Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 30 de septiembre de 2015

HARPER LEE. MATAR A UN RUISEÑOR
 
Hola, buenas tardes. Bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro, el breve espacio de recomendaciones literarias en Radio Universidad de Salamanca. Aunque esta tarde casi ninguno de los términos que he empleado en mi presentación parecen pertinentes, pues a mi sugerencia de hoy no le resulta aplicable el término “breve”, antes al contrario, ya que se extenderá tanto que ocupará las emisiones correspondientes a dos semanas, ni tampoco será “literaria” en sentido estricto, pues la “experiencia integral” que, con expresión algo pomposa, quiero proponeros abarca, sí, un par de libros, pero también una película, algún artículo periodístico, un programa televisivo y varios documentales de muy diversa índole.

El pasado julio tuvo lugar el gran acontecimiento cultural de este verano con la publicación -que en este nuestro planeta globalizado y sin fronteras se produjo casi simultáneamente en medio mundo- de Ve y pon un centinela, la “nueva” novela de Harper Lee, autora de una hasta ahora única obra, la ya clásica Matar a un ruiseñor, que había visto la luz originariamente en 1960. Como consecuencia de este hecho y de las extrañas circunstancias que dieron lugar a la aparición de este tardío segundo libro, casi póstumo -Lee es en la actualidad una anciana de ochenta y nueve años y vive en una residencia con sus facultades muy mermadas sino del todo perdidas-, la presentación ha estado rodeada de una extraordinaria polémica que casi se ha sobrepuesto en su repercusión mediática a la estricta valoración literaria de esta secuela o “precuela” -ya se verá- de su legendaria primera novela. El fenómeno editorial, pero también y sobre todo periodístico, publicitario o de mercadotecnia, se ha traducido no sólo en millones de ejemplares vendidos en los pocos meses transcurridos desde su salida de las imprentas, sino también en numerosas reediciones de ese su primer éxito, de la obra maestra indiscutible Matar a un ruiseñor. Aprovechando, pues, el formidable impacto de este suceso de dimensiones casi universales, Todos los libros un libro, tan a menudo ajeno a los vaivenes de la actualidad, se centrará en la doble creación de la hoy anciana Harper Lee con dos emisiones a ella dedicadas, la de esta tarde, que girará sobre Matar a un ruiseñor, y la de la semana próxima, cuyo objeto será Ve y pon un centinela.

He de confesar, de entrada y abiertamente -y también con una cierta vergüenza-, que yo no había leído hasta ahora -y bien que, retrospectivamente, lo lamento, tantos años en cierto modo perdidos- el libro, uno de los grandes hitos de la literatura norteamericana. Lo he hecho este verano, de un modo compulsivo y apasionado que me ha llevado no sólo a degustar conmovido y entregado la novela sino a ver -con idénticos placer y entusiasmo- la película del mismo título, otro clásico, que dirigió en 1962 Robert Mulligan. Llevado por esa sensación de carencia, me he lanzado a disfrutar, además, de las maravillas que ofrece el completo “cofre” que contiene el film y que incluye también -e igualmente quiero recomendároslos- comentarios del director, entrevistas al excelso Gregory Peck, su intérprete principal, y muchos otros interesantes contenidos adicionales. Por último, y siempre en relación con Matar a un ruiseñor, he podido recuperar en este muy fecundo agosto el estupendo debate (podéis encontrarlo íntegro en Youtube) que dedicó José Luis Garci a la película en su relativamente reciente programa en Telemadrid, Cine en Blanco y Negro, reedición actualizada, con el mismo formato, del para mí inolvidable e inexplicablemente desaparecido por absurdas controversias políticas Qué grande es el cine. Durante una intensa semana estival he “vivido en” Matar a un ruiseñor, y de esa experiencia y de los instrumentos que me la han permitido: libro, película, artículos, documentales y debate/coloquio, quiero hablaros ahora.

Matar a un ruiseñor ha conocido en nuestro país infinidad de ediciones, desde la primera de Bruguera hace ya décadas hasta las dos últimas, casi simultáneas, con ocasión del ya mencionado “revival” de este verano. La que yo he manejado es la publicada por Harper Collins Ibérica, de cuya versión castellana se ha hecho cargo una empresa -aparentemente- que se presenta bajo la rúbrica algo aséptica de Belmonte Traductores.

Estamos en los primeros años treinta del pasado siglo en Maycomb, Alabama, un pequeño pueblo del deep south estadounidense, que en esos días todavía vive -como en cierto modo lo hará todo el país hasta los años sesenta- sin superar las heridas de la Guerra de Secesión que había enfrentado décadas atrás, con el conflicto racial como principal desencadenante, al Norte abolicionista y al esclavismo sureño. El pueblo (Maycomb era una vieja población, pero además era un vieja población cansada cuando yo la conocí. En el tiempo lluvioso las calles se convertían en un barrizal rojo; crecía hierba en las aceras, y el edificio del juzgado parecía combarse sobre la plaza. En cierto modo, hacía más calor entonces: un perro negro sufría los días de verano; las flacas mulas enganchadas a los carros espantaban moscas bajo la sofocante sombra de las encinas que había en la plaza. A las nueve de la mañana, los cuellos rígidos de los hombres se veían lánguidos. Las damas se bañaban antes de la tarde, después de su siesta de las tres, y al atardecer estaban como blandos pastelitos cubiertos de sudor y dulce talco. La gente se movía despacio entonces. Cruzaban la plaza a paso lento, entrando y saliendo de las tiendas que la rodeaban, y se tomaban su tiempo para todo. Un día tenía veinticuatro horas, pero parecía más largo. No había ninguna prisa, ya que no había ningún lugar adonde ir, nada que comprar y nada de dinero con el cual comprar, nada que ver fuera de los limites del condado de Maycomb), tan común en la Norteamérica profunda que cuando se hicieron localizaciones para la película se acabó encontrando su “doble” a miles de kilómetros, en California, padece las consecuencias de la Gran Depresión que había “devastado” el país pocos años antes. En ese escenario anodino, o al menos nada sobresaliente, Jean Louise -“Scout”- Finch, una niña de ocho años, narra su infancia junto a Jem, su hermano cuatro años mayor, y Dill, su joven y algo estrambótico compañero veraniego de juegos (en el que Harper Lee representó a Truman Capote, del que era gran amiga, en uno de los innumerables rasgos autobiográficos de la obra). Scout y Jem son hijos de Atticus Finch, un abogado viudo que compatibiliza -con la sola ayuda de su eficiente y sensata cocinera negra, Calpurnia- su labor profesional en la localidad con la educación de sus hijos, que perdieron a su madre cuando eran muy niños. Scout, con su inocencia infantil, da cuenta de los pequeños acontecimientos de la escasamente agitada vida de Maycomb: la señorita Stephanie Crawford cruza la calle -la muy típica calle principal de estos pueblos, con las casas de madera al borde del camino polvoriento, el juzgado, el banco, la “general store”, algo más alejadas la escuela y la iglesia (en plural en este caso: metodistas, presbiterianas, baptistas)- para comentar los últimos chismes a la señorita Rachel, la señorita Maudie se inclina sobre sus azaleas, la huraña y terrible señora Dubose refunfuña, como de costumbre, en el porche de su vivienda, un hombre saluda al pasar por la calle, un muchacho arrastra por la acera una caña de pescar, un perro con rabia atemoriza a chicos y mayores, un leve e inesperado movimiento de las cortinas en la ominosa Mansión Radley (estaba habitada por una entidad desconocida, cuya mera descripción era suficiente para hacer que nos portáramos bien durante días) desboca la imaginación de los niños, que fantasean llevados por la irresistible atracción que les provoca su enigmático y apenas atisbado habitante.

En este lento fluir de los días se producirá, en el verano de sus ocho años, un acontecimiento que cambiará la vida de Scout (y también del pueblo y hasta del país entero, si saltamos del plano literario al “real”, operación no demasiado atrevida pues la novela está, ya se ha hablado de su carácter autobiográfico, basada en hechos reales): Atticus, su padre, deberá defender en los Tribunales a Tom Robinson, un joven negro acusado de violar a una chica blanca. La descripción del proceso y consiguiente juicio constituirá el núcleo central del libro -y será, sin duda, lo más recordado de él- pero para dar cuenta de su desarrollo la niña deberá volver atrás en el tiempo, a aquel verano en que aún tiene cinco años y el repipi Dill llega al pueblo y los tres chicos se deciden por primera vez -con equivalentes miedo y fascinación- a adentrarse en la Mansión Ridley para hacer salir y poder por fin contemplar a su misterioso ocupante.

La entrañable visión de la niña, esa emotiva descripción del mundo que hace Harper Lee a través de los inteligentes, limpios e inocentes ojos de Scout, su conmovedora voz evocando -lenta, demorada, descriptivamente- la infancia es, sin duda, el primero de los muchos aciertos de la novela. Educada sin madre y con un padre forzosamente ausente en el día a día, Scout, jugando con su hermano en la calle, rodando salvaje enroscada dentro de un neumático, subiéndose libre a los árboles, enfundada en su peto vaquero y negándose a vestir como una “señorita”, pegándose con los niños en la escuela, es una creación literaria excepcional, una niña viva, expresiva, franca, inquieta, atrevida, valiente, noble, decidida, rebelde, independiente, que adora a su sabio y sensato padre, que juega con él y escucha admirada sus pacientes explicaciones, que lee infatigablemente a su lado (Scout lee desde que nació, dice Jem al recién llegado Dill, y ni siquiera ha comenzado aún la escuela) y crece y aprende con él (Mientras regresaba a casa pensé que Jem y yo llegaríamos a mayores, pero que ya no podíamos aprender muchas cosas más, excepto, posiblemente álgebra, dirá al final de la obra, como resumen de aquellos intensos días), en esos años, sobre todo en ese último verano en que, en cierto modo, dejará atrás su infancia.

Desde esa perspectiva infantil, y con el delicioso telón de fondo de la ya mencionada recreación de la vida de los niños y del pueblo y sus habitantes, son dos los frentes que destacan en el libro, dos líneas que corren en paralelo -sólo en cierto sentido, como luego se verá, pues una lo hace en primer plano, frontal y directamente, y la otra de un modo más soterrado, más lateral, más velado, más alusivo- y sólo confluyen en un final que, obviamente, no desvelaré. En ese segundo plano digamos secundario está el tema -un tópico literario de extraordinaria potencia, con Frankenstein como representante más conspicuo- del monstruo, de lo diferente, del ser rechazado por la comunidad, plasmado en la inquietante presencia que habita la Mansión Radley, ese Boo Radley fantasmal -hay también ecos de Steinbeck en el personaje- a quien los niños persiguen vanamente. La ternura, la emoción, la belleza, la sencillez, la dulzura, la sensibilidad con la que Harper Lee presenta esta componente de la historia son sobresalientes y conmovedoras, suponiendo otro de los grandes aciertos de Matar a un ruiseñor.

