Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 4 de enero de 2012

PETER MATTHIESSEN: PAÍS DE SOMBRAS

Hola, buenos días. Mi elección de hoy en Todos los libros un libro es una recomendación indiscutible, un libro imprescindible que debéis leer sin ninguna duda, una joya literaria, una obra maestra, y pese a ello, pese a tanto entusiasmo inicial, debo confesaros de entrada que hay un ligero obstáculo que me frena ligeramente al aconsejároslo. Y es que este País de sombras, del que a continuación os hablaré con pasión, tiene casi mil doscientas páginas, y aunque se desenvuelve en un estilo y con una estructura relativamente convencionales, la historia que nos cuenta se desarrolla a lo largo de casi un siglo y está repleta de personajes, de relaciones, de intrincados vínculos familiares, lo que unido a su desmesurada extensión hace que sea grande el riesgo de perder el hilo, de despistarse entre los muchos espacios en los que acontece, entre sus múltiples protagonistas, entre la infinidad de nombres. Por ello, me atrevo a sugeriros antes de empezar que, si os decidís a abordar su lectura, lo hagáis en un momento de vuestras vidas en el que podáis dedicar vuestro tiempo casi íntegro al libro, como yo mismo he hecho el pasado verano, inmerso, entregado en cuerpo y alma a tiempo casi completo durante una larga semana a convivir con las apasionantes páginas de la novela. Francisco Solano, en su crítica en El País, habla de maratón para referirse a la lectura del libro; quedáis, pues, avisados, por si la perspectiva de una aventura que os dejará satisfechos pero exhaustos os lleva a prescindir del resto de mi entregado alegato en su favor. Es por ello que os ofrezco esta reseña en Navidades, una época en la que muchos de vosotros disponéis efectivamente de más tiempo libre.

Hecha pues esta advertencia inicial vayamos con la referencia completa del libro. Su título es, como ya he dicho, País de sombras. Su autor, el norteamericano Peter Matthiessen, y la editorial que lo publicó en España en el año 2010, en traducción de Javier Calvo, la catalana Seix Barral. A propósito, precisamente, de la traducción debo haceros, como otras veces, algún comentario negativo. Siendo tan abrumador el volumen de la obra debe admitirse como normal un cierto número de fallos y de erratas, casi humanamente imposibles de evitar entre los cientos de miles de palabras que han debido ser vertidas a nuestra lengua. Sin embargo, resultan molestos aunque no excesivos -convendré con vosotros en que quizá yo sea un poco picajoso- ciertos catalanismos, el uso de términos inapropiados (¿os imagináis a un forajido del oeste americano, en pleno siglo XIX, calificando de gilipollez un comentario de uno de sus secuaces?), incorrecciones varias (por ejemplo el uso del tan reiterado hoy día, hasta hacernos titubear sobre su inconveniencia, ‘punto y final’), confusiones en los nombres de los personajes que nos llevan a dudar en algunos casos de sus identidades... En fin, por desgracia, una vez más, esa ligereza en las traducciones tan habitual en las desganadas políticas editoriales, aunque en esta ocasión, insisto, con la atenuante, casi exculpatoria, de la magnitud de la tarea que el traductor ha debido afrontar.

