Vivo entre muchos libros y extraigo una gran parte de mis ganas de vivir del hecho de que aún leeré la mayoría de ellos. (Elias Canetti)

miércoles, 30 de abril de 2014

HANS-JÜRGEN SCHAAL Y ROBERT NIPPOLDT. JAZZ. NUEVA YORK EN LOS LOCOS AÑOS VEINTE 

A mediados de la década de 1920 se produjo un cambio apenas perceptible en el mundo neoyorquino del jazz: el boom de Harlem empezó a perder fuelle. El público de Broadway llevaba mucho tiempo viendo musicales sobre negros -Dixie to Broadway, Chocolate Dandies, Lulu Belle- y visitando los clubes de Harlem. Había que subir el listón. La Nueva York blanca deseaba ver un universo negro más salvaje, exaltado, bárbaro, selvático y exclusivo de lo que el verdadero Harlem podía ofrecerle.
 
Convertidos en exclusivos y carísimos templos del pecado, con sus sensacionales revistas de variedades, los clubes de Harlem se volvieron interesantes también para los gánsteres que traficaban con alcohol. Ya en 1925 había 11 clubes en Harlem pertenecientes a bandas criminales. Los más afamados eran el Connie’s Inn y el Cotton Club, ambos inaugurados el mismo año, 1923, y ambos enfrascados en una dura competencia, financiados y protegidos por las dos mayores bandas de gánsteres de Nueva York: la de Dutch Schultz y la de Owney Madden. Los blancos famosos y adinerados de Nueva York acudían en masa a estos clubes, y los más afamados músicos negros tocaban allí. Los negocios en Harlem florecían, y el glamour de las grandes salas de fiestas, como el Savoy o la Alhambra, podía ocultar el hecho de que Harlem pertenecía cada vez menos a los propios habitantes del barrio. Hasta las loterías ilegales en las calles del barrio habían sido asumidas en 1928 por la organización de Dutch Schultz. Black Swan, el único sello discográfico dirigido por personas de raza negra, fundado en Harlem en 1921, cerró en 1926. En la Nueva York de la década de 1929 no hubo, por cierto, ni un sólo banco afroamericano, a diferencia de los que sucedía en Chicago, Detroit, Baltimore o en muchas otras ciudades.
 
A finales de la década los espectáculos de Harlem superaban a todo lo demás que había en la ciudad. La revista del mundo del espectáculo, Variety, escribía por entonces: La vida nocturna de Harlem supera al mismísimo Broadway. Sin embargo, este comentario pasaba por alto que Harlem -al margen de los elegantes palacios del espectáculo- se había transformado en pocos años en un barrio marginal. Había infinidad de clubes de música y baile para los ricos, pero sólo un hospital para los 200.000 habitantes del barrio. Los casos de tuberculosis, pulmonía, tifus y sífilis eran varias veces más frecuentes que en la Nueva York blanca, y lo mismo sucedía con la mortalidad infantil y materna. Cuando en octubre de 1929 se desató la Gran Depresión, los más afectados fueron los afroamericanos: las rentas en Harlem se redujeron a la mitad, en 1934 un 50% de los habitantes de Harlem estaban en el paro. La sala Alhambra tuvo que cerrar, y el teatro Lincoln se convirtió en una iglesia bautista, los periódicos negros Crisis y Opportunity estaban al borde de la quiebra. Las más grandes estrellas entre los músicos de jazz -Amstrong, Ellington, Hawkins- se marcharon a Europa por un tiempo y otros hasta dejaron la profesión. Los locos años veinte empezaron con la prohibición y acabaron con el hundimiento de la Bolsa. En los años intermedios, Nueva York vivió una insólita revolución de las costumbres, del lenguaje, de la música. El jazz llegó a la ciudad, la cambió, se cambió a sí mismo y luego cambió al mundo entero. Con razón se ha mantenido vivo hasta hoy el mito de los felices y desmedidos años veinte, en los que todo parecía posible.
 
 
Hola, buenas tardes. Con este interesante y significativo texto introductorio os presento mi propuesta de esta semana, un libro excepcional por muchos motivos, como luego os comentaré, y que, girando sobre el universo del jazz -lo cual habréis deducido a partir de la lectura del fragmento preliminar-, traigo a nuestro espacio con ocasión del Día internacional de este género musical que se celebra en todo el mundo hoy, 30 de abril. Me refiero a Jazz. Nueva York en los locos años veinte, un libro de Hans-Jürgen Schaal y Robert Nippoldt, publicado el pasado 2013 en una edición bellísima, que merece su compra ya sólo por su perfección formal, de la que es responsable la editorial Taschen, un sello alemán, bien conocido en el ámbito de las publicaciones de arte, con un amplio catálogo de libros extraordinarios centrados en la música, la pintura, la fotografía, la moda o la publicidad. La “marca” Taschen es siempre -y mi recomendación de esta tarde no se aleja de esa pauta- garantía de calidad, de rigor, de pulcritud y de belleza en sus producciones.
 
Este Jazz. Nueva York en los locos años veinte está editado originariamente en Alemania e impreso en Italia, aunque la redacción y la maquetación en español se hayan hecho en Barcelona. La traducción al castellano es de José Aníbal Campos González. Se trata de un libro que, contra lo que pudiera parecer, no se dirige sólo a los seguidores del jazz, sino que entre sus destinatarios yo veo también a los amantes de los libros, a quienes se interesan por la Historia, a personas con curiosidad intelectual e inquietudes culturales y, en general, a todos cuantos disfrutan de la belleza.
 
El volumen -de gran formato e, insisto, deslumbrante como objeto- nos ofrece una historia ilustrada -preciosamente ilustrada- de la vida en Nueva York en la segunda década del siglo pasado, una época decisiva, como acabáis de escuchar, en el crecimiento de la ciudad, en su conversión en centro neurálgico de la cultura, el arte y la música, en icono del siglo veinte. Una historia que se relata de modo tangencial pero muy esclarecedor a través de las biografías de veinticuatro grandes músicos de jazz: Bessie Smith, Cab Calloway, Sydney Bechet, Ethel Waters, Glenn Miller, Benny Goodman, Fats Waller, Alberta Hunter, Coleman Hawkins, Louis Amstrong y Duke Ellington entre otros. Imbricando lo particular y lo general, y sobre la base de los sucintos retratos de los músicos -meros esbozos- en los que sin embargo se da cuenta de manera resumida pero eficaz, a través de numerosas anécdotas llamativas, de los aspectos esenciales de su personalidad humana y artística, nos adentramos en esos momentos iniciales de la gran eclosión de Nueva York como referente de la cultura universal. Partiendo del origen del jazz en Nueva Orleans, con menciones a la música nacida en las plantaciones de algodón, y siguiendo luego el desplazamiento de gran parte de la población negra hacia el norte, a Detroit y Chicago, en busca de mejores condiciones de vida, el libro nos traslada a la gran metrópoli americana mostrándonos su efervescente vida nocturna, el ambiente de las salas de fiesta, los clubes de jazz y los salones de baile, la efervescencia de las Big Bands, el crecimiento y posterior esplendor del sórdido Harlem, el oscuro -y tan conocido para nosotros por su recreación reiterada en el cine negro- mundo del hampa, de los gánsteres, las guerras de bandas mafiosas, los diversos grupos del crimen organizado, los siniestros negocios de la prostitución, el tráfico de alcohol o las apuestas ilegales, la progresiva presencia de los negros en la sociedad neoyorquina gracias, entre otras causas, a la poderosa influencia de su música, y tantas otras “fotografías” de la vida de Nueva York que afloran en un segundo plano, nítido sin embargo, detrás de las atractivas estampas de los músicos elegidos. Hans-Jürgen Schaal, filólogo, autor de numerosos libros de jazz y colaborador de un sello discográfico de Munich es el autor de los textos del libro.
 
Pero, siendo interesante el contenido de este Jazz. Nueva York en los locos años veinte, es su presentación formal, su condición de hermoso objeto artístico (que le ha valido numerosos premios: el European Design Award de 2008 en Estocolmo, el del Institute for Book Arts, en Francfort, también en 2008, y algunos otros) lo que lo hace especialmente recomendable. Por de pronto, su formato alargado, su gran tamaño, su amorosa encuadernación en tela, la calidad del papel, hacen del volumen una obra estimable en sí misma, casi sin necesidad de adentrarse en sus páginas.
 
