidados por los pobladores de Višegrad, que como hacemos los seres humanos con los sucesos desagradables del pasado, los reformularon en términos soportables y aún apacibles, fabulando e inventando, con libérrima imaginación, lo que les hizo sufrir. Tan sólo cuando, fruto de aquellos esfuerzos, surgió el gran puente, empezaron las gentes a recordar los detalles y a adornar el nacimiento del puente real, hábilmente construido con materiales duraderos, con cuentos legendarios que supieron componer de nuevo con arte y que mantuvieron durante mucho tiempo en su mente, leemos, en un apunte elocuente de una de las dimensiones más relevantes del libro, que luego comentaré, lo mágico, lo legendario, la presencia de las tradiciones, de los relatos, de las narraciones orales que se transmiten de generación en generación trasladando el espíritu, el sentir de la comunidad: En todo caso, una cosa es cierta: entre la vida de las gentes de la ciudad y este puente existe un lazo íntimo y secular. Sus destinos están tan entremezclados que no se imaginan ni se pueden contar separadamente. Por eso la leyenda sobre el origen y el destino del puente es, al mismo tiempo, el relato de la vida de la ciudad y de sus habitantes, de generación en generación, de la misma manera que a través de todas las narraciones sobre la ciudad pasa la línea del puente con sus once arcos y una kapia que corona su centro. 

Esta kapia, la gran terraza ubicada en el corazón mismo del puente, será así, con el puente mismo, el escenario principal de la vida comunitaria. Allí se reúnen los vecinos para conversar, comerciar, discutir asuntos políticos, observar el paso del río o simplemente disfrutar de la compañía mutua. La kapia es, en la novela, el lugar donde se cruzan las historias, donde se transmiten rumores, donde se celebran acontecimientos y donde también nacen los amores y se presencian tragedias. A lo largo de los siglos, la kapia actúa como un microcosmos de la sociedad bosnia: en ella coinciden musulmanes, cristianos ortodoxos, católicos, judíos; hombres y mujeres de diferentes edades; campesinos, comerciantes, soldados, viajeros. En este espacio público se construye una memoria compartida que sobrevive a los cambios políticos y a las transformaciones históricas. 

Y con el hilo conductor de la magnífica obra y de su “ecuménico” lugar de encuentro, la novela registra una infinidad de episodios y relatos que, si bien pueden leerse como historias autónomas, adquieren pleno sentido cuando se integran en el flujo de la larga historia de la comunidad. Así, desde esta lógica, se nos narra la vida en Višegrad durante la segunda gran etapa que refleja el libro, la del dominio otomano y los cambios de la modernidad en los siglos XVII al XIX. Asistimos a la narración, punteada por anécdotas entrañables o dramáticas, relatos íntimos de personajes anónimos -enamorados, viajeros, comerciantes-, para los que el puente se convierte en un espacio de encuentro o de despedida, entrelazada con las reflexiones de corte filosófico y humanista con las que el autor salpica su texto, de las revueltas campesinas, en las que el puente aparece como escenario por el que pasan los ejércitos y donde las autoridades otomanas exhiben su poder y castigan a los rebeldes, muchas veces mediante ejecuciones públicas; del tránsito de caravanas y mercaderes, siendo el puente vehículo del comercio y la comunicación, un eje económico vital para la región; de la presencia constante de la dominación imperial, que se percibe como lejana en ocasiones, pero que se materializa en los rumores de guerra que llegan a sus frecuentadores y, en ocasiones excepcionales, también en violencia y represión; del avance del siglo XIX, con los cambios que trae consigo la modernidad y el despertar de los nacionalismos; de los movimientos independentistas en los Balcanes; de las guerras entre el Imperio otomano y sus pueblos sometidos, singularmente el serbio; del lento debilitamiento de la gobierno de Estambul. Todo ello afecta directamente a la vida en Višegrad y al vasto elenco de personajes que Andrić hace comparecer en su muy plural representación de la existencia de la ciudad. Unos personajes que encarnan, una vez más, la ambivalencia que permea la novela entera. Por ejemplo, los que ven en el Imperio otomano un poder decadente que debe ser reemplazado, y los que, en cambio, temen la inestabilidad y prefieren la continuidad de un orden antiguo que añoran. 

