Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)
miércoles, 17 de abril de 2013
SARAH WATERS. RONDA NOCTURNA
Hola, buenos días. Bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro. Desde aquí, desde Radio Universidad de Salamanca, os ofrecemos cada semana una nueva propuesta de lectura con la intención de despertar vuestro interés y vuestra curiosidad. Hoy os traigo una atractiva novela, se titula Ronda nocturna, su autora es Sarah Waters y ha sido publicada por la editorial Anagrama en traducción de Jaime Zulaika, que es un excelente traductor, aunque esta vez, y pese a que no soy un experto, su versión española presenta algunos pequeños errores que, sin embargo, no impiden, ni dificultan siquiera, la lectura de la novela, una lectura que debo confesar me ha resultado apasionante. Y ello es así, sobre todo, porque Ronda nocturna cuenta, de una manera arrebatadora y muy atractiva, historias que nos conciernen, que tienen que ver con sentimientos y emociones comunes, por las que todos hemos pasado, que cualquier ser humano ha vivido, de modo que algunos pequeños fallos en la traducción no entorpecen el fluir de la lectura, que es, como os digo, muy fácil, casi torrencial. Puedo confesaros que en tan sólo dos días yo he devorado la novela, las quinientas setenta páginas de la novela, lo que es prueba de que su trama engancha, su escritura es ágil y los temas de los que habla interesan e, incluso, como digo, apasionan.
Ronda nocturna cuenta las vidas de cuatro protagonistas principales, cuatro jóvenes londinenses, a lo largo de la década de los cuarenta del siglo pasado. Dos secretarias, compañeras de trabajo, Helen y Viv, el hermano de ésta, Duncan, y una antigua enfermera, Kay. La acción se desarrolla en Londres en tres fechas distintas, 1947, con la guerra mundial recientemente terminada, 1944 y 1941, con la ciudad sometida a los bombardeos nocturnos de la aviación nazi. La narración se desenvuelve, y ésta es una de las peculiaridades -y de los logros, a mi juicio- de la novela, en orden cronológico inverso. Es decir, en el primer capítulo se nos presenta a los personajes en 1947, viviendo los días de la posguerra. Asistimos a los dramas internos de los protagonistas, los celos obsesivos de Helen que dañan su vida sentimental; la insatisfactoria relación de Viv con un hombre casado; el oscuro trabajo de Duncan en una fábrica de velas y la enigmática presencia de Mundy en su vida; la búsqueda, algo patética, por parte de Kay de un amor que la libere de su soledad. Y todo ello en un Londres que se recupera de los desastres de la guerra, en el que son visibles aún los estragos físicos, pero también morales, de los bombardeos. Los cuatro personajes están dejando atrás su juventud, una juventud marcada para siempre, condenada, por la terrible experiencia bélica.
El segundo capítulo se desarrolla en 1944, y en él encontramos los antecedentes de la situación que vivirán los protagonistas tres años después. Sus existencias se imbrican, se entrelazan. Conocemos su personalidad, sus emociones más íntimas, los acontecimientos dramáticos que conformarán sus vidas, sus amores, sus secretos, sus dramas ocultos, sus pasiones, sus sueños rotos, sus decepciones.
En el tercer capítulo retrocedemos hasta 1941, y Sarah Waters nos muestra en él el origen, la causa última de todo lo que hemos ido leyendo hasta el momento, la explicación de los enigmas, la naturaleza auténtica de sus comportamientos futuros.
Los personajes son muy interesantes, presentados con pericia, con intensidad. Sentimos con ellos, reflexionamos a través de ellos sobre las grandes verdades de la existencia: el amor, la identidad, la búsqueda de sentido, las traiciones, los prejuicios, las coerciones sociales, la entrada en una madurez que deja atrás, imperceptiblemente casi, la frustrada juventud. El joven Duncan, con pulsiones homosexuales tenuemente esbozadas, elegantemente sugeridas, arrastra el impacto del suicidio de un amigo de juventud. Viv se consume en una relación adúltera sin futuro y, lo que es peor, sin presente. Helen vive con Julia y asiste al deterioro de su sentimiento. Kay, antigua amante de Helen, amiga de Julia, ve pasar el tiempo y alejarse la posibilidad del amor.
Y entre todos estos personajes aparece el Londres asediado por la aviación alemana, un Londres que, en cierto modo es, también, y de manera principal, protagonista de la novela. Resultan formidables las descripciones de los bombardeos nocturnos, de las calles devastadas, de la vida de guerra, con sus cupones de racionamiento, sus casas destrozadas, los refugios, los focos antiaéreos, el terror de las sirenas, de las alarmas, los muertos y heridos, los cuerpos destrozados, las viviendas a la luz de las velas, los cristales permanentemente oscurecidos, los vidrios protegidos, las barricadas, los sacos terreros, la triste normalidad de la guerra.
Os dejo ya con un fragmento de Ronda nocturna en el que la presencia de ese Londres bombardeado es especialmente intensa. El acompañamiento musical a mi reseña de hoy ha de ser, necesariamente, London calling, el clásico de The Clash. La frase This is London calling abría los noticieros de la BBC destinados a los países ocupados, durante la segunda guerra mundial, con lo que mi elección resultaba casi inevitable para ilustrar las escenas de esa capital londinense permanentemente bombardeada en la terrible contienda.
El incendio había alcanzado su apogeo antes de que Kay llegase. Ya no saltaban llamas hacia el cielo. El rugido había disminuido; el calor, en cualquier caso, era más grande que antes, pero las paredes del almacén ardían consumidas en mitad de las llamas y enseguida se estremecieron y se desplomaron, con una ráfaga final de chispas. Los bomberos iban de un lado para otro. El agua sucia corría por los adoquines o se elevaba como un denso vapor ácido. Hubo un momento en que el suelo emitió una serie de retumbos e impactos sordos que debían provenir de la caída de bombas en las cercanías, pero la onda expansiva, en todo caso, actuó en aquel escenario como una criba efectuada con un atizador gigantesco: el fuego se elevó en llamaradas fulgurantes durante diez o quince minutos y luego empezó a extinguirse. Apagaron uno de los motores y enrollaron una de las bombas. La luna había desaparecido o se ocultaba tras una nube. Los objetos perdían sus contornos nítidos, su aire de irrealidad; los pequeños detalles volvían a sumirse en las sombras, como otras tantas polillas que plegasen sus alas.
Nadie abordó a Kay en todo este tiempo. Era como si la oscuridad también la hubiese reabsorbido poco a poco. Sentada con las manos en los muslos, se limitaba a contemplar el núcleo caliente e inerte del edificio en llamas; vio los cambios de color del fuego, desde un blanco insondable al anaranjado y al rojo. Apagaron el segundo motor y se lo llevaron. Alguien gritó que había sonado la sirena y que las calles ya estaban transitables.
Ella pensó en calles, en movimientos, y no le encontró sentido. Notó algo raro en el pelo: lo tenía apelmazado, chamuscado por chispas. Se tocó la piel de la cara y estaba blanda; recordó vagamente que alguien le había dicho que se había quemado.
miércoles, 10 de abril de 2013
LUCIANO G. EGIDO. EL SEGUNDO CORAZÓN
Hola, buenos días, bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro, como todos los miércoles aquí, en el 89.0 de Radio Universidad de Salamanca. Hoy quiero presentaros un libro que probablemente conocéis, pues al tener como centro de inspiración a nuestra ciudad, ha sido divulgado y difundido en todos los medios de comunicación y reposa en las estanterías e incluso en los escaparates de nuestras librerías desde hace mucho tiempo. Se trata de El segundo corazón, su autor es el muy conocido y premiado escritor Luciano G. Egido y ha sido publicado por la Editorial El Pasaje de las Letras en su Colección La ciudad y la memoria, en el año 2007.
La ciudad y la memoria es una apuesta editorial muy singular y atractiva. Cada entrega de la colección constituye un acercamiento monográfico a una destacada ciudad española. Con esta escueta descripción podríais pensar que os estoy hablando de una serie de guías, más o menos turísticas, de algunas urbes, que nos darían cuenta de sus monumentos relevantes, sus enclaves pintorescos, sus lugares recomendables para comer, para pasear, para divertirse. Pero La ciudad y la memoria aunque puede servir, en efecto, como una guía al uso, convencional, es mucho más, es también algo muy distinto: cada entrega de la colección se plantea como una revisión del alma, del espíritu, del clima sentimental, podríamos decir, de una ciudad a partir de la memoria de alguno de sus pobladores más representativos, de un escritor reconocido, de alguien que, además del amor por su ciudad natal, posee la capacidad narrativa y el talento literario para describírnosla desde el íntimo territorio de sus recuerdos, sus emociones, sus sueños, sus sentimientos. Se trata pues de un enfoque subjetivo, interno, personalísimo, de una visión que evoca la ciudad brumosa, etérea, difusa, que el escritor lleva dentro, la cual puede o no coincidir con la ciudad real, externa, tangible, constatable, la que sí encontramos en las guías; aunque, como es obvio, ambas urbes, la real de los mapas y la soñada por la nostalgia, ofrecen casi siempre muchos elementos en común.
El primer número de la colección tuvo como centro a Valladolid, recreada por la bellísima prosa poética de Gustavo Martín Garzo, en un libro titulado La calle del paraíso, del que quizá pueda hablaros en otra ocasión, pues es también una obra fascinante. La Salamanca de Luciano G. Egido, que hoy os presento bajo la rúbrica El segundo corazón, es la segunda entrega de la serie. El Oviedo de Xuan Bello, recogido en Al dios del lugar, es ya el tercer libro de la colección, y hay otros ejemplares dedicados a Burgos, La ciudad de plata, Medina de Rioseco, El fulgor de la ceniza, y otras localidades.