Aunque los grandes motivos para el disfrute nos asaltan una vez abierto el libro, al toparnos con la multitud de ilustraciones (algunas de las cuales podéis ver aquí) que lo surcan. No se trata sólo de los correspondientes dibujos de los músicos que, cubriendo casi siempre una página entera, nos dan idea de los rasgos más significativos de cada uno de ellos, sino también de imágenes -en muchas ocasiones a doble página- que recrean el ambiente de los clubes, escenas de la vida de noche, orquestas en acción, actuaciones musicales, descripciones detalladas de los pasos de algún baile de moda, vinilos (o quizá discos de pizarra), instrumentos varios, calles neoyorquinas, planos de Manhattan con la señalización de los principales locales de diversión, y muchos más. Pero es que además el texto escrito está “invadido” por infinidad de pequeños detalles gráficos, mínimos, casi inapreciables, se diría que escondidos, pero que atraviesan la obra poblándola de figuritas que acompañan y cuentan con imágenes, en paralelo al relato narrado, los distintos episodios de la historia que se desarrolla a lo largo del volumen. Y así, cuando se habla de un determinado estilo de danza, nos asalta, entre las palabras, las frases o el párrafo, una ilustración, muy leve, ligera, reducida a lo primordial, de una pareja bailando. O una pistolita, o un coche, o unos toneles de alcohol, o una medalla al valor, o cualquier otra figura alusiva al texto escrito. Y cada vez que se cita a un músico surge al lado de su nombre su representación iconográfica, muy liviana y esencial. Y cualquier alusión a alguno de los más de treinta instrumentos musicales mencionados en el libro lleva consigo el correspondiente símbolo, como digo muy tenue y sin embargo nítido, descriptivo y revelador. Y de este prodigio del dibujo, de la perfección y el virtuosismo de los trazos -muy limpios, muy línea clara, un blanco y negro muy puro, con prudentes y muy bien escogidos añadidos de color- es responsable el diseñador gráfico, ilustrador y autor alemán Robert Nippoldt, a quien se deben algunos otros libros galardonados, en particular dos aparentemente muy interesantes, Gangster y Hollywood, centrados igualmente en los Estados Unidos de las décadas de 1920 y 1930, y a los que podéis acceder, con nuestro Jazz de esta tarde, en un cofre de tres tomos, que se vende -no en España, donde no han sido traducidos- por el módico precio de 260 euros, 40 cuesta el Jazz. Nueva York en los locos años veinte que ahora comento. Un Robert Nippoldt que construye su obra sobre la base de una ingente documentación, del manejo exhaustivo de etiquetas de discos, portadas, firmas originales de los músicos y tantos otros objetos de la pasión coleccionista, de la visita a numerosos archivos y la consulta de una importante bibliografía, en definitiva, de la impregnación en el mundo del jazz y en el Nueva York de la fascinante época elegida.
 
Hay, por otro lado, un a mi juicio evidente tono didáctico en el diseñador, que se manifiesta en algunas otras ilustraciones aparte de las ya reseñadas: se nos muestran de continuo, para cada músico, unas elegantes fichas, también dibujadas, que contienen los datos de su nacimiento y muerte, los instrumentos en cuya ejecución desenvolvió su carrera... y hasta las sesiones de grabación en las que llegó a intervenir cada uno de ellos. También nos encontramos con un sociograma que en un par de páginas recoge esas sesiones de grabación en las que participó cada uno de los artistas elegidos, y en las que podemos ver las interrelaciones entre unos músicos y otros, incluyendo, con claves gráficas muy sencillas y asequibles, las grabaciones en las que coincidieron dos, tres o más intérpretes. Con esta misma voluntad pedagógica, se nos ofrece una bibliografía sucinta pero interesante acerca de la música de la época.
 
Por último, el libro aporta una discografía que incluye la ficha exhaustiva, completísima, de las veinte piezas que integran un CD que acompaña la edición, en las que se da cuenta de su autor, de la fecha de grabación y de la identidad de todos y cada uno de los músicos participantes. Aparte de su relación pormenorizada en las páginas finales del libro, cada uno de estos temas musicales se integra muy bien en el texto, pues en los capítulos correspondientes a los distintos músicos que las interpretan aparece un nuevo icono, esta vez reproduciendo la etiqueta del vinilo, que nos “lleva” al disco para facilitar su escucha simultánea a la lectura. Hay también un sonograma -de nuevo dibujado-, la representación gráfica que recoge las frecuencias, el tono, el volumen del sonido de cada una de esas veinte canciones.
 
En fin, un libro memorable, altamente recomendable, fuente de placer, de disfrute, de deleite y alegría sin cuento. No dejéis de comprarlo. Os dejo, cómo no, con una de las piezas del CD mencionado, Black and Blue, en la voz y la trompeta de Louis Armstrong.
 

miércoles, 23 de abril de 2014

JESÚS MARCHAMALO. TOCAR LOS LIBROS. CORTÁZAR Y LOS LIBROS

Hola, buenas tardes. De nuevo con vosotros, desde Radio Universidad de Salamanca, Todos los libros un libro, que os acerca como cada miércoles una nueva recomendación de lectura. Como venimos haciendo con regularidad a lo largo de los años, bien sea con ocasión del Día del Libro, el 23 de abril, bien sea coincidiendo con la presencia de la Feria del Libro en Salamanca, en la primera quincena del mes de mayo, os ofrezco una sugerencia que se centra en algún libro cuya temática gira, precisamente, en torno al mundo libresco, la lectura, o siendo más estrictos y precisos, los propios libros. Libros, pues, que hablan de libros y que, gozosamente, invitan a adentrarnos en sus placeres.
 
Son dos los títulos que quiero proponeros esta tarde, ambos del mismo autor, ambos publicados por la misma editorial y ambos, como os digo, con un eje central idéntico en el que el protagonismo lo asumen los libros en cuanto objeto, podríamos decir.
 
El primero de ellos es un librito muy breve, no llega a ochenta páginas de un formato muy reducido, contando con numerosas fotografías intercaladas. Su título es Tocar los libros, lo publica, en esta última edición -pues ha habido otras anteriores- la editorial Fórcola siendo su autor un nombre conocido, Jesús Marchamalo, que ha escrito mucho sobre libros y que cuenta con una trayectoria destacada en los medios de comunicación; los menos jóvenes de vosotros quizá aún recordéis Al habla, un programa de literatura en la 2 de radiotelevisión española.
 
Tocar los libros comenzó siendo una conferencia que el autor impartió en Valladolid en el año 2001 y que, tras variadas peripecias entre las que se cuentan dos ediciones preliminares en otras tantas editoriales, y de las que Marchamalo nos habla en la introducción al texto, acabó siendo este librito que ahora os presento. Luis Mateo Díez prologa el breve y ameno relato, en el que, entre fotografías de las bibliotecas de Fernando Savater, el propio Mateo Díez, Ortega y Gasset, Enrique Vila-Matas, Andrés Trapiello, Gustavo Martín Garzo o Luis Alberto de Cuenca, se nos cuentan infinidad de curiosidades librescas: el siempre discutible orden de los libros, su insensata acumulación, la a veces dramática necesidad de deshacerse de ellos, las razones de la lectura, los criterios de selección de los libros, las dedicatorias, las manías de los lectores: quienes guardan su dinero entre sus páginas, quienes los subrayan y garabatean y quienes consideran sacrílego profanar sus páginas, quienes finalizan su lectura dejando intacto el continente y quienes los aman esguardamillados, anacrónico término que complace al autor. Y todo ello trufado con decenas de ejemplos e innumerables anécdotas. En fin, una delicia esta obrita en apariencia (pero sólo en apariencia) menor.
 
Y el diminutivo, obrita, nada peyorativo por cierto, puede aplicarse igualmente al segundo de mis consejos de esta tarde, ya que muy breve es también, con apenas cien páginas, aunque de escueta dimensión y muy aireadas tipográficamente, contando además con numerosas ilustraciones y fotografías que reducen el texto a poco más de la mitad de su limitada extensión; muy corto, pues, como os digo, es también este emocionante Cortázar y los libros que el propio Marchamalo, y de nuevo en Fórcola Ediciones, ofreció al público en el pasado 2011. En este caso, la obra va precedida de un elogioso y bienhumorado preámbulo de Javier Gomá, el penetrante pensador y agudo filósofo de cuya obra ya os he dado cuenta aquí en alguna otra ocasión. Gomá relata con acusado sentido del humor los perniciosos efectos que sobre su propia vida conyugal tienen los libros de Marchamalo, pues la mujer del filósofo tiende a preterir la lectura de los libros de su marido cada vez que aparece alguna novedad editorial de su inconsciente competidor, tal es la cualidad adictiva de esos metalibros balsámicos que se leen con fruición, como denomina el prologuista a la singular obra del prologado. Pero esta vez no voy a cometer el mismo error, finaliza, rotundo e irónico, Javier Gomá, Cortázar y los libros no entrará en casa hasta que yo lo estime conveniente. Estas primeras páginas que abren el libro presentan, además, un atractivo adicional, pues el autor aprovecha la oportunidad que le brinda el prólogo para, cómo no, dejar alguna pincelada -muy ligera y casi inapreciable, muy sutil y subsidiaria de su principal propósito, la introducción de la obra, pero pese a todo significativa- de su muy personal y lúcido pensamiento.
 
La amigable presencia de Javier Gomá en el pórtico del libro del que os hablo se debe sin duda a que desempeña, aparte de otras ocupaciones académicas y profesionales, el cargo de Director de la Fundación Juan March. Y es precisamente a esta institución a la que Aurora Bernárdez, viuda de Cortázar, donó, en abril de 1993, los más de cuatro mil volúmenes de la biblioteca personal del escritor que habían quedado en uno de sus domicilios parisinos, el de la rue Martel, tras su muerte en ese tan lejano 1984 que sin embargo se nos ha aproximado estos días con la conmemoración del trigésimo aniversario de la infeliz desaparición del inolvidable autor de Rayuela. Jesús Marchamalo, entusiasta seguidor del escritor argentino y apasionado lector de su obra -asegura haber leído prácticamente todos sus libros-, se adentra en este fecundo legado y armado de paciencia, curiosidad y, sobre todo, devoción, investiga en esos miles de ejemplares, la mayoría de ellos leídos y releídos, llenos de comentarios, notas y papelitos utilizados como señaladores. Y en Cortázar y los libros nos da cuenta de ese fascinante rastreo por libros subrayados, esquinas dobladas, apostillas y papeles, hojas de calendario, recortes de periódico, un pedazo de cartulina garabateado, anotaciones al margen, firmas y dedicatorias, comentarios y exclamaciones, que acaban dibujando, como señala el autor, un retrato imaginario de su propietario, del propio Cortázar.
 