La tercera gran etapa del libro pone al lector en contacto con la llegada del Imperio austrohúngaro y la irrupción del siglo XX, con la Primera Guerra Mundial como desenlace trágico. En pocas páginas, prodigiosas (en una novela en la que pocas de ellas escapan al elogioso calificativo), contemplamos el lento pero inexorable avance del nuevo poder en aquellas regiones fronterizas, tan alejadas del centro vienés. A partir de 1878, la llegada de las fuerzas imperiales cambia de modo trágico el sentido de la dominación (A principios del verano de 1878, algunas unidades del ejército regular turco, que se dirigían de Sarajevo hacia Triboi, pasaron por la ciudad. Se tuvo la certeza de que el sultán entregaba Bosnia sin resistencia. Ciertas familias se preparaban para emigrar a Sandjak. Entre ellas, había algunas que habían llegado trece años antes de Ujitsa, por no querer someterse a la autoridad de los serbios, y que ahora se preparaban para huir otra vez de una nueva dominación cristiana). Los, en general, renuentes ciudadanos de Višegrad, ven poblarse sus calles, el puente, la kapia, por un ejército de funcionarios entregados a arduas reformas administrativas, inexplicables para los lugareños, aferrados a sus consuetudinarias tradiciones (Medían un campo en barbecho, marcaban irnos árboles en el bosque, inspeccionaban los retretes y las alcantarillas, examinaban los dientes de los caballos y de las vacas, verificaban los pesos y las medidas, se informaban de las enfermedades que padecía el pueblo, del número y nombre de los árboles frutales, de la raza de las ovejas y de las aves. Se hubiese dicho que estaban divirtiéndose. Todas aquellas ocupaciones resultaban incomprensibles, fútiles y vanas a ojos del pueblo). Se organiza la administración pública, se racionaliza el funcionamiento de la sociedad, se levantan infraestructuras, se construye un ferrocarril que alterará radicalmente la importancia del puente. Y, una vez más, el narrador nos muestra un muy notable contraste, el que se da entre la modernidad vienesa que irrumpe, impetuosa, y la lenta, sosegada, casi inmutable tradición local; entre el acelerado progreso y sus oportunidades frente al acervo histórico, la raigambre y la herencia. 

El libro se cierra, en su parte final, en los años previos a la Primera Guerra Mundial y el estallido de la contienda. El nacionalismo serbio gana fuerza entre los jóvenes de Višegrad, que ven en el Imperio austrohúngaro un poder extranjero opresor y reclaman la independencia de los pueblos sometidos. Las tensiones alcanzan su punto culminante en 1914, cuando el asesinato del archiduque Francisco Fernando en Sarajevo desencadena la guerra. El puente, que en su secular perdurabilidad, fue símbolo de unión, se convierte entonces en escenario de división y violencia. Tropas austrohúngaras y serbias se enfrentan en la región, la población civil sufre desplazamientos, represalias y destrucción. El propio puente, hasta entonces indestructible en la memoria colectiva, es finalmente dañado por las voladuras militares, lo que representa simbólicamente la ruptura de la continuidad histórica y la entrada en una nueva era marcada por la violencia de masas. 

Como se puede apreciar en este breve repaso al hilo conductor que enlaza la narración, ese recorrido cronológico por la Historia de cuatro centurias, Andrić utiliza esa “excusa”, muy bella y evocadora, para mostrar lo que he venido llamando “el juego de dualismos”, fundamentalmente la tensión entre permanencia y cambio: el puente parece eterno, mientras que las generaciones humanas son efímeras; sin embargo, incluso el puente acaba sucumbiendo a la violencia. El puente es, a la vez, un elemento que une y divide, que permanece y se destruye, que refleja la capacidad humana de construir y, al mismo tiempo, la tendencia a la violencia que amenaza toda creación. 