Es sin embargo la otra vertiente, la más evidente, la que podríamos llamar “pública”, la que deriva de la defensa por Atticus del inocente Tom Robinson, la que ha elevado el libro a la categoría de clásico, la que lo ha convertido en una especie de intemporal manifiesto en favor de los derechos civiles y de la igualdad y no discriminación racial, la que ha hecho de la novela una de las lecturas obligatorias en las escuelas en Estados Unidos. El personaje de Atticus, con su desinteresada defensa en los Tribunales -y fuera de ellos: es memorable la escena en la que, en comprometida vela ante la cárcel que alberga a un aterrorizado Tom, evita su linchamiento, con la inconsciente intervención de una Scout magnífica en su naturalidad- de un negro acusado de un delito que no cometió, y ello en el peor ambiente racista, dominado por el fanatismo y los prejuicios, de un pequeño y cerrado pueblo del Sur más radical -la sombra del Ku Klux Klan aflora en algún momento del libro- en los años treinta del pasado siglo (pero también en los sesenta en que se publicó la novela), es ya un emblema de todos esos valores cívicos, y su ponderación, su honestidad, su valentía, su integridad, su sentido de la justicia, su bondad, su ecuánime sentido común, como abogado, como padre y, sobre todo, como excepcional ser humano, han sido admirados, respetados y puestos como ejemplo de lo mejor de nuestra naturaleza. Atticus es el héroe cotidiano, podríamos decir, una personalidad idealizada y casi imposible en la realidad (de nuevo aflora lo autobiográfico: Harper Lee quiso retratar en el ejemplar abogado a su propio padre, a quien también idolatraba), cuya intachable imagen pública -un referente moral para la mayor parte de sus conciudadanos- concuerda con su esforzada tarea de educación de sus hijos, a los que, a lo largo del libro, ilustra con abundantes reflexiones impregnadas de este valioso espíritu ético: Este caso, el caso de Tom Robinson, apela a la misma conciencia del ser humano. Scout, no podría ir a la iglesia y adorar a Dios si no intentara ayudar a ese hombre. Y también: Quería que vieras lo que es la verdadera valentía, en lugar de tener la idea de que valentía es un hombre con un arma en la mano. Es cuando sabes que estás vencido ya antes de comenzar, pero de todos modos comienzas, y sigues adelante a pesar de todo. Casi nunca ganas pero a veces lo haces. E igualmente: Nunca llegarás a entender realmente a una persona hasta que consideres las cosas desde su punto de vista (...) hasta que te metas en su piel y camines con ella. O en este otro pasaje: Para poder vivir con los demás primero tengo que vivir conmigo mismo. Lo único que la mayoría no rige es la propia conciencia. Y por último, a través de la expresión que da título al libro: Preferiría que disparéis a latas vacías en el patio trasero, aunque sé que perseguiréis a los pájaros. Disparad a todos los arrendajos azules que queráis, si podéis darles, pero recordad que es un pecado matar a un ruiseñor, a lo que la señorita Maudie apostilla: Lo único que hacen los ruiseñores es música para que la disfrutemos. No se comen nada de los jardines, no hacen nidos en los graneros de maíz, lo único que hacen es cantar con todo su corazón para nosotros. Por eso es un pecado matar a un ruiseñor.

Y si genial es la novela de Harper Lee no lo es menos su formidable traslación a la pantalla. El Matar a un ruiseñor que presentó Robert Mulligan en 1962 es también una obra maestra indiscutible, uno de los grandes títulos de la historia del cine, ganadora de tres Oscars, uno de ellos para un Gregory Peck memorable, asociado desde entonces -indiscernibles ya para siempre el actor y su personaje- a la imagen, que también desempeñaron con menor intensidad James Stewart y Gary Cooper, y muy destacadamente Henry Fonda (pienso, por ejemplo, en su inspiradora presencia en Doce hombres sin piedad o Las uvas de la ira), del ciudadano medio, del -como ya he señalado- héroe cívico, que continúa dando fe y defendiendo en su vida “civil” los mismos valores que tan magníficamente encarna en el cine; ese uomo qualunque que sin alharacas ni grandes gestos, sin necesidad de acciones excepcionales, con el sencillo -y a veces tan difícil- coraje que deriva del responsable y riguroso cumplimiento de las propias obligaciones morales, acaba por ser un ejemplo de comportamiento ético e integridad y valentía y dignidad, y que por ello es admirado por sus conciudadanos y “sentido”, en cierto modo, como la representación de lo más valioso, de lo más noble y encomiable y digno de estima y respeto en la vida de la comunidad a la que pertenece. Junto a él, una Mary Badham deslumbrante y llena de frescura en el papel de Scout y un primerizo Robert Duvall en una fugaz pero inolvidable actuación. Os aconsejo, como ya señalé en mi introducción, la visión del debate televisivo dirigido por José Luis Garci y con la participación de Antonio Giménez Rico, Luis Herrero y Juan Luis Álvarez, para profundizar sobre los muchos motivos de interés de la genial cinta. Igualmente, el abundante material adicional que presenta el DVD en el que se comercializa el film resulta muy apreciable y enriquece la experiencia cinematográfica. Los comentarios del director, las notas de producción, los distintos acercamientos a la vida y obra de Peck, incluso una entrevista con Mary Badham ya adulta que relata sus recuerdos de los días de rodaje, son muy ilustrativos y rezuman emoción, permitiendo “penetrar” más profundamente en el contenido de la obra y, por tanto, disfrutarla con mayor conocimiento y placer.

En el mismo sentido, no deberíais perderos un amplio reportaje de Marc Bassets publicado en El País Semanal del 1 de julio de este mismo año con el título de Las huellas del ruiseñor. El periodista visita Monroeville, ciudad natal de Harper Lee y evidente inspiración para la Maycomb del libro, y nos proporciona muchas claves para un más fecundo acercamiento a este indiscutible clásico, Matar a un ruiseñor, que hoy os he recomendado con fervor. Para cerrar mi reseña con el acostumbrado acompañamiento musical, he escogido, en consonancia con la importancia del tema de la injusticia y segregación raciales en la obra de Harper Lee, una pieza de blues sureño. Alberta Hunter, un nombre mítico del género, interpreta un muy significativo You can't tell the difference after dark. 


Atticus estaba débil: tenía casi los cincuenta. Cuando Jem y yo le preguntábamos por qué era tan viejo, decía que había empezado tarde, y eso lo veíamos reflejado en sus habilidades y su virilidad. Era mucho mayor que los padres de nuestros compañeros de escuela, y no había nada que Jem o yo pudiéramos decir sobre él cuando nuestros compañeros de clase decían: “Mi padre...”

Jem era un loco del fútbol americano. Atticus accedía a jugar siempre que no hubiera grandes encontronazos, pero cuando Jem quería hacerle placajes, Atticus decía:

–Soy demasiado viejo para esto, hijo.

Nuestro padre no hacía nada; trabajaba en una oficina, no en una farmacia. Atticus no conducía un camión volquete para el Condado, no era el sheriff, no era agricultor, ni trabajaba en un garaje, ni hacía nada que pudiera despertar la admiración de nadie.

Además, llevaba gafas. Estaba casi ciego del ojo izquierdo, y decía que los ojos izquierdos eran una maldición familiar de los Finch. Siempre que quería ver bien algo, volvía la cabeza y miraba con el ojo derecho.

No hacía las cosas que los padres de nuestros compañeros de escuela hacían: nunca salía de caza, no jugaba al póker, ni pescaba, ni tampoco bebía o fumaba. Se sentaba en el salón y leía.

Con esas características, sin embargo, no pasaba tan desapercibido como nosotros deseábamos: ese año, en la escuela se hablaba constantemente de que defendía a Tom Robinson, y ningún comentario tenía un tono de elogio. Después de mi problema con Cecil Jacobs, cuando decidí adoptar una política de cobardía, se corrió la voz de que Scout Finch no volvería a pelear más, que su padre no la dejaba. Esto no era del todo exacto: yo no me pegaría en público por Atticus, pero la familia era terreno privado. Me pelearía con cualquiera. Desde un primo tercero para arriba, con uñas y dientes.


miércoles, 23 de septiembre de 2015

CATHERINE O'FLYNN. LO QUE PERDIMOS

Hola, buenas tardes, bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro, la sección de recomendaciones literarias en la sintonía de Radio Universidad de Salamanca. Como todos los miércoles os propongo desde aquí una sugerencia de lectura con la intención de acertar, es decir con el deseo de que mi consejo pueda resultar de vuestro agrado. Hoy, en estos días de comienzos escolares, os traigo una novela muy asequible para un público adolescente o juvenil aunque también admite una lectura adulta fecunda e interesante. Se trata de una obra inicialmente controvertida, pues en su peripecia editorial pasó por más de veinte expertos de la edición literaria, que desestimaron reiteradamente su publicación. Este fracaso inicial, repetido y contundente, no amilanó a la autora que acabó recalando en un pequeño sello desde el que la novela llegó a alzarse a los primeros puestos de las listas de ventas, cosechando los más importantes galardones literarios de su país (el Costa - antiguo Whitbread-, el Galaxy British Book y el Jelf Group, siendo finalista del Booker, del Orange, del Guardian First Book, del Commonwealth Writers y del South Bank Literature) y traduciéndose a infinidad de lenguas con una excelente respuesta de los lectores en todas ellas. El libro se titula Lo que perdimos, su perseverante autora, la británica Catherine O’Flynn y vió la luz en España en la Editorial Seix Barral que publicó la novela hace ya unos años en traducción de Francisco Domínguez Montero.
 
Lo que perdimos se desarrolla en cuatro grandes capítulos, fechados correlativamente en 1984, 2003, de nuevo 1984, y 2004. El nexo común entre todos ellos es, de manera principal, Kate Meaney, una niña que en 1984 tiene diez años, cursa el equivalente a cuarto de primaria, ha perdido a sus padres y vive con su abuela, aunque en realidad, podríamos decir que en donde realmente desenvuelve su infancia es en la imaginación. Kate es una niña solitaria (sintió en el estómago la sorda punzada de la soledad, se dice de ella en un momento de la novela); una niña que, ante una cierta tristeza desvalida derivada de su orfandad, busca el auxilio, la existencia más confortable de la imaginación. Kate quiere ser detective, en su libro favorito, Cómo ser un buen detective, lee consejos, encuentra fórmulas, aprende estrategias, se empapa de los trucos del oficio, un oficio que, con sus tiernos diez años, ejerce tímidamente en el recién inaugurado centro comercial de Green Oaks, por el que deambula persiguiendo a sospechosos, escudriñando las inquietantes actitudes de algunos individuos, imaginando los oscuros motivos que pueden llevar a cometer un crimen a los aparentemente inocentes trabajadores y a los clientes de los establecimientos del complejo (pero sólo aparentemente, la desbocada fantasía de la niña ve ladrones y asesinos y criminales en cualquier ciudadano que se pasea despreocupado por el centro comercial). De todo ello, así como de los acontecimientos banales que ella interpreta como determinantes, de los pequeños sucesos que pueden encerrar la solución a un enigma policíaco, ella toma puntuales notas en su cuaderno, que se convierte así, indirectamente, en un registro fidedigno de la vida de Green Oaks. Porque en Green Oaks, dice la niña en otro pasaje del libro, no era la compañera de clase, la niña callada. No era la niña sin padre ni madre. Era una detective, una agente invisible que se deslizaba en silencio por el centro comercial, viendo cosas que ninguna otra persona percibía.
 
Esta descripción del personaje de Kate, que se desarrolla en el primer capítulo de la novela, es formidable; la personalidad de la niña, su creatividad, su capacidad para dotar a la insulsa realidad del centro comercial de vida auténtica, están magníficamente descritas. Dice de Kate su amigo Adrian, con veintidós años el único cómplice de la niña: Tienes diez años y estás llena de energía, siempre de un lado para otro, siempre con algún proyecto o algún plan, siempre liada con cosas que hacer. Haces que los adultos parezcan muertos. No importan los años que tengas. Yo sería tu amigo tuvieses ochenta y cinco años o tuvieses veinticinco. Brillas con más fuerza que todos nosotros.
 
Green Oaks, el centro comercial es, junto a la niña, el otro gran protagonista de la novela. Kate desaparece inopinadamente un buen día, cuando debe presentarse a un examen decisivo para su admisión en un colegio privado que la obligará a abandonar el hogar en el que vive con su abuela. Veinte años después, siempre con Green Oaks como entorno de la historia narrada, nos encontramos con diversos personajes, sobre todo Lisa, encargada de la tienda de música del centro y Kurt, uno de sus vigilantes de seguridad, que aparte de su vínculo con el establecimiento, tienen puntos de contacto con la niña desaparecida. Además, intercaladas en la trama principal de la novela se recogen las impresiones de personajes anónimos, visitantes del centro comercial, clientes de las diversas tiendas, frecuentadores asiduos de las diversas dependencias del centro, trabajadores del mismo.
 
El resultado de la conjunción de todos estos elementos es muy interesante, la leve trama detectivesca, el misterio por la desaparición de la niña, el relato de la vida de Green Oaks, la descripción de la personalidad de unos seres que luchan por una vida mejor, el dibujo preciso del centro comercial como metáfora del mundo en el que nos movemos, todo ello conforma una novela muy atractiva, que nos atrapa y subyuga, nos enseña y emociona, nos conmueve y entretiene. Leedla, leed este Lo que perdimos, un estupendo libro escrito por Catherine O’Flynn y publicado por Seix Barral.
 