A través de este repaso por esta biblioteca cortazariana podemos conocer, claro está, las preferencias literarias del escritor: Neruda, Lezama Lima, Alejandra Pizarnik, Vargas Llosa -con varios ejemplares aunque sin rastros de lectura en ellos, como algo malévolamente apunta Marchamalo-, Yourcenar, Calvino, Nabokov, Dostoievski, Scott Fitzgerald, Salinger, Faulkner y tantos otros, entre los que resultan significativas algunas ausencias de nuestros compatriotas, pues no están ni Cela, ni Delibes, ni Umbral, aunque sí Alberti, Cernuda, Aleixandre o Salinas. En muchos de esos casos se recogen sustanciosas notas de lectura escritas por el propio Cortázar bien sea en los mismos libros, bien en todo ese conjunto de materiales heteróclitos -hojas sueltas, billetes de avión, sobres- que os he señalado con anterioridad. Cortázar manejaba todo un código de corchetes, paréntesis, exclamaciones, líneas rectas o serpenteantes, subrayados, interrogantes, cruces, flechas, aspas y círculos que podemos ver en las numerosas fotografías que se nos ofrecen. Otro tanto ocurre con los numerosos comentarios, entregados o irónicos, entusiastas o irritados, aquiescentes o críticos, que glosan con vehemencia sus lecturas. Hay también todo un capítulo -en el que ya no puedo detenerme- centrado en las dedicatorias, las cuales nos permiten calibrar el grado de afinidad o simpatía que los diversos remitentes mantienen con el argentino. Hay también ilustraciones, garabatos y dibujitos varios que el escritor pergeña en los libros y que son mostrados también por Marchamalo como complemento a su honda cala en la biblioteca de Julio Cortázar.
 
No dudéis en leer -si sois devotos del genial escritor la obligación es ineludible- este simpático Cortázar y los libros. Hacedlo también con Tocar los libros, igualmente interesante. Dos estupendos volúmenes de Jesús Marchamalo publicados por la editorial Fórcola.
 
Y si de Cortázar hablamos, el acompañamiento musical no puede ser otro que el jazz, y más en particular, el hondo saxo de Charlie Parker, el referente último de El perseguidor, ese cuento magnífico que encierra las principales claves estilísticas y lo esencial de las preocupaciones literarias del entrañable argentino. Lover man es la pieza escogida -un clásico- para cerrar este comentario.
 
 
Me gusta contar esta historia que leí de Aurora y Julio. Viajaban a mediados de los años cincuenta por Italia, moviéndose en tren de una ciudad a otra. Y para no cargar peso innecesario decidieron comprar los libros en los quioscos de las estaciones. Elegían ediciones baratas, de papel basto y mal encuadernadas, que leían juntos, a medias, durante los trayectos. Comenzaba casi siempre Julio, que, al terminar una página, la arrancaba del libro y se la pasaba a Aurora, que la leía allí a su lado y después la arrojaba por la ventanilla.
 
Siempre me ha parecido una metáfora aquella biblioteca volandera, secreta e invisible de Cortázar; las hojas arrastradas por el viento.
 
Y me tienta la idea de emprender ese viaje por toda Italia arriba, desde el sur, siguiendo las vías férreas salpicadas de páginas de aquel lector, Cortázar, que las dejaba marchar por la ventana abierta perdiendo la mirada en el paisaje, a veces, desde el tren.

miércoles, 9 de abril de 2014

JUAN CRUZ RUIZ. OJALÁ OCTUBRE
 
Hola, buenas tardes. Bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro. Desde aquí, desde Radio Universidad de Salamanca, os traemos todas las semanas una nueva propuesta de lectura, un nuevo libro con el que pretendemos avivar vuestra voluntad de leer, con el que intentamos despertar en vosotros el disfrute y el placer de la lectura.
 
El libro que hoy he escogido para tan ambicioso propósito es una novela, una novela llena de emoción y sentimentalidad, una novela que es una especie de documento personalísimo de la primera infancia y la juventud de su autor, una novela que es, en gran medida, una autobiografía, hecha a través de la evocación de la figura de su padre, de Juan Cruz Ruiz, el periodista y escritor canario a quien debemos esta muy sensible Ojalá octubre, que publica la editorial Alfaguara.
 
La relación padre-hijo es la más intensa entre dos hombres. La literatura la re-crea con grados de acercamiento muy diversos. Telémaco sale en busca de su padre Ulises seguro de que le asistirán los dioses. Su ruta es “la ancha espalda del mar”. Juan Preciado sale en busca de su padre Pedro Páramo incierto de si le asistirán los muertos. Su ruta es un camino de cacto y polvo. Abraham es puesto a prueba por Jehová sacrificando a su hijo Isaac. Turguénev, en Padres e hijos, pone a prueba la relación cuando dos generaciones entran en conflicto, y Hamlet, el hombre de la duda, sólo actúa, como Cristo, en nombre del padre, para vengarse.
 
Con estas palabras comenzaba el desaparecido Carlos Fuentes su artículo de 2007 en el que comentaba el libro que ahora yo os presento. La relación tantas veces conflictiva entre padres e hijos tiene, aparte de los ejemplos mencionados por el escritor mexicano, una intensa presencia en la literatura. A los referentes citados yo añadiría ahora la esencial Carta al padre, de Franz Kafka, que tanto influjo tuvo en una lejana fase de mi vida, o la reciente Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente, con la que ganó el Premio Nacional de Narrativa de 2011. En casi todas ellas, no obstante el amor paterno filial que inevitablemente aflora por doquier, el enfoque es a menudo agrio, el hijo evoca a su progenitor con despecho, usa la escritura para formalizar una suerte de venganza, para ajustar cuentas póstumas; el tono es hiriente, preñado de reproches, de quejas, de hostilidad incluso. No ocurre así, en cambio, en la obra de la que ahora os hablo, que rezuma bondad y emoción, amor y generosidad, cariño y dulzura, entrañable alegría y conmovedora gratitud.
 
Ojalá octubre parte de una frase del escritor norteamericano Truman Capote quien, en una fase de su vida en la que vivía rodeado de satisfacción, plenitud y felicidad, escribió: Me gusta tanto este mes que ojalá siempre fuera octubre. Estas palabras de Truman Capote, traen a Juan Cruz el recuerdo de su padre, ya fallecido, los últimos momentos de su vida, su triste entrada en el hospital, sentado en silla de ruedas, su mirada llorosa, triste, perdida, la mirada del que intuye que todo está ya decidido y nada puede hacerse, que el juego ha terminado y atrás quedan la ansiedad por vivir y ser feliz, la pasión por la vida, el deseo, la esperanza. Y esa mirada, grabada ya para siempre en el hijo, desencadena en él el deseo de rememorar la vida con su padre, de recordar la personalidad de éste, sus afanes, sus secretos, su tristeza, sus sueños. Pensé, dice el autor, en qué momento habrá dicho, cuándo, ojalá este mes siempre fuera octubre. ¿Tuvo un día, o dos, tuvo una semana, un tiempo, un segundo acaso, tuvo alguna vez el instante que le permitió decir, ojalá siempre sea el mes de octubre?
 
El libro entero está impregnado de lirismo, de ternura, de sensibilidad. Juan Cruz vuelve a su infancia a través del recuerdo de su padre, nos cuenta las complejas relaciones con él, su propia enfermedad infantil, el asma que le acompañará toda su vida, las vegetaciones -el término que utilizaba su padre-, recuerda su niñez, su adolescencia, tamizadas por la melancólica figura del padre, por la poderosa presencia de la madre, la pobreza de su vida en una casucha modesta en un barranco de Tenerife, la bombilla de luz mortecina, los días mustios, el ajuar escueto, los muebles someros, lo limitado de la existencia familiar en los años cincuenta y sesenta del pasado siglo, la austeridad, a veces la miseria, de una familia dependiente de un padre camionero que trajinaba chatarra entre los pueblos de la isla aunque desempeñara, siempre inquieto, oficios varios. Juan Cruz lo evoca en sus palabras, letras de cambio, facturas, estraperlo, embargo, siempre la pobreza. Lo recuerda en sus sentencias, en sus silencios. Rememora sus ropas, sus chaquetas de dril, sus colores siempre oscuros, sus camisas blancas, el olor seco de su ropa. Se acuerda de las conversaciones nocturnas, de las escapadas al fútbol, precario solaz en un tiempo lento, huidizas tardes de domingo que se apagan vislumbrando desde un monte, a duras penas, el triste juego de los equipos del barrio. Y se acuerda del miedo y la tristeza, el miedo a la miseria, la tristeza siempre inexplicada, siempre presente. Y del dinero, o su falta, y del hambre, y de las primeras lecturas, y de la extraña fauna de amigos y parientes, de vecinos y compañeros de trabajo del padre, y de la melancolía del padre, y de la infelicidad del padre, y de la risa escasa del padre, y de la impaciencia del padre, y del silencio del padre, siempre el silencio del padre… y la enfermedad del padre, y su muerte.
 
Es un libro hermoso, este Ojalá octubre, un libro triste, un libro íntimo, un libro lleno de vida verdadera, de emociones nobles, de sentimientos auténticos. Leedlo, seguro que va a emocionaros.
 
