Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)
miércoles, 20 de marzo de 2013
INMA MONSÓ. UN HOMBRE DE PALABRA
Hola, buenos días. Bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro. Como cada semana, aquí estamos en Radio Universidad de Salamanca, para ofreceros nuestra particular sugerencia de lectura, lo que hacemos mediante la recomendación de un libro que escojo siempre con la pretensión de que pueda entreteneros, de que pueda interesaros, de que pueda, por qué no, conmoveros, apasionaros, entusiasmaros, incluso emocionaros. Y hablar de emociones es hoy especialmente adecuado dada la propuesta que traigo para vosotros esta mañana, un libro que respira sentimiento y ternura, tristeza y dolor, añoranza y amor. Se trata de Un hombre de palabra, su autora es Imma Monsó, y fue publicado por la Editorial Alfaguara en los últimos meses de 2006.
Un hombre de palabra es una novela, es por lo tanto ficción, pero con una muy fuerte base real hasta el punto de que podemos hablar sin exageración de novela autobiográfica. Es cierto que, como decía Borges, todo lo que uno escribe resulta, a la postre, autobiográfico, tanto si abiertamente afirmamos ‘yo nací en tal sitio en tal fecha’ como si de un modo aparentemente inventado contamos que ‘un rey tenía tres hijas’. Detrás de nuestras frases está, explícita o velada, nuestra vida. Pero en el caso de Un hombre de palabra los puntos de confluencia de la novela con la realidad ‘real’, digámoslo así, son muchísimos, son, de hecho, todos, y constituyen por ello el cuerpo central de la narración. Cuando Imma Monsó contaba cuarenta y tres años, hace ahora algo más de diez, su pareja durante los últimos dieciséis, el hombre con el que vivía, el hombre de su vida, murió repentinamente dejando truncada así no sólo su propia existencia, prematuramente interrumpida, sino también una fecunda relación personal y una extraordinaria historia de amor, hecha de camaradería y pasión, de complicidad y compromiso, de encantamiento, comprensión y cariño. En la novela, Imma Monsó, tomando con eje ordenador el momento, terrible y decisivo, de la muerte de su pareja, nos cuenta su vida con él, sus recuerdos, sus proyectos, las anécdotas de su vida en común, y reconstruye, con una intención en cierta medida también liberadora, catártica para ella, la presencia, esencial en su vida, de este hombre que representó el amor feliz, el amor logrado.
El libro está organizado en dos series alternas de capítulos, los capítulos A y los B, que pueden ser leídos de modo autónomo, como sugiere en la introducción la propia autora. En los capítulos A, A de amante, de afecto, de acurrucarse, la protagonista, que se hace llamar Lot no tanto para encubrir la realidad sino -a mi juicio- para conseguir un distanciamiento literario, habla del pasado, de cómo conoció al que sería su marido, al Cometa, como lo designa en la novela, de cómo fue su vida con él, de los recuerdos, de la añoranza, de los viajes, de la aventura intelectual y existencial vivida a dos. En los capítulos B, Lot nos cuenta el futuro, tras la desaparición del Cometa, el dolor, el recuerdo, la tristeza, los intentos de salir adelante, la nueva vida, a solas con su pequeña hija. Es una B, dice la autora, de bárbaro, de brutal, de broma pesada, de brotar de nuevo.
El resultado de esta conjunción de dos grandes líneas de fuerza es una obra magnífica, intensa, conmovedora, que nos sobrecoge por su cercanía y su sinceridad. Confío en que os decidáis a leerla y que, entonces, pueda emocionaros.
Voy a dejaros -hoy mi comentario es especialmente breve, mis ocupaciones laborales me impiden un mayor detenimiento en el análisis- con un texto extraído de la novela, que refleja algunas de las líneas maestras por las que el libro se desenvuelve. Como cierre musical a mi reseña de hoy, una canción, Sand and water, en la que su autora, Beth Nielsen Chapman, habla de la muerte de su marido.
Desde que le conociste, lo has pensado. Desde que te fundiste con él, has pensado: ‘Si él no está, yo tampoco quiero estar’.
¿Y entonces? ¿A qué esperas? Durante años habéis hablado de ello: hasta que llegó vuestra hija, porque cuando se tienen hijos, uno no puede decir ‘sin ti no quiero vivir’ sin amedrentar al otro de mala manera. En cierto modo, se puede decir que durante años os lo habéis prometido. Pues si no, ¿qué significa ‘no puedo vivir sin ti’? ¿Es una mentira? ¿Es una metáfora? ¿Qué es, exactamente? Quizá es que todo te lo tomas al pie de la letra, es un defecto que siempre has tenido.
Pero ahora es el momento de pensar en ello: ¿cuál es el sentido literal de una frase como ésta? No es una frase rara. Las parejas, cuando llevan un tiempo unidas, acostumbran a pronunciarla como prueba de su entrega mutua: ‘Ya no puedo concebir la vida sin ti’. Anoche, sin ir más lejos, abrí un libro de Saul Bellow y encontré una dedicatoria a su mujer. ‘A Janis, la estrella sin la cual no podría navegar’. Pensé: ¿No? Pensé: Habría que verlo. Si Janis desaparece, ¿seguirá navegando? ¿Qué expresamos cuando decimos esto? ¿La intensidad que de ningún otro modo podríamos expresar? ¿Y hasta que punto se trata solamente de un modo de hablar?
miércoles, 13 de marzo de 2013
JORGE IBARGÜENGOITIA. LAS MUERTAS
Hola, buenos días, sed bienvenidos un miércoles más a vuestra cita semanal con la literatura en Todos los libros un libro, el microespacio de Radio Universidad de Salamanca desde el que os proponemos una sugerencia de lectura con la esperanza de acertar, es decir, de descubriros algún libro que pueda llegar a interesaros.
Hoy quiero hablaros de una novela magnífica de un autor no demasiado conocido, pese a que publicó en vida numerosos libros y obtuvo por algunos de ellos reconocimiento y premios y extraordinarias críticas, sobre todo en su país, México, pero también entre nosotros. Se trata de Jorge Ibargüengoitia, un escritor mexicano, como os digo, que alguno de vosotros, además, puede recordar, al margen de las consideraciones literarias, por su trágica muerte, ocurrida en Madrid, en aquel horrible accidente aéreo del Boeing 147 de Avianca en Mejorada del Campo, que en noviembre de 1983 abrió todos los telediarios y llenó las portadas de periódicos. Este año se cumplen, pues, los treinta de su muerte, y hace unas semanas, el 22 de enero pasado exactamente, el escritor hubiera cumplido 85 años, razones todas por las que mi recomendación resulta especialmente oportuna. El libro que quiero presentaros se titula Las muertas, pasa por ser la obra maestra de su autor y una de las mejores novelas de la literatura mexicana en general, y ha sido publicado en 2009 por la editorial RBA, siendo la edición original mexicana de 1977.
Las muertas parte de un hecho real, desgraciadamente no demasiado inusual en el siempre convulso México contemporáneo, en el cual la violencia constituye uno de los rasgos definitorios de la singular identidad de un país por otro lado hermosísimo y muy interesante, atractivo y acogedor. Un país muy bien descrito en otro libro excelente, del que quizá podamos hablar en otra ocasión, el magistral y revelador El laberinto de la soledad de Octavio Paz, que publicado en 1950 describió con hondura, originalidad, precisión y acierto y rigor extremos el carácter mexicano. Pero volvamos a Jorge Ibargüengoitia y a Las muertas. Os decía que el libro tenía su origen en un suceso verdadero, la aparición en los años sesenta del pasado siglo de varios cadáveres de prostitutas, que mostraban signos evidentes de haber sido asesinadas, enterrados en diversas propiedades de dos hermanas que resultaron, a la postre, las dueñas de tres burdeles en distintos pueblos del interior del país.