En El segundo corazón se entretejen diversos planos, diversos enfoques sobre Salamanca: están, claro, los principales hitos de la biografía personal de su autor acaecidos en la ciudad (los juegos infantiles, las excursiones juveniles, la entrada y salida de la Universidad, entre otros); hay además -su ausencia parecería inexcusable- una descripción de sus monumentos más significativos o de sus lugares emblemáticos, esos que en cierto modo constituyen nuestra principal seña de identidad ante el mundo, aunque no sólo los previsibles, las Catedrales y la Plaza Mayor, la Clerecía o la Casa de las Conchas, sino que aparece también, por ejemplo, la cueva de Salamanca y, a propósito de ella, un especialmente interesante capítulo en el que se analiza la tradición nigromántica de nuestra población; hay igualmente un recorrido por la historia de la ciudad, en secciones de títulos evocadores: elpasado remoto, elpasado próximo, el eterno presente, ayer por la tarde, esta mañana; un recorrido que partiendo del río originario, el lugar de agua abundante que está en nuestro nombre, nos lleva al culto al sol y lo esotérico, al nacimiento de la Universidad, a la sangre, sangre de los crímenes y sangre de las guerras, al terremoto de Lisboa, a la triste herencia del siglo XIX, a la guerra civil; presenta también Luciano G. Egido algunos personajes que pertenecen por derecho a la leyenda de la ciudad y están ya unidos para siempre a ella: Unamuno, Carmen Martín Gaite, Torrente Ballester; en el mismo sentido, repasa la presencia de Salamanca en la literatura, el Lazarillo, singularmente el Quijote, Espronceda, los viajeros románticos y tantos otros; y hay también, por último, una breve excursión por los campos aledaños, en una sección, las escarramajeras, que nos lleva a Hinojosa y a la placidez y el gozo de la vida rural. Y cada una de estas cuestiones se nos muestran ilustradas por unas sugerentes fotografías de David Arranz que sirven de magnífico contrapunto al texto.
El libro es, sin embargo, mucho más que la mera sucesión de los temas que acabo de referiros, es la escritura magnética de Luciano G. Egido, es la belleza de su prosa, es la claridad, la nitidez y la riqueza de su vocabulario, es la amplitud y la profundidad de sus conocimientos, la sinceridad de sus recuerdos, es la magia del mundo que evoca. Cualidades todas que se pueden apreciar en el magnífico texto con el que me despido por hoy y que tiene por centro a nuestra Plaza Mayor, la noria de amor, tal y como la denomina su autor.
Una propuesta musical inusual, teniendo en cuenta los territorios sonoros en los que habitualmente nos desenvolvemos, cierra hoy nuestra sección: Rafael Farina y su muy oportuno pasodoble Mi Salamanca. Hasta la semana próxima.
La Plaza Mayor, la Plaza de las plazas, o la Plaza de Oro, como la llamé en una ocasión, forma parte de mi biografía personal, de mi biografía sentimental, de mi biografía social y de mi biografía profesional, además, por supuesto, de mi biografía erótica, como a la de muchos salmantinos de mi tiempo. Me la encontré ya hecha y no tuve más que entrar en ella, supongo que por el arco de la calle del Concejo, viniendo como probablemente vine la primera vez, desde la calle Zamora. Mis padres, con toda seguridad, me llevarían alguna vez de niño, porque ir a la Plaza era una costumbre institucionalizada para los habitantes de la ciudad, sobre todo para los que habían nacido en ella, como mi padre, que se podría calificar de salmantino lígrimo, una palabra del casticismo regional, de una solidez a prueba de diccionarios, como todas las palabras esdrújulas.
Quiero decir que, desde muy temprano, entré en la Plaza, que sería ya para siempre un paisaje habitual. Llegaría a ser como el cuarto de estar de mi casa, que a fuerza de verlo no lo veo. Con el paso del tiempo, las lecturas, conversaciones y experiencias fui sabiendo que era una obra de arte, una lección de historia, lugar de citas y cambalaches, geometría monumental, estación de paso de nubes volanderas, piedras civilizadas, ruedo taurino con cornadas reales y metafóricas, cenicero celestial y abrevadero de ángeles gozosos, cedazo de rumores y escupidera urbana, celemín sagrado, víctima del turismo, holocausto feliz de las tres de la tarde en el verano y plenitud otoñal en el crepúsculo, alivio de caminantes, luz para los ciegos, refugio de desdichados, ¿quién dijo que era un silogismo en piedra? Pero, sobre todo, noria de amor, moridero de amor y exaltación erótica, ámbito de abrazos y de miradas, pronombres dando vueltas hasta encontrarse, adjetivos en busca y en espera de reconocimiento, intimidad de palabras enamoradas en el aire, infinitos círculos dantescos de paraísos en la tierra.
miércoles, 3 de abril de 2013
JOHN WILLIAMS. STONER
Hola, buenos días. Aquí estamos, una semana más, en Todos los libros un libro, que como cada miércoles os trae una recomendación de lectura en la confianza de que pueda interesaros. Aunque en el caso del libro de hoy, hablar, para referirse al impacto que su lectura puede provocar, en términos de “interés” es de un reduccionismo paupérrimo, porque Stoner, ése es el escueto título del libro del que a continuación os daré cuenta, es una obra maestra que, al margen de sus calidades literarias -que son muchas-, toca nuestra sensibilidad, conmueve, emociona, apasiona, entusiasma, seduce, nos hace sentir intensamente. Hace pocas horas que acabo de finalizar su lectura e inicio estos comentarios bajo el influjo, aún, de mi sentimentalidad desatada, del torrente de sensaciones avivadas por tan prodigiosa -y el adjetivo no es exagerado- experiencia. Y es tal el impacto que el libro ha provocado en mí, tanta su penetración en mi alma, y tanta -no se puede descartar que ello influya en el fervor de estas palabras- la cercanía de su lectura, que me muevo entre dos fuerzas contrapuestas, ahora, en el momento de encarar esta reseña. Escribir estas breves notas exige siempre un esfuerzo de racionalidad, obliga a sistematizar, a encontrar pautas dominantes entre el maremágnum de estímulos que el libro leído te provoca, a privilegiar unas ideas frente a otras, a jerarquizar puntos de vista, a filtrar -y elegir- líneas de interpretación, temas dominantes, motivos recurrentes, enfoques, caracteres. Pero mi mente -mi espíritu- es ahora un revoltijo de impresiones, no hay la limpia claridad de un cerebro “quirúrgico”, que disecciona y separa, que escudriña y analiza, no, hay un estómago, un corazón, un hígado -qué sé yo cuál es la metáfora adecuada: algo visceral en cualquier caso-, revueltos, impresionados, alterados, convulsos. No sé, pues, qué decir, qué escribir, cómo trasladaros -si no es dejando aquí retazos de mi alma “herida” por la gozosa lectura del libro- la belleza, la inconmensurable belleza de Stoner, la maravilla escrita por el norteamericano John Williams en 1970 y que presenta en España la canaria editorial Bailes del Sol en una primera edición de 2010, aunque ya se han editado varias reimpresiones.
El libro me había pasado desapercibido -o no, o sólo lo fue en un nivel consciente- cuando vio la luz por primera vez y suscitó entonces las apasionadas reseñas de Rodrigo Fresán, la primera, en abril de 2011, Luis Antonio de Villena, pocos días después, y Enrique Vila-Matas, en octubre de ese mismo año. Probablemente sí leí las entusiastas palabras de estos escritores, publicadas en periódicos que sigo habitualmente. Pero cuando compré el libro las había olvidado -insisto, al menos de manera consciente- y me lo llevé a casa por un pálpito, uno de esos fogonazos que nos asaltan en nuestra vida cotidiana y que, en mi caso, ocurren con frecuencia frente a los anaqueles de las librerías: una suerte de “llamada”, una voz interior que te sugiere, que te exige -perdonadme los excesos esotéricos-: ¡¡¡llévatelo!!!, ¡¡¡debes comprarlo!!!, ¡¡¡no dejes de leerlo!!!
Y así lo hice, afortunadamente; seguí mi intuición, lo he leí, lo he devoré, y estoy satisfechísimo de mi hallazgo. Aunque debo decir -en contra de Enrique Vila-Matas, que en su artículo habla de la “excelente traducción de Antonio Díez Fernández”- que los muchos disfrutes que el libro procura se ven parcial aunque no decisivamente mermados, a mi juicio, por una muy defectuosa traducción (o al menos, si no queremos culpar al traductor, por una muy deficiente corrección de errores por parte de la editorial). El texto está trufado de innumerables (he podido contabilizar más de veinte) errores, entre fallos tipográficos (unas comillas iniciales que se resuelven en guión final: Era “Stoner se dio cuenta después- inevitable que los alumnos…), concordancias desajustadas (La única persona de la universidad aparentemente ajeno; las limitaciones que su cuerpo contrahecho le imponían; encontró alguna sillas desvencijadas), faltas de ortografía (el término aparte reiteradamente transcrito como a parte; la frase se escuchaba a sí mismo hablando, con el inequívoco posesivo desaparecido de un modo disparatado en se escuchaba así mismo hablando; la observación que conlleva el verbo espiar convertida en la purificación que supone el expiar: Stoner la expió durante unos instantes), tildes incorrectas (los cuáles se preguntaban; qué pasaría sí; un le sonrío aparentemente presente cuando en el contexto es pretérito), expresiones no demasiado afortunadas (¿puede decirse el leve frescor de últimos de otoño o quizá de finales de otoño sería más adecuado?), o simplemente inexistentes en castellano (al hablar de un colorido veranillo indio parece que nos hallamos ante la traducción literal de indian summer, que en español es, sin duda, veranillo de San Miguel, de San Martín o de San Juan, que cualquiera de las tres opciones reconoce la Academia, mientras que los veranillos indios, sean del far west o del gigante asiático, brillan por su ausencia en nuestra lengua). En fin, lamentables obstáculos (de haber sido uno, dos, algunos, resultaría disculpable; tal profusión de ellos es simplemente intolerable) que entorpecen aunque no impiden, sin embargo, el placer de la lectura.