El puente sobre el Drina es, pues, el gran protagonista de una novela en la que descuella entre un largo elenco personajes memorables. Su simbolismo es múltiple, más allá de las facetas ya apuntadas. Representa la unión y la comunicación al permitir el tránsito de personas, bienes e ideas entre las dos orillas del río, que, a su vez, simbolizan dos mundos distintos, Oriente y Occidente (Ese puente es el único paso permanente y seguro a lo largo de todo el curso medio y superior del Drina, y es, al mismo tiempo, el nudo indispensable de la carretera que une Bosnia con Serbia, y aún más lejos, con las restantes partes del Imperio otomano hasta Estambul). Es ejemplo, también, de la división y el conflicto, convertido en más de una ocasión, con el paso de los siglos, en escenario de enfrentamientos y represalias, mostrando que lo que une también puede separar. Encarna de manera admirable las nociones, contrapuestas pero igualmente complementarias, de permanencia y fragilidad, tan propiamente humanas: la aspiración a construir algo duradero y la simultánea vulnerabilidad, nuestra finitud, el carácter efímero de nuestro paso por un mundo marcado por el cambio y la violencia (Y las generaciones se sucedían junto al puente. Pero el puente se sacudía, como si fuesen una mota de polvo, todas las huellas que habían dejado en él los caprichos o las necedades de los hombres, y continuaba idéntico e inalterable). 

El libro apunta también, de modo muy sugestivo, al conflicto entre historia y destino, en tanto muestra que no solo las biografías individuales, sino también las trayectorias de las colectividades, están atrapadas, se ven determinadas, a veces sobrepasadas, a menudo arrasadas por el flujo irrefrenable de la Historia. En consecuencia, la novela se perfila como un relato sobre el tiempo, convertido también en otro protagonista, esta vez invisible. El relato de Andrić muestra los avatares de un tiempo cíclico, con la historia repitiéndose en etapas de calma y violencia, reproduciendo, en distintos períodos, idénticos patrones de represión, rebelión y sufrimiento, que vuelven, una y otra vez, mientras se suceden los imperios y los regímenes. Puente y tiempo, pues, reflejan un nuevo dualismo, la consistencia duradera, inmóvil, de la fábrica humana frente a la fuerza ineludible del tiempo que todo lo transforma. 

Otro de estos prolíficos frentes a los que se abre una novela de fecundidad inagotable es el que atañe a la condición simbólica del puente como espacio de convivencia y conflicto de culturas. El libro es admirable cuando refleja la pacífica y amistosa coexistencia de las comunidades musulmana, cristiana y judía que conviven compartiendo espacios comunes, singularmente la kapia (No se observaba distinción entre turcos, cristianos y judíos. (…) Podía verse a Suliaga Osmanagić, al rico Petar Bogdanović, a Mordo Papo, al pope Mihailo, cura corpulento, poco hablador y espiritual, al grueso y serio Mulá Ismet, hodja [una suerte de autoridad religiosa turca] de Višegrad, y Elías Leví, llamado Hadji-Liacho, rabino conocido allende la ciudad por su juicio sano y su naturaleza abierta). Y esclarecedor resulta también cuando nos ofrece ejemplos de cómo esas religiones y etnias distintas, con sus tensiones latentes, ocultas en los momentos de paz, se enfrentan con violencia y brutalidad en episodios que muestran la dificultad de construir sociedades estables en territorios marcados por la diversidad cultural y religiosa, en una línea de la historia -quizá de la naturaleza humana- que se repite a lo largo de los tiempos y de la que seguimos teniendo tantos ejemplos en los años de las novelas de Postorino y Clara Usón, los poemas de Sarajlić y, por desgracia en tantas partes del mundo en nuestros días. 

Y destacan también, ya en una mención a vuelapluma, otras dimensiones importantes del libro: las profundas reflexiones que contiene sobre el poder y la arbitrariedad (ya sea otomano o austrohúngaro, el poder siempre aparece como fuerza externa que domina y oprime a la población local, manifestándose en castigos crueles, impuestos desmedidos, decisiones despóticas e incomprensibles), en otro aspecto revelador del valor universal de la novela; sobre la violencia (ejecuciones en el puente, expropiaciones, enfrentamientos bélicos), que se revela como una constante histórica que atraviesa las distintas épocas; sobre la importancia de la comunidad, que prevalece sobre las singularidades de los individuos concretos (pese a que la novela se detiene en las vicisitudes de las vidas de sus personajes, es el pueblo en su conjunto el que se constituye en protagonista colectivo; un pueblo al que vemos a menudo como víctima sufriente de la tiránica opresión de los poderosos, pero también como resistente frente a su abusivo dominio y, sobre todo, como memoria, que aflora en los rumores, las leyendas, las canciones populares que transmiten la historia de generación en generación, en una vertiente de libro, la más apacible y entrañable, que lo acerca a ciertos rasgos del realismo mágico). Y el lector se encuentra también con reflexiones sobre la memoria y el olvido, precisamente a través de las historias del puente que se recuerdan de padres a hijos, pero que, con frecuencia, solo permanecen de manera fragmentaria, con detalles que se pierden, personajes que desaparecen, episodios que se olvidan. El puente amplía así su horizonte simbólico al convertirse también en una suerte de archivo silencioso de la memoria de la comunidad, en una singular manera de conservar las huellas del pasado. 