Os ofrezco, antes de dejaros con un fragmento de la novela -uno de esos textos en los que el narrador es un anónimo visitante del centro comercial-, una canción de las muchas que pueblan un libro lleno de referencias musicales (sobre todo de los años ochenta). Alone again (naturally) de Gilbert O’Sullivan no sólo aparece citada en la novela sino que es un clásico, una obra maestra imperecedera que a mí también me recuerda la época en que dejaba empezaba a dejar atrás mis años infantiles.
 
 
Observas a todo el mundo que pasa pero no puedes evitar que ciertas personas sobresalgan y atrapen tu atención. Quizás una chica de cara reluciente con unos pendientes dorados. Quizás una señora mayor con una peluca oscura. Es como girar el dial de una radio y ver dónde descansa la aguja.
 
Estas caras entre caras: ¿qué hacen en (el centro comercial de) Green Oaks? El hombre solitario en busca de camisas nuevas. La pareja infeliz que trata de sobrevivir a un domingo. La mujer que busca atraer la atención de quien sea. Son cuatrocientas mil historias diferentes en un día ajetreado. Flotando en el aire como globos plateados, pegados al techo.
 
Green Oaks es mucho más que ladrillos y cemento. Eso siempre lo he sabido. Las voces se mezclan y le dan al lugar un sonido propio. Nadie se da cuenta, pero todos los oyen; es lo que los atrae hasta aquí; el susurro del ruido estático de baja intensidad. Si pudieras sintonizar la frecuencia adecuada, entonces surgirían las voces individuales y podrías oírlas todas. Oirías lo que esperan encontrar en Green Oaks. Oirías cómo Green Oaks puede ayudarles. Yo creo que Green Oaks puede ayudar a todo el mundo. Creo que oye todas las voces.
 

miércoles, 16 de septiembre de 2015

ROBERTO CASATI. ELOGIO DEL PAPEL

Hola, buenas tardes. Bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca. Esta tarde mi propuesta se centra en un ensayo que, contra lo que dicta el prejuicio sobre el género, no incurre en oscuras y tediosas divagaciones abstractas ni en excesos eruditos -pese a que se fundamenta en una sólida base teórica de la que el autor presenta numerosas muestras a lo largo de la obra- sino que, además de aportar infinidad de argumentos para la reflexión y para un debate especialmente pertinente en este siglo de avance imparable de la tecnología (tema subyacente del libro), es un texto apasionante, muy claro y sencillo, que se lee con interés y facilidad constituyendo un vivo ejemplo del “instruir deleitando” horaciano.
 
Elogio del papel, el librito -poco más de doscientas páginas- del italiano Roberto Casati, investigador del prestigioso CNRS (Centro Nacional para la Investigación Científica, en su traducción al español), es la obra a la que me refiero. Publicado este 2015 por la Editorial Ariel en traducción de Jorge Paredes, el libro cuenta con un significativo subtítulo, Contra el colonialismo digital, muy explícito de su planteamiento beligerante y sus intenciones combativas frente a algunos lugares comunes que la ”doctrina” imperante en nuestros días a propósito de la digitalización, la tecnología electrónica y la introducción de los ingenios técnicos en nuestra existencia da por consabidos, aceptados y, lo que es peor, indiscutibles.
 
Debo señalar de entrada que Casati no es un apocalíptico contrario al progreso ni un anacrónico ludita (No soy ludista. No soy alérgico a lo digital en general, señala) que se opone frontalmente a cualquier forma de avance tecnológico, bien al contrario, utilizo -afirma- las nuevas tecnologías con mucha frecuencia, e incluso diría que me resultan indispensables para muchas de mis actividades. Diseño itinerarios académicos a partir de las nuevas tecnologías. Así que no es lo digital ni a las nuevas tecnologías a lo que me opongo. Me opongo al colonialismo digital. Es, pues, esta condición “neutral” del autor, opuesta a una postura sesgada y apriorística de cerrazón ante las innovaciones, una circunstancia que permite valorar con más imparcialidad, al margen de prejuicios y anteojeras intelectuales o ideológicos, la validez de sus tesis. Desde ese punto de partida, exento de condicionantes reduccionistas, Roberto Casati formula su propósito -en el largo fragmento que os ofrezco a continuación- con nitidez y convicción: El colonialismo digital es una ideología que se resume en un principio muy simple, un condicional: “Si puedes, debes”. Si es posible hacer que una cosa o una actividad migren al ámbito digital, entonces debe migrar. Los colonos digitales utilizan los medios para introducir las nuevas tecnologías en todos los ámbitos de nuestra vida, de la lectura al juego, de la enseñanza al asesoramiento y a la toma de decisiones, de la comunicación a la planificación, de la construcción de objetos al análisis médico. La tesis colonialista es asumida por los colonos que valoran la simplicidad: está absolutamente generalizada, dado que se aplica indistintamente a cualquier objeto o a cualquier actividad. Quien se opone a la colonización digital se encuentra enseguida enmarcado en la categoría de los ludistas, de los destructores de las máquinas, de todos aquellos que no saben vivir en su época. Para los colonos no debería ni siquiera ser objeto de debate. De hecho, al negar una tesis condicional, se adopta necesariamente una posición más frágil, más abierta a la negación. Quien se opone al colonialismo no dice, por tanto, que las cosas o las actividades no digitales no deban experimentar jamás una migración digital: invoca el principio de precaución. Dice únicamente que la migración no es una obligación que derivaría de la simple posibilidad de migrar, sino que debe ir acompañada, porque, por sí sola, tiende a volverse demasiado invasora. No basta con mostrar que un libro electrónico funciona para imponer el libro electrónico como soporte universal de la lectura y del estudio en la escuela. El anticolonialista no es un ludista, ni está en contra de lo digital. Decir que se está en contra de lo digital no tiene, en realidad, ningún sentido; sería como decir que se está en contra de la electricidad. Oponerse al colonialismo es otra cosa, porque el colonialismo es una ideología. Oponerse al colonialismo lingüístico no significa ser enemigo de una lengua. Es posible no tener nada en contra de España y rechazar al mismo tiempo el colonialismo español.
 
Aceptada esta premisa y su rotundo corolario: El colonialismo digital no sólo amenaza nuestros derechos, sino que plantea problemas muy graves de preservación de nuestra integridad como personas capaces de conocer, aprender y desarrollarse, Casati presenta sus tesis en cinco grandes capítulos en torno a los cuales se organiza su Elogio del papel: El triunfo del libro, El libro y la escuela, El mito del nativo digital, El argumento colonialista y el mito del rastro y, por último, Resistir, ser creativo, todos muy “sustanciosos”, inteligentes y estimulantes.
 
En el primero de ellos, y a partir del análisis del cambio de “ecosistema” que la revolución digital supone, Casati sostiene -como hemos visto- que no todo debe mutar y ser objeto de una radical inmersión en el mundo digital; así por ejemplo, hay razones suficientes -y el autor las presenta con convicción en su texto- para admitir la casi absoluta desaparición de la fotografía convencional en beneficio de la digital, pero son también innumerables -y de todas ellas da cuenta el capítulo- las que aconsejan que el voto electrónico no acabe por generalizarse. Y en el mismo sentido, son muchos más -y mucho más importantes- los argumentos que sostendrían la conveniencia y aun la necesidad de la lectura en papel frente a la realizada sobre un soporte electrónico. El aislamiento cognitivo que la lectura sobre un libro supone, cuestión vinculada al esencial problema de la atención -amenazada por las múltiples “tentaciones”, las ingentes posibilidades de distracción que incorporan los dispositivos digitales-; las singulares y difícilmente sustituibles características físicas, ergonómicas y sociales de los libros tradicionales; la linealidad del libro -frente a la seductora hipertextualidad- y la incorporación en él de argumentos “estables”, en unas páginas que se cierran en sí mismas -lo que obliga a precisar la escritura y exige en el lector el examen, el análisis y la comprensión profunda de los pensamientos expuestos; incluso cuestiones aparentemente menores como el peso del libro o el espacio que ocupa, la permanente conciencia en el lector del número de páginas leídas y de las que aún quedan por leer, los movimientos del ojo cuando avanza sobre un documento escrito, las posibilidades de volver atrás en el texto fijando así en la memoria lo que la facilidad de acceso al libro digital deja en el limbo de una consulta ulterior, o el hecho de que el libro no informe al editor -a diferencia de los artilugios técnicos- de los hábitos de lectura, son algunas de las indudables ventajas de la lectura en papel que Casati justifica en este primer apartado con apoyo en muy variadas fuentes: artículos científicos en diversas disciplinas (Historia, Filosofía, Psicología, Neurociencia, Sociología, Tecnología), anuncios publicitarios, abundantes estadísticas...
 
En el capítulo segundo, el autor lleva su “lucha” al territorio de la escuela por entender, con indudable razón, que es en el ámbito educativo donde se dilucida el futuro no sólo de la lectura sino hasta el del ser humano. Ante una generalizada cultura del zapping -con su actualizado correlato, el multitasking- en la que la captación superficial del interés es el único objetivo de quien pretende “comunicar” -oral, visual, iconográficamente- en cualquier dominio de la vida pública, la escuela debe enseñar a leer en profundidad, con pausa y minuciosidad, practicando el análisis y ejerciendo el razonamiento. La inmediatez, la fugacidad, la rapidez, la superficialidad, la vistosidad que los medios electrónicos proporcionan, sin ser desechadas pues encierran determinados valores intrínsecos, deben quedar fuera de la escuela -sostiene Casati- pues el colonialismo digital dominante ya impone tales modos de acercamiento a la realidad en el mundo exterior a la institución escolar. Enseñar a procesar la información y no sólo a recibirla, privilegiar un tiempo y un espacio para la reflexión sosegada y rigurosa, hacer nacer y crecer en los jóvenes el amor por los libros, cultivar el conocimiento sólido, auténtico, más allá de la fascinante atracción -siempre algo engañosa- de iPads y dispositivos similares, son algunas de las funciones que la lectura escolar -en papel y no en pantallas, obviamente- debe inexcusablemente desempeñar, y que aconsejarían una urgente institucionalización -arriesgada e innovadora- de la práctica lectora en el interior de las escuelas e institutos.
 
El mito del nativo digital, el capítulo central y más extenso del libro, es también el que recoge las argumentaciones más atrevidas por contrariar de un modo más tajante las ideas que sobre el tema dominan en la actualidad. Cuestionando con contundencia la ya canónica taxonomía de Mark Prensky, que distinguió en un inaugural artículo de 2001 entre nativos e inmigrantes digitales, Casati niega el núcleo central de dicha separación al señalar que no cabe una frontera rígida -que con frecuencia se ha formulado en términos maximalistas, que hablarían de mutación antropológica- entre ambos mundos, el de quienes han nacido en una realidad dominada por internet y sus múltiples derivaciones y el de quienes, procedentes de generaciones anteriores, se habrían visto -nos habríamos visto- obligados a adaptarse, a “mutar” desde nuestro anacrónico y limitado universo analógico al actual e incuestionable “paraíso” digital. Muy al contrario, el autor señala que tal diferencia es puramente superficial y sólo válida para referirse a una cuestión meramente cronológica -haber nacido antes o después de internet- sin derivaciones cognitivas, intelectuales, antropológicas o pedagógicas trascendentes. La facilidad y la soltura con la que la mayor parte de los así llamados inmigrantes digitales manejamos y nos ponemos al día frente a las cada vez más aceleradas innovaciones técnicas, revelan que nada hay, en esencia, en estos instrumentos, que altere o modifique la inteligencia humana, y que son, en cambio, su machacona omnipresencia, su reiterada utilización, la insensata obligatoriedad de su uso, la recalcitrante persistencia de los hábitos digitales en todos los ámbitos de la vida, las que pueden provocar cambios significativos -y no todos positivos- en nuestras capacidades. Y, en este sentido, vuelve a ser la escuela uno de los espacios privilegiados para plantear el debate acerca de si las aportaciones -sin duda extraordinariamente importantes- del fenómeno digital justifican la monopolística invasión de las tecnologías en todos los ámbitos de nuestra vida. Siendo en este punto en donde, de nuevo, Casati se manifiesta más concluyente y persuasivo en contra de la introducción masiva e indiscriminada en las aulas de ordenadores personales, tabletas y artilugios varios. La enseñanza individualizada, los docentes competentes y motivados, el desarrollo explícito del espíritu crítico, una buena organización de las tareas, entre otros factores, contribuyen de manera más decisiva a la mejora de los resultados escolares que la por otro lado conveniente -si es moderada y bien planificada- incorporación del ordenador, los móviles, y el resto de aplicaciones y dispositivos electrónicos, al desarrollo de las clases (algo que el propio autor hace, utilizando el correo electrónico, los cursos MOOC, el uso inteligente y crítico de la Wikipedia en su experiencia docente; una prueba más de la ausencia de reduccionismos fundamentalistas en su propuesta).
 