Sobre estos acontecimientos reales, el escritor mexicano inventa su novela construyendo una decena larga de geniales personajes imaginarios que empezando por las dos hermanas, Serafina y Arcángela y siguiendo por el aprovechado Capitán Bedoya, por el panadero y ex-amante de Serafina, Simón Corona, cuya declaración a la policía constituirá el desencadenante del desvelamiento de la trama, por Tincho, el hombre para todo de las dos mujeres, por la fiel Calavera, al servicio de los burdeles desde su inicio, y acabando en las más episódicas y secundarias apariciones de las prostitutas, los cargos públicos corruptos, los modestos mafiosos locales, los policías e inspectores no menos envilecidos, conforman un mosaico inigualable de la hipocresía, la doble moral, la violencia soterrada, la corrupción generalizada, la ausencia de controles democráticos de la sociedad mexicana en su versión más común y popular. El crimen en una dimensión modesta, a pequeña escala, el crimen cotidiano, desorganizado, espontáneo, artesanal, podríamos decir, para oponerlo a los procesos de delincuencia industrial de las organizaciones “gansteriles" al uso, la Camorra italiana, la Yakuza japonesa o los cárteles del narcotráfico. Dos mujeres normales, sin una especial predisposición al delito, sin una maldad notoria, sin un empecinamiento culpable en las conductas antisociales. Dos mujeres del común que con la mayor naturalidad del mundo, sin conciencia alguna de estar transgrediendo las normas, prueba del grado de embrutecimiento moral de una sociedad, compran, esclavizan y explotan sexualmente a unas pobres chicas que, asumiendo su destino como irremisible -tampoco son demasiado conscientes de la irregularidad de su situación-, compran políticos, sobornan a policías, y con sus ‘mordidas’ consiguen permisos legales, allanan trámites administrativos, facilitan papeleos burocráticos, instan recalificaciones… Y cuando las situaciones se complican y la madeja de los turbios negocios parece enmarañarse, no dudan, con la misma sencillez y ausencia de principios morales, en llegar hasta el asesinato.
Lo mejor de la novela, no obstante, más allá de mostrarnos una fotografía muy ajustada de la sociedad mexicana, lo constituyen su estructura y su lenguaje. La estructura es poliédrica, pues la trama se narra desde diferentes puntos de vista y con materiales literarios también diversos: documentos varios, declaraciones de los personajes afectados, informes oficiales, testimonios de implicados, confesiones de arrepentidos, además de la voz de un narrador imparcial que con ironía, distanciamiento, sarcasmo, con mucho humor, cuenta en tercera persona algunos episodios de la historia… El lenguaje es también muy rico y desbordante, Las muertas no está escrita en español, permitidme la exageración, sino en un mexicano muy colorido, muy vivo, lleno de resonancias, lleno de términos que nos resultan desconocidos, que exigen la consulta en el diccionario, pero que son vocablos muy expresivos, muy vinculados -y por ello muy descriptivos- al paisaje, a las costumbres, a los modos de vida locales.
El libro es, además, muy entretenido, se lee con facilidad y agrado, por lo que os aseguro unas horas estupendas en su compañía.
Como complemento al texto, una canción, Dignificada, en la que Lila Downs canta denunciando las muertes de mujeres en México.
Cada año, en el 24 de septiembre, una de las mujeres, María del Carmen Régulez, tenía la costumbre de visitar a su madre que se llamaba Mercedes.
En la antevíspera de esta fecha María del Carmen pedía a Serafina permiso para no trabajar en la noche del 24, y a Arcángela le pedía dinero, ya fuera el que ésta le tenía ‘guardado’, o, cuando estaba muy bajo su saldo, prestado. Dice María del Carmen que nunca, hasta el último año, había tenido dificultad: Serafina le daba siempre permiso y Arcángela le entregaba el dinero. El día 23 María del Carmen salía del burdel al mercado, compraba un ramo de flores, de preferencia gladiolas, que llegaban siempre marchitas a los brazos abiertos de la festejada, y una tela para vestido, o un rebozo o unos zapatos. Al día siguiente la jornada empezaba rayando el sol, porque María del Carmen tenía que tomar tres camiones para llegar al rancho donde vivía su familia. Se apeaba del tercero de éstos en una loma pelada y caminaba por una vereda apenas visible hasta llegar a un pitayo. Desde allí se divisaban las casas y la nopalera.
Cada año los perros desconocían a María del Carmen; cada año salían la madre y las cuñadas de la cocina a tranquilizarlos; cada año al verse las mujeres otra vez juntas, lloraban; cada año entraban en la cocina, se sentaban alrededor del brasero y hablaban -alguien había muerto, había nacido un niño, la cosecha se había perdido-. Los hombres regresaban del campo a la media tarde, la familia se sentaba a comer, María del Carmen ayudaba a servir la mesa. Sólo la madre sabía el oficio de su hija -como que había sido ella quien la había vendido-, el resto de la familia creía que era criada. En la noche tomaban té de hojas de naranjo con alcohol y se emborrachaban. Al día siguiente, rayando el sol, María del Carmen emprendía su regreso al burdel.
miércoles, 6 de marzo de 2013
STUART HAMPLE. PONTE EN LO PEOR. WOODY ALLEN EN TIRAS CÓMICAS
Hola, buenos días, bienvenidos a Todos los libros un libro, el programa de Radio Universidad de Salamanca en el que semanalmente os ofrecemos una propuesta de lectura que pueda interesaros. Hoy, aprovechando, una semana más, los “flecos” de la reciente celebración de la ceremonia de entrega de los Oscars de Hollywood, os traigo un libro vinculado al universo cinematográfico, por más que el contenido en sí del texto nada tenga que ver estrictamente con el cine. La relación viene dada por el hecho de que se trata de una publicación que tiene como protagonista a Woody Allen, el inteligente y divertido director neoyorquino; pero, más allá de este hecho, el libro no habla de su trayectoria fílmica, ni se centra en las películas ni en el peculiar universo cinematográfico del ingenioso, hipocondríaco, intelectual y neurótico cineasta, sino que nos muestra al popular comediante desde una perspectiva inesperada que a continuación os revelaré. Pero vayamos ya con la referencia de mi recomendación de esta mañana, que con tanto preámbulo corro el riesgo de olvidarla. Ponte en lo peor. Woody Allen en tiras cómicas es el título de una voluminosa y muy cuidada publicación, editada en formato grande y tapas duras por Tusquets el pasado 2012, que recoge -como su inequívoco nombre indica- una serie de viñetas dibujadas por Stuart Hample (Woody Allen aparece, pues, aquí, como un mero dibujo, he ahí lo insólito de la propuesta), que vieron la luz entre 1976 y 1984 en una tira cómica, distribuida por diferentes periódicos, denominada Inside Woody Allen. El libro, que cuenta con un muy ilustrativo prólogo del propio dibujante y con una introducción, presentada también como una suerte de historia gráfica -a mi juicio, nada interesante-, de R. Buckminster Fuller, se ofrece en castellano en la traducción de Juan Manuel Salmerón.
El 4 de octubre de 1976, Stuart Hample, con una más que dubitativa carrera a sus espaldas en el mundo de la escritura y de la publicidad, ve publicada por primera vez una historieta con Woody Allen (un Woody Allen juvenil) de protagonista. Aunque, dadas las limitaciones del medio radiofónico, debo prescindir de las imágenes que, obviamente, son decisivas en el género que nos ocupa, no me resisto a trasladaros el “tono” de esa primera tira, dándoos cuenta de lo esencial de su contenido. Un desconocido saluda a Allen en la calle: ¡Vaya, Woody Allen! ¡Tengo que agradecerle lo mucho que me ha hecho reír! A lo que un Woody rebosante de satisfacción contesta: ¿Ha visto mis películas? No, no, apostilla el desconocido, mi ventana está enfrente de su dormitorio.