William Stoner es un joven rural, nacido en 1891, que no ha salido de su pueblo en una comarca perdida de Missouri hasta el momento de incorporarse, en 1910, a la Universidad de su estado. Su objetivo inicial, propiciado por la voluntad de su padre, es estudiar Agricultura, con el fin de poder aplicar las enseñanzas recibidas en sus estudios a la mejora de la humilde granja familiar. El contacto con un singular profesor universitario, Archer Sloane, cambia su propósito inicial y lo encamina hacia las enseñanzas de literatura inglesa. Terminada la carrera universitaria, Stoner se convierte en profesor, se casa con una mujer con la que no llega a congeniar, tiene una hija de la que se irá distanciando, se hace mayor poco a poco, se ve envuelto a su pesar en algunas mediocres rivalidades profesionales con compañeros mezquinos, envejece, tiene una amante, Katherine, a la que quiere con pasión y que la vida le acabará arrebatando, sigue envejeciendo, declina, muere...
Nada, como podéis apreciar, especialmente llamativo, nada, al menos desde una visión externa o superficial, demasiado singular, nada excepcional; una vida como la de tantos otros millones de seres que pasan por la existencia sin dejar una huella especialmente recordada. Un hombre cabal, sencillo, honesto, un alma sensible, una buena persona que, en cierto modo, fracasa en todos sus modestos proyectos vitales.
Pero lo esencial no es lo común, los acontecimientos nada especiales y hasta anodinos que nos deja el paso por el mundo del pobre Stoner, sino los recodos más íntimos de su corazón, y, sobre todo, la forma en que John Williams da cuenta de ellos, la precisión con la que se recoge el modo de sentir del personaje, la profundidad con la que se indaga en su personalidad, el magnífico retrato del alma del protagonista, en una aproximación algo impresionista, con pinceladas muy tenues, minúsculas casi, prácticamente inapreciables pero de una eficacia y una intensidad poderosísimas, de manera que con algunos trazos leves se nos describe un carácter, una emoción, un sentimiento, aunque también, con idéntica agudeza y penetración, con idéntica sensibilidad, se muestra el impacto que suscita en las gentes un determinado acontecimiento histórico o, se dibuja con maestría el perfil entero, incluso, de una época.
No me resisto a transcribir algunos ejemplos magníficos de esta sobresaliente virtud literaria de John Williams, de su genial escritura. Así, estos pasajes en los que, más allá del hecho narrado, podemos ver con nitidez las claves últimas de la relación del protagonista con Edith, su mujer, como cuando tras la petición de mano, vueltos ya a sus hogares los padres de ambos, se queda con ella a solas: Edith no le habló. Pero cuando regresó para desearle buenas noches William observó unas lágrimas flotando sobre sus ojos. Se inclinó a besarla y sintió la fragilidad de sus débiles dedos sobre sus brazos. O también en este otro momento en el que, tras la desastrosa fiesta de inauguración de la casa, despedidos los invitados, vuelve a encontrarse cara a cara con Edith: Una vez que Gordon y Caroline se fueron, después de que volviese a escucharse en la noche el rugido y el petardeo del nuevo automóvil gris. William Stoner se quedó plantado en medio del salón escuchando el llanto seco y acompasado de Edith. Era un sonido extrañamente átono y sin emoción, y parecía que no iba a terminar nunca. Quería consolarla, quería calmarla, pero no sabía qué decir. Así que se quedó escuchando y después de un rato se dio cuenta de que nunca había oído llorar a Edith. O años después, su matrimonio ya un fracaso irremediable: La ropa de Edith estaba desperdigada por el suelo al lado de la cama, cuyas sábanas habían sido retiradas con descuido; ella yacía desnuda y brillaba bajo la luz sobre la sábana blanca sin arrugar. Su cuerpo parecía relajado y lascivo en su despreocupada desnudez y relucía como oro blanco. William se acercó a la cama. Ella estaba casi dormida, pero mediante un efecto óptico su boca entreabierta parecía entonar las palabras mudas de la pasión y el amor. Se quedó mirándola durante largo rato. Sentía piedad distante, amistad desganada y respeto familiar, y sentía también una pena cansada, porque sabía que ya nunca más el verla le traería la agonía del deseo que una vez había conocido y sabía que nunca se emocionaría por tenerla cerca como antes le había sucedido. La tristeza disminuyó y la arropó con gentileza, apagó la luz y se metió en la cama junto a ella.
O las distintas e inolvidables descripciones de algunos momentos hondamente emotivos de su vida, su -al igual que todas, a la postre- pobre y triste vida, como cuando comunica a sus padres que abandona el proyecto inicial de estudiar Agricultura y cambia sus estudios por los de Literatura y el impacto de esta decisión sobre ellos: Su madre estaba frente a él, pero no le veía. Sus ojos estaban cerrados, comprimidos. Respiraba afanosamente, con la cara vuelta, como dolida, y apretaba los puños cerrados contra sus mejillas. Stoner se percató con asombro de que estaba sollozando, profundamente y en silencio, con la pena y la extrañeza de quien rara vez llora. La observó unos instantes más. A continuación se pudo pesadamente en pie y salió de la habitación. Siguió el camino por las estrechas escaleras que conducían a su ático, permaneció tumbado durante largo tiempo, observando con los ojos abiertos la oscuridad sobre él. O tras la muerte de Sloane, su mentor, el “descubridor” de su vocación docente: Sloane no tenía familia; sólo sus colegas y unas pocas personas de la ciudad se congregaron alrededor del angosto hoyo y escucharon con admiración, congoja y respeto lo que iba diciendo el cura. Y porque no tenía familia ni seres queridos para llorar su muerte, fue Stoner quien lloró cuando bajaban el ataúd, como si el llanto atenuara la soledad de aquel último descenso. No sabía si lloraba por él, por la parte de su historia y juventud que se sepultaba en la tierra, o si lo hacía por la pobre figura delgada que una vez contuvo el hombre al que había querido.
Y con hondura similar se nos muestra el paso del tiempo a partir de ciertos hitos históricos, como la firma el armisticio tras la primera guerra mundial: Empujado por pequeños grupos de alumnos y profesores, pasó por la puerta abierta del despacho de Archer Sloane, y lo vislumbró sentado en la silla de su escritorio, con la cara descubierta y crispada, sollozando amargamente, con las lágrimas cayéndoles por sus profundos surcos carnosos.
Durante un conmocionado instante, Stoner se dejó arrastrar por la masa. Luego escapó y fue a su habitación cerca del campus. Sentado en la oscuridad de su cuarto escuchó fuero los gritosde alegría y júbilo y pensó en Archer Sloane, que lloraba por la derrota que sólo él veía y supo que Sloane era un hombre deshecho que nunca volvería a ser el que había sido. O la brillante y sucinta descripción de los efectos de la gran depresión, tan tristemente actuales en nuestros días: Durante aquella década, cuando los rostros de muchos hombres se tornaron permanentemente duros y fríos, como si miraran hacia un abismo, William Stoner, para quien esa expresión le era tan familiar como el aire que respiraba, advirtió los signos de desesperanza generalizada que conocía desde niño. Vio hombres buenos caer en una lenta decadencia de desesperanza, destruidos al ver destruido su concepto de una vida decente, les veía caminar desanimados por las calles, con la mirada vacía como añicos de cristal roto; les veía encaminarse hacia las puertas de atrás, con el amargo orgullo de los hombres que avanzan hacia su propia ejecución, a mendigar el pan que les permitiera volver a mendigar, y vio hombres que una vez caminaron erguidos por efecto de su propia identidad mirarle con envidia y odio por la débil seguridad que él disfrutaba como empleado de una institución que, no se sabe por qué, no podía caer. No expresó esta consciencia pero conocer la miseria común le afectó y le cambió profundamente y sin que nadie lo apreciara. La tristeza por los apuros ajenos le acompañó en todos los momentos de su vida. O el desarrollo de la segunda gran contienda bélica mundial: Los efectos de la guerra se sucedieron confusos y Stoner pasó por ellos como lo hubiese hecho conduciendo a través de una tormenta casi insoportable, con la cabeza gacha, la mandíbula encajada y la mente fija en el siguiente paso y en el siguiente y en el siguiente. Pero, pese a su resistencia estoica y a su devenir estólido por días y semanas, era un hombre fuertemente dividido. Una parte de él se espantaba a causa de un miedo instintivo a la desolación diaria, al desbordamiento de destrucción y muerte que inexorablemente asaltaba mente y corazón. De nuevo volvió a ver la universidad diezmada y las clases vacías de jóvenes; vio las miradas perturbadoras en aquellos que se habían quedado y vio en esas miradas la muerte lenta del corazón, el amargo desgaste del sentimiento y el cariño.
Pero otra parte de él le sumía intensamente en aquel mismo holocausto del que se espantaba. Halló dentro de sí una capacidad para la violencia que no sabía que tuviera, anhelaba involucrarse, deseaba probar el sabor de la muerte, el amargo placer de la destrucción, notar la sangre. Sentía tanto vergüenza como orgullo y, por encima de todo, una decepción amarga, por él y por la época y circunstancias que la hicieron posible.
