Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 23 de octubre de 2019

ÁLVARO ENRIGUE. AHORA ME RINDO Y ESO ES TODO

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro, el espacio de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca. Una semana más, nuestro programa sale a vuestro encuentro y de nuevo, como en las últimas emisiones, con una propuesta literaria vinculada al muy vasto -tanto en sentido literal como metafórico- universo del Oeste americano. Tras Butcher’s Crossing, de John Williams, y Los asesinos de la luna, de David Grann, dos libros excelentes, hoy os traigo una nueva aproximación, también magnífica, a esa realidad tan transitada por el cine y la literatura, la de la conquista de los inabarcables territorios de Norteamérica, la gran epopeya, rodeada de claroscuros, que dio lugar al nacimiento de la inmensa nación estadounidense. 

El título elegido en esta ocasión es Ahora me rindo y eso es todo, una voluminosa y excepcional novela debida al escritor mexicano Álvaro Enrigue y aparecida el pasado 2018 en la Editorial Anagrama. Ahora me rindo y eso es todo son las escuetas y fatigadas palabras con las que Gerónimo, el legendario jefe apache, depuso sus armas y se rindió por fin al ejército de los Estados Unidos, tras décadas de enfrentamientos, ataques, huidas, matanzas, represalias, persecuciones e intentos de exterminio a través de un territorio difuso, la Apachería, situado a caballo de México y Estados Unidos, un espacio algo fantasmal que se correspondía con los actuales estados -a ambos lados de la frontera- de la Alta y la Baja California, Sonora y Chihuahua, Nuevo México, Arizona y Texas. La Apachería desapareció del mapa -un país borrado- en el siglo XIX como consecuencia del afán de las dos potencias dominantes en la zona por hacerse con la propiedad de esas tierras para anexionarlas a sus respectivos países. Seducido por la dignidad de un pueblo que, ante la engañosa alternativa que -en cualquiera de sus dos opciones- lo condenaba al sojuzgamiento y la pérdida de identidad, eligió, noble y valientemente, la extinción y llevó su elección hasta el extremo, Enrigue decide contar -entre otros muchos frentes de su novela- la historia (no exenta de altas dosis de mitificación) de ese país y de sus miembros, tal y como revela este fragmento que, pese a su extensión, no me resisto a transcribir por su alta significación en relación al propósito último del libro: 

La idea es escribir un libro sobre un país borrado. Un país que funcionó tan bien y mal como funcionan todos los países y que desapareció frente a nuestros ojos como desaparecieron los casetes o la crema de vaca en triángulo de cartón. Dónde hoy están Sonora, Chihuahua, Arizona y Nuevo México había una Atlántida, un país de en medio. Los mexicanos y los gringos como dos niños sordomudos dándose la espalda y los apaches corriendo entre sus piernas sin saber exactamente a dónde porque su tierra se iba llenando de desconocidos que salían a borbotones de todos lados. 
La Apachería era un país con una economía, con una idea de Estado y un sistema de toma de decisiones para el beneficio común. Un país que daba la cara, una cara morena, rajada por el sol y los vientos, la cara más hermosa que produjo América, la cara de los que lo único que tienen es lo que nos falta a todos porque al final siempre concedemos para poder medrar: dignidad. 
Los apaches fueron, sobre todo, un pueblo digno y la dignidad es la más esotérica de las virtudes humanas. La única que antepone la urgencia de vivir el presente como a uno se le dé la gana a esa otra urgencia, desaseada y babosa, que supone la dispersión de la información genética propia y la supervivencia de unos modos de hacer, una lengua, ciertos objetos que sólo produce un grupo de personas. Cosas que en realidad da lo mismo que se extingan —se fueron los atlantes, los aztecas, los apaches, pero pudimos ser nosotros—, paquetes de genes y costumbres que a veces sentimos que son lo mejor que tenemos sólo porque en el mero fondo es lo único que hay. 
Cuando los chiricahua -la más feroz de las bandas de los apaches- no tuvieron más remedio que integrarse a México o a los Estados Unidos, optaron por una tercera vía, absolutamente inesperada: la extinción. Primero muerto que hacer esto, fanfarroneamos todo el tiempo, pero luego vamos y lo hacemos. Los apaches dijeron que no estaban interesados en integrarse cuando los conquistadores entraron en contacto con ellos en 1610 y siguieron diciendo que no hasta que todo su mundo cupo en un solo vagón de tren: el que se llevó a los últimos veintisiete fuera de Arizona. 
No sé si haya algo que aprender de una decisión como ésa, extinguirse, pero me desconcierta tanto que quiero levantarle un libro. 

Enrigue encuentra en la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos un mapa americano del siglo XIX en el que aún figuraba la Apachería como territorio independiente y a partir de ese “descubrimiento” encara la redacción de su ambiciosa novela que nos narra la ya muy conocida historia de la “conquista” del Oeste, desde una lógica distinta -opuesta, incluso- a la que inspiran las obras “clásicas” y canónicas del género -en el cine o la literatura-, en un planteamiento que se abre a una amplia y fecunda variedad de dimensiones, todas muy sugestivas e interesantes. Y es que Ahora me rindo y eso es todo no deja de ser un western, claro, aunque “heterodoxo” e inusual, pero es además, también, un apasionante relato histórico, un documentado ensayo etnográfico y antropológico, una narración épica que recrea con formidable vigor literario mitos y leyendas de los pueblos indígenas y de la aventura fundacional de Norteamérica, con Gerónimo como emblema principal, y es, por fin, un juego metaficcional (tan común, en la actualidad, en tantas obras) en el que el escritor se “inmiscuye” en la trama novelesca dando cuenta de los pormenores de su proceso creativo y reflexionando sobre algunas de las grandes cuestiones -la identidad, la violencia, la memoria, el olvido, los fundamentos de la Historia, la derrota, la dignidad- que afloran en el resto del libro. 

Para ello, el autor presenta su novela siguiendo una estructura no lineal en una profusión de planos que se alternan y cruzan y entremezclan a lo largo de tres largos capítulos, Janos, 1836, el primero; Álbum, el segundo, y Aria, el final. La primera de las partes, magistral, abarca casi la mitad del libro, y en ella el centro lo ocupan, en dos ejes paralelos, la historia de Camila, una mujer mexicana blanca, raptada por el jefe indio Mangas Coloradas -padrastro de Gerónimo- después de arrasar el rancho que ella dirigía tras la muerte de su marido y exterminar a la familia entera, y la del teniente coronel José María Zuloaga, que encabezará un grupo heterogéneo de perseguidores para intentar su rescate: la arriscada Elvira, una “falsa monja” -se hace llamar Hermana-, atrevida y valiente, capaz de hacer uso de las pistolas para salvaguardar su autoridad; los gemelos Guadalupe y Victoria, indios yaquis, excarcelados del presidio en el que se pudren, encantados de su liberación y sobre todo, de poder participar en la empresa de perseguir a los apaches, sus enemigos ancestrales; el tarahumara Mauricio Corredor, un niño de apenas catorce años al que la escasez de voluntarios para la arriesgada tarea lo convierte en prematuro capataz; el “coyotero” Pisago Cabezón, que les servirá de guía rastreando las escasas pistas que dejan los raptores; el Gringo, rubio, rojo y lampiño, inexperto y pasado de peso; y Márquez, un insólito maestro de baile (¿qué sensación de amenaza podía despertar en un jefe apache -pensará Zuloaga- con una monja, un maestro de baile, un niño y un güero?

El relato de la peripecia de Camila, tanto en las dolorosas primeras etapas de su rapto, cuando humillada y desnuda, maltratada y sufriente, es llevada por sus captores a los dominios de su tribu, como en su cautiverio y en la posterior convivencia con los indios, es deslumbrante y arrebatador. Su empecinada resistencia ante la brutalidad inicial de los apaches irá trocándose poco a poco en conformidad y hasta apego, y habiendo sido capturada para la esclavitud acabará por enamorar al jefe Mangas Coloradas y por convertirse ella misma en una apache. Su dureza, su valentía, su firmeza de carácter encandilarán a su raptor, en un proceso cuya descripción permite a Enrigue demostrar su conocimiento de las costumbres y los ritos de los nativos, en una ambientación espléndida y muy verosímil. Del mismo modo, la simultánea narración de la búsqueda que lleva a cabo Zuloaga y su excéntrica cuadrilla permite también una recreación magnífica de la geografía, del entorno, del paisaje de aquellas tierras hostiles. Y en ambos casos hay una muy convincente exposición de los rasgos que configuran la psicología de los distintos personajes, así como una creíble y muy solvente indagación en sus diversas personalidades, de un modo sobresaliente en el caso de Camila y Zuloaga, dos caracteres inolvidables. 

En la segunda parte del libro, Enrigue cambia de registro -son muchos los manejados, con destreza, a lo largo de la novela- para mostrarnos, en una presentación poliédrica, a una serie de personajes vinculados a la historia de Gerónimo, a la construcción de su legendaria figura, a su persecución y rendición final. Se trata de individuos de distinto origen y condición, detenidos todos -“fotografiados”- en algún momento esencial de sus existencias relacionado con el rebelde guerrero: Phoenix Johnston MacMillan, un niño de San Antonio, Texas, que una mañana de septiembre de 1886 asiste con sus padres al espectáculo -insólito y fascinante para él- de la contemplación de los prisioneros apaches -Gerónimo, su hijo Chapo, Naiche, hijo de Cochís (otra leyenda, Cochise, en “nuestra” grafía), la sanguinaria guerrera Lozen, el jefe Nana- expuestos como fenómenos de feria, tras su detención, en el fuerte Sam Houston; Grover Cleveland, presidente de los Estados Unidos, acosado por las dudas ante la decisión final, de su responsabilidad, que condenará a muerte al apache o lo salvará; James “El Gordo” Parker, un anciano general nostálgico de las Guerras Indias; Charles B. Gatewood, caballero muy querido por los apaches, que le habían dado un burlón nombre en su lengua, Ban-chen-daysen, Nariz Larga; Elpenore Ware Lawton, otro militar, de muy relevante papel en la etapa final de la derrota de Gerónimo; el Doroteo chico, centenares de muertos a sus espaldas, viviendo a salto de mata en los pedregales, perseguido por los federales, arisco y fiero, incapaz de enamorarse de una mujer que no fuera capaz de asaltar un tren pistola en mano, un mito viviente de la Revolución mexicana, acostumbrado a vivir con un nombre que no era el suyo, el auténtico, el de general Pancho Villa; otro general, Estrada, héroe de la batalla de El Carrizal, enviado a participar en las conversaciones de paz entre México y Estados Unidos; y aún un tercer general, Nelson A. Miles, al mando del Ejército norteamericano en los conflictivos territorios del Suroeste… entre otros. Después de la intensidad de la aventura de Camila, del apasionante relato de su secuestro y de la persecución militar de sus raptores, esta sección, que incorpora documentos oficiales, declaraciones y testimonios administrativos o transcripciones de mensajes telegráficos, resulta algo tediosa y “anticlimática”, perdido el lector en un laberinto de referencias históricas muy específicas, un mar de nombres, hechos, detalles y circunstancias menores, de escaso, por no decir nulo, conocimiento general y carentes, en la mayor parte de los casos, de auténtico aliento literario. Se reconoce, claro está, la rigurosa y más que estimable labor de documentación histórica, con rastros de las conversaciones de los últimos jefes apaches con los militares estadounidenses, de las que hay constancia a través de registros sonoros, con informaciones entresacadas de las notas de los periódicos de la época que daban cuenta de las vicisitudes del enfrentamiento, de los ataques a poblaciones mexicanas, de las víctimas y los muertos, de las campañas militares. Es apreciable también la exhaustiva consulta a la completa bibliografía -una treintena de libros sobre comunidades apaches, reconoce el autor- sobre el tema, pero, a mi juicio, el resultado desentona del resto del libro, moviéndose en un tono menos palpitante, menos “vivo”. 

Por último, en la tercera parte -mucho más breve que las dos anteriores- asistimos al desenlace de la historia paralela de la mujer raptada y del soldado que sigue sus huellas, confluyendo, por fin, las dos líneas, de un modo que obviamente no voy a revelar, aunque sí quiero subrayar que el interés, la tensión, la calidez, la poesía y la emoción, la, en definitiva, potencia narrativa del libro vuelven a alcanzar aquí sus más altas cotas. 