Y en este mismo ámbito, son categóricas, convincentes y muy bien fundamentadas sus objeciones frente al auge de la multitarea, el célebre multitasking. Utilizando un ejemplo elemental, pero muy esclarecedor, el de la tarta Sacher, Casati presenta un demoledor balance entre pros y contras que lleva consigo el abuso tecnológico en nuestra cotidianeidad y, sobre todo, en nuestra formación. Asentada la idea de que la tecnología digital no supone el amanecer de una nueva especie o de una nueva forma de inteligencia, y probada también -hay numerosos y solventes estudios sobre el tema- la tesis de que el magnetismo cognitivo de las pantallas y de los dispositivos electrónicos no constituye una forma de “esclavitud” equiparable a la dependencia del alcohol y los estupefacientes, similar a la que ya se achaca al consumo de videojuegos, el cual parece acaparar todo el tiempo libre de los adolescentes y hacer disminuir el tiempo dedicado a otras actividades, el filósofo se plantea el porqué de la fascinación que ejercen las pantallas, por ver si habría que dejarse llevar o combatir o siquiera tolerar esos efectos de encantamiento digital y las supuestas ventajas que conllevaría la dispersión a la que inducen. Merece la pena transcribir íntegra la ejemplar respuesta del autor: Si quieres que tus hijos se coman la ensalada, lo último que debes hacer es servirla después de cuatro porciones de tarta Sacher, o ponerla en la mesa rodeada de cuatro raciones apetitosas; en ese contexto, decirle a los niños “cómete la ensalada” o “es importante que te comas la ensalada porque es buena para la salud” no sirve de nada y entra en contradicción con esa presentación absurda (por el design alimentario).
No somos nativos Sacher y no somos dependientes de la Sacher. Simplemente sucede que nuestra especie ha evolucionado en un entorno pobre en azúcares y grasas y que nuestro organismo conserva la huella de esa antigua escasez, la cual se manifiesta en su predilección por los bombones, los fritos y la tarta Sacher. Por esa razón, cada vez que tenemos que elegir entre ensalada o tarta Sacher tenemos que luchar contra la Sacher y no contra la ensalada. (Pensemos hasta qué punto sería absurdo decir: “Haz un régimen estricto: renuncia a la ensalada y come sólo dulces”). No existen nuevas formas de inteligencia; no hay nuevas oleadas de drogadictos o alcohólicos electrónicos, sino únicamente individuos perfectamente normales enfrentados a decisiones absolutamente condicionadas por la forma en que se presentan las alternativas, por ejemplo entre un texto un poco arduo y el enésimo vídeo de un gato que pinta.
En el modelo de la tarta Sacher, los supuestos “nativos digitales” son puestos de nuevo en su sitio: lejos de ser portadores de nuevos beneficios cognitivos cautivadores, manifiestan en realidad una involución hacia las formas de cognición presimbólicas, en las cuales el esfuerzo cognitivo se delega en la máquina puesta en marcha para operaciones sencillas e “intuitivas” (separar los dedos para ampliar una foto, mirar pasivamente un vídeo, etc.).
He insistido en decir “cada vez”: dado que no se trata de una adicción a la tarta Sacher y que no hay un síndrome de abstinencia de la tarta Sacher (...), el problema se plantea cada vez que nos enfrentamos a la alternativa “Sacher o ensalada”. Dicho de otro modo, no se plantea de manera abstracta, sino en un contexto determinado. Esto sugiere la solución del problema: basta con no plantear una alternativa entre lo que queremos que coman o lean nuestros hijos y lo que la evolución ha hecho que su organismo prefiera (grasas, azúcares e imágenes coloridas en movimiento): Hay que trabajar sobre el contexto, sobre el design de la situación en el interior de la cual se presenta la lectura.
 
En fin, y sin tiempo ya para demorarme demasiado, en el penúltimo capítulo se analizan los riesgos del -sobre todo en relación a los cada vez más repetidos cantos en pro de la excelencia del voto electrónico- casi imborrable rastro que deja nuestro paso en redes sociales, plataformas digitales y, en general, “territorios” de internet, caracterizados por una “trazabilidad”, una transparencia y una desmaterialización absolutas que -paradójicamente, pues internet se presenta como el reino de la libertad más radical- impondrían límites en el libre ejercicio la voluntad, singularmente en relación al sufragio activo. Por último, en el capítulo postrero, Resistir siendo creativo, Casati aporta numerosas pruebas -singularmente el arriba mencionado uso crítico de la Wikipedia, pero también las tutorías a distancia por sms, el reciclaje de los blogs para contribuir al aprendizaje, la limitación del uso de dispositivos en las clases, la desactivación transitoria de las conexiones a internet en la escuela, la creación en ella de espacios de silencio y concentración, la libertad concedida a los niños en los centros para interrumpir en cualquier momento cualquier actividad para leer, el préstamo masivo de libros, la lectura en alta voz en tiempo lectivo, las búsquedas que alteren los sistemas de recomendaciones de Google y otros buscadores, la utilización de estrategias de consulta en la red elegidas al azar, confundiendo así nuestras huellas digitales, la desactivación de las opciones por defecto, que recomiendan una y otra vez las mismas páginas, reduciendo efectivamente nuestra capacidad de elegir, y tantas otras- para potenciar la lectura, utilizar convenientemente, de manera inteligente y fecunda, este tipo de tecnologías que propenden al colonialismo fuertemente invasivo y oponerse así a su poderoso y devorador influjo.
 
Como correlato musical amable al discurso de Roberto Casati -y como irónica muestra, también, de la fuerte penetración de la tecnología en todos los ámbitos- os dejo una canción de Juan Luis Guerra, Mi PC, repleta de referencias al mundo digital.


miércoles, 9 de septiembre de 2015

NIC PIZZOLATTO. GALVESTON; IVÁN DE LOS RÍOS Y RUBÉN HERNÁNDEZ (coordinadores). TRUE DETECTIVE. ANTOLOGÍA DE LECTURAS NO OBLIGATORIAS
 
Hola, buenas tardes. Un semana más sale a vuestro encuentro Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones literarias de Radio Universidad de Salamanca. Entre la infinidad de publicaciones que colman los siempre excesivamente poblados anaqueles de las librerías, desde aquí, desde las ondas universitarias salmantinas, os proponemos cada miércoles una sugerencia seleccionada con criterios de interés y calidad para, modestamente, facilitar vuestra orientación entre esa inabordable y desmesurada avalancha de títulos.
 
Hoy quiero partir de un texto inicial para, siguiendo su estela, abrirme a alguna propuesta posterior. Se trata -ese libro desencadenante de mis comentarios de esta semana- de Galveston, una intensa y muy notable novela negra, la primera obra escrita por Nic Pizzolatto, el reconocido y afamado guionista cuyo nombre va unido a una referencia que es ya un clásico en el cada vez más valorado universo de la ficción televisiva, la serie True Detective, de la que es creador y cuya segunda temporada -la primera fue un éxito indiscutible- se ha emitido a lo largo de este verano. Sobre la serie, sus fuentes literarias y filosóficas, sus influencias y repercusiones gira el segundo libro del que voy a hablaros esta tarde, el cual, bajo idéntico título al del serial de la HBO, presentó el año pasado Errata Naturae, editorial que cuenta con una línea de publicaciones especializada en las populares e interesantes series de los últimos años.
 
Pero vayamos con Galveston, la novela, escrita antes del éxito de la emisión televisiva y que en traducción de Mauricio Bach Juncadella publicó en España la editorial Salamandra, inaugurando con ella, en 2014, la colección Salamandra Black.
 
Y es que Galveston es una novela negra, que se acomoda, aunque con singularidad y brillantez, a los moldes diseñados hace ya más de setenta años por los clásicos del género. Su protagonista, Roy Cady, es un matón profesional que trabaja en Nueva Orleans a las órdenes de un mafioso despiadado y brutal, Stan Ptiko, que no distingue entre amigos y enemigos, hasta el punto de “apropiarse” de la novia de su subordinado e intentar librarse de este en una encerrona a la que el “capo” lo envía desarmado, víctima obediente de los celos retrospectivos de su amoral patrón. Roy sobrevive al baño de sangre en que se convierte su cita amañada y con un par de cadáveres más a sus espaldas, algunos documentos comprometedores para su jefe en el bolsillo y la compañía de una joven prostituta, Rocky, casi una niña por edad e indefensión, inicia una huída que lo lleva -con la chica y la hermana pequeña de ésta, Tiffany, “robada” a tiros a su padre en el camino- a Galveston, en Texas, el típico pueblo americano sureño, asfixiante y sórdido, en el que esperará durante años la preceptiva e inexorable venganza de su jefe, que como es norma en el género no puede dejar sin castigo la rebeldía de su subalterno.
 
En un arco de tiempo que ocupa más de dos décadas (la acción salta de 1987 a 2008), Pizzolatto nos muestra tanto el escenario exterior en el que se desenvuelve la vida de Cady -la opresiva y desasosegante atmósfera de ese Galveston que reaparecerá, con otro nombre y otras coordenadas aunque con idéntico “clima”, en True Detective-, como los demonios interiores de su alma, torturada y sufriente.
 
Desde el primero de los puntos de vista, el de la ambientación, la novela es excelente, de un realismo muy descriptivo y verosímil, con un escenario poblado de solitarias áreas de aparcamiento, cunetas repletas de basura, sucias calles desoladas en barrios recónditos y ominosos, gasolineras inhóspitas que presencian las correrías de las prostitutas que suben y bajan sin parar de camiones nocturnos, moteles destartalados, bares de noche en los que los sólitos anónimos parroquianos hunden su miseria vital en litros de alcohol, cafeterías de los años cincuenta, todo plástico y comida basura, que albergan a la amenazadora fauna local, abotargada por el calor, la obesidad y los prejuicios, paranoica y esquiva, potencialmente violenta. Os dejo aquí algunos ejemplos de la maestría de Pizzolatto al fotografiar ese territorio no sólo físico sino, en cierto sentido, moral: El paisaje que recorríamos se fragmentaba como una placa de arcilla rota en islas cubiertas de hierba, y el agua turbia y cenagosa se extendía hacia el golfo, que se vislumbraba a lo lejos, por el sur. Como un fuego incandescente, la luz del sol esmaltaba la superficie ondulada del agua y el lodo de los bajíos. Atravesamos Sulphur y las refinerías de petróleo, un reino de tuberías, cemento y pestilencia. Y más adelante: Las formas alargadas de los árboles pelados y retorcidos eran como las ramificaciones del cerebro, y las garzas blancas que descansaban sobre un ciprés caído parecían seguir a la camioneta con el movimiento de sus picos. O más significativamente: Aquí las cosas no resisten mucho tiempo. El salitre se mete por todas partes, hace saltar la pintura, oxida los guardabarros, corroe las paredes. La habitación estaba impregnada de él, y contemplando las manchas de humedad del techo vi ciudades y campos arrasados por la erosión. Estás aquí porque esto aparece en el mapa. Los perros resuellan por las calles. La cerveza no aguantará fría mucho tiempo. La última canción nueva que te gustó salió hace mucho, mucho tiempo, y ya nunca la ponen en la radio. O por último: Avanzamos hacia el sudoeste y llegamos a unas hondonadas boscosas invadidas por enredaderas, dejando atrás unas caravanas oxidadas. Apareció otra gasolinera con el pavimento resquebrajado allí donde habían arrancado los surtidores, las ventanas del edificio sin cristales, todo colonizado casi por completo por malas hierbas y enredaderas. Pasamos junto al campo de fútbol americano del colegio y al salir del perímetro del pueblo, en un cartel negro clavado junto a la carretera, se leía en letras blancas: EL INFIERNO EXISTE. En una zona remota, después de dejar atrás incluso los parques de caravanas más recónditos, nos detuvimos a unos diez metros de una cabaña de madera levantada junto a un bosquecillo de arbustos enredados entre sí y hierba que, al fuego lento del sol, se había cocido hasta adquirir el color de la paja. La cabaña tenía más o menos las dimensiones de un refugio de caza muy antiguo y rudimentario. Apoyado en la pared había un calentador de agua corroído y entre la hierba alta asomaba uno de esos sacos de boxeo inflables con forma de payaso, con el plástico cubierto de moho. Por las paredes de la casa subían enredaderas resecas y una de las ventanas estaba tapada con papel de periódico. El chasis de un Chevrolet reposaba sobre unos tarugos, envuelto por hierbajos, como si el campo estuviese devorándolo lentamente, y frente al bosque había un pequeño cobertizo de chapa ligeramente inclinado. No faltaba la consabida puerta mosquitera completamente rasgada. El lugar parecía uno de esos escondrijos donde los moteros fabrican metanfetamina.
 