En fin, volvamos al libro. País de sombras gira sobre una figura principal, un personaje legendario, a caballo de la realidad histórica y la ficción literaria, cuya presencia explica en cierto modo, o al menos ejemplifica, el proceso de crecimiento y desarrollo de un país, los Estados Unidos de América, en la segunda mitad del siglo XIX y el primer tercio del XX. Edgar J. Watson, el Sanguinario Watson como se le llamaba dado su historial delictivo, fue un hombre singular, un pionero, con todo el entusiasmo y la iniciativa de los individuos emprendedores, capaces de sobreponerse a un entorno hostil para intentar construir en él, una y otra vez, su propio mundo, un mundo de progreso y civilización; pero también alguien que, de modo simultáneo, fue un terrible criminal y un asesino despiadado, al que no le dolían prendas si tenía que dejar en el camino, privándoles de sus vidas, a cuantos se oponían a sus deseos. Una representación emblemática -y ello constituye, como os digo, una de las posibles lecturas del libro- del espíritu de la conquista del continente, un espíritu que acababa de surgir en nuestro país, señala Mark Twain, citado en la novela, y que era pura y simple cuestión de codicia. En este mismo sentido también podemos leer en otro pasaje: todos los líderes empresariales a los que aplaudimos por ser americanos insignes nunca dejan que nada se interponga entre ellos y sus ambiciones: ahí radica el secreto de su grandeza. Están más que dispuestos a invertir las vidas de sus trabajadores siempre y cuando a ellos no les toque ver nada desagradable. Nunca tienen que mancharse de sangre sus finas manos ni tampoco enterarse de ningún caso de violencia excesiva. No es el caso, sin duda, del sangriento Watson. Su existencia y sus afanes, sus logros y sus obras, su crímenes y sus excesos están documentados (podéis incluso leer sobre él en la wikipedia), pero Matthiessen desconfía de los muchos puntos oscuros u ambiguos del relato histórico y, desde el profundo conocimiento que demuestra de los datos y de la más o menos abundante literatura sobre el forajido, nos ofrece su particular y exhaustiva versión de su vida, las muchas verdades de la historia de Ed Watson. Y es que estamos ante un personaje fascinante por su complejidad, un hombre vigoroso y lleno de fogosidad, con un horroroso pasado del que avergonzarse y que provocaba el terror de cuantos le trataban. Un hombre brutal, acostumbrado a tomar por la fuerza y capaz de violar a sus mujeres y a la vez un ciudadano ejemplar, cariñoso y considerado con ellas. Un hombre -como se apunta en el libro- con una herida enorme que no puede curar. Un hombre, un ser humano, cuya violencia es su lado siniestro -mi hermano oscuro, Jack Watson, nos dice- nunca redimido, que padece una especie de maldición cuando se pone a beber: se vuelve duro, cínico y trágicamente autodestructivo. Pero que puede ser también amable y generoso, capaz de tener como libro de -casi- cabecera la Historia de la Grecia Antigua, y que posee un lado cariñoso, divertido, valiente e inflamado, como os digo, de energía e iniciativa. Un hombre que no teme afrontar esa odiosa faceta de su personalidad: He quitado vidas humanas. Y me arrepiento de ello. Pero, nos dice, nunca lo he hecho para obtener ganancias económicas. Y empezando por todos esos armadores y mercantes que comercian con seres humanos y han destruido millares de vidas, ¿cuántos fundadores de nuestras grandes industrias y fortunas familiares hay que puedan decir lo mismo? Un hombre, en fin, que sabe que esa actitud ante la vida se paga con el alma.

La fidedigna recreación de esa desalmada personalidad se hace a través de un recurso estructural muy eficaz, aunque en cierto modo fruto del azar y no de la premeditación. Porque, en realidad, País de sombras es el resultado de la conjunción, de la integración de tres novelas autónomas que el autor escribió y publicó a lo largo de treinta años y que corrigió y pulió recientemente para darle al conjunto unidad y coherencia, evitar repeticiones y conformar un todo uniforme y autónomo. Cada una de esas tres novelas constituye uno de los tres capítulos de la obra final. En el primero de ellos se nos relata la muerte -en 1910- de Watson, que en ese momento contaba 55 años, a manos de sus vecinos, de los que recibe una tanda de disparos que dejan treinta y tres balas en su cuerpo, lo que da buena idea del odio suscitado entre sus más allegados, también entre los extraños. Desvelado así, de entrada, el funesto final de su azarosa vida, el capítulo es un mosaico en el que sus familiares, amigos, conocidos, vecinos, rivales y enemigos, nos dan su particular visión del poliédrico Watson. En la segunda parte, Lucius, uno de los múltiples hijos del asesino, siete legítimos y al menos cuatro nacidos fuera de sus tres matrimonios, deseando dilucidar los claroscuros de la misteriosa y controvertida vida de su padre, ese monstruo mitológico en el que lo convirtió la leyenda, queriendo completar un retrato real de su contradictoria personalidad y devolverle así su humanidad, nos da cuenta de su personal investigación en pos del verdadero rostro de su progenitor, hacia el que le mueve un ambivalente sentimiento de atracción y rechazo. Por último, la tercera parte de la novela, que ocupa casi la mitad de su extensión, es el relato de la vida de Watson, hecho en primera persona por el propio complejo personaje. En ella asistimos a la dura infancia de un niño sometido a un padre implacable e igualmente brutal y, desde esos años iniciales, al resto de las peripecias, amores, mujeres e hijos, asesinatos, aventuras, conquistas y empresas, padecimientos y dilemas morales y conflictos interiores de una torturada existencia de la que nunca -y este es otro de los muchos logros de un libro plagado de aciertos- llegamos a saber la última verdad.