Hay que decir, además, que, imbricada en las tres secciones del libro, aparece otra dimensión, la que más arriba llamé metaliteraria o metaficcional. Y es que a lo largo del texto, mientras la trama argumental se desenvuelve, el propio Álvaro Enrigue, el escritor, interfiere en su discurso, con incisos en los que cuenta su viaje familiar, con su mujer y sus dos hijos, junto a otro de una pareja anterior, por los escenarios de la novela, en episodios en los que alternan las situaciones de intendencia doméstica con el recorrido por los paisajes de esa Apachería ya irrecuperable y, sobre todo, con reflexiones sobre su vida personal, sobre el amor y la ruptura sentimental, también sobre el propósito y los términos de su obra y, de manera más destacada, sobre las muchas conexiones que con su existencia real y con la situación actual de las sociedades mexicana y estadounidense tienen los conflictos del pasado narrados en el libro. Enrigue, de padre mexicano y madre catalana, experimenta en carne propia, siglo y medio después -bien que de modo menos intenso y dramático que sus personajes-, algunas de las preocupaciones de sus “criaturas”: el desarraigo, el cuestionamiento de la identidad, la preocupación sobre el origen, la ruptura de los lazos familiares, el lamento ante el exterminio y la desaparición de los apaches, la pérdida y la derrota. Sirva como ejemplo de este paralelismo, de esta “integración” de los dos escenarios -el histórico y el personal-, una reveladora anécdota que se incluye en el texto: Enrigue, que vive en Nueva York, se ve en la necesidad -debido a ciertas exigencias burocráticas relacionadas con los estudios en Europa de su hijo mayor- de pedir la nacionalidad española, a la que tiene derecho por su origen materno. La exigencia, que imponen nuestras leyes, de jurar lealtad al Rey, le llevará a no firmar los papeles que le reconocerían la ciudadanía, identificado con Gerónimo en la conciencia de la “humillación” que ese sometimiento simbólico supondría… 

Este espacio de implicación personal del autor se constituye así, además, en la ocasión para que Enrigue -o el personaje identificado con ese nombre, pues en la “literatura del yo” siempre cabe la duda de si estamos ante la realidad “real” o ante una ficción “novelada”- nos presente sus ideas, sus reflexiones sobre distintos aspectos de la historia, de la sociedad y la vida actuales, en los que resuenan aún, ciento cincuenta años después, los ecos de la épica experiencia de los apaches. Desde este punto de vista, el enfoque del libro aparece marcado por lo que podríamos llamar prejuicios o apriorismos fuertemente ideologizados, resultando, como poco, ligeramente maniqueo. Hay un ritornelo constante (Eso eres, América) en estos apartados de la obra marcados por la pretensión autobiográfica, una suerte de interpelación culpabilizadora, que se repite como un mantra desde esa voz “actual” del escritor, que quiere conectar así los sucesos del pasado con la realidad de nuestros días, responsabilizando a los Estados Unidos del exterminio de los pueblos indígenas, lo cual no es, obviamente, un disparate, antes al contrario, se trata de una “verdad” bien documentada, pero los términos en los que se plantea -simplistas y sin apenas claroscuros- convierten su discurso, sin embargo, en altamente reduccionista. 

Es cierto que los datos que se incluyen en el libro son estrictamente históricos, como ha declarado el escritor en alguna entrevista. Y que esos datos, inequívocos, son tan rotundos como lo es el hecho de que durante décadas los apaches habitaron -y mantuvieron en pie de guerra- un territorio superior en extensión a Francia, España y Alemania juntas, para acabar convertidos, en el momento de la rendición, en un mísero aunque orgulloso grupo de escasos veintisiete individuos; prueba suficiente, pues, de la cruel aniquilación. Pero siendo irrefutable esta realidad, la imagen que dibuja Enrigue, con unos apaches de los que se minimiza o esconde cualquier manifestación de barbarie o brutalidad para plasmar en ellos el emblema impoluto del mito del “buen salvaje”, unas gentes modélicas y sin tacha, arrasadas por un enemigo colonial, imperialista y genocida, un Estados Unidos “depredador por naturaleza” (Eso eres, América), en el que podemos, incluso, atisbar alguna vaga sombra de Trump, resulta ciertamente elemental. Piénsese en esta, por otro lado, convincente descripción de Gerónimo: Tenía la boca dura, las comisuras hacia abajo. No era solo que ya había perdido todos los dientes: era un hombre que había matado y había visto matar hasta el hartazgo, un puño cerrado, el fantasma de la guerra más hija de puta de todos los tiempos: el último sobreviviente de un baño de sangre que había empezado en Tenochtitlán en 1521: el indio que, finalmente, perdió el último combate en América. La Historia, como puede deducirse, entendida como un continuum de lectura única: quinientos años presididos por una sola voluntad de sometimiento y depredación. 

Desde esa misma perspectiva afloran otros temas vinculados: la leyenda negra; el permanente conflicto de los Estados Unidos con México; la herencia española en México y la rebeldía ante esa herencia (tan viva todavía en la actualidad, como demuestra el absurdo discurso de López Obrador de hace unos meses, exigiendo una disculpa de la España actual por los posibles desmanes cometidos por la España de hace cinco siglos, o la patética presencia, también hace poco tiempo, del Consejero de Acción Exterior de la Generalitat, el taimado y falaz, el por tantos motivos despreciable Alfred Bosch, ofreciendo de modo patético una ridícula expiación por no se sabe qué pecados ni en nombre de qué pecadores ante un oscuro comité de pueblos indígenas); la mitología del Oeste y sus muchos ángulos; igualmente, ya se ha dicho, la conexión con las inicuas políticas migratorias de Trump. 

Antes de finalizar, quiero hacer una breve a la muy rica lengua en la que se nos narra la novela, un español mexicano, de léxico desbordante y fecundo, de deliciosa sonoridad aunque al borde, en ocasiones, de lo ininteligible para un lector de este lado del Atlántico. Son decenas los ejemplos que he recogido en mis notas de lectura; muchos menos, en cualquier caso que el completo elenco que ha compilado la autora de un blog en internet, hastasiempreelena2007@blogspot.com, una lista casi inabarcable que no me resisto a transcribir convenientemente “expurgada” de algunos términos que no son estrictamente mexicanismos: aburrición, acochinar, ahorita, ahoritita, ajuareada, ameritar, anafre, ándele, apachitas, apelotonadero, apiñadero, arrimados, asegún, atazar, balacera, bandana, batea, berrendos, briago, cábula, cacarizo, cachado, cachar, cachetada, cajuela, calistenia, camínele, carrilla, carrizo, catarina, catrín, cauda, cerillos, cerquitas, chacualeando, chaculear, chalán, chamaco, chamaquear, chamarra, chambritas, chancear, chaparral, charreadas, chiches, chicotazo, chingaderas, chimuelo, chingada, chingar, chingón, chirris, chongo, cobija, cochambre, coyotear, coyotera, creosotes, crujía, cuacos, cuadrángulo, culeros, debrís, desayunador, desjarretando, despuesito, destrabar, detrasito, diferendo, disparejo, ejotes, empacar, empeñoso, encuerar, espejear, estamina, ferales, fierro, lechar, fuereño, fusca, gambusino, garroso, gasné, gritadera, guarache, guardalapa, güero, güey, hambrita, hielera, holanes, hombrada, huaraches, huellear, huelleros, importuno, impráctico, inmamable, insumos, jacales, jalar, jalón, janeros, jelenque, jicarazo, jicarita, jitomate, jodón, lejecitos, levantón, lléguele, machaca, madrazos, madrear, madriza, maguey, malpaís, maniobrón, matachina, mazacuata, menso, mijo, muertito, nahuyaca, nativista, necear, necera, nixtamal, noblecitas, nomás, nopales, palcuete, paliacate, pandeados, patrás, peladero, pendejada, pendejo, piedrero, pinchis, pizcar, platicar, pláticas, poblano, polvosos, preocupona, pucha, quesque, reciencito, refornido, relapso, remoción, reservación, retacar, rezandera, silbaldita, sonrisota, sonso, sotol, suavito, tajar, tambo, tantito, teguas, terregal, tigras, tomatal, totoloche, trapeadores, váyale, venadear, virolos, volteado, zarape, en lo relativo a vocablos; y, en cuanto a expresiones, a nivel cancha, así mero, cómo así, cuando menitos, darse un llegue, en chinga loca, eso mero, hijo de la chingada, indio de razón, la doña, llegar prieta, ni diga, ni madres, ni modo, no le hace, puros madrazos, sentarse a mujeriegas, valía madres, entre, como digo, infinidad de otras muchas muestras. 

En fin, espléndida novela, por muchos motivos, esta Ahora me rindo y eso es todo, del mexicano Álvaro Enrigue que os recomiendo con pasión. Para ilustrar musicalmente esta reseña, y ante lo “árido” de los cantos apaches que pueden encontrarse en la red, os dejo con Graceland, el tema clásico de Paul Simon, que suena en el libro en un momento de la trama vinculada a la vida actual del autor, con su referencia al divorcio y su valor simbólico (al decir del propio Enrigue): la derrota, la apertura a nuevos territorios, el Oeste como mito, la vida como guerra y camposanto

A principios del horroroso siglo XIX los criollos se dedicaron a matar peninsulares para que el país se llamara México y no Nueva España, y los españoles de América, mexicanos; veintiséis años más tarde, los gringos se pusieron a matar mexicanos para que el norte de Sonora, Nuevo México, Colorado y la Alta California se llamaran Estados Unidos. Lo que había al sur de la ciudad de Chihuahua se llamó Durango, Tejas adoptó la extravagancia de escribir su nombre con equis, como México, y se volvió casi su propio país, a la Alta Sonora le pusieron el nombre arcaico de Arizona. La Apachería seguía más o menos imperturbable en ese mazacote de territorios inmensos en los que pueblos de veinte personas se mataban entre sí para llamarse de otra manera: era tan rasposa que nadie estaba interesado en conservarla, así que se la dejaron a sus habitantes y la nombraron como ellos. 

Lo que fue la Apachería sigue más o menos solo mientras escribo: es un territorio mostrenco y extremo en el que hasta los animales van de paso. Cañadas impenetrables, llanos calcinantes, ríos torturados, piedras por todos lados. Más que un lugar, es un olvido del mundo, un sitio en el que solo se les podía ocurrir prosperar a los más obstinados de los descendientes de los mongoles que salieron de caza persiguiendo yaks hasta que se les convirtieron en caribús y luego en venados de cola blanca y berrendos. Sus yurtos esteparios transportables convertidos en güiquiyaps desechables, no tiendas como los tipis que los indios de los grandes llanos cambiaban de lugar dependiendo de la temporada, sino construcciones de emergencia constante, casas para ser abandonadas. En español de México les decimos jacales. 

Hay un desprecio serio de la historia en ese hacer casas para que se las coma el carajo, una voluntad de nata y bola, unas ganas definitivas de vivir así nada más, en plan de cantar y bailar en lo que los cerdos ahorran. En un mundo que mide la potencia de las culturas en columnas y ladrillos, una que alzaba casas para que se volvieran tierra bate todos los récords del desdén. Tal vez todos fuimos así alguna vez, nómadas y felices. Íbamos pasando y alguien nos encadenó a la historia, nos puso nombre, nos obligó a pagar renta y nos prohibió fumar adentro. Éramos solo la gente y un día otro nos convirtió en algo: un mexicano, un coreano, un zulú. Alguien a quien hay que categorizar rapidito para, de preferencia, exterminarlo, y si no se puede, imponerle una lengua, enseñarle gramática y ponerle zapatos para luego vendérselos cuando se acostumbre a no andar descalzo.

Los apaches, aunque el nombre sea magnífico y nos llene la boca, no se llamaban apaches a sí mismos. Al libro de la historia se entra bautizado de sangre y con un nombre asignado por los que nos odian o, cuando menos, los que quieren lo que tenemos, aunque sea poco. Los apaches no tenían nada y se llamaban a sí mismos ndeé, la gente, el pueblo, la banda. Tampoco es que sea lindo. El nombre implica que la verdadera gente eran ellos y todos los demás no tanto. Eso pensaban los indios zuñi –«zuñi» también quiere decir «la gente»–, que fueron los que les enseñaron a los españoles que los ndeé se llamaban apachi: «Los enemigos.» 

Los apaches entraron a la historia bautizados como nuestros enemigos en zuñi a principios del siglo XVII, cuando los expedicionarios españoles subieron a los altos de Arizona y, ya de bajada, la bautizaron como la Apachería después de haber concluido lo obvio: que en la amalgama de bosques, pedreras y cañadas que encuadran el río Gila, el Bravo y el Yaqui no hay nada a que sacarle partido. 

El territorio era tan cerrado y los ndeé tan insobornablemente ellos mismos que los españoles no dejaron ni misioneros. A los curas novohispanos, acostumbrados a bautizar masas de indios laboriosos en los atrios de templos levantados en el corazón de ciudades milenarias de piedra y cal, los apaches debieron parecerles puro ecosistema: los primos del oso, los comedores de espinas. Eso eran también y daba miedo. En el Memorial sobre la Nueva México de Fray Alonso de Benavides, de 1630, los apaches tienen un rol estelar: «Es gente muy briosa y muy belicosa y muy ardidosa en la guerra, y hasta en el modo de hablar hacen diferencia con las demás naciones, porque estas hablan quedito y a espacio y los apachis parece que descalabran con las palabras.» No es un mal párrafo, para que se abran delante de una nación las cortinas de la historia. 

Para la gente de principios del siglo XIX, el siglo en el que se publicó el Memorial aunque fue escrito trescientos años antes, había tarahumaras y jicarillas, pimes, pápagos, conchos, comanches y ópatas. Todos los que no entraban en alguno de esos grupos, eran apaches, y si uno se los encontraba los tenía que matar antes de que ellos lo mataran a uno. 