Y esa poderosa figura, la del padre de recuerdo imborrable, aparece también en la canción con la que despido el programa por esta tarde. La conmovedora My father’s eyes, en la voz y la guitarra dolientes de Eric Clapton.
 
 
Fue entonces cuando pensé en mi padre. Lo veo a la entrada del hospital, arropado por una manta gris. Me mira. Está en una silla de ruedas, espera, yo paso ante él y encuentro que mira, o solloza, jamás lo había visto tan triste, tan ensimismado. Su silencio ya está al otro lado de la vida, ha dejado de ser una pregunta y en este momento ya es una acusación, un puñetazo, él no nació para morir, y está ahí, muriendo, no es él, él está en otro lugar, algún impostor le ha dejado su dolor, él lo carga, no se conoce a sí mismo, tan sólo sabe que está muriendo y no es él.
 
Así que pregunta. Eso es lo que se ve en su rostro. Pasé a su lado, lo miré, y ese instante en que el drama y el silencio se juntan en su rostro ya se quedó conmigo para siempre.
 
Trato de saber qué nos hace esa mirada, cómo se aloja, cómo regresa. La vi más veces, el miedo, la sensación del abismo, la mano que ya no sabe cómo hacer para secar la lágrima, pero jamás se había parado así en mi propia vida, esa mirada la ha ido haciendo.
 
Hace falta mucha valentía para encontrar respuesta luego a ese rostro.
 
Lo estoy viendo, él me está viendo. Y así siempre, no ha habido un instante en que no regresa ese rostro hablando. El miedo. Ese rostro en ese momento es el miedo.
 
Le pongo la mano en el hombro.
 
Todo irá bien, le digo.


miércoles, 2 de abril de 2014

QUIM MONZÓ. MIL CRETINOS

Hola, buenas tardes. Bienvenidos una semana más a nuestra sección de literatura, bienvenidos a Todos los libros un libro, el pequeño espacio que Radio Universidad de Salamanca dedica todos los miércoles a la presentación y recomendación de una obra literaria. Hoy os traigo una colección de relatos de un magnífico cuentista. Se trata de Quim Monzó y de su último libro, el excelente Mil cretinos, publicado por la editorial Anagrama con la traducción del catalán a cargo de Rosa Alapont. Quim Monzó es uno de los más grandes escritores de cuentos de los últimos treinta años. Uno de los más grandes sin duda de su Cataluña natal, pero también de toda España, e incluso hay quien lo reputa, como el también escritor Enrique Vila-Matas, como uno de los mejores del mundo. En cualquier caso ya supondréis que estas exigencias clasificatorias, estas manías por los escalafones no tienen mucho que ver con la literatura, pero, en fin, lo que es indiscutible es que Monzó es un fantástico escritor de relatos. Quizá alguno de vosotros tuvo ocasión de leer su anterior obra, también publicada en Anagrama, Ochenta y seis cuentos era su título, y en ella se contenían todos los cuentos publicados por Monzó hasta ese momento. Una estupenda vía para el acercamiento a la realidad literaria del escritor catalán. Como lo es también este Mil cretinos del que hoy quiero hablaros. El libro, que vio la luz hace casi siete años, es el último de ficción de su autor, y ello puede sorprender en un escritor que sin ser especialmente prolífico ha publicado cerca de una quincena de obras, entre novelas y colecciones de cuentos. Y ello es así porque, como confiesa el propio Monzó al periodista Enric González en una entrevista -que no deberías perderos- aparecida en verano de 2012 en la revista Jot Down, su dedicación a la prensa y sus colaboraciones diarias en el periódico La Vanguardia, en las que lleva ocupado desde 2007, no le dejan tiempo para ninguna otra actividad literaria. Confiemos en que pronto podamos ver reunidos en algún volumen recopilatorio (ya hay uno de hace unos años, Esplendor y gloria de la Internacional Papanatas, con una selección de sus columnas periodísticas escritas entre 2001 y 2004) estos artículos en los que el humor cáustico, la agudeza irreverente, las informaciones disparatadas, el absurdo controlado (o no tanto) y la inteligencia, la lucidez, la capacidad de penetración del pensamiento del catalán (¡lástima de fervor independentista!) siempre sorprenden e interesan.
 
En Mil cretinos se incluyen diecinueve cuentos divididos en dos bloques muy claramente diferenciados. Empezaré por el segundo de ellos, el más reconocible y homogéneo, el que guarda mayores concomitancias con el resto de la obra de su autor. Se trata de cuentos muy breves, algunos no llegan ni a una página, la mayor parte ocupan tan sólo dos o tres, en los que se muestran los principales rasgos del estilo Monzó: el lenguaje cercano, sin pedantes florituras literarias, la ironía, el humor, las cargas de profundidad escondidas tras una aparente ligereza, la disección hecha al desgaire, casi como sin querer, de los hábitos de la vida urbana de nuestros días, las fotografías precisas del anodino acontecer vital de algunas existencias solitarias y vulgares, unas fotografías que, al modo de las ya casi desaparecidas Polaroids, aparecen como fijadas en algún momento trivial, pero singular y exacto; banal o hasta ridículo, pero sumamente descriptivo y clarificador de esas existencias. Así, en Treinta líneas encontramos a un escritor con problemas a la hora de encarar un artículo. En Un corte, aflora la crítica a la actual situación de la enseñanza con un maestro insensible ante la cruenta lesión de uno de sus alumnos. En El reborde desusado penetramos en las interioridades de dos personajes envueltos en un algo hipócrita ritual de cortejo. En dos cuentos, Otra noche y Muchas felicidades, Monzó se adentra, de modo descarnado, en las miserias de la vida de pareja. En Cualquier tiempo pasado, en el elíptico y formidable El tenedor, en La plenitud del verano, tres cuentos muy logrados, es la vida familiar y sus insustanciales ceremonias la que pasa bajo la demoledora apisonadora de Quim Monzó, que como es habitual en él, no sólo en su obra literaria sino también en la periodística, no deja títere con cabeza.
 
Es, sin embargo, en la primera parte del libro, en sus siete primeros relatos, en donde, a mi juicio, están las grandes joyas de esta edición. Son cuentos, estos primeros, más densos, podríamos decir, más serios (aunque el humor también está en ellos, de modo muy sutil), más trascendentes. Algunos de ellos, los para mí más logrados, nacen de la experiencia, a la que ha aludido Quim Monzó en algunas entrevistas, del deterioro y la enfermedad de los propios padres del autor. Son cuentos en los que hay una presencia destacada del dolor, de la tristeza, de la decadencia, de la muerte. Cuentos que se desarrollan en residencias de ancianos, en geriátricos, en clínicas, en hospitales. Cuentos llenos de evocaciones, de recuerdos, en los que vemos el rastro que deja el paso de tiempo. Cuentos como El señor Beneset, como El amor es eterno, con la vida de pareja, una vez más, como tema central, como el magistral Sábado, quizá el mejor del libro, como el también magnífico La llegada de la primavera; todos son relatos excepcionales, llenos de intensidad y emoción, llenos de, paradójicamente pese a su motivo principal, vida.
 
Recordad pues, este Mil cretinos de Quim Monzó, publicado por Anagrama, estoy seguro de que os interesará. Os voy a dejar con un fragmento de uno de estos cuentos, Miro por la ventana es su título, muy descriptivo de la obra de su autor. Xavier Plá, en un artículo en el diario Avui de Barcelona, ha señalado que mirar por la ventana es una excelente metáfora de la literatura de Monzó, así como de la vida misma. Un hombre mira por la ventana, observa la calle, habla por teléfono, curiosea en los retazos de vida que percibe en las viviendas ajenas, piensa en lo que ve e imagina lo que no ve, vive un acto banal, intrascendente, pero detrás de esta rutina simple hay algo más, siempre hay algo más en los cuentos de Quim Monzó…
 
Música catalana, cómo no, para complementar esta reseña. No he sido capaz de localizar ninguna de las canciones cuya letra escribió el propio Monzó. Os dejo, pues, con un tema, Teresa Rampell, del grupo Manel. Y aunque el amor romántico no es un tema muy “monzonesco”, pienso que esta canción sí puede encajar en el universo urbano del escritor.
 
 
Miro por la ventana, no porque no tenga nada más que hacer, pues cosas que hacer tengo siempre un montón -muchas menos querría-, sino porque la verdad es que ahora no me apetece hacer ninguna. Lo que me apetece ahora es mirar por la ventana. Miro por la ventana y contemplo el edificio de enfrente. Nada de especial. Dos balcones iluminados con las cortinas descorridas, todo lo demás a oscuras. Por la puerta de uno de los dos balcones se ve un comedor con una mesa vacía. Por la puerta del otro, una habitación con una puerta al fondo y un lienzo de pared vacío. Debe de haber muebles, probablemente una cama, porque detrás de la puerta hay un perchero con una camisa y unos pantalones. No se ve movimiento. Hace mucho rato que miro y tengo sed e iría a beber un vaso de agua, pero si me levantase ya no miraría por la ventana y si dejo de mirar por la ventana seguro que me liaré a hacer cualquier cosa y no volveré a mirar. No es que haya conseguido mucho deleite con esta actividad en el montón de minutos que hace que me dedico a ella, porque, con luz, sólo hay los dos balcones que he dicho antes. Miento. Ahora que me fijo bien, hay un tercero, bastante más arriba, con una mujer que plancha en una tabla y un niño en un parque que justo ahora arroja el sonajero al suelo. No me había fijado en ese balcón porque está tan arriba que para verlo he de agacharme y levantar la vista y, hasta ahora, no sólo miraba por la ventana sino que lo hacía con una actitud voluntariamente abstraída, con la mirada fija en los otros dos balcones, que quedan por debajo de mi ventana y que veo sin necesidad de agacharme.

miércoles, 26 de marzo de 2014

BERNHARD SCHLINK. EL LECTOR. EL REGRESO

Hola, buenas tardes. Aquí estamos, un miércoles más, en Todos los libros un libro, dispuestos a ofreceros una nueva recomendación de lectura que pueda resultaros de vuestro agrado. Hoy quiero presentaros un par de libros de un mismo autor, Bernhard Schlink, bastante conocido a partir de la traslación cinematográfica de una de sus obras más destacadas, la primera que quiero comentaros esta tarde.
 