El interés y la “valía” literaria de Un puente sobre el Drina no residen únicamente en la densidad histórica, la riqueza simbólica y la amplitud temática de su contenido, sino también en la manera en que Ivo Andrić construye el relato. Su planteamiento narrativo, que conjuga la crónica histórica con la ficción literaria, permite que la novela funcione a la vez como documento cultural, testimonio colectivo y meditación filosófica. Anoto a continuación, ya inevitablemente de modo resumido, algunos elementos estrictamente literarios que, a mi juicio, contribuyen a hacer del libro una obra excepcional. Por ejemplo, la ausencia de un héroe central, “sustituido” por un aluvión de personajes, de distinta hondura y desarrollo, pero que aparecen y desaparecen sin que ninguno domine la totalidad del relato. También, y ya se ha repetido, la presencia del puente como eje narrativo en torno al que giran las peripecias, las circunstancias, las vidas enteras de los protagonistas. Del mismo modo, resulta singular la estructura episódica, articulado el relato como una serie de historias que podrían leerse de manera autónoma, pero que cobran su pleno sentido integradas en una continuidad más general, al modo de las crónicas o las sagas populares, que dan cuenta de la memoria común de un pueblo. 

Por otro lado, quiero subrayar la “posición” en la que Andrić sitúa al narrador, que, de nuevo a la manera de las crónicas, transmite los hechos con autoridad y distancia, ubicado por encima y fuera del tiempo, con un estilo sobrio y casi desapasionado, objetivo y documental, con aparente neutralidad. Sorprende que la voz narrativa mantenga la contención, no dramatice en exceso, incluso cuando lo que cuenta es terrible, violento, dramático o cruel. Este registro, sin embargo, se ve salpicado por momentos por una voz más lírica, sobre todo al describir el río, la luz, la noche, los paisajes o los sentimientos íntimos de los personajes, en pasajes en los que es el tono el que introduce una dimensión poética al relato. El narrador, además, se inmiscuye en ocasiones en su historia, dirigiéndose con cercanía al lector, siempre en una primera persona del plural que enfatiza el carácter comunitario de la narración (Una mirada llena de dolorosa sorpresa y aquel movimiento orgulloso de su cuerpo que sólo era suyo, y después una muda y sorda sumisión a la voluntad paterna, como era y es costumbre entre nosotros) e incluso con algunos atisbos de leve y discreto humor: En el curso del relato precedente, nos hemos olvidado de señalar una innovación que había sido introducida en la pequeña ciudad. (Ya habrán ustedes observado que olvidamos fácilmente decir aquello de lo que no nos gusta hablar). En el mismo sentido, la novela se caracteriza por una tranquila cadencia y un ritmo pausado en la narración, en los que podemos ver el normalmente despacioso fluir del río Drina, de nuevo símbolo del lento transcurrir de la existencia. Aunque hay, no obstante, interrupciones violentas que aceleran la acción (de la vida: guerras, destrucción, ejecuciones; y del río, con algún episodio de devastadoras inundaciones). 