  
Álvaro Enrigue. Ahora me rindo y eso es todo

miércoles, 16 de octubre de 2019

DAVID GRANN. LOS ASESINOS DE LA LUNA

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro, el programa de reseñas literarias de Radio Universidad de Salamanca en el que semanalmente os ofrecemos una propuesta de lectura elegida siempre con criterios de interés y calidad. Hoy continuamos con la breve serie, iniciada hace siete días y que llega pues a su segunda entrega, centrada en libros “ambientados” en el Oeste americano, novelas en su mayor parte -pero no sólo, como ocurre esta tarde-, en los que la extraordinaria aventura, llena de luces y sombras, del “descubrimiento” y conquista del vasto territorio norteamericano, la epopeya -muchas veces cruel y sangrienta- que acabó por conformar lo que hoy son los Estados Unidos de América, ocupa un lugar protagonista en las tramas argumentales. Tras la excepcional Butcher’s Crossing, del no menos excelente John Williams, esta tarde cambiamos de registro con Los asesinos de la luna, el sobrecogedor e impresionante reportaje literario del periodista David Grann. El libro, en traducción de Luis Murillo Fort, aparece en Random House, editorial en la que también han visto la luz otros dos títulos suyos, Z, la ciudad perdida y El viejo y la pistola, ambos con destacadas, al parecer, traslaciones cinematográficas. Un paso a la gran pantalla que, al parecer, se dará igualmente con el libro que ahora os comento, con Leonardo di Caprio en uno de sus principales papeles y la dirección de Martin Scorsese. El estreno de la película está previsto, según informa la prensa, para 2020. 

Los asesinos de la luna se publicó en 2017 en Estados Unidos bajo el poético título -algo más cercano al auténtico espíritu, a la esencia del libro, como podréis comprobar con el texto final que cierra este comentario- Killers of the flower moon, encuadrado dentro de una actualísima tendencia de la literatura policiaca -el true crime, la crónica negra, la investigación sobre crímenes reales- que ha alcanzado en nuestros días un cierto éxito, aunque la que pasa por ser su primera muestra -la magistral A sangre fría, de Truman Capote- cuente ya con más de cincuenta años a sus espaldas. Otro antecedente, no tan prestigioso, del género lo tenemos en nuestro país en El Caso, aquel semanario, henchido de sensacionalismo aunque no exento de calidad en los reportajes de algunos colaboradores, en el que se intentaba esclarecer crímenes notorios, en textos narrados siempre con una intención de morbosa espectacularidad y a veces, las menos, con alguna pretensión de literatura. Los dos libros antes citados del propio Grann pertenecen a esta fecunda rama del noir que combina periodismo con voluntad y estilo literarios, a partir de la rigurosa indagación de un asesinato -o de una serie de ellos- más o menos olvidado, aunque a menudo hubiera “gozado” en su momento de una intensa repercusión pública, llevada a cabo por el autor a partir de hechos y documentos reales. 

En el caso del título que nos ocupa el desencadenante es una historia apenas conocida, insólita, emocionante, increíble, sorprendente… y a la vez terrible, cruel, tristísima, atroz e indignante; también muy reveladora e instructiva, en un plano histórico, acerca del complejo proceso de construcción del inmenso país norteamericano, y muy sugerente también, en una dimensión que podríamos llamar filosófica, en relación con la naturaleza de cualquier ser humano, con las contradictorias fuerzas que nos mueven, con nuestros impulsos y pasiones, incluso los más deleznables, con la integridad y el ansia de poder, con la honradez y la codicia, con la bondad y la maldad inherentes -en diferentes proporciones según los casos- a toda personalidad. 

El 24 de mayo de 1921, Mollie Burkhart, una mujer de treinta y cuatro años de la tribu india de los osage, echa en falta, inquieta y temerosa por su ausencia, la habitual visita de su hermana Anna tras tres días transcurridos desde su último contacto. Notificada su desaparición, el cadáver de la mujer, con un tiro en la nuca, aparecerá en un barranco perdido. Tres años antes, otra de sus hermanas, Minnie, había fallecido, muy joven, de una extraña enfermedad consuntiva. En el lapso de algunas semanas, de escasos meses, otras personas, todas miembros de la comunidad osage o relacionados con ellos y con la aterrorizada Mollie en particular, desaparecerán en circunstancias misteriosas o serán víctimas de asesinatos, entre ellas una cuarta hermana, Rita, que volará por los aires en una explosión que acabará con su vida, su casa y sus propiedades. A la larga lista de sucesos sangrientos se sumarán también las muertes de investigadores o servidores de la ley encargados de esclarecer los aparentemente inexplicables crímenes hasta completar un total de veinticuatro asesinatos (conocidos). Pronto resulta evidente que el nexo común a todos ellos reside en la condición de multimillonarios de los osage (Conspiración para matar a indios ricos, llegará a titular un periódico de la época), pues la tribu, que en torno a 1870 había sido expulsada de sus tierras en Kansas y trasladada a una inhóspita reserva, un árido roquedal sin valor alguno en el noreste de Oklahoma, se encontró de la noche a la mañana convertida en el pueblo más rico per cápita del mundo, al descubrirse en su territorio, en los primeros años del siglo XX, uno de los mayores yacimientos petrolíferos de Estados Unidos. Los osage, hasta hacía poco una población “primitiva” que vivía en contacto con la naturaleza siguiendo sus ancestrales tradiciones, se habían incorporado -no sin conflicto- al vertiginoso capitalismo que en esos años transformó su país -y el mundo entero-, malgastando la enorme riqueza sobrevenida en la construcción de enormes mansiones, en la compra de modernos automóviles guiados por chóferes privados, en la adquisición de pieles y joyas costosas, y en una vida, en muchos casos, de lujo y ostentación, que provocaba las envidias y la indignación, incluso el odio y una absurda e injustificada ansia de venganza en los colonos blancos. 

David Grann relata, en una narración apasionante, las circunstancias que rodearon esos asesinatos y sus consecuencias, también las pesquisas policiales, la identificación de los sospechosos, las detenciones, los juicios, e igualmente sus puntos oscuros y de difícil esclarecimiento, en un texto con una sólida base documental -que sin embargo no entorpece la lectura, que fluye vigorosa arrastrando al lector en un caudaloso relato que se lee con la fruición y el arrebato de una adictiva novela- y que incluye material de decenas de archivos, con referencias de documentos del FBI, informes de autopsias, testamentos y últimas voluntades, fotografías de escenas de crímenes, transcripciones de juicios, análisis de documentos falsificados, huellas dactilares, estudios de balística y de explosivos, registros bancarios, declaraciones de testigos oculares, confesiones de asesinos, notas interceptadas en prisión, testimonios ante el gran jurado, diarios de investigadores privados y fotos de fichas policiales, actas sobre indulto y libertad provisional, correspondencia privada, manuscritos inéditos de investigadores, memorándums y telegramas del departamento de Justicia, así como entrevistas con descendientes de los afectados. Todo ello aflora -como digo sin interrumpir el desenvuelto flujo de la larga crónica- en una historia que se completa con numerosas fotos de los principales implicados y de los lugares en los que se desenvuelve la “acción”, que incorpora cerca de ochocientas notas a pie de página en las que se “acredita” casi cualquier hecho consignado en la narración, y que se cierra con una extensa bibliografía final con más de doscientas entradas que dan fe de la minuciosa y exhaustiva labor de investigación de un autor que, además de un excelente escritor es, sobre todo, un avezado periodista. 

Tres son los personajes principales sobre los que David Grann hace girar la “acción”: la propia Mollie Burkhart, una mujer fascinante sobrepasada por la inusual experiencia que en sus treinta y cinco años había tenido que vivir, desde que naciera en una cabaña en medio de una pradera hasta que se transformara en una persona rica casi de la noche a la mañana y últimamente fuera presa del pánico conforme iban cayendo miembros de su familia y de su tribu; Tom White, el agente de la ley al viejo estilo, un antiguo miembro de los Rangers de Texas, que se había pasado media vida a caballo persiguiendo malhechores en la frontera y que desde su metro noventa, tocado con su sempiterno sombrero de cowboy y bien resguardado en su impasibilidad de pistolero, asumirá el encargo de resolver el extraño caso de los osage; y por último William Hale, un hombre hecho a sí mismo, llegado al territorio sin rastro alguno de su pasado, sin más posesiones que un sucinto hatillo y una desgastada biblia, y que lograría abrirse paso en la vida tras atravesar diferentes ocupaciones para convertirse en el Rey de las Colinas Osage, la principal fortuna, el poderoso dueño de toda la región, el auténtico factótum, el referente último, de todo cuanto ocurre en el condado. 

Pero el indudable atractivo de la trama argumental, de la absorbente intriga policiaca, de la sugestiva exposición de la pesquisa y averiguación de los asesinatos que constituye el núcleo central de libro, un desarrollo “novelístico” que se “vehicula” a través de las relaciones entre las tres figuras esenciales mencionadas, principales afectados -ya sea como víctimas, investigadores o responsables- de la infame conspiración de hombres blancos (autoridades, agentes del orden, miembros de la judicatura, médicos forenses, empresarios y hasta empleados de funerarias) para acabar con los “pieles rojas millonarios”, no es, ni mucho menos, el aliciente fundamental de un libro en el que destacan muchos otros frentes de interés. Por un lado, Los asesinos de la luna nos permite conocer la terrible y asombrosa trayectoria del pueblo osage, emblema en cierto modo de la conquista del Oeste. También, comparecen el voraz apetito de poder y el insaciable espíritu depredador en los que se sustentó el implacable desarrollo del capitalismo norteamericano en el filo de dos siglos, el XIX y el XX, o lo que es lo mismo, el sustrato básico del “nacimiento de una nación”, la que sería dueña del mundo en los últimos cien años. El libro es así un fidedigno retrato de esa época convulsa, hecha a medias de coraje, arrojo y aventura, y, a la vez, de engaños, fraudes, abusos, corrupción y violaciones de las leyes, fraguada a partir de una mezcla de atrevimiento y codicia, de fecunda voluntad pionera y astuto y cruel instinto de avaricia y explotación. Por último, el texto de Grann encierra una documentada reflexión sobre los orígenes de la policía federal en Estados Unidos y el papel ambiguo del FBI de J. Edgar Hoover, su oscuro responsable durante cinco décadas, ocupadas en combatir el crimen, pero también en perpetrar mayúsculos abusos de poder

De todos estos ejes cardinales de la novela, es el constituido por las paginas centradas en la triste vivencia de los osage el más conmovedor. A principios del siglo XIX, cuando el presidente Jefferson compró a Francia el territorio de la actual Louisiana, el orgulloso y noble pueblo indio se vio obligado a renunciar a unos cuarenta millones de hectáreas de sus tierras ancestrales para acabar en una reserva de 80 por 260 kilómetros en el sureste de Kansas. En torno a 1850, los miembros de la tribu habían logrado aclimatarse a sus nuevas y forzadas condiciones viviendo aún en una idílica armonía con la naturaleza, entregados a la caza del bisonte, manteniendo su lengua, sus costumbres, sus creencias, sus rituales, sus ceremonias, sus vestimentas, su cultura. La invasiva llegada de colonos blancos a sus tierras -el libro menciona a la familia Ingalls, una de cuyas hijas, Laura Ingalls, escribirá después La casa de la pradera, basada en su experiencia personal; obviamente desde un ángulo opuesto al de los indios- volvió a llevar al destierro a los osage. Mi situación me resulta totalmente satisfactoria. Los bosques y los ríos cubren todas nuestras necesidades en abundancia, afirmará uno de sus jefes al cuestionársele su renuencia a aceptar pacíficamente las exigencias de los “allanadores”. Recluidos en su nuevo territorio en Oklahoma, protegidos por la inaccesibilidad de unas colinas que hacían al condado poco atrayente para la voracidad comercial de los colonos, los escasos miembros restantes -unos tres mil de los diez mil originarios, víctimas de las sucesivas migraciones y de las enfermedades de los blancos, sobre todo la viruela- levantaron sus campamentos en su nuevo hogar intentado acomodarse a su actual situación y buscando también recuperar -pacífica e inútilmente- la esencia de su vida pasada. Hasta que llegó el petróleo. 

A partir del descubrimiento del rico combustible, la degradación de la cultura osage se produce de modo acelerado, dejando a los miembros de la tribu a la deriva en un mundo extraño. Viéndose obligados a apartarse de sus tradiciones y casi olvidadas sus raíces, los osage sobrevivirán a duras penas, perdido el sentido de sus vidas, sin nada familiar a lo que agarrarse para mantenerse a flote en el universo de la riqueza blanca. Mollie Buckhart será el triste y deplorable ejemplo paradigmático de este proceso irremediable. Nacida en 1887, su vida se desenvuelve a caballo de dos siglos, y más aún, de dos civilizaciones. Las distintas políticas gubernamentales la obligan -como al resto de sus compañeros de clan- a adaptarse a la cultura blanca. Abandonará su poblado para ir a estudiar a la St. Louis School, una escuela católica, dejando atrás el escenario de sus juegos infantiles, sus paisajes, sus ritos vernáculos, sus vínculos, el recuerdo de un mundo fascinante. Se casará con un hombre blanco -Ernest Buckhart, de importancia capital en la trama “detectivesca” que hila el desarrollo del libro- con el que vivirá en una mansión en Grey Horse, una de las poblaciones más importantes del condado, rodeada de coches y criados, en un proceso de aculturación acelerado por la llegada de colonos y misioneros, por el despertar de la fiebre del oro negro y la avalancha de cantidades ingentes de dólares (los hijos de las familias vuelven de los internados en los que se les “sumerge” en una cultura ajena sin comprender el propio idioma; sus oídos se han cerrado a nuestra lengua, se lamentarán los adultos). 