Semana tras semana, mes tras mes, los nombres de los muertos desfilaban ante él. A veces eran sólo nombres que recordaba como si pertenecieran a un pasado distante; otras veces podía evocar un rostro que relacionar con el nombre; otras, podía recordar una voz, un habla.
A pesar de todo continuó enseñando y estudiando, pese a que a veces sentía que encorvaba la espalada inútilmente frente a la impetuosa tormenta y que ahuecaba las manos en vano alrededor de la llama mortecina de su lastimosa última cerilla.
Magistral, igualmente, la recapitulación final, el desesperanzado balance de su propia vida al que se enfrenta Stoner en sus últimos días: Desapasionada y objetivamente, examinó el fracaso que, aparentemente, había sido su vida. Había buscado amistad, la amistad más cercana que pudiera acercarle a la raza humana. Había tenido dos amigos, uno de los cuales había muerto sin sentido antes conocerle; el otro se había alejado ahora tanto por avatares de la vida que… Había buscado la singularidad y la tranquila pasión conjunta del matrimonio. Había tenido eso también, no supo qué hacer con ello y murió. Había buscado amor y había tenido amor, y había renunciado a él, lo había dejado marchar en el caos de la potencialidad. Katherine, pensó. Katherine.
Y había querido ser profesor, y lo fue, aunque siempre sabía, siempre lo supo, que durante la mayor parte de su vida había sido uno cualquiera. Había soñado con un tipo de integridad, un tipo de pureza cabal, había hallado compromiso y la desviación violenta de la trivialidad. Se le había concedido la sabiduría y al cabo de largos años había encontrado ignorancia. ¿Y qué más?, pensó. ¿Qué más?
¿Qué esperabas?
No deberíais perderos este excepcional libro: Stoner, de John Williams, publicado por Ediciones Baile del Sol, es una obra maestra indiscutible que perdurará en vuestra memoria mucho tiempo después de su lectura. (Publico esta reseña casi dos años después de escribirla: me sigue emocionando el recuerdo del libro).
He querido buscar, en el apartado musical de nuestro espacio, una canción que hable también de hombres corrientes y del balance de una vida y que sea triste y que diga la verdad: Old man, de Neil Young.
Hizo los preparativos que habían de hacerse pare el funeral y firmó los papeles que necesitaban ser firmados. Como toda la gente del campo sus padres tenían pólizas de entierro para las cuales durante la mayor parte de sus vidas asignaban unos peniques semanales, incluso en épocas de necesidad más acuciante. Había algo penoso en las pólizas que su madre sacó de un viejo baúl de su dormitorio. El lustre de la elaborada letra impresa había empezado a desvanecerse y el papel barato se había vuelto quebradizo con el paso del tiempo. Habló con su madre del futuro, quería que regresara con él a Columbia. Había sitio de sobra, dijo, y -la mentira le punzó- Edith estaría encantada de tener su compañía.
Pero su madre no regresó con él. “No me sentiría cómoda”, dijo. “Tu padre y yo… yo he vivido aquí casi toda mi vida. Simplemente no creo que pudiera establecerme en otro sitio y sentirme cómoda con ello. Y aparte, Tobe…”, Stoner recordó que Tobe era el ayudante negro que si padre había contratado hacía muchos años, “Tobe ha dicho que él se quedará aquí tanto tiempo como lo necesite. Tiene un buen cuarto preparado en el ático. Estaremos bien”.
Stoner discutió con ella, pero ella no cedió. Al final se dio cuenta de que sólo deseaba morir, y deseaba hacerlo en el lugar en el que había vivido, y él sabía que ella merecía esa pequeña dignidad que hallaba en hacerlo como quería.
Enterraron a su padre en un pequeño lugar a las afueras de Booneville y William regresó a la granja con su madre. Aquella noche no pudo dormir. Se vistió y caminó por el campo en el que su padre había trabajado año tras año, hasta el final que ahora había encontrado. Intentó recordar a su padre, pero el rostro que había conocido en su juventud no le venía. Se arrodilló en el campo y tomó un terrón seco de tierra con la mano. Lo rompió y observó los fragmentos, oscuros a la luz de la Luna, deshaciéndose y escurriéndose entre sus dedos. Se sacudió la mano en la pernera del pantalón. Se levantó y se fue a casa. No durmió, se tumbó en la cama y se puso a mirar por la única ventana hasta que llegó el amanecer, hasta que no hubo más sombras sobre la tierra, hasta que el infinito se extendió ante él, gris y desierto.
Tras la muerte de su padre Stoner viajaba los fines de semana a la granja, tan a menudo como podía y, cada vez que veía a su madre, la veía más delgada, más pálida y más silenciosa, hasta que al final parecía que sólo sus ojos hundidos y brillantes tenían vida. Durante sus últimos días no le hablaba nada, sus ojos parpadeaban tenuemente como si mirasen desde la cama y, ocasionalmente, un pequeño suspiro escapaba de sus labios.
La enterró junto a su marido. Al concluir el funeral, se quedo solo en el frío viento de noviembre y miró las dos tumbas, una abierta a sus pies y la otra cubierta y poblada por una fina capa de hierba. Se giró hacia el pequeño lugar yermo y sin árboles que acogía a otros como sus padres y miró a través de la tierra plana en dirección a la granja en la que había nacido, en la que sus padres habían pasado los años. Pensó en los costes que precisaba, año tras año, el suelo, que seguía siendo el de siempre, un poco más yermo, tal vez, algo mejorado. Nada había cambiado. Sus vidas se habían consumido en un trabajo triste, rotas sus voluntades, sus inteligencias embotadas. Ahora yacían en la tierra a la que habían entregado sus vidas y, paulatinamente, años tras años, la tierra les acogería. Lentamente la humedad y la descomposición infestarían las cajas de pino que contenían sus cuerpos y, gradualmente, tocaría sus carnes hasta acabar consumiendo los últimos vestigios de sus sustancias. Y se convertirían en parte irrelevante de aquella obcecada tierra a la que en el pasado entregaron sus vidas.
miércoles, 27 de marzo de 2013
CLAUDI ALSINA. GEOMETRÍA PARA TURISTAS
Hola, buenos días. Bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro. Hoy quiero hablaros de un libro muy curioso y divertido aunque con enjundia y profundidad, serio e interesante pero a la vez ligero y ameno. Se trata de Geometría para turistas, su autor es Claudi Alsina y lo publicó, hace ya tres años, la catalana editorial Ariel. La mención al turismo del titulo me hace proponeros su lectura en estos días previos a las vacaciones de Semana Santa, siempre tan propicios para el viaje.
Claudi Alsina es Catedrático de Matemáticas de la Escuela superior de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Barcelona. Aparte de su labor docente, es un conocido y entusiasta divulgador de las matemáticas, tarea que lleva a cabo con un extraordinario sentido del humor en ámbitos diversos, entre ellos el de los libros, con varios publicados sobre la materia, incluido el que hoy quiero presentaros. Os recomiendo también Vitaminas matemáticas y el hilarante Asesinatos matemáticos, una colección de errores matemáticos cometidos por políticos, periodistas, famosos varios e incluso científicos, que si no fueran tan frecuentes serían divertidos, tal y como señala su autor. Ambos están editados también en Ariel.
Geometría para turistas es, inicialmente, como su título parece apuntar, una guía de viajes, aunque podemos decir que se trata sin duda, dentro de su género, de una muestra ciertamente singular. En el libro, el autor visita -visita incluso literalmente, pues afirma haberlo hecho en persona en el noventa y cinco por ciento de los casos que menciona en el texto- ciento veinticinco ciudades, monumentos, obras y diseños emblemáticos, conocidos o significativos en el mundo entero. Pero esta visita está marcada por la dedicación profesional del viajero, pues el enfoque elegido le lleva a rastrear en esos espacios y edificios la presencia de la geometría, de las matemáticas. Se trata, pues, más que de una guía al uso, de un recorrido por las claves matemáticas, por los infinitos detalles geométricos escondidos en los edificios más importantes del mundo. No obstante, debo aclarar que, aunque no sea el propósito principal del autor, hay en el libro numerosas informaciones equivalentes a las que contiene una guía más convencional, señalando monumentos y paisajes, atracciones turísticas y museos, con sus correspondientes direcciones y referencias bibliográficas y de internet que permiten profundizar en los datos aportados en la obra e incluso completar con una visita virtual el conocimiento de los espacios descritos en el libro.
Este se abre con unos consejos matemáticos básicos para el viaje. Este capítulo preliminar está encabezado por un sencillo test que permitirá calibrar nuestra destreza numérica y saber así si estamos en condiciones de encarar el libro -y las peripecias turísticas- con un mínimo de garantías. Resuelto el cuestionario, nos esperan algunas recomendaciones elementales relativas a aspectos de la experiencia viajera en los que las matemáticas tienen una importancia simple y obvia pero destacada. Por ejemplo, las fechas de las festividades acomodadas a los distintos calendarios que coexisten en el mundo, las husos horarios y las horas oficiales, los desplazamientos, enlaces y precios, el volumen ideal de la maleta perfecta, la temperatura con sus diferentes escalas, el dinero y las divisas. También se presenta el kit matemático del turista, con alusiones a mapas, guías, escalas, sistemas locales de medidas con sus equivalencias, regateos y propinas, y los cambios -de unos países a otros- en la electricidad y los enchufes o en el tráfico y los códigos de la circulación.