Pero es, sobre todo, al adentrarse en el interior de la personalidad de Roy, en los resquicios más íntimos de su existencia de perdedor, donde Galveston ofrece sus mejores momentos. Antihéroe trágico, sin esperanza tras una experiencia vital que va de fracaso en fracaso, asesino, violento y despiadado y, a su vez, víctima de esa misma violencia brutal que ha dejado en él indelebles secuelas físicas -por no hablar de las anímicas-, nuestro protagonista -botas de vaquero, sombrero tejano, solitario y escéptico, autodestructivo y romántico- deambula por los escenarios de su vida aceptando con lucidez y dignidad su falta de expectativas (Un día naces y cuarenta años después sales renqueando de un bar, perplejo por todos tus achaques. Nadie te conoce. Conduces por oscuras carreteras y te inventas un destino porque la clave es seguir moviéndose. Así que enfilas hacia el último asidero que te queda por perder, sin tener ni idea de qué vas a hacer con él), sumido en los recuerdos de las mujeres que amó, de un tiempo ya irremisiblemente perdido en que las cosas -la vida- parecían tener sentido (De modo que me equivocaba cuando le dije a Rocky que puedes elegir lo que sientes. No es cierto. Ni siquiera es cierto que puedas elegir cuándo sientes. Lo único que sucede es que el pasado se coagula como una catarata o una costra, una costra de memoria delante de tus ojos. Hasta que un buen día la luz la traspasa). Esta intensa desolación del personaje, la tristeza que rezuma su trayectoria vital, su carencia de un acogedor lugar en el mundo, su profunda soledad, ya parecen anticiparse en la cita de William Faulkner que abre el libro: ¿Cuántas veces he estado a cubierto de la lluvia bajo techo ajeno, pensando en mi hogar? Y todo, el paisaje externo y la devastadora destrucción interna, pueden verse también en el extenso pero significativo fragmento con el que cierro esta reseña.
 
Los ocho capítulos de la primera temporada de True Detective (estos días estoy viendo la segunda) participan de algunos de los rasgos destacados en Galveston: ambientación muy cuidada y descriptiva, escenarios desolados, densos y opresivos, personajes perdidos y sin rumbo, paralizados por torturantes preocupaciones existenciales, una atmósfera de fatalismo y autodestrucción, saltos en el tiempo (aquí la acción se desenvuelve entre 1995 y 2002), una banda sonora deslumbrante (en la novela -al igual que en los distintos episodios de la serie- “suenan” también infinidad de temas del rock, el country y el blues clásicos estadounidenses: Patsy Cline o Hank Williams, Roy Orbison o Merle Haggard entre otros muchos), y, claro está, una trama policíaca, mucho más compleja y enrevesada, mucho más inquietante y misteriosa en la obra televisiva que en la escrita.
 
La serie es excelente -con algunos alardes técnicos, como el espectacular plano secuencia del capítulo cuatro, tan remarcado por los críticos- y fuertemente adictiva. Protagonizada en esa primera temporada por Woody Harrelson y, sobre todo, un Matthew McConaughey en estado de gracia, insuperables ambos en sus papeles de detective “normal”, convencional y familiar el primero, y de investigador complejo, que arrastra un pasado oscuro y que lucha contra sus obsesiones interiores el segundo, sus apasionantes capítulos consiguen la atención y el interés -y aún más, el encantamiento y la entrega- de los espectadores, incluso de uno tan renuente como yo mismo -sobre todo por falta de tiempo y exceso de ocupaciones, aunque también por una injustificada prevención ante tanta unanimidad de crítica y público- al vínculo de continuidad, permanencia y fidelidad que imponen las series. True Detective fue el primero de los títulos de la larga lista de -al decir de los expertos- obras maestras del género (Los Soprano, Mad Men, The Wire, Breaking Bad y tantas otras) al que decidí acercarme... con un resultado “devastador” para mis prejuiciosos criterios y mis infundados apriorismos: devoré sus ocho entregas en una fiebre de incondicional entusiasmo adentrándome en cada episodio con renovados fervor, emoción, arrebato, curiosidad y fascinación nunca decepcionados.
 
Y ello pese a que alguno de los componentes esenciales de la obra -las difusas connotaciones religiosas, el tenebroso mundo de las sectas y el satanismo, los opacos protocolos de la brujería, los asesinatos rituales, las continuas menciones a lo esotérico, la siempre evanescente incursión en los etéreos espacios de lo onírico, la omnipresente simbología del mal y, sobre todo, la confusa -y a mi juicio barata- filosofía que impregna los discursos de Rustin Cohle, el policía que tan magníficamente interpreta McConaughey, repleta de supuestas elevadas influencias de literatos y pensadores- me resultan no ya opuestos a mis intereses sino absolutamente estomagantes. (Amanerada y pretenciosa, ha dicho de la serie, hace unos meses, mi admirado Javier Marías).
 
Pues bien, todas estas insoportables -y afortunadamente prescindibles- referencias que han contribuido a hacer de la serie una obra de culto -tan cool, tan hipster- son objeto de estudio en True Detective. Antología de lecturas no obligatorias, el libro de Errata Naturae en el que, bajo la dirección de Iván de los Ríos y Rubén Hernández, se rastrean esas fuentes literarias y filosóficas presentes en la serie. Clásicos de lo sobrenatural y el “horror cósmico” como H.P. Lovecraft o Ambrose Bierce, nombres míticos y fundacionales de la novela negra como Dashiell Hammett, filósofos como Nietzsche y Schopenhauer, y escritores de reciente elevación a los altares de lo “intelectualmente imprescindible” como Roberto Bolaño, comparecen así, entre otros, en el pedantísimo volumen que se salva por algunos de los textos seleccionados -nunca por sus relamidas y vacuas glosas-, por una extensa e interesante entrevista inicial con el propio Nic Pizzolatto y, sobre todo, por un reportaje periodístico de Ethan Brown que narra el hecho real del que parte la investigación policiaca que se desarrolla en la serie.
 
En fin, estamos ya fuera de tiempo, por lo que os aconsejo que obviéis toda la parafernalia retórica en torno a Pizzolatto y os adentréis de cabeza en sus dos obras mayores: la novela Galveston y la serie True Detective. Estoy seguro de que ambas os entusiasmarán. Os dejo con la sintonía de la emisión televisiva en su primera entrega: Far from any road, interpretada por The Handsome Family.
 
Amarillo era una sucesión de gasolineras y almacenes, locales de striptease de medio pelo entre moteles y un viento atosigante. Podías circular durante kilómetros sin ver otra cosa que campos, depósitos de agua y pequeñas perforadoras cuyo mecanismo subía y bajaba con aquel movimiento parecido al de un balancín. Observé a los camioneros y a las putas de carretera que caminaban fatigosamente bajo la llovizna, desplazándose entre la lavandería y la estación de servicio donde los camiones articulados estaban aparcados en varias filas bajo las farolas halógenas. Una mujer con el cabello muy largo bajó de un camión y montó en el siguiente. Permanecí de pie junto a la ventana mientras la chica que había en mi habitación me miraba con cara triste y apenada. Estaba en la cama y yo la veía reflejada en el cristal de la ventana.
—¿Qué he hecho mal? Dime qué he de hacer. Dime lo que te gusta.
Su cara pálida y su cabello negro azabache flotaban en el cristal. Yo estaba desnudo junto a las cortinas, contemplando el aparcamiento. Di un sorbo a mi Johnnie Walker.
Como no le respondía, sentenció:
—Estás borracho, cariño.
Yo no tenía planeado pasar un rato con ella, pero la noche me había pillado en Amarillo después de todo un día conduciendo en la dirección equivocada. Vi un área iluminada con luces intensas, una parada de camiones que parecía un pueblecito, con lavandería y bar, y en frente, al otro lado del enorme aparcamiento, un motel de una sola planta con habitaciones individuales.
Primero había entrado en el bar, pero el exceso de oropel en la zona de las botellas era demasiado chabacano y los ojos achinados de la camarera emergieron entre las sombras como los de un rape materializándose desde las negras profundidades oceánicas. El televisor emitía un zumbido de electricidad estática y las voces que salían de él sonaban como si alguien arrugase papel de periódico sin parar. El barman, de tan boquiabierto, tenía la mandíbula suelta y cuando se volvió para mirarme, iluminado por una titilante luz azulada de aire maléfico, su cara parecía completamente en blanco. No había nadie bebiendo en la barra.
Salí y eché a andar bajo la lluvia. Hombres con gorras de béisbol iban de un lado a otro como remolcados por sus voluminosas panzas. Pasé por delante de la lavandería y vi a la chica. Era joven, de una edad difícil de precisar; me vio a través de la ventana y me siguió con la mirada. Estaba de pie, apoyada en una lavadora, con los brazos cruzados y el cuello estirado, observándome como una mantis, mientras la llovizna se deslizaba por la ventana, y me sentí como si un alto tribunal me señalase con el dedo.
En la parte trasera de la gasolinera había una tienda de donuts con bancos de vinilo y unas pocas mesas, en la que se reunían algunos hombres. Hombres fornidos, con siluetas abombadas como piñas, los pantalones colgándoles por debajo de la cintura sin culo, ataviados con monos y vaqueros. Y gafas de sol en plena noche. Todos me miraron cuando entré. Nadie se reía, hablaban en voz baja, con rostros serios, y acompañaban sus palabras gesticulando con sus cigarrillos para recalcar alguna aseveración. Unos cuantos bebían café y fumaban y un pequeño grupo se pasaba una botella de burbon. Los que no compartían el burbon iban metiendo la mano en una caja de rosquillas.
Durante un rato permanecí de pie en uno de los pasillos, con montones de patatas chips y unas tiras de cecina a mi izquierda y filas de monodosis de medicamentos a mi derecha. La cruda luz de los neones parecía lunar, aunque más brillante. Vi que los tipos de la cafetería no me quitaban ojo. La mujer que atendía tras el mostrador me miró con desconfianza. Y entonces, al otro lado de la ventana, apareció la chica y sus ojos se clavaron en mí a través de las gotas de lluvia que se deslizaban por el cristal. No pensaba dejar que me escabullera. Iba a pedirme dinero. Esto funciona así. Lo único que tienen que hacer es establecer contacto visual.
Sin embargo, miré a los tipos de la cafetería y a la gorda que me observaba con el ceño fruncido desde detrás el mostrador y sentí que la atmósfera densa y húmeda del bar me envolvía de nuevo, y cuando salí, ella estaba esperándome. Me planté un momento a su lado y nos miramos.
—¿Quieres pagar por mis servicios? —me dijo.
Le pregunté si tenía una habitación y me contestó que no.
—¿Tienes un chulo?
Negó con la cabeza y apretó los brazos cruzados. La lluvia estaba cesando y ella estiró el cuello para que siguiera mojándola.
—Voy por libre —me aseguró—. ¿Te decides?
Seguro que se había fugado de casa. No le veía mucho futuro en esto, entre chulos, psicópatas y polis. Saqué mi petaca, eché un trago y se la ofrecí. Observamos a los hombres que se movían entre los surtidores y alguna mujer que de vez en cuando se bajaba de uno de los camiones aparcados. Muchas veces estas chicas huyen de casa y no saben dónde se meten. Y entonces se vuelven a casa corriendo, si pueden. Pero ya es demasiado tarde.
La miré de nuevo y me pregunté por qué inclinaba el cuello de ese modo. Tenía un rostro huesudo y los ojos un poco demasiado juntos y demasiado grandes, como de insecto, y por el tono de su piel daba la impresión de estar malnutrida. Sin embargo, tenía los hombros fornidos y un cuerpo bonito enfundado en una falda vaquera, medias rojas y un top negro, y llevaba un bolso grande y flexible pegado a la cadera como si fuese un bebé. Se apartó de la frente el pelo mojado, de un negro intenso.
—Vamos —me dijo.
—De acuerdo —acepté—. Sígueme.
La verdad es que no la deseaba en absoluto. Simplemente no quería estar solo. Intenté conversar, hablar de cosas diversas. Pero ella se comportaba como una auténtica puta, no quería hablar, estaba empeñada en ir directamente a mis pantalones. Y además era más joven de lo que yo pensaba. Al cabo de un rato, cuando yo ya estaba harto y ella avergonzada, volví a mis tragos y, desnudo, me quedé un rato junto a la ventana. Había empezado a llover de nuevo.
—Dime qué quieres que te haga —me dijo.
—¿Cuánto tiempo llevas trabajando por aquí?
Ni siquiera sabía muy bien a qué venía esa pregunta. Una semana antes, no se lo habría preguntado.
Vi que se estiraba en la cama, y en el cristal la sinuosa blancura de su cuerpo parecía humo.
—Un par de días. Ayer no tenía donde dormir.
—Las chicas de por aquí son peligrosas. Te van a rajar. Lo harán sus chulos.
Se tapó con las mantas.
—No voy a quedarme aquí. Voy hacia el oeste.
El reflejo de mi rostro sobre la negra noche se mezcló con el de ella y se superpuso a lo que había más allá de la ventana.
—En el oeste te encontrarás con lo mismo —le dije.
—No pido caridad —respondió ella—. Me gano mi dinero. Ven aquí y dime lo que quieres.
Al ver que no me movía ni le contestaba, se dio la vuelta y se acurrucó en la cama, tirando de las sábanas. No había nada en ella que pudiese recordarme a Loraine o a Carmen, era tan sólo una cría asustada por el lío en el que se había metido al fugarse. La lluvia, con su repique delicado en el techo y su lagrimeo en la ventana, me hizo sentir malvado; sabía que aquella chica no conseguiría salir adelante. No me costaba nada imaginar la vida que la esperaba. Me vestí y ya me disponía a salir cuando ella me soltó, sin volverse:
—Al menos, págame.
Puse varios billetes encima del aire acondicionado y me dirigí a mi camioneta. Me largué de allí y le dejé la habitación, por si la quería.
Un día naces y cuarenta años después sales renqueando de un bar, perplejo por todos tus achaques. Nadie te conoce. Conduces por oscuras carreteras y te inventas un destino porque la clave es seguir moviéndose. Así que enfilas hacia el último asidero que te queda por perder, sin tener ni idea de qué vas a hacer con él.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