Como podéis observar, sobre todo quienes conocéis la obra del excéntrico director, ya desde ese primer momento se nos ofrece -aunque sea tan sólo como un tenue esbozo- lo esencial del personaje que encarnará Woody Allen en la ficción, una primera aproximación, menor pero relevante, una especie de concentrado, en sólo tres viñetas, en cuatro escasos trazos, de los principales rasgos que definen y hacen reconocible, casi como un estereotipo, al individuo -tan parecido al propio cineasta- que Allen ha protagonizado a lo largo de su extensa y muy fecunda carrera. Y es que el Woody de la tira cómica va a tener mucho que ver con el torpe espécimen con el que nos ha familiarizado en sus películas: un ser angustiado, lleno de defectos y temores, inseguro, acomplejado, pesimista, soltero, algo “salidillo”, siempre rechazado por las mujeres a menudo después de una pedante sesión dialéctica, como señala el propio Stuart Hample en su prólogo al libro. Además, el protagonista de las historietas vive en una riña permanente con sus padres (algo que también aflora en su cine, recordad, entre otros muchos ejemplos, Días de radio), lleva un diario en el que anota de modo siempre ingenioso y excesivo sus pensamientos íntimos y sus miedos existenciales (Diario íntimo. Apunte 7.720. Sigo pensando que tiene que haber una respuesta a la vida… pero seguro que la respuesta está en sueco), acude a la consulta de una psiquiatra que, cuando no lo ningunea, lo maltrata de modo despiadado, y a la que, pese a ello, le cuenta sus muchas obsesiones neuróticas (Hay personas, espeta, sin reparo alguno, descarnada, la terapeuta a un Allen perplejo en el diván durante una de sus sesiones, que se deprimen por lo que consideran que deberían ser. Otras, porque no saben quiénes son. Pero usted es único. Se deprime porque sabe exactamente quién es), y sufre -igual que ocurre en sus películas, pienso, por ejemplo, en Sueños de un seductor- acosos varios, amenazas, humillaciones y maltratos diversos por parte de hombres fornidos que resaltan, con su corpulencia y su poderío físico, la impotencia y la debilidad -un poco exageradas- de nuestro algo alfeñique héroe.
En su interesante prólogo, el dibujante nos da cuenta de las vicisitudes por las que pasó el proceso de creación, elaboración y posterior desarrollo de la tira desde ese momento inaugural: la gestación de la idea (a la que se refiere en un texto que os leeré al final de esta reseña), el extraordinario éxito inicial y su difusión en centenares de periódicos -460, la cifra exacta-, los problemas derivados precisamente de esa enorme repercusión, la contratación de guionistas adicionales para cubrir la cada vez más insaciable demanda de chistes para las tiras, los intentos de censura -o al menos de edulcoración de la acidez de ciertas historietas- por parte de la empresa editora, la voluntad de Woody Allen de mantener un cierto control sobre su personaje, preservando el rigor y la calidad que él mismo exigía para su propio trabajo y desechando el ajuste al “gusto corriente” que reclamaban los empresarios que vendían y distribuían las tiras a los distintos medios de comunicación.
Pero más allá de toda esta información que recoge el prólogo de la obra, interesante en sí pero en el fondo accesoria, es la completa selección de las historietas publicadas en esos ocho años lo que constituye el núcleo central de libro y, obviamente, su principal motivo de interés. Son trescientas tiras, aproximadamente, las que se seleccionan en este Ponte en lo peor, todas interesantes, muchas geniales y la mayor parte divertidísimas. Presentadas en siete capítulos monográficos, organizadas por temas -coincidentes, en general, con los ejes básicos en los que se desenvuelve la obra de Allen-, y mostradas en sus diferentes estadios de elaboración: bocetos, pruebas de imprenta, correcciones, enmiendas, reproducciones en blanco y negro y en color, a lápiz y con tinta, algunas presentadas en su edición originaria en inglés y la inmensa mayoría en su traducción al castellano, las tiras recogen, como digo, lo esencial del universo woodyalliniano (¿se dirá así?), ése que tan bien reflejan sus películas.
Así, en el primer capítulo, Gusanos en un plan cósmico, las historietas giran sobre temas filosóficos, preocupaciones existenciales, Dios, el sentido de la vida, la belleza, el sentimiento de culpa, el azar y el destino, problemas éticos más o menos irresolubles... Pero la ironía escéptica del personaje permite relativizar la muy seria -en apariencia- profundidad de los asuntos tratados. Dice Woody en una de las tiras de esta serie: Las dos cosas más importantes son el sexo y la muerte. Y claro, con la suerte que tengo... la mala es la que dura para siempre. O en otra viñeta: Me gusta leer a Dostoievski. Puedo estar seguro de que no voy a robarle inconscientemente los chistes.
El segundo capítulo, Cada vez que ella tenía un orgasmo, le crecía la nariz, recoge decenas de hilarantes episodios protagonizados por Allen con diversas chicas a las que pretende -con resultados casi siempre infructuosos- o con las que, de un modo esporádico, sale. Hasta seis mujeres distintas se disputan, a lo largo de los distintos años de publicación de las historias, el dudoso honor de ser las destinatarias de los intentos de seducción de un permanentemente fracasado Woody que, pese a los muchos desplantes (Me interesa mucho la comida vegetariana. Por eso me gusta salir contigo. Es como salir con un vegetal), abandonos (Has sido muy importante para mí. Me has enseñado tanto, he aprendido tanto..., de hecho, has refinado tanto mi gusto que ahora quiero a un hombre mejor que tú), negativas (¿Casarme contigo? ¿Contigo? ¿Con un pobre bobo, un llorica, un asqueroso, un repelente? Ni lo sueñes. A lo que Woody, risueño, apostilla: Ajá, voy progresando, esta vez no ha añadido: “un pusilánime”) y rechazos recibidos (Siento que me vuelvo viejo y aburrido, dice. Y su chica: Puede que estés volviéndote viejo, pero aburrido lo has sido siempre), continúa intentándolo, inasequible al desaliento (Mi personalidad, se sincera su nueva candidata a la conquista, tiene dos caras, una tímida y dulce, la otra apasionada. A lo que nuestro héroe responde: ¿Qué hace la segunda este sábado por la noche?).
El tercer capítulo, de título Mi pasaporte es mi cara, nos muestra los conflictos que vive el personaje con su imagen pública, con el reconocimiento de sus seguidores, con el impacto de sus películas, con su condición de hombre famoso. Y como siempre, el extraordinario ingenio, el inteligentísimo humor, le permiten rebajar las ínfulas de su ego narcisista y situarse en la justa medida de su dimensión humana (menos que humana, dado su pesimismo neurótico). ¿Qué sientes cuando besas a una mujer en una película, Woody, te implicas sentimentalmente?, le pregunta el periodista. Y responde: una vez besé a Jeanne Moreau en la pantalla y ninguno de los dos sentimos nada... Por supuesto, los acomodadores me bajaron de la pantalla y me llevaron a mi butaca...
La cuarta sección, Racionalizaciones y narcisismos, recoge fragmentos -casi siempre desopilantes- del diario personal que lleva el personaje. Por ejemplo: Diario íntimo. Apunte 3.174: ¿Por qué todas las mujeres de mi vida dicen que soy un amante pésimo? ¿Cómo pueden formarse una opinión definitiva en sólo tres minutos? O esta otra: Diario íntimo. Apunte 935: Ante la vida, yo no soy un cobarde. Tampoco soy un héroe. Soy algo entremedias... Digamos un bicho rastrero.