La guía en sí recorre el mundo a partir de una sección inicial centrada en España, con especial detenimiento en Barcelona, patria chica del autor. A continuación, Europa (con paradas especiales y muy justificadas en Italia), América del norte, América central y del sur, Oriente Medio y África, y el Lejano Oriente, la India y Oceanía. En todas ellas encontramos el análisis minucioso, muy preciso, muy accesible incluso a profanos, en numerosas ocasiones con gráficos y diagramas aclaratorios, de las más destacadas muestras de la arquitectura y el urbanismo, la ingeniería y el arte, el patrimonio cultural civil y religioso, de todas esas partes del mundo. De modo que decidís iros de viaje, por ejemplo, a Pisa y podéis leer en la guía todas las curiosidades aritméticas y las particularidades geométricas que encierra su famosa torre, las implicaciones matemáticas de su construcción, las ocultas reglas numéricas de su inclinación o la escondida presencia de las figuras cíclicas o diedrales, los llamados grupos de Leonardo, una curiosidad geométrica sobre la que el autor nos ilustra. Sin duda, la visita posterior se habrá visto enriquecida por la consulta de la guía y, estoy seguro, disfrutaréis de vuestra peripecia viajera por partida doble. Doble o triple, pues además del viaje en sí y de la nunca sobrante erudición matemática, el humor socarrón y la amable simpatía que rezuma la escritura de Claudi Alsina os habrán hecho pasar unas horas de lectura muy agradables.
Dejadme que os dé cuenta de un modo breve de algunas de las visitas que el autor lleva a cabo en el libro y de las curiosidades y los enigmas matemáticos que en ellas nos plantea.
Por ejemplo, ¿hacia dónde señala en realidad el dedo de Colón en Barcelona? Tras leer la guía sabemos que en dirección contraria, es decir, a Génova y no a América. ¿Cuál es el número secreto de la Sagrada Familia? El doce, como los campanarios, los poliedros de los pináculos, las puntas de la estrella del cimborio de la Virgen, y tantos otros. ¿Puede una torre de telecomunicación ser un reloj de sol? Lo es la torre olímpica de Santiago Calatrava. ¿Qué enigmáticas funciones debía cumplir el Escorial? El autor nos informa de que el monumental edificio fue concebido para ser, a la vez, jardín, palacio, biblioteca, convento, colegio, basílica y panteón real. ¿Qué misterios envuelven las Meninas del Prado? Hasta ocho describe, sin resolver, obviamente, nuestra sorprendente guía. ¿Cuál es el secreto de las decoraciones de la Alhambra? Entre otros, que contiene las diecisiete formas periódicas posibles de decoración de un plano. ¿Cómo se calculó la fachada del Guggenheim de Bilbao? Mediante el programa Catia de IBM, usado hasta entonces tan sólo para operaciones de supercomputación y el diseño aeronáutico.
Y debo pararme, pues no es posible dar cuenta de tantas interesantes cuestiones como se abordan en este sugestivo libro. ¿Es Finisterre el fin del mundo? ¿Por qué los mapas de metro se parecen todos al de Londres? ¿Cómo logran en Dubai que la primera línea de mar crezca cada año? ¿Por qué Brunelleschi hizo una cúpula dentro de otra en Florencia? ¿Qué motivó que se empezasen a construir ciudades con formas de polígonos? ¿Se vive bien dentro de un cubo inclinado? ¿Qué secretos esconde Hagia Sohpia en Estambul? ¿Por qué las grandes cúpulas americanas las hizo el valenciano Guastavino? ¿Cómo son los grandes rascacielos? ¿Cómo lograr un auditorio en el que el sonido sea perfecto? ¿Cómo se aseguraron en los parques Disney de que siempre haya colas de espera? ¿Cómo se numeran las calles en Buenos Aires? ¿Qué nos esconde la Gran Pirámide? ¿Puede un extranjero ir en el metro de Tokio sin perderse? En fin... como veis, muy enjundiosas preguntas y, creedme, mucho más estimulantes respuestas.
Leed este Geometría para turistas de Claudi Alsina que publica Ariel y disfrutaréis de unas horas muy agradables de lectura, estudio, esparcimiento y diversión. Además, a partir de su consulta encararéis vuestros viajes, como digo, con otra perspectiva.
Interesantes combinaciones matemáticas hay también en el vídeo, un clásico de hace unos años, de una canción muy viajera -Around the world- del grupo francés Daft Punk.
Misterios del Park Güell
La familia Güell tuvo la visionaria idea de crear una urbanización (¡no de casas adosadas!) donde las diferentes casas a construir estarían integradas en medio de un parque natural, disponiendo de espacios para pasear, jugar, acoger un mercado, etcétera. Y confiaron al genial Antoni Gaudí el diseño de este proyecto. Había nacido el Park Güell, que como urbanización fue un fracaso, pero como legado nos dejó uno de los parques públicos más originales del mundo. En uno de los pocos edificios construidos en el interior del parque vivió el propio Gaudí durante muchos años.
Gaudí potencia la naturaleza del lugar y el disfrute de la misma optando por crear sólo dos núcleos espectaculares como son la entrada de la calle Olot y la plaza elevada central. En el resto del proyecto se limita a ordenar bien los caminos o crear algunos nuevos usando los propios materiales del lugar (piedras). La genialidad es que Gaudí con piedras y cemento crea columnas inclinadas que crean pórticos y sostienen sus nuevos caminos elevados.
Para sostener la plaza central Gaudí diseña 86 grandes columnas, algunas inclinadas, todas evocando el estilo griego para complacer al conde Güell. Las columnas determinan una cuadrícula, en la que la raíz cuadrada de dos es omnipresente, y con elementos prefabricados forma cuadrados sobre los que sitúa casquetes esféricos invertidos. Luego, la arena compacta lo cubre todo y nace la plaza. ¿Cómo desaguar la lluvia que caiga sobre la arena de la plaza? Aquí el ingenio es preciso: algunas columnas tienen en su centro tuberías que transportan la lluvia filtrada al espacio inferior del columnario donde hay escondida una gran piscina. El agua se puede aprovechar para regar los jardínes adyacentes y una parte circula hacia abajo por el eje central de la escalinata a través de diversos elementos. Y aquí el maravilloso dragón gigante formado de trocitos de cerámica de colores, una salamandra del parque hecha a escala gigante, pasa a ser una gárgola de agua al salir por su boca uno de los tubos que la recibe de la reserva.
miércoles, 20 de marzo de 2013
INMA MONSÓ. UN HOMBRE DE PALABRA
Hola, buenos días. Bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro. Como cada semana, aquí estamos en Radio Universidad de Salamanca, para ofreceros nuestra particular sugerencia de lectura, lo que hacemos mediante la recomendación de un libro que escojo siempre con la pretensión de que pueda entreteneros, de que pueda interesaros, de que pueda, por qué no, conmoveros, apasionaros, entusiasmaros, incluso emocionaros. Y hablar de emociones es hoy especialmente adecuado dada la propuesta que traigo para vosotros esta mañana, un libro que respira sentimiento y ternura, tristeza y dolor, añoranza y amor. Se trata de Un hombre de palabra, su autora es Imma Monsó, y fue publicado por la Editorial Alfaguara en los últimos meses de 2006.
Un hombre de palabra es una novela, es por lo tanto ficción, pero con una muy fuerte base real hasta el punto de que podemos hablar sin exageración de novela autobiográfica. Es cierto que, como decía Borges, todo lo que uno escribe resulta, a la postre, autobiográfico, tanto si abiertamente afirmamos ‘yo nací en tal sitio en tal fecha’ como si de un modo aparentemente inventado contamos que ‘un rey tenía tres hijas’. Detrás de nuestras frases está, explícita o velada, nuestra vida. Pero en el caso de Un hombre de palabra los puntos de confluencia de la novela con la realidad ‘real’, digámoslo así, son muchísimos, son, de hecho, todos, y constituyen por ello el cuerpo central de la narración. Cuando Imma Monsó contaba cuarenta y tres años, hace ahora algo más de diez, su pareja durante los últimos dieciséis, el hombre con el que vivía, el hombre de su vida, murió repentinamente dejando truncada así no sólo su propia existencia, prematuramente interrumpida, sino también una fecunda relación personal y una extraordinaria historia de amor, hecha de camaradería y pasión, de complicidad y compromiso, de encantamiento, comprensión y cariño. En la novela, Imma Monsó, tomando con eje ordenador el momento, terrible y decisivo, de la muerte de su pareja, nos cuenta su vida con él, sus recuerdos, sus proyectos, las anécdotas de su vida en común, y reconstruye, con una intención en cierta medida también liberadora, catártica para ella, la presencia, esencial en su vida, de este hombre que representó el amor feliz, el amor logrado.
El libro está organizado en dos series alternas de capítulos, los capítulos A y los B, que pueden ser leídos de modo autónomo, como sugiere en la introducción la propia autora. En los capítulos A, A de amante, de afecto, de acurrucarse, la protagonista, que se hace llamar Lot no tanto para encubrir la realidad sino -a mi juicio- para conseguir un distanciamiento literario, habla del pasado, de cómo conoció al que sería su marido, al Cometa, como lo designa en la novela, de cómo fue su vida con él, de los recuerdos, de la añoranza, de los viajes, de la aventura intelectual y existencial vivida a dos. En los capítulos B, Lot nos cuenta el futuro, tras la desaparición del Cometa, el dolor, el recuerdo, la tristeza, los intentos de salir adelante, la nueva vida, a solas con su pequeña hija. Es una B, dice la autora, de bárbaro, de brutal, de broma pesada, de brotar de nuevo.
El resultado de esta conjunción de dos grandes líneas de fuerza es una obra magnífica, intensa, conmovedora, que nos sobrecoge por su cercanía y su sinceridad. Confío en que os decidáis a leerla y que, entonces, pueda emocionaros.