Esta desmesurada riqueza provocará, además, la alarma del “hombre blanco”, acentuando el rechazo, la marginación. Las siniestras vicisitudes del proceso judicial desencadenado como consecuencia de las muertes familiares llevarán también a Mollie -una vez más emblema de su tribu- al descrédito entre los suyos, para verse al fin, expulsada de los dos mundos entre los que siempre había basculado, en una metáfora muy esclarecedora no sólo de su propia vida sino también del lastimoso destino de su pueblo, definitivamente perdida su ubicación en la historia, olvidada para siempre la libertad de sus añoradas praderas e imposible ya la integración en una civilización materialista y ruin. La extraordinaria capacidad de David Grann para hacer partícipe al lector del inmenso sufrimiento de su comunidad es, sin duda, uno de los mayores logros del libro. 

Como lo es también el muy sólido retrato del acelerado proceso de expansión y progreso del sistema capitalista norteamericano en las décadas finales del siglo XIX y, sobre todo, las primeras del XX, un descomunal crecimiento ejemplificado en la devoradora pulsión de los poderes, los oficiales y los “fácticos”, por hacerse, a cualquier precio, con las enormes riquezas naturales -petróleo incluido, pero también las feraces e inagotables tierras- de las que disfrutaban los indígenas asentados en aquellos casi infinitos parajes, idílicos antes de la “invasión” colonizadora. Con la pulcritud y la claridad de un manual de derecho administrativo -aunque sin su habitualmente farragosa prosa- Los asesinos de la luna documenta con precisión el complejo entramado jurídico -elaborado ad hoc por unas autoridades y unos legisladores torticeros- con el que se desproveyó a los osage -y en otros contextos al resto de las tribus- de todos sus derechos sobre los territorios que habitaban y sobre sus pródigos dones. La primera consecuencia del sistema de adjudicaciones de las tierras osage, fue la desaparición del antiguo sistema comunal y la introducción entre los indios de una ventajosa fórmula de propiedad privada. Ventajosa para los blancos, obviamente, pues al privar a la tribu del dominio comunitario y convertir a cada familia en dueña de una parcela, se facilitaba su posterior venta y adquisición -en la práctica su “robo”- por los recién llegados colonos. Cada miembro de la tribu recibió un headright, una acción en el patrimonio mineral de su pueblo, blindada inicialmente en tanto que esos derechos solo podían transmitirse por vía hereditaria (y sin querer desvelar nada sustancial en relación con la intriga policial y los asesinatos sin resolver, en ese mecanismo jurídico residirá la clave de las sospechosas muertes). Sin embargo, este benéfico instrumento de protección de la propiedad osage se vio desde el inicio mediatizado por fuertes limitaciones: el sistema de tutelaje financiero impuesto por el gobierno federal que obligaba a que cada indio tuviera su “tutor” blanco, del que dependían en último término las decisiones sobre la utilización de sus fortunas, y, sobre todo, las restricciones para gastar su dinero, un uso limitado a unos pocos miles de dólares cada año. Partiendo de estas premisas jurídicas, el libro describe sin reparos los engaños, las estafas, los fraudes, los robos directos sufridos por los pobres osage a manos de sus administradores, sus tutores y los desesperados, codiciosos y soñadores colonos. Entrevistado en la prensa de la época, uno de los miembros de la nación india afirmará sobre sus “asesores”: Nuestro dinero los atrae y no se puede hacer absolutamente nada. Ellos tienen todas las leyes y toda la maquinaria de su lado. Cuando escriba el artículo, dígale usted a todo el mundo que aquí nos están arrancando, no ya la cabellera, sino el alma

Desde las disparatadas carreras de los colonos para conseguir tierras a finales del siglo XIX, pasando por la inaudita creación de Oklahoma, siendo los osage los últimos pobladores originarios en “pasar por el tubo” del saqueo legal, por el libro se suceden las distintas “invasiones” que sufrirán los indios: los prospectores blancos que buscaban petróleo, los industriales, los magnates -entre ellos, los Getty, uno de los apellidos aún hoy relevantes en las grandes finanzas- y los directivos de las compañías que se reparten los derechos, adquiridos en subastas millonarias, sobre las tierras y sobre su “generoso” subsuelo, los periodistas sin escrúpulos en busca de primicias, los políticos corruptos oliendo el rastro del dinero; y tras ellos todo tipo de buscavidas y malhechores, asaltantes de trenes, atracadores, cuatreros, ladrones de caballos, rufianes, proxenetas, contrabandistas, salteadores de diligencias, bandidos varios, la granujería, en suma, como definirá Tom White a toda esa caterva de facinerosos. Hay en Tintín en América, un cómic en el que resulta inevitable pensar al leer esta parte del libro, una página en la que en sólo cinco viñetas se describe de manera magistral este acelerado proceso de construcción de una sociedad próspera y desarrollada sobre la base de la urgente y rápida esquilmación de las riquezas indias y de la explotación de sus yacimientos petrolíferos. Los asesinos de la luna incluye un par de fotografías extraordinariamente reveladoras de Pawhuska, la capital del condado osage, antes y después del descubrimiento del petróleo, ejemplar correlato gráfico, como lo es la ilustración tintinesca, de la historia narrada. 

Y es en relación a esta enrevesada red de corrupción e intereses fraudulentos en donde aparece la última vertiente notable del libro: el estudio, apasionante y riguroso, de la creación y los primeros pasos del FBI. En una sociedad en cambio en la que los códigos no escritos del Oeste, las tradiciones que unían a comunidades entre sí, se habían desintegrado; en un clima caótico marcado por la anarquía y la corrupción, en el que las mordidas, los sobornos, los chantajes y las amenazas eran comunes en los incipientes cuerpos policiales; con una vida social conmocionada por las consecuencias de la ley seca y, años después, por el gran crack del 29; en un escenario dominado por el crimen organizado, la mayor superabundancia criminal en la historia de Norteamérica, el miedo provocado por la repentina irrupción del Reino Osage del Terror, la masiva muerte de miembros de la tribu asesinados a balazos en pastizales solitarios, apuñalados en sus propios automóviles, envenenados para que murieran lentamente o destrozados tras habérseles dinamitado la casa mientras dormían, exigía la inmediata y eficiente respuesta de las autoridades. La inoperancia de los primeros detectives privados contratados por los osage para resolver los crímenes, profesionales rudimentarios anclados aún a los primitivos métodos del siglo XIX que encarnaron el pionero Allan Pinkerton, autor de un famoso manual del género, o William J. Burns, que incorporó a la investigación policial algunas novedades de la entonces moderna tecnología, llevó a la creación del Bureau of Investigation, institución creada en 1908 por Theodore Roosevelt para suplir la carencia de un cuerpo de policía federal; un organismo que acabaría por convertirse, en 1935, en el Federal Bureau of Investigation, el legendario y controvertido FBI, al mando del ambicioso Edgar J. Hoover, que lo dirigirá durante cinco décadas. 

Hoover (cuyo complicado carácter y cuya megalomanía afloran en el texto) nombrará a Tom White responsable de la sucursal de la agencia en Oklahoma, y el antiguo cowboy, que se había curtido en la lucha contra mexicanos, indios y forajidos en la frontera, con bonhomía e innegable autoridad natural (significándose contra el racismo, impidiendo linchamientos, defendiendo los derechos de los presos, de los acusados), encarará la investigación de manera profesional, dando los primeros pasos para convertir al Bureau en una fuerza policial moderna, que acogiera los métodos científicos en las pesquisas, el análisis de las huellas dactilares, las mediciones de los criminales, el registro de las fotos de identificación de sospechosos, incluso las teorías empresariales de Frederick Winslow Taylor y su organización científica del trabajo. Todo ello está en Los asesinos de la luna, y también la posterior evolución del FBI, con la omnipresencia de Hoover -siempre a salvo en su puesto, resistiendo los muchos cambios presidenciales, una década tras otra- y sus paranoias, sus ambiciones o la politización creciente de sus actuaciones (recuérdese su notable participación en la “caza de brujas” maccarthysta). 

En fin, por todos estos motivos no deberíais dejar de leer este apasionante Los asesinos de la luna, la más reciente publicación de David Grann en nuestro país. Como complemento musical a mi reseña os ofrezco The osage song of sorrow, un cántico tradicional osage, grabado en 1997 en Greyhorse, una ciudad, en la reserva de la comunidad india, con importante protagonismo en el libro. 


En abril, millones de flores diminutas cubren las colinas pobladas de robles y las inmensas praderas del territorio osage de Oklahoma. Hay violetas tricolor, bellezas de Virginia y estrellas violeta. El escritor osage John Joseph Mathews observó que esa galaxia de pétalos hace que parezca que «los dioses hubieran tirado confeti». En mayo, cuando aúllan los coyotes bajo una luna desconcertantemente grande, unas plantas más altas como lágrimas de dama y rudbeckias van privando poco a poco de luz y agua a las flores menudas. Los tallos de estas se quiebran, los pétalos se alejan revoloteando, y al poco tiempo quedan sepultadas bajo tierra. Por eso los indios osage dicen que mayo es el tiempo de la luna mataflores. 

El 24 de mayo de 1921, Mollie Burkhart, con domicilio en el poblado osage de Gray Horse (Oklahoma), empezó a temer que algo le había ocurrido a Anna Brown, una de sus tres hermanas. Desde hacía tres días Anna, que contaba treinta y cuatro años, y era apenas un año mayor que Mollie, no daba señales de vida. Muchas veces se iba «de juerga», como solían decir despectivamente en su familia: a bailar y a beber con amigos hasta que despuntaba el día. Pero esta vez habían pasado ya dos noches y Anna no había comparecido en casa de Mollie como tenía por costumbre, con sus largos cabellos negros ligeramente revueltos y sus oscuros ojos despidiendo destellos como de cristal. Cuando entraba, a Anna le gustaba quitarse los zapatos, y Mollie echaba de menos oírla deambular por la casa, un sonido que siempre la reconfortaba. Por el contrario, reinaba un silencio tan estático como la llanura. 

Tres años atrás, Mollie había perdido a su otra hermana, Minnie, cuya muerte fue muy prematura. Aunque los médicos lo atribuyeron a «una enfermedad consuntiva peculiar», Mollie tuvo sus dudas. No en vano Minnie había muerto con solo veintisiete años y siempre había gozado de buena salud. 

Al igual que sus padres, Mollie y sus hermanas estaban inscritas en la lista osage, es decir, sus nombres constaban en el registro de miembros de la tribu. Eso quería decir, también, que poseían una fortuna. En los primeros años de la década de 1870, los osage habían sido expulsados de sus tierras en Kansas y trasladados a una pedregosa reserva, aparentemente sin valor alguno, en la región nororiental de Oklahoma. Transcurridas unas décadas, descubrieron que la reserva se asentaba sobre uno de los mayores yacimientos petrolíferos de Estados Unidos. Para conseguir el petróleo, los prospectores hubieron de pagar arriendos y derechos a los osage. A principios del siglo XX, todas y cada una de las personas que figuraban en la lista de la tribu empezó a recibir un cheque trimestral. La cantidad inicial era de unos pocos dólares, pero a medida que se iba extrayendo petróleo los dividendos subieron a centenares, y luego a miles, de dólares. Y los pagos crecían prácticamente cada año, como crecían los arroyos que confluían en la pradera para formar el ancho y lodoso Cimarrón, hasta que el conjunto de la tribu osage llegó a acumular millones y millones de dólares. (Solo en 1921, la tribu ingresó más de treinta millones, lo que serían hoy más de cuatrocientos.) A los osage se los consideraba el pueblo más rico per cápita del mundo. «¡Quién lo iba a decir! —proclamaba el semanario neoyorquino Outlook—. El indio, en vez de morirse de hambre […] disfruta de unos ingresos fijos que ya quisiera para sí más de un banquero.» 

La prosperidad de la tribu tenía perpleja a la opinión pública, pues se contradecía con las imágenes de indios americanos que se remontaban al primer y brutal contacto con los blancos, ese pecado original del cual había nacido el país. La prensa publicaba reportajes sobre los «plutócratas osage» y los «millonarios pieles rojas», con sus mansiones de ladrillo y terracota y sus arañas de luz, con sus anillos de diamante y sus abrigos de pieles, y sus automóviles con chófer. Un autor se asombraba del hecho de que muchachas osage fueran a los mejores internados y lucieran suntuosos vestidos franceses, como si «une très jolie demoiselle se hubiera extraviado en su paseo por los bulevares parisinos para acabar en este pequeño asentamiento». 

Paralelamente, los periodistas no perdían ocasión de recalcar cualquier indicio del tradicional estilo de vida osage, cosa que parecía despertar en los lectores visiones tópicas de indios «salvajes». Un artículo en concreto hablaba de un «corro de automóviles caros alrededor de una fogata, en la que sus broncíneos propietarios, ataviados con mantas de vivos colores, asan carne al estilo primitivo». Otro se hacía eco de un grupo osage que llegó a una de sus ceremonias tradicionales en un avión privado, una escena que «ni el más imaginativo de los escritores podría haber inventado». Resumiendo la postura de la opinión pública sobre los osage, el Washington Post afirmaba: «Aquel típico lamento, “Ay, pobrecitos indios”, quizá habría que cambiarlo a un “Caray con los ricachones pieles rojas”». 