En El último recurso de Freud, quinto capítulo, comparece la inefable doctora Ilse Fobick, psicoterapeuta de nuestro tímido protagonista, al que fustiga inclemente en cuanto el pobre Woody se tumba en el diván. Su caso es interesantísimo, señala la doctora, lo cual es extraño, dado lo aburrido que es usted. O en otra ocasión cuando Allen, doblemente desesperado por el maltrato de la mordaz psiquiatra y por la ostensible inutilidad de la muy prolongada terapia, la llama para comunicarle: ¡Doctora Fobick, adiós! Voy a buscarme otro psicoanalista, Ah, no, no lo hará, contesta ella, no mientras yo tenga su osito de peluche. En cualquier caso, el Woody Allen paciente es un caso perdido: Los del laboratorio han procesado su test de personalidad, le informa la doctora. ¿Y qué dicen?, pregunta, curioso, él. Nada, temen que los demande usted por difamación.
En el mundo del espejo, antepenúltima sección del libro, acoge una miscelánea de historietas heterogéneas que incluye chistes que giran sobre la identidad, las aspiraciones frustradas, las muchas quimeras irrealizables, los sueños imposibles del personaje que topan siempre con la cruda realidad. En ellas vemos a un Woody Allen con su secular complejo de inferioridad, rabioso, abatido, frustrado, compadeciéndose de sí mismo, padeciendo depresiones profundas y sumido en una insatisfacción permanente. Me veo un hombre perfecto…, proclama así, relativamente satisfecho, … en el mundo del espejo. Aunque la realidad es siempre otra cosa: ¡Hombre -dice un Allen alegre asomándose a la ventana- un pájaro azul de la felicidad en mi patio! Aunque -y el dibujo ya ha trocado su expresión y aparece ahora con un gesto amargo- me parecería mucho más esperanzador si estuviera vivo.
Por fin, en Todos los días se liaban a tiros, el capítulo postrero del volumen, los protagonistas son los padres de Woody, que, como digo, son una presencia habitual en sus películas, y que no paran de discutir entre ellos y de mostrar sin reparo alguno a su hijo la profunda decepción que les provoca su existencia. Te hemos invitado para celebrar tu cumpleaños, hijo… pero comprenderás que no nos quedemos. O en otra tira, que muestra a la ¿familia? en una de sus incalificables comidas: ¿Por qué nunca llamas?, dice la severa madre. ¿Para qué?, dice el hijo, vengo dos veces por semana. Por eso, espeta la progenitora mientras el padre sigue comiendo impertérrito, podrías llamar en lugar de venir. Allen asume con resignación y un estoico desapego su condición de hijo no querido. Dice una de sus novias, enfurruñada ante la tele: No sabes lo que me molesta que no usen la voz de Billie Holiday en “La vida de Billie Holiday”, a lo que Woody responde: Eso no es nada. A mí mis padres me cambiaban por otro niño cuando filmaban películas caseras.
En fin, resulta imposible dar siquiera una mínima cuenta de las cantidades ingentes de humor, ingenio, causticidad, lucidez, agudeza e inteligencia que rezuman las trescientas historietas que nos ofrece este Ponte en lo peor. Woody Allen en tiras cómicas, debido a la pluma de Stuart Hample, que firma los dibujos y los textos, aunque en este último caso con la más que decisiva inspiración del propio personaje. La muy cuidada edición de Tusquets es, igualmente, un regalo para el tacto y la vista, y hace aún más recomendable su lectura.
Os dejo, para cerrar mi reseña, y como no puede ser de otra manera, con una pieza musical extraída de la cinematografía de Woody Allen. Se trata de Rhapsody in blue, el clásico de George Gershwin que constituye el motivo recurrente de la banda sonora de la película Manhattan.
1975… un buen año. El presidente Nixon se había ido, y algunos de sus pistoleros estaban entre rejas por el escándalo Watergate. Estados Unidos se retiraba de Vietnam. A Charlie Chaplin lo nombraban Sir. Yo había vendido a Field Enterprises una historieta gráfica llamada “Rico y famoso”.
Éstas eran las buenas noticias.
Las no tan buenas: “Rico y famoso” no me hizo ni una cosa ni otra. Yo seguía siendo un simple peón en la agencia publicitaria y por la noche dibujaba historietas. Me pasaba días concibiendo anuncios televisivos para una marca de tabaco que furtivamente vendía cánceres. Si hubiera seguido mucho tiempo más en aquel trabajo embrutecedor, me habría derrumbado y me habría convertido en un asesino de masas.
¿Qué podía hacer?
Mi sueño: encontrar otra manera de llevar comida a la mesa, mantener a mi familia bajo un techo y decirle adiós al mundillo publicitario.
¡Zas! Se me encendió la bombilla.
Se me ocurrió que el personaje de Woody -alguien que se siente solo en medio de un universo indiferente, que no se come un rosco, al que sus padres humillan (yo conocía el tema), todo ello con réplicas divertidas a lo Oscar Wilde-, que el personaje de Woody, decía, podía ser el protagonista de una tira cómica estupenda (género que yo conocía también) y sacarme de la servidumbre de la agencia publicitaria.
Pero, ¿cómo reaccionaría Woody, que a sus treinta y nueve años estaba en la cima del éxito? Allen había escrito y actuado en ¿Qué tal, Pussycat?, que entonces fue la comedia más taquillera de la historia del cine; había escrito, dirigido y protagonizado, Toma el dinero y corre, Bananas, Sueños de un seductor, Todo lo que quiso saber siempre sobre el sexo pero nunca se atrevió a preguntar, El dormilón y La última noche de Boris Grushenko; había actuado en El testaferro; escrito dos obras teatrales de gran éxito, No te bebas el agua y Sueños de un seductor; estaba editando una película titulada Anhedonia, que luego, con el título de Annie Hall, ganó cuatro Oscars, uno de ellos (y compitiendo con La guerra de las galaxias) a la mejor fotografía… ¿Cómo reaccionaría a mi idea? Probé a imaginar la escena:
YO (hablando por un teléfono imaginario): Woody, se me ha ocurrido una tira cómica sobre ti, ¿qué me dices?
WOODY: Lo siento. Ahora estoy ocupadísimo escribiendo un guión, editando una película, escribiendo un artículo para el New Yorker. No necesito dinero. Llámame el año que viene.
De manera que se lo dije en persona.
Woody se sintió lo bastante intrigado para decirme:
-Enséñame algún boceto.
Yo había inspirado mis dibujos en la apariencia que tenía a los veinte y pico años, cuando lo conocí.
Dio el visto bueno al personaje (incluso lo usó como dibujo animado para una secuencia de la película en la que estaba trabajando, Annie Hall) y me preguntó:
-¿Y los chistes?
Le llevé chistes. Les echó un vistazo y comentó, como de pasada:
-A lo mejor podría echarte una mano con los chistes.
¡Oh, Dios mío! Woody Allen brindándose a ayudarme con los chistes, ¡ayudarme a mí!
Suponiendo que se refería a escribirlos, me entraron ganas de exclamar: “¡ME HAS SALVADO!”. Pero dije, por convencido: “Vale”. Lo cual resultó más apropiado, porque su ayuda consistió en docenas de páginas llenas de chistes y apuntes para chistes que había escrito y reunido a lo largo de los años en que trabajó como humorista. Algunos no eran más que simples observaciones, como “Tienen músculos en el pelo”, o “Atado a la estrella de David: incómoda crucifixión”, otros, anotaciones temáticas aún más breves: “Toreo”, “Astrología” (Algunos de estos apuntes tuvo que ayudarme a descifrarlos él mismo).
También los había más largos:
“Soy un ignorante político. Lo único que sé es que dos hombres disputan una carrera y el que gana no es siempre el que más votos saca”.