Empecemos, pues, por esta referencia inicial, un libro precioso, una extraordinaria novela, muy hermosa, que se publicó en España hace más de quince años, pero que desde entonces ha conocido varias reimpresiones y sucesivas ediciones, prueba palpable del interés que ha suscitado entre los amantes de los libros. Se trata de El lector, escrita, como digo, por el alemán Bernhard Schlink, y editada por Anagrama. La traducción es de Joan Parra Contreras. Hace unos años, en 2008, Stephen Daldry dirigió una premiada película, con la bella Kate Winslet de oscarizada protagonista, basada en la novela, y que muchos de vosotros habréis visto.
 
La trama argumental de El lector es sencilla y se puede resumir en pocas palabras. En la Alemania de una tardía posguerra, cercana ya la década de los sesenta, un chico, Michael Berg, que a sus quince años agota sus últimos cursos en el colegio, sufre un repentino desvanecimiento en la calle, primer y aparatoso síntoma externo de una hepatitis que lo tendrá postrado en cama desde ese octubre hasta el febrero siguiente. Su desmayo, envuelto en vómitos, en vergüenza y debilidad, encontrará el auxilio de una mujer, Hanna Schmitz, que lo conduce a su casa, y en esos primeros y nerviosos momentos lo consuela, limpia sus ropas manchadas, lo abraza, lo cuida, y, por fin, lo acompaña hasta el domicilio familiar. El impacto emocional, sentimental y, sobre todo sensual del encuentro inesperado con esa mujer, provoca en Michael, durante los largos meses de tediosa enfermedad, un estado de ensoñación, de exaltación, de delirio casi, que la fiebre de la hepatitis acrecienta. Reestablecido de su dolencia, el joven decide acudir de nuevo al domicilio de Frau Schmitz, para agradecerle su amable intervención de aquel día ya remoto y sin embargo muy reciente en su memoria, y sobre todo para revivir, una vez más, el poderoso influjo de su recuerdo. Este nuevo encuentro inaugurará una relación erótica, iniciática, gratamente perturbadora, misteriosa y secreta, deslumbrante y feliz para el chico. Frau Schmitz tiene treinta y seis años, es una mujer madura frente a la juventud inocente del niño, es enigmática y reservada, no habla apenas de su vida personal, ni permite atisbar resquicio alguno de ella. Preguntas mucho, chiquillo, es una de sus frases recurrentes ante la curiosidad y los requerimientos de Michael. Los intensos y muy placenteros encuentros sexuales se acompañan, por expresa voluntad de Hanna y casi desde el comienzo de su relación, de la lectura de fragmentos de diversos libros. Una lectura en alta voz, hecha por Michael, de textos de Schiller, Goethe y otros escritores de la literatura germánica, pero también de la Odisea, las Catilinarias o Dickens o Tolstoi. Y en esa grata amalgama de la comunión de los cuerpos y el placer de la lectura, transcurren algunos meses de felicidad, aunque no exenta de tensión; de exaltación erótica, pero también de conflictos emocionales. Al cabo de un tiempo, un buen día, Hanna desaparecerá sin ningún tipo de explicación, dejando al joven Michael perplejo, desesperado y de nuevo enfermo, esta vez de amor o de deseo.
 
Discurre el tiempo, y tras algunos frustrados intentos por encontrarla, Michael olvida a Hanna, completa sus estudios en el instituto, crece, se matricula en Derecho en la Universidad, y en el curso de unas prácticas académicas en las que debía asistir a algunos juicios contra presuntos criminales de guerra nazis, mientras presencia la vista de uno de ellos, en el que cinco mujeres son acusadas de horrendos crímenes perpetrados cuando ejercían de guardianas de un campo de concentración cercano a Cracovia, allí, siete años después, en el Palacio de Justicia, sentada en el banquillo de las imputadas, Michael vuelve a encontrar a Hanna Schmitz.
 
Siguiendo la indagación que el protagonista hace acerca de las motivaciones que pudieron llevar a su antigua amante a cometer las atrocidades de las que se la acusa, Bernhard Schlink pone ante nuestros ojos una larga serie de cuestiones morales que a todos pueden interesar, pues son comunes al género humano, sea cual sea su condición, su nacionalidad, el tiempo en que le ha tocado vivir. Sobre todo, la novela plantea una reflexión sobre la responsabilidad colectiva y la individual ante los crímenes de los que somos testigos -los horrores nazis en la novela pero extrapolables a otras situaciones desgraciadamente muy actuales, pienso ahora en la barbarie etarra y la tibia cuando no cómplice condescendencia de tantos ciudadanos vascos. La culpabilidad colectiva, dice el protagonista en un momento de la novela, se la acepte o no desde el punto de vista moral y jurídico, fue de hecho una realidad para mi generación. Michael sufre al confrontar su amor por Hanna con la sobrecogedora realidad del pasado nazi de ésta. Y no le consuela, llega a decir, que mi sufrimiento por haber amado a Hanna, fuera de algún modo el paradigma de lo que le pasaba a mi generación, de lo que le pasaba a los alemanes. El amor y la culpa, el horror y la dignidad, la piedad y la vergüenza, el sufrimiento, la responsabilidad y el compromiso, todo ello aflora en esta extraordinaria novela, que es también una emotiva y tierna y perdurable historia de amor, así como, además, a mi juicio, un alegato sobre la necesidad de la lectura, sobre la capacidad de los libros para cambiar nuestras vidas, para hacernos mejores, para ennoblecer nuestras existencias.
 
La segunda novela que quiero aconsejaros esta tarde no llega, a mi juicio, al nivel de esta anterior maravilla, pero es, no obstante, una obra más que estimable que reitera, además, las principales preocupaciones literarias de su autor. Su título es El regreso y ha sido publicada también por la editorial Anagrama, habitual introductora de la obra de Schlink en España, en traducción de Rosa Pilar Blanco.
 
El protagonista de El regreso, Peter Debauer, que en los años cincuenta del pasado siglo es un niño que vive la dura posguerra con su madre en un pueblecito alemán, pasa sus vacaciones veraniegas en Suiza, en casa de sus abuelos por parte de padre. Un padre, supuestamente fallecido en la guerra, del que el niño nada sabe, más allá de la muy escueta información que recibe de su propia madre y de los recuerdos que mantienen vivos los abuelos del chico, en cualquier caso nada muy preciso, alguna fotografía, historias familiares, anécdotas varias. En sus idílicas estancias suizas Peter escucha las fascinantes versiones de la historia alemana que le cuenta su abuelo, al que adora; canta con su abuela, cuyo afable encanto también aprecia; se inicia en los primeros trabajos en la tierra, en el huerto familiar; realiza excursiones por los alrededores; vive los atisbos de un primer amor, de un sexo inocente; y sobre todo descubre la lectura. El niño lee unas breves novelitas que sus abuelos editan en una colección popular para ganarse la vida. En una de ellas, a la que el muchacho sólo puede acceder fragmentariamente, pues las últimas páginas se han perdido, descubre una historia inacabada que le inquieta hasta tal punto que el conocimiento, la indagación, la búsqueda de su final marcarán su vida entera.
 
El regreso nos cuenta esa vida, una existencia en la que la intención, aparentemente trivial, de encontrar el final de la novela conocida en la infancia se mezcla con el deseo, de más entidad, de buscar las huellas de su padre, al que no llegó a conocer, y con la voluntad de dar respuesta a su propia aventura sentimental que, entre diversas mujeres, no acaba de consolidarse con la que parece ser su gran amor. Todas estas búsquedas acabarán confluyendo en una única trama novelesca, que se ve trufada también, como lo estaba igualmente El lector, de reflexiones sobre la historia de Alemania, de análisis jurídicos y morales sobre la cuestión de la presencia del mal en el mundo, sobre el peso del pasado en nuestras vidas, o sobre la culpabilidad, en una sociedad, como la alemana de posguerra, tan marcada por el horror nazi.
 
El regreso del título alude a la historia descubierta en la infancia, y de la que yo mismo os leeré un breve fragmento para terminar esta reseña, una historia relativamente común en tiempos de guerra, en la que un soldado al que se da por muerto reaparece inesperadamente encontrándose a su mujer casada con otro. Pero El regreso es también el retorno a los orígenes, la recuperación de la figura del padre, la vuelta al amor definitivo, el reencuentro y la aceptación de la propia identidad.
 