RODOLPHE BACQUET Y GILLES DUSOUCHET. 500 FORMAS DE VIAJAR DESDE EL SOFÁ

¿Qué es lo que le impulsa a uno a viajar, a salir de casa, sino los relatos, las imágenes que hablan de otro lugar que uno mismo querría descubrir a su vez? ¿Cuántas películas, libros o músicas nos incitan a hacer el equipaje para ir al encuentro de los personajes, los ambientes y las atmósferas que evocan? A veces resulta inconfesable, o no del todo consciente, pero a menudo la elección de un destino de vacaciones nos es sugerida por los héroes de nuestra infancia, los acordes de guitarra de nuestra adolescencia o las secuencias de cine que nos han marcado. Nuestra imaginación se alimenta con paisajes y ambientes que han sido magnificados por escritores, cineastas y músicos gracias a su talento y que modelan nuestros deseos de evasión.
 
Sin buscarlo, muchos artistas han contribuido a popularizar algunos lugares olvidados o poco conocidos: la película Indochina nos abrió los ojos a las bellezas de Vietnam, mientras que Memorias de África dio nueva vida a los safaris africanos. Björk no es ajena al interés por Islandia y Cesária Évora ha hecho oír al mundo entero la melancolía áspera de las islas de Cabo Verde. La plantación de Scarlett O’Hara en Lo que el viento se llevó, el desierto tunecino de La guerra de las galaxias, la Lisboa de Pessoa… Los promotores de viajes lo han comprendido y despliegan esfuerzos inauditos para atraer a los viajeros tras las huellas de obras famosas, mostrándoles los circuitos de Almodóvar en Castilla o las rutas en autobús dedicadas a los Beatles en Liverpool.
 
Sin embargo, estas peregrinaciones no siempre siguen los caminos trillados. Si Kerouac tuvo muchos imitadores, el regreso a Fårö, la isla del cineasta sueco Ingmar Bergman es menos frecuente, pero no menos apasionante. Películas de autor o comedias para el gran público, thrillers islandeses o el Camino de Santiago recorrido por algún famoso, ciudades del Yemen filmadas por Pasolini o calles de Bangkok mostradas en Resacón 2, ¡Ahora en Tailandia!… la ficción despliega paisajes, despierta deseos y nos embarca con ella.
 
Guías inspirados, cineastas, novelistas, cantantes, con su don de abolir las fronteras, abren pistas mezclando periplos vividos y exploraciones soñadas, y liberan uno de los resortes más hermosos de la aventura. La felicidad del viajero en su sofá, sin desplazarse y al tiempo viajando muy lejos.
 
En esta obra se ofrece precisamente esta ida y vuelta entre la visión de los artistas y el vasto mundo a través de 500 películas, libros y discos que nos hacen viajar sin gastar un euro (o casi). Esta relación entre el viaje y las historias que nos relatan, entre viaje y canciones (las que uno tararea), está en el meollo de la historia de Lonely Planet. Cuando en 1973 Tony y Maureen Wheeler acabaron su gran tour, saliendo de Londres para llegar a Melbourne después de un viaje de varios meses, para bautizar a su editorial eligieron como nombre una referencia a la letra de la canción de Joe Cocker Space Captain, que comienza con “Once while travelling across the sky, This lovely planet caught my eye…”. Lovely se convirtió casualmente en Lonely, pero a partir de una canción iba a desplegarse ante ellos un largo camino que haría compartir a millones de lectores su afición por viajar.
 
 
Hola, buenas tardes. Bienvenidos al primer programa de Todos los libros un libro por este nuevo curso, el 2015-2016, que es ya el sexto en que nuestra sección aparece en la emisora universitaria salmantina tras varias temporadas en Onda Cero. Y como septiembre es, normalmente, para muchos de nosotros -singularmente estudiantes y profesores-, un mes de retorno, de reinicio de las actividades académicas y laborales, como el ocio vacacional ya ha quedado atrás, como el verano se extingue y con él se reducen las posibilidades -a las que tan propicio es el estío- de viajar, de olvidar la roma cotidianidad y partir hacia destinos lejanos en busca de aventuras y experiencias desconocidas, de sensaciones insólitas, de otros paisajes, de nuevos amores, también -y siendo optimista- de nuestro mejor yo, por todo ello, digo, quiero ofreceros hoy, con no demasiado modestas pretensiones, una alternativa de viaje relativamente asequible y que soslaye las dificultades que nuestro sometimiento a la áspera realidad impone a la siempre presente tentación del “peregrinaje” y la errancia y hasta a la compulsión del turismo…
 
Y es así que el texto de presentación, con el que he iniciado hoy mi reseña, aparte de ser muy explícito con respecto al contenido del libro que esta tarde os recomiendo, apunta también a las intenciones que me mueven en esta mi primera propuesta del curso. Se trata, lo habréis adivinado, de 500 formas de viajar desde el sofá, un muy atractivo libro escrito por los franceses Rodolphe Bacquet y Gilles Dusouchet y publicado, en traducción de Albert Ollé, bajo los auspicios de Lonely Planet, la conocida editorial de guías de viaje a la que también se menciona en el prefacio leído.
 
Resulta imposible, como es de suponer, dar una mínima muestra del contenido de un libro como este, casi inabarcable. En setenta y tres capítulos muy breves -nunca más de cuatro páginas- los autores nos invitan, en muy sucintas reseñas, a adentrarnos en parajes, selvas, playas, montañas, espacios, territorios, lugares, ciudades, países del mundo entero, partiendo exclusivamente de la presencia de todos estos “escenarios” en libros, canciones y películas de los que se nos informa -como digo, muy resumidamente- en una concisa nota, casi una ficha, que, sin embargo, se abre a múltiples evocaciones y despierta muy convincentemente las ansias viajeras del lector.
 
Con una quizá excesiva presencia de referencias francesas -algunas (ciertos filmes, ciertos libros, ciertos cantantes) muy ceñidas a la realidad del país vecino y casi desconocidas para nosotros- 500 formas de viajar desde el sofá proporciona abundantes posibilidades de “disfrutar” de periplos inolvidables que se recogen en un doble índice final, uno geográfico, que incluye el listado de lugares “visitados”, y otro de las obras seleccionadas, divididas en tres apartados: películas, series y dibujos animados, libros y música.
 
Ante la imposibilidad de mostrar, siquiera de modo aproximado, el cúmulo de “sugerencias” que contiene la obra, me limitaré a transcribiros los evocadores títulos de sus distintos capítulos, pues su sola mención os dará pistas suficientes para atisbar el inagotable universo de propuestas que contiene. Y así, en el libro se trata de ‘Road movies’, África en tecnicolor, El Caribe al descubierto, Crónicas de viaje: los grandes clásicos, Las grandes profundidades, Novelas de amor que transportan, Roma en la pantalla, Los éxitos musicales llegados de fuera, Los desiertos más hermosos del cine, Tailandia en palabras e imágenes, Nueva York con todas las letras, Castillos de cine, California ‘mix’, La música clásica que arrebata, Los grandes monumentos en la pantalla, Colores del Pacífico, Novela negra en la ciudad, Una taza irlandesa junto al fuego, Las playas más hermosas del cine, Visitar París sin salir de la habitación, Cuando los escritores narran sus vacaciones, ‘Made in Japan’, El ‘jazz’ que viaja, Las cimas en la gran pantalla, Libros para zarpar, Lo mejor de África en música, Viajar en dibujos animados, Las mejores intrigas sobre Venecia, Las óperas viajeras, Cómo ver los países que no se pueden visitar, EE.UU a través de las series, Si Brasil fuera narrado, Los grandes exploradores, Los lugares de rodaje más visitados, Puntos de vista e imágenes de Londres, El cine en las antípodas, Las novelas que incitan a viajar a los niños, Rumbo al este, La India de Kipling a Bollywood, ‘Playlists’ urbanas, España de Cervantes a Almodóvar, Las películas de jungla, Las regiones italianas en los libros, Palacios donde alojarse mirando una película, Érase una vez China, ‘Folk songs’, Escritos en la arena, Nueva York una ciudad de cine, Ritmos insulares, Las grandes novelas de aventuras, Visitar los Polos bien calentito, Trópicos de cine, Cámara café, ‘Rock made in USA’, Cómics viajeros, Italia en la gran pantalla, Sonoridades árabes, Bobinas de México, Ríos de novela, Atmósfera colonial, Las ciudades más roqueras, Los grandes espacios americanos, Berlín, ficciones que saltan el muro, Novelas negras exóticas, El ‘swinging London’, Islas para estremecerse, Maelstrom escandinavo, Cuando el Mediterráneo sale de la pantalla, La ‘chanson’ sale de Francia, Ritmos latinoamericanos, Humores portugueses, Paisajes lunares y Los nuevos escritores.
 