País de sombras es también, además del formidable, escrupuloso y muy completo retrato del pionero en la conquista de las inhabitables tierras de la Florida del siglo XIX, la historia del propio lugar, un territorio salvaje, un lugar primitivo y violento, en el que la vida es dura y de poco valor. Una tierra indomeñable, en la que sus habitantes eran en su mayoría fugitivos y salvajes, y en la que los salvajes más bárbaros eran los blancos. Los negros habían llegado a la región en calidad de esclavos de los indios y los peores elementos de las tres razas se mezclaban en un páramo maldito de barro, sangre y soledad, prejuicios raciales, aguardiente matarratas y tornados terribles, donde todo rastro de civilización era un sueño de un pasado remoto y casi olvidado. Un lugar en el que hay poca religión y ninguna ley, nada de cultura, moral ni buenas maneras. La mayoría de las gentes que trabajaban en aquellas tierras hostiles eran borrachos o vagabundos, fugitivos de la ley, negros escapados o todas aquellas cosas a la vez. Hombres tercos e ignorantes, recelosos de todo el mundo salvo de los suyos, pero también, como ellos mismos se definen, hombres buenos, duros y honrados, americanos temerosos de Dios que llevan vidas miserables y no se quejan.

Y en esa geografía casi mítica rigen los principios y el espíritu de la frontera, en una referencia más, y son constantes, al western, con apariciones fugaces del sheriff Wyatt Earp y Billie el Niño, entre otros personajes de contornos míticos inmortalizados por el cine. Oigamos a Watson exponer su reglas morales: defender los derechos de uno respondiendo por la fuerza a los insultos, las injusticias, las amenazas y las humillaciones, sin importar las consecuencias que ello pudiera tener para la propia integridad; el derecho a defender el propio honor por la fuerza cuando la fuerza pareciera lo apropiado y mediante la astucia en caso de que la fuerza no pudiera imponerse. Y es que no hay honor en la derrota, por valiente que ésta sea, ni tampoco hay deshonor en vengar dicha derrota, por mucha crueldad que se ponga en ello. Daba igual lo que predicaran los moralistas, el único deshonor era agachar la cabeza y aceptar la derrota. Las mentiras, las tretas y eso que la gente llamaba la traición, todas esas cosas se volvían aceptables y hasta dignas de elogio cuando eran el único medio posible para defender el honor de tu familia o de tu clan. De modo que el libro está atravesado por los linchamientos, asesinatos, huidas de prisión, robo de ganado, tiroteos, contrabando, tráfico de alcohol, propios de la épica del oeste americano, pese a la ubicación muy oriental de Florida.

Pero hay también, porque el ámbito temporal es muy amplio y crece más allá de los cincuenta y cinco años de la vida de Watson, piratas, pioneros, cazadores de aves de pluma y desolladores de caimanes, traficantes de ron, contrabandistas y fugitivos. Y conquistadores españoles, esclavos africanos fugados, granjeros y pescadores ancestrales. Y la guerra de Secesión y la de Cuba, e infinidad de ejemplos de la gran epopeya americana, Lincoln y Grant, Edison y Ford, y el propio Twain y la sombra de Faulkner y los relatos del sur.