“Viñeta: un hombre que cuando evoluciona rompe con su pareja mona”.
“Instituto Psicoanalítico de Nueva York: estoy en la lista de los diez más buscados”.
“Película underground: noticiario de Vietnam. Pasan las imágenes hacia atrás y durante hora y media parece que estamos ganando la guerra”.
“Nací siendo judío y demócrata, y no sabía cuál de las dos era mi religión”.
Había también historietas breves:
“Freud no podía pedir blintzes, le daba vergüenza decir la palabra. Cuando entraba en una tienda de comestibles decía: “Deme esas crepes rellenas de queso”. Y cuando el vendedor le preguntaba: “¿Se refiere a los blintzes, Herr Profesor?”, él se ponía rojo y echaba a correr por las calles de Viena con la capa flotando. Cabreado, fundó el psicoanálisis y se aseguró de que no funcionara”.
Woody me permitió usar estos apuntes en mis tiras cómicas, así como sus libros, películas, obras de teatro y todo el material que reunió cuando actuaba de humorista en locales.
Como mi historieta gráfica se basaba en Woody Allen, que era un personaje famoso, la agencia King Features aceptó publicarla, y me pidieron una muestra de seis semanas para poder empezar a venderla a la prensa. Valiéndome, a manera de trampolín, de los apuntes del mismo Woody, empecé a dibujar las tiras diarias y dominicales que me pedían. A fin de garantizar la calidad del trabajo, al principio estuve muchos sábados yendo a ver a Woody a su lujoso ático de la Quinta Avenida; él juzgaba el material, me sugería cómo desarrollar personajes y chistes y me rogaba siempre que mantuviera el nivel alto y no me conformara sino con lo mejor.
miércoles, 27 de febrero de 2013
SERGI RAMIS. VIAJES DE CINE
Hola, buenos días, bienvenidos a Todos los libros un libro. Esta semana, con los ecos de la ceremonia de los Oscars aún en nuestros oídos, mi recomendación de lectura se centra, casi de modo obligado, en el mundo del cine. Y hablo de recomendación, en singular, y no soy del todo preciso pues hoy os traigo, de entre las muchas publicaciones sobre el universo cinematográfico que ven la luz todos los meses, y a partir de una referencia principal, una muestra variada, plural y heterogénea de libros que tratan sobre películas, aunque de un modo original y sugestivo, y con un enfoque no muy común ni previsible.
El núcleo central de mis consejos de esta mañana gira sobre Viajes de cine. Su autor es el catalán Sergi Ramis, periodista y viajero impenitente, autor de muchos libros de viajes (os recomiendo, en particular, el magnífico Mercados africanos, un recorrido por los abigarrados y deslumbrantes mercados populares del África negra, que publicó la editorial Altaïr, en una edición ilustrada con bellísimas y evocadoras fotografías; también, desarrollando la misma idea, es autor junto a Jordi Llorens, de Mercados del mundo, editado por Angle, con fecundas calas fotográficas en zocos, bazares, rastros, ferias, tiendas y comercios callejeros de Cabo Verde, Malí, Bangkok, Etiopía, Uganda, Marruecos, Yemen, Laos, Vietnam, Filipinas, Samoa y Papua-Nueva Guinea, entre otros exóticos destinos). Este Viajes de cine salió al mercado por iniciativa de Raima Ediciones en el pasado 2011.
El libro se nos ofrece con un significativo subtítulo, La vuelta al mundo en casi 80 películas, que nos permite conocer, ya desde su portada, el propósito, el plan y hasta, si se me apura, el esquema mismo de la obra. En él, como queda patente en esa frase inicial, se conjugan dos mundos, ambos muy queridos para el autor, el de los viajes y el cinematográfico, aunque si bien es cierto que de un modo desequilibrado y desigual. Este no es un libro de cine, dice Ramis en el prólogo, si se había hecho a esa idea, intente recordar rápidamente dónde guardó el recibo de compra y vaya a que le devuelvan el dinero. Este es un libro sobre viajar y comprender el mundo sentado frente a una pantalla. En ese sentido, soy un auténtico intruso (…) Este es el libro de un viajero, pero de un viajero aficionado al cine. El objetivo de Viajes de cine, pues, es aportar una muestra de películas, casi todas excelentes, algunas obras maestras y muy pocas sólo recomendables por ver la zona en la que se desarrolla la acción, como señala el propio autor, que retratan con fidelidad un territorio o la idiosincrasia de la gente que lo habita. Es por ello que todos los filmes escogidos han sido rodados en los lugares auténticos, desechando el escritor películas cuyo marco es Marruecos o el Tibet o Perú, pero que fueron filmadas en otros entornos o, más frecuentemente, en escenarios simulados en estudio.
Y así, estructurado en cinco grandes bloques de desigual extensión y que se centran en los cinco continentes, el libro recorre decenas de lugares del mundo a través de su aparición, episódica y circunstancial o protagonista y principal en otras tantas películas. La nebulosa Galicia de El bosque animado, la tópicamente verde Irlanda de El hombre tranquilo, la plácida Toscana de Habitación con vistas o el luminoso Dodecaneso griego de Mediterráneo son algunos de los bellísimos emplazamientos europeos que conocemos merced a su reflejo en los fotogramas de esas películas memorables. La Turquía asiática de Yol, la ancestral China de Sorgo rojo, la heladora Siberia de Dersu Uzala, el colorista Rajastán de La tumba india o El tigre de Esnapur, o el Japón legendario y onírico de Ran aparecen al recorrer el continente asiático. Si nos adentramos en Oceanía, podremos visitar la inmensa Australia de Las aventuras de Priscilla, reina del desierto, las exuberantes Islas Fiyi de Náufrago o las Salomón de La delgada línea roja. En África, tan a menudo inmortalizada en el cine, comparecen las ilimitadas extensiones de Kenia de Memorias de África, el Marruecos abigarrado de El hombre que sabía demasiado, la aventurera Tanzania de Hatari o Mogambo o la salvaje Ruanda de Gorilas en la niebla. Por fin, América está profusamente representada con lugares y películas como la Cuba revolucionaria de Guantanamera, el Brasil más tropical de La selva esmeralda, el desértico México de El tesoro de Sierra Madre, las praderas interminables de California, Arizona y Utah reflejadas en La diligencia, o la húmeda Argentina de ríos y selvas que vemos en La misión.
En cada uno de los capítulos del libro se sigue un esquema idéntico: una ficha técnica de la película, un breve comentario sobre su argumento, los actores y, sobre todo, los lugares reflejados en la cinta, y una última y muy reducida sección con menciones a la ciudad o el país analizado, pero a través de su presencia más allá de las pantallas: por ejemplo, Bután o Nápoles o Iquitos... fuera del cine. Asimismo, cada capítulo se cierra con un Para ir en el que se ofrecen sugerencias acerca del desplazamiento o la intendencia de los viajes al lugar mostrado en la película. Y todo ello aderezado con el estilo desenfadado y el humor socarrón, irreverente, algo cínico y siempre incorrecto políticamente de su autor.
No quiero dejar pasar la ocasión de comentar, al hablar de este Viajes de cine, que el libro se enmarca en una colección de la editorial Raima que con el título de CineXCine pretende proyectar en palabras los grandes conceptos y los pequeños detalles que interesan al género cinematográfico, reordenándolos y desvelando nuevos puntos de vista. No es una colección dirigida sólo a aficionados, amantes o especialistas del cine, sino que son libros para todos aquellos que, en un fotograma u otro, han identificado lo que les contaba una película con una realidad cercana, como de modo algo críptico resalta la editorial. En ese sentido no específico y sí multidisciplinar, podréis encontrar en la colección, libros como Ciudades del cine, que conjuga el enfoque cinéfilo con el turístico y en el que se nos muestran quince grandes ciudades explicadas a través de su presencia en sesenta películas. O Cine a la carta, con algunas recetas de cocina aparecidas en películas muy conocidas, un libro que aúna la afición cinematográfica con la pasión gastronómica. O Psicópatas de serie, de título suficientemente explícito de su curioso contenido. Y también Malas pero divertidas, en el que se repasan algunas de las peores o más estrambóticas o desconocidas o insólitas o inconcebibles producciones con un enfoque humorístico.