David Grann. Los asesinos de la luna 

miércoles, 9 de octubre de 2019

JOHN WILLIAMS. BUTCHER'S CROSSING

Hola, buenas tardes. Bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro, el programa de recomendaciones de lectura de Radio Universidad de Salamanca. Con mi reseña de hoy abrimos una serie de cinco propuestas literarias que os llevarán -las cinco- a los vastos y tantas veces inacabables territorios de Estados Unidos, un espacio de dimensiones físicas pero también “existenciales” casi míticas, objeto de atracción para muchas generaciones desde aquellos primeros arriesgados viajeros que, a bordo del Mayflower, desembarcaron en sus costas orientales pronto hará ya cuatrocientos años (los colonos anglosajones llegaron a lo que entonces denominaron “colonia de Plymouth” exactamente el 11 de noviembre de 1620). Una referencia, esta de los pioneros del Mayflower, especialmente apropiada a nuestro libro de hoy, como luego veremos.

El pasado mayo, en otro breve “ciclo” de viajes en nuestro espacio, ya habíamos recalado en las tierras estadounidenses, también desde una perspectiva rozando lo legendario, a partir de Oeste, la fenomenal novela de Carys Davies, que nos ponía en contacto, a través de un personaje formidable, el soñador e iluminado, el obstinado y decidido Cy Bellman, con los más reconocibles “tópicos” de la conquista del Oeste. Idénticas connotaciones épicas, idéntica atmósfera de leyenda, idéntica consideración de epopeya caracterizan también esta excepcional novela de la que ahora quiero hablaros, una maravilla que no deberíais perderos de un autor consagrado, John Edward Williams, que ya apareció en nuestro espacio años atrás con otra de sus novelas esenciales, quizá su obra mayor, Stoner. En este caso es Butcher’s Crossing, el título, con casi sesenta años a sus espaldas, cuya lectura os recomiendo vivamente. El libro, publicado en nuestro país en 2013, vio la luz, en traducción de Luis Murillo Fort, en la editorial Lumen.

Estamos en 1873. William Andrews, estudiante del tercer curso en la Universidad de Harvard, decide, movido por no se sabe qué extraña pulsión y contrariando la voluntad familiar, abandonar su previsible trayectoria profesional y personal en Boston y durante dos largas semanas, dando tumbos en diligencia y ferrocarril por medio país -Albany, Nueva York, Baltimore, Filadelfia, Cincinnati, Saint Louis (en su recuento apresurado)-, dirigirse hacia el Oeste, hacia Butcher’s Crossing, un poblacho perdido en medio de ninguna parte, un anodino lugar de paso en Kansas condenado a la extinción. Con la sola referencia de un nombre, el del señor McDonald, un crepuscular personaje, dedicado a la compraventa de pieles de bisonte, al que el padre del muchacho conoció esporádicamente doce o catorce años atrás y para el que le ha dado una carta de recomendación, Will desciende del tren en el inhóspito poblado con la intención de conocer la región y abrirse a experiencias nuevas. Pero el contacto con McDonald y con el desolado villorrio -un desvencijado hotel, una taberna, un burdel, una herrería, un almacén, cuatro precarias construcciones de madera, ardiente sol y asfixiante polvo, en una iconografía bien conocida para el lector actual a partir de los westerns de Hollywood- lo mantienen en una algo decepcionante, aunque breve, espera. Movido por su necesidad de acción, por la energía de la juventud, por la voluntad -el ansia- de experiencias, trabará conocimiento con un individuo singular, de dimensiones heroicas y atractivo irresistible, Miller, un avezado cazador, de rasgos y carácter shakesperianos, que acaba implicando al joven Andrews -a su persona y a su capital- en un proyecto atrevido, desorbitado, rozando la locura: una expedición de caza a un valle casi inaccesible en Colorado, al pie de las Montañas Rocosas. Diez años atrás Miller había descubierto el lugar, una suerte de universo aislado por los abruptos accidentes orográficos que lo limitaban, en el que se desenvolvían pacíficamente miles de bisontes -siempre en el recuerdo del adusto cazador- en una despreocupada existencia ajena al ser humano; un blanco fácil, pues, dada la práctica imposibilidad física de escapatoria -el valle clausurado para los animales salvo por un estrecho desfiladero que lo cerraba-, para cualquier cuadrilla de tiradores, por muy inexpertos que fuesen. Miller logra persuadir al chico de la conveniencia de embarcarse en un plan que en su cálculo -no exento de ribetes de delirio- prevé breve y sencillo, saliendo a principios de otoño y volviendo en solo un par de meses cargados de valiosas pieles de bisonte, miles de dólares que compensarán con creces la inversión inicial del joven bostoniano. Y así, tras algunos días de preparación y avituallamiento, de acopio de material y organización de la intendencia, dejarán atrás las llanuras de Kansas camino de su destino, quién sabe si feliz o aciago, en una expedición para la que han reunido una partida que incluye, además de a ellos dos, el inexperto y permanentemente asombrado Andrews, y el muy seguro, sapiente, confiado y rebosante de autoridad natural, Miller, líder indiscutible del grupo, a las dos incorporaciones adicionales que éste ha impuesto: Charley Hoge, eficaz en muchos aspectos prácticos de la empresa -caza, gobierno del campamento, control de los animales, despensa y cocina- pese a carecer de una mano, perdida en otra “correría”; un borrachín, protegido del máximo responsable de la aventura, siempre aferrado a su Biblia y sus cánticos religiosos, un hombre hosco, que irá ganando en ensimismamiento e introspección con el paso de las semanas; y Fred Schneider, el desollador alemán, eficaz despellejador de bisontes, otro tipo arisco, huraño, gruñón, retraído, solitario.

Butcher’s crossing es la descarnada e intensa descripción de esa atrevida y a la postre arriesgada empresa, en una narración espléndida que es a la vez un apasionante relato de aventuras, un western, una muy fidedigna crónica histórica, una novela de iniciación y, también, un profundo texto de índole filosófica en el que podemos encontrar un alegato ecologista en favor de la vida natural con referencias a las obras de Thoreau y Emerson y a los versos de Walt Whitman, un elogio, lleno de claroscuros, de la libertad individual frente a las convenciones de la vida social, una fábula metafísica en la que resuenan ecos del Moby Dick de Melville, y una penetrante indagación, de alcance universal, sobre el sentido último de nuestras vidas.

En primer lugar, la novela puede leerse como una arrebatadora y palpitante historia de aventuras. El recorrido de los cuatro esforzados expedicionarios a través de las extensas, inabarcables praderas de Kansas, de las inmensas llanuras de inalcanzable horizonte, de las abruptas estribaciones de las Montañas Rocosas, su lucha contra las inclemencias del tiempo y la a menudo hostil naturaleza, el “enfrentamiento” -desigual para desgracia de los animales- con las manadas de bisontes, la sufrida supervivencia en un entorno despiadado, la convivencia y los conflictos entre personalidades disímiles e incluso opuestas, el espíritu de curiosidad y asombro -aún felizmente infantil- que mueve al protagonista en su muy ardua peripecia, atrapan al lector y se disfrutan con el entusiasmo y el deleite que uno asocia a las primeras y emocionantes lecturas juveniles. Contribuye al logro de este benéfico efecto la muy sólida descripción de las personalidades de los cuatro protagonistas principales -e incluso de los dos secundarios, que no participan en el viaje, el comerciante MacDonald y la sensible prostituta Francine- muy bien caracterizados en su contorno físico y su dimensión íntima. Por encima de todos un Miller capaz de provocar unas simultáneas atracción y repulsa, un individuo enérgico, confiado, sapiente, seguro, y que representa la autoridad, la confianza, el liderazgo natural, también la enajenación, la locura, la obnubilación; pudiendo encontrarse en él la sombra del capitán Ahab, con la insensata persecución de la casi mitológica ballena blanca transformada aquí en la ciega y bárbara y desalmada caza de bisontes. [Veía] la matanza de bisontes, no como un ansia de sangre, de pieles o de lo que pudieran reportar, y ni siquiera al final como una descarga de la furia que anidaba en el interior de Miller; acabó viendo la matanza como una fría y ciega respuesta a la vida en la que Miller se había metido de lleno, leemos acerca de él en un momento de la novela. Y también: un autómata, un mecanismo puesto en marcha por el discurrir de la manada. Confundido con el paisaje, rudo, greñudo, sucio, negro por la mugre y el ardiente sol y la falta de aseo, envuelto en pieles de bisontes, arisco, convertido en algo tan intrínseco al paisaje que ya no era posible distinguirlo, la “iconografía” con la que nos lo presenta Williams lo dota de una poderosa significación de formidable alcance simbólico. Pero también nos interesa Charles Hogey, tan débil, tan necesitado de apoyo y protección, siempre muerto de frío, con sus ojos desenfocados, algo alocados, perdido el sentido en los episodios más duros de la terrible vivencia que envolverá a los aventureros. Y el inestable Schneider, irascible, obstinado, individualista, malhumorado, silencioso -o hablando solo-, soportando el paso del tiempo al margen de los compañeros, anhelando en todo momento el retorno, el dinero, el cuerpo de las mujeres, imaginado, ardientemente deseado en su áspera y opresiva soledad. Y está, claro, el propio Will Andrews, observador de todo y de sí mismo, valiente, convencido, empecinado incluso, ansioso de experiencias, lleno de energía y decisión -Se sentía recorrido por la corriente de una fuerza sin nombre-, creciendo, madurando, abierto a la vida y al mundo.

Todo ello, el paisaje, pero también los personajes y sus andanzas extremas, remiten al mundo del western y, en general, a la “conquista” del Oeste, a ese fenómeno expansivo de los pioneros norteamericanos que atravesaron el continente de costa a cosa ampliando los límites de su país en busca de oportunidades, de una vida mejor, de, en definitiva, un sueño dorado, mientras por el camino domeñaban la naturaleza, esquilmaban a las poblaciones indias y devastaban la ubérrima fauna local. El libro ofrece así una muy interesante faceta documental, sirviendo, en su microcosmos minuciosamente descrito, de singular, y a la vez universal, crónica histórica. El paralelismo, subrayado de manera recurrente, con los navegantes y exploradores del Mayflower y, en general, con cualquier explorador que desafía los límites de lo conocido (Pensaba en las historias que había oído entonces sobre aquellos primeros exploradores que se aventuraron en el mar. Recordó haber oído hablar de la superstición según la cual llegarían al final del océano y caerían a un espacio y una oscuridad sin fin. Sabía que esas leyendas no los habían detenido, pero aun así se preguntaba cuántas veces, en su solitario navegar, habrían tenido el presentimiento de que caerían al vacío, y cuántas veces habrían soñado con ese momento. Al observar el horizonte, vio que la línea temblaba por efecto del calor a medida que avanzaba el día; a media tarde, al levantarse viento, la línea perdía nitidez y se fundía con el cielo, y hacia el oeste había una región imprecisa cuyos límites y extensión quedaban sin definir. Luego, cuando la noche se abría paso desde la claridad hundida como una tea en la bruma de poniente, el pueblecito donde se encontraba parecía contraerse a medida que la oscuridad se expandía; y por momentos, cuando su vista perdía el punto de referencia, tenía la impresión de estar cayendo, como debió de ocurrirles a los navegantes en sus pesadillas oceánicas); la pormenorizada y exhaustiva exposición de las características de los bisontes, de su anatomía y hasta de su olor, de sus hábitos gregarios, del deambular y las maniobras de las manadas, de su significativa “coreografía”, de las estrategias de defensa y protección de las crías, de su progresivo exterminio -podría decirse “industrial”- a manos de un hombre blanco depredador (Dentro de un par de años, aquí en Kansas no habrá nada que cazar), de las terribles matanzas de los indefensos -pese a su gigantez- bóvidos; el esmerado conocimiento de los rituales y protocolos de la caza, de las armas empleadas, de la munición, de las rutinas del despellejamiento y la evisceración, la precisión extrema en la descripción de los restos óseos de los miles de cadáveres dejados a su cruel paso por los expedicionarios; el muy atinado y fidedigno relato de las costumbres de los cazadores, del manejo de los animales de carga, de las carretas, de la travesía de las praderas y el paso de los ríos, de los mil y un detalles de los usos de la supervivencia, conservación de alimentos, estrategias de protección frente al frío, prácticas de caza y pesca; la solvente recreación de los escenarios naturales; son, todos, elementos que transportan al lector a un espacio y un tiempo realistas y bien reconocibles pese a la condición novelística y por tanto “ficticia” de la obra.