Voy a dejaros -hoy mi comentario es especialmente breve, mis ocupaciones laborales me impiden un mayor detenimiento en el análisis- con un texto extraído de la novela, que refleja algunas de las líneas maestras por las que el libro se desenvuelve. Como cierre musical a mi reseña de hoy, una canción, Sand and water, en la que su autora, Beth Nielsen Chapman, habla de la muerte de su marido.
Desde que le conociste, lo has pensado. Desde que te fundiste con él, has pensado: ‘Si él no está, yo tampoco quiero estar’.
¿Y entonces? ¿A qué esperas? Durante años habéis hablado de ello: hasta que llegó vuestra hija, porque cuando se tienen hijos, uno no puede decir ‘sin ti no quiero vivir’ sin amedrentar al otro de mala manera. En cierto modo, se puede decir que durante años os lo habéis prometido. Pues si no, ¿qué significa ‘no puedo vivir sin ti’? ¿Es una mentira? ¿Es una metáfora? ¿Qué es, exactamente? Quizá es que todo te lo tomas al pie de la letra, es un defecto que siempre has tenido.
Pero ahora es el momento de pensar en ello: ¿cuál es el sentido literal de una frase como ésta? No es una frase rara. Las parejas, cuando llevan un tiempo unidas, acostumbran a pronunciarla como prueba de su entrega mutua: ‘Ya no puedo concebir la vida sin ti’. Anoche, sin ir más lejos, abrí un libro de Saul Bellow y encontré una dedicatoria a su mujer. ‘A Janis, la estrella sin la cual no podría navegar’. Pensé: ¿No? Pensé: Habría que verlo. Si Janis desaparece, ¿seguirá navegando? ¿Qué expresamos cuando decimos esto? ¿La intensidad que de ningún otro modo podríamos expresar? ¿Y hasta que punto se trata solamente de un modo de hablar?
miércoles, 13 de marzo de 2013
JORGE IBARGÜENGOITIA. LAS MUERTAS
Hola, buenos días, sed bienvenidos un miércoles más a vuestra cita semanal con la literatura en Todos los libros un libro, el microespacio de Radio Universidad de Salamanca desde el que os proponemos una sugerencia de lectura con la esperanza de acertar, es decir, de descubriros algún libro que pueda llegar a interesaros.
Hoy quiero hablaros de una novela magnífica de un autor no demasiado conocido, pese a que publicó en vida numerosos libros y obtuvo por algunos de ellos reconocimiento y premios y extraordinarias críticas, sobre todo en su país, México, pero también entre nosotros. Se trata de Jorge Ibargüengoitia, un escritor mexicano, como os digo, que alguno de vosotros, además, puede recordar, al margen de las consideraciones literarias, por su trágica muerte, ocurrida en Madrid, en aquel horrible accidente aéreo del Boeing 147 de Avianca en Mejorada del Campo, que en noviembre de 1983 abrió todos los telediarios y llenó las portadas de periódicos. Este año se cumplen, pues, los treinta de su muerte, y hace unas semanas, el 22 de enero pasado exactamente, el escritor hubiera cumplido 85 años, razones todas por las que mi recomendación resulta especialmente oportuna. El libro que quiero presentaros se titula Las muertas, pasa por ser la obra maestra de su autor y una de las mejores novelas de la literatura mexicana en general, y ha sido publicado en 2009 por la editorial RBA, siendo la edición original mexicana de 1977.
Las muertas parte de un hecho real, desgraciadamente no demasiado inusual en el siempre convulso México contemporáneo, en el cual la violencia constituye uno de los rasgos definitorios de la singular identidad de un país por otro lado hermosísimo y muy interesante, atractivo y acogedor. Un país muy bien descrito en otro libro excelente, del que quizá podamos hablar en otra ocasión, el magistral y revelador El laberinto de la soledad de Octavio Paz, que publicado en 1950 describió con hondura, originalidad, precisión y acierto y rigor extremos el carácter mexicano. Pero volvamos a Jorge Ibargüengoitia y a Las muertas. Os decía que el libro tenía su origen en un suceso verdadero, la aparición en los años sesenta del pasado siglo de varios cadáveres de prostitutas, que mostraban signos evidentes de haber sido asesinadas, enterrados en diversas propiedades de dos hermanas que resultaron, a la postre, las dueñas de tres burdeles en distintos pueblos del interior del país.
Sobre estos acontecimientos reales, el escritor mexicano inventa su novela construyendo una decena larga de geniales personajes imaginarios que empezando por las dos hermanas, Serafina y Arcángela y siguiendo por el aprovechado Capitán Bedoya, por el panadero y ex-amante de Serafina, Simón Corona, cuya declaración a la policía constituirá el desencadenante del desvelamiento de la trama, por Tincho, el hombre para todo de las dos mujeres, por la fiel Calavera, al servicio de los burdeles desde su inicio, y acabando en las más episódicas y secundarias apariciones de las prostitutas, los cargos públicos corruptos, los modestos mafiosos locales, los policías e inspectores no menos envilecidos, conforman un mosaico inigualable de la hipocresía, la doble moral, la violencia soterrada, la corrupción generalizada, la ausencia de controles democráticos de la sociedad mexicana en su versión más común y popular. El crimen en una dimensión modesta, a pequeña escala, el crimen cotidiano, desorganizado, espontáneo, artesanal, podríamos decir, para oponerlo a los procesos de delincuencia industrial de las organizaciones “gansteriles" al uso, la Camorra italiana, la Yakuza japonesa o los cárteles del narcotráfico. Dos mujeres normales, sin una especial predisposición al delito, sin una maldad notoria, sin un empecinamiento culpable en las conductas antisociales. Dos mujeres del común que con la mayor naturalidad del mundo, sin conciencia alguna de estar transgrediendo las normas, prueba del grado de embrutecimiento moral de una sociedad, compran, esclavizan y explotan sexualmente a unas pobres chicas que, asumiendo su destino como irremisible -tampoco son demasiado conscientes de la irregularidad de su situación-, compran políticos, sobornan a policías, y con sus ‘mordidas’ consiguen permisos legales, allanan trámites administrativos, facilitan papeleos burocráticos, instan recalificaciones… Y cuando las situaciones se complican y la madeja de los turbios negocios parece enmarañarse, no dudan, con la misma sencillez y ausencia de principios morales, en llegar hasta el asesinato.
Lo mejor de la novela, no obstante, más allá de mostrarnos una fotografía muy ajustada de la sociedad mexicana, lo constituyen su estructura y su lenguaje. La estructura es poliédrica, pues la trama se narra desde diferentes puntos de vista y con materiales literarios también diversos: documentos varios, declaraciones de los personajes afectados, informes oficiales, testimonios de implicados, confesiones de arrepentidos, además de la voz de un narrador imparcial que con ironía, distanciamiento, sarcasmo, con mucho humor, cuenta en tercera persona algunos episodios de la historia… El lenguaje es también muy rico y desbordante, Las muertas no está escrita en español, permitidme la exageración, sino en un mexicano muy colorido, muy vivo, lleno de resonancias, lleno de términos que nos resultan desconocidos, que exigen la consulta en el diccionario, pero que son vocablos muy expresivos, muy vinculados -y por ello muy descriptivos- al paisaje, a las costumbres, a los modos de vida locales.
El libro es, además, muy entretenido, se lee con facilidad y agrado, por lo que os aseguro unas horas estupendas en su compañía.
Como complemento al texto, una canción, Dignificada, en la que Lila Downs canta denunciando las muertes de mujeres en México.
Cada año, en el 24 de septiembre, una de las mujeres, María del Carmen Régulez, tenía la costumbre de visitar a su madre que se llamaba Mercedes.
En la antevíspera de esta fecha María del Carmen pedía a Serafina permiso para no trabajar en la noche del 24, y a Arcángela le pedía dinero, ya fuera el que ésta le tenía ‘guardado’, o, cuando estaba muy bajo su saldo, prestado. Dice María del Carmen que nunca, hasta el último año, había tenido dificultad: Serafina le daba siempre permiso y Arcángela le entregaba el dinero. El día 23 María del Carmen salía del burdel al mercado, compraba un ramo de flores, de preferencia gladiolas, que llegaban siempre marchitas a los brazos abiertos de la festejada, y una tela para vestido, o un rebozo o unos zapatos. Al día siguiente la jornada empezaba rayando el sol, porque María del Carmen tenía que tomar tres camiones para llegar al rancho donde vivía su familia. Se apeaba del tercero de éstos en una loma pelada y caminaba por una vereda apenas visible hasta llegar a un pitayo. Desde allí se divisaban las casas y la nopalera.