Para terminar con mis recomendaciones por hoy, y tras el fragmento elegido del libro, centrado en Rebelión a bordo, la inolvidable película de Lewis Milestone con Marlon Brando al frente del reparto, una propuesta musical también cinematográfica. Extraída de la banda sonora de una de las películas recogidas en el libro, la citada Las aventuras de Priscilla, reina del desierto, una versión del clásico de Gloria Gaynor, I will survive.
Rebelión a bordo
El paraíso bien vale una huelga
El paraíso está en la Tierra. Cualquiera que haya visitado las islas de la Polinesia lo sabe. Lo descubrieron también los marineros del HMAV Bounty, cuyo motín ha sido objeto de varias versiones literarias y también cinematográficas. La que nos ocupa llegó a sobrepasar en popularidad incluso a la que se rodó en los años 1930, capitaneada por Clark Gable.
La Bounty zarpa de Inglaterra a finales del siglo XVIII con destino a las islas del Pacífico Sur. Allí espera conseguir una buena partida de retoños de Artocarpus altilis, o árbol del pan, con el que inundar las posesiones caribeñas y así alimentar a los esclavos. Es el botánico de a bordo quien nos hace de narrador.
A medida que la nave avanza por el océano Atlántico vamos descubriendo a los personajes. Al despiadado capitán, al vividor segundo de a bordo y al más rebelde de los marineros. Y también vamos gozando de esa jerga náutica que regala a los oídos el puro sabor de la aventura: “¡largad la vela mayor!”, “¡Señor Fletcher, ordene cambiar el rumbo!”. Y toda esa cháchara naval.
El capitán Bligh es un tipo sin escrúpulos que está dispuesto a hacer cualquier cosa para quedar bien con sus superiores. No sabe que, en la naturaleza, los atajos suelen dar mal resultado. Así, se empeña en doblar el cabo de Hornos para llegar antes a su destino. Pero las terribles tormentas que caracterizan ese lugar le obligan a dar media vuelta. Ha perdido tanto tiempo que cuando llega a la Polinesia los árboles del pan están en período de hibernación. Deberá esperar cinco meses a que resuciten.
Durante ese tiempo, los marineros se entregan al sol, la comida y el sexo a porrilllo. El espectador asiste con envidia a las relajadas vacaciones de la tropa, que goza de bailes y juerga permanente en el típico paisaje polinésico de islas volcánicas con laderas herbosas y cocoteros decorándolo todo.
Cuando hay que levar anclas porque ya se han recolectado suficientes plantas, hasta a nosotros nos da pereza dejar el edén para embarcarnos de nuevo en el mareo salado. Aunque generosos y ridículos collares de flores tapen continuamente los pechos de las nativas, el campestre y tropical retozar en los helechos no es fácil de sustituir. Y menos cuando la tragedia se acelerará a partir de entonces: Bligh pasa a un hombre por la quilla y después decide que las plantas son más merecedoras de agua que los marineros.
Rebelión a bordo se rodó en Tahití y Moorea. Con tan largo metraje hay espacio para todo: el drama, la comedia y, claro, para el humor inglés: “no hay nada como una mujer recién lavada y perfumada como un francés”.
Lo que muchos espectadores no entienden es la renuencia del segundo oficial Fletcher Christian (Marlon Brando) a rebelarse contra el capitán Bligh (Trevor Howard). Donde esté una princesa polinesia guapetona y complaciente que se quite una carrera castrense. ¡Qué honor militar ni qué ocho cuartos!
miércoles, 20 de febrero de 2013
ANTONIO FONTANA. PLANO DETALLADO DEL INFIERNO
Hola, buenos días. Bienvenidos de nuevo, un miércoles más, a Todos los libros un libro. Como sabéis, todas las semanas, desde este espacio de Radio Universidad de Salamanca os ofrezco una propuesta de lectura, una recomendación de un libro que creo puede interesaros de entre la multitud de ellos que se publican regularmente en nuestro país. En España salen al mercado cada año cerca de setenta mil nuevos títulos, por lo que ante tamaña desmesura mi modesta pretensión es desbrozaros el camino, ayudaros a abriros paso en ese maremágnum para orientaros hacia algún libro que, partiendo de mi propia experiencia lectora y de mi intuición, pueda gustaros.
Hoy os traigo un libro excelente, una novela magnífica pero, os aviso de antemano, muy dura, pues sus temas principales son la muerte, la enfermedad, la vejez, la desesperanza, la soledad, el miedo, la locura. Su título, ya muy representativo de lo que vais a encontraros si os decidís a abordarla -y deberíais hacerlo pues es un libro extraordinario-, es Plano detallado del infierno. Se trata de una novela corta, poco más de cien páginas, escrita por Antonio Fontana y publicada por Ediciones DVD.
Plano detallado del infierno se estructura en torno a tres monólogos, aparentemente independientes pero que contienen un elemento común, un hilo tenue que los enlaza y les da una unidad, ya no estilística o temática, que sin duda existe pues la novela mantiene una homogeneidad y una coherencia impecables, sino argumental, pues los personajes principales de cada uno de los tres relatos aparecerán vinculados en la trama por un suceso, un desgraciado y azaroso acontecimiento que, sin que ellos lo sepan, los une.
En el primer capítulo, un hombre, un anciano, Matías, asiste en el hospital a la agonía de su mujer, Isabel, gravemente herida tras un accidente de tráfico. Isabel salió despedida del coche en el que ambos viajaban cuando, tras atropellar a una niña que se cruzó en su camino, el vehículo se estrelló violentamente. En el sanatorio, Matías rememora las rutinas, las miserias de su larga vida en común con Isabel, el aburrimiento, la desgana, el hastío y la desidia de un matrimonio como tantos otros; también aflora el amor que ahora, ante la inminencia de la muerte de su mujer, parece redescubrir. Dice Matías: Descubrir que te quiero me sorprende, creía que mi cariño había ido encogiendo hasta volverse indiferencia. Si me hubieran preguntado, habría contestado que lo que sentía por ti era lo más parecido a un roce, a un hábito, a una costumbre, pero ¿amor?... En las largas horas de espera, Matías también dialoga con la Muerte que teje paciente su labor, sentada ante la cama de Isabel.
En el segundo capítulo, el protagonista es Gaspar, un viejo jubilado, viudo, a quien su familia, su hijo, ha encerrado -a traición, con mentiras y engaños- en una deprimente residencia de ancianos. Gaspar rumia las circunstancias que provocaron su abandono, recuerda a su hijo, la infancia más o menos feliz, su adolescencia problemática, su progresivo alejamiento, su boda, su nuera -una extraña-, el nacimiento de su nieto, el cada vez más acentuado desapego del hijo. Gaspar comparte habitación con un callado compañero, que pasa sus días sumido en sus delirios, Matías.
En el tercer y último capítulo, del que en un instante os leeré un fragmento, Ana, la madre de Teté, la niña atropellada, cuenta las desgracias de su vida conyugal, su tristeza, su desesperación, la incomunicación de la vida con su marido, la tristeza de unos años vividos a dos pero, sin embargo, en la más absoluta soledad. Ana recuerda la isla de ilusión y felicidad, también de remordimiento y culpa, que supuso, años atrás, una aventura fugaz con un vecino con el que se topaba regularmente en las escaleras de su casa, Gaspar.