Y, en fin, con tanta referencia no hay tiempo ya para más. Os invito a adentraros en este 500 formas de viajar desde el sofá que presenta la editorial Lonely Planet. Estoy seguro de que no resistiréis la tentación de contentaros con la mera lectura y abandonando vuestro reposo os lanzaréis en pos de la aventura viajera. O, en el peor de los casos, si partir os resulta ahora imposible por inexcusables razones laborales, estoy persuadido de que tras hojear siquiera el libro empezaréis a urdir en vuestro cerebro los planes para una próxima expedición que os lleve a lugares desconocidos.
 
Os dejo con Space Captain, el tema de Joe Cocker mencionado en la introducción y en cuya letra está la explicación del nombre de la famosa editorial viajera.

miércoles, 29 de julio de 2015

DAI SIJIE. UNA NOCHE SIN LUNA

Hola, buenas tardes, bienvenidos a Todos los libros un libro, el programa de Radio Universidad de Salamanca en el que semanalmente os ofrecemos una recomendación de lectura de entre la infinidad de libros que de modo indiscriminado nos asaltan desde las vitrinas de las librerías. Con mi propuesta de hoy ponemos fin a nuestro espacio por el curso 2014-2015 y cerramos también la breve serie que durante el mes de julio ha querido trasladaros -con la excusa de la pulsión viajera que el verano suele despertar o acentuar- a diferentes y algo exóticos países a través de la literatura, cumpliendo así una doble finalidad: aconsejaros algunos libros interesantes en sí mismos y avivar en vosotros el ansia por conocer los atractivos territorios en los que su trama se desarrolla.
 
El libro que esta tarde quiero presentaros es una novela muy atractiva, una de las últimas publicadas en nuestro país por el escritor Dai Sijie, un novelista chino, aunque su obra literaria se ha desarrollado en francés, pues vive en París. Quizá recordéis una de sus novelas anteriores a ésta que hoy os traigo, la también muy estimable Balzac y la joven costurera china, que el propio Dai Sijie, que también es realizador cinematográfico, llevó al cine hace no muchos años. La obra que ahora os reseño se titula Una noche sin luna y en traducción del francés de José Antonio Soriano ha sido publicada, como sus dos anteriores novelas, por la editorial Salamandra.
 
Una noche sin luna es un libro desbordante, desmesurado, lleno de fantasía e imaginación, repleto de historias, de apasionantes digresiones eruditas, de multitud de relatos intercalados, de infinidad de datos y de reflexiones sobre el budismo, el arte y la historia y la cultura de Oriente, con aventuras y escenarios insólitos e incluso improbables, con personajes enigmáticos, con una trama de misterio compleja y algo enrevesada pero arrebatadora.
 
En 1978, una joven francesa estudiante de lenguas orientales se encuentra en Pekín para ejercer de intérprete en las conversaciones relativas a la elaboración del guión de El último emperador, la conocida y algo ampulosa película que acabaría realizando en 1987 el director italiano Bernardo Bertolucci. En una de las reuniones de trabajo, la chica conoce a un anciano profesor que, con ocasión de las deliberaciones sobre la película, le informa de la existencia de un misterioso manuscrito, una delicada pieza de seda que el último emperador, Puyi, habría rasgado en dos con sus propios dientes y dejado caer desde la carlinga de un avión en pleno vuelo, en un arrebato de locura cuando viajaba hacia Manchuria, detenido y desterrado por los japoneses. Una de las dos mitades de la enigmática reliquia, que contenía un indescifrable texto sagrado budista, escrito en una lengua, el tumchuk, muerta desde siglos atrás, pudo ser salvada en el mismo momento en que iba a ser arrojada al vacío, y se conservaba y se ofrecía a la vista de estudiosos e historiadores, de interesados y curiosos, en el Museo de la Ciudad Prohibida de Pekín. Pero la otra mitad, imprescindible para comprender el profundo sentido de la pieza completa, y que voló desde el avión, descendió girando y aterrizó lentamente, como un regalo del cielo, sobre una duna por la que, al parecer, se paseaban un viejo príncipe y su hijo, y desapareció durante años perdiéndose su rastro.
 
La joven francesa, atraída por la historia y con ayuda de su amigo Tumchuk, que de un modo no accidental, como podréis comprobar si leéis la novela, lleva el nombre de la lengua muerta inician entonces una búsqueda que durante más de diez años les hará recorrer el mundo, visitando países diversos, como Malí o Laos, en los que acaban encontrando extrañas conexiones con el manuscrito; que les llevará a leer cientos de libros que encierran claves ocultas sobre la peripecia de la tela sagrada; que los hará adentrarse en las distintas fases del acontecer histórico, desde un pasado remoto y mítico hasta la contemporaneidad presente; que los pondrá en contacto con decenas de personajes increíbles, muy singulares, fascinantes; y que, por último, los conducirá a vivir peripecias sin cuento narradas por Dai Sijie con una extraordinaria exuberancia verbal, con una desbordante riqueza de detalles, con una portentosa imaginación, con una deslumbrante capacidad para construir escenarios fantásticos, relatos míticos, historias subyugantes.
 
Un gran libro, este Una noche sin luna. Debo avisaros, no obstante, de que la multiplicidad de historias y personajes, la variedad y la profundidad de las tramas, el abigarramiento algo barroco, muy cercano, pese a la obvia distancia espacial y cultural, al realismo mágico sudamericano (hay una cita en el libro, que no creo que sea casual, a García Márquez), la enorme cantidad de referencias, las torrenciales descripciones de calles y joyas, de ropajes y manuscritos, de muebles y alimentos, de costumbres y mitos, de leyendas y fábulas, hacen que la lectura, sobre todo en las primeras páginas, hasta que nos adentramos en ese río tumultuoso y nos familiarizamos con su fluir incontenible, pueda resultar algo ardua. Pero creedme, una vez dentro de ese caudal impetuoso, dejaos llevar y disfrutaréis enormemente.
 
Os dejo con un fragmento del libro que os permitirá, sin duda, haceros una idea de su brillante estilo. Os ofrezco también una pieza musical de origen mongol, en consonancia con la historia narrada en el texto. Se trata de una espléndida interpretación, en el "receptivo" show de David Letterman, de Kongar-ol Ondar, la gran figura de la música vocal de Tuva, una república de la Federación Rusa.
 
 
 
La exposición estaba consagrada al origen del reino de Tumchuq, especialmente mediante la exhibición de páginas enteras de un manuscrito tibetano descubierto en la gruta 1.656 de Dunhuang y conservado en la biblioteca de Pekín, en el que Kanghan Zanbu, un monje viajero del siglo XII, cuenta el origen del reino, sepultado bajo la arena ya en su época: un día, el jefe de una tribu de nómadas encontró en medio del desierto de Gobi a una diosa bajada del cielo, con la que se casó. Poco después de la boda, se marchó a la guerra, y durante su ausencia su mujer vivió una aventura con un viajero extranjero y quedó encinta, pero consiguió ocultar su estado y escondió bajo un árbol al niño que había traído al mundo, como había convenido con su amante. Cuando éste fue a buscarlo, durante una noche sin estrellas, todas las mariposas nocturnas del bosque se abalanzaron sobre las llamas de su antorcha, bailando, revoloteando, arremolinándose y formando una espesa nube a su alrededor. Algunas, empujadas por las otras, se quemaron las alas y murieron. La extraña procesión duró toda la noche. A la mañana siguiente, cuando el bebé despertó, tenía pegada a la frente una mariposa muy bella llamada Thum-Suk debido a los vistosos motivos en forma de pico de pájaro dibujados en sus alas. Así que el padre llamó al niño Thum-Suk Blung (blung significa niebla en mongol). Pasadas unas décadas, Thum-Suk Blung se convirtió en el primer soberano de aquel rincón del mundo y bautizó su reino con su propio nombre, suprimiendo la palabra niebla, para no conservar más que el hermoso nombre de pico de pájaro, que, palatalizándose poco a poco, se transformó en Tumchuq. Su reinado, que fomentó y desarrolló la sericultura, produjo tejidos de seda y satén cuya belleza rivalizaba con las finas escamas de las alas de las mariposas y el plumaje de los pájaros. La historia del primer rey también había dado origen a una arraigada costumbre, respetado por todos los habitantes: la de bautizar a los recién nacidos con el nombre de la primera cosa que había visto la madre tras dar a luz.
 

miércoles, 22 de julio de 2015

MICHAEL ONDAATJE. EL VIAJE DE MINA
 
Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro, que sale a vuestro encuentro, como todos los miércoles, con una nueva recomendación de lectura. Hoy os traigo un libro espléndido, una novela que como ocurre con las grandes obras literarias, no sólo entretiene y captura nuestra atención, nuestra inteligencia y nuestra sensibilidad durante su lectura, no sólo nos subyuga y nos transporta, no sólo nos sumerge en su trama y en las peripecias de sus personajes, sino que va más allá y ahonda también en otros planos: nos hace pensar, nos enseña, nos ilustra sobre la condición humana, de tal manera que, aparte de la experiencia estética, derivada de la belleza de lo que leemos, y de la emotiva, provocada por el caudal de sensaciones generado por el libro, salimos de él, de su lectura, un poco más sabios, algo más dotados para entender el mundo, más capaces para comprender nuestra naturaleza, el sentido de nuestro absurdo y sin embargo magnífico paso por el mundo.
 
El viaje de Mina es el título de nuestra sugerencia de hoy, una novela -aunque como de costumbre me asalten las dudas a la hora de catalogar el libro, de etiquetarlo y adscribirlo a un género determinado, por razones que luego explicaré- escrita por el canadiense Michael Ondaatje (canadiense de adopción; aunque de origen cingalés, del Ceilán anterior a la actual Sri Lanka). La obra ha sido publicada por la editorial Alfaguara en traducción de un José Luis López Muñoz que, pese a su calidad y su prestigio como traductor, se permite un inusitado “polizonte” para referirse a lo que no es sino un evidente polizón. Un error, por cierto, que ya habíamos apreciado en una reciente novela de Vargas Llosa, por lo que, admitido el fallo en el Premio Nobel, cómo no entenderlo y disculparlo ahora...
 
En El viaje de Mina, Ondaatje cuenta las tres semanas de travesía a bordo del buque Oronsay que, en 1954, con once años de edad, le llevaron de Colombo, capital de Ceilán, donde había nacido, a Tilbury, un pequeño muelle en Inglaterra en el que le esperaba una madre a la que apenas había visto hasta entonces. Un viaje que tenía que ser una historia inocente dentro de los reducidos límites de la adolescencia pero que se convertirá en toda una intensa y fecunda educación. A lo largo del libro se relatan tanto las peripecias concretas, el viaje “exterior” que el niño que el autor entonces era vivió en aquel largo desplazamiento, una aventura fascinante para un adolescente, como, sobre todo, se nos narra ese otro viaje aun más sugestivo, el interior, la iniciación al mundo adulto que el periplo va a suponer para ese chico. Las tres semanas de la travesía, tal y como yo las recuerdo originalmente -nos dice el protagonista, ya adulto-, fueron plácidas. Sin embargo ahora, años después, cuando mis hijos han insistido en que les describa el viaje, se ha convertido, al verlo a través de sus ojos, en una aventura, incluso en algo muy importante en una vida. En un rito de paso. Volveré sobre esta vertiente esencial más adelante; antes quiero centrarme en algunos de los muchos aspectos que convirtieron la experiencia de ese viaje en un acontecimiento inolvidable para su protagonista y por extensión también para nosotros, los lectores del libro. Un libro que, como veis, y partiendo de esa considerable base autobiográfica, deja, quizá, poco espacio para la ficción, a no ser que consideremos como novela la difusa ensoñación en la que la memoria acaba por convertir, casi siempre, la pálida sombra de nuestros recuerdos.
 