Cada año los perros desconocían a María del Carmen; cada año salían la madre y las cuñadas de la cocina a tranquilizarlos; cada año al verse las mujeres otra vez juntas, lloraban; cada año entraban en la cocina, se sentaban alrededor del brasero y hablaban -alguien había muerto, había nacido un niño, la cosecha se había perdido-. Los hombres regresaban del campo a la media tarde, la familia se sentaba a comer, María del Carmen ayudaba a servir la mesa. Sólo la madre sabía el oficio de su hija -como que había sido ella quien la había vendido-, el resto de la familia creía que era criada. En la noche tomaban té de hojas de naranjo con alcohol y se emborrachaban. Al día siguiente, rayando el sol, María del Carmen emprendía su regreso al burdel.
miércoles, 6 de marzo de 2013
STUART HAMPLE. PONTE EN LO PEOR. WOODY ALLEN EN TIRAS CÓMICAS
Hola, buenos días, bienvenidos a Todos los libros un libro, el programa de Radio Universidad de Salamanca en el que semanalmente os ofrecemos una propuesta de lectura que pueda interesaros. Hoy, aprovechando, una semana más, los “flecos” de la reciente celebración de la ceremonia de entrega de los Oscars de Hollywood, os traigo un libro vinculado al universo cinematográfico, por más que el contenido en sí del texto nada tenga que ver estrictamente con el cine. La relación viene dada por el hecho de que se trata de una publicación que tiene como protagonista a Woody Allen, el inteligente y divertido director neoyorquino; pero, más allá de este hecho, el libro no habla de su trayectoria fílmica, ni se centra en las películas ni en el peculiar universo cinematográfico del ingenioso, hipocondríaco, intelectual y neurótico cineasta, sino que nos muestra al popular comediante desde una perspectiva inesperada que a continuación os revelaré. Pero vayamos ya con la referencia de mi recomendación de esta mañana, que con tanto preámbulo corro el riesgo de olvidarla. Ponte en lo peor. Woody Allen en tiras cómicas es el título de una voluminosa y muy cuidada publicación, editada en formato grande y tapas duras por Tusquets el pasado 2012, que recoge -como su inequívoco nombre indica- una serie de viñetas dibujadas por Stuart Hample (Woody Allen aparece, pues, aquí, como un mero dibujo, he ahí lo insólito de la propuesta), que vieron la luz entre 1976 y 1984 en una tira cómica, distribuida por diferentes periódicos, denominada Inside Woody Allen. El libro, que cuenta con un muy ilustrativo prólogo del propio dibujante y con una introducción, presentada también como una suerte de historia gráfica -a mi juicio, nada interesante-, de R. Buckminster Fuller, se ofrece en castellano en la traducción de Juan Manuel Salmerón.
El 4 de octubre de 1976, Stuart Hample, con una más que dubitativa carrera a sus espaldas en el mundo de la escritura y de la publicidad, ve publicada por primera vez una historieta con Woody Allen (un Woody Allen juvenil) de protagonista. Aunque, dadas las limitaciones del medio radiofónico, debo prescindir de las imágenes que, obviamente, son decisivas en el género que nos ocupa, no me resisto a trasladaros el “tono” de esa primera tira, dándoos cuenta de lo esencial de su contenido. Un desconocido saluda a Allen en la calle: ¡Vaya, Woody Allen! ¡Tengo que agradecerle lo mucho que me ha hecho reír! A lo que un Woody rebosante de satisfacción contesta: ¿Ha visto mis películas? No, no, apostilla el desconocido, mi ventana está enfrente de su dormitorio.
Como podéis observar, sobre todo quienes conocéis la obra del excéntrico director, ya desde ese primer momento se nos ofrece -aunque sea tan sólo como un tenue esbozo- lo esencial del personaje que encarnará Woody Allen en la ficción, una primera aproximación, menor pero relevante, una especie de concentrado, en sólo tres viñetas, en cuatro escasos trazos, de los principales rasgos que definen y hacen reconocible, casi como un estereotipo, al individuo -tan parecido al propio cineasta- que Allen ha protagonizado a lo largo de su extensa y muy fecunda carrera. Y es que el Woody de la tira cómica va a tener mucho que ver con el torpe espécimen con el que nos ha familiarizado en sus películas: un ser angustiado, lleno de defectos y temores, inseguro, acomplejado, pesimista, soltero, algo “salidillo”, siempre rechazado por las mujeres a menudo después de una pedante sesión dialéctica, como señala el propio Stuart Hample en su prólogo al libro. Además, el protagonista de las historietas vive en una riña permanente con sus padres (algo que también aflora en su cine, recordad, entre otros muchos ejemplos, Días de radio), lleva un diario en el que anota de modo siempre ingenioso y excesivo sus pensamientos íntimos y sus miedos existenciales (Diario íntimo. Apunte 7.720. Sigo pensando que tiene que haber una respuesta a la vida… pero seguro que la respuesta está en sueco), acude a la consulta de una psiquiatra que, cuando no lo ningunea, lo maltrata de modo despiadado, y a la que, pese a ello, le cuenta sus muchas obsesiones neuróticas (Hay personas, espeta, sin reparo alguno, descarnada, la terapeuta a un Allen perplejo en el diván durante una de sus sesiones, que se deprimen por lo que consideran que deberían ser. Otras, porque no saben quiénes son. Pero usted es único. Se deprime porque sabe exactamente quién es), y sufre -igual que ocurre en sus películas, pienso, por ejemplo, en Sueños de un seductor- acosos varios, amenazas, humillaciones y maltratos diversos por parte de hombres fornidos que resaltan, con su corpulencia y su poderío físico, la impotencia y la debilidad -un poco exageradas- de nuestro algo alfeñique héroe.
En su interesante prólogo, el dibujante nos da cuenta de las vicisitudes por las que pasó el proceso de creación, elaboración y posterior desarrollo de la tira desde ese momento inaugural: la gestación de la idea (a la que se refiere en un texto que os leeré al final de esta reseña), el extraordinario éxito inicial y su difusión en centenares de periódicos -460, la cifra exacta-, los problemas derivados precisamente de esa enorme repercusión, la contratación de guionistas adicionales para cubrir la cada vez más insaciable demanda de chistes para las tiras, los intentos de censura -o al menos de edulcoración de la acidez de ciertas historietas- por parte de la empresa editora, la voluntad de Woody Allen de mantener un cierto control sobre su personaje, preservando el rigor y la calidad que él mismo exigía para su propio trabajo y desechando el ajuste al “gusto corriente” que reclamaban los empresarios que vendían y distribuían las tiras a los distintos medios de comunicación.
Pero más allá de toda esta información que recoge el prólogo de la obra, interesante en sí pero en el fondo accesoria, es la completa selección de las historietas publicadas en esos ocho años lo que constituye el núcleo central de libro y, obviamente, su principal motivo de interés. Son trescientas tiras, aproximadamente, las que se seleccionan en este Ponte en lo peor, todas interesantes, muchas geniales y la mayor parte divertidísimas. Presentadas en siete capítulos monográficos, organizadas por temas -coincidentes, en general, con los ejes básicos en los que se desenvuelve la obra de Allen-, y mostradas en sus diferentes estadios de elaboración: bocetos, pruebas de imprenta, correcciones, enmiendas, reproducciones en blanco y negro y en color, a lápiz y con tinta, algunas presentadas en su edición originaria en inglés y la inmensa mayoría en su traducción al castellano, las tiras recogen, como digo, lo esencial del universo woodyalliniano (¿se dirá así?), ése que tan bien reflejan sus películas.
Así, en el primer capítulo, Gusanos en un plan cósmico, las historietas giran sobre temas filosóficos, preocupaciones existenciales, Dios, el sentido de la vida, la belleza, el sentimiento de culpa, el azar y el destino, problemas éticos más o menos irresolubles... Pero la ironía escéptica del personaje permite relativizar la muy seria -en apariencia- profundidad de los asuntos tratados. Dice Woody en una de las tiras de esta serie: Las dos cosas más importantes son el sexo y la muerte. Y claro, con la suerte que tengo... la mala es la que dura para siempre. O en otra viñeta: Me gusta leer a Dostoievski. Puedo estar seguro de que no voy a robarle inconscientemente los chistes.
El segundo capítulo, Cada vez que ella tenía un orgasmo, le crecía la nariz, recoge decenas de hilarantes episodios protagonizados por Allen con diversas chicas a las que pretende -con resultados casi siempre infructuosos- o con las que, de un modo esporádico, sale. Hasta seis mujeres distintas se disputan, a lo largo de los distintos años de publicación de las historias, el dudoso honor de ser las destinatarias de los intentos de seducción de un permanentemente fracasado Woody que, pese a los muchos desplantes (Me interesa mucho la comida vegetariana. Por eso me gusta salir contigo. Es como salir con un vegetal), abandonos (Has sido muy importante para mí. Me has enseñado tanto, he aprendido tanto..., de hecho, has refinado tanto mi gusto que ahora quiero a un hombre mejor que tú), negativas (¿Casarme contigo? ¿Contigo? ¿Con un pobre bobo, un llorica, un asqueroso, un repelente? Ni lo sueñes. A lo que Woody, risueño, apostilla: Ajá, voy progresando, esta vez no ha añadido: “un pusilánime”) y rechazos recibidos (Siento que me vuelvo viejo y aburrido, dice. Y su chica: Puede que estés volviéndote viejo, pero aburrido lo has sido siempre), continúa intentándolo, inasequible al desaliento (Mi personalidad, se sincera su nueva candidata a la conquista, tiene dos caras, una tímida y dulce, la otra apasionada. A lo que nuestro héroe responde: ¿Qué hace la segunda este sábado por la noche?).
El tercer capítulo, de título Mi pasaporte es mi cara, nos muestra los conflictos que vive el personaje con su imagen pública, con el reconocimiento de sus seguidores, con el impacto de sus películas, con su condición de hombre famoso. Y como siempre, el extraordinario ingenio, el inteligentísimo humor, le permiten rebajar las ínfulas de su ego narcisista y situarse en la justa medida de su dimensión humana (menos que humana, dado su pesimismo neurótico). ¿Qué sientes cuando besas a una mujer en una película, Woody, te implicas sentimentalmente?, le pregunta el periodista. Y responde: una vez besé a Jeanne Moreau en la pantalla y ninguno de los dos sentimos nada... Por supuesto, los acomodadores me bajaron de la pantalla y me llevaron a mi butaca...
La cuarta sección, Racionalizaciones y narcisismos, recoge fragmentos -casi siempre desopilantes- del diario personal que lleva el personaje. Por ejemplo: Diario íntimo. Apunte 3.174: ¿Por qué todas las mujeres de mi vida dicen que soy un amante pésimo? ¿Cómo pueden formarse una opinión definitiva en sólo tres minutos? O esta otra: Diario íntimo. Apunte 935: Ante la vida, yo no soy un cobarde. Tampoco soy un héroe. Soy algo entremedias... Digamos un bicho rastrero.