No hay tiempo para más, ni tampoco voluntad por mi parte de desvelar más aspectos de una trama que, con las escasas pinceladas que acabo de ofreceros, puedo haber en parte destripado. No obstante, como casi siempre comento en estos casos, no es la peripecia argumental, el aspecto más superficial de un libro, la que revela su importancia. Es su esencia, lo inefable, lo que la obra nos transmite al adentrarnos en su escritura, lo que constituye su, en definitiva, último valor. Y creedme, es muy alto, muy estimable, más que notable el que encierra este Plano detallado del infierno de Antonio Fontana.
Os dejo con una canción que sirve de espejo al texto, pues habla de la incomunicación de la pareja. Whatever you say, de Martina McBride.
Una mañana te despiertas junto a un hombre que no te da los buenos días y te preguntas: ¿De qué me suena a mí la cara de este señor? Hasta que caes en la cuenta. Tu marido. Es tu marido.
¿Cómo puedes haberte olvidado de que tenías -de que tenías no, Ana: de que tienes- marido? ¿Cómo has podido olvidarte de que estabas -de que estabas no, Ana: de que estás- casada con esa sombra que te gruñe cada vez que os tropezáis entre las sombras del pasillo? Ese extraño que pone la mesa -la cuchara a la izquierda del plato, por más que le repitas que a la derecha; el tenedor a la derecha del plato, por más que le repitas que a la izquierda- mientras el pisto hierve en la cocina. Ese desconocido que se sienta delante de la tele cuando tú te sientas delante de la tele. Que comparte contigo la cama, siempre y cuando estar separados cada noche por miles de kilómetros de sábanas e incomprensión sea compartir la cama. La vida.
Sobre la cómoda del dormitorio, la fotografía de vuestra boda no miente: dentro del marco de plata, él de chaqué; dentro de un escote palabra de honor, tú. Así que tiene que ser verdad. Así que no puede no ser verdad: ese tipo del que te habías -del que te habías no, Ana: del que te has- olvidado es tu marido. Con más arrugas. Con más canas. Reducido a un morse de carraspeos y gruñidos. Claro que la culpa no es sólo de él: tampoco tú tienes nada que decirle. En realidad, ninguno de los dos tenéis nada que deciros ahora que, por no haber, no hay nada que os mantenga unidos. Ni siquiera un hijo.
Te despiertas una mañana junto a un desconocido y lo primero que te viene a la cabeza es gritarle: Oiga, salga de mi cama, ¿por quién me ha tomado? Hasta que reparas en la foto de vuestra boda: el desconocido de chaqué, tú de palabra de honor. De blanco. De tul ilusión. Ilusión, menuda palabra.
¿Mi marido?, piensas angustiada. ¿Éste es mi marido? Y en lugar de Oiga, salga de mi cama, ¿por quién me ha tomado?, le dices Así no podemos continuar. Él asiente despacio, se levanta de la cama y dice: De acuerdo. Dice: Se acabó. Dice: Me voy. Tres maneras distintas de decir lo mismo.
miércoles, 13 de febrero de 2013
ANDREW MILLER. LOS OPTIMISTAS
Hola, buenos días. Bienvenidos una semana más a Todos los libros un libro. Como cada miércoles, aquí, en Radio Universidad de Salamanca, os ofrecemos una sugerencia semanal de lectura con la intención de descubriros una novela, un libro de poemas, una colección de cuentos, un texto ensayístico que a mi juicio puedan resultaros de vuestro agrado e interés. Esta semana os traigo una novela, una muy interesante novela. Se trata de Los optimistas, su autor es el inglés Andrew Miller, que pese a no ser demasiado conocido en España, ya ha logrado algunos premios literarios de importancia en el Reino Unido. La obra ha sido publicada en este 2007 por la editorial Salamandra en traducción de Luis Murillo Fort.
Los optimistas es una novela psicológica, introspectiva. Con ello quiero decir que se trata de una narración en la que los hechos que se cuentan importan menos que el discurrir interno de la mente de sus protagonistas, que su íntima peripecia intelectual, sentimental y, sobre todo, emocional. La novela gira sobre un personaje principal, Clem Glass, un fotógrafo profesional que acaba de volver a su Inglaterra natal desde África, en particular desde Ruanda, en donde ha vivido en primera persona los escalofriantes episodios del brutal genocidio perpetrado en 1994 por los hutus ruandeses. Aunque el mundo entero permaneció casi impasible ante un acontecimiento tan dramático que puso de nuevo en nuestros ojos imágenes, que creíamos para siempre desterradas, idénticas a las del holocausto judío a manos de los nazis, quizá recordaréis como, en una masacre programada y sistemática, trágica y salvaje, los hutus radicales violaron, mutilaron, asesinaron, aniquilaron y, en definitiva, exterminaron a los tutsis, una etnia rival, pero que nutría gran parte de la población ruandesa, y con la que, al margen de una ancestral enemistad histórica, habían convivido de modo más o menos pacífico hasta entonces. Entre ochocientos mil y un millón de tutsis fueron eliminados en lo que constituye, quizá, el genocidio más sangriento y aberrante -todos los son- desde la segunda guerra mundial.
Pues bien, Clem Glass, el protagonista de la novela, vuelve a Londres con la retina y, sobre todo, con el cerebro, inflamados por el horror vivido, con el alma enferma por el impacto emocional de las escenas de las que ha sido testigo, unas escenas que, además, en el ejercicio de su profesión, ha fotografiado. Clem vive, en particular, obsesionado por una matanza que ha presenciado en una pequeña iglesia de un poblado ruandés. El responsable de la cruel carnicería, un militar llamado Ruzindana, ha logrado escapar de la persecución de las autoridades y, al parecer, se refugia en Europa. Clem intentará localizar al culpable, por un ideal de justicia, pero también por lograr así una cura para su espíritu dañado.
En su vuelta a Inglaterra, Clem se reencuentra con su padre que, viudo, vive recluido en una especie de monasterio laico; con su hermana, que tras diversas estancias en sanatorios mentales, intenta recuperar su equilibrio; con su tía y sus primos, gente solitaria y algo desajustada, con los que revive los felices días, el inocente territorio de la infancia. Son seres heridos, dolientes, que sufren, más allá de las enfermedades físicas, el dolor del alma.
Los optimistas habla de este daño emocional, del dolor, de la culpa, de la reparación, de la inutilidad de la venganza, de la tragedia humana, pero no sólo de las grandes tragedias colectivas, las guerras, las torturas, las injusticias, sino de los dramas íntimos, los desmoronamientos personales, de la dificultad de vivir, del sentido o el sinsentido de la vida.
Muy bien escrita, con un ritmo vivo que se sigue con facilidad, Los optimistas es una novela notable, que os va a permitir, si os decidís a adentraros en sus páginas, no sólo conocer uno de los episodios más espeluznantes de una historia de una humanidad por lo demás repleta de ellos, sino, sobre todo, e insisto, éste es para mí el principal interés de la novela, sobre todo os va a permitir acercaros al interior de unos seres humanos sufrientes. Y no penséis, a partir de mis palabras, que el mensaje último de la novela es negativo o descorazonador, que, leyéndola, os acometerá el desaliento. Pensad tan sólo en su título y comprenderéis que para el autor, pese a todo, pese a la tragedia y el drama, pese al dolor y la barbarie, pese a la mezquindad y la brutal inhumanidad que a veces rebosa la existencia, la vida merece la pena.
Dorothee Munyaneza, cantante ruandesa, interpreta, en el vídeo que completa esta reseña, Mama Ararira, una pieza presente en la banda sonora de Hotel Rwanda, la película sobre la terrible masacre que dirigió en 2004 Terry George.