Pese a que, como he señalado, el narrador es único, intemporal y omnisciente, la novela está poblada por una gran diversidad de voces, coherente esta polifonía estilística con la evidente voluntad de Andrić de conceder espacio a personajes de diferentes religiones, edades y condiciones sociales. Y así, este carácter integrador y multicultural del libro, su mensaje moderado, conciliador, defensor de la pacífica convivencia entre diversas etnias y religiones, entre individuos distintos, entre clases diferentes, se manifiesta en las voces, que el autor nos ofrece, de musulmanes, cristianos ortodoxos, católicos y judíos, de campesinos y comerciantes, de soldados y prostitutas, de enamorados, de padres e hijos, de jóvenes y ancianos, de mendigos y poderosos, cada uno con sus costumbres, lenguas, formas de vida, visiones de la existencia. La novela proporciona así, más allá de su condición claramente ficcional, una deslumbrante muestra de verosímil realismo histórico y atinada observación etnográfica, con muchos de sus episodios basados en hechos documentados (desde la misma construcción del puente hasta la llegada del ferrocarril o los conflictos bélicos). El trasfondo histórico es sólido, reforzado por las constantes referencias a fechas y dataciones, lo que proporciona verosimilitud al relato. Del mismo modo, la “ambientación” antropológica es espléndida, con abundancia de muy precisas descripciones de las costumbres cotidianas, los mercados, los cafés, los rituales religiosos, los matrimonios, las canciones populares. Estos logros que podríamos llamar “realistas” de la novela, afloran también en la representación de la violencia -torturas, ejecuciones y castigos físicos-, presentada siempre con esa neutralidad en apariencia distante a la que me he referido y que resalta su brutalidad. 

Pese a esta ausencia de moralización explícita hay, claro, un “mensaje”, una tesis inequívoca en la novela. Por de pronto, la plasmación de los sucesos violentos es, pese a esa aparente “asepsia” reseñada, de tal crudeza que no admite duda acerca de la posición de frontal rechazo del escritor. Del mismo modo, no parece haber -o al menos yo no he sido capaz de percibirla- una toma de postura expresa a favor o en contra de alguna de las partes históricamente enfrentadas (en síntesis, Oriente y Occidente); hay, tan solo -y no es poco-, una apuesta ética implícita, subyacente al relato de los hechos: la denuncia del poder arbitrario, la compasión por los débiles, el posicionamiento del lado de los que sufren. Estamos, pues, ante una obra extraordinaria, de muy profunda calidad humana y con un alcance y un valor universales al reflejar la fragilidad de la existencia, la búsqueda de sentido, la dignidad en la adversidad, la fragilidad de la paz, la necesidad de preservar la memoria colectiva, la resistencia moral, ofreciendo, aparte de mil y una historias de lectura subyugante, una trascendente meditación sobre la condición humana a partir del sugerente contexto local representado en el legendario puente sobre el Drina. No deberíais dejarla pasar. 

Os dejo ahora con el habitual acompañamiento musical a mi reseña. En una novela con presencia frecuente de baladas y canciones populares, todas ellas de muy difícil localización por mi parte, hay también una mención, no demasiado precisa, a una pieza clásica, una sonatina, indeterminada, para violín y piano de Schubert. Os ofrezco, pues, la número 3, interpretada por Henryk Szeryng al violín e Ingrid Haebler al piano, en una grabación de 1976. Antes de ella, un breve fragmento de Un puente sobre el Drina que recoge el clima de amable convivencia entre los habitantes de Višegrad, plasmado en los juegos infantiles sobre el puente, en los que los niños se divierten en común, sin distinción de razas o credos. 


En el puente del Drina tienen lugar los primeros paseos infantiles y los primeros juegos de los muchachos. Los niños cristianos, nacidos en la orilla izquierda del Drina, cruzan el puente desde los primeros días de su vida; ya, en la primera semana, son llevados a bautizar a la iglesia. Pero también los otros niños, incluso los que han nacido en la orilla derecha, y los niños musulmanes que ni siquiera están bautizados, pasan, como antaño sus padres y sus abuelos, la mayor parte de su infancia en las proximidades del puente. Pescan con caña junto al puente o cazan pichones bajo sus ojos. Desde temprana edad, su mirada se acostumbra a las líneas armoniosas de aquella enorme construcción de piedra clara, porosa, regular e impecablemente tallada. Conocen todas las redondeces y las cavidades tan magistralmente cinceladas, del mismo modo que conocen todos los cuentos y leyendas que están ligados al nacimiento y a la construcción del puente y en los cuales se mezclan y entrelazan de manera extraña e inextricable la imaginación y la realidad, lo verdadero y lo soñado. Y todo esto lo conocen desde siempre, inconscientemente, como si hubiese nacido con ellos, como saben su oraciones, sin acordarse de quién se las enseñó ni de cuándo las oyeron por primera vez.

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Ivo Andrić. Un puente sobre el Drina