Y hay una naturaleza exuberante, desbordada, manglares intrincados y mares embravecidos, gigantescas plantas tropicales y bosques opacos, áridos caminos de tierra y playas de arena finísima y aguas esmeralda, y enormes túmulos de conchas y una maleza que esconde míseros poblachos y vientos desatados y tormentas y ciclones. Y poblando ese escenario primitivo una fauna deslumbrante, búfalos, el gran jaguar, las panteras que los españoles llamaban tigres, los osos, los lobos rojos. Y se oyen los chillidos estridentes de las panteras apareándose, que dejaban muertas de miedo a las sufrientes damas, que no podían sino imaginar a mujeres blancas violadas por salvajes desnudos. Y los caimanes macho que tosían y rugían en las ciénagas, las bandadas de aves negras y enormes, los pavos de lomos de bronce, los ágiles patos saltando entre los juncos y las cañas, sacudiéndose de encima el agua resplandeciente. Y pájaros carpinteros más grandes que cuervos, con los picos blancos y las crestas escarlatas, inflamadas por el sol, bandadas de loros de cola larga, de un verde tan lustroso como las hojas nuevas bajo la luz matinal. Y cientos de especies de peces y tortugas de agua y serpientes de todo tipo.

En fin, no puedo dar cuenta con más detalle, y en el corto espacio de esta breve sección, de una novela inmensa, memorable, intensísima, genial. Leed este País de sombras de Peter Matthiessen que publica Seix-Barral y viviréis una experiencia literaria y aun vital única. Os dejo, tras una significativa cita del libro que narra un momento decisivo en la vida del personaje, con una pieza musical vinculada, siquiera de modo indirecto, al ambiente del salvaje pero también entrañable Oeste. De la banda sonora que compuso Bob Dylan para la película Pat Garrett & Billy The Kid, está extraída esta Knockin' on heaven's door, magnífica e imperecedera, un clásico ya. Hasta la semana que viene.

Con un solo gesto brusco, el Hombre-Búho agarró el cañón del arma, lo retorció en su garra negra con la fuerza del espasmo y tiró de la boca del mismo hacia su garganta mientras yo luchaba por apartarme. Mi muñeca estaba siendo aferrada por una mano que parecía un cuerno, y el grito que solté mientras me apartaba quedó tapado por la explosión. Debido a que el retroceso me hizo soltar el arma, salí lanzado hacia atrás a través del hoyo en medio de un remolino de humo. El eco se apagó y el humo evanescente se alejó flotando en dirección a los bosques sumidos en sombras.

Unos pasos amortiguados -¿dentro de mi cabeza?- que me perseguían por el sendero hacia la carretera fueron mi primer recuerdo tras ponerme de pie de un salto y echar a correr. “¡Aléjate de mí! ¡Aléjate!” Oí que mis botas repicaban sobre la tierra congelada y arrancaban ecos de los árboles rígidos como si fueran disparos de rifle. “¿Qué has...? -grité-. ¿Por qué has...? Yo nunca... ¿nunca qué?” Ni siquiera con el paso de los años llegué a saber nunca qué había querido decir yo con mi pregunta, ni tampoco si había habido alguna respuesta en alguna parte. ¿Le había gritado yo al Hombre-Búho o al primo Selden? ¿O a la vida perdida que ya nunca volvería a encontrar?

¿Quién me iba a perseguir? Recargando el mosquete para defenderme, me quedé aullando en medio de la carretera. A fin de expulsar el presente de mi cerebro, de sumergirme en el pasado, en el antes, les aullé a los cielos más altos, pero como todavía estaba ensordecido por el disparo de mi propio mosquete, no me pude oír a mí mismo.

Ayer Edgar Artemas Watson, un joven y prometedor granjero, se había adentrado por aquel sendero y se había alejado incautamente de su vida para adentrarse en unos sueños oscuros. Ahora que acababa de despertar, tenía que volverse corriendo a Clouds Creek para dar de comer a sus cerdos, para dejar que regresara su vida perdida, que las cosas volvieran a su sitio. Lo que fuera que acababa de pasar -¿acaso había pasado?- tenía que ser desterrado. ¿Qué podía significar una simple alucinación para unos jóvenes cerdos hambrientos de sobras? Con sus gruñidos y sus arcadas...

A solas en la carretera bajo la luz plomiza, supe que mi vida había perdido los cimientos. Igual que un pájaro oscuro que desaparece sobrevolando unos bosques lejanos, el futuro había fluido hasta el pasado. Yo deseaba correr, correr y correr, hasta llegar a casa, y sin embargo, cargado como iba con el pesado mosquete de mi padre, pronto tuve que aminorar la marcha, cansado de seguir corriendo.


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