Se trata, en definitiva, de una novela muy atractiva e interesante, aunque para mi gusto algo lastrada por la excesiva presencia en ella de disquisiciones teóricas, reflexiones filosóficas, análisis jurídicos algo premiosos -que delatan la condición de juez de Bernhard Schlink-, por la interpolación de documentos varios, de capítulos de la novela original que hace surgir la narración, por algunas subtramas algo tediosas y no demasiado necesarias, como las vivencias del protagonista en Alemania Oriental tras la caída del muro, o la formación como masajista en Norteamérica, o la algo delirante historia final con el surrealista experimento en la comuna filonazi.
 
En cualquier caso, sin llegar a los niveles de maestría de la genial El lector, os recomiendo igualmente El regreso, de Bernhard Schlink publicada por la editorial Anagrama. Os dejo ya con un texto muy significativo de El lector, su desencadenante, en cierto modo; con el prometido fragmento de El regreso; y con una referencia musical, Musik liegt in der Luft, interpretada por Caterina Valente, que suena en The reader, la película de Daldry.
 
 
Al principio quería escribir nuestra historia para librarme de ella. Pero la memoria se negó a colaborar. Luego me di cuenta de que la historia se me escapaba, y quise recuperarla por medio de la escritura, pero eso tampoco hizo surgir los recuerdos. Desde hace unos años he dejado de darle vueltas a esta historia. He hecho las paces con ella. Y ha vuelto por sí misma con todo detalle, y tan redonda, cerrada y compuesta que ya no me entristece, Durante mucho tiempo pensé que era una historia muy triste. No es que ahora piense que es alegre. Pero sí pienso que es verdadera y que por eso la cuestión de si es triste o alegre carece de importancia.
 
En cualquier caso eso es lo que pienso cuando me viene a la cabeza sin más. Pero cuando me siento herido vuelven a asomar las antiguas heridas, cuando me siento culpable vuelve la culpabilidad de entonces, y en los deseos y añoranzas de hoy se ocultan el deseo y la añoranza de lo que fue. Los estratos de nuestra vida reposan tan juntos los unos sobre los otros que en lo actual siempre advertimos la presencia de lo antiguo, y no como algo desechado y olvidado, sino presente y vívido. Lo comprendo, pero a veces me parece casi insoportable. Quizá sí escribí la historia para librarme de ella, aunque sé que no puedo.
 
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La primera novela que leí trataba de un soldado alemán que había huido del cautiverio ruso sorteando numerosos peligros en el retorno a la patria. Sus peligros y aventuras los olvidé pronto. Pero no su regreso. Él consigue llegar a Alemania, encuentra la ciudad en la vive su mujer, el edificio, la vivienda. Llama al timbre, se abre la puerta y aparece su mujer, tan hermosa y tan joven como él la había recordado durante los largos años de guerra y de cautiverio. No, más bella aún, si cabe, y si acaso un poco más mayor, pero ha madurado, se ha hecho una mujer es más femenina. Sin embargo ella no lo mira con alegría sino con horror, como si fuera un fantasma, y en brazos sostiene a una niña pequeña, de menos de dos años de edad, mientras otra, más mayor, se arrima a ella y mira avergonzada por detrás de su delantal. A su lado, rodeándole los hombros con el brazo, hay un hombre.

¿Luchan los dos hombres por la mujer? ¿Se conocían ya o es la primera vez que se ven? El que rodea a la mujer con su brazo, ¿la engañó diciéndole que el otro había caído? ¿O se hizo pasar incluso por el otro, vuelto ya de la guerra o del cautiverio? ¿Se enamoró la mujer simplemente de él dejándose llevar por una nueva felicidad? ¿O lo aceptó sin amor, por pura necesidad, porque sin él no hubiese resistido la huida no habría podido emprender un nuevo comienzo? ¿Porque necesitaba un hombre que cuidara de ella y de su primera hija? Su primera hija, que desde luego no es hija del nuevo marido, sino del primero, que está ante ella andrajoso, incrédulo, desesperado.


miércoles, 19 de marzo de 2014

MERCEDES CASTRO. Y PUNTO

Hola, buenas tardes. Bienvenidos un miércoles más a Todos los libros un libro, el espacio de Radio Universidad de Salamanca en el que, semanalmente os ofrecemos una recomendación de lectura que esperamos pueda resultar de vuestro interés. Hoy os traigo una obra de una autora primeriza, la gallega Mercedes Castro que a sus 34 años publicó -hace ahora seis- su primera novela en la Editorial Alfaguara. Su título es Y punto, y ha conocido, desde su primera edición en enero de 2008, un relativo éxito comercial, pues son ya varias las reimpresiones que han visto la luz en este tiempo. Desde entonces ha publicado otra novela, también en Alfaguara, Mantis, que aún no he podido leer.
 
Pese a ser una ópera prima, Y punto es una novela muy trabajada, nada improvisada, no es el fruto de un impulso creativo, de un arrebato que lleva a una joven a lanzarse a la escritura. Por el contrario, Mercedes Castro, pese a su poca edad, ha ido construyendo su libro con paciencia y laboriosidad, con mucho rigor y de un modo sistemático y concienzudo. Cada día, durante nueve años, dedicó un par de horas a la elaboración de su primera obra, para lograr un resultado más que estimable, una voluminosa e interesante novela de 628 páginas que, como os digo, ha sido muy apreciada por la crítica y los lectores.
 
Y punto es, podríamos decir en una síntesis apresurada, una novela policiaca, aunque no se trata tan sólo de la típica novela de crímenes y misterios por resolver, pues en ella hay mucho más, por ejemplo, entre otros aspectos de los que luego os hablaré, la novela está plagada de referencias a poemas, a canciones, desde la más alta literatura, García Lorca, Gil de Biedma, Lewis Carroll, Paul Auster o Rosalía de Castro entre otros muchos, hasta la música más popular, Nacha Pop, Alaska y Dinarama, El Último de la Fila, boleros, tangos…
 
Clara Deza, su protagonista principal, es una subinspectora de policía en Madrid. Su acontecer profesional se desarrolla en una comisaría repleta de hombres, casi todos desagradables, machistas, muy maleados, escépticos y desencantados, burócratas de la acción policial. Clara es, por el contrario, una mujer sensible, ingenua, frágil y débil por dentro, pero a la vez muy fuerte y resistente, íntegra, luchadora, algo amargada, rebelde, inconformista, poco complaciente, llena de humor, sarcástica, combativa, inteligente y rápida, humana, extraordinaria mujer. Soy la jodida madre superiora en un internado masculino, la profesora de ética en un aula de pandilleros, la mordaza, la censura. Ésa soy yo, la que molesta. La oveja negra, dice de sí misma en un momento de la novela.
 
La aparición del cadáver de El Culebra, un yonqui confidente de la policía, amigo personal, en cierto modo, de Clara, desencadena la acción, que progresivamente va incorporando nuevos personajes, nuevas tramas, historias que se cruzan, Olvido, la prostituta de lujo, el abogado Butragueño, los miembros de la familia Olegar y su imperio económico, el mafioso Vito, el anormal Valentín Malde, la madame Virtudes. Está además la relación con su marido, el abogado Ramón, con su suegra, descentrada y valiente, con la ‘fauna’ de la comisaría: el comisario Carahuevo, el ex novio de Clara, Carlos París, Santi, el Niño, Cara de Gato, la forense Lola, la joven Zafrilla, la inocente Reme y tantos otros personajes, muy bien dibujados, creíbles, que dan verosimilitud a una historia que, pese a desenvolverse en territorios oscuros y marginales, nos resulta cercana, real.
 
Pero, como os digo, más allá del interés de la trama policiaca, que lo tiene y nos hace seguir pegados al libro durante sus más de seiscientas páginas, es la profundidad de su personaje principal, es esta magnífica Clara Deza la que nos subyuga y fascina. Mercedes Castro ha querido huir del estereotipo de mujer policía al que el cine nos tiene acostumbrados. Recojo de nuevo algunas frases de la autora: Me ponen los nervios de punta las policías de buen ver de muchas novelas y series de televisión estadounidenses. Piensas, ¿dónde vas con los tacones detrás del caco? O esas uñas largas que me llevan las de CSI cuando examinan las pruebas... Es incoherente como mujer. Yo hago la compra, pongo una lavadora, llevo zapatos cómodos para patear Madrid y ellas deberían también. Clara Deza lleva a cabo su trabajo con profesionalidad, pero como tantas otras mujeres de nuestro tiempo, se ocupa de su casa, discute con su marido, sufre los altibajos de su relación, se inquieta y tiene miedo ante el previsible diagnóstico de una enfermedad, un pequeño bulto aparecido en su pecho y cuya existencia oculta a todos. Su valentía, su eficacia profesional encubren un ser lleno de sensibilidad, lúcido, valiente. En el retrato de su protagonista, Mercedes Castro parte de una perspectiva claramente feminista: Quería -vuelven a ser sus palabras- a una mujer joven en un mundo de hombres. Una mujer con celulitis, que tuviera el punto de vista femenino. Terminar con el estereotipo de la policía marimacho y con tacones. Porque muchas mujeres que trabajan en un mundo masculino se masculinizan por supervivencia. Creo, y es una reivindicación mía, que la sociedad en la que vivimos es cada vez más inhumana, borde. El fuerte pisa al débil, se falta al respeto. Y quería que ella lo viese y le minase que se cometan abusos a todas horas.
 
En fin, leed este Y punto, un libro muy interesante (muy entretenido también), y aparte de disfrutar con una trama policiaca muy bien hilada y llena de sugerencias, os encontraréis con una mujer extraordinaria, esta formidable Clara Deza que estoy seguro os va a subyugar.
 