Solo en el barco, la perspectiva que la vida en el buque ofrecía a ese niño, in albis frente al mundo, era desconcertante y, del mismo modo, muy atrayente. En el Oronsay existía la posibilidad de escapar a todo orden. Y yo me reinventé en aquel mundo en apariencia imaginario. Con otros dos chicos, a los que conoce al poco de iniciar la travesía, Ramahdin y Cassius, Mina descubre en el microcosmos del barco un universo deslumbrante y se mete de lleno en él, en una especie de fiebre de vida, que su sangre joven quiere explotar al máximo. No duerme siquiera pues, como dice, el sueño es una cárcel para un muchacho que tiene amigos con los que reunirse. Las noches nos impacientaban y nos levantábamos antes que el amanecer se adueñara del buque. No queríamos esperar, queríamos seguir explorando sin descanso aquel universo. Corren descalzos sobre la madera de cubierta recién lavada, resbaladiza, hasta estrellarse contra la barandilla o contra una puerta que abría de repente un pasajero. Se zambullen en la piscina, juegan al ping-pong, presencian las clases de piano que imparte uno de los viajeros, el señor Mazappa, visitan el camarote del señor Fonseka, magnífico contador de historias, conversan con el sobrecargo tuerto admirados por su ojo de cristal, ven películas proyectadas en la popa del trasatlántico sobre una sábana bien tensada colocada al efecto, se atan a cubierta para aguantar una dramática noche entera los embates de una tempestad. Carecía de responsabilidades familiares, podía ir a cualquier sitio, hacer cualquier cosa. Todos los días teníamos, al menos, que perpetrar algo prohibido, declara.
 
Y en este juego perpetuo, en esta libertad sin límites que quizá sólo pueda darse de modo genuino en la infancia, recorriendo sin cesar los siete niveles del barco, desde la casi inaccesible primera clase de los pasajeros escogidos, hasta la sala de máquinas que, en las profundidades del infierno, se agita con un ruido y un calor insoportables, Mina y sus amigos entran en contacto con decenas de personajes, a cual más sorprendente, que estimulan sin cesar su imaginación. La bella Emily de Saram, prima de Mina, enlace del niño con el mundo de los adultos y protagonista de su primer atisbo de deseo, algo que ni siquiera constituye el despertar sexual, algo más intenso, más sutil, un temblor interior, mezcla de emoción y vértigo, narrado de modo magistral en un pasaje conmovedor y memorable. La estirada tía Flavia Prins, jugando al bridge con sus amigas en sus suntuosas dependencias de la clase superior. El señor Hastie, encargado de las perreras del Oronsay, que, siempre ataviado con su sarong, también juega las cartas con sus amigotes y su ayudante el señor Invernio, pero en el más modesto camarote de Mina, de quien es compañero de habitación. La enigmática patinadora australiana que recorre la cubierta del barco, grácil y como alada, desde antes del alba y que protagoniza el fragmento del libro que he elegido para ilustrar su atmósfera, al final de esta reseña. El preso Niemeyer, conducido a Inglaterra para ser juzgado porque, al parecer, había matado a un juez y ello impedía el juicio en Ceilán, y al que pasean a avanzadas horas de la noche con sendos aros de metal en las muñecas pues, ducho en mil fugas, se temía que intentara una más en el limitado espacio del navío. El señor Giggs, oficial británico de alta graduación, que junto al señor Perera, un ignoto y escondido miembro del Departamento de Investigación Criminal de Colombo, escolta al preso para impedir su improbable huída. Sir Hector da Silva, potentado, filántropo, que había hecho fortuna con las joyas, el caucho y el negocio inmobiliario, y que viaja enfermo para ser tratado en Europa de una enfermedad probablemente mortal causada por el mordisco de un perro rabioso, cuyo ataque se debe -supuestamente- a una maldición proferida por un santón del que se había burlado. El médico ayurveda de Moratuwa, que lo atiende con sus pócimas. Larry Daniels, el compacto y musculoso botánico que traba amistad con Mina para así poder acceder a Emily, por la que está “chifladísimo”, y que -una maravilla más en un mundo repleto de ellas- tiene un jardín botánico en la cala del buque. El ya mencionado señor Fonseka, encerrado entre libros, con su cuerda de cáñamo humeante, según la costumbre cingalesa, y el agua del río de su lugar de origen embotellada, en un ejercicio permanente de nostalgia, recitando de memoria con lánguida cadencia fragmentos de sus libros, y que acoge al niño contándole relatos inusuales e interesantes para de repente interrumpir la narración diciéndole que algún día llegaría a descubrir lo que faltaba para concluir aquella historia, en una metáfora perfecta de otro de los aspectos esenciales del libro -lo incompleto, el misterio, lo fragmentario- al que después me referiré. Los miembros de la compañía Jankla, artistas camino de Europa, acróbatas, que hacen teatro en el barco, y su figura principal, Sunil, “el cerebro de Hyderabad”, que se pasea entre el público de los someros espectáculos que se organizan a bordo adivinando datos íntimos de los pasajeros, y que tendrá mucho que ver en el desenlace de algún asunto turbio en la travesía. El señor Gunesekera, el sastre silencioso, que no llega a pronunciar ni una sola palabra en todo el trayecto. La solterona señora Lasqueti, que viaja con sus veinte o treinta palomas enjauladas, que lee de continuo novelas policiacas recostada en una hamaca en la cubierta, tirándolas por la borda cuando se cansa de ellas, y cuyo discreto aspecto físico parece ocultar unos enigmáticos antecedentes, una trayectoria y un pasado misteriosos. La joven Asuntha, la persona aparentemente más vulnerable del barco, menuda y silenciosa, que solo oye por el oído derecho. El barón C. y sus sigilosos robos en las habitaciones, para los que se aprovecha de la delgadez de Mina. El pianista señor Mazappa, de nombre artístico Sunny Meadows, que venera a Jelly Roll Morton, toca con la orquesta del barco y da clases de piano, divirtiendo a los niños con letras confusas y a menudo obscenas de canciones de su repertorio. El señor Nevil, desguazador de barcos jubilado que regresa a Inglaterra después de años en Oriente y que había desmantelado barcos por todo el mundo, desde Bangkok hasta Barking. E incluso, no presentes en el trasatlántico, comparecen también -en los recuerdos de Mina-, dos sirvientes de su familia: Narayan, el hombre para todo, y Gurepala, el cocinero siempre acompañado de un coro lunático de perros callejeros, con los que el niño había pasado más tiempo que con su familia. Fueron mis guías esenciales y afectuosos durante aquel período de mi vida todavía amorfo y, en cierta manera, lograron que me hiciera preguntas sobre el mundo al que teóricamente pertenecía. Me abrieron puertas a otro universo distinto. O el padre Barnabus, maestro de escuela primaria que pervive en la memoria de Mina con su larga vara de bambú astillada, pues nunca recurría a las palabras ni a los razonamientos y sí a la incuestionable autoridad del palo.
 
A través del contacto con todos ellos, Mina y sus amigos llegan a entender una cosa pequeña pero importante: que nuestras vidas podían crecer gracias a desconocidos interesantes con quienes nos cruzaríamos sin que se produjera ninguna relación personal. Y aun más, pues, como dice el niño, aquella fue una pequeña lección que aprendí durante el viaje. Lo que de verdad es interesante e importante sucede casi siempre en secreto, en lugares donde no existe poder. Ante la importancia ridícula de los invitados a la mesa del capitán, Mina, sentado en la última mesa del comedor, la más alejada, en el extremo opuesto a la de la autoridad, en “la mesa del gato” en la que, invisibles para todos, están los “don nadie”, Lasqueti, Mazappa, Nevil, los otros dos niños, aprende que serían siempre personas singulares como ellos, en las distintas mesas del gato a lo largo de mi vida, las que conseguirían cambiarme.
 
Y es que, en efecto, los niños crecerán a partir de esas vidas que sólo entrevén de modo fragmentario, en otra de las claves del libro -y antes, claro, de la experiencia infantil del propio autor-: la conciencia del misterio, del enigma que los rodea. Retazos de conversaciones apenas intuidas, escenas inexplicables desde la lógica de los menores, situaciones sólo parcialmente entendidas, la visión fraccionada, y por lo tanto la interpretación parcelada, de la realidad. Nunca estuvimos seguros de qué era lo que presenciábamos, por lo que nuestra cabeza sólo captaba a medias el entramado de las posibilidades adultas. Mina mira, observa, escucha atento y apunta en su cuaderno del colegio las cosas que oye y ve, aunque, como él mismo dice, no sabía si lo que había visto era lo que creía haber visto. Esa perplejidad ante el mundo adulto se revela en otro momento, cuando en la oscuridad nocturna pasan ante sus ojos pistolas y disparos y espías y cadáveres y presos en fuga y cuerpos al agua: ¿Fui testigo de algo más por debajo de la superficie de lo que había sucedido aquella noche? ¿Era todo parte de la imaginación desbordante de un niño? Para acabar concluyendo: de jovencitos, durante aquel viaje a Inglaterra, cuando mirábamos a un mar que parecía no contener nada, nos imaginábamos complicados argumentos e historias sobre nosotros mismos.
 
La narración, centrada mayoritariamente en la descripción del viaje, se mueve sin embargo en todas direcciones, y da vueltas atrás y adelante; nos desplazamos al futuro -el presente del escritor que cuenta la historia- en el que vuelven a reaparecer algunos de los viajeros, de los que conoceremos su evolución y su destino, y volvemos al pasado, al recuerdo de la infancia que se deja atrás. Y constantemente afloran -en la otra gran vertiente del libro, la interior, la que da cuenta de la evolución de la personalidad del niño- las reflexiones del Ondaatje adulto que revisa retrospectivamente las imágenes de su memoria, sopesando la importancia -ahora lo sabe- que para él tuvo aquel viaje iniciático: Con el paso de los años, fragmentos confusos, rincones perdidos de historias adquieren un significado más claro si se ven con una nueva luz, en un sitio distinto. Para concluir: Algunas veces descubrimos durante la juventud nuestro yo más verdadero e íntimo. Reconocemos algo que, si bien en un principio es pequeño en nuestro interior, determinará, a la larga, nuestra transformación. Trato ahora de imaginarme quién era aquel chico que había subido al barco. Quizás ni siquiera existía una conciencia del yo en la inmovilidad nerviosa de aquel saltamontes joven o grillo pequeño en la estrecha litera, como si lo hubieran introducido de contrabando en el futuro, sin comerlo ni beberlo. O también, ¿Quién era yo por aquel entonces? No recuerdo ninguna imagen exterior y, en consecuencia, carezco de percepción de mí mismo.
 
En definitiva, un gran libro, este El viaje de Mina de Michael Ondaatje que publica Alfaguara. Si os decidís a leerlo os procurará unas cuantas horas de placer y emoción, os conmoverá y os hará pensar. Os dejo como complemento musical a mi reseña, y como no puede ser menos, con una pieza de Jerry Roll Morton, citada en la novela, The crave.
 
En la hora que precedía al amanecer, cuando nos levantábamos para deambular por lo que daba la sensación de ser un buque desierto, los salones -tan oscuros como cavernas- olían a los cigarrillos de la noche anterior, y Ramahdin, Cassius y yo habíamos convertido ya la silenciosa biblioteca en un caos de carritos en movimiento. Una mañana nos encontramos de pronto a una joven patinadora que daba vueltas velozmente por todo el perímetro de la cubierta superior, con suelo de madera. Por lo que parece, se levantaba incluso antes que nosotros. No dio la menor señal de advertir nuestra presencia mientras patinaba cada vez a mayor velocidad, con fluidas zancadas, poniendo a prueba su equilibrio. En uno de los giros, al calcular mal el salto necesario para superar unos cables, se estrelló contra la barandilla de popa y cayó al suelo. Al levantarse, miró la sangre que le brotaba de un corte en la rodilla y siguió, después de comprobar la hora en su reloj de pulsera. Supimos que se trataba de una australiana, y quedamos fascinados. Nunca habíamos sido testigos de tan notable determinación. Ninguna de las mujeres de nuestra familia se comportaba así. Más tarde la reconocimos en la piscina, su velocidad convertida en cortina de agua. No nos hubiera sorprendido verla saltar por la borda para nadar junto al Oronsay durante veinte minutos manteniendo su mismo ritmo.
 
En consecuencia empezamos a levantarnos incluso antes para presenciar sus veloces cincuenta o sesenta vueltas. Cuando terminaba se quitaba los patines y caminaba agotada, sudando, pero vestida de pies a cabeza, camino de la ducha al aire libre. Se colocaba bajo el chorro que la empapaba, y agitaba los cabellos en una dirección, luego en otra, como un animal que estuviera vestido. Era una nueva especie de belleza. Cuando se marchaba seguíamos sus huellas, que ya se iban evaporando con la nueva luz del sol a medida que nos acercábamos.