En El último recurso de Freud, quinto capítulo, comparece la inefable doctora Ilse Fobick, psicoterapeuta de nuestro tímido protagonista, al que fustiga inclemente en cuanto el pobre Woody se tumba en el diván. Su caso es interesantísimo, señala la doctora, lo cual es extraño, dado lo aburrido que es usted. O en otra ocasión cuando Allen, doblemente desesperado por el maltrato de la mordaz psiquiatra y por la ostensible inutilidad de la muy prolongada terapia, la llama para comunicarle: ¡Doctora Fobick, adiós! Voy a buscarme otro psicoanalista, Ah, no, no lo hará, contesta ella, no mientras yo tenga su osito de peluche. En cualquier caso, el Woody Allen paciente es un caso perdido: Los del laboratorio han procesado su test de personalidad, le informa la doctora. ¿Y qué dicen?, pregunta, curioso, él. Nada, temen que los demande usted por difamación.
En el mundo del espejo, antepenúltima sección del libro, acoge una miscelánea de historietas heterogéneas que incluye chistes que giran sobre la identidad, las aspiraciones frustradas, las muchas quimeras irrealizables, los sueños imposibles del personaje que topan siempre con la cruda realidad. En ellas vemos a un Woody Allen con su secular complejo de inferioridad, rabioso, abatido, frustrado, compadeciéndose de sí mismo, padeciendo depresiones profundas y sumido en una insatisfacción permanente. Me veo un hombre perfecto…, proclama así, relativamente satisfecho, … en el mundo del espejo. Aunque la realidad es siempre otra cosa: ¡Hombre -dice un Allen alegre asomándose a la ventana- un pájaro azul de la felicidad en mi patio! Aunque -y el dibujo ya ha trocado su expresión y aparece ahora con un gesto amargo- me parecería mucho más esperanzador si estuviera vivo.
Por fin, en Todos los días se liaban a tiros, el capítulo postrero del volumen, los protagonistas son los padres de Woody, que, como digo, son una presencia habitual en sus películas, y que no paran de discutir entre ellos y de mostrar sin reparo alguno a su hijo la profunda decepción que les provoca su existencia. Te hemos invitado para celebrar tu cumpleaños, hijo… pero comprenderás que no nos quedemos. O en otra tira, que muestra a la ¿familia? en una de sus incalificables comidas: ¿Por qué nunca llamas?, dice la severa madre. ¿Para qué?, dice el hijo, vengo dos veces por semana. Por eso, espeta la progenitora mientras el padre sigue comiendo impertérrito, podrías llamar en lugar de venir. Allen asume con resignación y un estoico desapego su condición de hijo no querido. Dice una de sus novias, enfurruñada ante la tele: No sabes lo que me molesta que no usen la voz de Billie Holiday en “La vida de Billie Holiday”, a lo que Woody responde: Eso no es nada. A mí mis padres me cambiaban por otro niño cuando filmaban películas caseras.
En fin, resulta imposible dar siquiera una mínima cuenta de las cantidades ingentes de humor, ingenio, causticidad, lucidez, agudeza e inteligencia que rezuman las trescientas historietas que nos ofrece este Ponte en lo peor. Woody Allen en tiras cómicas, debido a la pluma de Stuart Hample, que firma los dibujos y los textos, aunque en este último caso con la más que decisiva inspiración del propio personaje. La muy cuidada edición de Tusquets es, igualmente, un regalo para el tacto y la vista, y hace aún más recomendable su lectura.
Os dejo, para cerrar mi reseña, y como no puede ser de otra manera, con una pieza musical extraída de la cinematografía de Woody Allen. Se trata de Rhapsody in blue, el clásico de George Gershwin que constituye el motivo recurrente de la banda sonora de la película Manhattan.
1975… un buen año. El presidente Nixon se había ido, y algunos de sus pistoleros estaban entre rejas por el escándalo Watergate. Estados Unidos se retiraba de Vietnam. A Charlie Chaplin lo nombraban Sir. Yo había vendido a Field Enterprises una historieta gráfica llamada “Rico y famoso”.
Éstas eran las buenas noticias.
Las no tan buenas: “Rico y famoso” no me hizo ni una cosa ni otra. Yo seguía siendo un simple peón en la agencia publicitaria y por la noche dibujaba historietas. Me pasaba días concibiendo anuncios televisivos para una marca de tabaco que furtivamente vendía cánceres. Si hubiera seguido mucho tiempo más en aquel trabajo embrutecedor, me habría derrumbado y me habría convertido en un asesino de masas.
¿Qué podía hacer?
Mi sueño: encontrar otra manera de llevar comida a la mesa, mantener a mi familia bajo un techo y decirle adiós al mundillo publicitario.
¡Zas! Se me encendió la bombilla.
Se me ocurrió que el personaje de Woody -alguien que se siente solo en medio de un universo indiferente, que no se come un rosco, al que sus padres humillan (yo conocía el tema), todo ello con réplicas divertidas a lo Oscar Wilde-, que el personaje de Woody, decía, podía ser el protagonista de una tira cómica estupenda (género que yo conocía también) y sacarme de la servidumbre de la agencia publicitaria.
Pero, ¿cómo reaccionaría Woody, que a sus treinta y nueve años estaba en la cima del éxito? Allen había escrito y actuado en ¿Qué tal, Pussycat?, que entonces fue la comedia más taquillera de la historia del cine; había escrito, dirigido y protagonizado, Toma el dinero y corre, Bananas, Sueños de un seductor, Todo lo que quiso saber siempre sobre el sexo pero nunca se atrevió a preguntar, El dormilón y La última noche de Boris Grushenko; había actuado en El testaferro; escrito dos obras teatrales de gran éxito, No te bebas el agua y Sueños de un seductor; estaba editando una película titulada Anhedonia, que luego, con el título de Annie Hall, ganó cuatro Oscars, uno de ellos (y compitiendo con La guerra de las galaxias) a la mejor fotografía… ¿Cómo reaccionaría a mi idea? Probé a imaginar la escena:
YO (hablando por un teléfono imaginario): Woody, se me ha ocurrido una tira cómica sobre ti, ¿qué me dices?
WOODY: Lo siento. Ahora estoy ocupadísimo escribiendo un guión, editando una película, escribiendo un artículo para el New Yorker. No necesito dinero. Llámame el año que viene.
De manera que se lo dije en persona.
Woody se sintió lo bastante intrigado para decirme:
-Enséñame algún boceto.
Yo había inspirado mis dibujos en la apariencia que tenía a los veinte y pico años, cuando lo conocí.
Dio el visto bueno al personaje (incluso lo usó como dibujo animado para una secuencia de la película en la que estaba trabajando, Annie Hall) y me preguntó:
-¿Y los chistes?
Le llevé chistes. Les echó un vistazo y comentó, como de pasada:
-A lo mejor podría echarte una mano con los chistes.
¡Oh, Dios mío! Woody Allen brindándose a ayudarme con los chistes, ¡ayudarme a mí!
Suponiendo que se refería a escribirlos, me entraron ganas de exclamar: “¡ME HAS SALVADO!”. Pero dije, por convencido: “Vale”. Lo cual resultó más apropiado, porque su ayuda consistió en docenas de páginas llenas de chistes y apuntes para chistes que había escrito y reunido a lo largo de los años en que trabajó como humorista. Algunos no eran más que simples observaciones, como “Tienen músculos en el pelo”, o “Atado a la estrella de David: incómoda crucifixión”, otros, anotaciones temáticas aún más breves: “Toreo”, “Astrología” (Algunos de estos apuntes tuvo que ayudarme a descifrarlos él mismo).
También los había más largos:
“Soy un ignorante político. Lo único que sé es que dos hombres disputan una carrera y el que gana no es siempre el que más votos saca”.
“Viñeta: un hombre que cuando evoluciona rompe con su pareja mona”.
“Instituto Psicoanalítico de Nueva York: estoy en la lista de los diez más buscados”.
“Película underground: noticiario de Vietnam. Pasan las imágenes hacia atrás y durante hora y media parece que estamos ganando la guerra”.
“Nací siendo judío y demócrata, y no sabía cuál de las dos era mi religión”.
Había también historietas breves:
“Freud no podía pedir blintzes, le daba vergüenza decir la palabra. Cuando entraba en una tienda de comestibles decía: “Deme esas crepes rellenas de queso”. Y cuando el vendedor le preguntaba: “¿Se refiere a los blintzes, Herr Profesor?”, él se ponía rojo y echaba a correr por las calles de Viena con la capa flotando. Cabreado, fundó el psicoanálisis y se aseguró de que no funcionara”.
Woody me permitió usar estos apuntes en mis tiras cómicas, así como sus libros, películas, obras de teatro y todo el material que reunió cuando actuaba de humorista en locales.
Como mi historieta gráfica se basaba en Woody Allen, que era un personaje famoso, la agencia King Features aceptó publicarla, y me pidieron una muestra de seis semanas para poder empezar a venderla a la prensa. Valiéndome, a manera de trampolín, de los apuntes del mismo Woody, empecé a dibujar las tiras diarias y dominicales que me pedían. A fin de garantizar la calidad del trabajo, al principio estuve muchos sábados yendo a ver a Woody a su lujoso ático de la Quinta Avenida; él juzgaba el material, me sugería cómo desarrollar personajes y chistes y me rogaba siempre que mantuviera el nivel alto y no me conformara sino con lo mejor.