Perlas ensangrentadas, la canción de Alaska y Dinarama que “suena” en el libro, cierra por hoy esta reseña.
 
 
Si me miro en los escaparates no me reconozco. Quién soy, alguien que remueve un café con parsimonia en un restaurante caro al que he venido huyendo de los recuerdos universitarios que nunca tuve, porque mejor ser ajena en un restaurante caro por no reconocerme cutre y fea además de enferma. Quién soy, sólo una mujer que come sola. No lo sé, no estoy muy segura de quién soy, ahora, en este momento, aunque al menos sí sé quién era cuando me levanté esta mañana; lo que pasa es que me parece que he sufrido varios cambios desde entonces; ya es seguro que algo se me ha roto por dentro y una amiga, el compañero que dirige la investigación y mi superior inmediato, que además es un buen colega, se han enfadado conmigo y, finalmente, ni me atrevo a refugiarme en mi hogar por miedo a encontrármelo vacío, o tal vez lleno. Por eso, por el miedo de enfrentarme a mi casa y a mi vida, me dedico a desmenuzar los hogares de los demás, hogares serenos y vividos donde parece que la gente, incluso las prostitutas, se sentían a gusto.
 

miércoles, 12 de marzo de 2014

STEFAN BOLLMANN. LAS MUJERES, QUE LEEN, SON PELIGROSAS

Hola, buenas tardes. Esta semana, la propuesta de lectura que quiero ofreceros en Todos los libros un libro viene en cierto modo impuesta por la fecha en la que nos encontramos. El pasado 8 de marzo fue, como bien sabéis, el Día Internacional de la Mujer, así, sin el aditamento “trabajadora” con el que habitualmente completamos la denominación de la fecha; y ello porque más allá del origen laboral de la efeméride, esta jornada ha ido convirtiéndose por extensión en una celebración de la condición femenina. Con ese motivo, el libro de hoy sólo podía ser, claro, uno relacionado con las mujeres. Pero como además nuestro programa se plantea como un espacio para las sugerencias literarias, he querido conjugar ambas circunstancias, homenaje a la mujer e invitación a la lectura, con un libro que se ocupa de ambas. Esta vinculación de género femenino y actividad lectora no es algo que, por otro lado, resulte demasiado forzado, no es algo que pueda parecernos insólito en nuestro panorama cultural, en el que no sólo se da una extraordinaria cantidad de publicaciones escritas por mujeres, sino que, como todas las estadísticas afirman, son las féminas las principales destinatarias de las obras literarias, pues son mayoritariamente ellas quienes leen literatura en nuestro país.
 
El libro que he escogido, pues, para esta doble celebración es Las mujeres, que leen, son peligrosas. Su autor es Stefan Bollman y está publicado por la Editorial Maeva, con un interesante prólogo de la escritora y editora Esther Tusquets y traducción de Ana Košutič. Dejadme que antes de presentaros la obra seleccionada esta tarde me desahogue sin recato -en un exabrupto muy mío, que quienes conocéis este espacio desde hace años podéis sin duda imaginar- “refunfuñando” brevemente sobre la descabellada puntuación con la que se presenta el título que acabo de mencionaros. Porque, ¿qué demonios -disculpadme la expresión, pero ya he anticipado que mi tono será airado- “pintan” en esa frase esas dos comas extemporáneas? Es obvio que si la formulación elegida como rúbrica del volumen hubiera sido Las mujeres que leen son peligrosas, así, sin comas, no estaría yo ahora haciendo esta reflexión, objetando el evidente y absurdo desaliño de la opción manejada por la editorial. La “asesina”, parece evidente, es la traductora; es cierto que el título original alemán del libro incluye los controvertidos signos ortográficos: Frauen, die lesen, sind gefährlich, pero ya la versión inglesa es un razonable Women who reads are dangeorous), por lo que no se entiende la inconcebible elección en castellano. ¿Qué se quiere transmitir con ese disparatado juego de comas? ¿Un ridículo -y mal resuelto- chistecito para asustar a hombres timoratos: todas las mujeres son peligrosas y las que leen lo son más? ¿Una demagógica concesión al más barato feminismo? ¿Quiénes deben darnos miedo: cualquier mujer, sólo las que leen, las mujeres por ser mujeres, las mujeres por el mero hecho de leer...? ¡¡¡Pero es que sea cual sea el propósito pretendido la expresión carece de sentido en nuestro idioma... al menos desde mi punto de vista (salvo que se pretenda un absurdo y rebuscadísimo: Las mujeres, las cuales leen, son peligrosas)!!! En fin...
 
Las mujeres, que leen, son peligrosas (respetaré la delirante voluntad editorial) es una historia ilustrada de la lectura, desde el siglo XIII hasta nuestros días, una historia ilustrada de la lectura protagonizada por mujeres. En él Stefan Bollman (igualmente responsable de un Las mujeres que escriben también son peligrosas, publicado sin comas en la misma editorial) nos presenta unas sesenta imágenes, entre cuadros y fotografías, extraídos de la Historia del Arte, que representan escenas de mujeres leyendo. Mujeres de diversa edad y condición, en actitudes, circunstancias, espacios y situaciones muy distintas, y siendo el objeto de su curiosidad también muy variado: libros, folletos, revistas ilustradas, cartas, periódicos. Hay entre ellas obras de grandes maestros de la pintura como Miguel Ángel, Vermeer, Boucher, Fragonard, Manet, Van Gogh, Matisse o Edward Hopper, por citar al menos a un pintor del siglo XX, y también de autores menos conocidos. Cada cuadro, cada fotografía, que aparecen en reproducciones excelentes -la edición del libro es magnífica, es un libro muy bello como mero objeto-, se acompañan de un breve texto en el que el autor aporta los comentarios que la obra le sugiere, lleva a cabo una particular interpretación de la imagen correspondiente.
 
La tesis del libro, si es que algún propósito ‘ideológico’ tiene más allá de ofrecernos la belleza de las imágenes, el argumento de fondo de su autor está recogido en el propio título: la mujer que lee, -y, para mí, también el hombre, permitidme esta apostilla personal tan poco políticamente correcta- es peligrosa. Y lo es, y cualquier persona, hombre o mujer, que lea es peligrosa en tanto que adentrarse en un libro, ensimismarse en él es, en cierto modo, cuestionar la realidad, inventar mundos diferentes, postular, siquiera sea en la fantasía, en la imaginación, una ordenación del mundo alternativa, extraña a las míseras reglas que rigen nuestra torpe cotidianeidad… y este hecho, el cuestionamiento de lo dado, siempre resulta comprometido y puede provocar insospechadas consecuencias. Un sugerente análisis de estas implicaciones “corrosivas” de la lectura se recoge en el prólogo de Esther Tusquets que abre el libro y que os incluyo en su integridad al cierre de este comentario.
 
Y como no tengo tiempo para hablaros del estupendo volumen con más profundidad, pues quiero leeros también uno de sus fragmentos, el dedicado al muy conocido cuadro Habitación de hotel, de Edward Hopper, que podéis contemplar en el Museo Thyssen de Madrid, un texto que espero os sirva como muestra del tono que escoge Stefan Bollmann para sus comentarios, pongo fin aquí a esta reseña presentando también la canción que sonará al término de mis palabras. En una elección algo traída por los pelos, la dulce voz femenina de Camera Obscura interpreta Books written for girls.
 
 
En 1931 el pintor americano Edward Hopper realiza Habitación de hotel, un cuadro de gran formato, casi cuadrado, de dimensiones poco habituales para el artista. Una mujer en ropa interior está sentada sobre la cama de un hotel, se ha quitado los zapatos, ha colocado cuidadosamente su vestido sobre el brazo de un sillón verde situado detrás de la cama, no ha deshecho aún su maleta ni su bolsa de viaje. La profunda oscuridad debajo de la cortina amarilla revela la negrura de la noche. La mujer, cuyos rasgos están ocultos por la sombra, no lee una carta sino una especie de folleto, probablemente un horario de trenes. Parece indecisa, desorientada, casi indefensa. Sobre la rígida escena planea la melancolía de las estaciones y las habitaciones de hotel anónimas, de los viajes sin destino, de las llegadas que no son más que una breve parada antes de volver a partir. La lectora de Hopper está tan absorta en sus pensamientos como las mujeres que la pintura holandesa del siglo XVII nos ha mostrado sumergidas en la lectura de una carta. Pero este ensimismamiento no tiene interlocutor, está existencialmente deshabitado, no es más que la expresión del malestar en la cultura moderna.
 
Las lectoras de Hopper no son peligrosas, pero están en peligro, no tanto por su imaginación desbordante sino por la depresión, el mal del mundo moderno. Siete años más tarde, otro cuadro mostrará a una mujer parecida en un compartimento de tren, leyendo también un folleto de mayor tamaño. Según estas imágenes, una incurable melancolía flota sobre la lectura y las lectoras, como si el alegre caos engendrado por la fiebre lectora hubiera finalmente conducido a una apatía vertiginosa, la misma que expresan las mujeres lectoras de Hopper con esos impresos que hojean sin verdadero interés.
 
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¿Son peligrosas las mujeres que leen? Esther Tusquets
 
Por qué los artistas han tomado tan a menudo como tema de sus dibujos y sus pinturas, y más recientemente de sus fotografías, a una mujer leyendo? Y ¿qué otras cuestiones se derivan de este hecho? ¿Cabe llegar a la conclusión de que las mujeres que leen, las mujeres que leemos, son o somos peligrosas, y de un modo especial, y más que las otras?
 