Y es este, el de la muy verosímil ambientación de la aventura narrada, otro gran eje del excepcional interés que despierta la novela. A lo largo de su periplo, que previsto inicialmente -como se ha dicho- para un par de meses acaba desarrollándose a lo largo de ocho o diez, los cuatro esforzados expedicionarios, atraviesan los desiertos parajes de un entorno aún prácticamente inexplorado sometidos a las veleidosas y cambiantes condiciones de unas estaciones que se manifiestan de modo extremo, riguroso y exigente en una naturaleza a menudo adversa cuya poderosa presencia se constituye en otro de los protagonistas, quizá el principal, del libro. Desde las inequívocas citas iniciales -de unos muy significativos y abiertos a infinidad de sugerencias Emerson y Melville- en Butcher’s Crossing se suceden las reflexiones sobre dicha naturaleza (En la naturaleza existía un sutil magnetismo, que, si inconscientemente se dejaba llevar, lo guiaría por el buen camino) con, sobre todo, constantes descripciones del impresionante entorno natural, tanto en su vertiente más acogedora y amable, encendida y vital: los verdes valles, la quietud y el clima apacible en primavera, los otoñales ríos de agua transparente, la abundancia de comida, el sustento al alcance de la mano, la calidez del sol, los territorios aún vírgenes, desconocedores de la destructiva mano del hombre; como en su faceta más terrible, inhospitalaria y cruel: el calor inclemente, las distancias imposibles, el frío desmedido, el viento helado, la nieve que sepulta cualquier vislumbre de vida, la congelación que aniquila toda existencia. Es espléndido el dibujo de los cambios estacionales, de las variaciones del paisaje, de los accidentes geográficos -ríos, llanuras, riscos, laderas, valles-, de los colores de campos y montañas, como en este bellísimo fragmento que no me resisto a transcribir: La montaña era un sinfín de tonos y matices: el verde oscuro de las ramas de pino se volvía amarillo verdoso en las puntas, allí donde crecían retoños; en las matas de bayas silvestres empezaban a abrirse capullos encarnados y blancos; y el verde claro de los brotes nuevos en los álamos temblorosos centelleaba más arriba de la blanquísima corteza de sus troncos. A ras de tierra la hierba reflejaba la luz del sol hacia los rincones en sombra bajo los grandes pinos, dando un leve resplandor a sus troncos, como si la luz proviniera del núcleo mismo de los árboles. Andrews creyó ser capaz de escuchar el crecimiento. Una brisa suave agitaba las ramas, y las agujas de pino susurraban como si alguien frotara las unas contra las otras. De la hierba ascendía un murmullo, el que producían innumerables insectos allí escondidos realizando sus invisibles tareas; en el interior del bosque crujió una rama bajo la pata de un animal. Andrews respiró hondo aquel aire fragante que le traía el olor especiado del borrajo y el aroma almizcleño de la lenta descomposición de la tierra a la sombra de los grandes árboles. Y están también, como se puede apreciar, los olores, no sólo los muy perfumados y aromáticos de las plantas, también los de la descomposición de los cadáveres, las tripas de los animales, el cuero de las pieles.

Esa naturaleza desbordante y excesiva es, para Will, el epítome de lo salvaje (Lo que había visto por la mañana -el vacío de la planicie, aquel mar amarillo de inmaculada hierba- era tan solo la premonición de lo salvaje, dirá al comienzo de su viaje). Frente al bullicio inhumano del Boston del que huye, con las calles apretadas, la mugre urbana y la multitud afanosa, la pradera despoblada y misteriosa, el vigor primigenio de unos animales que rozan lo mitológico, la inexorable intensidad de los fenómenos atmosféricos, su inevitabilidad, le muestran lo que quizá, sin saberlo, había venido a buscar: Eso que él trataba de encontrar: lo salvaje. Era una libertad y una bondad, una esperanza y un vigor que parecían subyacer en todo cuanto había sido su vida hasta entonces, una vida que no era buena ni libre ni esperanzadora ni vigorosa. La profunda -y con frecuencia tremenda- verdad que encierra la naturaleza (Una gran quietud parecía emanar del valle; era la quietud, la inmovilidad, la calma absoluta de una tierra no hollada por pies humanos) se presenta así como la metáfora de la libertad que el joven ansía, una libertad a la vez fascinante y aterradora, a la que accederá dejando atrás la ciudad, la civilización, lo previsible, lo ordenado, las convenciones, las leyes de los hombres, atravesando un río, simbólico último límite del mundo “civilizado”, un río al que, mentalmente, atribuía proporciones de amplia frontera entre él y lo salvaje y la libertad que perseguía. El valle será para él, pues, un microcosmos, metáfora de la vida: El mundo exterior le venía a la mente de manera repentina y borrosa, como si lo estuviera soñando. Una parte muy importante de su vida estaba transcurriendo en aquel valle de montaña; y cuando lo contemplaba -el lecho llano, la exuberante hierba de un verde pajizo, las murallas donde crecían pinos de ramaje verde oscuro entreverado del dorado rojizo de los álamos temblones, los picos y las crestas rocosas, todo ello bajo la cúpula intensamente azul de aquel cielo parco de aire-, le parecía que los contornos del lugar fluían bajo su mirada, que eran sus ojos los que daban forma a cuanto veía, dando al mismo tiempo forma y lugar a su propia existencia. Andrews no se concebía ya a sí mismo fuera de aquel entorno.

El relato accede de esta manera a otras dimensiones si cabe más ambiciosas, que permiten caracterizarlo tanto de novela de iniciación como filosófica. El viaje de Andrews es un tránsito, de la juventud a la madurez, de la perplejidad al asombro, de las certidumbres al escepticismo, de la ignorancia al conocimiento. Viaja, pues, para hallar el sentido de su vida, para encontrarse a sí mismo, para “saber”; y se cuentan por decenas los ejemplos -reflexiones, dudas, intuiciones, pensamientos, pálpitos- en los que la agotadora y exigente peripecia “física”, crudamente “real”, encuentra su correlato en la aventura existencial. La extremosidad de las condiciones materiales, el hambre, la congelación, las jornadas enteras durmiendo en una forzada y heladora hibernación llevan en ocasiones al personaje a una suerte de lúcido delirio, en un relato por momentos onírico en el que parece que alcance una especie de reveladora clarividencia. Se miraba (piensa, mientras Miller se embriaga en la matanza de bisontes) y no era capaz de reconocerse ni de entender qué hacía allí. Y también: Era incapaz de verse a sí mismo. Una vez más, pensaba en el Andrews de unos meses atrás en Butcher’s Crossing como en un desconocido. ¿Qué había pensado entonces, cuando miraba desde el otro lado del río hacia la región donde ahora se encontraba? ¿Qué era? ¿Cómo se sentía? Ahora se consideraba una especie de ente sin forma que no hacía nada, que carecía de identidad. O aún de modo más nítido: Pensaba que ese era el principal significado que podía encontrarle a la vida, y le pareció que todo lo acaecido en su niñez y en su juventud había sido un preámbulo para el preciso instante en que ahora se encontraba, como un pájaro antes de alzar el vuelo. Miró otra vez el río. A este lado está la ciudad, pensó, y a ese otro lo salvaje. Y aunque tengo que volver, ese regreso es también otro medio que tengo de dejar atrás la ciudad, más todavía.

Y a partir de esta intensa experiencia de profundo descubrimiento íntimo, surge la lectura que podríamos llamar “metafísica” del libro, en tanto se refiere a lo que de universal tiene la indagación en el sentido último de la propia vida. Quiénes somos, qué otorga significado a nuestro paso por la tierra, para qué vivimos, cuál es, en realidad, nuestro lugar en el mundo; he ahí algunas de las preguntas que el joven (ahora ya no tanto, tras su vivencia casi un viejo) se formula y que salpican la última parte del libro: Le invadió una tristeza ambigua, como un anticipo de la pena; se puso a pensar en su padre, y aquella figura enjuta y austera pasó como un desconocido ante los ojos de su mente para desvanecerse, intangible, en una niebla gris. Un espasmo de pesar y compasión le hizo cerrar los ojos, y con aquel ligero movimiento de los párpados, la oscuridad se manifestó bruscamente. Supo que no iba a volver. No volvería (…) a la región que lo había visto nacer y crecer, que le había dado la forma en que se reconocía y el fondo en que apenas empezaba a reconocerse ahora, y que lo había puesto a merced de un territorio salvaje donde había creído encontrar una faceta más verdadera de sí mismo. No, nunca volvería. E igualmente: Pues no hay nada, ¿entiendes? Naces, mamas mentiras, te crías en casa con mentiras, aprendes otro tipo de mentiras en la escuela. Toda una vida llena de mentiras, y luego, cuando ya vas a morir, tal vez te des cuenta de que no hay nada, nada salvo tú mismo y lo que podrías haber hecho. Pero, claro, no lo hiciste porque esas mentiras decían que había algo más. Y entonces te das cuenta de que habrías podido tener el mundo entero, siendo el único que conoce el secreto… Pero ya es demasiado tarde. Te has vuelto viejo y no hay vuelta atrás. O aún con mayor desesperanza: Desperdicias todo un año de tu vida por tener fe en el sueño de un necio. ¿Y qué consigues? Nada.

En fin, no dejéis de leer esta magistral novela, Butcher’s Crossing, de John Williams. Estoy seguro de que os va a entusiasmar. Una canción tradicional del folklore norteamericano, The buffalo skinners, que ha conocido diferentes versiones -Bob Dylan, Woody Guthrie, Pete Seeger, Roger McGuinn, Ramblin’ Jack Elliott- en sus muchas décadas de existencia, ilustra musicalmente esta reseña. Van Wagner es su intérprete, elegido por el muy ilustrativo vídeo que acompaña a la canción en Youtube. 


Se sintió invadido por una extraña tristeza, una especie de presentimiento o de nostalgia. Contempló la pequeña fogata que ardía alegremente y luego desvió la vista hacia la oscuridad. Allí estaba el valle que había acabado conociendo como la palma de su mano; no podía verlo ahora, pero sabía que estaba allí; y estaban también los cadáveres corrompidos de los bisontes cuyas pieles tantos sudores, tiempo y energías les había costado reunir. No podía ver tampoco los almiares de aquellas pieles, pues estaban asimismo en la oscuridad; por la mañana los cargarían en el carromato y abandonarían el lugar. Tuvo la sensación de que jamás volvería -aun sabiendo que debía regresar con los otros para recoger las pieles que no pudieran llevarse-, la vaga sensación de que dejaría algo atrás, algo tal vez muy valioso de haber sabido de qué se trataba. Aquella noche, una vez la lumbre se hubo extinguido, Andrews se tumbó en el suelo, solo, fuera del refugio, y dejó que el frío le calara a través de la ropa; al final se quedó dormido, pero durante la noche se despertó varias veces y al hacerlo vio un cielo oscuro y sin estrellas.




John Williams. Butcher's Crossing

miércoles, 2 de octubre de 2019

GAËL FAYE. PEQUEÑO PAÍS

Hola, buenas tardes. Bienvenidos a Todos los libros un libro, el espacio de reseñas literarias de Radio Universidad de Salamanca, un programa en el que, desde hace nueve años, os ofrecemos semanalmente una recomendación de lectura para despertar vuestro interés por algún libro elegido siempre con criterios de calidad. En el caso de esta tarde mi propuesta llega, con un cierto retraso, asociada a un triste aniversario, los veinticinco años, que se cumplieron este verano que apenas hemos dejado atrás, de un acontecimiento terrible y que resulta inexplicable que haya podido tener lugar hace tan sólo dos décadas y media, como si el ser humano no hubiese aprendido nada -no lo ha hecho- de la sucesión de atrocidades y de la barbarie que marcaron todo el siglo XX. 

Entre el 7 de abril y el 15 de julio de 1994 en Ruanda se llevó a cabo una brutal y sangrienta matanza organizada, un genocidio, como resultado del ancestral enfrentamiento entre hutus y tutsis, dos de las etnias del país -la tercera, la de los pigmeos twa, se mantuvo al margen del conflicto- que desde al menos el inicio del siglo XIX habían venido enfrentándose a causa, como casi siempre, de cuestiones relativas al reparto de poder, la influencia económica y la jerarquía social. En poco más de tres meses, radicales hutus, casta dominante en la población y el gobierno ruandés, asesinaron al setenta y cinco por ciento de los tutsis y de los hutus moderados, cerca de un millón de personas en total, en venganza y represalia por la muerte, el 6 de abril, de los primeros ministros -ambos hutu- de Ruanda y Burundi, países limítrofes, asesinados al caer derribado por misiles tierra-aire el avión en que viajaban, en un atentado provocado por autores desconocidos que la etnia dirigente atribuyó al activismo tutsi. La excelente novela cuya poética, estimulante, conmovedora, aunque también dolorosa lectura quiero sugeriros hoy tiene este reciente y espantoso episodio histórico como centro principal, aunque va mucho más allá en su propuesta literaria de la mera descripción o el simple recordatorio de unos hechos sobrecogedores. 

Se trata de Pequeño país, la primera novela -con mucho de autobiográfico, como podréis comprobar a lo largo de esta reseña- de su autor, el joven Gaël Faye, nacido en Burundi de madre ruandesa y padre francés, y que vive en Francia desde 1995, cuando con escasos trece años tuvo que salir huyendo de su tierra a causa, precisamente, de la locura colectiva desatada entre los dos pueblos enfrentados. Faye, que compagina su dedicación literaria con una destacada carrera como músico de rap, ha conocido un éxito internacional incuestionable con su opera prima, traducida a treinta idiomas y validada con distintos premios en su país de adopción. El libro vio la luz en Francia en 2016, apareciendo en España a principios de 2018 en la editorial Salamandra, con traducción del francés a cargo de José Fajardo González. Aprovecho para adelantar ahora que la confluencia entre música y literatura en la trayectoria del autor me ha llevado a organizar un par de emisiones centradas en las dos vertientes de su obra, que se radiarán dentro de un mes, aproximadamente, en mi otro espacio en la emisora universitaria salmantina, Buscando leones en las nubes. Atentos, pues, a la parrilla de la radio y al blog del programa si estáis interesados en conocer con más profundidad los textos y la música de Gaël Faye, un autor, por cierto, al que yo me decidí a leer gracias a la entusiasta recomendación de José Luis López Rodríguez, al que desde aquí quiero agradecer su estupenda sugerencia (y tantas otras). 