De repente, Clem se encontró entre escenas, aromas, acentos que había dejado atrás en mayo, aunque entonces había sido en un escenario muy distinto, con comercios vacíos y mercado silenciosos y en el suelo una alfombra de cristales rotos y cartuchos de bala. Allí en Matongé las tiendas tenían sacos de boniatos, maíz, chiles, caña de azúcar, langostas secas, hojas de palmera, pescado desecado que parecía suela de sandalia vieja. Había rollos de telas teñidas de vivos colores, trenzas de pelo falso, gruesas alhajas de oro o de imitación oro. Por las aceras circulaban hombres con pantalón holgado y camisa safari, algunos con rastas en el pelo, otros con túnicas de algodón fino largas hasta los tobillos; conversaban animadamente en corro, estrechándose o cogiéndose de las manos, riendo a mandíbula batiente las anécdotas que se contaban. Durante una hora se dedicó a explorar el barrio, a recorrer sus desvencijados bazares, perdiéndose y orientándose de nuevo en las esquinas. Entró en un bar, pidió una cerveza, y le sirvieron una botella cuya etiqueta llevaba el logo de un elefante. Hojeó un periódico africano, escuchó por la radio música soukous y juju. Todo el barrio tenía algo de exuberante e inverosímil, como esas flores duras y relucientes que se aferran a los muros negros de hollín de una vía soterrada. Era una comunidad llegada del sur por etapas en vuelos baratos, y que se había ido adaptando a la realidad inmobiliaria del Bruselas decimonónico. Pidió otra cerveza. La camarera que le sirvió era obesa y risueña, de dientes amarillentos y con un turbante violeta y dorado en la cabeza. Le guiñó un ojo. Clem se preguntó qué pasaría si mencionaba el nombre Ruzindana. ¿Lo conocería ella? ¿Lo conocerían todos? ¿Lo veía ella pasar por la mañana, un desgraciado a quien más valía no mirar?
miércoles, 6 de febrero de 2013
WILLIAM MAXWELL. VINIERON COMO GOLONDRINAS
Hola, buenos días, bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro. Esta semana quiero presentaros una novela magnífica, que estoy seguro que os va a encantar. Se trata de Vinieron como golondrinas, su autor es William Maxwell, y ha sido editada por la editorial Libros del Asteroide, cuya política de publicaciones es extraordinaria, su gusto y criterios de selección excelentes y sus libros siempre bellamente editados. El libro ha sido traducido por Gabriela Bustelo.
Vinieron como golondrinas es una novela delicada, intimista, llena de sensibilidad, de ternura; es una novela de sentimientos, de emociones; las vidas de sus protagonistas son vidas normales, sin grandes acontecimientos, sin extravagancias, son gente como vosotros y como yo, familias comunes que viven existencias convencionales. Maxwell entra en la cotidianeidad de una familia de clase media norteamericana y nos muestra su acontecer diario, su día a día habitual, sus comidas, sus hábitos repetidos y sin brillo, sus conversaciones, las visitas a la abuela, los amores de las tías. Es una novela con palabras dichas en voz baja, casi sin notarse; una novela en la que resulta más importante lo que no se cuenta, los silencios, los espacios en blanco, que los propios hechos narrados. Tras la descripción realista, ‘externa’, de esas vidas consabidas aparecen, casi sin darnos cuenta, las revelaciones. A partir de un acontecimiento central que ahora os describiré, William Maxwell nos permite acceder de una manera apacible y delicada a los pensamientos, a los sentimientos más íntimos de sus personajes. Es decir, desde fuera, desde la fachada externa de los objetos, de los actos, de las costumbres familiares logramos penetrar en la esencia, en la verdad de los protagonistas, en la esencia y la verdad de la condición humana, en definitiva. Y sí, ‘verdad’ es una buena palabra para describir el libro: Vinieron como golondrinas nos habla de las grandes ‘verdades’ de la vida humana, de nuestras emociones, de nuestras perplejidades, de nuestras aspiraciones más genuinas; habla de nuestras dudas, de nuestras preocupaciones, de nuestras inquietudes más auténticas.
Vinieron como golondrinas cuenta, como os digo, la vida de una familia del Medio Oeste americano, los Morison, que en la segunda década del siglo pasado va a quedar marcada por un hecho crucial que impregna toda la novela. En 1918 una devastadora epidemia de gripe española acaba con la vida de Elizabeth, Bess, la madre, eje de la vida familiar, sentido y razón de ser de la vida de sus hijos, Bunny y Robert, y también de su marido, James. La novela nos cuenta la existencia de la familia, antes, durante e inmediatamente después de la desaparición de la madre. El libro está dividido en tres secciones narradas por los tres miembros del núcleo familiar a los que la muerte de la madre cambiará la vida. En la primera parte el narrador es Bunny, el niño pequeño, de ocho años. Su existencia está llena de la presencia de la madre, se explica por ella, se completa y se entiende por ella. En la segunda parte, Robert, algo mayor, con trece años, muestra, por exigencias de la edad quizá, las primeras rebeldías, los primeros conatos de independencia frente a la sombra tutelar de la madre, aunque en el fondo vive, como su hermano, acogido a su manto protector. En la tercera parte, James, el marido, revela su indefensión, su desvalimiento, su desprotección, el absurdo de su vida tras la muerte de su esposa.
Pero, como os digo, y al igual que sucede en todas las grandes novelas, la anécdota, los hechos narrados no son lo esencial, sino la capacidad de trascenderlos, la destreza de su autor para ofrecernos, a través de ellos, a través de ciertos detalles nimios de unas vidas triviales, un atisbo auténtico de la naturaleza humana; lo esencial es la sutileza, la poesía, la gracia de William Maxwell para lograr conmovernos, emocionarnos, transmitirnos belleza y verdad.
Recordad, pues, esta novela y a este autor, Vinieron como golondrinas, William Maxwell. Aprovecho para recomendaros también otra de sus obras, Adiós, hasta mañana, publicada igualmente por la Editorial Libros del Asteroide e igualmente llena de emoción y sensibilidad. Quizá en otra ocasión pueda comentaros aquí, con detenimiento, las maravillas de este otro libro que parte de la crítica considera la obra maestra de Maxwell.
Y emoción y sensibilidad rezuma, Sometimes i feel like a motherless child, un clásico, un espiritual negro, de la época de la esclavitud, que, describiendo el dolor que siente un niño huérfano, nos habla también -en un plano metafórico- de la soledad y la tristeza, la desolación y la falta de esperanza, la a veces estéril persecución de los sueños e ilusiones y el enorme cansancio que muy a menudo conlleva nuestra frágil existencia. La versión que os ofrezco es la excepcional de Van Morrison.
Siempre que estaba a solas con su madre la biblioteca le parecía un sitio íntimo y hogareño. Apenas hablaban, ni levantaban la mirada, salvo ocasionalmente. Sin embargo, en torno y a través de lo que estuvieran haciendo, cada uno de ellos era consciente de la presencia del otro. Si su madre no estaba, si estaba arriba en su cuarto, o abajo en la cocina, explicando a Sophie cómo tenía que hacer la comida, a Bunny le parecía que nada era real, ni estaba vivo. Las hojas color bermellón y las hojas amarillas que se doblaban y desdoblaban sobre las cortinas dependían completamente de su madre: sin ella no tenían movimiento ni color.
Ahora sentado a su lado en el banco de la ventana, Bunny también dependía de ella. Todas las líneas y superficies de la habitación se inclinaban hacia su madre, de modo que cuando miraba el dibujo de la alfombra lo veía necesariamente en relación con la punta del zapato de ella. Y hasta cierto punto, él dependía más de la presencia de su madre que las hojas o las flores.