Stefan Bollman ha explorado la presencia de mujeres y de niñas lectoras en el arte occidental, desde la Edad Media hasta nuestros días, y nos ofrece una amplia serie de imágenes, acompañadas de comentarios, que empiezan con La Anunciación de Simone Martín (en que María, sorprendida por el ángel en plena lectura, es, nos dice, una femme d’esprit, y no la inocente ingenua que los teólogos tenían por costumbre ver en ella) y termina con la famosa fotografía de Eve Arnold Marilyn leyendo "Ulises" (aducida a menudo como prueba de las inquietudes intelectuales de la actriz, y que a mí, cada vez que la miro, me hace ponerlas más en duda).
 
Se trata de una selección de imágenes muy interesante y atractiva, pero no nos encontramos, aunque sea hermoso, ante un libro objeto, ni ante un libro de arte, porque la intención del autor ha sido muy otra. Por algo no ha elegido como título «mujeres lectoras», sino «las mujeres que leen son peligrosas», título que no se presta a equívocos y muestra a las claras la intención de la obra, y que yo, un poco como juego, un poco haciendo el papel de abogado del diablo, pongo entre interrogantes, como pongo entre interrogantes las cuestiones múltiples que se plantean, que nos plantea este libro en torno al tema.
 
¿Son realmente las mujeres que leen peligrosas? ¿Lo fueron en otros tiempos, siguen siéndolo hasta hoy? ¿Cuál ha sido la reacción de los varones ante esto? ¿Ha contribuido la lectura a la emancipación de la mujer, ha sido un arma eficaz en nuestras reivindicaciones feministas? ¿Leemos nosotras de un modo distinto, establecemos otro tipo de relación con el libro? Y ¿por qué leen actualmente mucho más las mujeres que los hombres? ¿Por qué es en el campo de la escritura donde ocupó primero un lugar la mujer y donde sigue jugando un papel destacado? Todas estas cuestiones, todos estos interrogantes, brotan del libro que tenemos entre las manos.
 
Sin duda es reconfortante que, entre tantas vírgenes ingenuas, Marini nos muestre a María con un libro en la mano y tal vez molesta incluso porque el ángel ha venido a interrumpir su lectura, y que entre tantísimas imágenes en que las mujeres se entregan a las labores hogareñas, o cuidan de los niños, o aparecen con flores, abanicos, perritos de lujo o instrumentos musicales –mientras a los hombres los vemos ganando batallas, participando en importantes acontecimientos políticos, sociales, culturales, experimentando en laboratorios, recluidos en lugares de estudio o de trabajo–, haya algunas en que aparecen leyendo, aunque hay que reconocer que también es un tema frecuente en el arte occidental el hombre lector y sobre todo el hombre con un libro en la mano.
 
Pero volvamos al tema principal: ¿son peligrosas las mujeres que leen? Uno de los argumentos a favor de esta tesis es la frecuencia con que los hombres, a lo largo de siglos, la han suscrito y han actuado en consecuencia. (Cabe pensar, entre paréntesis, que si para ellos es peligroso, para nosotras ha de ser en algún modo positivo.) Los hombres no se equivocan al respecto, y van a coaccionar y vigilar a las mujeres para que lean lo menos posible y para que sólo lean lo que ellos eligen para ellas. Durante siglos se dificultó, pues, el acceso de la mujer a la lectura y se le prohibieron determinados libros. En 1523, el humanista español Juan Luis Vives aconsejaba a los padres y maridos que no permitieran a sus hijas y esposas leer libremente. «Las mujeres no deben seguir su propio juicio», escribe, «dado que tienen tan poco». Y habrá que llegar a la Inglaterra victoriana para que sean las madres las que elijan las lecturas de sus hijas. Durante siglos han sido muchos los hombres a los cuales las mujeres que leen les han parecido sospechosas, tal vez porque la lectura podía minar en ellas una de las cualidades que, abiertamente o en secreto, a veces sin ni confesárselo a sí mismos, más valoran: la sumisión. Todavía cuando yo era niña –en la España de los años cuarenta–, no mi madre, que era una gran lectora, pero sí algunas de sus amigas, me advertían, escandalizadas al verme a todas horas con un libro en las manos, que debía reprimir esta afición, nefasta en una mujer, ya que el exceso de lecturas, como el exceso de saber, me llevaría a tener de mayor problemas con los hombres. Y no me atrevería a jurar que no llevaran parte de razón. Pero creo que la situación ha variado en estos últimos cincuenta años, en que la lectura se ha generalizado y ha perdido poder, y entendí perfectamente que al preguntarle a un amigo, con motivo de este libro, si creía él que las mujeres que leían eran peligrosas, me respondiera: “A mí me dan más miedo las que no leen.” Es indudable que el acceso a la lectura, que es la principal puerta de ingreso al mundo de la cultura, supuso un gran avance para la mujer, como para cualquier colectivo étnico o social en posición de desventaja y de dependencia. Le dio mayor confianza en su propio valer, la hizo más autónoma, la ayudó a pensar por sí misma, le abrió nuevos horizontes. “No existe mejor fragata que un libro para llevarnos a tierras lejanas”, dice Emily Dickinson. Cierto, pero más cierto para aquellos que, como generalmente las mujeres, no poseen fragata alguna ni disponen de la más remota posibilidad de llegar a tierras lejanas. Porque los libros –nos estamos refiriendo todo el tiempo, claro está, a la literatura de ficción– permiten vivir a nivel imaginario lo que no vivimos en la realidad, y pueden convertirse –para bien y para mal, para bien pero también para mal– en un sucedáneo de la realidad. La escritora francesa Laure Adler, especialista en la historia de las mujeres y del feminismo en los dos últimos siglos nos dice en sus comentarios a la obra que tenemos entre las manos: “El libro puede llegar a ser más importante que la vida. El libro enseña a las mujeres que la verdadera vida no es aquella que les hacen vivir. La verdadera vida está fuera, en ese espacio imaginario que media entre las palabras que leen y el efecto que éstas producen. La lectora se identifica totalmente con los personajes de ficción...” Sería terrible sospechar que en muchos ámbitos los hombres viven; las mujeres leen. Pero el modo en que Adler termina su reflexión aleja este temor: “... y no se resignan a cerrar el libro sin que algo haya cambiado en su propia vida. El libro se convierte en iniciación”. Sin embargo, si esto es válido para muchas lecturas, ¿qué imagen dan de la realidad gran parte de las novelas –convencionales y románticas– que leen las mujeres, y a través de las cuales, y más adelante del cine y la televisión, se forma su visión del amor, del hombre ideal, de la pareja? ¿Una muchachita lectora de novelitas rosa y voraz seguidora de seriales televisivos de sobremesa está mejor preparada para afrontar la relación a dos que una campesina analfabeta del siglo XIX? Habrá que suponer que sí. Pero no hay duda de que las mujeres que leen son más o menos peligrosas para los hombres, más o menos peligrosas para sí mismas, según el tipo de literatura que consumen.
 
Laure Adler sostiene que existe un nexo especial entre la mujer y el libro. “Los libros”, escribe, “no son para las mujeres un objeto como otro cualquiera. Desde los albores del cristianismo hasta hoy circula entre ellos y nosotras una corriente cálida, una afinidad secreta, una relación extraña y singular, entretejida de prohibiciones, de aprobaciones, de reincorporaciones”. Y vemos efectivamente en varias de las imágenes –como Interior con muchacha leyendo, de Peter Ilsted, Muchacha leyendo, de Jean-Jacques Henner, Retrato de Katie Lewis, de Edward Burne-Jones, y sobre todo la conmovedora Joven leyendo, de Franz Eybl–, a mujeres profundamente enfrascadas en la lectura. ¿Más de lo que puedan estarlo los hombres? Seguramente, no. Y dada la importancia enorme que tienen los libros para muchos varones, el papel que juegan en su vida –también con frecuencia iniciático–, y la relación singular y especialísima que mantienen con ellos, me cuesta imaginar en qué radica la diferencia respecto a nosotras, las mujeres. Pero que yo no sea capaz de imaginarla, no prueba en absoluto que no exista.
 
Hay además un hecho indiscutible: según los datos de las estadísticas, en la actualidad el ochenta por ciento de los lectores son mujeres. Y en pocos campos de las actividades humanas ha ganado la mujer tanto terreno como en la escritura. Estudios realizados en las escuelas muestran que los niños dan menos valor a la lectura, se mueven más, escuchan menos. Creo que lo fundamental es esto: escuchan menos. Los varones se interesan menos por las historias de los otros. Nosotras sentimos una curiosidad insaciable por los otros, que puede desembocar en chismorreos de patio de vecinos o en grandes obras literarias, y a veces en ambas cosas a la vez. Desde Sherezade hasta nuestras abuelas y nuestras madres, las mujeres han almacenado historias, han sido geniales narradoras de historias.
 
Tal vez sí exista, pues, una actitud especial de las mujeres ante la lectura, tal vez sí haya desempeñado en nuestras vidas un papel singular y distinto, y nos haya ayudado a adquirir otra visión del mundo y nos haya hecho en otras épocas más peligrosas. En cualquier caso, merece la pena leer este libro, examinar las imágenes, y plantearse las múltiples cuestiones que plantea.