La novela nos presenta al narrador en dos etapas distintas de su vida. Lo vemos en primer lugar en Francia, en el día de su trigésimo tercer cumpleaños, abatido en un bar nocturno, con un whisky en la mano, mientras un televisor emite imágenes de pobres seres humanos arriesgando sus vidas en el Mediterráneo para huir del hambre, de las persecuciones, del infierno. Gabriel -Gaby-, el protagonista y voz que relata la historia, había abandonado Burundi hacía veinte años, con sólo trece, como consecuencia de la guerra civil referida y desde entonces no ha vuelto a su país. Relativamente asentado en la región parisina, aunque existencialmente desubicado (Ya no habito en ninguna parte), oscila entre la voluntad decidida de dejar atrás y olvidar un pasado que sólo aflora en su vida como dolor y sufrimiento (Tengo miedo a encontrarme con verdades enterradas, con pesadillas dejadas en el umbral de mi país natal. Durante la noche, en sueños; de día, con el pensamiento; hace veinte años que regreso a mi barrio, a aquel tiempo suspendido en el que vivía feliz con mi familia y mis amigos. La infancia me ha dejado marcas con las que no sé qué hacer. En los días buenos me digo que es de ellas de donde nacen mi fuerza y mi sensibilidad. Cuando he llegado al fondo de la botella, veo en ellas la causa de mi inadaptación al mundo), y la nostalgia de esa infancia despiadada y cruel, pero aun así apacible, inocente y libre, elemental y feliz. Ese permanente dilema en el que vive envuelto en sus dos décadas de “exilio” se resuelve un día cuando una misteriosa llamada telefónica desde Burundi -una señal del destino-, cuya autoría, contenido y significado sólo conoceremos al término de la novela, le “obliga” a decantarse por volver a su tierra de origen -debo regresar allí, aunque sólo sea para aligerarme el corazón. Para zanjar de una vez por todas esta historia que me persigue. Cerrar la puerta tras de mí para siempre

Tras este breve preámbulo parisino, el núcleo central del libro nos lleva a África, a ese Burundi de la infancia en el que se concentran las dos grandes líneas maestras de la novela, ya esbozadas en la “escena” preliminar: la espontánea alegría de la inocente niñez (muy vivamente recogida en el fragmento que os dejo como cierre a este comentario) y el abrupto paso a una suerte de madurez acelerada por las atrocidades y el horror que el muchacho tendrá que contemplar y padecer. Hay, a lo largo de todo el texto, un continuo juego de contrastes entre esos dos “mundos”, que Faye contrapone en una suerte de permanente ejemplificación del “antes” y el “después”: la vida idílica de una familia y una sociedad aparentemente tranquilas y dichosas, afortunadas y hasta alegres, y, casi de la noche a la mañana, su tenebroso y sombrío envés, la violencia y la ferocidad, la brutalidad y la sanguinaria cólera que afloran tras el inicio del salvaje conflicto. 

Gaby vive en Buyumbura, la antigua capital de Burundi, con su madre, una bellísima exiliada ruandesa de etnia tutsi, Yvonne (No había mujeres con el porte de mamá, juncos de agua dulce de silueta torneada, bellezas de piel negra como el ébano y grandes ojos de vaca watusi, esbeltas como rascacielos); su padre, David (Papá era un francesito del Jura, llegado a África por casualidad para realizar el servicio civil), un empresario francés al frente de una fábrica de aceite de palma y genuinamente satisfecho en su vida africana rodeada por un confort y un desahogo económicos imposibles en Europa; y una hermana menor que él, la pequeña Ana. En el domicilio familiar se desenvuelven también Donatien, el capataz zaireño; el joven Innocent, tutsi altanero y malhumorado, algo mafioso, que además de chófer de la empresa ejerce de hombre para todo de David; y Prothé, el cariñoso cocinero hutu, gran partidario de la democracia, a quien conocemos orgulloso por las elecciones presidenciales que se celebran en el país. 

El matrimonio vive días de intensa y despreocupada exaltación (la felicidad tenía ritmo de chachachá bajo un cielo salpicado de estrellas. ¡Todo estaba claro! ¡No había nada más! Amar. Vivir. Reír. Existir. Siempre adelante, sin detenerse, hasta el final de la pista e incluso un poco más allá). El niño es feliz en su vida familiar, corriendo libre en la naturaleza (Observo mis zapatos lustrados -dirá, nostálgico, desde su vida convencional en Francia-, brillan, me devuelven un reflejo desalentador. ¿En qué se han convertido mis pies? Se esconden. Nunca he vuelto a verlos pasearse al aire libre. Me acerco a la ventana. El cielo está cubierto. Cae una llovizna gris y viscosa, no hay ningún árbol de mango en el pequeño parque encajonado entre el centro comercial y las vías del ferrocarril), disfrutando con sus amigos de “la banda del callejón”: los gemelos mestizos, de padre francés y madre burundesa, que al ser sus padres dueños de una tienda de vídeos aseguraban al grupo de chavales la provisión de comedias americanas, películas de amor indias y, a veces, cintas porno; Armand, el único totalmente negro de la pandilla, su padre un muy rígido diplomático de Burundi en los países árabes; Gino, el mayor del grupo, hijo de un profesor belga en la Universidad de la capital y de una madre, también ruandesa como la de Gaby, aunque siempre ausente, un enigma; más adelante llegará Francis, enemigo primero e integrado después, no sin conflicto, en la cuadrilla. La descripción de esos días paradisíacos es entrañable, llena de ternura: la candorosa correspondencia con Laure, la niña francesa con la que se cartea, las efímeras peleas entre amigos (Los cinco nos pasábamos el tiempo discutiendo, no se puede negar, pero nos queríamos como hermanos), los juegos en la calle, corriendo descalzos y con el torso desnudo, las excursiones para robar mangos en los jardines vecinos, los baños en el río, las reuniones furtivas en la furgoneta Volkswagen Combi abandonada, fumando, conspirando, disfrutando sin sombra alguna de pesar, la vida sin explicaciones, la existencia tal como era, tal como siempre había sido y como a mí me gustaría que siguiera siendo. Un dulce sopor, apacible… Y la maravilla del entorno: los intensos olores de la naturaleza, el colorido, lo extremoso del clima, las noches ardientes, las lluvias caudalosas y repentinas. En resumen, recordará Gaby, en nuestro escondite del terreno baldío del callejón estábamos tranquilos y éramos felices

Pero este idílico escenario encierra ya, oculta, apenas perceptible salvo en algunos escasos signos, la semilla del mal. Primero entre los padres, cuya relación va deteriorándose en cuanto la realidad, la ruda presencia de la cotidianidad (los hijos, los impuestos, las obligaciones y los problemas llegaron pronto, demasiado pronto, y con ellos las dudas y los cortes de carretera, los dictadores y los golpes de Estado, los programas de ajuste estructural, la renuncia a los ideales, las mañanas en las que resultaba difícil levantarse) se impone al ardiente deseo inicial, al amor, a la ilusión, al brillante sol, metafórico y real, a la fervorosa entrega a la vida; luego en la sociedad entera, con el señalamiento y la discriminación al diferente, con el odio, la crueldad, los primeros atisbos de violencia, las matanzas, la guerra larvada. No me resisto a transcribir, pese a su extensión, las primeras frases del prólogo de la novela, que, en su aparente inocencia, encierran una de sus claves: 

La verdad es que no sé cómo comenzó esta historia. 
Papá, sin embargo, nos lo había explicado todo un día en la camioneta. 
— Mirad, en Burundi sucede como en Ruanda. Hay tres grupos diferentes, se llaman etnias. Los hutus son los más numerosos, son bajitos y tienen la nariz ancha. 
— ¿Como Donatien? — le pregunté yo. 
— No, él es zaireño, no es lo mismo. Como nuestro cocinero, Prothé, por ejemplo. También están los twa, o sea, los pigmeos. Ellos, bueno, dejémoslo, sólo son unos pocos, digamos que no cuentan. Y luego están los tutsis, como mamá. Son mucho menos numerosos que los hutus; son altos y flacos, con la nariz fina y nunca se sabe lo que se les pasa por la cabeza. Tú, Gabriel — añadió mi padre señalándome con el dedo—, eres un auténtico tutsi, nunca se sabe lo que piensas. 
Tampoco yo sabía qué pensar. Al fin y al cabo, ¿qué podía pensar uno de todo aquel lío? Así que le pregunté: 
— ¿La guerra entre los tutsis y los hutus es porque no tienen el mismo territorio? 
— No, no es eso, están en el mismo país. 
— Entonces... ¿no hablan la misma lengua? 
— No, la lengua que hablan es la misma. 
— Entonces, ¿es porque no tienen el mismo dios? 
— Sí, sí tienen el mismo dios. 
— Entonces... ¿por qué están en guerra? 
— Porque no tienen la misma nariz. La conversación se detuvo ahí. De veras que aquel asunto era muy extraño. Creo que papá tampoco lo entendía muy bien. A partir de aquel día, empecé a fijarme en la nariz y en la estatura de la gente por la calle. Cuando íbamos de compras al centro de la ciudad, con mi hermana pequeña, Ana, intentábamos adivinar discretamente quién era hutu y quién tutsi. Murmurábamos: 
— Ese del pantalón blanco es un hutu, es bajito y tiene la nariz ancha. 
— Ajá, y el de allí, con sombrero, es altísimo, muy delgado y con la nariz muy fina, ése es un tutsi. 
— Y ese de ahí, el de la camisa a rayas, es un hutu. 
— Qué va, míralo, es alto y flaco. 
— Sí, pero ¡tiene la nariz ancha! 
Ahí fue cuando empezamos a dudar de aquella historia de las etnias. Y además papá no quería que habláramos de eso. Para él, los niños no debían entrometerse en política. Pero no podíamos evitarlo. Aquella extraña atmósfera crecía de día en día. Hasta en la escuela los compañeros de clase comenzaron a pelearse en el patio tildándose de hutus o de tutsis. Durante la proyección de Cyrano de Bergerac, incluso se oyó a un alumno decir: «Mirad, con esa nariz, es un tutsi.» Algo diferente flotaba en el aire. Tuvieras la nariz que tuvieras, podías olerlo. 

Y así fue. En el relato del niño Gaby aquella extraña atmósfera crecía de día en día, casi imperceptiblemente, con sus leves signos de oscuridad y desastre, de desasosiego y amenaza, de degradación y miedo. La cotidianidad se envuelve en siniestras señales: lejanos sonidos de disparos, noticias de la barbarie ruandesa, con la trágica experiencia vivida por la familia materna, el detonante burundés a punto de estallar también, centinelas en las casas de los occidentales, habitaciones a oscuras para no llamar la atención de los comandos que vagan a sus anchas sin control, niños que van a la escuela bajo la protección de chóferes oficiales, informaciones dispersas de inminentes carnicerías, rumores que anticipan la hecatombe, cadáveres abandonados en las calles, agitadas conversaciones telefónicas, secretos y ocultaciones de los adultos, agresiones, peleas, palizas y linchamientos, inesperadas visitas nocturnas, un clima general de peligro y alarma, de sobresalto y conmoción. Una atmósfera inquietante, sobrecogedora, como se revela en este fragmento, de nuevo extenso y de nuevo indispensable: Tres jóvenes que iban delante de mí atacaron de súbito a un hombre, sin razón aparente. A pedradas. Desde la esquina de la calle, dos policías miraban la escena sin moverse. Los peatones se detuvieron un momento, como para disfrutar del espectáculo gratuito. Uno de los tres agresores fue a buscar una gran piedra que estaba debajo del franchipán, sobre la que los vendedores de cigarrillos y de chicles tenían la costumbre de sentarse. El hombre estaba intentando levantarse cuando el pedrusco le reventó la cabeza. Se derrumbó cuan largo era sobre el asfalto. Su pecho se hinchó tres veces bajo su camisa. Rápidamente. Buscaba aire. Luego, nada. Los agresores se fueron tan tranquilamente como habían llegado, y los peatones continuaron su camino, evitando el cadáver como se rodea un cono de tráfico. La ciudad entera se agitaba, proseguía con sus actividades, con sus compras, con su trajín. La circulación era densa, sonaban los cláxones de los minibuses, los vendedores ambulantes ofrecían bolsitas de agua y de cacahuetes, los enamorados esperaban encontrar cartas de amor en sus buzones, un niño compraba rosas blancas para su madre enferma, una mujer vendía latas de concentrado de tomate, un adolescente salía del peluquero con un corte a la moda y, desde hacía algún tiempo, unos hombres asesinaban a otros con total impunidad, bajo el mismo sol de mediodía de antaño. De nuevo, la banalidad del mal, ese recurrente leitmotiv presente en todas las inconcebibles tragedias el siglo XX, el nazismo, el estalinismo, la guerra fratricida en los Balcanes. 

Como en gran parte del continente negro la tierra había temblado bajo nuestros pies, imperceptiblemente. Es lo que hace todos los días en ese país, en ese rincón del mundo. Vivíamos sobre el eje de la gran falla, en el mismísimo lugar donde África se fractura, afirmará Gaby; y también: ¡África, qué desastre! Y se suceden las matanzas, se reavivan los ancestrales enfrentamientos tribales, las venganzas, los golpes de Estado, en tentativa o logrados (con la consiguiente emisión de música clásica en las radios: El 28 de noviembre de 1966, durante el golpe de Estado de Michel Micombero, fue la Sonata para piano n.º 21 de Schubert; el 9 de noviembre de 1976, durante el de Jean-Baptiste Bagaza, la Séptima sinfonía de Beethoven, y el 3 de septiembre de 1987, cuando el de Pierre Buyoya, el Bolero en do mayor de Chopin), las milicias dispuestas para la lucha, las tropas del ejército preparando sus armas, las ráfagas de metralleta, los obuses, los misiles, los bombardeos, la guerra declarada, feroz, descarnada, la rapiña, los asesinatos perpetrados a la luz del día y con total impunidad, las violaciones, los saqueos. Y se reparten machetes por doquier, y hay armas ocultas en manos de la población, y se distribuyen listados de personas a las que asesinar en cada barrio, y se informa de un proyecto organizado para acabar con mil tutsis cada veinte minutos, y se anticipa el exterminio generalizado de los “enemigos”, de los “otros”, de todos los que tienen una nariz diferente. Conforme pasaban las horas, los días, las semanas, las noticias que llegaban de Ruanda confirmaban lo que Pacifique había predicho unas semanas antes. En todo el país, los tutsis eran sistemática y metódicamente masacrados, liquidados, eliminados (…). Ruanda se había convertido en un inmenso terreno de caza en el que las presas eran los tutsis. Un ser humano culpable de haber nacido, culpable de ser. Un insecto a los ojos de sus asesinos, una cucaracha que había que aplastar.

Y en medio de todo ello, del desconcierto y el espanto, un niño, tierno y sensible, aterrado (Todavía me pregunto cuándo mis amigos y yo comenzamos a tener miedo), incapaz de entender el odio, incapaz de entender el distanciamiento entre iguales y los bandos (¿Y si uno no quiere escoger bando?), incapaz de entender la muerte y el horror (No tenía una explicación sobre la muerte de unos y el odio de otros. La guerra quizá fuera eso, no entender nada). Un niño normal que hacía lo que podía en un mundo que no le daba opciones; un niño perplejo obligado a luchar, a robar, a tener enemigos; un niño ocupado absurdamente en seguir siendo niño, lidiando inútilmente con la idea de morir en cualquier instante; un niño que se refugiará, que se esconderá en los libros que le proporciona su vecina, la amable señora Economopoulos (Me tapé la cabeza con la almohada. No quería saber. No quería escuchar nada. Quería meterme en un agujero de ratón, refugiarme en una madriguera, protegerme del mundo al final de mi callejón, perderme entre recuerdos hermosos, habitar en tiernas novelas, vivir dentro de los libros); un niño que vivirá gracias a los libros (Gracias a las lecturas, derribé los límites del callejón, respiré de nuevo, el mundo se extendía a lo lejos, más allá de las vallas que nos encerraban en nosotros mismos con nuestros miedos. Ya no iba al escondite, ya no tenía ganas de ver a mis amigos, de oírlos hablar de la guerra, de ciudades muertas, de hutus y tutsis); un niño, por fin, que efectuará así, de la manera más dramática imaginable, el paso a la edad adulta: La muerte ya no era una cosa lejana y abstracta. Tenía el rostro banal de lo cotidiano. Vivir con esa lucidez termina por destruir el resquicio de infancia que se lleva dentro

Porque esta es otra de las dimensiones del libro, la del adios a la infancia y el paso a la edad adulta, la de la pérdida de la inocencia y el aprendizaje del mal (El genocidio es una marea negra: quienes no se ahogan van cubiertos de petróleo durante toda la vida), la de la violencia y de la muerte como necesarios ritos de iniciación. Y es que la muerte había venido, furtivamente, hasta nuestro callejón. No había refugio en la tierra. Y atrás queda entonces la pureza del niño engullida por un miedo devorador que todo lo transforma en maldad, en odio, en muerte. En lava. Atrás quedan sus recuerdos felices (Me decía que la guerra terminaría tarde o temprano, un día alzaría la mirada de las páginas, abandonaría mi cama y mi habitación y mamá habría vuelto, con su bonito vestido de flores y la cabeza apoyada en el hombro de papá, Ana dibujaría de nuevo casas de ladrillo rojo con chimeneas humeantes, árboles frutales en los jardines y grandes soles brillantes, y mis amigos vendrían a buscarme para descender por el río Muha como antes, sobre una balsa de troncos de banano, navegar hasta las aguas turquesa del lago y terminar la jornada en la playa, riendo y jugando como niños). Atrás quedará, en definitiva, una infancia truncada, como constatará, ya adulto, desde su melancólico exilio francés: Pensaba que estaba exiliado de mi país. Al regresar sobre las huellas de mi pasado, he comprendido que lo estaba de mi infancia, lo que me parece todavía más cruel

Y en torno a estos elementos centrales del libro -la infancia, la guerra- aparecen otros temas principales en la novela. En primer lugar, la noción de patria perdida -el “pequeño país”- y la idea de la familia destruida (Mamá, la abuela y Rosalie partieron de inmediato hacia Ruanda en busca de tía Eusébie y de sus hijos, de Jeanne, de Pacifique, de la familia y los amigos. Regresaban a su país después de treinta años de exilio. Habían soñado con ese regreso, sobre todo la anciana Rosalie. Querían acabar sus días en la tierra de sus ancestros. Pero la Ruanda de leche y miel había desaparecido. Ahora era una fosa común a cielo abierto). Gabriel alude de continuo a un país que ya no existe (La vieja se aferraba a su pasado, a su patria perdida, y el joven le vendía su porvenir, un país nuevo y moderno para todos los ruandeses sin distinción. Sin embargo, los dos hablaban de lo mismo. Del regreso al país. Una pertenecía a la Historia, y el otro debía hacerla), a un por lo tanto imposible pero necesario sentimiento de pertenencia: releo el poema de Jacques Roumain que me regaló la señora Economopoulos el día de mi partida: “Si se es de un país, si se ha nacido allí, si se es como quien dice nativo-natural, uno lo lleva en los ojos, en la piel, en las manos, con la cabellera de sus árboles, la carne de su tierra, los huesos de sus piedras, la sangre de sus ríos, su cielo, su sabor, sus hombres y sus mujeres...” 

La pertenencia conecta con el espinoso asunto -dramático en ese contexto- de la identidad, de las diferencias reales o inventadas que constituyen la inconsciente mecha que hará estallar el incendio: las alusiones y sobreentendidos en la escuela en relación a los distintivos de raza (blancos/negros, hutus/tutsis), el malestar creciente entre alumnos y profesores, entre amigos y compañeros de trabajo, entre el personal al servicio de la familia de Gaby, progresivamente enfrentados entre sí por su vinculación a un grupo, a un bando, a una facción (la infranqueable línea de demarcación que obligaba a cada cual a estar en un bando u otro. Uno cargaba con ese bando desde que nacía, igual que se recibe un nombre, y eso lo perseguía para siempre. Hutu o tutsi. Se era una cosa u otra. Cara o cruz. Como un ciego que recupera la vista, empecé entonces a comprender los gestos y las miradas, los sobrentendidos y las actitudes cuyo sentido siempre se me había escapado), la necesidad -casi podría decirse que innata en el ser humano; véase, a otro nivel, por fortuna incruento, el absurdo acontecer de la política española- de “construir” un enemigo (Sin que se le pida, la guerra se encarga siempre de procurarnos un enemigo. Yo, que quería permanecer neutral, no pude serlo. Había nacido con aquella historia. Me corría por dentro. Le pertenecía). 

Pequeño país nos habla también, para cerrar ya esta reseña, del muy triste emblema de todas las guerras, de todas las infancias perdidas, de todos los países abandonados, de todos los fracasos y las derrotas en los que la codicia y la maldad humanas sumen a millones de personas en el mundo entero: el dramático sino de los refugiados, que inundan las pantallas de los noticiarios en el presente parisino de Gabriel, jugándose la vida en el Mediterráneo, y que invaden también sus recuerdos de esa infancia terrible: ruandeses que habían abandonado su país para escapar de las matanzas, masacres, guerras, pogromos, depuraciones, destrucciones e incendios, de las moscas tse-tsé, los pillajes, las segregaciones, las violaciones, los asesinatos, los ajustes de cuentas y no sé cuántas cosas más. Como mamá y su familia, habían huido de todos esos problemas, pero habían encontrado otros nuevos en Burundi: la pobreza, la exclusión, las cuotas, la xenofobia, el rechazo, los chivos expiatorios, la depresión, la añoranza del país, la nostalgia. Problemas de refugiados. Y también, en un retrato por desgracia extrapolable a tantos otros lugares en nuestros acomodados días: En circunstancias normales, Bukavu es un auténtico desastre, pero ahora no creerías lo que ven tus ojos, Michel, ahora es algo que está más allá de lo imaginable. Un vertedero humano. Puestos miserables en cada centímetro cuadrado. ¡Cien mil refugiados por las calles! Es asfixiante. No hay un pedazo de acera libre. Y el éxodo continúa, cada día llegan miles de personas. Una verdadera hemorragia. Ruanda se nos desangra encima; dos millones de mujeres, niños, ancianos, cabras, paramilitares de Interahamwe, oficiales del antiguo ejército, ministros, banqueros, curas, lisiados, inocentes, culpables, todo lo que se te ocurra... Cuanto la humanidad tiene de gente normal y de grandes cabrones. Han dejado atrás perros carroñeros, vacas mutiladas y un millón de muertos sobre las colinas, para venir a nuestro hogar con hambre y cólera. ¡Me pregunto cómo va a salir Kivu de esta mierda! 

En fin, leed, por los muchos motivos reseñados, este Pequeño país de Gaël Faye, un libro conmovedor, que, desde un tono, pese a su dureza, intimista, rezuma belleza, poesía, lirismo, melancolía, tristeza, dulzura, ternura, desgarro y emoción. No os lo perdáis. 

Del propio autor, de su faceta como músico y extraído de su primer álbum, Pili-Pili sur un croissant au beurre, editado en 2013, os dejo con el tema Pequeño país, claramente asociado a su novela.


Pasado el incidente, la fiesta se reanudó aún más animada. Estaba en su apogeo cuando, de pronto, se cortó la electricidad. El centenar de invitados paró de bailar en seco y profirió un «Ooooh» de fastidio. Cubiertos de sudor, reclamaban que volviera la música y golpeaban con manos y pies, gritando mi nombre: «¡Gaby! ¡Gaby!» Todos estaban disfrutando de la gran fiesta y un corte de luz repentino no iba a calmar sus furiosos deseos de divertirse. Alguien lanzó la idea de continuar la celebración con instrumentos de verdad. Entonces, sin pensárselo dos veces, Donatien e Innocent salieron a toda velocidad en busca de tambores en el barrio, los gemelos trajeron la guitarra de su padre y uno de los franceses sacó una trompeta del maletero de su Renault 4. Había empezado a soplar una agradable brisa de lluvia. A lo lejos, por encima de las orillas del lago, se oyó un gruñido sordo; la tormenta se acercaba. Eso inquietó a algunos, sobre todo a los más mayores, que querían anticiparse al chaparrón metiendo sillas y mesas en la casa. Donatien cortó el debate improvisando a la guitarra una melodía de brakka music. Tímidamente, la gente comenzó a moverse de nuevo bajo el pelaje rayado de aquella noche de relámpagos. Los grillos callaron cuando los borrachos comenzaron a hacer tintinear las botellas de cerveza con tenedores y cucharillas para acompañar la melodía. La trompeta se unió a la guitarra y fue recibida con silbidos y gritos de júbilo. Los invitados bailaban de nuevo con ardor multiplicado. Los perros, asustados, se refugiaron con el rabo entre las patas debajo de las mesas, segundos antes de que el cielo explotara en sonidos, luz, rachas de viento y restallidos. Los tambores entraron en escena y aceleraron el ritmo. Nadie pudo resistirse a la llamada de aquella música desenfrenada que tomaba posesión de nuestros cuerpos como si fuera un espíritu benévolo. Bien que mal, el trompetista, sin aliento, intentaba seguir la cadencia de la percusión. Prothé e Innocent golpeaban al unísono las pieles tensas de los tambores, con el rostro crispado por el esfuerzo y una espesa transpiración goteando de sus frentes relucientes. Los invitados daban palmas siguiendo el ritmo y con los pies marcaban el compás, levantando una densa polvareda en el patio. La música iba tan rápida como las pulsaciones en nuestras sienes. El golpeteo de una y otras se amontonaba. El viento soplaba, movía las copas de los árboles del jardín, se podía percibir la vibración de las hojas y el crujido de las ramas. La electricidad flotaba en la atmósfera. El aire tenía olor a tierra mojada. La lluvia cálida estaba a punto de abatirse sobre nosotros, tan violentamente que todos echaríamos a correr para recoger mesas, sillas y platos, antes de ir a refugiarnos bajo el porche y contemplar cómo la fiesta se diluía en la confusión de la tromba de agua. Eso pondría fin a mi cumpleaños y yo disfrutaba ese minuto antes de la lluvia, ese momento de felicidad suspendida en el que la música aunaba nuestros corazones, llenaba el vacío entre nosotros, celebraba la existencia, ese instante, esa eternidad de mis once años, allí, bajo el ficus catedralicio de mi infancia, y supe entonces, en lo más profundo de mi ser, que la vida acabaría por encauzarse. 



Gaël Faye. Pequeño país